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Después del debut de Ali, era común verlo en los balcones de los teatros y óperas. Ya sea acompañado de un par de nobles mayores que preferían mil veces observar el movimiento encantador de sus labios que prestar atención a la actuación del Barbero de Sevilla o bien acompañando a uno de esos patéticos caballeros que se esforzaban por llamar su atención y hacerle llegar su voz, por sobre las arias de la soprano.
La agenda de Ali estuvo repleta por semanas enteras sin espacio para un descanso que sobrepasara los quince minutos. Al principio, André se mostró disgustado por la repentina atención robada, pero luego de sopesar la ventaja de disfrutar todas las tardes durmiendo cual gato perezoso, comenzó a mostrarse más a gusto con su nueva vida hedonista.
¿Y madame Crawley?
Oh, madame Crawley no cabía en una complacencia divina desde hace ya mucho tiempo.
El debut de Ellie también tuvo cierto efecto entre sus clientes hace algunos años. Claro que no negaba su éxito pues gracias a esa jovencita francesa con labios de cereza y ojos de mar, el burdel de madame Crawley se fue abriendo paso en Golden Square. Sin embargo, Ali estaba en un grado superior. Hablando en términos de cosas materiales. Si Ellie fue el brazalete de oro que la salvó de hundirse en la bajeza de recibir clientes de clase media o baja, Ali era un inigualable broche de diamante que le otorgaría un lugar predilecto entre la clase alta de Golden Square. El tan solo imaginarse rodeada por clientes de distinguida alcurnia pidiendo alguna cita con Ellie, Ali o cualquiera de sus preciosos seres la hizo regocijarse en orgullo.
Sí, madame Crawley había hecho bien en lucir a Ali en los escaparates de los teatros, clubes y reuniones. Fue una jugada atinada, riesgosa, intrépida, pero acertada. Las muchas propuestas selladas lo confirmaban. Cada cuatro días llegaban dos como mínimo. Desde pobres cantidades ofrecidas por míseros trabajadores que se enteraron de la nueva joya puesta a la venta hasta sorprendentes cifras que provocaron en madame Crawley más de un arrebatado latido que fácilmente puede ser confundido como un indicio del enamoramiento tardío. Uno pragmático y codicioso, por supuesto.
Siendo así, pasaron seis meses desde el exitoso debut de Ali. El fin de año estaba a la vuelta de la esquina y madame Crawley había reforzado la seguridad alrededor del exótico mancebo. Además de Howard cuidándolo a cuanto lugar asistía, lo escoltaba un nuevo empleado llamado Alberon. Callado, obediente y fuerte. Justo lo que madame Crawley necesitaba para Ali.
-Para nosotras, las ninfas complacientes de los deseos, vivir cada día es un milagro. Especialmente cuando atendemos a clientes de estatus elevado que tan fácil pueden robar nuestro aliento. No tenemos voz. No tenemos derecho a defendernos. Y si acaso lo intentáramos, el juez nunca nos dará la razón. Aquello sería contra natura. Contra la ley.- dijo madame Crawley.- Dios nos dio la vida. Los nobles la sostienen entre sus manos. Queda en nosotros prevenir, pensar, tener un plan y actuar de acuerdo a ello.
La decisión fue sensata y solo así la pureza de Ali se mantuvo a salvo.
Hasta que madame Crawley dejó de recibir propuestas selladas y las citas de Ali fueron canceladas con antelación porque, de acuerdo a las palabras de la dueña del burdel, su adorable joya necesitaba prepararse para su primera noche.
Ellie estaba nerviosa. Por dos días su mente divagó hacia escenarios innombrables. Cual trémula paloma se espantaba ante cualquier ruido inesperado y en más de una ocasión las risas exageradas de sus clientes en los clubes de caballeros la obligaron a disculparse por unos minutos para retomar su compostura habitual. Incluso Anne, quien conocía muy bien del gran aprecio que sentía por Ali, la cubrió en contadas oportunidades con la advertencia de que más le valía volver a ser ella misma.
Pero Ellie no podía.
Menos Ali.
Ali, el hermoso mancebo de ojos caoba y labios inocentes, fue un reflejo de la propia Ellie. Solo que con pesadillas nocturnas adicionales y una pérdida del apetito angustioso. A veces, por largas horas se entregaba sin lucha alguna a la preocupación mutilante más por autocastigarse que por una simple debilidad personal. Ali, a pesar de su corta edad y su escasa experiencia, sabía que la primera noche sería muy distinta a conversar y entretener a un caballero. Sabía que a partir de su primera noche más noches como esas vendrían. Quizás no tan seguido, porque madame Crawley se aseguraría de mantener una valla monetaria elevada, pero lo suficiente como para apretujar su corazón ante el inminente destino. Un destino que había abrazado a pesar de las venenosas espinas que rasgaban su piel. Un destino que aceptó cuando tomó la mano de madame Crawley a la tierna edad de nueve años. Consciente del significado de esos vestidos caros y de ese meloso aroma que rebosaban las alabastrinas cortesanas.
Yo debí morir aquel día. Lleno de golpes y aborrecido por las miradas de las personas en la calle. Yo debí morir ese día, pero madame Crawley me salvó. Me cuidó. Me educó. Y ahora tengo una deuda de vida con ella. La tengo.
Fue una noche, después de la cena, que madame Crawley les pidió unos minutos de su atención. A su derecha, se encontraba Ali y a su izquierda, André. El resto de la mesa la cubrían las demás cortesanas cuyos murmullos no se hicieron esperar. Ellie, quien estaba al lado de Ali, tomó aire sin profundizar. Extendió su mano debajo de la mesa y Ali la agarró suavemente.
-Ya he decidido quien será tu primer cliente, Ali.
-¡Seguro es el marqués de Wright Haven!-presuroso, habló André. Su boca delgada dibujó una sonrisa socarrona.- Desde que madame Crawley anunció que recibiría las propuestas selladas no ha parado de preguntarme si hay alguien que dio más de trescientas libras.
-¿Solo trescientas otorga el marqués? Ciertamente extiendo mis condolencias hacia su familia. Con esa cantidad su esposa solo puede adquirir dos vestidos de temporada.
-Apenas uno, diría yo.- exclamó Kitty. Una cortesana de ojos esmeralda.-Mr. Hughes apostó por cuatrocientas libras. Aunque me juró que solo lo hacía para probar suerte.
Anne rió.-Creo que la mayoría de mis clientes probó suerte con un mínimo de cien libras.
-Estimadas compañeras, ¿acaso se están olvidando de la sorpresa del año?- Ali viró sus ojos hacia madame Crawley y se preguntó cuándo es que tendría la intención de interrumpirlas. Sin embargo, a pesar de ese pensamiento pasajero navegando en su nebulosa mente, se sintió invadido por una limitada cantidad de tranquilidad. Cortesía de sus habladoras hermanas, claro.- Apelo a su buena memoria. ¿Recuerdan al sirviente de Su Gracia?- preguntó emocionada.- Hasta madame Crawley se asombró cuando escuchó: “Mi honorable señor, el duque de Wellbrooke, espera que su propuesta sea considerada como se lo merece”.
-Eliza, ¿acaso espiaste la reunión que tuve con el representante de Su Gracia?-preguntó madame Crawley. La joven se calló.- Ahora comprendo el porqué de su alboroto.
-Más que alboroto es expectativa.-argumentó Chiara con su exquisito acento y el semblante sereno.-El conde Hardin también fue uno de los postores. Está encantado con la compañía que Ali le brindó en el teatro y el club. Comentó su perfecta intuición al jugar las cartas; además del ilusorio movimiento que hacen sus pestañas cuando observa a los que lo rodean. Se disculpó conmigo por adelantado porque considera seriamente ser uno de sus clientes frecuentes.
El estómago de Ali se encogió. Ellie afirmó el agarre y una sonrisa fue transmitida como una caricia tenue.
-Pero la preferida del conde Hardin siempre serás tú, Chiara.-habló Kitty.-Temo que Ali no pueda seguirle el ritmo.
-En realidad nadie puede seguirle el ritmo a ese sádico.-murmuró André llevándose un vaso con agua a la boca.
-Sí, el conde Hardin fue uno de los primeros postores. -madame Crawley confirmó la información brindada por Chiara con el propósito de disipar la tensión en el ambiente.- Su Gracia fue casi de los últimos. Incluso Mr. Torrington llegó justo cuando estaba a punto de cerrar las puertas. Me aseguró que, aunque perdiese contra los demás, no dejará de solicitar a Ali.
Mr. Torrington. Ali lo recordó enseguida porque lo había acompañado varias veces a las exhibiciones de arte. Un señor viudo de cincuenta años con ademanes delicados y voz aflautada que poseía una de las tierras más vastas de Dover. Sus conversaciones siempre se centraron en los singulares adornos que adquirió en el extranjero.
-Nuestro hermano ha conquistado los corazones de esas insensibles bestias.- dijo Emily mostrando una sonrisa inocente que distaba mucho de lo que expresaba.-Ahora queda en manos de madame decidir quién será el afortunado que pasará la primera noche con él.
-Te equivocas, Emily. El dinero decidirá quién será el afortunado.
-No.- Ellie por primera vez en la noche intervino. Sus labios cereza dudaron un segundo y el mar en sus ojos temblaron.- Emily tiene razón, Kitty. A pesar de que la suma sea generosa, madame Crawley será la que decida quién es el postor más adecuado para la primera noche de Ali.
-Tu confianza me conmueve, Ellie. -La voz serpentina de madame Crawley causó una quietud entre las cortesanas.- Espero no decepcionarte. A ninguno de ustedes, en realidad. Especialmente a ti, Ali, mi pequeño mancebo. Velaré por ti más que antes. La seguridad estará a la altura de tus circunstancias; por tal razón es menester que me demuestres el resultado de tu educación.
Tienes que esforzarte. Tienes que destacar. Tienes que igualar a Ellie o superarla.
Ali, con un suspiro silencioso que feneció en el exterior, asintió.
Madame Crawley se relamió los labios, como saboreando un dulce manjar. Luego, sentenció:
-El duque de Wellbrooke te espera dentro de tres días en Apsley House.
