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Tras su charla, que duró más de lo que esperaba, Bruce descendió los silenciosos pasillos de la mansión en dirección a la cocina. No había rastro de vida, solo los crujidos sutiles de la madera antigua bajo sus pies y el eco lejano del reloj del salón marcando una nueva hora que se sentía idéntica a la anterior. El ambiente olía a café frío y a polvo apenas perceptible, como si la casa entera contuviera el aliento en espera de una noticia que nunca llegaría.
La cocina estaba tenuemente iluminada por la luz natural que entraba por las altas ventanas del ala este. El sol de la tarde se filtraba en haces dorados y moteaba el suelo con sombras largas. Alfred estaba allí, de pie, inmóvil frente al fregadero. Sus manos, enguantadas aún, sostenían una taza blanca con un ala ligeramente rota. La taza favorita de Tim.
Bruce se detuvo al verlo tan quieto. El mayordomo no se movía, y su mirada estaba fija en el objeto como si este pudiera traer de vuelta lo que habían perdido. Bruce carraspeó suavemente y tocó el marco de la entrada con los nudillos, rompiendo el hechizo.
Alfred se sobresaltó, y por un momento, su cuerpo tembló levemente como si fuese a dejar caer la taza. Pero, fiel a su temple, logró recomponerse con rapidez y girarse con su típica expresión serena, aunque sus ojos delataban una tormenta interior.
—Amo Bruce... ¿Qué le trae a la cocina? —preguntó con su tono habitual, pero más bajo de lo normal, como si su voz también caminara con cuidado.
Bruce no respondió de inmediato. Su cuerpo parecía más pesado que nunca, y sus hombros, tensos, apenas contenían el peso de la tristeza. Se acercó unos pasos, pero no se sentó. En lugar de eso, apoyó una mano contra el marco de la puerta como si necesitara sostenerse para decir lo que venía.
—Alfred... —empezó, sin rodeos—. No es nuestro Tim.
Su voz salió más grave de lo habitual, cargada de esa tristeza espesa que solo conoce quien ha perdido a un hijo más de una vez. Era el tono de un hombre que ya no sabía cómo levantarse.
—Al principio pensé que era solo algo transitorio, que era una secuela o que tal vez era… No se… una ilusión, tal vez, por el trauma, por el cansancio. Yo decidi seguir su historia cuando lo vi por primera vez, pero ahora… No puedo negarlo… Este Tim... —bajó la mirada, tragando saliva— …es muy diferente. Su historia, su conducta. No es mi hijo.
Hubo un silencio denso. Una corriente de aire entró por la ventana y agitó apenas las cortinas como si la mansión suspirara con ellos.
—No sabe cómo llegó aquí. No sabe qué le pasó al nuestro. Y está tan traumatizado… su mundo era un infierno. No sé cómo ayudarle —la voz de Bruce se quebró—. Pero también siento que es mi hijo. Lo sé. Siento que debo protegerlo... pero quiero a mi hijo de vuelta. Y no sé qué hacer.
Dicho esto, Bruce bajó la cabeza y se tapó los ojos con una mano. Su respiración era entrecortada, y su otra mano se aferraba con fuerza al marco de la puerta. La figura imponente del murciélago ahora parecía un hombre al borde del derrumbe.
Alfred permaneció en silencio durante un momento más, apretando con fuerza la taza entre sus manos. Sus nudillos estaban blancos. Como si aferrarse a ese pedazo de cerámica pudiera hacer volver el alma de Tim. Pero sabía que no podía. Respiró hondo y dejó la taza sobre la encimera con delicadeza, como quien deposita una flor en una tumba.
Se acercó a Bruce y, por primera vez en años, lo rodeó con los brazos. No como mayordomo, ni como consejero. Lo abrazó como su padre.
—Bruce… —dijo con voz suave y profunda—. Hay cosas que no podemos controlar. Y personas... —su voz titubeó, se quebró por un instante—... a las que no podemos salvar.
El silencio volvió a colarse entre los dos, interrumpido solo por el golpeteo suave del reloj de pared. La casa parecía escuchar.
—No sabemos qué le pasó a nuestro muchacho —continuó Alfred, más firme—. Pero este que tenemos ahora… él carga con el dolor de su mundo y con la sombra del nuestro. Está completamente solo. Perdió todo lo que amaba. Y ahora... lleva dentro de sí un hijo que nuestro Tim jamás supo que tendría.
Bruce bajó lentamente la mano de su rostro. Sus ojos estaban vidriosos.
—No podemos abandonarlo, Bruce —dijo Alfred, mientras lo soltaba con lentitud—. Pero tampoco debemos avergonzarnos de llorar a quien ya no está.
Entonces, adoptó su porte habitual, más erguido, más firme, como si se pusiera una armadura invisible.
—Ahora no es momento de lágrimas. Ya habrá tiempo. Lo que importa es cuidar de Tim. Porque aunque no lo parezca... ese chico también es Tim.
Y esta vez, Bruce asintió.
No como el caballero oscuro.
Sino como un padre al que el dolor le enseñó a abrazar más fuerte.
***En el otro lado de la ciudad, otro miembro de la familia abordaba el duelo en soledad. ***
En su apartamento, Jason estaba tirado boca arriba en la cama, completamente vestido, con la chaqueta medio abierta y los brazos extendidos como si quisiera fundirse con el colchón. La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz tenue que entraba a través de las cortinas entreabiertas. Una corriente de aire caliente hacía crujir levemente el marco de una ventana mal cerrada. El reloj de pulsera sobre la mesita marcaba una hora indeterminada que a Jason no le importaba.
Su mirada se perdía en el techo agrietado, como si allí pudiera encontrar las respuestas que no le dio Bruce durante la comida. El ventilador del techo giraba lentamente, arrastrando el aire denso de la habitación con un zumbido hipnótico.
Todo fue tan irreal.
¿Cómo que Tim no es Tim?
¿Por qué no dijeron nada Bruce y Alfred?
…
¿Está bien?
Jason no dejaba de preguntárselo. No al Tim que él conocía, sino al chico que ahora llevaba su rostro, su voz… No podía ignorar el hecho de que este seguía embarazado y toda la vida del chico habia dado un giro de 180º hacia una situación surrealista que no tenia planeada.
Y sin embargo, aún era Tim.
Por mucho que se hubiera molestado con él durante la comida, por mucho que su carácter explosivo lo empujara a gritar, no podía dejar de pensar en cómo ese chico apenas podía sostenerse emocionalmente. Todo en su vida había sido arrancado y arrojado a un lugar que no conocía. ¿Y ahora debía criar a un hijo solo, en un mundo que no era el suyo?
Jason exhaló con rabia, se sentó brevemente en la cama y luego volvió a dejarse caer con fuerza. El colchón crujió. Golpeó la almohada con el puño y se cubrió el rostro con el antebrazo.
Aun si lo comprendía solo "hasta cierto punto", sabía demasiado bien lo que era morir y despertar siendo otro. Lo sabía mejor que nadie.
Pero… esperaba que mi Tim no hubiera muerto al igual que Robin.
Y no era el Robin de Tim del que hablaba.
Era del suyo.
El que murió en aquella explosión.
El que volvió... roto, distinto, furioso.
Jason cerró los ojos con fuerza.
Y entonces recordó la advertencia que ese otro Tim le dio. La mención de Lia.
Ese Tim sabía de su hija. Sabía cuánto la amaba. Y por eso se lo dijo.
Jason apretó los dientes.
No podía ignorar eso.
Ese Tim tuvo una relación cercana con su Jason, lo suficientemente íntima como para querer a su familia, como para preocuparse por su sobrina. Maldita sea, había dicho “Prometeo la mató en mi mundo”, y Jason sabia que no lo soportaría. Jamás.
Mierda.
Maldijo internamente, clavando los dedos en la almohada como si esta pudiera aliviar la tensión de sus pensamientos. Lo sabía. Lo había decidido ya, aunque no lo dijera en voz alta.
Iba a cuidar de ese Tim.
Iba a ser un… buen hermano.
Aunque no fuera el suyo.
Aunque doliera.
Se giró de lado, abrazando con fuerza la almohada de Roy, su olor aún impregnado en la tela, mezcla de colonia cítrica, café y madera. Lo apretó como si eso fuera a sostenerlo mientras el nudo en su garganta se formaba.
Ahora mismo solo quería hablar con Roy y saber cuánto tardarían en llegar…
Quería abrazarlos. Quería oler el cabello de Lia, escuchar su risa chillona, ver a Roy lanzarse a por una cerveza sin decir nada más que “ya vine”.
Quería que todo esto fuera un mal sueño.
Pero si no lo era…
Entonces necesitaban volver a la mansión. Todos.
Necesitaban estar allí. Con ese Tim. Porque si nadie más podía, ellos sí iban a sostenerlo.
Quiero que Roy y Lia lleguen rápido…
Gimoteó Jason, sintiendo que el calor en los ojos amenazaba con salir. Apretó más fuerte la almohada, como si eso bastara para contener el miedo.
Y por un instante, fue solo un chico grande que también necesitaba que alguien lo abrazara y le dijera que todo estaría bien.
