Chapter Text
Volver a Buenos Aires significó muchas cosas para Julián.
Volver a Buenos Aires significó volver a casa.
Literalmente.
Cuando después de horas de viaje, de tener que contener a Olivia dentro del auto porque estaba demasiado ansiosa por llegar, finalmente con la camioneta de Enzo estacionaron frente a su casa, fue un sentimiento casi mágico, como volver exactamente a dónde pertenecía.
En el momento en que Julián colocó la llave en la cerradura y abrió la puerta, supo que volver era la mejor decisión.
Todo estaba exactamente como lo había dejado. Y sí, aunque su casa estaba algo sucia, con mucho polvo acumulado y le hacía falta una limpieza a fondo, seguía siendo su casa; volver estaba lleno de emoción.
—¡Papiiiii! ¡Estamos en casa! —gritó Olivia mientras entraba disparada, revisando cada rincón con la misma energía que había llevado todo el viaje. Julián la observó con una sonrisa suave; verla así de feliz le confirmaba que estaba haciendo lo correcto.
Enzo venía detrás, con varias bolsas y una maleta que parecía pesar más de lo que parecía, pero que lo llevaba con esa facilidad suya y esa buena voluntad que a Julián lo tenían tan enamorado.
Julián se acercó sin pensarlo para ayudarlo.
—Ay, gordo, no tenés que hacer todo solo. Dejame que te ayude.
La sonrisa de Enzo se abrió de golpe, luminosa y un poco orgullosa, claramente no le importaba mucho el peso del equipaje.
—¿Cómo me dijiste, mi amor?
Julián se sonrojó de inmediato al darse cuenta de lo que había dicho en voz alta. En su cabeza sonaba mejor.
—Ya, Enzo… no empieces.
—Dale, decímelo otra vez, por favor, mi hermoso.
— No, se me escapó nomas, es un apodo patético.
— Dale Juli… Por favor…
— No, Enzo.
— ¡Dale Juli! No seas maloooooo…
Él rodó los ojos, fingiendo fastidio, pero su voz vaciló cuando habló. —¿Gordo…?
—Si no tuviera tantas cosas encima te estaría comiendo la boca ahora mismo, Julián.
— Ay Enzo… Basta.
Olivia, completamente ajena a la electricidad entre los dos, encontró la caja de sus juguetes y se puso a armar un circo justo en la sala. —¡Mirá, papi! ¡Mirá tío Enzo!—gritó para llamar la atención.
Julián aprovechó para soltar las bolsas en el suelo y se acercó hasta su hija para besarle la frente, mientras Enzo dejaba el resto del equipaje apilado en un rincón de la sala.
— Mi amor, anda llevando de a poco tus cosas a tu pieza… — le indicó Julián a Olivia con voz suave — Y después vemos que vamos a cenar ¿Sí?
Olivia asintió, cargando en sus pequeños bracitos su caja de juguetes y prácticamente saltando de felicidad por estar en su casa después de tanto tiempo.
Cuando Olivia los dejó solos, la mirada de Enzo sobre él era tan intensa, tan cargada de ternura y algo más difícil de poner en palabras —una mezcla de amor y deseo contenido— que Julián ni siquiera intentó resistir el impulso de acercarse.
Se movió despacio, hasta que sus dedos se apoyaron en la cintura de Enzo. Lo atrajo con suavidad, buscando ese contacto que ya conocía tan bien y que, sin embargo, siempre quería más.
—No quiero que te vayas, Enzo… —murmuró, con la voz apenas audible, escondiendo el rostro en su pecho y disfrutando del olor del perfume de su novio.
Enzo le acarició la espalda con movimientos lentos, como si también necesitara memorizar su cuerpo antes de dejarlo ir.
—Yo tampoco, mi ángel. Pero tengo que ir a ver qué onda todo en el gimnasio, y también tengo que hablar con Valentina sobre unas cosas. Cuanto antes sea, mejor. —Hizo una pausa breve, besando su pelo antes de añadir con una sonrisa—. Y también tengo que ver a Benja… lo extrañé un montón.
Julián asintió despacio. Sabía que tenía razón, que Enzo necesitaba retomar su rutina, su vida en Buenos Aires. Pero después de tantos días juntos, después de haber compartido el viaje, los días y las noches, la idea de separarse —aunque fuera por unas horas— le resultaba insoportable.
—Lo sé, En. Hace lo que tengas que hacer y tráelo a Benja después, ¿sí? Quiero verlo.
—Sí, mi amor. Lo que vos quieras.
Enzo lo abrazó con más fuerza, apretándolo contra su cuerpo. Una de sus manos se deslizó hasta la nuca de Julián y la otra se quedó firme en su cintura, sosteniéndolo como si temiera que desapareciera. Luego, le rozó los labios con la punta de sus dedos, apenas un gesto, pero cargado de deseo. Julián no lo soportó más: cruzó los brazos alrededor de su cuello, lo tomó por el rostro y lo besó.
Fue un beso profundo, de esos que condensan todo lo que no se dice. Un beso de regreso y de promesa, de hogar reencontrado. El tiempo pareció estirarse entre ambos: las respiraciones se mezclaron, el calor del otro se volvió urgente, familiar. Era un beso de reencuentro con ellos mismos y con su historia, con lo que habían sido antes y lo que estaban dispuestos a volver a construir.
Cuando se separaron, Enzo escondió el rostro en el cuello de Julián, dejando pequeños besos dispersos sobre su piel, como si necesitara marcar cada centímetro antes de irse. Julián soltó una risa suave y lo abrazó más fuerte. No quería soltarse. Ninguno quería.
—¿Seguro que vas a estar bien acomodando las cosas solo? —preguntó Enzo contra su piel, con la voz ronca qué le hizo pensar cosas que no debería pensar, al menos no ahora.
—Sí, tranquilo, Enzo… —respondió Julián, y la manera en que pronunció su nombre, tan suave, hizo que el otro sonriera contra su cuello.
Se quedaron así un rato más, perdiendo minutos a propósito. Cada beso era una excusa para no decir adiós todavía. Pero al final, Julián tomó su mano con firmeza y lo acompañó hasta la puerta, los dedos entrelazados como si no quisieran soltarse ni siquiera en los últimos pasos.
—Avisame cualquier cosa que necesites, Juli. Te escribo apenas esté libre —dijo Enzo, ya en el umbral, sin soltarle la mano.
—Dale, yo te aviso.
Enzo se detuvo un momento antes de cruzar la puerta. Lo miró con los ojos brillantes y Julián sintió un nudo en la garganta al ver la emoción tan pura en su mirada.
—Gracias, Juli. Por todo lo que estás haciendo. Volver… —dudó un segundo, buscando las palabras exactas—. Yo te juro que voy a hacer que todo valga la pena. Te voy a hacer muy feliz, mi ángel.
Julián lo miró, con el corazón latiéndole tan fuerte que sentía que podría sufrir un ataque cardíaco, Enzo ya le había dicho palabras similares tantas veces pero no se cansaba de oírlas. No respondió enseguida; se limitó a sonreírle con ternura, acariciando su mejilla con cariño.
—Yo sé —dijo al fin—. Sé que vamos a ser muy felices.
Enzo se inclinó una vez más para besarlo, despacio, como si quisiera dejarle grabado el sabor en los labios. Después se separó con esfuerzo, le acarició la mejilla con el pulgar y salió. Julián se quedó quieto unos segundos admirando a su hermoso novio caminando por la vereda, hasta que se perdió el sonido del motor al arrancar.
La casa se sintió distinta en cuanto Enzo se fue: igual de cálida, pero un poco más vacía. Julián apoyó la espalda contra la puerta, cerró los ojos y suspiró.
Entonces, miró alrededor. Había muchas cosas por hacer. Poner todo en su lugar, reunir las piezas y domesticar el polvo de la ausencia.
Pero a pesar de que esto recién iniciaba y que su regreso implicaba una lista enorme de tareas por cumplir, sonrió. Era su casa, su vida, su historia.
Y ahora también era el lugar al que Enzo volvería.
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Al día siguiente, Enzo pasó a buscarlos temprano con su camioneta.
Volver al consultorio fue igual de emotivo que volver a su casa.
Era su lugar, su otro hogar. La puerta de vidrio, el cartel con su nombre algo desgastado, el olor inconfundible de sus elementos de trabajo… todo lo golpeó con una mezcla de nostalgia y orgullo porque esto era algo suyo. Cuando giró la llave y empujó la puerta, una bocanada de aire tibio y polvo los recibió.
—Huele muy mal acá, papi —comentó Olivia arrugando la nariz.
Julián rió. —Y sí, Oli, hace meses que no se abre esto.
Olivia, naturalmente, ignoró cualquier advertencia y se lanzó a explorar el lugar, tocando todo con curiosidad. Julián tuvo que detenerla antes de que se trepara a la camilla.
—¡Oli! No toques nada, está sucio, amor —dijo, aunque no pudo evitar que ella hiciera lo que quisiera.
Enzo, mientras tanto, comenzó a abrir las ventanas para que entrara aire.
—Bueno, manos a la obra —anunció con su tono práctico, el mismo con el que siempre lograba hacer que todo pareciera tan fácil.
La idea era arreglar todo lo más pronto posible de manera a que Julián pudiera abrir su consultorio tan rápido como se pueda y volver a atender pacientes. Así, entre risas, trapos húmedos y canciones que Olivia ponía desde el celular, los tres se pusieron a limpiar y ordenar. Había algo extrañamente cálido en ese caos compartido: la sensación de estar recuperando una vida que había estado en pausa.
En un momento, mientras Julián limpiaba las estanterías y Enzo revisaba la camilla, el morocho rompió el silencio.
—Fui ayer al gimnasio. Los muchachos ya te quieren ver. Y supongo que ya confirmaste que Cristian ya no es más tu vecino…
—Sigo sin creer que de verdad se mudó con Licha…—dijo Julián, sorprendido, y soltó una risita.
Enzo soltó una carcajada, negando con la cabeza. — Y no me creíste cuándo te lo conté durante el viaje, malo. Esos dos están peor que nosotros. Les dije que pronto te voy a llevar para que los saludes, pero que todavía nos estamos acomodando y no quiero que te molesten.
—Ellos no me van a molestar, Enzo… —respondió Julián, con una sonrisa tranquila.
—Ya sé —contestó Enzo, dejando un paño sobre el escritorio—, pero igual te quiero tener un poquito más solo para mí. Ya sé que es egoísta, pero bueno… es lo que hay, Julián.
Julián soltó una risa suave mientras sacudía el polvo del estante. —Sos terrible, Enzo —murmuró, pero su voz sonaba más tierna que seria.
El silencio volvió a instalarse por unos minutos, solo roto por el ruido del agua en el balde y las risas esporádicas de Olivia jugando con el plumero. Hasta que Enzo volvió a hablar, más serio esta vez.
—También hablé con Valentina… —dijo de repente.
Julián se tensó apenas, aunque lo disimuló inclinándose para limpiar una repisa. No quería entrometerse de más en la relación entre Enzo y Valentina; sentía que sin quererlo ya lo había hecho demasiadas veces, sabía que ese era un terreno delicado y no quería inmiscuirse más de la cuenta porque no le correspondía.
—¿Algo que tenga que saber? —preguntó igual, sin mirarlo.
—No, nada —respondió Enzo, acomodando unos papeles—. Nos pusimos de acuerdo en cómo nos vamos a manejar con Benja y todo eso ahora que estamos separados… Hablamos super bien, todo tranquilo.
Julián asintió, mordiéndose el labio. Intentó parecer neutral, pero la idea de Valentina rondando su cabeza le provocaba un leve malestar que no podía explicar del todo. No por celos, exactamente… más bien por inseguridad. Porque ahora, cada vez que la viera, ya no sería “el amigo de Enzo”, sino “el novio de Enzo”. Y eso lo ponía un poco nervioso, no podía evitar imaginar lo incómodo que sería el reencuentro entre los dos, seguramente Valentina lo odiaba y ciertamente no podía culparla.
—Para evitar problemas y que todos estén cómodos —continuó Enzo, con calma—, le voy a dejar la casa a ella. Yo me voy a mudar. Estoy pensando en buscarme un departamento o algo así estos días. Mientras tanto, me voy a quedar en lo de Giuliano.
Julián no supo qué decir al principio. La idea lo golpeó de frente: Enzo, buscando un lugar nuevo, durmiendo unos días en la casa de un amigo, mientras él tenía mucho espacio en su casa…
Por un segundo, una idea cruzó su mente con una claridad que lo asustó.
Podría quedarse con él. Podrían compartir casa, de verdad. Podrían vivir juntos.
Despertar juntos, todos los días, con Olivia desayunando en la cocina y Benja los fines de semana jugando por toda la casa.
O mejor aún, podrían comprar una nueva casa, esa idea lo entusiasmó aún más, algo que fuera solo de ellos dos, sin historias pasadas, un espacio dónde podrían escribir su propia historia todos los días.
Pero enseguida la descartó. Era una locura. ¿Qué estaba pensando? Era demasiado pronto.
Aun así, no pudo evitar que algo en su pecho se agitara ante esa idea, porque realmente se lo quería proponer a Enzo pero no encontraba el valor para hacerlo.
—Ah… —atinó a decir, retomando la limpieza como si nada—. Bueno, sí, tiene sentido. Supongo que así va a ser más fácil para todos.
Enzo lo miró desde el otro lado de la camilla, notando el leve cambio en su voz, caminó hacia él y, sin decir nada, le pasó un brazo por la espalda, apoyando la barbilla en su hombro para luego besar su mejilla suavemente.
— ¿Todo bien, mi amor? — le preguntó Enzo en voz baja — ¿Te molesta algo? Decime…
— No, no — se apresuró a desmentir, no podía reconocer que se había puesto así por una idea que no encontraba el coraje para plantear — Es que son muchos cambios, muchas cosas por hacer, me siento un poco abrumado, nada más.
Enzo bajó la mano hasta su cintura, acariciándole el costado con el pulgar. Su gesto era una mezcla perfecta de calma y ternura.
— No te pongas así, mi ángel — Dijo, rozando su mejilla con sus labios — Yo sé, pero es temporal… Ya después nos vamos a acomodar y vamos a estar mucho más tranquilos.
Julián soltó un suspiro, dejando que su cuerpo se relajará en el contacto con Enzo. Era imposible no hacerlo. Esa manera de reconfortarlo tenía un efecto inmediato.
— Sí, obvio — murmuró, apoyándose contra el cuerpo de Enzo para disfrutar de su abrazo — Un paso a la vez, ¿no?
— Un paso a la vez, Juli — respondió él, besando su mejilla una última vez antes de volver al trabajo.
Mientras Julián lo miraba regresar a su labor, moviéndose por su consultorio cómo si fuera suyo, pensó que quizás su idea no era tan descabellada después de todo.
Quizás, en algún momento no tan lejano, cuándo la turbulencia del regreso a Buenos Aires acabe, cuándo todo este proceso de acomodar sus vidas en la ciudad llegue a su fin, esa idea que ahora parecía una locura podría volverse su próxima realidad.
El tiempo siempre pone todo en su lugar.
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Una tarde, cuando Julián ya había dejado todo en condiciones en el consultorio, se permitió por fin un respiro. Había sido una semana larga, cargada de pequeños detalles que ajustar, permisos que volver a gestionar y llamadas que atender. Pero al cerrar la puerta del consultorio y mirar el lugar en silencio, se sintió muy satisfecho.
Pensar que al día siguiente podría comenzar a recibir pacientes nuevamente en su propio espacio lo hacía sonreír con una mezcla de orgullo y alivio. Era el resultado de días de trabajo, pero también de una etapa de reconstrucción que no habría sido posible sin cierta persona.
Justo entonces, su teléfono vibró. El nombre de Enzo iluminó la pantalla anunciando su llamada.
— ¿Podés pasar por el gimnasio un ratito? — le dijo apenas atendió, con ese tono que usaba cuando estaba tramando algo — Traé a Oli con vos. Les tengo una pequeña sorpresa.
Julián arqueó una ceja, curioso.
— ¿Una sorpresa? ¿Para mí o para Oli?
— Para los dos — respondió Enzo, sonando casi travieso — Les va a gustar, te prometo mi amor.
Y claro, Julián no pudo negarse.
El sol de la tarde teñía el cielo de tonos anaranjados cuando estacionó frente al gimnasio. Olivia, en el asiento trasero se removía inquieta porque ya quería bajar.
— ¿Papi, el tío Enzo nos espera adentro?
— Sí, mi amor. Dijo que tenía una sorpresa, así que seguro está por ahí escondido — bromeó Julián, haciendo que ella soltara una risita.
Cuando bajaron del auto, Julián se quedó unos segundos quieto, observando la fachada del gimnasio. Todo le resultaba tan familiar que una sensación cálida —y un poco melancólica— lo atrapó de golpe.
Aquel lugar había sido mucho más que un simple sitio de entrenamiento. Era donde había vuelto a sentirse acompañado.
Gracias a ese gimnasio, su vínculo con Enzo se había fortalecido. Había pasado de ser una simple rutina de ejercicios a convertirse en el espacio donde compartían charlas, risas, dónde empezaron a hacerse compañía. Donde Enzo lo había ayudado, sin saberlo, a salir del pozo en el que había caído tras lo ocurrido con Santi.
Por meses, su vida se había reducido a un ciclo monótono: llevar a Olivia al colegio, atender pacientes, volver a casa, repetir el mismo ciclo al día siguiente. Nada más.
Hasta que Enzo había aparecido. Enzo lo había sacado de aquel ciclo repetitivo y lo había salvado de ahogarse en la melancolía, de aquella existencia tan sombría, de aquella soledad que era lo único que conocía, salvando a su corazón de ese destino.
Por eso, al ver el gimnasio otra vez después de tanto tiempo, sintió una punzada en el pecho, una mezcla de nostalgia y gratitud.
Al cruzar la puerta, la primera voz que escuchó fue la de Licha.
— ¡Nah! ¡No te puedo creer! ¡Por fin! ¡Juli! — exclamó con una sonrisa enorme, dejándolo apenas tiempo para reaccionar antes de abrazarlo — ¡Amigo, tanto tiempo!
Julián rió, sorprendido por el entusiasmo del rubio. Lo había extrañado bastante, no podía negarlo.
— ¿Cómo estás, Licha? — respondió, devolviéndole el abrazo con cariño.
— Yo, súper bien — dijo Lisandro, apartándose solo para mirarlo de arriba abajo — Pero vos… wow, Enzo tenía razón. Estás muy cambiado, amigo. Se te ve re distinto.
Julián bajó la mirada, sonriendo con timidez.
— Puede ser — murmuró — supongo que cambian muchas cosas cuando uno empieza a estar bien.
Y lo decía en serio. Su cambio no era solo físico —aunque ahora su pelo era más largo y había dejado de luchar con sus rulos desordenados—, era también algo que irradiaba desde adentro. Una paz nueva, una serenidad que antes no tenía.
El siguiente en aparecer fue Giuliano, que prácticamente cruzó el salón a toda velocidad para atraparlo en un abrazo apretado, intenso cómo siempre.
— ¡Pero mirá quién volvió! ¡Juli!
— ¡Giuli! — respondió Julián, riéndose también para devolverle el abrazo.
— Que bueno verte, Julián — contestó él, y enseguida vio a Olivia escondiéndose detrás de la pierna de su padre — ¡Y ella! ¡Pero si está enorme! Vení acá, princesa.
Antes de que Julián pudiera decir algo, Giuliano ya la había alzado y giraba con ella en brazos, enseguida su hija capturó la atención total tanto de Giuliano cómo de Lisandro, que quedaron embobados por cada cosa que ella decía.
De repente, Julián giró la cabeza y lo vio.
Desde el fondo del gimnasio, Enzo avanzaba hacia ellos. Tenía esa expresión cálida, esa sonrisa apenas curvada que siempre lograba dejarlo sin aire. Pero esta vez, lo que realmente hizo que se le encogiera el pecho no fue su sonrisa, sino la pequeña figura regordeta que caminaba a su lado.
Ahí venía Enzo, con Benja de la mano.
El nene se aferraba a los dedos de su padre mientras hablaban bajito de algo, riéndose los dos, con la complicidad de quienes se entienden con solo mirarse. Y en ese instante, Julián sintió una punzada de ternura tan profunda que le temblaron las rodillas.
No era la primera vez ni tampoco sería la última que veía a Enzo con su hijo, pero volvió a confirmar lo mucho que le gustaba ver a Enzo siendo papá.
Olivia, desde los brazos de Giuliano, notó enseguida quién había llegado.
— ¡Benja! — gritó, agitando los brazos.
El nene levantó la vista y sonrió al instante. — ¡Oli!
Giuliano apenas alcanzó a bajarla antes de que Olivia saliera corriendo hacia él. Se encontraron en medio del pasillo del gimnasio y se abrazaron con tanta fuerza que parecían aplastarse el uno al otro. Los dos reían, hablando al mismo tiempo, contándose cosas sin orden ni pausa, como si no hubiera pasado ni un solo día desde la última vez que se vieron.
Julián los observó desde unos pasos atrás, sintiendo que la emoción se le subía hasta los ojos. Se acercó despacio, sin querer interrumpir ese pequeño reencuentro que irradiaba una felicidad pura. Y, al mirar por encima de ellos, se encontró con la mirada de Enzo.
El brillo en los ojos de Enzo era inconfundible: orgullo, ternura y algo más, algo que le hablaba directo desde el corazón.
Durante un segundo, ninguno dijo nada. Solo se miraron, sonriendo, compartiendo en silencio la satisfacción de ver a sus hijos juntos de nuevo.
— ¿Y a mí no me vas a saludar, Benja? — preguntó Julián con una sonrisa suave.
El nene se dio vuelta enseguida y corrió hacia él, con esa energía imparable que siempre tenía.
— ¡Tío Juliiiiii! — gritó, lanzándose a sus piernas.
Julián lo atrapó entre risas y lo alzó, girándolo en el aire antes de abrazarlo fuerte.
— Pero mirá lo grande que estás, campeón — le dijo, apartándose un poco para mirarlo mejor.
Enzo se acercó, acariciando el cabello de su hijo.
— No sabés lo que insistió para venir — dijo con voz baja, mirando a su hijo con ternura — cuando le conté que te íbamos a ver, no paraba de hablar de eso.
— Denso igual que el papá — agregó Lisandro riendo.
— ¡Porque lo extrañaba! — intervino Benja enseguida, abrazándose al cuello de Julián — Oli y el tío Juli son los mejores.
Esa simple frase lo derritió de la ternura. Julián sintió que las lágrimas se le iban a escapar, pero se limitó a sonreír, pasando una mano por el cabello del chico.
— Nosotros también te extrañamos, Benja. Mucho.
Al dejar a Benja en el suelo, los dos niños, ya juntos de nuevo, se agarraron de las manos y salieron corriendo hacia un rincón del gimnasio donde había colchonetas, charlando sin parar, como si el tiempo separados no hubiera ocurrido.
Julián los siguió con la mirada, sin poder ocultar la emoción que lo desbordaba.
— Que linda sorpresa gordo, no sabés lo que me alegra verlos así — dijo en voz baja, mirando a Enzo. — Se nota cuánto se quieren.
— Sí — murmuró Enzo, con una sonrisa suave — Ellos tienen una conexión especial. Cómo si fueran hermanos.
Julián asintió, acercándose para abrazar a Enzo para disfrutar del reencuentro entre sus hijos. Lo miraba sin parar con una sonrisa, admirando al hombre del que estaba profundamente enamorado.
— Gracias Enzo…— murmuró acercándose para besar su mejilla suavemente.
— De nada, mi ángel. Me alegro que te haya gustado esta pequeña sorpresa.
— Bueno, bueno… basta de ser tan melosos por un rato — Lisandro irrumpió en la escena de pareja — Tenemos que juntarnos para celebrar el regreso de Juli. Nosotros ponemos la casa, así Juli la conoce y puede saludar a Cris.
Enzo se giró hacía él, todavía con una mano en la espalda de Julián.
— Me parece perfecto — respondió, mirándolo de reojo — ¿Qué decís, Ju? ¿Te gusta la idea?
— Sí, claro que sí. Tenemos que juntarnos y celebrar.
— ¡Eso! ¡A escabiar cómo se debe! — exclamó Lisandro, levantando los brazos en señal de victoria.
Giuliano no tardó en sumarse, acercándose sigilosamente con una sonrisa pícara.
— Ya que estamos… una pregunta importante — Dijo con su tono teatral y dramático de siempre — Sí lo de ustedes ya es oficial… ¿Eso significa que ahora Juli también es nuestro jefe?
Julián soltó una carcajada, negando con la cabeza. Definitivamente Giuliano no cambiaba.
— No, Giuli… Es un montón…
— Sí, es tu nuevo jefe también — afirmó Enzo con seriedad — Y te aviso que si lo volvés a mirar cómo antes, te rajó del gimnasio.
Giuliano fingió indignación, llevándose una mano al pecho.
— ¡Pero por favor! Yo soy muchas cosas, pero buitre no. Jamás me metería con la jermu de un amigo.
Las carcajadas fueron generales. Sólo faltaba Cristian y el grupo de amigos ya estaría completo.
Julián cómo siempre que estaba cerca de Enzo, se sentía cómodo y feliz, eso también era algo que no cambiaba.
De a poco, iba llenando los espacios en blanco, encontrándose con personas a las que no veía hace mucho pero que habían sido importantes durante todo el recorrido que los trajo hasta aquí, personas que habían sido vitales dentro de su historia con Enzo.
Pero Julián todavía tenía una persona a la que quería saludar para poder agradecerle.
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Al llegar al edificio, Julián notó que muchas cosas habían cambiado. El hall de entrada, que antes solía parecerle gris y silencioso, ahora estaba lleno de luz natural, con plantas en los rincones y un aroma leve a café recién hecho proveniente de la pequeña máquina que habían instalado junto a la recepción. Era un detalle mínimo, pero bastó para hacerlo notar que las cosas habían cambiado, igual que él.
El sonido de las conversaciones, el eco de los pasos, incluso el murmullo del ascensor al detenerse, todo se sentía diferente. Como si el lugar hubiera decidido también reinventarse.
Caminó despacio, con las manos en los bolsillos y esa mezcla de nostalgia y nerviosismo que siempre aparece cuando uno vuelve a un sitio que alguna vez dolió. Saludó a la recepcionista, que no lo reconoció porque era una recepcionista diferente, y explicó brevemente que no tenía cita, que no era ningún paciente pero que solo quería pasar a saludar si era posible. La mujer lo miró con amabilidad y le pidió que esperara unos minutos, que justo estaba terminando con un paciente.
Julián se sentó en una de las sillas de la sala de espera, mirando alrededor. Las paredes ya no eran blancas como antes: ahora estaban pintadas en tonos cálidos, con fotografías enmarcadas de paisajes y caminos rurales. Antes era todo tan distinto, pensó. Recordó las veces que había estado sentado en esa misma posición, pero con el pecho oprimido, la respiración pesada y la cabeza hecha un caos total. En aquel entonces, cada minuto de espera le pesaba como una piedra aplastando su corazón herido, como si el solo hecho de estar en ese lugar fuera una prueba pesada de que no estaba bien.
Ahora, sin embargo, el aire se sentía liviano. El silencio ya no lo intimidaba, las memorias no dolían, la oscuridad ya no lo atrapaba y ya no sucedía aquello de que lo sombrío de su pasado se colaba entre las rendijas de su presente, la oscuridad ya no lo arrastraba más.
Mientras esperaba, sus pensamientos lo siguieron llevando inevitablemente hacia atrás. Recordó aquella primera vez que cruzó esas puertas, la voz temblándole al explicar por qué estaba ahí. Recordó esa mirada serena, esa mezcla de comprensión y paciencia que tanto le había costado soportar al principio. Recordó también las jornadas en las que no quería hablar de nada, pero igual se quedaba, porque en el fondo sabía que ese era el primer paso para salir del hueco en dónde estaba.
Había sido un proceso lento, lleno de tropiezos, pero ahora —al volver despojado de toda aquella carga— podía ver con claridad cuánto había cambiado. Se había reconstruido pedazo a pedazo, y cada parte que recuperó llevaba un poco de esa fuerza que creyó perdida.
Respiró hondo. Ya no era el mismo hombre que había entrado ahí buscando aprender a vivir sin dolor. Definitivamente ese hombre se había ido.
De repente, la puerta del consultorio se abrió, y el hombre de cabello dorado, acompañó a su paciente hasta el pasillo. Julián lo reconoció enseguida, aunque el tiempo también había puesto algunos ligeros cambios en su apariencia física, seguía teniendo esa expresión serena, la misma que alguna vez había logrado contenerlo cuando todo en su cabeza era ruido.
El psicólogo giró para volver a entrar a su oficina, sin notar su presencia. Entonces, Julián lo llamó.
— Hola… — su voz salió más suave de lo que planeaba, pero suficiente para detenerlo — Venía a ver si mi psicólogo todavía se acuerda de mí…
Facundo se giró de inmediato, los ojos abiertos por la sorpresa. Por un instante pareció quedarse sin palabras, como si su mente necesitará tiempo para procesar lo que veía. Luego una sonrisa amplia le cruzó el rostro.
— ¿Julián? — dijo, avanzando unos pasos — No te puedo creer… ¡tanto tiempo!
El tono de su voz estaba cargado de una mezcla de alegría y emoción genuina. Julián sonrió, algo tímido, pero con ese brillo que delataba cuánto significaba ese reencuentro.
— Sí… — respondió con una leve risa — pensé que capaz ya ni te ibas a acordar de mí.
— ¡Pero por favor! — Facundo soltó una risa y se acercó, dudando apenas antes de abrazarlo — ¿Cómo podría olvidarme?
Julián correspondió el abrazo, sintiendo por un segundo una oleada de emociones encontradas. Había algo profundamente simbólico en ese gesto: era como cerrar un círculo, como mirar de frente al confidente de todo lo que alguna vez dolió en su vida y darse cuenta de que ya no lastimaba tanto.
El abrazo fue breve, pero sincero. Al separarse, Facundo lo observó con detenimiento, como si intentara reconocer al muchacho que una vez llegó a su consultorio buscando alivio y una cura para todo el dolor qué cargaba en su alma.
Al apartarse del abrazo, Facundo se quedó unos segundos quieto, sus ojos recorrieron el rostro de Julián con una mezcla de sorpresa, alegría y una pizca de nostalgia.
— No puedo creerlo — murmuró finalmente — Estás… distinto. Muy distinto, Julián.
Julián sonrió, algo nervioso, pero con la calidez de saber que su (ex) psicólogo tenía toda la razón.
— Supongo que sí — respondió con tono suave — Hace mucho que no venía por acá.
Facundo lo estudió en silencio por un momento, y Julián supo que estaba haciendo lo que siempre hacía: leer entre líneas, notar lo que no se dice. Pero esta vez, en lugar de encontrar un cansancio en sus ojos o una tristeza contenida, lo que vería sería calma, luz y brillo.
— Pasá, por favor — dijo finalmente, con un gesto amable — No puedo dejarte parado ahí, dale, vení.
El consultorio de Facundo había cambiado tanto como el resto del edificio. Las paredes ya no eran de ese blanco aséptico, ahora estaban pintadas en tonos cálidos, con algunos cuadros nuevos y una planta junto a la ventana. La iluminación era más tenue, más acogedora. Parecía un lugar diseñado para respirar, no para agobiar.
Julián se sentó frente al escritorio mientras Facundo cerraba la puerta, todavía con una sonrisa incrédula.
— En serio, no sabés cuánto me alegra verte — dijo el psicólogo, apoyándose en el borde del escritorio — Te veo bien, Julián. Muy bien.
— Gracias — respondió él, bajando la mirada por un instante — Me llevó tiempo, pero… creo que por fin estoy bien, Facundo.
Facundo asintió despacio, con esa serenidad que siempre transmitía.
— Me alegra escucharte decir eso. Recuerdo cuando llegaste por primera vez… — hizo una pausa breve, midiendo sus palabras — Estabas cargando con un peso enorme.
Julián soltó una pequeña risa nostálgica.
— Sí. Era otra persona, ¿no?
— No diría otra — corrigió Facundo con una sonrisa suave — Diría que eras alguien que todavía no sabía cómo volver a vivir sin soltar todo lo que dolía. Pero… mírate ahora. No sabés lo gratificante que es ver esto.
Hubo un silencio breve, cargado de reconocimiento. Julián apoyó los codos sobre sus rodillas, entrelazando los dedos.
— Vine porque necesitaba agradecerte — dijo finalmente, mirándolo a los ojos — Porque, aunque no lo pareciera en ese momento, todo lo que hablamos… todo lo que hiciste… todo lo que me dijiste… Me ayudó a salir adelante, Facundo. En serio, muchísimas gracias, por todo.
Facundo lo observó con una mezcla de sorpresa y orgullo.
— No tenías por qué venir a agradecerme, Julián. El mérito fue todo tuyo. Vos fuiste el que decidió cambiar, el que hizo el trabajo difícil. Yo solo te acompañé en un tramo del camino.
— No — insistió Julián con una sonrisa serena — Vos fuiste el primero y el único que me ayudó durante mucho tiempo. Y eso no lo olvido, en serio. Muchísimas gracias.
Facundo suspiró, emocionado, y se acercó un poco más.
— Me alegra saberlo. Y me alegra mucho verte así. — dijo Facundo con una sonrisa que le suavizó los rasgos, para luego bajar un poco la voz— Supongo que Enzo tiene algo que ver con que estés por acá de vuelta, ¿no?
Julián no pudo evitar que el color se le subiera a las mejillas. Era inevitable. Bastaba con escuchar el nombre de Enzo para que una sonrisa le naciera sola. Se llevó una mano al cuello, como si quisiera disimular, pero el gesto lo delataba igual.
— Sí… bueno, él tiene todo que ver con que yo haya vuelto a Buenos Aires — admitió, dejando escapar una risa leve— Estamos bien, muy bien, Facundo.
— Me alegra saber eso. — dijo el psicólogo, inclinándose un poco hacia adelante, con una expresión que denostaba ternura y orgullo— Desde que Enzo vino a hablar conmigo desesperado cuando estabas en Calchín, supe que ese hombre estaba verdaderamente enamorado de vos.
Julián parpadeó, confundido. El corazón se le detuvo por un segundo.
— ¿Cómo? — preguntó, casi en un susurro.
Facundo lo miró con sorpresa, notando su desconcierto.
— ¿No te lo contó?
Julián negó lentamente con la cabeza, con los ojos muy abiertos.
— Bueno… — Facundo se acomodó contra el escritorio, como si de pronto retrocediera en el tiempo— Fue hace bastante. Vos estabas en Calchín, intentando reconectarte con tu gente, con vos mismo. Y un día, Enzo apareció por acá. Entró al consultorio desesperado y quería saber de vos…
Julián lo escuchaba con atención, con el corazón latiéndole demasiado fuerte en el pecho.
— Hablamos un buen rato. — continuó Facundo— Me pidió si podía decirle cómo estabas, si yo seguía hablando contigo. Estaba muy alterado. Me dijo que ya no soportaba la idea de no saber nada de vos.
Julián bajó la vista, mordiéndose el labio. No sabía si reír, llorar o las dos cosas a la vez. Se imaginó a Enzo, en su estado más vulnerable, sentado frente a Facundo.
— Y… — Facundo sonrió, casi con melancolía— Yo le dije que te dejara tranquilo, que no te buscara más, que era momento de dejarte ir y seguir con su vida. Pero, después me arrepentí de lo que le dije. Porque se le notaba en la mirada que no hablaba desde el capricho, ni desde la obsesión. Hablaba desde el amor.
Julián levantó la vista despacio, los ojos brillantes.
— ¿De verdad vino a verte?
Facundo volvió a asentir y Julián tragó saliva, sintiendo un calor extenderse por todo su pecho. No podía explicarlo con palabras, pero una parte de él se desmoronaba de ternura y de amor.
— No tenía idea de nada de eso… Nunca me lo contó.
— No necesitabas saberlo entonces. — replicó Facundo con calma— Era algo que él hacía por vos, no para que lo supieras. A veces los actos de amor genuinos no necesitan testigos, Julián. Y ahora, en retrospectiva y al verte, me alegra que no haya seguido mi consejo.
Julián lo miró, conmovido, y asintió despacio. Estaba tan enamorado de Enzo. Cada día que pasaba se enamoraba todavía más.
— Bueno, gracias Facundo, gracias por haber estado, por ayudarme tanto.
— Era mi trabajo, Julián. Pero lo que conseguiste después ya es mérito tuyo. — Facundo sonrió con orgullo sincero — Vos te levantaste sólo.
Julián se levantó, antes de irse, le tendió la mano, pero Facundo lo abrazó otra vez, con afecto genuino.
— Te mereces todo lo bueno que te pase, Julián. No te olvides de eso.
— Gracias, en serio.
Julián se dirigió hacia la puerta del consultorio, pero justo antes de girar el picaporte, se detuvo y con una mano aún en el marco de la puerta, se dio vuelta hacia Facundo.
— ¿Facundo?
— ¿Sí?
— Vamos a hacer mañana una pequeña reunión con unos amigos para celebrar mi regreso. Si tenés el mismo número, te puedo mandar la ubicación. Podés venir con Pablo, si querés.
Facundo se quedó mirándolo por unos segundos y algo en su rostro se suavizó aún más. No era común que un paciente lo invitara a un encuentro así, pero ciertamente Julián ya no era su paciente.
— Dale, Julián. Vamos a estar ahí con Pablo entonces.
Julián asintió, feliz y levantó una mano para despedirse.
Entonces sí, abrió la puerta y salió.
El pasillo lo recibió con ese silencio del final de la jornada. Dio un par de pasos, bajó por las escaleras y cuando empujó la puerta del edificio hacia la calle, el sol de la tarde lo envolvió por completo.
Una ráfaga de aire cálido le acarició el rostro. Era una luz limpia, dorada, de esas que pintan los edificios de un color miel y hacen que el ruido de la ciudad suene más amable. Se detuvo un instante en la vereda, con los ojos entrecerrados, respirando profundo dejando que esa luz se posara en su rostro.
Había algo profundamente simbólico en esa claridad.
Antes, la luz del sol siempre le resultaba demasiado cruel: le recordaba todo lo que no podía disfrutar, lo que había perdido, lo que no sabía cómo recuperar. Pero ahora… ahora no dolía. Ahora la intensidad de un día así ya no le resultaba cruel.
Sintió el corazón lleno, tranquilo, latiendo con esa paz que llega cuando uno deja de pelear con el pasado. Se pasó una mano por el cabello, sonriendo sin darse cuenta.
Volver a este consultorio… había sido como mirar de frente su propia historia y poder decir gracias sin lágrimas.
Mientras comenzaba a caminar, su sombra lo seguía larga sobre la vereda, pero la oscuridad de esa sombra ya no logra atraparlo. Pensó en todo lo que había cambiado desde la última vez que estuvo aquí y todo lo que ahora tiene por delante.
El pasado quedaba atrás. El presente, luminoso y vivo, lo esperaba justo ahí, al lado del hombre que amaba.
Por eso, esa tarde, después de salir del consultorio de Facundo, Julián decidió ir al gimnasio para sorprender a su novio.
Apenas cruzó la puerta, su mirada lo encontró. Enzo estaba frente al espejo, ajustándose las vendas en las manos, con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor y el cabello revuelto. Julián se mordió los labios ante la imagen y sintió cómo algo dentro de él se revolvía de puro amor y deseo por semejante hombre.
Su rostro se iluminó al verlo, su sonrisa se volvió enorme y enseguida Enzo se acercó para saludarlo.
—Mi amor… ¿qué haces acá? —preguntó Enzo, entre sorprendido y encantado.
Pero Julián no lo dejó terminar. Lo tomó de la remera y lo atrajo hacia sí con decisión, una mano firme en su cintura, la otra en su nuca, y le estampó un beso intenso, de esos que no dejan lugar a dudas. No le importó que hubiera gente mirando, ni los ruidos de las pesas ni las miradas curiosas; solo existía él, Enzo, su boca, su respiración acelerada.
Cuando se separaron, Enzo se quedó quieto, con los labios húmedos y una sonrisa desorientada, los ojos brillándole.
—¿Y eso? —preguntó atontado, todavía con la voz ronca de sorpresa.
—Nada… —respondió Julián, acariciándole la mejilla con el pulgar—. Tenía muchas ganas de verte. Y de darte un beso.
Enzo sonrió, esa sonrisa que a Julián lo enloquecía, y lo abrazó fuerte, tan cerca que sus pechos se rozaron. Le sostuvo la mirada, grave, deseoso mientras lo agarraba fuerte de la cintura.
—Dame una razón para no llevarte a mi oficina y encerrarte ahí… —susurró contra sus labios—. Para hacerte mío un rato.
Julián sonrió con picardía contra sus labios.
—Ahora mismo no se me ocurre ninguna razón, Enzo…
Si efectivamente Enzo lo tomó de la mano y lo condujo directo a su oficina para hacerlo suyo, nadie más que Julián debía saberlo.
Porque ese momento, ese pequeño arrebato de amor, era solo suyo. Era solo Julián siendo feliz al lado del hombre que amaba.
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Llegó el día de la reunión en casa de Lisandro y Cristian. El sol caía oblicuo sobre el barrio, tiñendo de dorado las veredas y las copas de los árboles. Enzo había ido hasta la casa de Julián temprano, con la excusa de desayunar los tres juntos —él, Julián y Olivia— y a Julián le encantaba cualquier idea que involucre pasar tiempo juntos.
Pero por culpa de la insistencia de Olivia, que no quería soltarlo ni por un segundo a su tío Enzo, el desayuno se extendió hasta el almuerzo. Entre risas, se les fue la mañana. Y cuando por fin la pequeña se durmió después del almuerzo, Enzo pensó que se marcharía, pero entonces Julián lo miró con esa mezcla de ternura y cansancio y dijo:
—Quédate un rato más, gordo. Y nos dormimos la siesta juntitos ¿Sí?
Y no hubo manera para Enzo de negarse.
La casa quedó en silencio, apenas roto por el murmullo del viento entrando por la ventana entreabierta. Julián se recostó primero, de costado, con ese gesto tranquilo que tenía cuando se rendía al sueño. Enzo se acomodó detrás suyo, lo abrazó por la cintura y lo atrajo hacia sí, pegándolo a su cuerpo hasta dejar caer su respiración cálida sobre su cuello. Era una costumbre ya, esa forma de acoplarse en el descanso, de encajar uno en el otro como si siempre hubieran dormido así.
Julián suspiró con suavidad cuando sintió los labios de Enzo rozarle la piel, apenas un beso, casi una caricia. Le tembló un poco el cuerpo, no por frío sino por esa familiar descarga de ternura que le provocaba cada gesto cariñoso de su novio.
Enzo apoyó la frente contra su hombro abrazándolo con fuerza. En pocos minutos el cuerpo de Julián se rindió ante el afecto. Se había quedado profundamente dormido.
Todo era tan perfecto que parecía un sueño. El tipo de perfección que da miedo, porque se siente tan frágil, tan hermosa. Y sin embargo, esa era la realidad. Su realidad.
Hasta que, pasadas unas horas de estar dormido, Julián empezó a soñar en serio.
Era extraño. Una parte suya sabía que estaba soñando, podía sentirlo, pero a la vez todo parecía demasiado real que a su mente le costaba distinguir lo verdadero de lo imaginario.
En el lugar dónde estaba, el aire olía a limpio y una luz blanca infinita lo envolvía todo por completo. No había sombras, ni sonido, ni horizonte. Solo él, descalzo, parado en medio de un espacio sin fin.
Miró hacia abajo. Sus pies estaban desnudos sobre una superficie lisa, fría, tan blanca que dolía un poco mirarla. Dio un paso, y después otro. No sabía a dónde iba, pero necesitaba encontrar algo, alguien, cualquier cosa que le dijera qué hacía ahí.
Entonces lo vio.
A lo lejos, una cama solitaria, en medio de la nada. Sobre ella, yacía una figura sentada, de espaldas. Un hombre.
Su corazón dio un salto. Esa silueta… Había algo demasiado familiar en la forma en que se sentaba, en la línea de sus hombros, en lo ancho de su espalda, en el modo en que inclinaba la cabeza ligeramente hacia un costado.
Julián caminó más rápido, casi corriendo. El suelo le quemaba los pies por el frío, pero no le importaba. Cuando estuvo lo suficientemente cerca y la figura giró apenas, todo el aire se le escapó del cuerpo.
—¿Santi? —susurró.
Santiago se giró del todo y sonrió, esa sonrisa dulce, amplia, que se le había grabado en el corazón. Estaba igual que la última vez que lo había visto, pero con algo distinto: se lo veía más liviano, más luminoso, Santiago también lucía despojado de toda su carga. Santiago descansaba en paz, en un lugar mejor y saberlo le proporcionó una tranquilidad enorme.
Después de mucho tiempo, su ángel vino a visitarlo en sus sueños.
—Por fin, Julián. Estaba esperando este momento desde el primer capítulo.
Julián frunció el ceño, desconcertado. —¿Eh?
Santiago soltó una risita negando con la cabeza y palmeó el espacio libre a su lado en la cama. —Nada, nada. Vení, sentate. Vamos a hablar un poco, no tengo mucho tiempo.
Julián obedeció sin pensar, como si el cuerpo recordara antes que la mente. Se sentó a su lado, sintiendo una oleada de nostalgia subirle por el pecho.
—Santi… ¿Dónde estamos? ¿Qué hago acá?
—Eso no importa ahora, Juli —respondió él, con la calma de siempre—. Quería hablar con vos. ¿Cómo estás?
—¿Yo? —repitió—. Bien, estoy bien… ¿y vos?
—Si vos estás bien, entonces yo también —contestó Santi, sonriendo con ese brillo puro que lo había enamorado desde el primer día.
Julián bajó la mirada, mordiéndose el labio. Tenía mil cosas que decirle a Santi, pero no sabía por dónde empezar.
Podía olerlo, sentirlo, casi jurar que si extendía la mano podría tocarlo. Y sin embargo, algo en su interior sabía que ese encuentro no pertenecía al mundo real. Era otra cosa.
Capaz esta era su oportunidad de despedirse finalmente de Santi.
— No sabés lo mucho que te extraño, Santi…— dijo en voz baja, apenas un susurro.
Santiago sonrió, ladeando la cabeza — Sí, lo sé. Pero ya sufriste mucho Julián, te culpaste demasiado, no era tu culpa, nunca lo fue y me alegra ver que, por fin, estás siguiendo adelante.
Julián sintió un nudo subir por su garganta. No sabía si era tristeza, alivio o una mezcla de ambos al escuchar esas palabras. Le reconfortaba saber que Santiago lo apoyaba en su búsqueda de continuar con su vida y ser feliz.
Santi lo miró con ternura, apoyando una mano sobre su mejilla y acariciándola suavemente, su tacto era cálido, dulce, familiar, parecía tan real pero era imposible.
— ¿Sos feliz, Julián?
Julián lo miró, incapaz de hablar, con los ojos brillando por lágrimas acumuladas qué no sabía si existían en este lugar.
— ¿Sos feliz con Enzo, Julián?
— Sí, soy feliz con Enzo — contestó apenas, con voz temblorosa.
Santiago le dedicó la sonrisa más amplia, hermosa y honesta que podía mostrarle.
— Me alegro por vos, Juli. Enzo es un buen hombre, yo sé que te va a cuidar y te va a hacer muy feliz.
El aire blanco alrededor empezó a vibrar y a sacudirse, como si el sueño se deshiciera poco a poco. Santiago enseguida lo notó.
— Ya te vas a despertar…— dijo con voz tranquila — Pero antes de irte, quiero que me prometas algo, Juli.
— Lo que sea Santi, lo que sea.
— Prométeme que vas a vivir y ser feliz siempre, no mires nunca más hacía atrás, no tengas miedo, no sientas culpa, quiero que seas feliz con Enzo, Julián.
Julián asintió, con los ojos empañados en lágrimas. — Te lo prometo, Santi.
Santiago se acercó y lo abrazó con fuerza por una última vez, al separarse sonrió, esa sonrisa tan hermosa que parecía capaz de curar cualquier dolor y su voz se fue apagando mientras su figura desaparecía entre la luz que lo envolvía.
— Entonces, dale, despertate Juli, ya es hora. Te amo.
El brillo blanco se intensificó hasta volverse cegador y cuándo Julián abrió los ojos de verdad, lo primero que sintió fue el calor del cuerpo de Enzo pegado al suyo, el peso de sus brazos protegiéndolo y manteniéndolo seguro.
El mundo real lo recibió tranquilamente, cómo si todo volviera a su lugar. Sin embargo, Julián sabía que tenía una cosa más por hacer.
Cuándo Enzo se despertó, Julián le pidió una sola cosa.
— Enzo. Quiero ir a visitar a Santi al cementerio. ¿Me llevas?
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Después de dejar a Olivia en la casa, a cuidado de su tío Giuliano por unas horas, Enzo lo llevó directamente al cementerio. El viaje estuvo dominado por un silencio sereno, el tipo de silencio que no incomoda, sino que acompaña. El motor del auto era lo único que rompía la quietud de la tarde, mientras el paisaje pasaba lento por la ventanilla. Julián miraba hacia afuera, con la cabeza apoyada contra el vidrio, los ojos fijos en ningún punto en particular.
No había explicado nada. No había dicho por qué, de repente, necesitaba ir a verlo.
Enzo tampoco preguntó.
Enzo sabía leer los silencios de Julián mejor que nadie. Sabía cuándo no hacía falta una pregunta, cuándo la compañía bastaba. Así que se limitó a manejar, con la mano de Julián entre las suyas en un contacto firme y cálido.
El camino al cementerio era corto, pero se sintió largo. Lleno de pensamientos que ninguno de los dos dijo en voz alta. Cuando finalmente estacionaron frente a las rejas de hierro, Enzo apagó el motor. No se movieron al principio; simplemente se quedaron ahí.
—¿Querés que te acompañe, amor? —preguntó Enzo en voz baja, rompiendo finalmente el silencio.
Julián giró la cabeza y lo miró. Se inclinó y le dio un beso corto, suave pero cariñoso en los labios.
—No, es algo que necesito hacer solo —respondió con ternura—. Además, Santi me cuida…
Enzo asintió despacio. No insistió. Lo vio abrir la puerta y bajar, con un paso contenido, casi reverente.
El cementerio lo recibió con un aire fresco, el aroma a tierra y flores lo envolvió enseguida. Hacía mucho que no venía. Demasiado. Recordó que la última vez había sido en el cumpleaños de Santi, y que aquel día no había podido quedarse tanto como hubiera querido; le había dolido demasiado. Hoy, en cambio, algo lo impulsaba a quedarse el tiempo que hiciera falta.
Caminó, dejando que el sonido de sus pasos llenará el vacío. A medida que avanzaba, la brisa movía las hojas secas y el murmullo del viento parecía formar palabras que no alcanzaba a entender.
Al llegar, se detuvo frente a la lápida y lo miró. Las letras talladas seguían firmes, inmutables, igual que su recuerdo.
Dejó el ramo de flores que había comprado durante el camino y se agachó, apoyando una mano sobre la piedra fría.
—Hola, Santi. —La voz le salió más ronca de lo esperado.
Tragó saliva y sonrió apenas, con tristeza y cariño mezclados en su tono.
— Gracias por venir a visitarme en mi sueño, por eso, ahora vengo yo a visitarte…
El aire se movió, suave. Julián lo interpretó como una respuesta.
— Pasó mucho tiempo ¿eh? — continuó, sentándose frente a la lápida — Me dijiste que ya no me culpara, que siguiera adelante y… Eso estoy haciendo, Santi. De verdad. Tengo a Oli… Tengo a Enzo… Tengo una vida que no creí que iba a tener otra vez.
La voz le tembló al pronunciar estas palabras, pero no por dolor ni por tristeza, sino de la emoción que sentía nacer desde lo más profundo y honesto de su corazón.
— No vine a llorarte hoy, Santi. Vine a agradecerte. Por todo. Por todo lo que fuiste en mi vida, por todo lo que me enseñaste. Por haberme amado como me amaste y por dejarme amar ahora sin culpa.
Julián cerró los ojos un segundo y respiró profundo. Sintió el viento soplar mucho más fuerte y sonrió.
— Te juro que nunca te voy a olvidar Santi, te sigo sintiendo siempre cerca, en cosas chiquitas, en momentos raros, pero yo sé que siempre estás cerca, que siempre me cuidas aunque no estés. Y está bien… Ahora ya no duele tanto…— abrió los ojos y miró directamente a la lápida — Gracias por venir a despedirte, por darme ese último abrazo, aunque haya sido en un sueño, lo necesitaba Santi.
La luz de la tarde caía sobre su piel cómo un abrazo y Julián sabía que Santiago estaba aquí, escuchándolo.
— Te amo Santiago, una parte mía siempre te va a amar. Pero ahora…— Observó hacía atrás, mirando el auto de Enzo a lo lejos — También amo a Enzo y él me hace muy feliz.
Se quedó un rato más ahí, disfrutando del viento suave qué soplaba con delicadeza hasta que se levantó, sacudiéndose los pantalones.
— Nos vemos Santi, pero quédate tranquilo ¿Sí? Ahora ya estoy bien… — Hizo una pausa, sonriendo — Además, Enzo me cuida….
Cuándo volvió al auto, Enzo estaba esperándolo con la mirada baja, los dedos entrelazados sobre el volante. Apenas lo vio, se enderezó. Julián entró sin decir nada y luego giró, tomando el rostro de Enzo entre sus manos para darle un beso más en sus labios.
— Gracias por traerme…— murmuró contra sus labios.
— No tenés nada que agradecerme Juli…— Contestó Enzo, apoyando sus dedos junto a los suyos en su rostro — ¿Estás bien, mi ángel?
— Sí Enzo, estoy bien.
Y Julián no había sido nunca tan sincero cómo en ese momento.
Mientras el auto arrancaba, rumbo a la casa de Cristian y Lisandro para disfrutar de la noche, el viento volvió a soplar, moviendo las flores sobre la tumba de Santi.
Y sí uno miraba bien y tenía la fe necesaria, podría ver que alguien sonreía desde algún lugar en el cielo observando a Julián.
Porque Santiago siempre iba a cuidar de Julián. Pero por suerte para Julián, ahora Enzo también estaba ahí para cuidarlo.
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La reunión en la casa de Cristian y Lisandro ya había arrancado y era todo un éxito. La música sonaba a un volumen moderado pero agradable, una mezcla de cuarteto y canciones viejas que todos conocían, mientras el olor del asado que Cristian estaba preparando los estaba volviendo locos a todos.
Olivia corría por todos lados por el patio de la casa, perseguida por Benja, que reía a carcajadas cada vez que lograba atraparla. Enzo los observaba con una sonrisa enorme y Julián agradece tanto poder admirar aquella sonrisa tan preciosa, así como también agradece que Enzo haya tenido la idea de recoger a Benja de la casa de Valentina para traerlo a la reunión.
El reencuentro con Cristian también había sido especial. Apenas lo vio, el morocho se acercó y lo abrazó con una fuerza que casi le quitó el aire, riendo entre dientes y palmoteándole la espalda, demostrándole lo mucho que le gustaba tenerlo de regreso y verlo así de bien.
Julián nunca podría agradecerles lo suficiente a los dos por su apoyo en momentos fundamentales. Recordaba con claridad aquel fatídico episodio en el cumpleaños de Benja, cómo Lisandro había aparecido en el momento justo, guiándolo fuera de esa cocina y dándole un apoyo cuando más lo necesitaba. Lisandro nunca lo juzgó, nunca hizo preguntas. Solo estuvo ahí, ayudándolo.
Y lo de Cristian había sido todavía más importante. Fue él quien lo animó a volver a Calchín, al principio como una escapatoria a todo ese ciclo de dolor qué lo tenía como rehén pero que le sirvió para enfrentar lo que venía evitando por tanto tiempo: sus raíces, su familia, sus miedos. Si no fuera por esa conversación, Julián probablemente seguiría bajo el control de todos sus monstruos internos. Iba a estarles eternamente agradecido con ambos y lo ponía muy contento verlos así de felices y enamorados, le alegraba poder decir que Cristian y Lisandro eran sus amigos.
Ahora, verlos a todos juntos, riendo alrededor del fuego encendido, le llenaba el pecho de una gratitud enorme. Había algo en esa escena que le recordaba por qué valía la pena todo: los amigos, la familia, los vínculos que se habían formado en un momento muy oscuro de su vida y que ahora formaban parte de su brillante presente.
Facundo y Pablo llegaron a la casa después de un rato, Julián fue el primero en verlos cruzar por la puerta, tomados de la mano, y enseguida se acercó para recibirlos con una sonrisa amplia. Se abrazaron, se rieron de lo extraño que sonaba presentarlos ante todos —sobre todo a Facundo— como “mi ex-psicólogo”, y aunque al principio el grupo se quedó con expresiones algo confusas o sin saber exactamente que decir, la calidez del ambiente terminó por disolver cualquier incomodidad inicial.
Cristian los invitó a servirse una copa y a probar las empanadas que Lisandro había sacado “de entrada”. Pronto todos charlaban como si se conocieran de toda la vida.
Mientras tanto, Julián se encontraba junto a la mesa dispuesta en el patio, armándose un choripán con calma, pan crujiente y una buena cucharada de salsa criolla que goteaba un poco sobre sus dedos. Estaba concentrado en eso cuando sintió una presencia a su costado. Levantó la mirada y vio a Pablo, sonriente, cuchillo en mano, buscando también su pan.
— Entonces Enzo es tu novio… —dijo con una naturalidad tan directa que Julián casi se atraganta.
— Sí, Enzo es mi novio —respondió, asintiendo y sonrojándose un poco, sin poder evitar que la sonrisa le saliera sola.
Pablo hizo un gesto exagerado con la cabeza, aplaudiendo suavemente como si estuviera frente a una gran revelación.
— Mirá vos… —comentó con un tono divertido—. Andabas muy triste, muy triste, pero mirá el tremendo morocho que te estás comiendo, felicidades, Julián.
Julián soltó una risa, bajando la mirada para disimular lo colorado que se había puesto. Pablo seguía riendo hasta que de golpe se puso serio.
— No le digas a Facundo que yo dije eso.
Julián lo miró de reojo, con una ceja levantada.
— Tranqui, yo no digo nada… mientras vos no vuelvas a hablar así de mi hombre.
— Me parece justo.
Sí, Julián también era un poco celoso. ¿Algún problema? Nunca estaba de más marcar territorio y cuidar lo que es suyo. Porque Enzo era suyo, solo suyo.
— ¡Dale, vamos! Que la carne ya está lista ¡Dejen de charlar y agarren plato!
La voz de Cristian alzándose sobre la música fue más que suficiente para que las charlas quedarán momentáneamente pausadas y todos se acercaran a servirse.
Cuando se sentó al lado de Enzo en la mesa, éste lo observó fijamente y le dedicó una sonrisa que lo dejó sin aire y completamente embobado. Julián estaba muy enamorado, en caso de que no haya quedado lo suficientemente claro ya. Había algo en esa sonrisa que lo atontaba: la calma con la que Enzo lo miraba, el brillo en los ojos que sólo aparecía cuando estaban juntos, y esa manera de apoyarle una mano en la pierna, como si necesitara recordarle que estaba ahí, que era suyo, que estaban juntos.
Cristian se llevó todos los elogios por su preparación, incluyendo los cumplidos de los paladares más exigentes: los de Olivia y Benja. Las risas se mezclaban con el sonido de los vasos chocando, el chisporroteo todavía tenue de las brasas y la música suave que salía desde el parlante.
La noche avanzó entre bromas, historias y recuerdos. Julián no dejaba de mirar alrededor con una sonrisa serena. Verlos así —a Enzo relajado, a los chicos felices, a Cristian y Lisandro intercambiando miradas cómplices, a Facundo y Pablo riendo de cualquier tontería que Giuliano decía— le provocaba mucha alegría. Había estado tanto tiempo solo y ahora tenía mucha gente acompañándolo, ya no eran solo él y Olivia contra el mundo.
Ya avanzada la medianoche, tanto Olivia como Benja se habían rendido al sueño en el sofá del living, uno abrazado al otro, tapados con una manta que Lisandro había ido a buscar sin decir palabra. Los adultos, en cambio, se quedaron en el patio, compartiendo una ronda de bebidas y picando lo que había sobrado del asado.
Fue entonces cuando se generó una situación divertida con Giuliano. El pobre no tenía escapatoria: de un lado estaban Cristian y Lisandro, abrazados y hablándose al oído; del otro, Facundo y Pablo, igual de acaramelados; y delante suyo, Julián y Enzo, en una escena que bien podría haber salido de una postal romántica.
Enzo tenía un brazo alrededor de Julián, los dedos jugando distraídos con el cuello de su remera, mientras Julián se inclinaba hacia él con una sonrisa que no podía ocultar ni aunque lo intentara mientras le robaba pequeños piquitos. Era pura ternura.
Giuliano observó a todas las parejas a su alrededor, se llevó una mano al pecho y soltó un bufido dramático.
— La puta madre… Necesito un novio — se quejó, provocando carcajadas en todos.
— Vos lo que necesitás es paciencia —dijo Lisandro, entre risas.
— Y suerte, mucha suerte —agregó Cristian, sirviéndole más vino sin que lo pidiera.
— Y menos exigencia también, que vos no estás para pedir mucho… — aportó Enzo, con una sonrisa burlona.
Giuliano les sacó el dedo del medio a todos después de soltar una serie de puteadas, Julián se rió tanto que casi se le cae el vaso.
Lejos de apagarse los ánimos, al empezar a sonar ciertos temas clásicos de cuarteto y cumbia en la lista de reproducción de los anfitriones, el ambiente cobró nueva vida. Cristian fue el primero en reaccionar, arrastrando a Lisandro de la mano hacia el centro del patio, donde el piso de cerámica servía perfectamente como pista improvisada. En segundos, los dos ya se movían al ritmo de la música, con esa complicidad que tenían y que contagiaba a todos.
Pablo y Facundo no tardaron en unirse, entre risas y pequeños empujones, girando torpemente pero sin dejar de reírse uno del otro. Giuliano, que no tenía pareja, se sumó con la misma energía: bailaba con quien se cruzara, improvisaba pasos, se reía solo, y hasta en un momento se atrevió a levantar a Pablo de los brazos, provocando carcajadas generales.
Julián volvía al patio justo en medio de todo ese caos feliz, luego de haberse asegurado de que Benja y Olivia siguieran profundamente dormidos en el sofá.
Sin embargo, cuando quiso sentarse en su lugar de antes, no lo logró. Enzo lo interceptó con un movimiento rápido, lo tomó de la cintura y, sin darle tiempo a reaccionar, lo atrajo hacia sí, haciéndolo caer directamente sobre su regazo.
— Enzoooo… —se quejó entre risas, intentando incorporarse, aunque sin demasiado convencimiento—. Me da vergüenza, están todos acá…
Estaba rojo hasta las orejas, y eso sólo pareció divertir más a su novio. Enzo lo sostuvo firme, sus manos apoyadas en la cintura de Julián, y empezó a besarlo con una ternura traviesa por toda la mejilla, una, dos, tres, cuatro veces, hasta hacerlo reír a carcajadas.
— ¿Y cuál hay? —susurró cerca de su oído, con esa voz grave que le erizaba la piel—. La otra vez estabas saltando sobre mi regazo y ahí no tenías vergüenza y tampoco te estabas quejando, todo lo contrario…
— ¡Enzo! —exclamó Julián, abriendo los ojos con escándalo mientras se cubría la cara con una mano.
— ¿Qué? ¿No es verdad? —insistió Enzo, riéndose, dándole un beso detrás de la oreja que lo hizo encogerse.
— Sos un caradura —respondió Julián entre dientes, intentando parecer molesto pero fallando miserablemente al sonreír.
— No te enojes, mi ángel, mi hermoso, el más hermoso de todos… —susurró Enzo, empezando a robarle pequeños besos en la boca antes de que pudiera protestar, de todas formas Julián no lo iba a hacer.
Julián sintió el corazón acelerado, el roce cálido de los labios de Enzo, se perdió en los labios de su novio, en la forma en que su lengua se rozaba apenas lo necesario con la suya para hacerle sentir un calor intenso por todo su cuerpo.
La mano de Enzo le acariciaba la espalda con un ritmo lento, distraído, dibujando líneas invisibles sobre su camiseta. Julián cruzó los brazos alrededor de sus hombros, acercándose más sin pensarlo, perdido en la cercanía y el calor de esa boca, de ese cuerpo que le gustaba tanto.
El grito de Giuliano los arrancó de su burbuja:
— ¡Eh, ustedes dos, par de pajeros! ¡Córtenla ya y vengan a bailar! ¡Nadie quiere ver cómo se comen la boca!
Enzo, sin soltar a Julián, levantó la cabeza y le respondió con una sonrisa desafiante:
— Envidioso —le dijo, sacándole la lengua cómo si fuera un niño, provocando que todos se rieran.
Luego volvió a mirar a Julián, todavía con esa chispa juguetona en los ojos.
— ¿Vamos a bailar, mi amor?
— Dale.
Bajó del regazo de Enzo, todavía con las mejillas encendidas y apenas se puso de pie, su novio lo tomó de la mano con una ternura que lo volvía imposible de rechazar y lo llevó hacia el centro de la improvisada pista.
Julián se entregó al momento, contagiado por las risas y los aplausos. Cristian gritó algo ininteligible que todos festejaron, y Facundo le guiñó un ojo antes de seguir girando con Pablo. Enseguida, los demás comenzaron a hacerles espacio, marcando los pasos con los pies.
Enzo se acercó por detrás, despacio, y lo abrazó, apoyando el mentón en su hombro. Las manos grandes y firmes sobre su cintura empezaron a marcarle el ritmo con suavidad, guiándolo con pequeños movimientos. Julián sonrió, cerrando los ojos por un instante, dejándose llevar y empezando a bailar.
—Faa, mi amor… —susurró Enzo cerca de su oído, lo suficientemente bajo para que sólo él lo escuchara—. Ves que sabés moverte muy bien…
— Basta, Enzo —le respondió entre risas, sonrojado hasta la médula pero intentando seguirle el paso—. No exageres. Estoy copiándote nomas.
— Perfecto, entonces —dijo Enzo, sonriendo contra su cuello — Copiame todo lo que quieras, mi amor.
Dios. El Enzo chamuyero nunca se había ido, su novio se encargaba de traerlo de vuelta cada vez que podía.
Julián se rio, relajándose del todo. Ya no pensaba en si los miraban, ni en sí hacía el ridículo. Solo sonreía mientras sentía el calor del cuerpo de Enzo pegado al suyo, el ritmo que los movía en perfecta sincronía y lo cómodo que se sentía en su compañía.
Todo se resumía en una simple frase : Julián era feliz al lado de Enzo.
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Al llegar a casa de Julián, agotados y con el reloj marcando una hora que ya rozaba el amanecer, apenas cruzaron la puerta, ambos soltaron un suspiro al unísono, como si el cansancio acumulado del día por fin encontrara un lugar donde descansar.
Lo primero que hicieron fue ocuparse de los pequeños. Olivia dormía profundamente en los brazos de Enzo, con una de sus manitos aferrada a su camiseta, mientras Benja se recostaba en el hombro de Julián, completamente rendido. Sin decir palabra, caminaron hacia la habitación de su hija, entre ambos colocaron primero a Benja en un lado de la cama, luego a Olivia al otro.
Ninguno se movió, apenas un leve suspiro escapó de los labios de ella mientras se acomodaba inconscientemente, buscando el calor de las sábanas. Julián los arropó con cuidado, y Enzo se agachó para besarles la frente con cariño. Por unos segundos, se quedaron quietos, observándolos dormir, compartiendo esa imagen perfecta de sus hijos que parecía resumir toda la paz del mundo.
Julián miró a Enzo, y el brillo en sus ojos decía más que cualquier palabra. Ambos sonrieron, cómplices ante la escena tan hermosa. Luego, sin decir nada, salieron de la habitación, cerrando la puerta con el mayor sigilo posible.
Apenas cruzaron el pasillo, Julián se detuvo y se giró de golpe, dejándose caer contra el pecho de Enzo, rodeándole el cuello con los brazos. Lo besó con una necesidad repentina, intensa, como si el día entero hubiera estado esperando para poder hacerlo cuándo en realidad llevaba besándolo todo el tiempo. El beso fue largo, cálido, lleno de esa mezcla de cansancio y amor que se siente después de una noche perfecta.
Enzo sonrió contra sus labios, respondiendo con la misma entrega. Sus manos se posaron en la cintura de Julián, atrayéndolo más cerca mientras caminaban a tientas hacia la habitación, riéndose entre beso y beso, tropezando apenas con algún juguete de Olivia en el camino.
— Juli, mi amor —susurró Enzo entre besos— Te tengo que decir algo… y si no te lo digo me voy a morir…
Julián lo miró, todavía con las mejillas encendidas y la respiración acelerada. La intriga lo atravesó, pero no sólo eso: sintió también una necesidad imperiosa de decirle algo que le venía quemando la cabeza desde hace días. Porque si había aprendido algo en los últimos tiempos, era que la vida podía cambiar en un instante. No quería perder más el tiempo. No quería callarse nada. No quería guardar para mañana lo que podía decir hoy. Su presente era tan hermoso que consideraba que valía la pena arriesgarse y aventurarse por amor.
— Yo también tengo que decirte algo, Enzo.
Enzo arqueó una ceja, divertido, mientras lo sujetaba por la cintura con firmeza.
— Bueno… a ver, ¿lo decimos a las tres?
— Dale, gordo… ¿qué tenemos? ¿Cinco años?
— Bueno, lo decimos al mismo tiempo entonces —insistió Enzo, con esa mezcla de ternura y picardía que lo hacía irresistible.
— Está bien, al mismo tiempo —aceptó Julián, conteniendo la risa.
Se quedaron mirándose unos segundos. Ninguno de los dos pestañeó. Respiraron profundo, como si el aire se llenará de algo importante, algo que sabían que marcaría un antes y un después en sus vidas.
Y entonces, al unísono, soltaron sus verdades:
— Te amo, Julián.
— Quiero que vivamos juntos, Enzo.
Ambos quedaron inmóviles, mirándose sin parpadear, con el corazón latiéndoles tan fuerte que casi podían oírlo en el silencio de la casa. Las palabras flotaban entre ellos, tibias, recién nacidas, tan frágiles y poderosas a la vez que ninguno sabía cómo reaccionar ni cómo asimilar lo que expresaron.
— ¿Q-qué dijiste, Juli? —balbuceó Enzo, con una mezcla de sorpresa y risa nerviosa.
— No, no, vos primero, Enzo. ¿Qué dijiste vos? —replicó Julián, apuntándolo con un dedo mientras sonreía, como si todavía no se atreviera a creer lo que escuchó.
Y ahí, inevitablemente, se empezaron a reír dándose cuenta de lo ridícula de la situación. Una risa suave, contagiosa, que fue creciendo hasta llenar el aire. Se abrazaron entre carcajadas, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes, hasta que la risa se fue apagando lentamente y sólo quedó el sonido de su respiración entrecortada, cerca, muy cerca.
Entonces Enzo se puso serio. Lo miró fijamente. Y esa mirada… esa mirada bastó para hacer que a Julián se le aflojaran las piernas. Enzo tenía esa manera de mirarlo que lo volvía la persona más tonta del mundo: con una mezcla de ternura y fuego, como si lo estuviera viendo por primera vez y al mismo tiempo como si lo conociera desde siempre.
— Te amo, Julián —repitió Enzo, ahora en voz baja—. No quiero que me lo digas, no estás obligado, no espero que me respondas. Solo necesitaba decírtelo porque sentía que… que me iba a morir si no te lo decía. Te amo.
Julián lo miró, mudo, con el pecho ardiendo de amor. Enzo era un boludo, pensó. Un tremendo boludo. ¿Cómo podía decirle algo tan enorme y, al mismo tiempo, decirle que no estaba obligado a responderle? ¿Cómo podía ser tan puro, tan genuino, tan tierno, tan bueno? ¿Acaso no se daba cuenta de que con esas palabras lo estaba dejando al borde de explotar de amor?
— Sos un tarado —susurró Julián, negando con la cabeza mientras acortaba la distancia.
Antes de que Enzo pudiera decir algo, lo tomó del rostro con las dos manos y lo besó. No fue un beso corto ni apurado. Fue profundo, sentido, de esos que nacen desde el pecho y suben hasta la garganta con toda la intensidad de algo que se venía conteniendo hacía demasiado tiempo. Enzo lo sostuvo por la cintura, respondiendo con la misma fuerza, y el mundo se redujo al calor de sus labios y de sus cuerpos encontrados.
Julián lo besó con ganas, para dejarle en claro que si no lo había dicho antes no fue porque no existiera ese sentimiento, sino porque esperaba que fuera algo que se diera de forma natural, orgánica y este era ese momento. Cuando por fin se separaron, Julián tenía los ojos húmedos, pero sonreía.
— Yo también te amo, Enzo. —Su voz salió algo temblorosa, pero cargada de verdad—. Te amo, y si no te lo dije antes no fue porque no lo sintiera… fue porque quería que pasara así, naturalmente.
Enzo se quedó quieto, respirando hondo mientras lo observaba fijamente, como si necesitara grabar esta escena en su memoria. Después apoyó la frente en la de Julián, y se quedaron así, pegados, respirando el mismo aire.
— Quiero que vivamos juntos —repitió Julián, apenas en un murmullo contra sus labios, mientras jugaba con el borde de la camiseta de su novio—. No quiero que te quedes en lo de Giuliano ni que te busques un departamento, quiero despertarme con vos todos los días, quiero criar a nuestros hijos juntos, quiero dormir abrazándote y que seas lo primero que veo todas las mañanas. Quiero que todo eso sea parte de nuestra rutina, Enzo.
Enzo se rió bajito y cuándo Julián enfocó su mirada en los ojos oscuros que adoraba, los encontró brillantes de emoción, los ojos de su novio se habían humedecido un poco sin poder evitarlo.
— Julián, no sabés lo que significa esto para mí…— Hizo una pausa, tragando saliva — Sí vos me lo estas pidiendo, la respuesta es sí, mil veces sí. Sí, mi amor.
El último “Sí mi amor” de Enzo apenas salió de sus labios y Julián ya lo estaba besando y abrazando con toda la fuerza que tenía. Así, abrazados y riendo llegaron hasta la pieza y Julián lo empujó suavemente hacía atrás hasta dejarlos caer sobre la cama.
— No sabes lo feliz que me haces, Enzo. — murmuró entre besos, subiéndose al regazo de su novio mientras se desabotonaba rápidamente la camisa— Te amo…
— Yo también te amo, Julián. Te amo. — Le respondió Enzo ayudándolo a quitarse la ropa.
Julián lo miró a los ojos. Enzo tenía la mirada húmeda y luminosa. Como si todo el amor que llevaba dentro quisiera salir por ahí. Le acarició la mejilla, el cuello y luego bajó las manos hasta el pecho de Enzo, podía sentir su corazón latiendo rápido, casi al compás del suyo mientras desprendía los botones de su camisa.
Sus dedos se entrelazaron, sus bocas se volvieron a encontrar y los cuerpos se tocaron y chocaron sin prisa, con esa mezcla de deseo y amor que solo ellos podían conjugar.
Cuándo por fin se quedaron quietos, exhaustos después de tantos orgasmos por hacer el amor hasta el cansancio, envueltos en el calor del otro, Julián apoyó su cabeza en el pecho desnudo de Enzo y disfrutó del sonido tranquilo de los latidos de su corazón.
— Te amo — susurró, medio dormido.
Enzo lo abrazó más fuerte, besándole el cabello y luego la frente.
— Yo también, Juli. Yo también.
Entre la calma y el cansancio, se quedaron dormidos, sabiendo que esa noche habían sellado el inicio de toda una vida en compañía del otro.
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Unos meses después…
Enzo se despertó de golpe, con el corazón desbocado, la respiración acelerada y sudando frío. El sudor le empapaba la frente y durante unos segundos no supo dónde estaba. La calma de la habitación lo protegía pero todavía podía sentir el eco del miedo que lo había despertado. Le temblaban las manos. Pasó un buen rato antes de poder controlar el ritmo de su respiración.
Sabía que estaba despierto, pero su mente seguía allá, atrapada entre imágenes que no quería recordar, sentía todavía esa angustia pesada en su pecho, esa sensación de pérdida que el sueño había traído consigo.
Había sido un sueño horrible, no, no fue un sueño, fue una verdadera pesadilla.
Había soñado que Julián nuevamente se había ido. Aún podía escuchar en su mente la voz de Julián diciéndole cosas tan hirientes, que en realidad Enzo nunca había hecho nada para darle el lugar que merecía en su vida, que lo había hecho ser su amante, que solo lo había lastimado, que no se merecía tener nada a su lado y que por eso se iba, que por eso lo dejaba.
Cada palabra resonaba todavía en su cabeza, nítida, cruel, como si se la estuvieran repitiendo una y otra vez como una melodía terrorífica. Sentía el pecho apretado, la garganta cerrada, el estómago encogido por el miedo. Le dolía, como si algo adentro se le estuviera partiendo en miles de pedazos.
Cuándo miró la cama buscando el cuerpo qué lo hiciera consolarse de que todo solo había sido un mal sueño, Julián no estaba. Julián se había ido.
Su respiración volvió a agitarse. Se incorporó de golpe, mirando a su alrededor con desesperación. La habitación estaba igual que siempre, pero él no estaba.
¿Y si no fue un sueño? ¿Y si fue una realidad? ¿Y si de verdad lo había arruinado todo y Julián se volvió a ir?
El pensamiento lo atravesó como un cuchillo clavado directo en su corazón que ya empezaba a desangrarse por la sola idea. De pronto ya no podía quedarse quieto. Se levantó de la cama tan rápido cómo pudo, los pies descalzos golpeando el suelo frío, el corazón latiéndole con fuerza hasta dolerle.
Salió de la habitación casi corriendo, abriendo puertas, llamando su nombre, con la voz entrecortada y temblorosa:
— ¿Julián?... ¿Juli?... ¿Juli?
Nada. Solo silencio.
La casa parecía más grande, más vacía. Cada habitación que revisaba era un golpe más a su pecho. Nada. No había señales de él. Su desesperación crecía con cada segundo que pasaba.
Bajó las escaleras tan rápido como pudo, tropezando con el último escalón. Llegó al living y todo estaba en completo silencio. El mate de la noche anterior seguía sobre la mesa, las luces apagadas, la quietud de un amanecer que apenas despuntaba por las ventanas.
Fue hasta la cocina. Nada. Abrió la puerta del lavadero, miró hacia el pasillo, incluso revisó el baño del fondo. Nada. Julián no estaba por ningún lado.
El pánico ya le apretaba el pecho. Sentía que no podía respirar.
Estaba por gritar, por romperse, por dejar salir todo ese miedo que le quemaba por dentro, cuando escuchó algo.
Un sonido suave y dulce, una risa que podría reconocer en cualquier lugar del mundo.
Se quedó quieto, conteniendo la respiración.
Venía del patio.
Por un segundo dudó si era real o si su cabeza le estaba jugando una mala pasada, pero volvió a oírla: esa risa tan clara, familiar, cálida, esa risa que amaba provocar y que amaba escuchar.
El corazón le dio un vuelco. Caminó hasta la puerta que separaba la casa del patio y con las manos aún temblorosas, la empujó despacio.
El aire fresco de la mañana le golpeó la cara. Afuera, la luz tenue del amanecer se mezclaba con las sombras de las plantas. Y ahí estaban: Julián y Benja, en pijama, jugando con Olivia en el césped húmedo.
Julián estaba agachado, con los rulos totalmente despeinados, riendo a carcajadas mientras Benja le lanzaba agua con una pistola de juguete y Olivia corría alrededor de ellos gritando de alegría.
Enzo se quedó quieto en la puerta, observándolos, el alma todavía desacomodada, intentando entender, su respiración se fue calmando poco a poco.
El miedo empezó a disiparse, reemplazado por una oleada de alivio que casi lo hizo tambalear.
Ah. Sólo había sido un sueño. Una pesadilla.
Estaban los cuatro en su casa.
Estaban los cuatro en la casa qué habían comprado con Julián para vivir juntos.
Esto si era real. Julián estaba ahí, jugando en el patio de su casa con Olivia y con Benja.
Pero aun así, su sueño tenía algo de razón, Julián se había ido.
Porque el Julián que Enzo había conocido ya no estaba.
Aquel muchacho cuyos ojos profundos no reflejaban ni un poco de luz ya se había ido. Ese muchacho cuya pena era tan pesada que oscurecía todo su mundo ya no estaba, porque se había marchado.
Aquel muchacho de ojos marrones tan colmados de tristeza ya no estaba. Aquel que lo hizo preguntarse ¿desde cuándo la tristeza puede volverse algo atractivo? ya no estaba.
Entonces ahí, Enzo entendió una cosa.
El muchacho de los ojos tristes se había ido.
Porque ahora, el muchacho de los ojos tristes ya no vive solo y no necesita amor, porque lo tiene todos los días.
Porque ahora, el muchacho de los ojos tristes, ha encontrado al fin una razón, para hacer que su mirada ría, con los besos de Enzo y su gran amor.
El muchacho de los ojos tristes se había ido. Y ahora, por fin, Julián ya no vivía bajo su sombra.
— ¡Mi amor! ¡Vení a salvarme de estos dos! — lo llamó Julián riendo a carcajadas, tratando de cubrirse de los chorros de agua que tanto Olivia cómo Benjamin derramaban sobre él.
Enzo sonrió. Porque allí, frente a él, estaba el final de una historia y el inicio de otra.
Porque aunque Enzo se había enamorado perdidamente de aquel muchacho de los ojos tristes, quizás ya era hora, era hora de despedirse de él y dejarlo ir, porque ya no tenía razón ni motivo alguno para regresar y lo ideal es que ya no volviera.
Sí, despedirse era lo mejor. Era el momento.
En silencio, en su mente y en su corazón se despidió de aquello que lo había hecho enamorarse en primeras instancias mientras sonreía yendo en rescate de Julián.
Adiós.
Adiós al muchacho de los ojos tristes.
