Chapter Text
-And they were roommates
-Oh my God, they were roommates.
Un vaso de licor sonó con fuerza contra la madera brillante de la barra de aquel bar. Era un local de mala muerte, mediocre, lo suficiente como para mantener a cualquier japonés adinerado fuera de su alcance. Apestaba a alcohol, tabaco y a una apabullante melancolía que se colaba por las venas de cualquiera. Las luces pretendían alumbrar un ambiente íntimo, pero lo único que reflejaban eran las pequeñas manchas de humedad en la pared. Había bullicio, unos desconocidos hablaban con otros desconocidos, un ambiente que inspiraba ese extraño sentimiento de soledad en medio de una multitud.
Ni siquiera la propia Midori sabía lo que hacía allí. Bueno, claro que lo sabía. Lo que realmente se preguntaba era cómo podía haber llegado hasta ese punto, bebiendo sidra de manzana en aquel lugar recóndito de los callejones de Kasukabe. Sidra de manzana. Más de uno se hubiera reído en su cara por no beber un licor más fuerte. Aunque, tal como iba avanzando la noche, no le sorprendería atreverse a probar algo más.
El camarero de la barra miraba de reojo de vez en cuando a la chica de cabello cobrizo, preocupándose de si tendría que volver a escoltar a otro borracho más esa noche. Midori mantenía su espalda encorvada, mirando el reflejo de sus ojos vidriosos y rojizos en la barra del bar, para su sorpresa, barnizada. El inminente estado de embriaguez le hacía reflexionar. Tres copas de sidra eran suficientes para alterar los ánimos de Midori. En esos momentos se sentía como ese bar. Tenía sillas limpias, una barra limpia, una carta modesta, había gente y sonaba buena música, pero todo eso solo era una fachada. Poseía lo justo para para agradar a la primera impresión. 5 minutos eran suficientes para fijarse en la mala calidad del alcohol, en las colillas aplastadas y los charcos pegajosos que había por todo el suelo, en las discusiones que enseguida se generaban entre los clientes y los trabajadores. Bonito por fuera, feo por dentro. Midori se preguntaba si todo el mundo se sentía así o era solo ella la que sufría sin razón.
La puerta del local golpeó contra la campanita que había colgando sobre ella al abrirse y emitió un sonoro estruendo al cerrarse contra el marco de madera. Los tacones del nuevo cliente iban resonando por el suelo del local cada vez más cercanos a Midori, sin embargo la veinteañera no sintió curiosidad por saber a quién pertenecían. Casi ni los percibía dentro de su burbuja psicológica. Oyó el metal del taburete de al lado rechinar al sentarse el cliente, y en poco tiempo el barman ya estaba allí dispuesto a atenderle.
-¿Lo de siempre? - le preguntó al desconocido.
-Sí, por favor.
Una voz de mujer, profunda y segura fue la que devolvió a Midori la consciencia. Si no la conociera, hubiera afirmado que solo por su voz la mujer que tenía al lado sería digna de conocer. Pero, para su desgracia, sabía perfectamente quién era. Sus mejillas cobraron más color del que les había dado el alcohol y lentamente la chica enderezó la espalda y giró su cabeza en la dirección de donde provenía esa voz tan familiar para ella.
Era una mujer de su misma edad con piel tersa y blanca, ojos oscuros contorneados por demasiado maquillaje para el gusto de Midori y pelo largo negro que le llegaba hasta la espalda, más brillante que cualquier bombilla de aquel bar. Llevaba un vestido azul oscuro corto el cual parecía bastante caro a simple vista, pero que Midori sabía perfectamente que era de las rebajas de la sección de marca del centro comercial. Una fina gargantilla de bisutería rodeaba su cuello y un bolso de noche negro excesivamente costoso descansaba a su lado en la barra. Solo había una persona en la vida de Midori que recogiera todas estas características.
-¿Matsuzaka? - logró a pronunciar Midori.
-¿Yoshinaga? - una expresión de evidente estupor se dibujó en el rostro de la chica.
-¿Qué...? ¿Qué haces aquí? - preguntó Midori entrecortada por el repentino sentimiento de vergüenza.
-Sinceramente, creo que eso debería preguntártelo yo.
-¿Por qué? ¿Qué hay de malo en salir a tomarse una copa de vez en cuando?
-¿Desde cuándo sales tú sola de copas por locales de mala muerte? Eso es de alcohólicos y de depresivos, es muy triste.
-Entonces, ¿qué haces tú aquí?
La respuesta paralizó a Matsuzaka mientras el camarero le sirvió su habitual whisky.
-¿No será que te han dejado plantada otra vez y por eso estas de mal humor?
-Eso... No es asunto tuyo - contestó Matsuzaka apartando la mirada mientras tomaba un trago de su copa - Pero en serio, ¿qué haces aquí?
-Venía... A disiparme un poco.
-¿Ha pasado algo?
Los pensamientos de Midori aporreaban la puerta de su boca cada vez más fuerte. Quería soltarlo todo de una vez sin al mismo tiempo decir nada. No quería lidiar con más consecuencias.
-... Nada en especial, solo estoy un poco decaída.
Matsuzaka fijó sus ojos un largo tiempo en aquella chica que evitaba mirarla de frente y jugaba con su vaso de sidra a medio empezar. Se decidió a hablar tras un rato pensando para sí misma.
-Oye, mira... Sé que no soy una persona que inspire mucha confianza, y sé que no somos amigas, si no compañeras de trabajo. Pero a mi no me gusta el cotilleo, y si te ha pasado algo puedes estar segura de que no lo voy a ir contando por ahí. No tengo necesidad.
Los ojos acaramelados de Midori brillaron por un momento y miraron a Matsuzaka con un pequeño atisbo de esperanza.
-Puedes confiar en mí. Aunque no lo parezca - volvió a afirmar la chica morena.
-No, si... En verdad, tarde o temprano en el trabajo tendréis que enteraros.
¿De qué?
La garganta de Midori se enredó con fuerza y volvió a sentir sus lágrimas ahogadas listas para salir de sus ojos.
-Hoy Ishizaka y yo acabamos de firmar los papeles del divorcio.
El ruido de la música y la gente charlando a gritos pareció ensordecerse para las dos chicas con solo esa frase. Midori sentía un falso alivio al ser la primera vez que lo decía en alto.
-¿... De verdad?
-Sí.
La expresión de Matsuzaka se iba ensombreciendo poco a poco; sus cejas depiladas se curvaron para fruncir el ceño.
-¿Desde cuándo estáis así?
Midori dudaba al tener que explicar más detalles, pero ya no podía echarse atrás.
-Decidimos que íbamos a separarnos hace 2 meses, pero empezamos a tener problemas poco después de casarnos.
-... Lo siento - fue lo único que podía responder la chica morena en ese momento, mientras apartaba la mirada hacia la barra del bar.
Midori giró levemente la cabeza de lado a lado, en un intento por expresar sin palabras un “está bien”.
-Eres la primera a la que se lo cuento.
-¿La primera? ¿Tu madre no lo sabe?
-Para nada. No me atreví a contárselo. Se le veía tan feliz sabiendo que estábamos juntos y, sobre todo, sabiendo que por fin me había casado...
Otro silencio siguió a la contestación de Midori. Ambas chicas miraban a un punto fijo, pensativas. Midori tenía demasiadas cosas que decir y Matsuzaka se había quedado sin palabras. Midori sentía que debía disipar la situación de alguna forma, pero no encontraba la forma. Tampoco tenía fuerzas para ello. No le agradaba lo más mínimo hablar sobre ello, y sin embargo no podía pensar en otra cosa.
-¿Sabes qué es curioso? - comenzó la chica castaña a hablar de nuevo - Que a Junichi todo este tema le pilló de imprevisto. No se lo esperaba para nada cuando le planteé seriamente una separación. Sin embargo, yo siempre he tenido un raro presentimiento de que una vida con él no me haría totalmente feliz, incluso antes de casarnos. Solo que fui muy tonta como para darle cuenta por mí misma.
-Yo creo que solo tú podrías saberlo. Desde fuera se os veía muy unidos - comentó brevemente Matsuzaka.
-Ya, yo también lo creía. Pero supongo que en parte quería quedarme con esa opinión ajena. Él cometió errores, pero creo que el problema en mayor parte lo tengo yo. No me veía conectada a él, y tampoco sé si él llegó a conectar totalmente conmigo.
-Yo no lo llamaría un problema... Simplemente una diferencia de opiniones.
Matsuzaka tomó otro trago de su whisky.
-Pues mira, mejor estar sola que con un soso como ese. Tiras una piedra en el centro de Tokio y te salen 200 iguales.
Matsuzaka iba a soltar su característica risa cuando se dio cuenta de que no era el momento apropiado para soltar un comentario desenfadado. Se disculpó al instante y volvió a su tono serio.
-Oye, pero ahora mismo, ¿sigues viviendo con él?
-Sí, intentamos hacer una vida separada. Aunque con los papeles ya firmados tengo que intentar encontrar piso pronto.
-¿Pretendes buscar otro piso en vez de irte a casa de tus padres? ¿Con lo mal que están las cosas?
-Quiero rehacer mi vida cuanto antes, aunque sea difícil.
Matsuzaka volvía a tener sus ojos fijados en Midori con una visible confusión a sus respuestas. Sus uñas limadas y pintadas resonaban contra la madera de la barra nerviosamente. Entonces, se le ocurrió algo. Un acto solidario poco común en ella.
-Oye, ¿y si te vienes a vivir conmigo?
Midori entrelazó su mirada con la de su compañera de trabajo con los ojos abiertos en gran estupor.
-¡¿Qué?!
-Sí, hombre, así nos hacemos compañía. Sé realista, Midori. Con tu sueldo no vas a poder encontrar nada asequible ahora.
-Perdona, guapa, pero te recuerdo que tenemos el mismo sueldo.
-Pues por eso mismo. No te digo que te quedes para siempre, solo que ahorres un tiempo y así encuentres algo bueno.
-Pff.
-¿Cómo que “pff”?
-Seguro que solo lo haces para que te ayude a pagar la renta a medias porque vayas hasta el cuello todos los meses.
Matsuzaka entrecerró sus ojos y frunció el ceño en señal de molestia.
-Pues para que lo sepas, te iba a dejar quedarte gratis para que ahorraras más rápido, bonita - le dijo a Midori mientras se levantaba del asiento y sacaba su cartera para pagar la copa.
-Espera, ¿a dónde vas?
-A mi casa, la que pago yo solita con mi sueldo de mierda. No te preocupes, que no te molesto más.
-¡No, no, no! ¡Espera!
Midori hizo un amago de levantarse del taburete para parar a su compañera.
-Lo siento, estoy muy alterada... Ya sabes.
Matsuzaka ya se había colgado su bolso al hombro lista para marcharse.
-¿... Puedo quedarme un tiempo en tu casa? Solo un par de semanas. Y, a cambio... Pagaré la mitad de la renta, también. Porque yo quiero.
Midori se sentía patética en ese momento. Cuando ella y su exmarido discutían a veces demostraba una actitud borde hacia los demás poco común en ella. Era una mujer de carácter, pero nunca llegaba a extremos. No le gustaba seguir comportándose así. Necesitaba organizar su mente y apartarse de ello, aunque fuera viviendo con su “archienemiga” mas acérrima.
-Claro - le respondió Ume tras una pausa. Midori sintió la tensión en su pecho liberada - Pero como te sigas poniendo chulita te echaré a la calle y te denunciaré por okupa.
-Gracias, Matsuzaka. De verdad, te lo agradezco mucho.
-Que sí, que sí, de nada, vagabunda. Que pareces una sin techo con ese chandal.
Midori se había puesto un chandal rojo medio sucio que usaban en las competiciones deportivas de la guardería. Tampoco había que arreglarse demasiado para llorar en el bar, pensaba.
-Oye, Matsuzaka.
-Qué - la chica del vestido ya estaba a punto de marcharse.
-Que sepas que yo sí te considero una amiga. Aunque seas la persona más molesta que conozco - dijo Midori con una sonrisa afable.
Matsuzaka le devolvió la sonrisa tras una breve sorpresa por el comentario y respondió con un:
-Y yo a ti. Por desgracia. Trae tus cosas el sábado por la mañana.
Entonces, Matsuzaka se dirigió a la puerta del bar y se marchó con un olor a alcohol y tabaco pegado a la ropa.
El barman sonreía de forma discreta limpiando un vaso tras haber escuchado la charla.
Continuará...
