Actions

Work Header

Empty

Summary:

Las palabras del brujo lo lastimaron a un punto que no puede soportar, así que Jaskier buscará un Djinn para eliminar su dolor. Pero esas criaturas son engañosas, y terminará quitándole algo más que eso.
Geralt lo ha buscado sin descanso desde que se separaron ese día y, cuando lo encuentra, no tarda en notar que Jaskier no es el mismo de antes.

Chapter Text

«¿Qué estoy haciendo...?» susurró con la voz rota, cayendo de rodillas al borde de un barranco y sin poder creer que había estado a punto de acabar con su vida.

Había bebido demasiado, pero no podía culpar al alcohol si esta idea ya había rondado su mente desde hace varios días, y es que cuando cantó Her Sweet Kiss por primera vez en público, se dio cuenta; nada detendría esa opresión en su pecho, el maldito nudo en su garganta y las putas lágrimas contenidas desde aquel día en la montaña.

Quería llorar, necesitaba tanto llorar y, sin embargo, las lágrimas no salían. Era como encontrarse en un estado de letargo y no hubiera forma de salir de ahí.

Amaba a Geralt, lo amó durante veintidós años sin importar el trato que recibiera de él. Amaba la casi imperceptible manera en que demostraba sus sentimientos, que sus acciones siempre fueran justas y que, sin importar que todos lo odiaran, él siempre ayudaba a quien lo necesitara.

Amaba incluso su sola compañía, pero enterarse a los gritos que, en cambio, para el brujo nunca fue más que una desgracia en su vida... le dolió más que cualquier puñalada que hubiera recibido en sus peleas.

Lo dejó destrozado. Tanto, que ni siquiera fue capaz de volver a cantar para aliviar un poco de su dolor, así que vendió todas sus joyas para hacer algo de dinero, pero la mayoría se lo gastó en alcohol y ahora no sabía qué hacer, cómo seguir viviendo con el hambre que lo invadía en más de un sentido.

Poniéndose de pie con dificultad, bebió de golpe lo poco que quedaba en su botella y, arrojándola lejos, se dio la vuelta con otra idea en su mente, una que no implicaba morir o, al menos, no por voluntad propia.

Un Djinn, buscaría un Djinn, tan estúpido y aterrador como sonara eso. Porque debía admitirlo, le tenía pánico a esas criaturas después de que uno casi terminó matándolo, pero al diablo, estaba desesperado. Además, esta vez sí sería él quien pidiera el deseo, y se aseguraría de hacerlo bien.

Con una determinación autoimpuesta, buscó hora tras hora y día tras noche sin descanso, sin dormir siquiera cinco minutos por la aflicción de encontrarlo.

Cada vez que sacaba la red vacía su determinación declinaba un poco, temiendo que llegara el momento en que tuviera que resignarse a vivir con ese dolor en su pecho, ese dolor de saber que amó por años a una persona que todo el tiempo lo detestó. Sin embargo, cuando estaba a punto de considerar la idea de ir por unos ahogadores en lugar de un maldito Djinn, sintió algo más pesado al tirar de la red, y se apresuró a jalarla rogando entre dientes que no fuera otra piedra.

Se quedó estático cuando lo que atrapó salió por fin a la vista, pero no se dejó invadir por la sorpresa por más de unos segundos. En cambio, se apresuró a sacar el recipiente lo más rápido posible, con las manos temblando por la desesperación que lo había acompañado todo este tiempo.

Era diferente al que Geralt había encontrado, pero retiró la tapa con la esperanza intacta, y esperó unos segundos en silencio mientras suplicaba que pasara algo.

Afortunadamente, lo hizo. Un humo idéntico al que había visto hace años salió con fuerza del recipiente en sus manos, pero esta vez se aseguró de sostenerlo bien para que no se rompiera y, sin poder esperar un segundo más, pidió su deseo.

«¡Djinn! Yo... ¡deseo no sentir más dolor!» gritó con un nudo en la garganta, y sintió su corazón detenerse cuando el humo se dirigió hacia él, empujándolo con tal fuerza que cayó de espaldas en la tierra.

Una molestia en su antebrazo lo hizo fruncir el ceño y mirarse extrañado, y se preguntó cómo se había hecho ese corte si no había caído contra nada filoso.

✺✺✺

 

 

 

Geralt sabía que la había cagado, pero no quiso ir tras Jaskier inmediatamente luego de gritarle. No, necesitaba calmarse primero. De todos modos, el bardo nunca había sido muy veloz caminando, no le costaría nada alcanzarlo y arreglar uno de la cadena de errores que llevaba cometiendo.

Sin embargo, no lo encontró al regresar al campamento, ni durante todo el camino montaña abajo, y tampoco en el pueblo donde se les había unido Yennefer.

Jaskier no estaba en ninguna parte, y eso sólo le dejaba dos opciones que pensar. El bardo se fue tan rápido como pudo para no encontrarse con él, o algo le pasó en el trayecto. Si bien no quería aceptar ninguna de ellas, definitivamente prefería la que incluía su bienestar, pero eso sólo lo dejó pensando en otra cosa, y es que finalmente sus palabras habían cruzado un límite. Esta vez realmente había herido a su mejor amigo, y era muy probable que, a causa de eso, debiera darlo por perdido.

Por supuesto, no por eso dejó de buscarlo. Jaskier podía insultarlo todo lo que quisiera cuando lo encontrara, podía mandarlo a la mierda y, si luego de eso no quería volver a verlo, él acataría su decisión sin decir nada a cambio, pero necesitaba disculparse primero, necesitaba decirle cuán mal se sentía por haberle soltado tanta basura que nunca quiso decir, que nunca sintió en realidad.

Así que buscó, buscó y buscó. Pueblo tras pueblo, ciudad tras ciudad, preguntando por un bardo de ojos azules y cabello castaño, un bardo que se metía en peleas por las noches y huía de esposos furiosos por las mañanas.

El bardo llamado Jaskier, el humano más aficionado al perfume y baños con sales que hubiera conocido, pero quien jamás tuvo problema con lavar las tripas de su cabello.

Jaskier, la única persona que él no podía resignarse a perder, no cuando le había dado tanto a cambio de nada, no cuando siempre se quedó a su lado, soportando su mierda, apoyándolo de manera incondicional, defendiéndolo e incluso cuidándolo.

Jaskier, la persona que siempre dio por sentado y que ahora estaba aterrado de no volver a ver.

Claro, no fue exactamente así como lo describió, pero luego de tantos meses buscándolo eso era lo más cercano a lo que quería decir.

No fue sino hasta el séptimo mes que por fin tuvo noticias de él. Un par de personas dijeron creer haberlo visto, pero fue suficiente para tomar sus cosas y partir en la dirección que le indicaron. Cualquier rumor del paradero de Jaskier, él lo tomaría, sin importar cuán poco probable fuera.

Llegó al pueblo en menos de un día y, dejando a una agotada Roach en el establo más cercano, se acercó a la primera taberna que captó su atención. No escuchaba el canto del bardo, ni sus risas, ni su parloteo, y ni siquiera sentía rastro de su olor ahí, pero abrió la puerta de todos modos, analizando a los humanos uno por uno y sin inmutarse ante las malas miradas que recibió a cambio.

No vio más que ropas opacas en cada rincón, pero aun así no perdió la esperanza, así que se acercó a la barra y repitió la misma frase de siempre, aquella que se había aprendido de memoria y sonaba dolorosamente repetida.

«¿Ha estado un bardo aquí? Ojos azules, pelo castaño... su nombre es Jaskier» masculló cansado y, una vez más, sólo obtuvo un pobre movimiento de cabeza a cambio.

Suspiró, y asintió decidiendo que, al menos, reabastecería algo de carne seca antes de volver a la carretera, así que se aseguró de que Roach siguiera bien y, con los ánimos nuevamente por los suelos, encaminó sus pasos hacia el comercio.

Fue ahí donde sintió su olor. Bajo y jodidamente difícil de percibir, pero estaba ahí, en algún lugar entre tantas personas comprando y regateando.

Con el corazón en la mano, se giró en diferentes direcciones bruscamente, frunciendo el ceño al no ver ningún jubón llamativo por ningún lado. Buscaba un color que llamara su atención, algo que resaltara tanto a la luz del sol que uno no pudiera evitar mirarlo, algo digno de un bardo, algo digno de Jaskier.

No lo encontró, pero de un momento a otro el olor se hizo más intenso y, volviendo a girarse con rapidez, se dio cuenta de que Jaskier se había detenido justo a su lado, agachándose para ver lo que ofrecía una comerciante.

Contuvo la respiración, confundido al ver la ropa tan común que estaba usando, pero jodidamente feliz de verlo ahí, sano y salvo, intacto y sin ninguna cicatriz a la vista.

—Jaskier... —soltó en un suspiro sintiendo que, después de tantos meses de aflicción, por fin podía relajar sus hombros y dejar que las esquinas de su boca tiraran levemente hacia arriba. Sin embargo, el bardo ni siquiera se inmutó ante su llamado y, aunque por un segundo pensó que sólo estaba enojado, pronto se dio cuenta de que no olía el enojo en él.

Frunció el ceño, alzando una mano para tocar su hombro, pero la comerciante lo interrumpió.

—No te molestes, brujo —dijo la mujer negando con la cabeza—. Lleva unos meses viviendo aquí, no habla a menos que sea necesario.

Inclinó involuntariamente la cabeza, enormemente desconcertado por lo que acababa de escuchar, pero no tuvo tiempo de preguntar a qué se refería, pues Jaskier pagó lo que llevaba y se dio la vuelta, dejándolo atrás sin ni siquiera mirarlo.

—Jaskier —llamó de nuevo, tocando su brazo esta vez y desesperándose cada vez más al no saber qué le sucedía, por qué no lo miraba siquiera, por qué la mujer había dicho eso si él sabía bien que su mayor talento no era cantar, sino hablar hasta fastidiar a cualquiera.

Esta vez el ojiazul se detuvo a mirarlo, pero Geralt contuvo la respiración cuando lo hizo, pues no encontró ni un rastro del que alguna vez fue su amigo. La expresión en su rostro no tenía vida, sus iris carecían de su brillo característico y las comisuras de su boca estaban inclinadas hacia abajo, como si no hubiera sonreído hace mucho, mucho tiempo.

Incluso su pelo estaba desordenado, los mechones yendo en todas direcciones sin ningún cuidado y su ropa, oh, su ropa..., prendas de diferentes matices de marrón que ni siquiera estaban debidamente acomodadas.

Se arrancó el collar del cuello bruscamente, sin poder soportar esa vista por un segundo más y, tomando la mano de Jaskier para posar ahí el medallón, se dio cuenta de que no era ningún doppler el que estaba frente a él.

Tragó saliva, sin saber qué demonios pensar. Éste no era un doppler, era Jaskier, y al mismo tiempo estaba lejos de serlo.