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El mejor regalo

Summary:

Después de vivir ocho años luchando en el ejército Heleno, Aquiles se topa con un nuevo reto que puede costarle todo por lo que ha luchado, incluso su esperada inmortalidad. ¿Será capaz de dejar su ambición a un lado solo por amor?

Chapter 1: I

Summary:

Editado.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Desperté empapado en sudor, el calor impidiéndome respirar y buscando desesperadamente a Aquiles. Al querer levantarme mis piernas flaquearon, pues me sentía débil y extrañamente tembloroso. En el intento de salir la cama sentí un extraño liquido bajando por mis piernas, ¿Qué estaba pasando? No solo era la intensa necesidad de buscar al Pelida, si no el calor sofocante que había dentro de la tienda, que a cada segundo se volvía más sofocante.

Rápidamente limpie la mojadura en mis piernas y me humedecí la cara para que me despejara un poco del sofoco que sentía, en ese breve momento de claridad me di cuenta que el calor no provenía de la tienda, tenía fiebre. Poco a poco las piezas se fueron uniendo en mi cabeza, el calor y la debilidad, la necesidad de Aquiles y el extraño fluido. Estaba en celo. Pero ¿cómo era posible? Toda la vida fui un beta, criado como tal después de años sin presentarme.

El miedo opacaba cualquier otra cosa que sintiera en ese momento, pensar en la posibilidad de ser un omega me llenaba de terror. No solo me apartarían de su lado, ya no podría ser su compañero en armas. Ya no podría ser medico como me educó Quirón; nuestra gente entregaba a los omegas como ofrendas al dios Apolo y solo vivían dentro de los templos, sin contacto alguno con el exterior. Ningún omega varón se veía fuera de esos lugares y aquellos que desafiaban aquel mandato divino era asesinados públicamente.

Me encogí en camastro de pieles, llorando desconsoladamente al saber el destino que me esperaba, uno lleno de soledad y abusos, lejos del hombre que amaba y confinado a las cuatro paredes del templo de Ftia. Ahora entendía por qué Tetis no me quería al lado de su hijo, porque del odio que profería hacia mí, no quería que la gloria de Aquiles se manchara con mi compañía, no quería que su hijo fuese tentado de esa manera.

Me sentía peor con cada pensamiento, así como el calor del celo aumentaba y los dolores en mi vientre se hacían presentes, tenía el recuerdo de cómo preparar un tónico para los dolores del celo, pero sabía que era un riesgo salir así a un campamento lleno de alfas.

Mi mente hizo una lista de cosas prácticas que debía de hacer, aprendidas después de años en el pabellón de medicina, ayudando a las pobres omegas que hacía a Aquiles recoger en las dríadas; colocar el pocillo de agua a un lado del camastro, tomar la tela de alguna túnica y empaparla en agua tibia para calmar los calores, cerrar la cortina de pieles para evitar que cualquier olor saliera de la tienda y llamara a los alfas de alrededor.

Sabiendo lo que debía hacer, me levante muy lentamente, dejando a un lado el llanto, apoyándome en una lanza del rubio para poder moverme sin caer. Agradecía todavía tener un poco de lucidez y fuerza para hacer lo necesario para posponer mi fatídico destino. Quería verlo una sola vez más; sin importar el dolor y la necesidad, tenía que despedirme de Aquiles.

Hacer estas cosas me llevo más de lo que comúnmente me tomaría hacerlas y al acabar mi cuerpo cayó rendido en el lecho de pieles, dejándose llevar en los malestares del celo.

Patroclo.

Esa única persona rondaba mi mente, sentía un malestar en mi pecho desde mediodía, como si me advirtiera algo, me sentía inquieto y desesperado al pensar en el castaño. La batalla estaba a nada de acabar, se podía contemplar la aparición de las primeras estrellas en el cielo cada vez más oscuro. Hice un movimiento con mi muñeca para clavar la lanza en el pecho de un alfa que venía hacia mí, volteándome antes de ver cómo la vida se escapaba de sus ojos. Tenía que salir de aquí y asegurarme de que Patroclo estuviera bien.

Cuando se retiraron las tropas troyanas y se reunieron los príncipes y reyes del ejército Heleno, subí rápidamente a mi caballo para acercarme a ellos, buscando la manera de hacer más rápida nuestra partida.

Al llegar al campamento mirmidón el consejero Fénix se acercó a mí, moviéndose apresuradamente.

—¡Señor Aquiles! ¡Benditos sean los dioses! Por fin ha llegado. Rápido, creo que algo le ha pasado a Patroclo.

La rapidez de su hablar me alertó, agrandando el malestar de mi pecho, haciendo que caminara rápidamente hacia nuestra tienda.

—¿Qué sucede? ¿Le paso algo? ¿Lo hirieron?

—Mi señor, tememos que sí. No ha salido desde que usted partió y cuando fui a preguntar porque no se había presentado en el pabellón de medicina me despidió de la zona de la tienda, pidiéndome que nadie se acercara. Me acerque a la esclava Briseida para preguntarle si sabía algo sobre él y de inmediato se adentró a la tienda sin siquiera llamar—. Contestó con aire ofendido. —Se han comportado de los más inusual, la esclava se a plantado fuera de la tienda con una lanza y cualquiera que se acerca a los alrededores de la tienda es alejado.

Al escuchar lo último de su relato lo despedí urgentemente y corrí hacia la cima de nuestro campamento, lugar donde se encontraba nuestro hogar desde hacía años. Estaba demasiado desesperado por saber que estaba mal, con saber lo que le hubiera pasado para que incluso Briseida estuviera dispuesta a matar a alguien con tal de protegerlo. No me detuve a pensar por qué actuaba así, lo único que necesitaba era estar con él y ayudarlo.

Al llegar a la cresta, Briseida estaba ahí, apuntándome con la lanza y gruñéndome.

Nosotros no hablábamos más que lo necesario, pues para ella era difícil conversar con quien devastó a su pueblo y para mí era intolerable que pretendiera al castaño, los celos extinguían cualquier intento de amistad. Solo conversábamos brevemente en su presencia, sabíamos cuánto le complacía que lo hiciéramos y ninguno lo quería decepcionar.

—No puedes entrar—. Su voz era firme y no tenía ninguna vacilación, su rizado cabello se movía con el viento, dándole un aspecto salvaje. Era preciosa, lo que hacia que la tolerara aun menos. —Te atravesare con esto de ser necesario, pero no te vas a acercar más a esa tienda.

—Tengo que verlo—. Gruñí a mi vez, caminando hacia a ella. —Si algo le paso tengo que ayudarlo.

—No hay nada mal con Patroclo—. Contestó —No está herido, no está enfermo, pero no es lo mejor que rondes a su alrededor.

—No te creo. Algo le sucedió y ni tu ni nadie me alejara de él.

La aparte de mi camino, jalando de la lanza que blandía hacia mi y con el impulso del movimiento empujándola bruscamente a un lado del camino, caminando hacia la tienda sin siquiera comprobar si la había herido de gravedad o no.

—¡Espera, Aquiles!— Gritó Briseida a mis espaldas, sujetándome fuerte brazo cuando me alcanzo y arrodillándose frente a mí al ver que no me detenía, bloqueándome la entrada a la tienda. —No entres, te lo ruego; lo último que queremos los dos es que lo lastimes.

—Briseida—. Mi tono era duro, aparté su agarre de mi túnica con una fuerte sacudida. —No entiendo que quieres decir ¿Por qué lastimaría a Patroclo? No hay otra cosa que quiera más que cuidarlo y protegerlo—. Las ideas de todo lo que podía estar mal con mi amado solo aumentaban mi miedo y la sospecha. — ¿No será que tú le hiciste algo? Eres la única que han visto entrar a la tienda y juro por los dioses, Briseida, que si tocaste un solo cabello de Patroclo te voy a ...

—Está en celo—. Interrumpió.

La irritación inundó mi cuerpo, era claro que mentía, Patroclo era un beta, ellos no entraban en celo y si él realmente se trataba de un celo era muy tardío. Muy pocos alfas entraban en celo tan avanzados de edad.

—Si ese fuera el caso, la que debería alejarse eres tú. No es muy buena idea tener a una omega rondando cerca de una alfa en celo.

—Eso mismo quiero evitar.

—¿Qué?

La morena se levantó, viéndome con una tristeza que no auguraba nada bueno. —Aquiles, Patroclo está en celo, sí, pero se presentó como omega.

Omega.

Era una mentira, estaba claro. Conocía a Patroclo desde que éramos niños, pasamos nuestra infancia entre los pasillos del castillo de Ftia, nos educamos en Pelión y cuando nuestra época de presentarnos llegó la fiebre nunca acudió a él. Cuando pasaron dos veranos en los cuales el único que sufrió de celos fui yo, abandonamos la ilusión que él seria completamente mío.

Él no podía ser un omega, era un castigo injusto por parte de los dioses, me arrebataban la posibilidad de una vida larga en cambio de la gloria y ahora sumaban a mi otra mitad, me confinaban a una vida donde tendría que dejarlo detrás. Aun podía imaginarnos como lo hacía en aquel entonces, cuando aún vivíamos con Quirón y mi celo aún no llegaba; ambos sentados en el fuego, con un pequeño con los cabellos dorados, pero con sus ojos marrones. En la oscuridad de la cueva, con Patroclo dormido a mi lado, podía ver la familia que podríamos formar. A él, con mi marca en su cuello, riendo y teniendo una vida feliz. Pero al mismo tiempo temía de todo lo malo que podría pasar, ahora y entonces; los enviados de mi padre, llevándose a Patroclo al santuario más lejano de Ftia, los otros reyes del ejercito apartando a Patroclo de mis brazos, llevándoselo fuera de la guerra, dejando solo su ausencia detrás. También sabía que la profecía me ataba a estas tierras y que nunca regresaría a Ftia, moriría en Troya ¿Cómo podría hacer que mi amado estuviera a mi lado si solo era cuestión de tiempo que yo me apartara del suyo?

Ahora, años después, el peso de lo que había renunciado en Ftia se hacía realidad, la vida larga y hermosa, con él reinando a mi lado. La ansiosa espera de nuestro primogénito y la felicidad que nos traería. Al escoger la divinidad no dejé espacio para nada más en mi vida.

Cuando estaba a nada de alejarse de la tienda para ayudar a la beta en su vigilia un pensamiento vino a él como un susurro ¿Y si esto no era parte del castigo? ¿Si era parte de su recompensa después de tantos años luchando, de entregar su vida? La promesa de una muerte cercana no se sentía tan pesada cuando pensaba en Patroclo a su lado. ¿Y qué era esto, si no un regalo de los dioses? Una indulgencia antes de que mi sangre se derramara en las puertas de Troya.

—Apártate, Briseida—. Dije con resolución. Pelearía con uñas y dientes de ser necesario, nada lo alejaría de esta ultima oportunidad de felicidad.

—Pero... — Vaciló antes contestar, mirando entre la lanza que estaba tirada detrás de ella y la daga que colgaba de mi cinturilla. —Esta bien, me apartaré y no te molestare más, los dioses saben que pasar por esto a solas es demasiado doloroso—. Se alejo de mí, limpiando la tierra de sus rodillas y arreglando su túnica. —Intentaré alejar a los otros soldados durante su celo y pondré a las demás a cuidar junto conmigo, pero solo por él. Tú no lo mereces.

Ignore su último comentario y en cuestión de segundos me encontraba frente la cortina de pieles. Se podía percibir un ligero aroma a madera saliendo de ella, alentándome a entrar. Y son seguir dudando lo hice.

Al ingresar a nuestro hogar el aire se atoro en mi garganta, no podía creer lo que veía y olía. Patroclo estaba recostado en el camastro de pieles, lleno de sudor. Se había desprendido de su túnica para empaparla de agua, poniéndosela en la frente para descender la temperatura; una de mis túnicas envolviendo su almohada. El aroma a madera en el interior era aún mayor, desconcentrándome por completo y retorciendo algo primitivo en mí.

Mio, mi omega.

—Patroclo.

Su nombre escapo de mi como un susurro y aun así se escuchó claramente en toda la tienda. El castaño rápidamente abrió los ojos, mirándome al inicio con alegría y anhelo, pero rápidamente cambiando a una expresión de pánico cuando tomó conciencia de la situación.

—Aquiles, no deberías estar aquí, estoy...—Se calló bruscamente encogiéndose sobre sí mismo y soltando un quejido de dolor, el ambiente llenándose aún más de sus feromonas.

Instintivamente me acerqué más a él, buscando una forma de aliviarlo de cuidarlo como siempre lo hice antes. No importaba todo lo que quisiera hacerle, el bienestar de Patroclo era más importante. Cuidarlo y protegerlo era lo único en lo que podía pensar.

—Pat, amor ¿Qué necesitas?— Pregunté mientras me sentaba en la cama de pieles a un lado de él, examinando su cara sonrojada y rodeada de rizos sudados. —No voy a tocarte a menos que lo quieras. Todo va a estar bien, no tienes que preocuparte de nada más que descansar. Me voy a encargar de lo que sea que necesites—.

Patroclo muy lentamente volteo a mirarme, sus ojos llenos de alivio y tristeza.

—Gracias—. Habló con la voz ronca por la falta de agua. —Quiero que te acuestes a mi lado. Tengo miedo... Yo sé lo que pasara cuando esto acabe. Y tengo tanto, tanto calor, Aquiles—. Una de sus manos aparto la túnica de su frente, estirándose con lentitud sobre el camastro. —Tu aroma me tranquiliza, calma un poco los dolores, si te acuestas conmigo podre olerte mejor.

Soltó otro quejido al terminar, alertándome de lo urgente del problema y rápidamente me acomode detrás del mirmidón, envolviéndolo en mis brazos mientras escondía mi cabeza en el espacio entre su cuello y hombro, olfateando su delicioso aroma. Podía sentir la mojadura de la cama y su olor era tan embriagante como los vinos más costosos. Percibí el temblor en su cuerpo y como hervía en calor, era una completa tortura el no poder hacer nada más que abrazarlo mientras él sufría. Si hubiese una forma de que yo ocupara su lugar sin dudarlo lo haría.

Ni uno de mis celos fue tan malo como parecía ser el de Patroclo y el pensar en su sufrimiento me atormentaba. Pasaron lo que parecieron horas hasta que el castaño volvió a hablar.

—Aquiles... — Se detuvo antes de continuar, considerando lo que iba a decir. — Aquiles ¿Puedes retroceder un poco?

—¿Por qué? — Pregunté sumamente preocupado, alejándome de inmediato de él. En estos momentos lo único que importaba era su comodidad y si mi presencia era una molestia me alejaría lo antes posible. —Si te molesta la forma en la que estamos acostados puedo...

—No, no me molesta—. Me interrumpió, acercándose otra vez, pero sin pegarse completamente a mí. —Hmmm, creo que tu cuerpo está reaccionando a los olores del celo.

—Oh.

Un rubor cubrió mis mejillas, había estado tan disperso por la preocupación que no me daba cuenta de lo mucho que me atraía su aroma, los mismos olores que provocaron mi primer celo y que me habían acompañado toda la vida. Nunca habíamos estado en esta situación antes, era todo tan nuevo y volatil, una intimidad diferente a la que estábamos acostumbrados y de la que abría graves consecuencias. Tenía miedo de hacer algún movimiento que nos comprometiera aún más, que lo hiciera sentir forzado a estar conmigo. Moví las caderas hacia atrás instintivamente, marcando más la distancia de nuestras partes bajas, pero manteniendo mis brazos colgando a los lados de su cadera, mi cuello aun a su disposición para que siguiera sintiendo mi calor y aroma. Estaba ridículamente agradecido de que en estos momentos él no pudiera verme a la cara.

Escuche como el castaño suspiraba de forma entrecortada, soltando pequeños gemidos de dolor cada poco tiempo. Sabía que el celo de un omega era más doloroso y largo que el de un alfa, incluso muchos de ellos se llegaban a hacer daño al no soportar el calor y la necesidad. A los omegas sin emparejar se les negaba cualquier tipo de contacto y la ayuda era negada aun entre sus similares. Temía que Patroclo sufriera a ese grado y yo no pudiera hacer nada por él.

Guardamos silencio una vez más, siendo solo interrumpido por los quejidos del omega. Parecía que cada vez empeoraba más la situación del de los ojos oscuros, soltaba lamentos y jadeos más altos, así como los temblores de su cuerpo aumentaban. Maldición, tenía que hacer algo más, algo que le permitiera descansar y poder alimentarse.

Pensé en muchas formas de ayudarlo, buscar una solución que no fuese el morderlo, pero su olor y el inminente celo provocado por el nublaba mi raciocinio, todas mis conclusiones me llevaban al mismo lugar, mis dientes enterrados en su cuello, mi nudo expandiéndolo, nosotros siendo uno.

—Amor...— Llamé, acercándome al omega, girando su cuerpo para que pudiera verme mientras hablaba. Tenía la frente cubierta de pequeñas gotas de sudor, sus mejillas estaban tan sonrojadas que se alcanzaban a percibir en su morena piel; sus ojos estaban cristalinos y suplicantes, era doloroso ver el estado en el que se encontraba. —Amor, tienes que dejarme hacer algo más que abrazarte. No hare nada que tu no quieras—. Suspire, limpiando las lágrimas que rodaban por sus mejillas con delicadeza. —Si tu estuvieras en mi situación harías todo lo posible para ayudarme, déjame hacer algo más para ayudarte.

Sus ojos tan oscuros parpadearon rápidamente, provocando que aún más pequeñas lágrimas se escurrieran por sus mejillas que rápidamente quite. Estaba pensando en lo que le dije, podía ver la confusión que sentía, el miedo y la ansiedad. Cual fuese su respuesta sería suficiente.

—Aquiles, n-no podemos—. Su voz salió como un murmullo adolorido, empañada de pena y tristeza. —Serás castigado por los dioses, tu gloria se manchará por esto, no puedo dejar que lo hagas. Hemos sacrificado mucho para estar aquí y por alguien tan insignificante como yo no lo vamos a perder.

—¡No eres insignificante, Patroclo!¡Y no me importa lo que le pase a mi gloria! —Exclamé completamente frustrado, acercándome más a él mientras acariciaba dulcemente su mejilla. —Fui castigado lo suficiente con aquella profecía y he luchado tanto tiempo en este ejército que sin importar si sea para bien o para mal me recordaran—. Besé su frente, esperando que pudiera ver, sentir, todo el amor que tenía por él, todo lo que significaba para mí. —No te preocupes por ello, lo único que quiero es a ti. Lo único que necesito en mi vida es a ti, Patroclo. Y si por ello voy a tener una vida larga a tu lado no puedo pedir por algo mejor.

Esperé pacientemente a su respuesta, mirándonos mutuamente en silencio. Tenía el pelo empapado, su cuerpo estaba cubierto por una ligera capa de sudor que lejos de provocar desagrado, me animaba a acercarme más y oler de cerca su aroma, sentirlo en la lengua.

—Está bien—. Contestó con resolución, viéndose seguro y en paz con las palabras estaba a punto de decir. —Te necesito Aquiles.

Sus palabras evocaron un sentimiento nuevo, algo más allá del amor que sentía hacia él, algo más que la necesidad; algo desconocido que quería explorar. Lentamente acerque mi rostro al suyo, rozando ligeramente nuestros labios, provocando un estremecimiento que recorrió cada parte de mi ser. Patroclo suspiro, acercándose más a mí y besándome con mayor intensidad.

Tenía que tranquilizarme y controlarme. Las manos temblaban como nunca lo habían hecho antes. Estaba ansioso por tenerlo más cerca, pero sabía que no tenía que ser brusco con él, quería que disfrutara de su primer celo, que se olvidara del dolor y del calor, de todo lo que estuviera fuera del nuestro nido.

Mis manos recorrieron de su torso hasta sus caderas muy lentamente, provocando un estremecimiento y un jadeo por parte del omega. Empujé su cuerpo más cerca del mío, quería sentir cada parte de él, escuchar su respiración y sus gemidos. Tranquilo recorrí su vientre con una de mis manos, tracé un suave camino con mis dedos hasta llegar a sus pezones, deteniéndome para pellizcarlas y masajearlas, logrando sacar los primeros gemidos de placer del omega.

Por los dioses. Nunca había escuchado un sonido tan hermoso, tan erótico y tan perfecto.

En un movimiento rápido acerque mis labios a sus pezones, delineando el contorno con la lengua y succionándolos; mis manos moviéndose instintivamente a su trasero para masajearlo y tenerlo más cerca. El deseo nublaba mi mente y mis acciones.

Mi omega bajo sus manos a mis hombros, sosteniéndose de ellos. Mecía sus caderas de forma rítmica contra mí, de vez en vez soltaba un quejido de necesidad que rápidamente callaba con un beso. Sus manos trazaron caminos viejos, pero siempre nuevos. Acaricio mi cuerpo con suma delicadeza y dedos temblorosos, deslizando sus manos hasta llegar a mi creciente erección.

—Amor—. Susurre con la voz ronca por el deseo, separándome de sus labios. —Pat, para.

Apartó sus manos como si quemara. Levantó sus rostro sonrojado para verme confuso y dolido.

—¿Hice algo mal? — Preguntó en un lamento, rompiendo mi corazón en pedazos con ese simple sonido.

—No. No, amor. Para nada—. Contesté rápidamente, besando sus labios ligeramente. —Solo que tengo que tranquilizarme un poco, no quiero lastimarte cariño.

—No te contengas—. Dijo con rapidez, sus ojos llenos de esa tan conocida hambre. —No es necesario que seas delicado, te necesito. Esto va a ser perfecto simplemente porque es contigo—. Y me besó.

Me besó con deseo, recostándose sobre mí; las palmas de sus manos a cada lado de mi cabeza, sosteniéndose con ellas, empujándome contra la cama. Envolví sus caderas con las manos, rodando en el camastro hasta quedar con él debajo y respirando agitado. Mis labios continuaron con su viaje por su cuerpo, besando y succionando todo lo que podía. Cuando llegue a su vientre, lo mire fijamente a la cara, sonriéndole maliciosamente antes de rodear la cabeza de su pene con mis labios.

Patroclo soltó un grave gruñido, arqueando su espalda y sosteniéndose fuerte de las pieles del camastro. Sus gemidos, gruñidos y pequeños gritos ahogados iban en aumento con cada succión y lamida que daba. Podía oler más intensamente sus feromonas, con cada segundo que pasaba la tienda se llenaba más de nuestros aromas, madera y océano.

Moví mis labios más abajo, al lugar que cada vez más húmedo se ponía y que más olía a él. Esto era completamente nuevo para ambos, pero lo deseaba tanto que en un instante de valentía lamí aquel lugar al que nunca me había acercado.

Escuchar el grito de placer que dio Patroclo me alentó a lamerlo una vez más, sabía tan bien, se sentía tan bien. Saber que era el primero en estar con él de esta forma, que sería la única persona en verlo así provocó que quisiera hacerlo una y otra y otra vez. No solo quería ser el primero quería ser el último, quería que mi tacto quedara tan marcado en él que no soportara el toque de nadie más.

Sus piernas temblaban como el resto de su cuerpo, tenía los ojos cerrados, sus manos apretadas en puños y sus dientes mordiendo sus labios en un fallido intento de contener los gemidos, sus muslos enmarcando mi rostro. Sabía que estaba próximo al orgasmo, así que introduje mi lengua entre sus cachetes y mis manos masajearon su erección, logrando que en segundos se corriera con un grito de placer absoluto.

Rápidamente me moví a sus labios, besándolos con anhelo antes de colocar mi cara en el espacio entre su cuello, mordiéndolo, marcándolo como mío. Mis dientes, se clavaron en su tersa piel, llenándome con el sabor de su sangre.

La sensaciones que le siguieron fueron tan indescriptibles, mi corazón latió a una velocidad mucho mayor. Sentía emociones nuevas, completamente ajenas a las mías; un amor tan intenso que sentía que mi corazón se desbordaba de él, una devoción tan profunda que solo podía reciprocar. Era tan abrumadora la sensación que algunas lágrimas se escaparon de mis mejillas, pero por fin me sentía completo, me sentía en casa. Como si siempre hubiera estado dividido y hasta ahora descubriera lo que era estar completo, como respirar por primera vez después de estar mucho tiempo bajo el agua.

Patroclo era eso que yo buscaba, lo que ya había encontrado pero que no sabía de su valor. Siempre habíamos estado juntos, pero ahora estábamos unidos de una manera en la que ni los dioses podrían separarnos.

Notes:

Holaaaaaaaaaaaaaa! Por fin me decidí a editar esta historía. Las siguientes semanas me tomaré el tiempo de reescribir/corregir los errores que encuentre para que quede lo mejor posible. Aunque no habrá grandes cambios en la historia, la narrativa si los tendrá.

Para los que iniciaran la lectura: ¡Bienvenidos! Disfruten la lectura. Los capitulos van a tener (por el momento) un señalamiento de si estan editados o no, por si quieren seguir con la lectura o esperar a la actualización con las correciones y cambios.

Para aquellos que ya la leyeron: ¡Bienvenidos de nuevo! Esta vez las actualizaciones serán más rápidas y sin tanto espacio de espera entre cada una. Por favor no hagan ningún spoiler en los comentarios, de cualquier manera estos serán eliminados.

Los extras seran publicados al final de la edición de la historia y va haber un exclusivo tanto para aquí como para Wattpad.

Las quiero mucho, nos leemos el proximo viernes.