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primero hay que saber sufrir.

Summary:

"Y en esa calle de estío, calle perdida, dejó un pedazo de vida, y se marchó. Primero hay que saber sufrir. Después amar, después partir. Y al fin, andar sin pensamiento. Perfume de naranjo en flor, promesas vanas de un amor, que se escaparon con el viento. ¿Qué le habrán hecho mis manos? Para dejarme en el pecho tanto dolor. Dolor de vieja arboleda, canción de esquina, con un pedazo de vida, naranjo en flor."

 

 

Más conocido como, 'cinco veces' en las cuales Helsinki lo detuvo, y una vez que no. Más los momentos de Martín y Andrés en los que fueron almas gemelas.

Notes:

¡Buenas buenas queridos lectores! esto es, producto de las noches de insomnio y de la necesidad que tenía de escribir algo que me permitiera entender un poco el dolor de esta preciosa personita que es Martín, y como fueron sus días de agonía hasta que por fin tuvo un hombro para desahogarse. Espero que sientan esas emociones tan puras como se demuestran en la serie, con ojos llorosos y un agujero en el pecho, como me sentí cuando escribía esto. Se mencionan momentos con Andrés, que son puramente producto de mi imaginación.

Más allá de esto, les tengo que decir que el escrito es bastante fuerte, hay mucha violencia, abuso, y pensamientos suicidas que van mucho más allá del propio canon de la serie. Y este fic, tampoco es canon. Con esto dicho, que disfruten. O mejor dicho, traten de que su corazón no se rompa.

Para el primer capítulo, tw para dudoso consentimiento, abuso de sustancias.

Chapter 1: whiskey

Chapter Text

Aún recordaba aquella primer noche en la que llevó a un compañero al monasterio, aquella noche en la cual le habían, una vez más, abierto una nueva raja en su corazón cuando se había enterado que su querido amigo Andrés de Fonollosa, se iba a casar con aquella pelirroja que era tan hermosa que él solo podía encerrarse en su cuarto y llorar. Llorar, porque nunca en su vida iba a poder estar a la altura de aquella espléndida, airosa, casi onírica persona que era Tatiana. Nunca iba a poder estar a la altura de una mujer en general.

Entonces allí estaba él, soltando pequeñas risas en la, casi, oscuridad de la noche si no fuera por la tenue luz de las velas encendidas, borracho hasta las trancas, mientras un tipo alto y fuerte le desabrochaba los botones de aquella elegante camisa celeste que unían el color de sus ojos. En uno de los cuartos, a puertas abiertas porque no había tiempo para cerrarla, dejó que aquel hombre lo hiciera suyo, mientras sus uñas se clavaban en la espalda más grande, y los gemidos se volvían más y más fuertes, tratando de esconder las lágrimas que se le habían acumulado en sus irises azules.

Porque por más comentarios subidos de tono que al argentino le gustara hacer, disfrutando de las caras anonadadas de los demás cuando lo escuchaban, Martín no era así. Él nunca acostumbraba a emborracharse hasta el punto de perder el control sobre sus acciones, emociones, dolores de cabeza. Menos que menos, llevar a un desconocido total, que ni siquiera había intercambiado más de tres palabras con él, a su propia cama, para que lo empotre con fuerza mientras se olvidaba del dolor, y de su corazón partido en millones de trozos.

Y cuando vio los ojos marrones mirándolo con decepción desde el umbral de aquella habitación, quiso desaparecer de la faz de la tierra. Y aunque Andrés había cerrado la puerta para, él pensaba, darle la privacidad que les faltaba, supo que ya no había vuelta atrás, porque una parte de él sin que se diera cuenta, quería llamar la atención de aquel hombre, del amor de su vida. Pero cuando observó por unos segundos esas gemas chocolate que tanto lo revolvían, sintió como todo el pecho lo apretaba, como el mundo se le venía abajo, y juraba que Andrés estaba pensando lo bajo que había caído. Había sucumbido a los brazos de la intemperie, a mecanismos de defensa que nunca creyó necesitar. Porque había llevado hombres al monasterio en varias ocasiones, pero conscientemente, personas con las que la relación crecía, aunque nunca terminaba bien.

Y en ese momento, mientras su cuerpo se sacudía y su orgasmo lo azotaba fuertemente, lo único que quería hacer era gritar, hasta que su garganta colapsara y por ahí su alma se arreglara un poco. Prometiéndose a sí mismo que no volvería hacer aquello, incluso, al otro día cuando ni él ni Andrés habían tocado el tema, como si nunca hubiera ocurrido, a lo cual Martín agradeció internamente.

Hasta que Andrés lo abandonó en aquella capilla a la que ambos llamaban hogar, y años después, lo abandonó para siempre. 

Ese fue el comienzo de su fin.

*

Él, podía estar acostumbrado a estar con diferentes hombres, cada noche, tras varias botellas de cerveza y shots de tequila. Tras risas y toqueteos que quizás, si estuviera en todos sus sentidos no permitiría. Pero, lo necesitaba. El alcohol hacia que deje de sentir, lo despojaba de aquel agujero negro en el que se encontraba, hacía años ya. Aquellas noches de locura, le permitían sentirse deseado, por al menos un par de horas. 

Por eso cuando le habló a Helsinki con voz grave y seductora, mientras lo miraba atento y sin ninguna pizca de duda en él, se asustó de sí mismo. Delante de todos, con Sergio a uno de sus costados, sintió su corazón acelerarse. Y las miradas de todos clavándose en su rostro como flechas. Se sentía como un traidor, faltando el respeto al hombre que aún tenía su corazón, incluso después de haberlo roto en mil pedazos como si no valiera nada.

Y a la una de la mañana, sostuvo el vaso de vidrio en su mano izquierda mientras observaba la botella en su mano derecha, preguntándose, en qué momento se había convertido en eso, en ese monstruo que era, rompiendo todo a su paso, sin contenerse ni siquiera un segundo. Entonces le importó un bledo, y le dio un sorbo a aquel envase a medio llenar, directamente desde el pico, sosteniéndolo contra sus labios secos, agrietados, como si no hubiesen tocado el agua en meses. 

Se sobresaltó cuando el vidrio se rompió contra el suelo de madera, haciendo un ruido que seguramente se había escuchado en todas las habitaciones, pero no pudo importarle menos. Otro vaso que no sabía para qué había comprado, pero siempre tenían diferentes tipos, para diferentes bebidas, Andrés le había enseñado que copa se usaba para el vino y cual para el champagne, cual para el whisky, o el Martini, o cualquier otra bebida que tanto le gustaba que el español le preparara solo para él. Para compartir juntos mientras Martín le explicaba las ecuaciones que había resuelto en la pizarra de la capilla.

Sintió sus ojos calientes, mientras su garganta quemaba de vuelta con aquel líquido ardiente, un whisky escocés que le había regalado Andrés y que estaba escondido por el monasterio, en caso de necesitarlo, porque nunca sabía dónde iban a ocurrir sus charlas filosóficas.

No se molestó en esquivar los cristales en el suelo, estaba bastante ebrio para que le duelan los cortes que se podía provocar en sus pies descalzos  Fue hasta su cómoda y sacó el pequeño botecito que lo ayudaba a no perderse en sus pensamientos, tragó una pastilla redonda y celeste, ayudado con el alcohol. Decidió salir a caminar por aquellos sombríos y fríos pasillos, con su bata de seda que había encontrado en su viejo armario. Dejó la botella en paz, y cerró la puerta tras él.

 

—Palermo ¿Pasó algo?—sus ojos grises vagaron tras Helsinki, parado en el umbral con una camiseta blanca y sus bóxers negros. Palermo se llevó un dedo a sus labios, indicando silencio, mientras caminaba hacia delante, entrando a la habitación cuando vio que no había nadie. 

—¿Y Nairobi?—inquirió cerrando la puerta, tambaleó en sus pasos, apoyándose en la madera con urgencia, esperando que Helsinki no notara lo patético que era. 

—Salió con Denver y Tokyo.—escuchó el acento extraño a sus espaldas, y se giró despacio, tratando de no marearse, el serbio lo miraba con el ceño fruncido.

Su cuerpo yendo automáticamente hacia el hombre más alto que él, su cabeza daba vueltas con cada zancada que daba. Sus rodillas chocaron contra el suelo, sus manos dirigiéndose a la ropa interior del serbio sin ningún aviso, se relamió los labios antes de sacar el miembro de Helsinki, y pronto sintió una de esas manos ásperas y grandes en sus cabellos castaños claros. 

Sin dudarlo más, hizo lo que llevaba esperando varios días, escuchar los gemidos que eran fruto de sus acciones lo enorgullecían, su propio cuerpo se calentó. Su cuero cabelludo ardía un poco, pero el serbio nunca le mostró ningún tipo de violencia, algo a lo que no estaba acostumbrado, siempre lo terminaban magullando en alguna parte de su cuerpo, hasta incluso algunas veces lo golpeaban con goce.

Cuando Helsinki tiró de sus cabellos para retenerlo, todo el balance que estaba tratando de mantener se derrumbó, y su mundo dio varias vueltas antes de aterrizar en el suelo, con las manos debajo de su cuerpo. 

—Palermo, ¿Estas bien? Lo siento.—su ceño se frunció, mirando los ojos celestes preocupados, una de sus manos ahora en su bíceps derecho.—Palermo.—la voz le volvió a decir, y solo pudo asentir, toda su cabeza daba vueltas, pestañeó con fuerza mientras trataba de centrarse, dando una sonrisa ladeada mientras se recomponía.

Se puso de pie con ayuda de aquel hombre que era pura ternura y sencillez, y otra vez sus ojos grises se aguaron, no atreviéndose a mirar a la cara al más alto. Pero se negaba a perder su dignidad, a dejar de lado su egocentrismo y sobre todo, su careta falsa que tanto trabajo le había dado.

—Dale, gordo.—aquel apodo le había quedado desde el primer día que se vieron, automáticamente iniciando un lazo en aquel primer almuerzo. Palermo se acercó a su oído, acercando sus labios al lóbulo, respirando fuerte, mientras lo empujaba con su cuerpo hacia la cama que tenía detrás.—Yo sé qué querés.

—Palermo.—Unas manos fuertes le agarraron las muñecas, bastante agresivo pero no lo suficiente. Helsinki puso sus brazos sobre su pecho, sosteniéndolo firme, buscando sus ojos. Sus mejillas tomadas ahora, haciendo que las miradas claras se conecten, y Mirko creía que las pupilas de aquel hombre explotarían, y sus ojos grises estaban tan alborotados y tristes que se le estrujó el corazón.—Corazón.—pronunció, tratando de que el argentino enfocará su mirada en él, de verdad, en cambio todo lo que recibió fueron las manos del latinoamericano en sus caderas y el argentino queriendo llegar a su cuello a la fuerza.

—Helsinki, dale.—el tono argentino ahora se pintaba con desesperación, sus ojos llenándose de lágrimas en menos de cinco segundos, que al serbio le pareció espeluznante, la forma en la que hablaba, la manera en la que sus dedos se estaban aferrando a su piel ahora, pidiendo por favor, que avanzará. No había sostenido su mirada enfocada ni un segundo.

—Palermo, mírame.—esta vez se tiró hacia atrás, envolviendo al más pequeño con sus brazos, hundiendo sus cuerpos en el colchón que allí había. El más pequeño yendo directamente a su clavícula, su lengua mojando la piel que estaba debajo, como si su vida dependiera de ello.—No, no, cariño.—otra vez lo detenía un agarre en sus mejillas, y se estaba empezando a desesperar de verdad.

Helsinki se giró, dejando al que iba a ser el líder a un costado, observándolo, sin soltar su rostro. Las ojeras oscuras le decían que aquel ser no había dormido en horas y horas, quizá días, sus cejas rubias fruncidas.

—Hice algo mal, perdón, no quería...—sus palabras se trabaron, y ahora se olía fuertemente el alcohol que salía de los labios de Palermo, sus ojos parecían más azules con el cambio de luz y Helsinki pensó que eran preciosos. Una lágrima rodando por su pómulo hacia su nariz, muriendo en la palma del serbio.—Perdón.—su corazón se rompía cada vez más.

—No, pequeño, no has hecho nada mal, ven aquí.—los brazos lo envolvieron, seguro, y como nunca antes lo habían protegido, y se desarmó en sollozos y lágrimas que tanto había guardado.—¿Alguien te hizo daño?—La voz de Helsinki era tan calma que creyó que era lo único que necesitaba, hacía mucho.

Dudó unos segundos antes de responder, pero sus venas estaban tan anestesiadas en alcohol que ya no podía pensar. Así que solo se limitó a asentir como pudo en aquellos brazos fuertes. 

—Está bien, todo va a estar bien.—el más grande se sentía culpable, de no haberse dado cuenta del estado del argentino antes, lo había dejado que haga lo que quisiera sin mirarlo a los ojos primero. Y ahora su pecho lo asfixiaba.—A ver.—se separó un poco para mirarlo luego de unos minutos, Palermo le devolvía la mirada con sus ojos entrecerrados, confirmaba que aquellas gemas eran lo más lindo que había visto, brillosas de lágrimas, totalmente rotas.—¿Qué has tomado?

Helsinki no era tonto, sabía que el alcohol no podía hacer tan grandes las pupilas, ni hacer que tus manos estén frías y temblorosas y toda tu piel pálida, sudando frío. Mirada perdida mientras su pulso seguía acelerado.

—Algo para poder dormir.—que claramente no había funcionado, se imaginó Helsinki, mientras suspiraba, y veía como los ojos que tenía enfrente luchaban por mantenerse abiertos. 

—Duerme, estás bien.—y con ese último comentario, sujetando en sus brazos a aquel argentino indefenso, en menos de cinco minutos sintió como la respiración de Palermo se profundizó, su cuerpo relajándose, avisándole que ya estaba dormido. 

Se quedó allí un rato, desaflojando sus brazos, separándose un poco del cuerpo más chico, observando cómo las facciones que tenía delante se serenaban, los rastros de lágrimas brillaban en su piel y sus párpados eran translúcidos. Pasó su pulgar por una de sus mejillas, secando aquel agua caliente que aún lo manchaba, mientras su otra mano lo sostenía de su nuca. Después acarició la ceja rubia, suave, con cariño, desplazando su dedo a lo largo de ella, mirando un leve fruncimiento en aquel ceño, y por último, con su pulgar, viajó hasta el final del párpado del argentino, acariciando justo las pequeñas arrugas que casi ni se veían, un fantasma de que en algún momento en su vida, Palermo había sonreído verdaderamente. Tenía la piel suave, tersa, pero fría y pálida, como el corazón de Helsinki en ese momento.

Cuando despertara, sabía que Palermo ya no iba a estar allí, así que aprovechó los últimos minutos antes de quedarse dormido también, mientras lo acurrucaba nuevamente contra su pecho.