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El universo giraba a su alrededor porque él solo contenía más energía que las estrellas. Gon tendía a mirar hacia adelante, y por esto no se había dado cuenta, todavía, de cómo iba arrastrando a su paso, aunque nunca se volviera a mirarlos, a todos aquellos con quienes se había cruzado en su camino para alcanzar la única felicidad que le faltaba.
A menudo pensaba que se había enamorado de la persona más inocente del planeta y que era esta la mayor razón de su atractivo. En las noches más lúcidas, cuando escapaba de la tienda ahogante que compartía con él y se sentaba en los acantilados a contemplar la luna, sonreía frustrado de darse cuenta que el estúpido, el inocente, estaba siendo él. Gon le gustaba porque nunca le correspondería, porque en sus afirmaciones directas de afecto y amistad se encontraba un rechazo mucho mayor del que hubiera sentido si se lo expresara de la forma que había estado temiendo durante meses. Al principio esperaba que tan pronto como fuese incapaz de proteger a su mejor amigo perdería el lazo que Gon insistía en destacar, el que había empezado como un juego durante el examen de Cazador por sus edades parecidas y que ahora estaba entre las posesiones más preciadas de Killua.
Desde que conocía a Gon había visto claramente iluminado su camino. Si lo seguía, encontraría quizás la forma de ser libre, había pensado, y aprendería a moverse por su propia voluntad en vez de seguir orbitando alrededor de las pocas cosas que amaba. Aún le costaba reconocer que era tan esclavo de sus costumbres que había convertido en prisión lo que tenía que ser su camino a la libertad, pero si a estas alturas Gon no lo había descubierto lo más probable era que pudiera confiar en su capacidad de autocontrol para mantenerlo oculto hasta que se separasen. Era consciente de la independencia que amaba su mejor amigo. De la misma forma que había temido perderlo en cuanto no lo pudiera proteger, ahora que lo conocía tenía la asfixiante certeza de que dejar traslucir la realidad de sus sentimientos sería la ruina de su amistad.
Resultaba menos doloroso de lo que a veces sospechaba cuando se detenía a analizarlo. Cuidaba de Gon como había hecho hasta entonces y se metía con él de la forma que su amigo ya estaba acostumbrado a recibir. En ocasiones peleaban, pero eran discusiones estúpidas y duraban menos de cinco minutos. El sentimiento seguía allí, condensado en su pecho, pero la presencia continua de felicidad inmediata y de alguien más cerca de él, siempre dispuesto a tirarle de la mano y arrastrarlo a correr por el bosque en busca de algún animal salvaje que Killua había cazado años antes, entrenando para ser un asesino, daba demasiada presencia a las sensaciones para que la añoranza de algo que no iba a ocurrir lo afectara de verdad.
Era feliz. Muy pocas noches comprendía que le había entregado su alma y su futuro a una persona incapaz de retornárselo, y cuando esta certeza lo invadía tampoco era realmente amarga. Se sentía más feliz de lo que había estado nunca, esa era la verdad. Una calidez especial le irritaba la garganta cada vez que Gon inclinaba la cabeza hacia él y extendía los brazos para abarcar el bosque, el cielo, el mundo que se estaba tragando. Gon lo incluía en todos sus sueños y Killua no tenía problema con carecer de unos propios porque sabía que su mejor amigo no cambiaría de dirección para adaptársele si empezaba a desarrollarlos.
Algunas personas nacen para ser el sol y otras sólo para admirarlo. Era una realidad que había comprendido desde la primera infancia, y, aunque en su casa él era el centro y todos giraban a su alrededor, lo había sido como un agujero negro nacido para oscurecer galaxias y anular el futuro de estrellas nacientes; Gon creaba el futuro, abría los ojos, llenaba los corazones de esperanza. Por esto era peligroso enamorarse de él, porque era la luz de cualquiera. También por esto, y porque no hay nadie más ingenuo que un asesino a quien se ofrece la amistad, Killua se había enamorado.
No era idiota. Sabía que sus sentimientos eran sólo suyos. Por más que Gon, directo y genuino como era, soltara frases que aceleraban su corazón y le hacían desviar la mirada asustado por las implicaciones que parecían contener, por el torbellino de emociones que asaltaba su pecho, era capaz de mantener presente que su mejor amigo ya se había entregado tiempo atrás a la libertad. No era suyo. No era suyo. Tampoco deseaba que lo fuera. Lo envidiaba y lo quería porque actuaba según lo que le apetecía en cada momento, más allá de sentimientos complejos, de una forma que a él le había sido denegada y que, cuando consiguió la oportunidad, no había sabido aprovechar.
Lanzó una piedra al vacío del acantilado sobre el que dejaba colgar las piernas.
La oscuridad se la había tragado antes de que se destrozara contra las rocas del fondo, tan lejanas que su oído entrenado apenas alcanzó a escuchar un lejano eco cuando la partieron en mil pedazos.
