Actions

Work Header

Different

Summary:

Lambert odiaba muchas cosas. Odiaba las bromas de Eskel y Geralt, odiaba ser el más joven en Kaer Morhen y realmente odiaba tener que convertirse en un brujo o morir en el intento. Sin embargo, no odiaba al nuevo chico que había llegado a la fortaleza.

Chapter Text


Con las manos en los bolsillos, Lambert miró de reojo cada puesto de comercio, evaluando su mejor ruta de escape y el mercader que luciera más fácil de dejar atrás.

A sus diez años, él sabía bien lo ágil que se había vuelto al tener que robar para alimentarse a sí mismo, sin embargo, sus piernas aún no lograban superar a las de los adultos, por lo que siempre debía ser extremadamente cuidadoso para elegir a su víctima. Si bien, a estas alturas ya estaba acostumbrado a los golpes, eso no lo volvía agradable, y menos cuando los mercaderes no tenían la más mínima intención de evitar matarlo entre los latigazos que le propinaban aquellas veces que lo alcanzaron.

Él sabía que, para ellos, sólo era una rata robándoles la mercancía. Y es que realmente eso era. Su padre se había encargado de hacérselo saber múltiples veces mientras lo golpeaba de la misma manera cada día, cuando él, estúpidamente, intentaba defender a su madre del mismo destino, terminando con ambos compartiendo oraciones de ruego para que la diosa les concediera la muerte.

Y sí, cada vez era más hábil escapando de sus víctimas porque su estilo de vida le había enseñado a serlo, pero seguía siendo un niño. Un niño ambicioso que, nuevamente, había codiciado más de lo que podía cargar, atreviéndose a robar un enorme pavo muerto esta vez, soñando con ser felicitado por su padre por la cena que podrían darse esa noche. Con suerte, estaría demasiado lleno como para pegarle si cometía un error, y tanto él como su madre podrían dormir sin quejarse de dolor por una noche.

Pero lo atraparon. Todo se vino abajo cuando un jalón en la parte posterior del cuello de su camisa lo dejó sin respiración, y cerró los ojos con fuerza en el segundo siguiente, acostumbrado a lo que venía después de eso.

Las patadas comenzaron sobre su cuerpo tirado sobre el suelo, y él se hizo un ovillo como siempre solía hacer, como debía hacer cuando ya no había escapatoria. Una vez más, esperaría hasta quedar inconsciente, sólo que, esta vez, los golpes cesaron antes de que alcanzara a desmayarse.

En su lugar, un golpe sordo sonó sobre él, seguido del grave pero adolorido quejido de un adulto. Un agarre lo alzó del brazo con fuerza, y sin entender nada, sintió cómo era empujado lejos por manos mucho más pequeñas que las que solían golpearlo cuando era atrapado.

«¡Corre!» le gritó una voz chillona. Por fin había abierto los ojos, y miró hacia atrás asustado para ver quién lo estaba salvando antes de, obviamente, tomar la oportunidad de irse tan rápido como podía.

Unos aterrados ojos azules lo despidieron a la distancia. Un niño de su edad, probablemente, aunque con una vestimenta tan prolija que seguramente sólo se llevaría un regaño, muy a diferencia de él.

Estaría bien, se dijo a sí mismo, mientras volvía a correr con el pavo aún bajo su brazo, y le agradecía internamente al niño rico por haberle salvado.

—Lambert..., ¡Lambert!

Escuchó el grito justo al lado de su oído, y despertó de un salto mientras lanzaba golpes hacia todos lados, completamente desorientado sobre lo que estaba pasando.

—Te dije que no estaba muerto. Paga —dijo a quien reconoció como Geralt, mientras pestañeaba repetidamente hasta aclarar su vista por completo. Frente a él, Eskel le pasaba un pedazo de pan a Geralt con una expresión de fastidio.

—No molesten —musitó él, volviendo a enterrarse en el montón de heno y cerrando con fuerza los ojos. Rogaba que se fueran ya. Sin embargo, esta vez fue Eskel quien se dirigió a él.

—Vesemir dice que si no llegas al entrenamiento ahora, Deglan vendrá y te sacará a patadas —amenazó con la diversión en su voz, y él simplemente rodó los ojos.

—Mira cómo tiemblo —se burló. Si algo bueno podía sacar de que su padre lo agrediera cada día, era que ya no le temía a los golpes.

Al segundo siguiente, un fuerte estruendo sonó justo a su lado, y él salió disparado de un salto mientras alzaba las palmas en inocencia. Sin embargo, una vez más eran sólo Eskel y Geralt divirtiéndose, la patada de un caballo marcada en el pilar más cercano.

Sintiéndose harto de esos dos y sus estúpidas bromas, Lambert se abalanzó de inmediato contra ambos, soltando puñetazos por doquier y asestando menos golpes de los que recibió a cambio. Cinco minutos después, Vesemir entró al establo y, soltando alguno que otro insulto, los alzó a los tres de sus pantalones, caminando con ellos hasta afuera y arrojándolos bruscamente contra el suelo.

—Ya basta ustedes tres —les llamó la atención—. A entrenar, ahora.

Sintiendo la sangre acumularse en su boca, Lambert escupió a su lado mientras comprobaba disimuladamente cómo los había dejado a ellos, quienes se paraban entre risas y se iban juntos al lugar donde los otros niños estaban con Deglan. El enojo sólo creció al ver que apenas tenían unos raspones, y se dijo a sí mismo que no era justo ya que ambos eran unos años mayores.

Se sacudió bruscamente la ropa y, limpiándose con fuerza la nariz ensangrentada, fue tras ellos también, odiando tener que hacer esto cuando él ni siquiera quería estar aquí.

Su padre lo había entregado a un brujo hace aproximadamente un mes, sólo minutos después de que él apareciera en casa con el pavo que había robado. Toda su alegría al llegar desapareció en el instante en el que cruzó la puerta, pues, en un tenso silencio, tanto su padre como el brujo se le quedaron mirando, y su madre se limitó a mantenerse en silencio mientras observaba fijamente la mesa frente a la cual estaba sentada.

No hubo explicaciones, despedidas ni mucho menos felicitaciones por una cena que nunca comería. El brujo lo arrastró del brazo con él y, pese a todos sus gritos y súplicas para que su madre lo ayudara, ni ella ni su padre se dignó a mirarlo siquiera antes de cerrar la puerta en su cara.

Durante el viaje, el brujo al menos se había dignado en explicarle por qué lo estaba llevando consigo, y aunque Lambert estaba demasiado ocupado sorbiendo sus mocos por el llanto, se esforzó por escuchar la explicación, sin sorprenderse demasiado al saber que su padre lo había ofrecido como pago al brujo por salvarle la vida.

Lo que más le dolía, sin embargo, es que su madre no hubiera hecho nada para detenerlo.

Ahora, un mes después de eso y tras haber conocido a los otros en la carreta que Sven usaba para llevarlos a la fortaleza, Lambert sólo se repetía lo mucho que odiaba su destino por enviarlo a este lugar, habiendo preferido cualquier otro sitio, menos aquel donde convertían a los niños en monstruos que eran repudiados por el resto de su vida. Como si Lambert no hubiera recibido ya suficiente rechazo por la gente de su pueblo.

Realmente, su única esperanza era morir en alguna de las pruebas, y por los rumores que había escuchado, tal parecía que tenía altas probabilidades de hacerlo, pues sólo tres de cada diez niños sobrevivían a ellas.

Sin embargo, ahora sólo se dedicaban al entrenamiento con estúpidas espadas de madera, y él no entendía por qué tenía que despertar tan temprano para algo como eso. Lambert odiaba despertar temprano, su padre siempre solía dormir hasta tarde debido al alcohol, y su madre, para no hacer ruido, no hacía nada hasta que él despertase, por lo que a Lambert realmente le estaba costando esta nueva rutina. Además, los brujos aquí eran todos unos imbéciles. Desde el que los había traído en una carreta, Sven, hasta el que parecía de mayor autoridad, Deglan. Siempre repitiendo la oportunidad que les estaban dando para ser alguien en la vida.

¿Ser alguien? ¿Para qué? A Lambert le hubiera bastado con tener algo para comer cada día. No quería ser alguien, sólo quería estar tranquilo, y tener mucho dinero también, si era posible. Pero evidentemente eso no era algo que podría tener aquí. Después de todo, nada le aseguraba que le pagasen bien como brujo, pues, mientras que Vesemir solía llegar con grandes bolsas llenas de monedas, Luka, por otro lado, siempre se quejaba sobre cómo apenas lograba llenar la mitad.

Lambert bufó, tomando su espada con ambas manos mientras esperaba que le asignaran un oponente esta mañana. Habían pasado de pelear contra muñecos a pelear entre ellos, y honestamente, no le podía parecer más injusto. Después de todo, él era el menor de todos allí, el más flacucho y el más pequeño. Su suerte no podía ser más mierda.

Pasó de vivir siendo golpeado en un lugar, para vivir siendo golpeado en otro. Si el destino realmente guiaba sus vidas, entonces con él estaba jugando de una manera cruel y retorcida.

Rechinó sus dientes en cuanto asignaron a Geralt como su oponente esta vez, sin embargo, cuando estaban a punto de comenzar el sonido de una carreta llamó la atención de todos al mismo tiempo, siempre atentos a quiénes eran los nuevos niños que llegaban.

Él se giró también, intrigado por los pobres desafortunados mientras bajaba la espada, y grande fue su sorpresa cuando, al abrirse la puerta del carro, sólo un niño bajó de allí.

Lambert lo recordaba. Era fácil reconocer a un niño rico con sólo una mirada. La piel blanca, los ojos claros, la inexistencia de cicatrices en su cuerpo y, por supuesto, la ropa cara perfectamente acomodada.

Sin embargo, este niño rico era quien lo había salvado de una paliza, y aunque no tenía idea de qué hacía en un lugar como este, Lambert sintió interés hacia algo por primera vez desde que estaba en la fortaleza.