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Esa mirada. Ese sudor del gitano.
La mugre que guardaba lugar bajo las uñas.
Esos modales poco afinados.
El mate mal cebado.
La pava caliente y el atizador de la hoguera.
Sarmiento encontraba en ese tal Facundo Quiroga un disgusto particular, veía en él, la imagen viva del interior antiguo y arcaico, retrógrado e inculto, que él algún día esperaba poder cambiar.
Aquella melena aceitosa.
La piel tostada bajo el sol.
El pecho firme y descubierto durante las campañas al desierto.
La sonrisa fiera de un malhechor.
Sarmiento no encontraba nada bueno en aquella mirada que creía ser superior. Que le enviaba escalofríos y terror.
Sarmiento repudiaba a Facundo, tanto como repudiaba el salvajismo en su propia piel. La carne tentada, por un animal sin domar.
Oh, si Sarmiento pudiera domar y civilizar a aquella criatura del monte. Si Sarmiento pusiera las manos en él. Azotaría sin temor esas nalgas blancas y admiraría las líneas rojas y moradas, el color resaltado por su bronceada tez.
Oh, quién diría que Sarmiento se entretenía pensando en su bárbaro sin pago.
Haría arrodillar a la bestia.
Sucumbiría con ella en el placer.
Demostraría que incluso un intelectual podría ser salvaje, pero sólo un verdadero intelectual podía regresar a lo que era.
Mientras que un salvaje, debía trabajar más para llegar a intelectual.
Oh, cómo le gustaría a Sarmiento, educar esas manos gruesas.
Oh, cómo amaría Sarmiento delinear con el metro las marcas que los indios dejaron en su piel.
Oh, cómo lamería Sarmiento la sangre derramada de sus heridas.
Oh, cómo curaría Sarmiento esas heridas bárbaras, con educación.
Porque Facundo siempre sería suyo, y Sarmiento, siempre estaría dispuesto a mentir, ignorar al bárbaro, pero anhelaría su fidelidad, como un buen perro al cual amaestrar.
Un lindo cachorro de lobo perdido en la sociedad, rogando por su atención, rogando por su perdón.
La historia siempre uniría a Facundo a él. Y no habría forma que ninguno escapara de esa cruel y masoquista realidad.
