Work Text:
« Déjame que vuelva a acariciar tu pelo
Déjame que funda tu pecho en mi pecho
Volveré a pintar de colores el cielo
Haré que olvides de una vez el mundo entero
Déjame tan solo que hoy roce tu boca
Déjame que voy a detener las horas
Volveré a pintar de azul el universo
Haré que todo esto solo sea un sueño »
Pablo Alborán — Dónde está el amor
Lo encontré, era una osadía de su parte haber acercado a él luego de todas las cosas que provocaron en la relación entre Usopp y Sanji. Desde su perspectiva, pese a que supiera que ambos eran demasiado idiotas para admitir sus errores, tenía esa cierta seguridad de que su aparición arruinó un hecho seguro. Las oscuras entrañas del inframundo mental de Sanji recordaban a ese hombre con absoluto odio. Pese al odio, aún se acercó a él ese día. Era una sorpresa haberlo encontrado de entre todos lugares, en el pueblo en el que atracaron para conseguir suministros para el restaurante. Pero tenía algo que lo obligaba a seguirlo e ir tras él, ameritaba una cosa que nadie más podía darle.
Se aterró en cuanto lo vio, e intentó alejarse. Sus esfuerzos breves e infructuosos. Sanji lo atrapó antes de que pudiera largarse. Lo llevó detrás de un local. Su rostro expresaba un mudo horror. Sanji le habría gustado ensañarse en esa estúpida cara, si no tuviera algo que quisiera.
—Llévame a ese día —dijo. El tipo, todavía lleno de angustia, tardó un rato en procesar lo que le decía.
—No... No puedo.
Sanji presionó su agarre sobre él.
—¡Al futuro! Solo puedo llevar tu mente al futuro, futuros alternos, cualquiera de ellos, jamás al pasado —contestó.
Por un segundo, dudó, si era buena decisión hacerlo. Todo lo que quería era ir a ese lugar, no quería corregir nada, quería solventar dudas.
—No al pasado, idiota. Llévame a donde llevaste a mi nakama. A ese día. Llévame ahí.
Pese a que quería ir a otro lugar, no significaba que no habituaba el pasado antes del desastre, la constancia con la que ese recuerdo inundaba su mente era un asunto normal en su día a día. La mano de ese hombre maldito se alargaba al rostro de Usopp, ninguno sabía que pasaba así que ningún intento corregir el movimiento. Pero Sanji sabia que pasaría después, porque recordaba el horror de ese momento, al ver como después de ser tocado, Usopp cerraba sus ojos y caía de golpe contra el suelo. La terrible y horrible sensación en el fondo de su ser sobre perderlo, Luffy había gritado el nombre y sus manos alargadas lo sujetarían para acercarlo hasta él, para verificar que ninguna herida estuviera en su cuerpo, para pegar su oreja contra su pecho. Su rostro, pálido del terror, se hundiría contra él para saber si sus latidos seguían ahí.
Zoro y Sanji, en cambio, correrían hacia el enemigo para alcanzarlo, pero el shock inicial del ataque les quitaría tiempo de sobra y lo perderían de vista. Sanji lo grababa todo.
Pero siempre quiso conocer que era lo que Usopp vio dentro de ese sueño, lo necesitaba con urgencia, incluso durante su vida de casado no importaba cuanto lo intentara, a veces no podía concebir la idea de no saber con certeza lo que vio, poder descubrir que lo trastorno a ese nivel para cambiar tanto. No pensó en su propio futuro en el momento en que se dejó tocar por el tipo. Ni en su hijo ni Pudding ni en el hecho de que pueda preocuparse por él. Solo pensó en Usopp y su voz seria, pese a la borrachera diciéndole:
“ No sigas ”
O en la expresión del rostro curioso de la niña inclinada a ver a Denji en sus brazos. Sabía que sus errores se convertían en los errores de ambos, ¿pero por qué sentía que él era el culpable?
Olía a huevos. Sanji primero notó la sartén, luego su propio brazo y sin pensarlo mucho se movió con acostumbrada monotonía la sartén para que los huevos no se pegaran. Oyó suena arriba, como de quién bajó las escaleras a toda velocidad, y luego vio a Usopp. No podía sorprenderle la vista, estaba alto, más fuerte, y tenía el cabello aún más largo que antes. Igual que en el presente en el que él vivía. Le mostró una sonrisa de oreja a oreja al entrar a la cocina y le dio un beso en la mejilla sin siquiera dudar. Los latidos de su corazón, se dispararon enloquecidos. Sanji, todavía funcionó en automático lo bastante bien para apagar la cocina antes de arruinar lo que cocinaba. Usopp frunció el entrecejo, confundido.
—No tienes que parar de cocinar por mí, ya levantaré a Lily —dijo él. Sanji presionó las manos, obligándose a controlarse y no ser alterado por la situación, lo irreal de todo. Quería ser franco, no quería llegar con una mentira. A diferencia de Usopp, no había nada que ellos pudieran alterar de su línea, está vez quería saber qué fue lo que pasó. ¿Cómo ellos llegaron a este futuro que él jamás en su vida tendría?
—Necesito hablar contigo, Usopp, yo… no soy de aquí.
Con sorpresa y aún dudoso, todavía se atrevió a exclamar.
—¿De qué hablas?, ¿cómo que no? ¿De dónde eres?, ¿y dónde está Sanji entonces?
—No entres en pánico —pidió él y se alivió de que hubiera un cigarrillo en el interior de su bolsillo. Necesitaba fumar para calmar sus nervios aparentes y muy desacostumbrados. Hacía tanto que no se sentía de esa manera, tan mediocre como para sentir miedo. Tan desubicado como para no poder pensar con claridad. Sus palabras no eran sólo una petición para Usopp, sino también para él—. No entres en pánico —repitió.
—Termina de cocinar primero —lo interrumpió entonces Usopp, y con una sonrisa llena de la confianza que no mostró nunca a su alrededor, para él, para demostrarle que tanto lo quería. Le quitó el cigarrillo de los labios y lo apagó contra el mármol de la cocina—. Te he dicho que dejes de fumar aquí, tienes una hija. Cuídate. Hablemos después de comer.
Pese a que su intención iba en contra de ceder a ese capricho y en cambio, buscar respuestas. Sanji abandonó sus objetivos por el bien de cumplir lo que le pedía. Y acabó de cocinar el resto de los omelettes, justo cuando el sonido de los pasos en las escaleras volvió, y una niña se asomó para verlos. Usopp la abrazó de inmediato y la alzó en sus brazos. No hizo falta buscar en su memoria, la reconocería en donde fuera. Desde el entonces en que la vio, tímida, asustada, asomarse hacía él para ver a su hijo jamás pudo sacarla de su mente. Lily, la hija de Usopp. Sus dedos se apretaron con fuerza en el mango de la espátula, aturdido. Allí no era solo hija de Usopp, también era su hija.
Antes de que ella pudiera inclinarse para hablarle a él, Usopp se movió hacia fuera y la sentó en una de las tantas mesas que existían en ese restaurante. Era idéntica a su versión en el presente, en muchas cosas, demasiado parecidas. A excepción de la cicatriz, si recordaba bien.
—Papá ya traerá la comida, déjalo terminar primero.
Ella asintió, pero Sanji tenía el leve presentimiento de que Usopp no la alejaba por cuestiones de dejarlo cocinar en paz, sino porque tenía miedo de quién se había apoderado del cuerpo de su esposo. Pese a que quisiera sonreír, divertido por el hecho, no pudo más que hacer una mueca. Los tres se sentaron juntos luego de que hubieran servido los platos. Y pese a que Usopp pareciera renuente al inicio, al final comió. La niña era animada en contraste con la niña llena de silencio de su presente. Saltaba, hablaba y casi gritaba. Demasiado semejante a Luffy, tan hiperactiva y vivaz que iluminaría el cielo con lo brillante que era.
—Papi Usopp, ¿podemos ir a mirar las plantas después de comer? Quiero ver cómo está Yuu antes de ir a ver a la tía Kaya —preguntó Lily. Usopp, sin apartar la mirada de ella mientras comía, tomó una servilleta y le limpió la boca.
—Tengo que hablar algo con tu papá primero. Quédate en tu cuarto, y no entres al invernadero.
Con un asentimiento, ella corrió a toda prisa por las escaleras de vuelta a su habitación. Usopp dio un hondo suspiro y miró hacia las escaleras con un breve vistazo.
—Ella siempre entra de todas maneras —dijo él, fue un dato muy pequeño, pero le hizo comprender el nivel de conexión y cuidado que tenía con ella—. Todavía está en su cuarto por ahora, pero luego verá que no he subido y aprovechará para entrar.
—¿Por qué no puede entrar?
—Porque mis pop greens están ahí. Se puede hacer daño, y es tan descontrolada que tiene más probabilidades de hacerse daño que de salir ilesa de cualquier lugar —suspiró Usopp.
Colocó sus manos sobre la mesa y finalmente sus ojos se conectaron. La mirada del hombre que era uno de sus mejores amigos, y que en una vida podría haberse convertido en su esposo. Tales ojos conseguían debilitarlo de formas que ni siquiera Pudding podía lograr. Apartó la mirada y subió un cigarrillo. Esta vez Usopp no dijo nada en su contra. Él necesitaba calmarse, la intención de ese viaje solo era saber la veracidad de las palabras de Usopp, qué tan soñador y perfecto era todo el asunto.
—Ahora sí, dime quién eres tú.
—Soy Sanji, pero un Sanji del pasado. Estábamos luchando contra alguien que no esperábamos que hubiera comido una fruta del diablo. Intenté protegerte, y cuando lo hice él tipo me tocó y cuando recobre la conciencia estaba aquí —mintió. Prefería que Usopp no supiera sobre ese otro futuro, en donde los dos no estaban juntos.
Sonriente, aunque no menos precavido que al inicio. Usopp apoyó está vez los codos, y dejó sus manos como apoyo para su mentón.
—Amigo, ¿recuerdas que yo soy el experto mentiroso? Hay algo que no me dices —se burló.
Igual de sonriente, él se inclinó también sobre la mesa y dejó que una bocanada de humo se deslizara contra su rostro. Usopp tosió.
—Eres tan desagradable en todas tus versiones.
—En esta te casaste conmigo.
—¿Hay una donde no lo hago? —su pregunta sonó divertida, pese a la auténtica duda—. Tú no vienes del pasado —aseguró Usopp y lo señaló con uno de sus dedos.
Sanji apagó el cigarrillo contra su propia palma. No muy feliz de haber sido descubierto tan pronto.
—Recuerda que no soy tan estúpido, Sanji. No estabas sorprendido —lo hizo ver él. Inseguro de intervenir permaneció en silencio. Las cenizas comenzaron a dispersarse y saltar tras cada nuevo golpe—. No de nuestra relación sino de Lily, casi como si ya la hubieras visto antes, ¿quién eres?
Mostró una sonrisa.
—Buena deducción —admitió.
Las palabras le hicieron recordar la voz de Usopp en la cocina esa tarde en la que se decidió a por fin romper su voto de silencio contra él. La forma en la que sus dedos se apretaban y estiraban en una evidente muestra de nerviosismo. El cuento de amor entre ellos dentro de un sueño mágico. La sensación de vértigo que sintió al inicio, de asco, repulsión, y de placer culposo por querer experimentar la veracidad de sus palabras. De averiguar si podría hacerlo verdad. Lo recordé tan bien que sintió el mismo dolor que lo volvía febril, azotar su corazón una vez lo escuchó hablar. Las esperanzas se perdieron como se pierde entonces un hombre sin brújula. Y se deslizaron en el mar, sin oportunidad de surgir de nuevo.
—Hablemos de esto más tarde —dijo Usopp de pronto. Sanji entonces notó que su silencio no fue breve y que sus pensamientos se habían desviado hacia un pasado que no podía cambiar en nada. Ni siquiera en esos momentos podía disfrutar del todo de un futuro perfecto—. Tengo que llevar a Lily con Kaya. Le diré a padre que no puedes abrir el restaurante hoy.
—¿Padre?
—Sí —Usopp se enrojeció al responder—. Nuestro padre, Zeff. Yo… ¡Él fue el que me pidió que lo llamara así!
—Ah… el viejo vive cerca de nosotros —murmuró él y después soltó una risa—. Es bueno que seamos familia después de todo —agregó al ponerse pie. Debido a que no podía hacer lo que quería, se limitó a sujetarlo del rostro, sus dos manos acariciaron sus mejillas, de todas maneras, eran cosas que en ninguna oportunidad pudo valorar en su vida real.
—Te ves triste, Sanji —dijo él—. Espero que puedas tener respuestas cuando regreses.
—Las tengo, solo quería ver. Solo eso.
Hubo un silencio muy largo entre ambos, previo a que Usopp saltará sobre sí mismo y corrió hacia arriba.
—¡Oye, Lily! —gritó a todo pulmón.
Sanji subió las escaleras a su propio paso. Escuchó risas y un regaño poco funcional, antes de llegar al pasillo. Una de las puertas estaba abierta y al asomarse descubrió el invernadero del que hablaron durante el desayuno. Usopp la tenía en los brazos, y Lily no parecía feliz de la interrupción de su misión secreta. En cuanto lo vio alzó los brazos y sus ojos se volvieron tan brillantes como dos luceros.
—No, no, no. Esta vez tu papá no te va a defender. Te dije que te quedarás en tu cuarto, Lily.
Sabía que como padre, debía haberle dado sus tiempos a Usopp para regañar a la niña, pero fue incapaz de resistirse a las lágrimas de cocodrilo de ella. Así que se acercó para quitársela de los brazos y cargarla. Tanta diferencia. Y la volvió a recordar cuando se presentó por primera vez en el barco, vestida con su camisa amarilla, su corbata negra y sus pantalones cortos. Tenía el cabello tan desordenado, y las pecas esparcidas en toda su cara. Lo más importante en todo eso, no llevaba la cicatriz en su barbilla.
—Déjala en paz —la defendió Sanji. La ahondó aún más entre sus brazos. Fingió no escuchar, además, el suspiro de derrota de Usopp todavía de pie en medio del invernadero. Y lo mismo hizo con el hecho de que Lily le sacara la lengua a su padre—. Solo quiere jugar.
—Siempre haces lo mismo —dijo.
No sabía exactamente a qué se refería con eso, pero podía suponerlo. Mientras la dejaba de nuevo sobre el suelo, pensó en el hecho de que siempre fue débil a las mujeres por excelencia, una hija suya sería dueña de su corazón por toda una eternidad. Sanji les acompañó en su tarea de cuidar las plantas. Y se divirtió dando miradas a las interacciones entre padre e hija. Se preguntó si así eran realmente incluso en el Sunny, sentía que la conexión entre los dos jamás se perdía. Usopp solía tener una compleja historia con su padre, por lo menos él tuvo la oportunidad de saber lo que se sentía el calor de una figura paterna. Usopp pasó tantos años solo, sintió que daba todo de sí por suplir los errores que no admitía que su propio padre había cometido.
—Será mejor que te vayas ahora —le recordó Usopp a Sanji—. O el Den Den Mushi sonará o tu padre vendrá a derrumbar la puerta.
—¿El abuelo Zeff? —preguntó Lily esperanzada.
—Eh, eh. Tenemos que ir a la casa de Kaya primero. Puedes ver al abuelo Zeff otro día.
Sanji le dio un sentimiento nada más para aceptar. El Baratie estaba justo al lado, no muy alejado de ellos. Fueron dos saltos antes de caer sobre él. Hubo ruidos de parte del público adentro, y luego observaron el rostro de su padre. Zeff le dio una larga mirada, evaluativa.
—¿Por qué no has abierto?
—Buenos días, es bueno verte a ti también.
—Te veo todos los días, ¿para que necesito decir que son buenos? —gruñó él. Zeff avanzó a pasó veloz pese a su edad. Debió haber descubierto algo extraño desde el inicio, había perdido en segundos su rabia inicial para convertirse en una duda razonable—. ¿Qué te pasa?, ¿te enfermaste?
—Algo así —contestó—. Se puede decir que estoy algo mal en estos momentos. No soy… el Sanji de aquí.
Su padre, sin muchos miramientos, se sentó en una de las tantas mesas. Y él lo siguió también. No habían cambiado muchas cosas en cuanto a la forma en la que se veían todos en el futuro en el que él vivía y en este. Pese a todo ello, en cuanto a la forma en la que muchos decidieron continuar con sus vidas, era un asunto diferente. A su padre, como una ironía en contraste, jamás llegó a gustarle Pudding. No lo demostró nunca, eso era cierto, al menos no con palabras. Ella lo descubrió a través de los días que ambos pasaron en el Baratie, y aturdida por eso jamás hizo el intento de conseguir el aprecio de su padre, que terminó por ser indefinido. Mientras analizaba el hecho de que ambos barcos estaban juntos, y que además de todo Zeff estaba dispuesto a ser llamado Padre por Usopp, decía mucho de la relación que tenían aquí.
—Habla, no tengo todo el día —gruñó Zeff.
Para hacer el cuento breve, no se extendió con una explicación entera de cómo había llegado hasta ahí, ni tampoco quiso mentir diciéndole que venía del pasado. Este padre que tenía, jamás habría creído una sola de sus mentiras y los años de vivencias a su lado tampoco le permitían mentir.
—Se puede decir que en realidad no soy el Sanji de acá. Soy un Sanji que no se casó con Usopp.
El viejo asintió.
—Entonces la cagaste.
Reclinándose contra la silla, observó el techo blanco sobre su cabeza. Sus dedos tamborilearon contra la superficie lisa de la madera y luego sintió el nudo agresivo contra su garganta, el ardor propio de las lágrimas en los ojos. Trató de apartarlas, apretando los párpados con fuerza. Lanzó una risa suave, más que nada burlándose de sí mismo en vez de reírse de la situación.
—Se puede decir que sí. La cagué —respondió, una vez consiguió tranquilizarse a sí mismo lo suficiente para no trasmitir la tristeza que abundaba en su corazón.
—Bueno, no puedo esperar mucho de ti entonces, ¿qué te trae por aquí?
¿Qué lo traía hasta ahí? Pues Usopp, desde luego.
—Veo que aún en ese mundo sigues sin poder decir lo que realmente quieres, ¿qué pasó?, ¿te rechazó el hombre que querías?
—No, bueno, algo así. Usopp y yo en realidad jamás nos dijimos que nos amábamos con honestidad. Solo estuvo implícito, los dos sabíamos sobre eso —reveló, en cierta medida, sus propias palabras le dieron una gran sorpresa, porque quizás jamás se había planteado eso, pero en realidad sabía de los sentimientos de Usopp, solo se negó a aceptar que existían. De ese modo no podía salir herido de quererlo—. Él vino a este pasado antes, quería ver qué es lo que vio. Solo vine para eso.
—¿Eres un niño?, ¿acaso no podías decir las cosas de frente? ¿Para que necesitas ver esto si tienes al del presente allá?
Sanji dio un hondo suspendido. Y sin darle muchas vueltas a la voz sonora de Zeff, llamó a un mesero para que le trajera un vino.
—¡Todavía te atreves a beber en estos momentos!
—Viejo, no es el momento de que hables más —replicó Sanji. No supo si la voz con la que sus palabras salieron mostraban algún tipo de angustia, Zeff mantuvo el silencio mientras esperaban el vino en la mesa. Sanji, no tardó en servirse un trago en cuanto llegó la botella—. Él no está... no está cerca. Yo me casé
—Lo seguiste arruinando, muy bien.
—Sí, en realidad la amo, de verdad. Solo quería saber qué era eso que vio Usopp que lo cambió tanto.
Zeff también le dio una prueba al vino. Sabía que Sanji no admitiría lo que realmente sentía. Lo tenía bloqueado, para no seguir hiriéndose y mucho más para no herir a la aparente mujer con la qué estaba casada. Así que lo dejo hablar sobre esa mujer y su hijo. Sintió el dolor arrinconarse al fondo de corazón. ¿Qué tan lamentable era esa versión de su propio hijo? Era lo que menos deseaba que pasara. Le aliviaba que esta no fuera la versión que él acompañaba todos los días. No era más feliz que cada segundo que veía a su propio hijo caminar de la mano de Usopp. Ambos eran hijos suyos.
Sus pensamientos no los demostraron para Sanji. Y tampoco discutió con él al verlo regresar a casa. Esta sería su propia lección, no podía ayudar en eso. Solo podía dejarlo solo.
« Dicen que el tiempo va a curarlo todo y sé que es mentira
Es imposible que pueda olvidar al amor de mi vida.
Ni tomando como loco
Ni con otro amor tampoco »
Christian Nodal — Ya no somos ni seremos
Al inicio, Sanji pensó en quedarse en el barco y esperar que Usopp llegara. Debió haber sido lo suficientemente fuerte para resistirse a ir a buscarlo. Resultaba mantener adecuadas las distancias entre ambos mientras transcurrirían las horas. Eso pensó. No fue capaz de resistirse, sin embargo, y llegó a la Isla Syrup poco después. En cuanto su silueta se asomó por el muelle, muchas personas a los alrededores se apresuraron a saludarlo, ofreciéndole variedad de peces frescos si los necesitara. Aunque contrario por la animosidad de la recepción, trató de pasar por alto su confusión solo diciéndole a todos que iba en búsqueda de Usopp. Todos parecieron comprenderlo poco después. Una vieja señora, que caminaba por los alrededores del pueblo cuando lo vio avanzar, le mostró una sonrisa.
—Parece que estás perdido —mencionó ella. Sanji sintió que si le daba la razón, quizás la situación iba a parecer muy extraña, así que se quedó callado—. Tu esposo está en la casa de la señora Kaya. Allá en la loma. Seguro está jugando con la niña —agregó con dulzura. Pudo suponer, más o menos, donde se encontraba la casa. Había escuchado el cuento de parte de los cuatro involucrados en el barco cuando pasaron por la Villa Syrup por primera vez. También pude escuchar con mucha envidia de la joven hermosa, dulce y elegante que vivía en la mansión. Kaya. El primer amor de Usopp. Pese a que creyó que le impedirían el paso al asomarse a la reja, los guardias delante lo dejaron entrar casi de inmediato. Así que se asomó, a paso cuidadoso por el jardín. Un mayordomo le mostró el camino hasta la sala de estar, donde vio de nuevo a Usopp. Debió recordarse por un segundo, al verlo, que este no era su mundo y este no era su esposo.
Tardó un rato para que ambos, Usopp y Kaya, lo notarán. En cambio, fue Lily la primera en verlo. Corrió hacia él con una sonrisa enorme y se lanzó a sus brazos llenos de emoción, como si nunca lo hubiera visto antes.
-¡Papá!
—Hola, hermosa —la saludó él.
Usopp, sorprendido le invitó a sentarse. Kaya le dio una sonrisa cordial de inmediato. Era hermosa, que decir. Cabello rubio que caía en ondas suaves sobre sus hombros. Ojos azules. Y el rostro de un ángel que podría cautivar a cualquier hombre. La mujer de un ensueño. No era engreída, todo lo contrario. Su particular personalidad suave, no le permitían ocultar de todas maneras la mirada analítica con la que lo evaluaba. Sentía que de ser posible, alzaría un cuchillo contra él si llegara el caso. Eso le dio aún más puntos a su favor. La bestialidad de alguien que desea proteger a un amigo.
No podía centrarse en ella, sin embargo. Usopp notó su estado inestable así que se despidió de Kaya y abandonó la casa. A medida que sus pasos avanzaban hacia el muelle, y pensó en irse de nuevo al barco. No pudo evitar sujetarlo del brazo. No quería estar devuelta, no quería ver ese barco una vez más. Fusionaba sus recuerdos del presente real con el de este. Le recordaba que Pudding lo esperaba, quizás vulnerable, en el barco. Su egoísmo. Usopp apoyó la mano sobre la suya, y la apretó con delicadeza.
—Esta bien, todavía podemos quedarnos en mi casa —aconsejó él.
Lily, que había estado alborotada, comenzó a parlotear con más fuerza para que la oyeran. Feliz de la idea. Comenzó a saltar y apurarlos a avanzar. Sus gritos se oían en la tarde tranquila. Sanji quiso detenerla, pero luego en el camino, encontró a algunos pueblerinos que se emocionaron mucho al verla. Ella empezó a gritar sin detenerse en ningún momento.
—¡Vienen los piratas!
La ironía de sus palabras es que los señalaba a ellos. Usopp se rio al oírla.
—Nunca se puede hacer eso.
—¿Por qué grita que vienen piratas? —preguntó Sanji. La niña se dio la vuelta de inmediato al escucharlo. La versatilidad de su personalidad le divertía. Así que fingio terror de ser regañado cuando en su corazón sintió ternura. El cabello rojo alborotado le dio ese aspecto de niña revoltosa que le faltaba en el futuro en el que vivía. Eso lo hería cada tanto, recuerda que ella sufrió cosas que pudo salvarla de sentir en este.
—¡Papá!, ¿cómo no te vas a acordar? Así comienza la historia de papá Usopp.
—Perdónalo, mi cielo —lo excusó Usopp—. Tu papá es muy soso para contar cuentos.
—Graciosito —replicó Sanji.
El resto de la caminata no era más amena. Lily era mucho que manejar, incluso más que el hijo que tuvo con Pudding. La culpa lo hizo sentir un revoltijo en el estómago. Asqueado de sí mismo, de su propia necesidad de saber qué era lo que estaba ahí. De saber qué vio Usopp, de poder experimentarlo por cuenta propia por una vez en su vida para saber si era posible que los dos se hubieran amado de tal forma. Usopp le dio un apretón a sus manos entrelazadas y las soltó solo cuando llegaron a una casa. Era no muy grande, pero parecía haber sido remodelada en algunos aspectos.
—Cuando llegué, decidí cambiar algunas cosas para poder vivir cómodamente. Cuándo Lily llegó tuvimos que hacerle una habitación, así que tuve que expandirla —señaló Usopp. Era comprensible que hubiera sido quién se encargaría de la construcción de la casa. Franky le había dejado varias enseñanzas—. Franky hizo los planos por mí, y me recomendó algunas cosas. De todas maneras, no creo que se derrumbe.
Sanji tampoco tenía intención de criticar el lugar. Era una casa pequeña, sí, pero era un hogar tanto como el barco en donde vivían. Y este se sintió cálido. Lily corrió hacia una puerta corrediza y la abrió para entrar en la habitación. No olía a polvo, por lo que era seguro que visitaban el lugar con bastante recurrencia. Lily, sin esperarlos, se lanzó a la cama y se cubrió con las sábanas.
—Ya vas a dormir? —preguntó. No lo sentí, pero sonreía. Ella niega su pregunta.
Usopp se asomó a la habitación también.
—Esta preparándose para un cuento mientras haces la cena.
—¿Qué cuento?
—Bueno, creo que ahora mismo vamos por…
—¡Cuándo pá salvó a todo el reino Tontatta!
Usopp se sentó a su lado en el futón.
—Ajá, justo cuando salvé a todo el reino Tontatta.
Habría deseado quedarse a escuchar el resto de la historia, pero no quería dejarlos pasar hambre. Así que preparó la cena y la sirvió tan pronto como pudo. Fue bastante tranquilo, a medida que la sombra del miedo abandonaba a Usopp y sus dudas, menos a la defensiva se ponía, lo que le dio más oportunidades de disfrutar cada momento. Encontraba demasiada emoción en cada segundo al lado de ellos, tanto como sentía el sentimiento desgarrador de la conciencia explicándole que no era su realidad. Cuándo los dos se acercaron a Lily para acompañarla antes de dormir, supo lo terrible que debió haber tenido sentido Usopp al pensar que ella era una mentira de su propio cerebro. Y cuanto horror pudo caber en su interior al descubrir que ella era real, y que había sufrido mientras el seguía su vida con relativa normalidad. Querría haber podido tener este futuro de ser posible, se dijo, y luego trató de negarse a que ese pensamiento fuera cierto, porque se sintió como traicionar a la única mujer que lo amó lo suficiente para quedarse pese a su personalidad.
Después de eso, recordó que eran esposos y que, en resumidas cuentas, debían de dormir juntos. Sin embargo, Usopp solo tomó asiento en la cama cuando los dos cambiaron de habitación. La habitación tenía colgadas montones de fotos de ellos tres juntos. O de la tripulación. Los carteles de búsqueda. Era sorpresivo que todavía estuvieran colgados en las paredes.
—Espera aquí, iré a buscar algo —Usopp pronto rompió el silencio. Oyó los pasos detrás de él y la puerta abrirse y cerrarse. Volvió el silencio denso de su propia angustia.
Una de los retratos llevaba a Usopp y Sanji el día de su boda. Los dos se miraban fijamente, y le causaba conflicto poder distinguir el amor que se tenían en la simpleza de una foto. Se transmitía con tanta facilidad que le dejó sin aire. Apoyó la mano en la pared, y se concentró en la imagen, en el rostro de Luffy sonriente alrededor de ellos. Debió haberlo notado entonces, debía haber sabido que su decisión estaba mal si nadie estuvo definitivamente de acuerdo con el matrimonio. Le hizo recordar la voz tensa de Luffy antes de que avanzara al altar.
— ¿Estás seguro de esto? —preguntó.
Para entonces, había sonreído de oreja a oreja mientras se arreglaba la corbata. Escuchaba el ruido de afuera, los murmullos, la emoción. Todo eso llamó las voces que presionaban por ser escuchadas dentro de su cabeza.
—Por supuesto que sí. Sé que antes pudo haber sido por obligación, pero ahora mismo me caso porque quiero.
Una vez acabó por arreglarse la corbata había avanzado hacia fuera para ponerse en el altar, a esperar a Pudding. Luffy lo había sujetado del brazo con fuerza, ni siquiera tuvo que apretar. Sanji se detuvo de inmediato, y su sonrisa se borró. Las voces se callaron, y recordaron la voz de Usopp en su mente, el nervioso arrebato de estupideces que habló.
« Pero, de todas maneras, es imposible que tú y yo estemos juntos »
Bien, Usopp, ¿te encanta? Tenías razón, no podemos.
Luffy volvió a preguntar.
—¿Estás seguro?
No supo que responda esta vez. Solo pudo apretar sus labios antes de darle una respuesta desacertada a Luffy y que toda la minuciosa boda fuera destruida.
—Mírame, Luffy, ¿crees que me voy a arrepentir ahora mismo?
—Bien —soltó su capitán con desdén—. Espero que algún día seas capaz de quitarte las cadenas tú mismo, Sanji, para que puedas quitárselas a él.
Fueron las últimas palabras que intercambiaron con respecto a su aparente problema con Usopp. Se marchó y se llevó a Usopp con él después, y jamás lo soltó. A veces sentía celos de su propio capitán si era sincero consigo mismo, a veces sentía rencor por no haberle prestado la debida atención, y en otras ocasiones, sentía alivio de haber limitado a hacer lo suficiente, o de que Luffy hubiera estado para Usopp en esa compleja situación en la vida de ambos.
Los pasos volvieron a resonar, y Sanji se dio la vuelta justo cuando Usopp entraba. Tenía una botella en la mano y una sola copa.
—Tenemos una hija, ¿te acuerdas?
-Oh, no. Yo no voy a beber. Beberás tú.
—¿Qué soy?, ¿el marimo?
—Ya que no puedes fumar, sería propio que hicieras otra cosa. Toma. —Sirvió la copa hasta el borde y se la extendió con una sonrisa. No sintió ninguna sospecha de peligro provenir de él, así que la sujetó y tomó un sorbo—. Ahora siéntate. Te peinaré.
—¿Para qué?
—Te relaja —dijo como si se tratara de una obviedad. Jamás había dejado que nadie le tocará el pelo aparte de sí mismo, por lo que la idea de dejar que alguien más lo tocará no se escuchaba nada relajante—. He peinado a Lily todos estos años sin que se ponga a llorar, puedes resistir un jalón de pelo mejor que ella. No hay yeguas llorón. Soy el mejor peluquero que pudiste encontrarte.
No puedo evitar soltar una risita divertida.
—Por supuesto, deja el trabajo en tus manos entonces.
Las cerdas del cepillo eran bastante suaves, y en realidad Usopp tenía un perfecto control en su fuerza para peinar sin jalar el cabello. Primero las puntas, y ascendía con mucho cuidado. Sentía que podría quedarse dormido en ese instante. Para evitar que el sueño en el que estaba se acabará, se obligó a sí mismo a mantener los ojos abiertos. Y para darle a su mente algo en lo cual centrado le preguntó a Usopp por la forma en la que su relación había surgido aquí. Siempre deseó saber qué hicieron que ellos no.
—Fue después de encontrar el One Piece. Y de convertirme, por supuesto, en el hombre más valiente de todos los piratas —dijo. El tono de su voz reflejaba su orgullo. Sanji excitando—. Le dije a Luffy que quería volver a mi pueblo. Sabía que el querría quedarse a vivir más aventuras, pero sentí que yo ya había por fin vivido la mía y quería asentarme. Luffy me dijo que estaba bien, y partimos a la Villa Syrup en cuanto se pudo. Un día antes de que llegáramos, me pediste que viniera contigo a cenar. El resto de la tripulación estaba perdido en sus cosas, o quizás planeaste todo. No lo sé, jamás me lo dices.
»Adentro, había una cena preparada. Me pediste que me sentará contigo y luego me agarraste las manos. Dijiste que estabas enamorado de mí y que si te aceptaba, esperabas quedarte conmigo. No querías dejarme. Si te decía que no, pues te irías. Y bueno, estamos aquí por algo.
—Eso fue todo?, ¿no hubo drama?
Usopp, concentrado en hacer una trenza en su cabello, respondió apenas.
—¿Por qué habría drama? Me querías, te querías. Y habíamos encontrado el One Piece, ya nada podía darnos miedo. Si me lo hubieras dicho antes de eso, probablemente me habría asustado, y hubiera creído que bromeabas.
—¿Por qué?
—Porque antes de la última de nuestras aventuras, todavía no podía aceptarme a mí mismo como uno de los mejores. Todavía estaba lleno de inseguridades.
Eso tuvo que haber sido la respuesta que debía haber supuesto desde el inicio. Porque Usopp todavía lidiaba con su cobardía de vez en cuando. Todavía era débil de mente. Y él lo sabía. Respira profundo y toma otro sorbo del sake. El ardor del licor le quemó la garganta, no era el placer tranquilizador que le provocaba un cigarrillo pero por lo menos hizo su trabajo de distraerlo del dolor lacerante en su pecho. Porque sabía que Luffy tenía razón, si bien solo uno mismo podía dar el paso, solo él podía quitarle las cadenas de las dudas a Usopp y él renunció a la primera. Decidido a quedarse con Pudding.
—Entonces cuéntame, ¿por qué no nos casamos?
Sanji fue breve en su explicación. Le contó la versión de la historia de Usopp, las cosas que dijo y lo que sucedió luego de que despertara. Y luego llegó al después.
—Me casé con Pudding después.
En cuanto esas palabras salieron de su boca, la mano de Usopp, que reposaba momentáneamente sobre su hombro se presiona con fuerza.
—¿Te casaste con alguien más?, ¿Y Lily?, ¿qué pasó con ella? —preguntó. Había cólera en su voz. Sanji quería poder excusarse, pero no tenía perdón.
—La encontraron cinco años después de que la encontró aquí —le reveló—. Y la adoptaron.
—Hablas en plural.
—Sí, la adoptaste junto con la tripulación. Jamás volviste a la Villa Syrup en mi futuro. Te quedaste al lado de Luffy.
—Y tú te casaste —remarcó. Odió eso—. ¿Por qué estás aquí entonces? No entiendo.
—De alguna manera encontré al tipo que llevó a Usopp hasta aquí y yo siempre quise saber qué fue lo que vio. Siempre quise…
Dios, seguía enamorado de él si aún con los años perseguía la esperanza de ver este futuro. De vivirlo. Se presionó la mano contra el rostro, ocultándose de los ojos del Usopp de esté futuro idóneo. ¿Cuan lamentable era y desgraciado también como para no hacerse feliz a sí mismo nada más sino también a Pudding ya Usopp? Antes de que pudiera entrar en un arranque de pánico, antes de que sus pensamientos negativos lo inundaran, Usopp lo rodeó con sus brazos y lo obligó a acostarse junto a él. Apoyándose en su pecho, con la cara firmemente enterrada en ese lugar. No pudo evitar soltar todas las lágrimas que en su presente se negó a soltar. Todas aquellas que nunca soltó cuando pudo, y que se arrepentía de no dejarlas salir para probarse a sí mismo que debía haber luchado por un puesto en su vida, para amarlo de la misma manera en la que en este futuro podía. Suspir contra su piel, abandonandose ante las caricias suaves contra su cabello.
—Solo tenías que haberme dicho la verdad —murmuró. Si en vez de haber dejado llevar por el miedo, hubiera enfrentado sus sentimientos, los sucesos que los rodeaban a ambos no serían los mismos—. Era lo único que tenías que hacer, Usopp, te lo juro —gimoteó. Y se aferró con aún más fuerza alrededor de su cadera. Su rostro se enterró con aún más firmeza en su cuello y si Usopp no era estúpido, era obvio que lloraba—. Solo tenías que decirme la verdad, era lo único que necesitaba, te juro que si me hubieras dicho la verdad te habría dado todo. Solo era eso, Dios, solo tenías que darme eso.
Sabía que el Usopp debajo de él no era el Usopp que él quería, que las manos que en ese momento le acariciaban el cabello, tan dulce y suave gesto no era producto del hombre que habitaba todos los días en su sueño. O la versión que el necesitaba con todas sus fuerzas tener. Sabía que la piel tersa con la que chocaba, el olor fuerte que tenía, la forma en la que lo arrullaba no pertenecía a quién buscaba todas las noches en sus sueños. Lo sabía tan bien y eso no supo si se sentía mucho mejor o peor de lo que ya lo hacía sentir.
—Lo siento, Sanji —dijo él. Su voz sonó como una dulce melodía, pero estaba tan exhausto por todo, tan frustrado por su propia conciencia acerca de la mentira que el escucharlo le hacía sentir hundido en el mar. Tanto frío, el interior del mar era terrible—. Lo siento mucho.
Repitió la misma frase mientras lo consolaba. Lo que no detuvo su dolor aunque lo amortiguó al menos un poco. Con sus brazos apretados también alrededor de Usopp, se preguntó si al salir de este futuro alterno y volver al suyo podía cambiar algo. Se lamentó de solo poder haber ido al futuro en vez de al pasado y cambiar de alguna manera todo lo sucedido. Un solo movimiento de la mariposa podía significar un cambio trascendental, ¿no? Podría haber cambiado algo, cualquier cosa, para que estuvieran encaminados a ese mismo futuro que los dos perseguían todas las noches en sus sueños.
La misma noche en la que su corazón se abrió, en realidad fue la mañana en la que despertó, lo cual fue una sorpresa. Su cabeza parecía querer explotar, pero aturdido o no aún salió del local en donde estaba y escapó al exterior. Su mente estaba dividida entre la voz de Usopp y la voz de Pudding.
En cuanto captó con seriedad que de nuevo estaba en su futuro, no pudo controlarse. El desconcierto de estar en el presente se fusionaba con su desesperación por volver a dónde quería. No pudo oír incluso si lo hubiera intentado, la voz de Pudding a su lado, sosteniéndola, una vez volvieron a encontrarse tampoco pudo aceptarla. Sentía que perdía el aire, que de un momento a otro perdería la conciencia de nuevo. Sus latidos redoblaron su trabajo. No podía hacer sonido alguno, no podía decir lo que sentía, de alguna manera lo único que habitaba en su mente era.
« Lo siento, Sanji »
El techo, derretido, se presionó contra él. Los brazos de Pudding, alrededor de su cuerpo se enredaron aún más en aparentes cuerdas. Luego oyó la voz de Denji.
-¿Papá? ¡Papá!
El niño, de apenas cinco años, corrió a través de la habitación hacia él. La desesperación que arrollaba su corazón detuvo todo descontrol en cuanto Denji apareció ante sus ojos. Las manos le temblaron con fuerza, y trataron. Algún todopoderoso debió haber sabido cuánto intentó sobreponerse a la devastación que ocurría en su mente, para que sus manos se detuvieran de temblar. Las colocó encima de su cabeza y le desordenó el cabello castaño.
— ¿Estás bien? Estas llorando —indicó con voz angustiada. Presentía que lloraría, así que sonaba con dulzura.
—Estoy bien. Solo… me duele un poco el cuerpo.
«Y el corazón» añadió su mente. Sanji palmeó el brazo de Pudding, y le mostró una sonrisa igual de brillante y serena a ella. Para que soltara su agarre sobre él. Con dudas todavía, ella aflojó sus brazos y se apartó.
Lo que sucedió después de su breve desapareción de un día no fue mucho, Pudding lo buscó sin resultados. Sorprendida de la desaparición, ante su indiscutible ansiedad después de reencontrarse en el barco, se vio asediada por las dudas. En realidad, Pudding debió haber sabido qué tan mal le hizo esa aparente desaparición. Trató de ayudarlo de alguna manera, pero no pudo recuperar su conciencia de ellos. Estaba destrozado.
Fue quizás el resultado de toda esa simple y tranquila noche y la forma en la que le hizo ver el mundo para que todo su mundo original se pusiera patas arriba. Aún podía oír su voz grave y sentir sus manos callosas sobre las suyas. La forma de su sonrisa llena de una felicidad nunca presenciada por él.
El mar abierto expuesto delante de él fue, contrario a su corazón, tranquilo. Tomó un respiro antes de comprender la inmensidad de su problema. No tardó en llorar, y lloraría quizás muchos meses luego de ese suceso aunque eventualmente no supiera del todo por qué, al ver el mar lo hacía. Algo de todos los días, en un intento poco funcional por borrar el sentimiento del fondo de su pecho.
Pudding lo sabía, pero de su boca no salió la más mínima queja con respecto a su repentina muestra de desolado dolor. Sabía que la amaba, la quería demasiado, pero cada vez que recordaba a Usopp en el futuro, a su padre con una inmensa sonrisa, recordándole los tantos años que era feliz, se preguntó si alguna vez algo lo superaría.
Fueron forzados a olvidarse uno del otro, ya abandonar sentimientos que parecían casi obligados a tener. Y no podía culpar a nadie de sus acciones, y de sus destinos más que a ellos mismos.
-¡Papá! —gritó su hijo. Sanji se giró. Sonreía al traerle unas conchas de mar—. Mira, ¿no estás bonita?
Sanji dio un hondo suspiro antes de agacharse a su altura. El niño alzó los brazos para mostrarle, y él prestó completa atención y detalle a cada uno. La voz de su hijo, dulce, suave regresaba a su corazón todos los días al presente. Al menos podía ser padre aquí, podría entregarle todo lo que no tuvo antes.
—Esta parece un corazón —señaló él con emoción—. Se la atreveré a mamá. —Se dio vuelta y gritó—. ¡Mamá, tienes que ver esto!
Sí, quizás en la vida recuperaría ese momento, esa sensación que tenía cada vez que recordaba ese futuro. Que ni siquiera era idílico ni muchos menos perfectos, pero lo tenía a ellos y eso era suficiente. Lo siguió por detrás y saludó a Pudding mientras se asomaba por la ventana. Se preguntó cómo estaría Usopp, y qué haría en esos momentos.
«Oye, Usopp, tú… ¿todavía te sientes de este modo?»
« Ven y cuéntame la verdad
Diez piedad
Y diez centavos por qué, no, no, no, oh
¿Cómo fue que me dejaste de amar?
Yo aún podía soportar
Tu tanta falta de querer »
Mon Laferte — Tu falta de querer
Fue a su regreso que Pudding lo descubrió. Algo raro le ocurrió a Sanji. En ocasiones se detenía en su día a día a mirar el océano delante de sus narices y pensaba. Pensaba muchos esos días.
Fue justo después de ese día rutinario en el mercado. Un día cualquiera. Ella odiaba que hubiera sido en un día cualquiera, no existía prueba alguna de que fuera a ocurrir algo. Solo pasó. Desapareció, en un breve instante el hombre de su vida pasó todo un día entero a escondidas, no encontró forma alguna de ubicar en dónde estaba, y así mismo como se fue, volvió. La única cosa que le perturbaba de ese suceso, es que sabía que algo raro sucedía.
Tuvo el presentimiento de que el amor que ella creía eterno se extinguía en cuestión de segundos. Y no supo cómo reaccionar ante eso. Se sintió tambaleante, insegura. Estuvo devuelta a esa noche en dónde su miedoso corazón beso los labios de Sanji, como último deseo de cumplir con la desesperación que no podía trasmitir. De nuevo expuesto, no encontré modo alguno de volver a colocarse la armadura que construyó antes. Sanji fue su amor, y su muro. Le demostró que aún podía amar y confiar en las personas.
Tenía la sospecha de que Sanji pensaba abandonar su lugar a su lado. Lo que generó un desequilibrio en su conciencia, la hizo frágil y no pudo resistirse a saber. A averiguar qué era lo que no llegaba a trasmitir a Sanji día a día, encerrado en sí mismo. ¿Qué era lo que veía en el mar que causaba todas esas lágrimas?, ¿qué era lo que apagó la luz que ella tanto adoraba ver? Así que aprovechó una noche para ver, ella se juró a sí misma que solo vería, que se resistiría a hacer algo para alterar lo que sucedía. Si Sanji quería irse, lo dejaría irse.
Se lo prometió por amor a él.
Ella extendió el rollo de película, y fue tan atrás como pudo. Hasta que lo vio. Era un evento tan extraño, poco probable. Pudding sintió que se detenía el tiempo, miró cada escena con evidente sorpresa. Su boca abierta no soltó ninguna sílaba, el vacío de su voz fue compensado por las lágrimas de rabia que ardían en su rostro. No había nada, ninguna muestra de que él la hubiera traicionado y no sabía por qué razón eso la enojaba más. Se arrepentiría toda su vida, quizás, porque sintió que dejó un vacío en Sanji que jamás podría suplir ni siquiera con la más intensa muestra de todo su amor. Ella consiguió las tijeras y editó todos los recuerdos que contenían a Usopp en ese futuro, le hizo ver todo distinto, como si ese encuentro jamás hubiera ocurrido.
Sintió un revoltijo de placer acrecentarse en su estómago, combinado con la desesperación y la tristeza. Allí mismo vio a la niña que en ese entonces recibió en su habitación cuando acababa de dar a luz a su hijo. Al hijo que permaneció en su vientre durante meses. ¿La habría querido más a ella que al niño que nació de su propia carne? Ella lo borró todo, tanto como pudiera. Cortó y editó todo lo que quiso. En cuanto despertó del frenesí de su enojo ya era demasiado tarde para devolver escenas esenciales en Sanji. Su mayor sentido de culpa nació en ese momento y la relación al menos funcional que alguna vez pudo haber tenido fue destruida en cuestión de segundos. Pedazos fragmentados de una historia de amor que pudo haber terminado en buenas condiciones, pudo haber sido amigos, pudo haber sido la buena de esa historia y sin embargo,
Al pasar de los días la sombra de Sanji dejó de ser la misma que ese día rutinario. Y volvió a ser el mismo de siempre, el mismo de todos los días. Su mayor amor. Si tan solo no hubiera sido consumida por la culpa habrían podido haber sido los mismos de siempre. ¿Este era su castigo por ser egoísta? ¿Sentiste que era amada sin amar? Este amor era una mentira. Apagado, muy debajo de todo, ya no existía ese día cuando Sanji viajó a un futuro con Usopp, en dónde descubrió que sin lugar a dudas, seguía amándolo, de maneras que jamás lograría amar a nadie más.
A todos se les ama de formas distintas, desde su perspectiva sin duda Sanji la amaba, eso no podía ocultarlo. Pero la manera en la que amaba a Usopp.
Pudding miró a Sanji y Denji jugando entre las mesas. Lo recordé cargar a Lily entre sus brazos, llorar con Usopp. Ella sintió el revoloteo de la culpa en su corazón. No podía fragmentarse en ese momento y fingir demencia. ¿Por qué no podía?, ¿Por qué cada día después de eso todo parecía haber sido arruinado? Ella se alejó antes de que pudiera verla caer en llanto. Si existía un dios esperaba que se apiadara de ella porque aún a sabiendas del sufrimiento de ambos, todavía se aferró a él con uñas y dientes.
—Oye, Pudding-chwan, ¿qué ocurre? —preguntó Sanji. Su voz a sus espaldas la arrulló como una niña. Ella se giró con ojos llenos de amor, aunque él notará de inmediato el rastro de humedad en su cara. Con suavidad reposar sus manos sobre sus mejillas y las limpió—. ¿Qué sucede?
—Sanji tú… ¿me amas?
Él sonrió.
—Por supuesto que sí. Más que a nada.
« Está bien », se dijo ella, « puedo vivir con una mentira más. Miénteme todas las noches si quieres, pero no te atrevas a dejarme. No me gusta estar sola, Sanji .» Las frecuentes mentiras de su parte y las constantes lejanías cada vez que recordaba algo que la disgustaba comenzó, incluso si no fuera su intención, a fragmentar la relación que mantenían. Los meses siguieron su curso, pero ella estaba varada en ese día, arrepentida del rumbo de su destino, preguntándose si Sanji sufría muy por dentro de él, sin ser capaz de admitirselo a sí mismo por amor a ella. Un año después de borrarle sus recuerdos, ella confesó su pecado. Justo como sospechó, Sanji no se lo tomó para bien.
« Vuelvo a encontrarte y haré de todo para no soltarte
Por que yo nunca me cansé de amarte
Y cartas quedan que no puesto en juego
Punto y aparte, tú sabes bien que yo no juro en vano
Y estoy jurando no soltar tus manos
Y si es por ti, las mías pongo al fuego
A las cenizas no les tengas miedo
Que si te quemas, yo también me quemo »
Morat — Punto y aparte
Muchas cosas raras sucedieron ese año, por alguna razón, cada vez que veía el mar existía una cierta sensación de vacío que se apoderaba de alma. Tenía el presentimiento de que algo que quería con urgencia se encontraba en el mar, sin la seguridad de saber si era dentro de las profundidades del océano, o sobre él. Lo único que sabía es que estaba ahí, e incluso por más que lo deseaba no encontraba la forma de saber qué era. Una estupidez, si era sincero consigo mismo, pero de todas maneras no había forma de aliviar la sensación.
Pudding tampoco actuaba como antes, a veces rayaba en un absurdo giro de histeria, y en otras se comportaba con la más dulce ternura. Como si sondeara entre el odio y el amor. Lo preocupaba demasiado haber hecho algo más a lo largo de su relación así que tendía a hacer esfuerzos triples por satisfacerla, y pese a que creyera que eso la animaría solo funcionaba para enfurecerla más.
Luego llegó la noche en la que mostraron los recortes. Cada pequeño panel, que mostró lo que sucedió ese día en el mercado. Los mostraron como si fuera un asunto cualquiera, echándolos encima de la cama justo antes de que fuera acostarse. Sanji, temblando, las tocó.
—¿Por qué tú?, ¿por qué no tengo esto? —preguntó.
Ella tardó unos minutos en responder. Y después dejó salir un profundo suspiro.
—Volviste diferente Sanji, volviste raro… quería ver… solo iba a ver. Lo juro —Pudding dijo. Y luego, pareció haber encontrado en su mente la misma furiosa sensación que la azotó cuando ocurrió eso—. ¡Pero tú!, ¿cómo es posible que hicieras esto? ¡Iba a dejarme!
— ¿Y eso te da derecho a haberme quitado mis recuerdos? —replicó Sanji. Su voz no se alzó, mantuvo la serenidad de siempre y eso solo consiguió alterarla más, si es que sus años juntos le sirvieron para analizarla. Aunque si servía de algo, jamás la había visto tan llena de desesperación como en ese momento. Se alegraba que, por cuestiones de la vida, Denji se quedará con la familia de Pudding.
—No me importa eso, ¿pensabas dejarme? —preguntó.
Sanji no sabía qué pensaba el Sanji de hace un año con recuerdos, pero si se conocía bien, seguro planeaba irse, para poder empezar desde cero. No habría querido seguir haciendo creer a Pudding que la amaba como a Usopp cuando no lo hacía. Su silencio le otorgó la respuesta a ella.
—No podía dejarte ir, Sanji, te amo.
Cansado, harto y devastado por la situación tratada de no alterarse.
—¡Podíamos haber terminado en buenas condiciones, Pudding! Pudimos hacer que las cosas funcionarán para Denji sin estar juntos.
Ella no apartó la mirada ni un instante, consumida por su propia rabia, sin embargo no dijo nada. Eso solo hizo que se sintiera peor. Algo pesaba en su interior, una confianza que antes habría sido imposible de moverse entonces se convertía en incierta.
—Sé que me equivoqué al no decirte nada en cuanto pasó. ¡Yo lo sé! Pero eran míos esos recuerdos.
Algo entre sus palabras, no entendía el qué, debía haberla enojado más. Sus tres ojos sacaron lágrimas pero la rabia que transmitían eran fuego ardiente. De haberla tocado, quizás, habría ardido en llamas.
—¿Tuyos? ¿Por qué?, ¿por qué lo amabas más que a mí?
—Pudín, distensión.
—Yo sé que me amabas —dijo. Se acercó a paso veloz hacía él —. Me amabas antes de ese día. Tú solo…
Un súbito arranque de llanto la volvió a atacar, y Sanji sintió que el mundo se venía abajo con eso. ¿Era todo su culpa?, ¿debería haber sido menos egoísta?, ¿debió haberse obligado a sí mismo a no dejarla ir?, ¿debió pisotear cada sentimiento externo que tenía por el bien de su propia familia? Él podía hacerlo, sabía que podía hacer eso y más. De ser posible, si hubiera sido más objetivo él mismo habría conseguido la forma de quitar todos esos recuerdos.
El único detalle es que no quería.
Para él, eso era como darle un juego fácil a Pudding. No la amaba del todo. Le hacía entrega de los sentimientos más falsos que alguna vez tuvo la ocasión de tener. Eso era irrespetarla.
—Sé que tienes razón —agregó ella después. Sanji la sumió en sus brazos y le dio el abrazo más fuerte que podía. Se preguntó qué habría sucedido en ese futuro de nuevo, esa incógnita con respuesta volvió a ser, una vez más, una de las preguntas que jamás obtendría alguna solución—. Lo sé, Sanji, tienes todo el derecho de dejarme cuando ya no me amas, pero yo todavía te amo.
Él sospechó.
Hablar con Denji luego de la separación de ambos fue el evento más complejo de todos. Pudding no perdonó su partida, pero pese a todo, y aún en contra de lo que quería, la ayuda. Sanji le prometió a su hijo que lo visitaría siempre que pudiera, no podía solo hacer de vista gorda. Amaba a su hijo más que a nada, si pudiera quedarse con su madre para que se sintiera feliz con gusto lo haría. Pero no podía forzarse a hacer algo así.
Denji entendió bastante bien el asunto, lo único por lo que se lamentaba era por tener que despedirse del barco e irse con su madre a Tottoland. Sanji tuvo que mudar su barco a zonas cercanas a la isla, para poder ir a verlo siempre que pudiera. Y tratado de acostumbrarse a la soledad. Siempre tuvo dudas sobre la separación por el hecho de saber que incluso en sus días más ocupados tendría un momento para ver a su hijo en el restaurante. Ahora, en sus días más ocupados, solo podía darle una llamada. Lo entrañaba muchísimo, aunque jamás lo admitiera en voz alta. Trató de no ser melodramático, le costaba admitir cuánto sufrimiento se hubieran ahorrado de ser menos idiotas.
Luego, entre sus dudas con respecto a lo que le provocaba su soledad aún lo asolaba la preocupación de ir a ver a Usopp. Tenía miedo, y si bien parecía extraño, en realidad parecía muy común tener miedo de dar un paso en falso si se trataba de Usopp. Se quedó en la noche preguntándose qué hacía, si pensaba en él de la misma manera en la que lo hacía él. Si recordaba ese futuro cada vez que veía a Lily. Se preguntaba si acaso en algún momento se arrepintió de los errores que cometieron ambos. Quería poder abrazarlo, hundirlo entre sus brazos y jamás soltarlo. Ansiaba un pedazo de él con las mismas naturalidad con la que se necesita comer.
Una mañana, tras un nuevo año luego de la separación, fue simple, preparó todo para abrir y luego se quedó en seco delante del teléfono. Sospechó y marcó el número central del barco.
—¿Qué quieres? —gruñó Law en cuanto contestó.
Sanji rodó los ojos.
—¿En dónde están en estos momentos?
El Den Den Mushi mostró el rostro inexpresivo de Law a la perfección. Entonces con una voz monótona, dio las coordenadas para ubicarlos. Sanji zarpó ese mismo día dejando su barco en manos de su chef principal. El viaje duró dos días. En cuanto llegó el grito eufórico de Luffy se escuchó alrededor de todos los yeguas, sus brazos alargados lo abrazaron con fuerza y saltó lleno de alegría. La cabeza de Usopp se asomó, tras el alboroto, por detrás de la puerta de la cocina. No parecía muy adecuado querer besarlo en la situación tempestuosa en la que estaba su mente, ni mucho menos cuando todavía no soltaba una sola palabra. Pero como deseaba inclinarse hacía él y susurrarle lo que quería antes de finalmente obtener ese beso que años de historia jamás le permitieron tener.
Todavía quería sus recuerdos del futuro, todavía quería saber qué le dijo ese Usopp, todavía saber por qué, cada vez que veía al mar sentía esa poderosa sensación de dolor que lo dejaba sin aire. Todavía quería muchas cosas, y estaba demasiado viejo y cansado para seguir soportando el dolor y aguantar cualquier cosa. Quería a Usopp, y si podía tenerlo en quería esos momentos de su vida, ya no seguir forzándose a aguantar a un mejor momento.
—Sanji?, ¿qué haces aquí? —preguntó.
Ni siquiera esperaba que agregara otra pregunta. No le importó que Luffy, que Law, que el resto de la tripulación química que se hubiera formado después de la despedida de la mayor parte de la tripulación original, los estuvieran viendo. Se tomó la osadía de arrodillarse delante de él. Y lo miró a los ojos. Por aquel entonces cuando los dos estuvieron en Water 7 pensó que la parte más difícil había sido la probabilidad de que nunca volviera. Usopp era orgulloso, estúpido, muy infantil. Jamás espero tener que disculparse una diferencia. Sintió que él lloraba también y se recordó ese día en la cocina. Si hubiera tomado la decisión como debía, no consumida por el dolor que le causaban las palabras de Usopp, le habría dado el primer beso que se merecía la historia de amor de ambos.
—Lo siento, Usopp.
Todavía confundido, se cruzó de brazos. Sanji esperaba en serio que nada fuera mal. Que Usopp no tuviera a nadie más esperándolo todos los días en la cama.
—¿Por qué te disculpas?
Él se rio, pese a que el sonido de su risa sonara frenética, como la de un loco.
—Por no decirte que te amo, perdón. Me he arrepentido toda la vida de no haber hecho las cosas bien, de haber tenido demasiado miedo para admitir cuánto te quería, de haberme ido de tu vida en vez de arriesgarme a saber qué sentías. Perdón, porque he pasado todos estos años preguntándome qué viste ese día en ese futuro, sabiendo que podíamos haberlo hecho realidad en este. No puedo seguir persiguiendo algo que jamás pasó o pasará, pero puedo hacer un nuevo camino.
Lily, mucho más alta y llena de la vitalidad que acumulaba tras cada aventura, lo miró a los ojos también, sorprendida de la declaración. Asomándose desde la espalda de Usopp.
—Sabía que tenías miedo cuando dijiste todo eso. Te conozco. Te conozco muy bien. Y yo… me sentí herido cuando me ofreció una oportunidad. Así que traté de bloquear la posibilidad —Ya no lo miraba. Se fijó en las líneas deformes en las tablas de madera, a ver si eso tranquilizaba su corazón y apaciguaba el temor de ser rechazado.
Usopp se arrodilló también y lo obligó a mirarlo.
— ¿De qué hablas idiota? —se burló. Sanji se tensó bajo su toque—. El que debería disculparse soy yo. Obviamente debes saber que te amo, y que yo, en serio, tengo muchas ganas de formar un futuro contigo.
El beso llegó de sorpresa, fue muy bien recibido. Y tan perfecto como imaginaba que sería. El dulce sabor de su boca era tan gratificante que lo hizo desaparecer. Si había una persona en el mundo que podía lograr hacer eso, ya sabía que debía ser Usopp. Su boca, se asemejaba en medidas tan parecidas al placer grato de la victoria. Sonrió durante el beso, escuchando los insultos de algunos en el barco, los vitoreos de Luffy y la vocecita de Lily detrás de ellos mientras se quejaba de que su padre estuviera besando a alguien delante de ella como si tuviera quince años. Y no le importó. Por primera vez en años, solo quería permitirse funcionar con el corazón y no con la mente. Si ese beso pudiera ser tan eterno como serían sus sentimientos, habría sido perfecto.
Estaba bien, trató de recordarse, tenían tiempo de sobra. Ya no tenía que tener miedo de alejarse, Usopp estaría junto a él. Lo sabía. Al menos ya tenía la seguridad de que le había quitado las rejillas que los sujetaban a ambos.
Epílogo
Si hubiera una cosa que Lily consideraba su mayor tesoro, esa era sin duda el sombrero que llevaba en su cabeza. El que le heredó Luffy tras abandonar el Thousand Sunny entre lágrimas y mudarse con Usopp y Sanji al Baratie. Por el hecho de saber cuan significativo era, en cuanto notó que alguien intentaba quitárselo, Sanji no se resistió en intervenir en la pelea y detener a quien sea que se acercará a su niña. Lily, que mostró una expresión de profunda preocupación ante su enemigo, sonriendo al verlo.
—Tío Sanji.
La denominación que le había dado, pese a los años, todavía seguía doliéndole de la misma manera que antes. Era una herida que jamás sanó. Lily tenía un vestido ligero blanco. Y traía puesto su sombrero de paja sobre la cabeza. Lo que ocultaba sus ojos pero no su sonrisa. Que era particularmente brillante ante la paulatina oscuridad de la tarde. Denji se asomó corriendo, apresurándose también para intentar salvar la situación, era mucho menor y siempre intentaba compensar eso haciéndose el fuerte.
—Oye, ¿quién eres tú y que le haces a mi hermana?
—Ya, Denji, no te metas en estos —se quejó Lily.
El amaba, a diferencia de su hermana y su abundante necesidad de tener su sombrero encima, las gafas niño de Usopp mientras apuntaba con su gomera al niño que acosaba a Lily. De nada sirvió eso, pues en cuanto apuntó al frente, falló estrepitosamente. Le frustraba no ser igual de genial que su tío Usopp. Sanji sospechó. Le quitó el sombrero de las manos al niño y se lo regresó a Lily. Usopp también se asomaba en ese instante para saber que ocurriría.
—¡Tío Usopp! —lo llamó en cuanto lo vio. Y alzó en alto su gomera llena de engaño—. No importa cuánto lo intento, siempre fallo.
—No te preocupes, tienes al mejor tirador del mundo; GodUsopp como maestro.
Sanji abrazó a GodUsopp y le dio un beso en la mejilla a conciencia de que Lily y Denji lanzarían quejas por eso. Sin embargo ni eso detuvo a Denji de seguir lamentándose por el hecho de no ser bueno con el tiro. Lily le arrebato la gomera y corrió lejos para comenzar un nuevo juego de tiras y traes. Por lo menos ya no tenía razón para preocuparse por ese futuro, el que quería lo tenía delante de sus ojos. Apoyó su cabeza en el hombro de Usopp y dejó un beso fugaz en su cuello.
— ¿Qué me dices de jugar un rato tú y yo mientras los niños no están?
Usopp se acercó ante sus palabras. Y luego corrió hacia donde estaban los niños.
—¡Si llegó primero pierdes! —gritó. Sanji, contuvo su engaño pasajera y en cambio mostró una sonrisa. Corrió detrás de él, para poder atraparlo antes de que pudiera llegar, para seguirle el paso por el resto de sus vidas.
