Chapter Text
—No todos los años cumples doscientos años.
Suspiró Manuel, con la luz apagada, la bebida de dos litros, y el picoteo de papas fritas con queso “philadelphia”, preparándose para ver el DVD de una película sobre Manuel Rodríguez. Se regaló a sí mismo ese momento de soledad antes de tener que atender todos sus compromisos diplomáticos y ceremoniales para celebrar sus doscientos años.
Como parte de las celebraciones del bicentenario, se crearon una serie de películas y producciones audiovisuales para conmemorar este suceso. Durante el proceso de filmación, los productores, le preguntaron algunas cosas al espiritu de Chile, quién mejor para describir, de forma empírica, aquellos sucesos importantes de la historia nacional; aunque se tomaron varias libertades creativas y Manuel comparaba aquellas interpretaciones históricas con las cosas que vieron sus propios y eternos ojos oscuros.
—Benjamín Vicuña es guapo, pero tú eras, sinceramente,el hombre más hermoso que haya conocido —comentó, con la mirada fija en esa interpretación de Manuel Rodriguez.
Para José Manuel, la manifestación corpórea de la nación chilena, no había actor capaz de igualar la belleza y gallardía del Manuel Rodríguez original, el diputado y guerrillero cuya leyenda se convirtió en su primer amor.
Le enamoraban sus discursos, ese porte galán que le otorgaba su uniforme de "Húsar de la muerte", su capacidad estratega y de espía. Una vez, mientras acompañaba a España en una ronda por la ciudad (Cuando el imperio español recuperó su dominio sobre la gobernación de Chile) Manuel tendió su mano sobre un triste mendigo, le entregó una moneda y deseó que Dios se apiadara de él.
—Se ve muy triste, joven noble —comentó el pordiosero—. Como si no estuviese conforme con su situación, con el alma mucho más miserable que la de este servidor. Usted necesita más que yo la misericordia del señor.
—De qué está hablando usted —respondió ofendido.
Manuel se iba a retirar, pero el mendigo agarró fuertemente su mano, y aunque forcejeó con el hombre, este logró que la nación se pusiera en cuclillas, a su altura.
—No se rinda amado Chile, aún hay muchos que luchamos por usted. Aún existe en nuestros corazones el sueño de un país, aún creemos en la libertad y en su nombre. Aún tenemos patria, señor.
Aquel mendigo le guiñó un ojo y disimuladamente metió un papel en el bolsillo de su camisa, tocándole el pecho, llegando hasta su corazón. Manuel Rodríguez había puesto en él toda su confianza y una pequeña carta con instrucciones. Desde aquel momento, Chile recuperó el brío y volvió a pelear por su libertad, hasta conseguirla un doce de febrero de 1818.
José Manuel siempre guardó ese pequeño papel con instrucciones militares, escrito por el mismísimo guerrillero de la libertad. La sintió como una carta de amor y desde jovencito la apretaba contra su pecho, deseando un abrazo o un beso de ese humano.
Entonces decidió buscarla, para volver a leerla y recordar a ese valiente libertador.
La mayoría de sus cosas, con el pasar del tiempo, se volvían reliquias o piezas históricas, por lo que las donaba a distintos museos cuando estas ya ocupaban mucho espacio en su casa. Por obvias razones, las cartas personales e importantes que recibió en su larga vida, no podian ser donadas -A causa de esa idea de merecer una vida privada como cualquier persona, no siendo una persona propiamente tal- Entonces las conservaba plastificadas y archivadas, en una carpeta que también resultaba ser bastante vieja, un archivador de oficina de los años ochentas.
Manuel las tenía allí guardadas, pero no precisamente ordenadas; a causa de esto, se topaba con todo tipo de escritos de distintas epocas y hubo de revisar uno por uno todos aquellos rectangulos de papel amarillo, resquebrajados y con la tinta casi ilegible.
Pasando lámina por lámina se detuvo en una en particular, una que no creyó encontrarse.
《…Usted me hace an…. el pas el tiemp… ya quis….en el contac…ecto de sus ojos sin…ros o escuchar su voz rec….mi corazón rebosa de…》
—...El contacto directo de sus ojos sinceros o escuchar su voz recitando una dulce poesía suya, hace que mi corazón rebose de alegría —completó la última frase de aquel fragmento deteriorado.
Manuel había encontrado la carta que Martín le había enviado hace cien años atrás, aquella dulce, inocente y perfumada declaración del más puro amor que haya tenido en su longeva existencia.
De forma intrusa, esa carta, le recordó que su más grande amor de adolescencia no fue aquel gallardo humano, sino que fue el país vecino; porque fue correspondido y lo desfloró tiernamente en su primer centenario.
Manuel sonrió y decidió restaurar esa carta. Tal vez por juego, tal vez por nostalgia. Hace cien años se la sabía de memoria, solo era cosa de recordar nuevamente aquellos párrafos y copiarlos en una hoja cuadriculada usando un "Lápiz pasta"
《Mi estimado José Manuel:
Le informo que asistiré, junto a un grupo de delegados…》
Comenzó a reescribirla, guiándose de su memoria y de lo que aún permanecía impreso en el papel.
En un principio fue una actividad divertida, recordó con gran cariño aquella época en la cual fue tan inocente, en los años en los que un beso o un roce de manos significaba la gloria y el amor resultaba ser un sentimiento divino; Sin embargo, el paso de los años es cruel y un ser inmortal conoce la triste verdad: El amor no es eterno, este se acaba cuando el resentimiento y la distancia van juntando granos de arena en el reloj mundano.
Entonces Chile, fue recordando todas aquellas discusiones, todos aquellos fallidos tratados, las traiciones que cada uno justificaba con vehemencia. Argentina ya no era su gran amor, se había convertido en un vecino distante, con el que llegó a convivir de forma tensa y hasta casi se enfrentan en una guerra.
—Tuvimos nuestros altos y bajos, pero nunca volvimos a recuperar eso tan lindo que vivimos hace cien años atrás —suspiró, secando una absurda lágrima— ¿Por qué aún te quiero, tonto weón?
Manuel se levantó del sillón, dejando en la mesa esa carta terminada, regresó con una botella de vino y su "copa regalona", destapó el corcho y llenó la copa hasta menos de la mitad.
—Nunca se llena, siempre se deja a medias. Como nuestra relación Martín, a medias. Culiamos en el cumple del Lucho y aún no eres capaz de perdonarme por lo de Malvinas. Me buscas, yo te recibo con los brazos abiertos y aún guardo un gran resentimiento por nuestras peleas de mapas. ¡Qué decir del fútbol!, si cada encuentro nuestro se asemeja a una batalla campal.
》¿Acaso nunca podremos volver a querernos? Extraño tus halagos, tus dulces palabras, el tacto de tu mano sobre mis cabellos. ¡Que no daría por regresar el tiempo atrás!, siendo yo criatura sobrenatural; pero solo puedo vivir en un constante presente, igual que un loco tranvía a punto de estrellarse contra el futuro incierto. ¡Maldito conchetumadre, sal de mi corazón, de mis pensamientos, de mis soliloquios sin sentido! Creo que esta será otra noche en la cual me emborracharé con vino, solo, como siempre he estado. ¡Salud, Manuel Rodríguez!, mi otro amor imposible; lamentablemente, yo jamás podré ir a ese más allá en el cual te encuentras.
Sonrió haciendo un brindis hacia el metraje del guerrillero, bebiendo vino, derramando lágrimas y viendo esa película de su héroe histórico.
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Distimia: f. Psicol. Trastorno de la afectividad caracterizado por fatiga, insomnio y frecuentes variaciones de humor.
Increíblemente y por casi más de una década, Martín Hernandez, el espíritu de la república federal de Argentina, padecía de este mal.
—Es como una depresión chiquita, pero más larga —murmuró al amanecer de su ventana, chupando la bombilla de su mate, esperando enmascarar un día más de este padecimiento.
Ni él mismo supo desde cuando empezó con esa boludez. Desde cuando los días empezaron a ser largos y tediosos, desde cuando los triunfos futboleros y las juntadas con sus amados primos se hicieron aburridas, o en su defecto, carentes de emoción. Estaba cansado, aunque no hiciera mucho esfuerzo fisico, a pesar de haber dejado de ir al GYM tres veces por semana, y aunque se alimentaba bien, no podia dejar de sentir una terrible fatiga. Ni mucho menos, dejar de sentir una apabullante ansiedad frente a las cámaras de las múltiples cadenas nacionales que realizaba junto a Cristina durante el año.
Martín se reía, hacía bromas y hablaba con mucho desplante, pero cuando se enfrentaba a la soledad de su habitación o se tomaba días libres, se tumbaba en la cama y se hundía en el vacío de una existencia casi inmortal.
Recibió un mensaje. Su presidenta le solicitaba en la casa rosada, quizas para algo importante o quizas para escuchar los sermones maternales de la jefa de Estado. Descubrió que su mandataria le pedía asistir al bicentenario de la nación vecina.
—¿Y por qué tengo que ir? —reclamó de forma exagerada— Él nisiquiera se dignó a venir a mi fiesta del 25 de mayo. Docientos nueve mil chilenos viven acá y manda a una delegación de menos de veinte personas para mi desfile de integración. ¡Su cumpleaños no merece mi ilustre prescencia! Además tengo cosas que hacer en esos dias de septiembre.
—¿Que cosas tenés vos? —preguntó, con la misma expresividad en sus gestos.
《Tumbarme en la cama y contemplar el abismo de una vida eterna y vacia》
—Eeeh…cosas…cosas que no te importan…—titubeó, desviando la mirada.
Luego de una larga conversación, en la cual la presidenta hasta sollozó de emoción al recordar el terremoto del pais vecino y las cosas buenas que ambas naciones vivieron (con el claro objetivo de convencer al de ojos verdes) Martín terminó aceptando, probablemente por agotamiento o por nostalgia, más lo primero que lo segundo.
—...Es importante que vayas, para reforzar tu amistad con José Manuel. Es más, tengo una idea, ¿Y si transmitimos tu visita por cadena nacional? —sugirió emocionada.
—¡No! ¡No, no hace falta! —rechazó agitando las manos— Voy a ir pero que ningún delegado me acompañe.
Martín abandonó la oficina de su presidenta, y luego expulsó un largo suspiro. Visitar a Chile era la ultima cosa que deseaba hacer.
—Y pensar que hace cien años saltaba de alegria, contaba los segundos para subirme al ferrocarril y estar al lado del chileno. El pelotudo se encargó de matar el cariño y, francamente, soy un hombre que ha perdido sus ilusiones…Eu, tremenda referencia a Sandro la que acabo de hacer…—comentó para si mismo, al notar su peculiar monólogo —Espero que estés bien en donde estés, gitano; para mí será imposible volver a verte ¿Existe el más allá? Probablemente no.
Concluyó la nación argentina, preparandose para esconder, una vez más, sus ganas de mandar todo a la mierda.
