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Hágase señor su voluntad en mí, Traidor.

Summary:

"Venga a nosotros su reino y hágase su voluntad en mí, Traidor.
Lancen sus piedras y apuñálenme con sus miradas de odio.
Tercera llamada e inicia el acto final, así que digan sus plegarias.
Hasta luego a ti, amado Traidor."

o

Un fic basado en "Lower One's Eyes" de Nulut, el cover de Trickle, "Llegar al cielo (trepando por tus caderas)" de mothmanelmejor, el evangelio según María Magdalena y el evangelio según Iscariote.

Notes:

¿Qué puedo decir? Llevo un año trabajando en esto y creo que semana santa es el momento perfecto para publicarlo.

Tw// descripciones gráficas de Gore.

Chapter 1: La bruja solitaria.

Chapter Text

Su mirada lentamente buscó al único rostro que le importaba en la multitud.

 

Sus ojos vagaron de forma calmada, suave y paciente entre el océano de miradas de odio, encontrando al único par de ojos que rebosaba de arrepentimiento y desesperación.

 

Sonrió suavemente, con los ojos vacíos mientras sucumbía a su destino.

 

Las llamas quemaron todo, y la balanza de la justicia se quebró ante sus cenizas.

 

-----

 

Mizuki se levantó del sueño febril, los mechones rosas cayendo por su espalda y el sudor frío bajando por su cuello; su cuerpo se sintió inusualmente helado pese a que juraría que su cuerpo hervía en fiebre.

 

Casi como si una fina capa de nieve hubiera empapado su piel, derritiéndose y dejando besos de quemaduras heladas.

 

La débil iluminación que podía aclarar su vista fue desdeñada cuando cerró los ojos con fuerza.

 

La visión que había surcado sus sueños había sido... Intensa. Una premonición, una advertencia intensa como un cuchillo al cuello. 

 

Sus pulmones se quedaron sin aire, constriñendose de forma violenta y dolorosa ante cada intento de llenarlos de aire. El humo que no estaba en la habitación aún la asfixiaba, y en sus tímpanos resonaban los vitoreos que incitaban con fervor su dolosa muerte, como un eco rebotando en las paredes de una caverna.

 

Tras sus párpados apretados con fuerza, el rostro desesperado y aterrado yacía como una cáscara de la verdadera visión. Sus rasgos se emborronaron ante la vigilia, dejando un borrón de marrón, púrpura y rosa.

 

¿Estaba llorando?

 

¿Hacía cuánto había sido la última vez que había llorado así?

 

Sus sollozos se sentían tristes y dolorosos.

 

Era como si hubiera hecho algo que no deseaba, como si hubiera hecho de nuevo algo que le causaba culpa y angustia.

 

Casi como si hubiera obligado a alguien a algo, algo horrible que había herido de forma profunda y sangrienta a esa persona. 

 

Sollozó en silencio hasta que su pecho se vació de esa sensación desagradable.

 

La luz del sol se filtró por la ventana en ese momento, y pudo percibir como todo el castillo despertaba.

 

Como todos empezaban su día.

 

Suspiró antes de levantarse, con su cuerpo agotado.

 

Tomó el camino hacia su baño, dónde la tina de agua caliente que había usado la noche anterior ahora estaba tibia, en el punto justo para bañarse sin arriesgarse a la enfermedad o a quemarse.

 

Su ropa de dormir fue cuidadosamente puesta en el pequeño mueble del baño y empezó a lavarse, poniendo la cantidad justa de jabón en sus manos para limpiar su cabello y luego su cuerpo.

 

No le gustaba del todo el proceso, la grosera cantidad de aceites que después tendría que poner en su cabello para que se viera así de hermoso como siempre era un mini suplicio que podía terminar en un cabello grasiento que le manchaba las ropas puras y blancas, sin embargo, sonrió ante la expectativa de usar los nuevos aceites perfumados que había adquirido recientemente. Una mezcla de flores fragantes de un reino lejano y otro con el olor del sándalo.

 

Los reinos del este eran lejanos, y por ende, sus mercancías escasas. Haber conseguido aceites tales no podría verse más que como un acto de derroche innecesario. Un acto de puro egoísmo y narcisismo a mano de una mujer con los medios para conseguir algo así. Por otro lado, creyó que podía permitirse ser al menos un poco vanidosa al respecto. 

 

Era un pequeño capricho a cambio de su tiempo y devoción absoluta a su labor.

 

Suspiró decepcionada cuando su rutina matutina de cuidados, el único momento de su día que era realmente suyo acabó y se vió obligada a bajar hacia el comedor.

 

No tenía la suficiente hambre para un desayuno completo y tampoco deseaba ver a su prometido, así que se conformaría comiendo cualquier cosa que la sirvienta que atrapara en la cocina pudiera cocinar de forma rápida.

 

Un plato de huevos y una taza de té con leche después, se dispuso a sus labores del día.

 

Arata le preparó a su yegua blanca y la escoltó en su viaje en su propio caballo. Ambos arribaron al pueblo del oeste antes del medio día, y su primera visita a un señor enfermo fue precedida por otra a la hija enfermiza del conde. Después de ello fueron acorralados hasta el sanatorio y Mizuki solo pudo preparar los brebajes para los enfermos antes de que la arrastraran a curar a los moribundos.

 

Arata volvió a escoltarla a casa casi a media tarde, y pasó exactamente una hora marcada por su reloj de arena con las manos entre hierbajos en su pequeño invernadero. Como casi siempre, a las cuatro se encontró en las cámaras de los enfermos de su propio castillo, y finalmente sus piernas adoloridas tuvieron un descanso cuando se sentó a estudiar.

 

No necesitó repetirse el porque lo hacía, su cuerpo incómodo le dió el poco amable recordatorio de que aún si podía lucir normal por fuera, aún había algo bajo sus hermosos vestidos y túnicas que debía mantener alejado de la gente común.

 

El pensamiento constante siempre era el mismo.

 

No dejes que te atrapen, que tu secreto fluya hacia la superficie como un trozo de corteza flotando en el río.

 

Quienes la precedieron habían hecho eso por generaciones. ¿Por qué sería diferente ahora que ella estaba a la cabeza? 

 

El destino se había enredado a su alrededor, había atado sus manos en el momento en que había visto por primera vez los esquivos ojos dorados de un aprendiz solitario.

 

Tal vez antes de eso. Tal vez se había definido cuando su hermana había abrazado su cuerpo infantil y la había consolado por el terror que le daba ser ella misma.

 

Incluso antes, cuando su madre la había recibido en brazos y había decidido que la cuidaría como un tesoro.r

 

En realidad, no lo sabía exactamente.

 

Sabía que en realidad no sabía nada y lo sabía todo de forma potencial, que su futuro estaba trazado, como el de todos aquellos que alguna vez habían sido como ella. El mundo y su destino visto a través de fragmentos; la maldición del conocimiento del futuro que se cernía sobre aquellos especiales que se mezclaban entre la población, ocultos a simple vista.

 

Aquellos como Mizuki, como Rui. 

 

Aquellos que podrían hacer del mundo un lugar mejor.

 

Sus dedos jugaron ociosamente con el libro, el cuero de las páginas se estaba desgastando y probablemente tendría que transcribirlo pronto. Habían marcas de té y largos arañazos descuidados que habían dañado las páginas, marcas hechas por alguien antes que ella, y tan familiares que fue imposible no sentir un ápice de nostalgia tirar de su corazón.

 

Recordó sus tardes ayudando al Alquimista, volando por un momento al pasado, cuando servía al solitario hombre quien pasaba sus tardes y noches intentando hacer autómatas o simplemente intentando encontrar mezclas que pudieran ayudar con problemas demasiado específicos.

 

Rui había sido siempre una presencia cálida y sonriente, escondiendo sus lados oscuros a sus espaldas.

 

El amable Alquimista, el engreído actor que alejaba a todos de las partes terribles, era aquel que ayudaba a todos, pero nunca a si mismo.

 

El Alquimista que todos dieron por muerto, que probablemente estaba lejos, con el mago, su aprendiz y con aquella chica de melena verde que había vuelto a su vida para salvarlo.

 

Con la propia corrupción de su cuerpo a la que la magia lo había llevado.

 

Su acto había terminado, y Mizuki, como su aprendiz, como aquella que había sido su confidente y quien lo había amado cuando el resto había sido empujado hacia atrás, haría el acto que él ya no podría hacer.

 

Ahora era su turno, ahora era la actriz, la bruja amable, agradable y útil para todos.

 

Aquella que sanaría a todos aquellos que le pidieran ayuda, aquella que mantendría la paz que otros habían trabajado tanto para construir.

 

Aquella que mantenía a todos a distancia, la suficiente para que sus secretos se mantuvieran ocultos.

 

Sus manos trazaron las páginas del libro, reposando sobre una hierba específica que se le estaba agotando. El mapa amarillento anexado de forma impecable le mostró la ubicación.

 

Su boca torcida con disgusto fue aplacada en solemnidad mientras veía el largo y sinuoso camino hacia las montañas heladas.

 

Tendría que reponerla rápido, la hierba del ilusionista estaba escaseando y no podía darse el lujo de que se terminara antes de resurtirla. 

 

¿Qué pasaría si todos se daban cuenta de sus secretos?

 

¿Cuánto duraría antes de que los nobles furiosos se acercaran con esa ira que había marcado el miedo para siempre en su mente?

 

Rui se había esforzado por borrar aquel pasado, por reescribir la historia para ella, para mantenerla a salvo.

 

El Alquimista había perdido noches enteras mientras se devanaba los sesos en busca de una respuesta a los problemas de Mizuki hasta el grado que había olvidado los suyos propios.

 

Porque él era así. 

 

Tan desinteresado, tan amable y cariñoso.

 

El único acto egoísta de su vida como alquimista había sido incluso un acto bondadoso, y por eso tenía que perpetuar aquello por lo que había trabajado tanto.

 

La paz, la amabilidad y la protección de los más débiles que ella... Era el deber que no había deseado, pero que había aceptado con tanta gentileza que nadie cuestionó cuando pasó a sus manos.

 

Y...

 

–Sabía que estarías aquí– la voz monótona la hizo saltar con sorpresa.

 

El cabello naranja-rojizo brillante molestó ligeramente sus ojos, y su sonrisa torcida revolvió la malicia juguetona dentro suyo. Mordió su lengua, obligándose a reprimir un poco cualquier comentario que estuviera quemando en la punta de su lengua.

 

–Ah, Akito– sonrió en su lugar mientras levantaba la vista del libro que estaba leyendo. Su lindo sombrero puntiagudo se torció ligeramente, dejando caer un poco de su cabello desordenado cerca de su vista.

 

El sol iba a ponerse pronto, así que imaginaba porque el pelirrojo estaba ahí.

 

–Es la hora de la merienda– dijo, como si no supiera a este punto lo que la presencia del joven significaba –De todos modos, ¿Qué estás leyendo?– preguntó, más por cortesía que por verdadera curiosidad, pero eso no hizo tambalear la sonrisa de Mizuki.

 

La costumbre era algo maravilloso en ocasiones como esa.

 

–Las notas del alquimista sobre una planta que necesito conseguir pronto– explicó, estirándose y sintiendo su cuerpo crujir.

 

–¿Una planta más? ¿No tiene el jardín como mil plantas distintas?– enarcó una ceja, viendo por la ventana la luz del sol que desaparecía.

 

–Son solo como 70 plantas diferentes– desdeñó Mizuki con un par de gestos –pero esta es particularmente importante, podría ayudarme a preparar algunas infusiones para los enfermos– la mentira salió como algo natural de sus labios, sin dejar el regusto amargo que habría tenido tiempo atrás.

 

Claro, los enfermos... Si fuera así, podría simplemente encargarlo en la botica, pero no.

 

Akito pareció no darse cuenta de su mentira descarada.

 

Como siempre.

 

–Si el Alquimista se tomó el tiempo de investigarla, ¿Por qué no está en el jardín?– vió a Mizuki levantarse y caminar en su dirección, él le tendió el brazo en un gesto cortés que fue aceptado casi automáticamente.

 

–La planta necesita un clima lo suficientemente frío y demasiados cuidados cuando la tienes en un jardín. Lo creas o no, intentó mantenerla, pero solo pudo hacerlo por un año como máximo antes de que se marchitara– académico y un poco frío, el comentario se sintió alienígena en su voz, solo repitiendo; como si fuera un autómata quien hablaba. –El Alquimista era un hombre demasiado ocupado, así que a veces olvidaba los cuidados de la planta y los relegaba a mí–

 

–Suena a que era un dolor de cabeza– Akito sonríe mientras guía a Mizuki, todos aquellos trabajando en los pasillos los ven llegar, pero nadie murmura nada.

 

Tan acostumbrados a la presencia de ambos a esas horas, tan cómodos con la bruja y su prometido.

 

Ojalá Akito y ella pudieran sentirse así.

 

La rutina los lleva hasta estar un día más en el jardín decorativo del castillo, con la mesa servida con té y galletas.

 

Akito suspira con rendición, molesto por la falta de sus postres favoritos en la mesa.

 

–No tanto como lo eres tú, bebé grande– esta vez Mizuki no se molesta en tratar de no molestarlo. Es de las pocas cosas divertidas que puede hacer ahora, en su papel de la bruja.

 

–Oi, no te pases– su ceño se frunce, sacando una risita de la joven. 

 

Ambos están atrapados en una situación molesta, ambos queriendo simplemente vivir sus situaciones de la manera más amena.

 

Ambos toman su taza, Akito bebe un trago que cambia su gesto hosco por la usual sonrisita complacida ante la dulzura de la infusión. A diferencia de él, Mizuki solo lo acerca a su rostro, sintiendo el calor del té, esperando a que se entibie antes de beberlo.

 

No quiere pasar de nuevo por varios días de esa sensación arenosa en la lengua por quemarse.

 

No hablan, no ahora que tienen una excusa para no hacerlo.

 

No se odian, pero la nube de incomodidad a veces flota cerca, en momentos en que tienen que actuar acaramelados, en que tienen que parecer una pareja a ojos de todos los extraños y llenar los papeles que se supone les corresponden.

 

Ninguno de los dos tiene opción.

 

No cuando son el equivalente más cercano a ratas acorraladas por perros hambrientos.

 

Cuando las acciones y destinos de cada uno amenazan constantemente con asfixiarlos bajo el peso de expectativas que claramente no pueden cumplir, ambos simplemente levantan el rostro y sonríen suavemente, esperando que algo más venga a tratar de sacarlos de un destino que claramente no pidieron.

 

La maldición del apellido de Akito se cierne sobre él, acechando su existencia, poniendo una daga en su cuello que se aprieta contra su piel cada vez que da un paso en falso.

 

Shinonome, el apellido de aquellos que han sido bendecidos con la luz del temprano amanecer. Desde el inicio de las eras de reyes y emperadores, solo artistas talentosos que nacen de la sangre de los Shinonome han tenido derecho a usar el apellido.

 

Pintores, escultores, escritores, poetas, trovadores, artistas de grabado, paisajistas y cualquier arte que pueda ser inventado o que lo haya sido ya. El talento puro corriendo por sus venas parece algo otorgado por una deidad.

 

Shinonome. Aquellos tocados por los primeros rayos de luz del amanecer.

 

Los Shinonome eran artistas orgullosos, un linaje de soberbios que no aceptaba nada fuera de lo estelar.

 

Mizuki sabía que los hijos de Shinei, el actual patriarca de la estirpe, no habían sido tan bien recibidos aún con las constantes alabanzas dirigidas hacia ambos. Había escuchado el canto de Akito antes; si bien era un canto metódicamente correcto, se sentían algunas carencias que no podría señalar puntualmente, compensadas con una animosidad tal que había dejado su piel erizada por varios minutos.

 

La única vez que había visto una presentación formal del joven, en los tiempos cuando el Alquimista seguía con ella, Mizuki no se había perdido la mirada desagradable de Shinei, una mirada fría, distante y casi asqueada. Las palabras educadas y rimbombantes desangraban un desdén silencioso, una advertencia tácita: 

 

"Estás a una decepción de ser repudiado"

 

Pero no le importó. Akito causó el caos cuando se descubrió que frecuentaba a los Aoyagi, los únicos tan dedicados a las artes como los mismos Shinonome.

 

Los únicos que jamás habían tenido una admiración por los artistas, que no envidiaban nada de ellos ni los miraban hacia arriba.

 

Familias de artistas con una historia deshilachada y rehecha en sangre, muerte y odio.

 

Si la gente hubiera sabido la verdad, nadie hubiera intervenido a su favor. Si supieran que los Aoyagi estaban más involucrados con el joven Shinonome, que aquello pasaba del límite de la amistad y la rivalidad, entonces los habrían repudiado y ambas familias se habrían manchado.

 

Lo sabía bien, y pese a todos los rumores que se cernían sobre él y el trato que le daba a sus prometidas, aceptó por necesidad y una extraña capa de empatía. Después de todo, había un entendimiento en común, Akito Shinonome no era más que alguien haciendo cosas que no dañaban a nadie, pero que por alguna arbitrariedad eran mal vistas y condenado al ostracismo por rumores risibles.

 

Al saber la historia por mano de un Akito destrozado, llorando de desesperación mientras se hincaba ante ella... Había sido imposible decir que no. Aún sin el estatus de bruja, era difícil decirle que no a alguien que se había hundido tanto que estaba extendiendo los dedos hacia el sol con la esperanza de que alguien lo sacara de las arenas movedizas que se lo estaban comiendo vivo.

 

Había cierta familiaridad en alguien tan acabado y hundido. Ser perseguido por algo tan banal que solo te concierne a ti es una experiencia aterradora. Sin embargo, los pecados de Mizuki pesaban menos que su viudez.

 

Era muy mal visto que una mujer viuda y joven se quedara así por mucho tiempo, y ya habían pasado casi 4 años desde la partida del Alquimista. 

 

La sospecha siempre acecha en la sombra de los solitarios, y su caso no fue distinto, porque como era de esperar, a la gente le gustan más los cuentos que la realidad monótona. Al comienzo solo fueron simples chismes tontos acerca de haberla visto recogiendo hierbas en la noche. 

 

Nada extraño, considerando su trabajo.

 

Después se dijo que cuando ella salía a recoger hierbas, encontraban animales masacrados en el bosque.

 

Luego habían dicho que ella se reía con fantasmas en los cruces de las calles.

 

Luego la veían en lugares aleatorios, casi como un fantasma, recogiendo hierbajos para hacer venenos.

 

Las bocas de los nobles solo pueden ocuparse en chismes cuando no tienen nada mejor que hacer.

 

La bola de nieve rodó al pasar de los años, y los rumores se acumularon en sus espaldas. Sonrisas falsas en su presencia y murmullos maliciosos en el momento en que pensaban que no estaba al alcance del oído.

 

Fue tolerable por un tiempo. Al igual que con todos los pequeños inconvenientes de su vida, solo tenía que fingir que no existía mientras dejaba que su corazón se envenenara poco a poco.

 

Creyó que aguantaría, que tenía lo necesario para desdeñar las palabras horribles, que la partida del amor de su vida había endurecido su corazón.

 

Pero no fue así.

 

Fue un murmullo suave, un chisme como muchos hecho a sus espaldas por mujeres de nobleza baja. La canasta en sus manos llevaba las hierbas que había bajado a recoger al bosque más cercano al pueblo, y su viaje por un postre de la panadería se deformó cuando las palabras llegaron a sus oídos sensibles.

 

–La viuda vino al pueblo–

 

–¿Sabías que ella envenenó a su marido?– 

 

Recuerda su cuerpo deteniéndose en seco, la sensación de vacío en su estómago.

 

–Dicen que lo hizo porque la engañó, ¿Recuerdas a la cantante del circo itinerante? ¿La de cabello verde?–

 

Sus nudillos se pusieron blancos, al igual que su mente.

 

El resonar de sus tacones sobre los adoquines se alejó de los murmullos, pero el daño estaba hecho.

 

Ahora habían rumores de todo, sobre como lo había asesinado con venenos, sobre como lo odiaba o sobre como el amor era tan profundo que estaba buscando formas de revivirlo con magia oscura y prohibida que venía del otro lado del mundo, más allá del océano.

 

Como si la gente de más allá del océano no tuviera terror de la magia.

 

Estaba acostumbrada a los susurros, pero que metieran a Rui en eso de una forma tan vil llenó su corazón de veneno y sus ojos de lágrimas que no se atrevió a derramar.

 

Los chismes siempre eran más interesantes que la realidad, y pronto empezó a encontrarse con la mirada llena de duda de la gente que le había confiado su vida y la de sus seres queridos. 

 

Con la duda sembrada por personas que jamás la habían conocido pero que estaban dispuestos a arrebatarle la vida si alguien iniciaba el fuego correcto.

 

Así que después de cuatro años, levantó su luto y las solicitudes de matrimonio llegaron. No era lo ideal casar a un hombre joven con una viuda; el estatus manchado por la muerte y la desesperación eran solo una burla: era el sello de vergüenza que le habían impuesto como castigo a sus desacatos.

 

Mizuki no era más que un castigo en más de un sentido.

 

Probablemente fue eso lo que llevó a Shinei a ofrecer a su hijo. 

 

Si supiera la verdad, si alguna vez vieran lo que hay más allá del blanco puro de sus ropas... Mizuki sabe que Akito se sentiría más mancillado y humillado que nunca.

 

Casado con alguien que no podía darle hijos, con una abominación.

 

Por ello aunque estaban comprometidos, Mizuki gastaba energía y recursos, aplazando la boda tanto como le era posible.

 

Esperando cualquier milagro, y aún así manteniendo las apariencias de ser una pareja que minimamente no se desagradaba.

 

Tomando el té diariamente en el jardín mientras el sol se ponía, caminando constantemente juntos, desapareciendo en momentos aleatorios, viendo como las trabajadoras mayores rodaban los ojos y a veces murmuraban sobre la nostalgia del amor.

 

Todo eran apariencias, promesas vacías que se perdían entre todas las mentiras que necesitaban sostener.

 

Mizuki por fin fue capaz de beber su té, disfrutando del tenue calor que se abría paso por su cuerpo, mordiendo poco después una galleta, saboreando la dulzura del postre.

 

El silencio se prolongó, Akito parecía ligeramente perdido en su propia mente, y Mizuki no estaba en un mejor estado, así que lo dejó ser.

 

La máscara de la dulce doncella y su prometido, la máscara del encantador artista y su prometida. 

 

Cada vez era más fácil caer en eso.

 

Mentir era una práctica constante para ella, y enseñarle a mentir no fue más difícil que llegar a un acuerdo sobre sus vidas.

 

Y aún así todo se sentía enteramente muerto a su alrededor. 

 

Las palabras dichas, la música, el arte y cualquier cosa que se hubiera catalogado como hermosa o humana no era más que un simple distractor banal, teñido en un gris desagradable y helado. 

 

Todo era gris, vacío, monótono. Muchas veces simplemente se preguntaba si todo esto valía la pena.

 

Curar gente, atender enfermos, preparar mejunges que requieren años de experiencia y pretender que no hay el equivalente a un cadáver putrefacto entre sus preocupaciones, escondido hábilmente donde nadie puede husmear.

 

Actuar es una segunda naturaleza cuando es lo único que te queda para preservarte. Es la única acción válida si es que alguien como ella quiere existir en la crueldad del mundo que desgarra a aquellos que se salen de las creencias preordenadas, quienes atentan contra la moral de las masas.

 

Así que solo puede jugar a pretender.

 

Pretende ser tan capaz como aquél que la abandonó ante la dificultad y la deformación de su carne.

 

Pretender ser la bruja amable que puede curar a todos en cuanto sus manos huesudas toman los viales.

 

Pretender que puede darle a Akito los hijos que su padre desea para dejarlo por fin en paz.

 

La suciedad que se esconde bajo las ropas blancas no es para que nadie más que ella la vea.

 

Dió otro trago a su té, esperando poco después para morder la galleta nuevamente. Pensando en todo y en nada como usualmente le pasaba cuando estaba tan atareada por el trabajo y sus monólogos internos.

 

Cuando estaban terminando, una de las tantas trabajadoras del castillo llegó, con una mirada culpable pero impaciente que intrigó a ambos.

 

–Siento interrumpir su merienda, mi señora, joven Shinonome– inclinó la cabeza en respeto antes de seguir –pero llegó alguien que necesita su ayuda de forma urgente– su voz denotaba la urgencia de la situación, haciendo que Mizuki dejara lo último de su té en la taza, siguiendo a la mujer hasta los pasadizos del castillo.

 

Akito iba a seguirla, pero la voz de otra mujer se lo impidió –Joven Shinonome, tiene visitas, dicen que es urgente. Lo esperan en el salón principal– fue todo lo que Mizuki escuchó antes de que fueran por caminos distintos.

 

Un amasijo de piedras, grietas y polvo pasó por los ojos rosas, sus pasos resonaron por los pasadizos, llenando todo el lugar.

 

Su túnica blanca y su sombrero se desaliñaron, sin embargo pronto estuvo frente a una de las tantas camas, esperando y preparándose para cualquier escena que sus ojos pudieran ver.

 

Una joven con las ropas hechas jirones, teñida de rojo negruzco y apenas respirando.

 

–Váyanse– exigió, yendo por el agua de rosas que estaba en uno de los matraces que decoraban las paredes de la cámara.

 

Una navaja, un paño y una túnica de algodón estuvieron en sus manos junto al matraz lleno de agua de rosas, el cual destapó con los dientes sin muchas ceremonias.

 

Las ropas andrajosas fueron cortadas y tiradas al piso sin ceremonia alguna, revelando los lugares sangrantes, con la carne apenas y cerrada en algunos sitios, llenos de carmesí y bloqueando su vista de las heridas.

 

Mizuki había arreglado a muchas personas antes, pero solo había visto heridas tan ensañadas en soldados moribundos que no duraban más de unos minutos desde la primera presión de la magia hasta que morían susurrando el nombre de alguien.

 

Podía saber tan solo por la apariencia que la habían cazado como a un animal.

 

Habían restos de madera, tierra y puntas de saetas astilladas clavados entre el amasijo sanguinolento. La piel estaba amoratada y casi negra en demasiados lugares, mientras que habían heridas más limpias hechas con acero.

 

Era un milagro que aún respirara. Probablemente la fuerza de voluntad de aferrarse a la vida incluso en la adversidad.

 

Suspiró con pesadez, serenándose antes de que el cristal empezara a calentarse en sus manos, la magia fluyendo en hilos de calor constantes.

 

El agua teñida de un rosa pálido se calentó, y Mizuki vertió un poco en el paño, pasándolo suavemente por los lugares más sucios, dónde su visión de las heridas era entorpecida por la sangre.

 

Dobló y desdobló el paño hasta que pasó del blanco puro al rojo negruzco.

 

No quedaba demasiado tiempo, el ronquido pesado de la muerte en su respiración había empezado a aparecer, su cuerpo moribundo no iba a resistir demasiado.

 

Consideró dejarla morir. Intentarlo probablemente saldría mal...

 

Como cada vez que el pensamiento la acechaba, sacudió la cabeza, volviendo su atención a la joven. 

 

No era el momento para dudas.

 

Una vez más se concentró, elevando sus manos por encima de la joven que se desangraba.

 

El zumbido de la magia fluyó por su cuerpo, recorriendo cada fibra de su ser.

 

El espectáculo fue tan repugnante como siempre.

 

La carne empezó a cerrarse: los jirones sanguinolentos se retorcieron y se unieron, cerrando cada herida. La sangre molida y negruzca se filtró por su piel y manchó de negro las sábanas de la cama en dónde la habían dejado, desapareciendo los moretones. El crujido de huesos rotos sanando mandó un escalofrío por su espalda, el cuerpo frente suyo se contorsionó mientras cada articulación torcida volvía a caer en su lugar, causándole náuseas. Incluso con el malestar palpitante, la magia no dejó de fluir, curando a la joven inconsciente frente suyo.

 

Fue difícil. Estaba tan herida que demasiada magia o muy poca podrían deshacer el trabajo y matarla en el acto.

 

Controlar los hilos que reconectaban cada fibra cortada y reponían aquella carne que había empezado a dejar de ser útil fue una tarea más difícil que la habitual, el cuerpo parecía simplemente resistirse a la magia a la vez que simplemente la absorbía, el flujo de su magia fue difícil de controlar.

 

¿Fue tal vez la delgadez del cuerpo? Habían zonas donde los huesos se marcaban.

 

¿Tal vez su voluntad? Había sobrevivido, ¿Pero tal vez no era su intención el seguir con vida?

 

Fuere como fuere, la magia se resistió, su carne empezó a dificultar el flujo de la magia.

 

–Vamos, no ahora– murmuró. Sus manos empezaron a temblar ante el esfuerzo. La ineficacia de su magia era algo raro de presenciar, nadie nunca se resistía tanto a la vida, pero la joven frente suyo parecía tener una encrucijada contra el concepto de vivir tan fuerte que, por primera vez en años, la hizo fallar en su labor.

 

Su magia vaciló y rebotó. 

 

El corrientazo en su columna la echó hacia atrás, mientras que las heridas que se habían cerrado cedieron, llenando todo de más sangre espesa y caliente.

 

Mierda.

 

Ni siquiera pudo esperar a que los panales negruzcos se dispersaran de su visión antes de intentar detener el sangrado.

 

El miedo que había sentido en sus primeras veces sanando volvió. El terror seco de saber que podría no cumplir las expectativas, de saber que la vida de alguien estaba en sus manos y que cualquier error podría convertirla en asesina.

 

Su cuerpo empezó a temblar. Esto era más estresante que de costumbre, y la joven no dejaba de sangrar ni de morir a cada segundo que pasaba.

 

Su miedo la paralizó, la magia dejó de fluir, sus manos se aflojaron mientras su mirada fija permaneció en la nada durante interminables segundos.

 

No había caso en intentar llevar a la vida a alguien que no lo deseaba.

 

Se retiró, un paso tras otro hacia atrás.

 

Con vacilación, hizo ademán de chasquear los dedos. El desastre se limpiaría y podría irse.

 

Sin embargo, algo la detuvo, sus dedos en el aire se quedaron tensos sin poder chasquear para hacer que todo se limpiara.

 

"–Es nuestro deber–" el murmullo dulce se estrelló contra su mente, haciéndola reaccionar.

 

No. Mizuki no podía simplemente hacer eso. Dejarla morir iría en contra de todo lo que había intentado hacer, de la misión que tenía que cumplir. No había pasado tantos inconvenientes solo para que una joven moribunda fuera su punto de declive.

 

Aterrada y temblando, la joven se acercó de nuevo. Sus manos flotaron encima del cuerpo cuasi cadavérico. Su magia salió como una descarga apenas y orientada, un desorden poco útil que la mandó una vez más hacia atrás cuando la magia se reflejó.

 

Mierda.

 

Tenía que concentrarse, tenía que controlarlo.

 

Ella podía.

 

Regular su respiración la ayudó a calmar la electricidad en sus venas. Sus dedos tocaron la piel manchada de sangre, sintiendo la textura espesa y pegajosa adherirse a sus dedos. 

 

Sintiendo la calidez que se iba apagando.

 

El movimiento de sus músculos, el débil palpitar de la sangre en sus venas.

 

La vida que ahora tocaba.

 

La magia fluyó mejor, el contacto con la piel tibia envío la magia mejor por su piel, por sus órganos y por todos los tejidos lacerados.

 

Su piel se fue aclarando en varios lugares, la sangre muerta y coagulada dentro suyo empezó a fluir nuevamente, la palidez mortal empezó a ceder, sin embargo, la pesadez de su respiración se mantuvo.

 

No estaba fuera de peligro.

 

Aún no era suficiente, así que en lugar de solo sus dedos, dejó que sus palmas heladas reposaran sobre la piel sanguinolenta, manchando sus manos de rojo negruzco.

 

La magia volvió a fluir. 

 

En lugar del estrés, Mizuki dejó fluir el aire en su tórax. El aire y el olor a hierro entraron en sus pulmones mientras que sus hombros redujeron la tensión que no notó que estaba poniendo en ellos; la magia recorrió su cuerpo, y pudo por fin dirigirla correctamente, resarciendo el daño interno hasta que el ronquido de su respiración desapareció.

 

La magia se reflejó una vez más, haciéndola retroceder. Mizuki se acercó, con su oído cerca del rostro ensangrentado de la joven, escuchando el flujo liso de aire entrar y salir.

 

Iba a vivir.

 

La joven iba a vivir.

 

Mizuki suspiró aliviada mientras intentaba mantenerse en pie pese al temblor de sus rodillas. Su cuerpo escocía luego de sentir tanto flujo de magia en tan poco tiempo. Era como si sus venas estuvieran inundadas de aceite hirviendo.

 

Se sostuvo de la cama, manchándose más las manos con la sangre negruzca y los líquidos muertos que había tenido que drenar de la joven.

 

Cierto, no había acabado aún.

 

El lío sanguinolento no era lugar para descansar, así que se recompuso y pasó sus brazos por debajo de la joven, cambiándola de cama antes de limpiar el poco de sangre restante y ponerle la túnica blanca.

 

Un chasquido de sus dedos y el trapo ensangrentado desapareció, el matraz regresó a su lugar y la navaja también, toda la carne y sangre que habían manchado el lugar y sus ropas se esfumaron, como si nada hubiera pasado.

 

Lo último que quería era que pareciera que en su cámara había habido un asesinato reciente.

 

La joven bruja se recargó en la cama más cercana, tratando de relajarse, controlando lo mejor posible su respiración, tratando de que el martilleo en su pecho se detuviera.

 

Odiaba la sensación de adrenalina que le dejaba salvar a alguien, como si esperara que algo malo pasara justo después, pero esta vez fue mucho peor.

 

Generalmente era una sensación de necesitar prepararse, por si algo malo pasaba.

 

Ahora era... Una anticipación. Sabía que algo iba a pasar. Cada parte de su cuerpo gritaba que corriera, que no se quedara a ver el enorme cataclismo que iba a ocurrir.

 

La tensión en su respiración creció, apenas permitiendo que el aire pesado y ligeramente cargado llenara sus pulmones.

 

Como si un montón de pelusa llenara su pecho, reemplazando cada órgano, saliendo de los espacios entre sus costillas.

 

Retrocedió un par de centímetros antes de que diera un mini salto cuando la joven se incorporó de forma violenta, con sus ojos casi desorbitados mientras veía a todos lados y luego a sus manos.

 

El silencio reinó por bastante tiempo, el estado catatónico de la joven permaneció por minutos, haciendo que Mizuki se pusiera nerviosa.

 

La anticipación creció, flotando de forma pesada en el aire.

 

¿Por qué le costaba tanto respirar? ¿Por qué se sentía como si el aire estuviera lleno de polvo a pesar de que la cámara de los enfermos era el lugar más limpio del castillo?

 

La incómoda mezcla de repugnancia y nerviosismo hicieron que casi pudiera ver gusanos arrastrarse por toda su piel, como miles de escarabajos con sus patas ásperas retorciéndose desde su espalda hasta las puntas de sus dedos.

 

Sus movimientos fueron seguidos por sus orbes, la respiración más profunda que el resto, su garganta tensándose y sus cejas frunciéndose suavemente. 

 

Sus labios se abrieron, y Mizuki se tensó, esperando cualquier cosa.

 

–...¿Morí?– por fin suspiró la chica, derrotada.

 

La bruja parpadeó una vez.

 

Luego otra.

 

Tres, cuatro, seis, nueve...

 

La perplejidad se apoderó de su cuerpo.

 

Y por primera vez en... ¿Años? Estalló en risas. Una risa ruidosa y poco apropiada para una dama, carcajadas fuertes y estruendosas, como el repiqueteo de la campana del pueblo.

 

La tensión que se había formado antes en su cuerpo se disipó de forma repentina, cayendo junto a su anticipación mientras su risa llenaba el lugar.

 

La joven en la cama frunció el ceño, mirando a la bruja riendo como si le hubieran dicho la cosa más divertida del mundo, incluso teniendo la osadía de levantarse y acercarse a su lado para reírse más. Quería hablar y quejarse, sin embargo, la bruja pudo ver como se restringía fisicamente de hablar.

 

Aún necesitaba saber donde estaba.

 

Cuando por fin pudo calmarse, el sol se había puesto. En el lugar cerrado apenas y se podía ver nada, lo cual no era un problema para Mizuki. Sus ojos rosas con su aguda visión nocturna no tendrían problema alguno para guiarla en una noche sin luna, pero probablemente la joven querría un poco de claridad para tranquilizarse.

 

Chasqueó los dedos y pronto las velas de algunos de los candeleros de las paredes se encendieron, llenando la habitación de una luz tenue.

 

–¿Qué fue eso?– la joven de melena oscura preguntó con el ceño fruncido.

 

–Lo siento, lo siento, tu reacción fue un poco... sorpresiva– sonrió con diversión bailando en sus ojos. La castaña se supo ofendida.

 

–¡Te reías de mí!– increpó con molestia intentando levantarse, la bruja lo previno y se acercó, dejando que el peso de la joven se recargara en su propio cuerpo antes de que el mareo la golpeara y la hiciera volver a la cama.

 

La joven pareció agradecer el gesto, sin embargo, no se perdió la mirada de total fastidio que se formaba en su rostro. La expresión agria le valió otra risita que tuvo que calmar antes de que la joven volviera a molestarse.

 

–Bien, cálmate, te estás recuperando– murmuró a la castaña, quien aún tenía una mirada de indignación en el rostro. 

 

–No me hables como a una niña– espetó –Y de todas maneras, ¿Dónde rayos estoy?– gimió mientras se echaba hacia atrás, sentándose mientras la bruja se arrodillaba frente a ella.

 

Emitió un suave tarareo, buscando más heridas o cualquier rastro de malestar más allá del mareo, encontrando los ojos de la joven en el proceso.

 

Su mirada era poco discernible a la luz amarillenta de las velas, y aún así, no pudo evitar sentir... Algo. 

 

Había un destello de... Similaridad.

 

¿Por qué eran tan familiares? 

 

No eran solo sus ojos. Su rostro era familiar... ¿Dónde había visto rasgos como esos antes?

 

Pensó en diferentes momentos y escenarios, en distintas personas que había conocido a lo largo de su vida. 

 

Entonces el recuerdo de la visión la golpeó. Sintió sus labios abrirse ligeramente, solo para apretarlos en el momento en que el fuego consumiendo su cuerpo marcó el final del recuerdo. Los ojos oscuros la veían desde debajo de una capucha, medio escondidos por un flequillo que ocultaba las lágrimas que bajaban por sus mejillas.

 

Su respiración casi delató su estado, sin embargo, logró reponerse para seguir examinando a la joven.

 

No dijo nada mientras se aseguraba de que todo lo que estaba visible era suciedad y no heridas, ignorando el grito en su mente que le exigía hacerle mil preguntas.

 

¿Quién era?

 

–Estás en el castillo del Alquimista– murmuró por fin, levantándose mientras veía a la joven, quien ahora palpaba las ropas de algodón en su cuerpo.

 

–¿Y dónde está él?– enarcó una ceja, viendo directamente a los ojos rosas, que se desviaron antes de que su cuerpo se girara en búsqueda de un paño y un poco de agua.

 

La pregunta se había sentido como un golpe en el pecho.

 

–Él falleció hace cuatro años, soy su viuda– explicó mientras regresaba con el agua y otro paño en las manos. 

 

Lo humedeció antes de pasarlo suavemente por la piel de su rostro. Sus manos necesitaban algo en qué ocuparse mientras su cerebro discernía qué hacer ahora.

 

–¿Qué?– su rostro se torció en estupefacción bajo el paño húmedo –¿Cómo? ¿Qué sucedió?– preguntó, estremeciéndose ante el paño frío que limpiaba parte de la suciedad en su piel. Estuvo tentada a decirle que no se moviera, pero no había nada más de lo cual ocuparse, por ende, la dejó ser.

 

–El salón donde trabajaba en sus autómatas se incendió, él no pudo salir– recitó la mentira una vez más, con la mirada baja para no despertar ningún tipo de sospecha.

 

Se suponía que era una viuda, así que al menos podía fingir tristeza.

 

–Siento su pérdida– se disculpó la castaña, pero Mizuki negó de forma cortés.

 

–Ya ha pasado tiempo, está bien– bostezó, sintiendo como el cansancio del día arañaba su cuerpo. Tenía sentido, en realidad había dormido mal e ir a ver tanta gente afuera del castillo le había dado un cansancio que estaba empezando a pasar factura, mientras que el shock había dejado su cuerpo estresado.

 

Sin embargo, aún tenía un problema que resolver.

 

–Debería irme– intentó ponerse de pie de nuevo, solo para caer otra vez al pecho de la bruja, quien rió en una simulación de una alegría que resonó en su pecho vacío.

 

–O tal vez puedas quedarte, estabas bastante débil cuando te encontramos, así que irte en medio de la noche mientras estás débil podría hacer que mueras antes de llegar a tu destino– ofreció una vez más, como si no la pusiera ansiosa tener más gente en el castillo.

 

Como si no fuera todo un acto.

 

La joven negó –Debo seguir– sus labios se apretaron en una línea fina por el esfuerzo de su cuerpo apenas recuperado. La bruja la observó con diversión mientras daba la apariencia de un espantapájaros borracho que iba a ver el piso de cerca demasiado pronto. La joven era necia, debía reconocerlo, pero luego de tratar de despegarse de la bruja, sus piernas cedieron. La bruja, que ya esperaba esto, sostuvo su figura endeble; una mano por su espalda y la otra por su cintura la estabilizaron, sosteniendo su peso hasta que pudo ayudarla a sentarse de nuevo. 

 

–Bien, está decidido, acompáñame y te llevaré a una de las habitaciones de invitados. También les diré que te den ropa decente y agua caliente para que te limpies– siguió hablando, con esa sonrisa que hacía parecer que estaba hablando de algo mundano y cotidiano.

 

Con la máscara que impedía que vieran más allá.

 

La bruja llevó a a la mujer con cuidado, dejándola apoyar su peso cada vez que sentía que iba a ceder. 

 

Lo cual fue exactamente...

 

Cada dos pasos.

 

No iba a culparla, había perdido mucha sangre y las intervenciones mágicas tendían a desequilibrar a aquellos no tan habituados a la magia. Era impresionante que siquiera estuviera de pie.

 

Pero de todos modos era demasiado lenta.

 

No tardó en darse cuenta de que iba a tardar una eternidad en llegar si la joven casi se desvanecía a cada paso, y subir por las escaleras principales sería terriblemente agotador.

 

Así que había dos opciones, dejarla durmiendo ahí, en ese lugar aterrador donde tardaría una eternidad en llegar si su cuerpo tenía un rechazo tardío por la magia, y dónde tendría que verla trabajar si alguien más necesitaba su ayuda.

 

O...

 

–Sube a mi espalda– no fue una pregunta. Algo parecido a la humillación pasó por los ojos de la castaña, pasando a la rápida resignación. La bruja se agachó mientras la temblorosa joven intentaba subir.

 

Cuando Mizuki estuvo cómoda con la posición, tomó los muslos de la mujer en sus manos y se levantó, tambaleándose un poco antes de poder estar segura de poder caminar.

 

Fue más rápido así, sin embargo, no aguantaría pasar por los altos escalones de la escalera principal.

 

Sus piernas se sentían cercanas a ceder con cada paso, así que sin demasiadas opciones, caminó hacia uno de los muros falsos.

 

El Alquimista había sido un genio al facilitar los sistemas de pasadizos, no creía haber aguantado jugar con los sistemas anteriores en ese momento.

 

El muro se abrió, y por lo que pudo sentir, también la boca de la joven en su espalda.

 

–Agradecería que mantuvieras esto en secreto– sonrió amigablemente aún si no podía verla, el asentimiento atrás suyo y la sensación de desaparición del aire caliente en su nuca fue bienvenido.

 

El ascenso transcurrió en silencio, con ocasionales sobresaltos cuando alguna arañita llegaba a mostrarse ante la luz de las pocas antorchas repartidas en el espacio.

 

Las escaleras pequeñas, hechas para que el ruido de las suelas de los zapatos no pudiera delatar la posición de quien las usara, fueron mucho más sencillas de manejar de lo que esperaba; o al menos más fáciles que sobrellevar el calor que envolvía su cuerpo desde la espalda.

 

La joven parecía ligera, y lo era hasta cierto punto: Mizuki había podido levantarla para cambiarla de cama y ahora la llevaba en la espalda. El peso era más... Mental.

 

¿Cómo podía cargar en su espalda a la última persona que vió al morir? ¿Cómo podría simplemente ver al suelo mientras su mente se enmarañaba en preguntas incesantes sobre la joven? La respiración suave en su nuca le causó escalofríos.

 

Luego de algunos minutos llegó al muro falso que era su destino, en el pasillo de las habitaciones principales. 

 

La luz de las pocas antorchas que estaban en el lugar iluminó lo suficiente para caminar sin más problemas hasta una de las habitaciones que usualmente se mantenían limpias.

 

La habitación estaba a oscuras, así que volvió a chasquear los dedos y las velas de la habitación se encendieron, dejando ver una cama, un armario y la puerta del baño. 

 

–Ahora estoy segura de que no imaginé eso– gruñó la morena, quien fue bajada en la cama.

 

–¿Imaginar qué?– sonrió amablemente, acostumbrada a esta rutina.

 

–Puedes encender las velas con los dedos– siseó, alejándose un poco, casi como si hubiera tocado hierro caliente.

 

Mizuki sintió un trozo pequeño de su corazón agrietarse ante el acto, el rechazo golpeando en una parte que había creído sellada hacía años. Su rostro se ensombreció brevemente, ojos muertos que se fueron tan rápido que estaba segura que nadie debería haberlos notado. Risas inmundas del pasado resonaron en un eco que rebotó varias veces por el silencio antes de recomponer la máscara que se le había deslizado del rostro.

 

–¿De qué estás hablando?– ladeó la cabeza con falso desconocimiento.

 

–¡Encendiste las velas chasqueando los dedos!– acusó, la joven de ojos rosas se encargó de desdeñarlo con una risita.

 

–No hice tal cosa~– respondió con una sonrisa de medio lado –¿Cómo podría hacerlo?–

 

La castaña se quedó callada.

 

–Eso pensé– sonrió divertida antes de caminar hacia la salida.

 

–¡Espera!– gimió, haciendo que Mizuki se diera la vuelta con un giro suave y aparentemente practicado.

 

–¿Mmh?–

 

Esperó un momento, pero la joven se amordazó, mirando a otro lado sin emitir una palabra. Sus ojos oscuros se perdieron de vista, su mirada desviada con desconfianza.

 

–Buenas noches– sonrió suavemente, dejando ir cualquier pregunta que pudiera estar cerca de la lengua de la joven.

 

Cerró la puerta y caminó hasta las escaleras, bajando a la primera planta para asegurarse de que se tratara bien a la nueva invitada.

 

Se encontró a todo el personal del castillo, rodeando a Akito, quien la vió con sorpresa antes de relajar su rostro suavemente.

 

Ah, Akito, cierto.

 

–Recibí una carta de mamá– explicó mientras terminaba de ajustarse la capa –pasó algo en casa que requiere mi presencia, así que tengo que irme esta noche–

 

–¿Necesitas escolta? Arata puede acompañarte– preguntó con suavidad, recibiendo una negación con la cabeza que fue demasiado apresurada.

 

–Enviaron a algunos guardias para que vaya con ellos– la noche oscura y su viento se dieron a presenciar con el silbido del aire entre los árboles, con el murmullo entre sus hojas.

 

Akito se acercó a Mizuki, tomando una de sus manos y dejando un beso suave en los nudillos. Sus actos reflejaron la actuación que hacían, pero los ojos de Akito estaban llenos de preocupación.

 

Algo terrible había pasado, y no podía hacer nada al respecto.

 

–Ten cuidado– murmuró Mizuki, el pelirrojo se incorporó y asintió, saliendo de ahí mientras el resto murmuraba atrás suyo.

 

Como odiaba que murmuraran atrás suyo.

 

–¡Bueno!– sonrió ella, mientras encaraba a la gente con un ánimo que no sentía –Además de la partida de mi señor Shinonome, tenemos la novedad de una invitada en el castillo– sonrió abiertamente, viendo algunos rostros confundidos –Ella se quedará hasta que esté recuperada, así que por favor, cuídenla, trátenla con amabilidad–

 

Los asentimientos llegaron, y pronto ella desapareció por las escaleras, llegando con cansancio y dolor en las piernas a la habitación.

 

No podía llamarla suya, porque no lo era.

 

Piezas de tela por algunos lados, bocetos a carboncillo por otros, en algunos lugares aún habían piezas de autómatas, viales vacíos, muestras de plantas y planos desechados.

 

Era de ambos, de Mizuki y Rui. 

 

Eso aún no cambiaba. Aún después de cuatro años, se sentía solitario simplemente tirar aquello que había estado en la habitación más tiempo que Mizuki.

 

Tirarlo significaba avanzar, aceptar que Rui la había dejado sola.

 

Limpiar el dormitorio que alguna vez compartieron significaba de alguna manera dejar de amarlo con la intensidad en que aún lo hacía, dejar caer los muros que él la había ayudado a levantar. Significaba que estaba lista para que aquella habitación fuera de ella y de alguien más, abría la posibilidad de que alguien más la abrazara con ternura en las noches malas, de que alguien viera lo que había bajo toda la ropa linda, debajo del color rosa y blanco.

 

Significaba dejarse ver, y no quería hacerlo.

 

Su cabeza empezaba a llenarse de hilos de pensamientos confusos que hacían molesta la tarea de seguir funcionando, por lo cual sacudió su cuerpo, como si los pensamientos fueran polvo que podía quitarse de encima con la facilidad de la mugre diaria.

 

Tomó su ropa de dormir y entró al baño, quitándose la suciedad y el sudor del día con un paño humedecido en el agua hirviente que había en su tina.

 

Con un cuenco terminó por echarse agua desde la cabeza un par de veces, sintiendo como el ardor pasaba por su piel a la vez que relajaba sus músculos tensos y cansados.

 

Se secó y se puso la ropa fresca, el alivio llenó su cuerpo.

 

Se metió en la cama, aún desordenada por haber pasado de largo al despertarse. Suspiró mientras se arrebujaba en sus sábanas. Sus ojos se cerraron, demasiado cansada para pensar en cualquier cosa.