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Ella

Summary:

Después de una pesadilla recurrente, Orphen trata de lidiar con los sentimientos que le despierta Cleo. Por suerte su hermana Leticia aparece para ayudarlo a encontrar un poco de claridad.

Notes:

La historia se encuentra situada entre las novelas 15 y 16 porque necesitaba hacer un poco de catarsis.
En mayor medida, los personajes están escritos basados en su versión del anime de 1998 porque son los que hicieron que ame este universo.
En lugar de Cleao y Claiomh, decidí utilizar Cleo porque lo encuentro más natural.

¡Gracias por leer!

Work Text:

Abrió los ojos de golpe. Unas gotas de sudor frío le recorrían el rostro. Otra vez la misma pesadilla pero está vez por más que quisiera, la angustia no desaparecería porque ella no estaba. Mientras trataba de regular la respiración, su mirada se posó en el cachorro de lobo que dormía sobre el pecho de Lottecia y le ardió el pecho de furia. Quería gritar fuerte para tapar la voz que seguía resonando en su cabeza aún despierto pero optó por levantarse y salir a caminar intentando no perturbar el sueño de sus compañeras. En medio de las tres quedaban los resabios de la fogata que habían hecho para entrar en calor y cocinar algo. Eran conscientes de que estaban cerca de su objetivo y el descanso era indispensable pero él no podía continuarlo, no si la misma imagen lo iba a perseguir cada vez que cerraba los ojos. Dió un último vistazo al campamento para asegurarse de que todas estuvieran bien. Leticia dormía de costado sobre su bolsa de dormir, dándole la espalda, cubierta por una manta que no alcanzaba a cubrirle los tobillos. Irgitte, por como estaba acostada, con sus brazos y piernas extendidos parecía no haber encontrado diferencia entre el suelo duro del bosque y su propia cama, además, el hilo de baba que se le escapa por la comisura de los labios no hacía más que afirmar su suposición. Lottecia cerraba el círculo. La espadachina dormía con el rostro mirando la copa de los árboles que los rodeaban y la espada a un lado, rozando el mango con los dedos, preparada a enfrentar a cualquiera que quisiera tomarla por sorpresa o por lo menos eso era lo que creía. Leki bostezó y mantuvo su mirada en el hechicero hasta que lo vio desaparecer entre la vegetación.

Sus piernas lo llevaron hasta el arroyo. Se puso en cuclillas para alcanzar el agua con el cuenco que formaron sus manos y la estrelló contra su rostro dejando que el frío limpiara el gusto amargo que le atravesaba la garganta. Cada vez que veía al cachorro de Dragón Lobo le hervía la sangre. Leki no debía estar ahí, Leki debía estar con ella. Era tal el miedo que sentía que no se atrevía ni a pronunciar su nombre dentro del silencio de su mente. Aquel fatídico día, el día que se la habían llevado, se había atrevido a decir que de todos, ella era la que menos le preocupaba porque tenía a su cachorro y su cachorro no dejaría que nadie la tocara, ni siquiera los de su propia estirpe. De hecho temía más por el estupido que intentara hacerle algo. ¿Cómo había sido tan inconsciente de decir una cosa así en voz alta? ¿Cómo no se había dado cuenta de que la única forma de que Lottecia estuviera ahí implicaba que ella le había encargado a Leki la protección de su amiga? ¿Es qué nunca lo había escuchado decirle a Majic que lo más importante, antes que cualquier cosa, era asegurar el bienestar de uno mismo? Claro que lo había escuchado y claro que no le importaba. A esa chiquilla le gustaba hacer lo que se le diera la gana sin importar las consecuencias y no era más que su propia culpa que siguiera sin entender la gravedad del asunto en el que estaban envueltos. Se dejó caer con brusquedad contra el árbol que tenía detrás y se cubrió el rostro con las manos para poder gritar y exorcizar lo que tenía adentro que lo carcomía. Sin embargo, dentro de la oscuridad autoinfligida, la volvió a ver en el suelo de la habitación de la posada, sin el brillo de sus ojos ni su sonrisa contagiosa, sentada como una muñeca y lo liviana que la había sentido cuando la levantó en brazos no había hecho más que acrecentar esa sensación. “¿Qué significa ella para ti, Krylancelo?” volvió a preguntar la voz fantasmal de su pesadilla. De la misma manera que no podía pronunciar su nombre tampoco podía responder la pregunta. Era estupido y se sentía frustrado y a la vez furioso. Un enojo que no lograba resolver ni lo haría hasta que la viera sana y salva. 

Se permitía aceptar que Majic fuera un daño colateral de sus batallas personales. Era hasta esperable que algún cretino lo quisiera tomar de rehén y usarlo contra él, después de todo era su aprendiz. Un maestro y un alumno eran la dupla apropiada para el viaje. Llevaban adelante un camino de conocimiento y entrenamiento en el cual descubrir cómo exprimirle el jugo a sus poderes, para que fueran de utilidad en la vida, ya que un hechicero que no explotaba su poder no era más que un desperdicio. Pero, ¿ella? ¿Por qué era parte del viaje? Ella no tenía magia, y no siempre había tenido un cachorro de Dragón Lobo como guardián. Ella era una niña malcriada, aburrida de su vida cómoda y acaudalada, que había decidido inmiscuirse en la suya y hacerle todo más complicado.

―Maldición ―masculló entre dientes golpeando con fuerza el suelo con su puño. Todo era su culpa ¿Por qué había permitido que se les uniera en primer lugar? Si tan solo… 

―No seas tan duro contigo mismo, Krylancelo ―susurró una voz suave y conocida. 

―Tish… ―murmuró viendo de reojo como se sentaba a su lado su hermana mayor. Escucharla lo hizo sentir un segundo de paz. Podría haberse puesto a pensar en lo descuidado que había sido, que así como su hermana había aparecido sin ser notada, lo podría haber hecho un enemigo pero estaba abatido por el enojo y simplemente se dejó caer sobre sus rodillas ―. Es mi culpa. Si no lo hice antes, después de lo que pasó con Leki y Ryan tendría que haberla obligado a regresar a su casa, a su vida normal. No tiene nada que hacer acá conmigo.  

Leticia se cubrió la boca con la mano para tratar de apaciguar la carcajada que le había nacido ante la confesión de su hermano menor. Orphen la observó algo dolido, convencido de la verdad de sus palabras pero a su hermana solo le provocó ternura. 

―Me imagino que Cleo te hubiese escuchado sin chistar ―agregó la hechicera sujetándole el hombro con cariño. Quería mostrarle lo ridículo e injusto que estaba siendo consigo mismo. Él sabía mejor que nadie que Cleo no se iría a ningún lado lejos de él.     

Cleo. Ahí estaba el nombre que había tratado de evitar durante todo ese tiempo. Con él volvió la sonrisa rota, los ojos sin brillo, la muñeca y la pregunta, ¿qué es lo que significa ella para ti? ―No lo entiendo ―susurró enteramente sincero.

―¿Qué cosa, hermanito? ¿Qué una mujer quiera permanecer a tu lado? ―inquirió Tish llevando su mirada a la luna que se asomaba por detrás de unas nubes. A veces se olvidaba que muy en el fondo el chiquillo que se escondía tras la falda de Azalie todavía habitaba en él. No importaban los años que hubieran pasado ni que se hubiera cambiado de nombre, la inocencia de su pequeño hermano seguía intacta como también lo hacía, muy a su pesar, la poca valoración que tenía de sí mismo. Había tantas razones por la cual esa jovencita querría seguir a su lado. Sin embargo, Leticia descubrió, prestando atención a la angustia labrada en el rostro de Orphen, que no se trataba de que no veía esas razones sino que había optado por negarlas. 

―¿Mujer? Es una chiquilla malcriada que debería estar siendo caprichosa y consentida y haciendo lo que le plazca, no siendo un rehén.

―No es que eres mucho más adulto ―lo probó Leticia. La negación en su hermano actuaba instintivamente. Cleo era una joven hermosa, de risa contagiosa y una energía explosiva. Al referirse a ella como una chiquilla eludía y evitaba enfrentar lo que en verdad significaba para él. 

―¿Cómo que no? Nunca sería tan idiota de ir a ciegas y poner en peligro mi vida porque si ―respondió ofuscado volviendo un poco a ser el antiguo él. 

Tish le sonrió ―¿Cómo qué no? ¿Qué estás haciendo ahora mismo, Kyrlancelo sino yendo a ciegas a ver un hombre que no conoces ni sabes lo que puede hacerte solo por recuperar a Cleo y a tu aprendiz? 

―No puedes creer de verdad que somos lo mismo, Tish. Soy un hechicero de la Torre de los Colmillos, entrenado por el mismísimo Childman, ella es…

―Una chiquilla malcriada ―completó la frase Leticia acariciando la espalda de su hermano con suavidad como cuando era niño y una pesadilla lo privaba de volver a dormir ―. Una chiquilla malcriada que descubrió algo en ti, Kyrlancelo, que le hizo imposible dejar tu lado. Tal vez tenía la vida arreglada, tienes razón, pero cuando te cruzaste en su camino ya no pudo volver a voltear. Como si fueras un caballero de armadura brillante ―terminó agregando, con una risita, para quitarle un poco de solemnidad a sus palabras.

―Ya sé. Cree qué puedo resolver los problemas de todo el mundo y salvarnos a todos ―expuso exasperado escondiendo el rostro entre sus piernas ―. No sé de dónde sacó esa idea.

―Tal vez de mirarte ―replicó ella ―. No eres consciente, claro, pero parece como si te rodeara un aura contra la desesperanza, aún en los peores momentos.

Orphen observó a su hermana ponerse de pie y sacudirse la tierra del pantalón preguntándose a qué demonios se refería. Si él, con toda la oscuridad que lo habitaba, estaba cubierto por un aura contra la desesperanza no podía ni imaginarse lo terriblemente roto de alguien que no la tuviera. Sin embargo, al pensar en la desesperanza escuchó la voz de Cleo vibrándole en el pecho: “Elijo no aceptar la desesperanza”. Esas habían sido sus últimas palabras antes de separarse y dejar que Winona se la llevara. Se preguntó si ya desde ese momento Cleo sabía lo que le pasaría, sus buenos instintos siempre la habían hecho sobresalir. ¿Le había querido decir algo y él no supo interpretarla? ¿Ya desde ese momento había decidido encargarle la seguridad de Lottecia a Leki, consciente de que mientras ella fuera la capturada él movería cielo y tierra para recuperarla? ¿De verdad tenía tanta fé en él? 

“¿Qué significa ella para ti?”, la pregunta lo volvió a asaltar pero era incapaz de responder o en realidad, no se animaba a contestar. 

―Todavía hay tiempo, Krylancelo. Los caballeros tienen que descansar antes de salvar a sus princesas ―lo aconsejó Leticia avanzando hacía la espesura del bosque, de regreso al campamento. 

¿Princesa, hum? No podía negar que era una apodo que le sentaba bien a Cleo. ¿Qué era una princesa sino una chiquilla malcriada que hacía lo que quería? Esta princesa lo que quería era salvar. No importaba si se trataba de salvar a su amado cachorro del dolor de pelear contra su estirpe o salvar a un enemigo, que no solo quería asesinarla sino que estaba decidido a hacerle conocer la desesperanza antes de que diera su último aliento. Tampoco importaba la mano que salvaba, podía ser la propia, la mano de él o la de Leki. Lo importante era que quien ella deseara, y Orphen empezaba a creer que no encontraría un puñado de personas que ella no considerara válidos, fuera salvado. Era una princesa empecinada en vivir mirando el frente, siguiendo la luz que sabía que encontraría en el futuro. Aparentemente incapaz de sentir odio, confiada de que todo al final saldría bien y por alguna razón, convencida de que mientras él estuviera envuelto no cabía lugar para dudarlo. 

Durante el intercambio de mentes con Leki, que la había dejado en una especie de estado catatonico, donde solo el subir y el bajar lento de su pecho era lo único que le aseguraba que seguía con vida, Winona se había referido a ella como la Bella Durmiente. Sin embargo, a diferencia de esa princesa de cuento de hadas, no había existido un príncipe que la despertara con un beso de su sueño eterno. No. Cleo se había salvado sola y lo había logrado gracias a su terquedad y sus ganas de tender una mano incluso a quienes no la merecían. Su intervención, las palabras que le había dedicado habían sido más con intención de aliento que de estrategía de victoria, sería completamente hipócrita adjudicarse algún rol en ese rescate. Pero evidentemente el rol de la Bella Durmiente no era el único que le interesaba interpretar a Cleo. Al pedirle a Leki  que cuidara de Lottecia, se había colocado justo dentro de las garras del dragón, permitiendo que la atrapara en su guarida sombría y sin salida. Claro que había decidido sacrificarse con tal de salvar a su amiga y él sabía muy bien por qué lo había hecho. 

Orphen sonrió resignado ante su futuro. No sabía cuántos dragones lo separaban de la torre donde la tenían cautiva, pero no importaba porque estaba dispuesto a destruir el mundo con tal de que esa chiquilla caprichosa pudiera ser libre de hacer lo que le diera la gana.

“¿Qué significa ella para ti, Krylancelo?” 

―Cleo es mi destino. Es mi esperanza.