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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-05-23
Words:
2,482
Chapters:
1/1
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6
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13
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144

Omen

Summary:

Con la imagen de la destrucción de Thordak sobre Pyrah, Keyleth se aleja de sus compañeros para intentar serenarse pero hay alguien que nunca la va a dejar llorar sola.

Notes:

Escribí esta historia después de ver el capitulo 40 de Vox Machina (primera campaña de Critical Role) porque necesitaba que Vax abrace a Keyleth después de las noticias horribles que había recibido y un poco porque necesitaba que su relación quedara establecida.

¡Espero que les guste!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El corazón de Keyleth martillaba con desesperación contra su pecho. Los ojos de Allura estaban fijos en ella y por más que intentara concentrarse en las palabras de la maga, que le insistían en que ella no era la responsable de la tragedia que se cernía sobre el mundo entero, no podía detener el mar de lágrimas que amenazaba con ahogarla. Keyleth apoyó su mano en el pecho intentando aplacar los latidos y cerró los ojos al inspirar profundo, buscando serenarse. Sin embargo, sus párpados cerrados no la sumieron en la oscuridad esperada sino que fue asaltada por las mismas imágenes que minutos antes había descubierto por el hechizo consumado junto a Allura. Pyrah había sido un lugar fascinante, con bosques petrificados, piedra volcánica y cristales, en donde el calor te envolvía en un abrazo acogedor, pero ya no lo era más. Del portal había escapado la expresión más primitiva y feral del fuego y había destruido vengativamente todo a su paso. Los Asharis no eran más que cenizas, sus hogares escombros y su bosque, un fantasma de lo magnífico que alguna vez fue. Las piernas de Keyleth temblaron ante esta nueva oleada de dolor. Las voces de sus compañeros discutiendo futuras acciones eran ecos en la distancia tapados por el crepitar de las llamas ardiendo aún sobre Pyrah y el crujir de la enorme rajadura entre planos por donde escapaban todo tipo de criaturas que no debían ingresar en el suyo, prueba de que los Ashari de Fuego habían fracasado en su misión más importante. Keyleth no sabía qué hacer, cómo reaccionar, se sentía una estatua maldita, obligada a volver a ver y sufrir, de alguna manera, el dolor sufrido por los otros. El aire se le escapaba de sus pulmones haciendo cada vez más difícil respirar y el crepitar del fuego la aturdía. La imagen de los cuerpos carbonizados de aquellos que le habían dado tanto amor y la habían hecho sentir digna la embistió y una pulsada en la boca del estómago la obligó a correr fuera del taller de Percy. 

La iluminación del pasillo era tenue. Había solo unas pocas antorchas con su luz mágica encendida para guiar los pasos de quienes lo atravesaran. Keyleth, en cambio, lo recorría por puro instinto. Una de sus manos cubría su boca y la otra, sobre la pared, ayudaba a que sus grandes tropezones no la hicieran caer. El pasillo que separaba el taller de Percy de la prisión no era largo pero por cómo se encontraba, la semielfa lo sintió como la carrera más difícil de completar. La punzada en el estómago había continuado con una sensación amarga y ácida por la zona del pecho que amenazaba con salir en cualquier momento. Los muertos en Pyrah se habían mezclado con aquellos asesinados por los dragones en Emon, no solo los asesinados en el Castillo de Uriel sino los que habían muerto dentro de las “protectoras” murallas de su guarida. Keyleth trastabilló cuando la mano que la guiaba no encontró apoyo, sin embargo, su postura arqueada hacía adelante evitó que diera de bruces contra el suelo. La entrada a la prisión apareció frente a ella. Buscó con su mirada un rincón apropiado para lanzar lo inevitable y encontró una cubeta de latón justo delante de las rejas de la celda. Se abalanzó sobre esta y dejó que el trago amargo que golpeaba su garganta saliera. Hecha un ovillo, vomitó el escaso contenido de su estómago, como si su cuerpo intentara supurar el horror y la angustia desgarradora que sentía. Vomitó mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas alcanzando su atavío. Vomitó con las imágenes de muerte y con el sentimiento de soledad que semejante desolación le producía clavándosele fuerte en el corazón. Vomitó hasta que no hubo nada más que vomitar, se secó los restos del trago amargo con el reverso de su mano y se abrazó con fuerza a sus rodillas, hundiendo en ellas la cabeza y llorando con aún más fuerza, exteriorizando la angustia guardada. Su cuerpo temblaba y el llanto que antes había salido en silencio retumbaba entre las paredes de la prisión, era congoja mezclada con la respiración entrecortada y algún alarido no prevenido respondiendo a algún pensamiento de horror que la dejaba aún más asustada que antes. Por más palabras que Allura le hubiera dicho, Keyleth no lograba discernir cómo iban a resolver esta catástrofe que no haría más que seguir arrebatándole personas que amaba e implicaría el fin del mundo como lo conocía. Y no era solo el miedo lo que le hacía llorar sino también la ira por sentirse de esa manera. Estaba atrapada en un espiral entre el miedo que no la dejaba moverse y la rabia por permitirse esa inmovilidad. El miedo gobernaba su vida y era responsable de su incapacidad para vivir como le gustaría. Sentía miedo de encontrar una verdad desgarradora sobre el final de su madre, miedo a no ser digna de su aramenté y fallarlo, miedo a no ser una líder adecuada para los Asharis de Aire como lo era su padre, miedo a perder a todos los que amaba, miedo a morir pero más a quedarse sola. Cada uno de los pasos que había dado la habían llevado hasta ese momento donde lloraba desconsolada y sola, asfixiada entre miedo y rabia. Y sola se iba a quedar, sin siquiera aprovechar el tiempo que le quedaba antes de que los dragones se tragaran todo lo que había conocido, por ese mismo miedo que gobernaba cada decisión que tomaba. ¿Cuánto más se permanecería llorando? ¿Cuánto más soportaría cargar tanto dolor? ¿Cuánto más permitiría que el miedo la controle? No lo sabía y tampoco sabía qué hacer para poder escapar de esa situación. 

Una sombra se cernió sobre ella y una mano sujetó con delicadeza su hombro. El tacto era cálido y la presión suave y reconfortante. Keyleth contrajo la nariz y al inspirar emitió un ruido como de chancho que la hizo reír involuntariamente y se giró para encontrarse con los ojos más hermosos que hubiera visto jamás. Vax’ildan se había agachado junto a ella, sostenía el peso de su cuerpo sobre la planta de los pies y la observaba profundamente, como si fuera único ser que existía en el mundo. El semielfo había seguido los pasos de la druida y había entrado en la prisión tras ella haciendo gala de su sigilo, más instintivo que voluntario, aunque innecesario porque lo único que escuchaba Keyleth era su propio llanto y el martilleo en el pecho. En ese momento, cuando sus miradas se conectaron, el corazón de Keyleth empezó a latir de una forma diferente, no menos fuerte pero sí más tranquilo, como si se estuviera afinando hasta encontrar el acorde apropiado. Vax le sonrió al escucharla respirar como cerdito, y como por arte de magia, el peso del dolor que Keyleth sentía pareció evaporarse, por lo menos por unos segundos. 

—Toma —dijo ofreciéndole un pañuelo de tela blanca y bordes calados con flores diminutas. 

Vax había dudado en si limpiarle el rostro él mismo o dejar que lo hiciera ella. Optó por la segunda opción porque después de su confesión en Whitestone y el rechazo de ella, su relación con Keyleth se había vuelto por lo menos extraña, y no quería incomodarla y agregarle otro tipo de malestar al que ya sentía. Sin embargo, fue inevitable para Keyleth notar la vacilación en Vax’ildan y un distinto tipo de tristeza la invadió. Ella había convertido su relación en lo que era ahora, un terrible estado de confusión, ella y su bendito miedo, el mismo miedo que la había hecho llorar segundos antes. Ya no reían juntos con complicidad, ahora sus miradas llegaban siempre a destiempo cargadas de todo eso que le hubiera querido decir pero que el miedo la había obligado a callar. Sus ojos estaban llenos de deseo por lo que podría ser y su cuerpo petrificado ante la idea de tirarse al vacío y vivir. ¿Por qué, bajo el árbol solar de Whitestone, no le había dicho que también lo amaba? ¿Por qué no le había confesado que en el momento en que la tomó de la cintura y capturó sus labios para besarla con tanto amor y desesperación había sentido algo tan profundo y tan hermoso que jamás creyó haber sentido antes? ¿Por qué no pedirle que la sujete fuerte y nunca la deje ir y que haga desaparecer todo el terror que sentía ante la idea de entregarse a él y después perderlo por alguna malaventura en la vida? ¿Por qué le era más fácil sobrevivir en el dolor perpetuo de la añoranza de un recuerdo hermoso, de algo que podría ser pero no será, a vivir al filo de una pendiente aprovechando cada segundo del amor más puro pero con la maldición de saber que el futuro se lo podría robar? Alguna vez, cuando enfrentó la visión de un futuro donde ella moría, sintió la necesidad de que su amor por Vax no fuera correspondido porque lo que menos quería en el mundo era romperle el corazón pero ya no tenía sentido. Vax la amaba, se lo había confesado, demostrado y vuelto a remarcar, lo hacía una vez más mientras con un dedo tembloroso le quitaba la última lágrima de su mejilla, y ella le había roto el corazón al dejarse ganar por el miedo que tenía de vivir su presente y encarar el futuro. Instintivamente atrapó la mano de Vax sobre su mejilla con las suyas, capturándolo, evitando que su calor se alejara de ella y se refregó en ella con su mejilla, imitando una caricia.   

—Ven aquí —pronunció él. Su sonrisa se tiñó de tristeza, ella no tenía que mendigar una caricia, si de él dependiera no haría otra cosa más que acariciarla, abrazarla y besarla. 

Vax decidió ceder ante sus deseos de reconfortarla. Se acomodó contra la pared de la prisión y llevó a Keyleth contra su cuerpo. La acomodó entre medio de su piernas y la abrazó con delicadeza. Keyleth se dejó mover como una muñeca y escondió su cabeza en el pecho de Vax’ildan y aferró sus manos a su camisa, mientras él decidió descansar su mentón sobre la cabeza de ella y pasear la yema de sus dedos por la mejilla de ella, acariciándola apropiadamente.  

—Vax yo… — Keyleth se animó a pronunciar de repente asaltada por un sentimiento que parecía escabullirse entre los dedos 

—Shhh — respondió él —. No es necesario que digas nada —le aseguró. 

Vax la había seguido porque no quería que estuviera sola al sentirse tan saturada de dolor, no para pedirle una respuesta diferente a la que le había dado en Whitestone. Él había hecho paz consigo mismo y sabía que la esperaría todo el tiempo del mundo, hasta el momento en que ella estuviera lista, si es que alguna vez lo aceptaba. Su amor por ella no dependía de una respuesta, su amor por ella era un hecho, fluía y lo seguiría haciendo a pesar de todo. De todas maneras, la atmósfera íntima que los envolvía lo animó a ir un poco más allá de los límites que se había propuesto y con una reacción que no supo discernir si era más voluntaria que involuntaria, le besó la cabeza. 

Keyleth cerró los ojos al sentir los labios de Vax sobre ella e insistió —Por favor Vax, aun muerta de miedo necesito decirlo, necesito que me escuches —se escabulló del abrazo de su compañero para acomodarse frente a él y poder mirarlo a la cara. Hubiera sido infinitamente más fácil si decía lo que tenía guardado sin ver esos ojos deseosos clavados en los suyos pero también sabía que era justo hacerlo de esa manera. Vax había dejado su corazón al descubierto frente a ella y ella debía hacer lo mismo por él, para sanar un poco el dolor que le había causado con su duda durante este último tiempo —. Soy una tonta y estoy aterrada y el miedo es cada vez más grande porque los peligros que nos rodean son más y más enormes pero no puedo ni quiero seguir así. No puedo seguir avanzando temerosa como si pisara cáscaras de huevo, con miedo de que cada respiración termine en una desgracia —Vax intentó interrumpirla, cómo iba a decir que era una tonta solo por sentir lo que además todos sentían en estos momentos, pero ella lo impidió apoyando el dedo índice en sus labios —. Y siento tanto haberte hecho sufrir durante este tiempo haciéndote pensar que no te amo porque no sabes cuánto te amo y cuánto se encoge mi corazón cuando veo tu sonrisa, y hace tanto que no la veo y es todo por mi culpa. Perdón Vax, perdoname por ser tan cobarde, por haber necesitado que el mundo esté al borde de la destrucción para poder darme cuenta de que quiero vivir lo que siento y decirte que también te amo. Y aunque no vaya a poder dejar de tener miedo a perderte, a perdernos, y a los demás, no quiero vivir otro segundo, aunque sea solo eso, privándote de la verdad de lo que siento y privándonos de disfrutarnos hasta el último aliento. 

Los ojos de Keyleth se humedecieron una vez más pero el peso en su corazón se había disipado, no entendía cómo podía sentirse tan bien y tan aterrada al mismo momento. 

—Kiki —susurró Vax aún procesando las palabras de la druida —. Mi hermosa y sensible Keyleth —le dijo al oído, tras volver a tomarla, de la cintura esta vez y llevarla contra sí, capturándola en un nuevo abrazo. El corazón del semielfo explotaba de emoción y no pudo evitar también que sus ojos se mojaran con lágrimas. Cuanta ironía, el mundo podía terminarse en un chasquido y aún así, en ese momento, él se sentía el hombre más afortunado del mundo. —. Te prometo, te prometo con mi corazón que vamos a salir de esto juntos, que voy a encontrar la manera de resolverlo.

—No necesitas prometerme nada, mientras estemos juntos siento que voy a poder contra todo —le confesó. Y fue ella, esta vez, quien buscó los labios de él para sellar su amor. 

Por delante, el panorama era más oscuro que luminoso, los peligros eran los más aterradores que Keyleth podría haber imaginado jamás. Muchos en Emon estaban muertos, al igual que los Ashari de Fuego, y la puerta al Plano de Fuego se había quedado sin sus guardianes. Los dragones se habían aliado en un movimiento incapaz de predecir hasta por los más sabios y si no hacían algo el mundo quedaría a su cruenta merced. Aún así, Vax y Keyleth aprovecharon la soledad ofrecida por la prisión para recuperar el tiempo que los miedos de ella le habían quitado y llenarse de amor, que era, a final de cuentas, el único sentimiento que podía darles la fuerza suficiente para enfrentar su incierto futuro.

Notes:

Muchas gracias por leer ~