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El nunca tuvo una infancia fácil, robando para sobrevivir y mantener a su familia, pasando por las peores calamidades y torturas, aprendió a desconfiar de todos desde una edad muy temprana, con el paso de los años, encontró a gente a la que quiso, amigos que eran como familia e incluso se casó, tuvo sus años felices, pero la guerra se lo arrebató, dejándolo solo con un hijo al que quería más que nada y por quien no le importaba convertirse en un auténtico monstruo si hiciera falta.
Durante años vivió así, al margen de la ley, viviendo con sus propias reglas, sin importarle el pasado o el futuro, solo el presente.
Hasta que conoció a ese superhéroe proveniente del pasado, Paperinik, aquel molesto pato fue un verdadero incordio para sus planes, pero tenía que reconocer que era valiente, inteligente y tenaz. Pero de cualquier manera eran de épocas diferentes, no tiene porque molestarse por alguien que en su presente llevaba siglos muerto.
Maldita fuera su suerte.
Antes de darse cuenta se había dedicado a gastar todos sus recursos en investigar a ese pato, sus trabajos “misteriosamente” llevaban a donde estaban él, y al final entre pelea y pelea, acababan charlando, conociéndose e incluso a veces colaboraban juntos.
Pero el era un ciborg, un monstruo, un villano, algo que sabía desde hacía años y esos actos de amabilidad que a veces surgía cuando estaba con ese héroe, le desconcertaba y repugnaban a partes iguales, por eso siempre acababa traicionándolo y abandono en los peores momentos (aunque jamás admitiría que se mantenía cerca por si necesitaba su ayuda) Raider se decía siempre, que solo eran momentos de debilidad que tenía debido a que aún era en parte cigüeña, ese rasgo que no había matado por el bien de su hijo, y que finalmente pasaría.
Luego Paperink fue al futuro y todo fue a peor. Ahora no solo tenía que aguantar al pato 24/7 sino que también había descubierto su identidad, la de un pato normal, torpe, de mal humor y con mala suerte, mago de la corte real de los mundos de fantasía de aquella época, sobrino del pato más rico del mundo y aquella época y tutor de tres patitos trillizos de su “aparente” difunta hermana melliza.
Por un lado, se sintió terriblemente furioso y decepcionado saber que el héroe que lo derrotó tantas veces no era más que un pato común, y que lo vencía sin magia alguna, aunque por otro lado también desarrolló un pequeño sentimiento de admiración al saber que alguien así había vencido a varios alienígenas tan poderosos, era increíble. También tuvo sentimientos encontrados al saber que era de familia rica, como Raider se había criado en los barrios bajos, sentía aversión por la gente “de bien”, aunque claro solo le bastó volver al ver al pato después de su descubrimiento, ver como trataba a todos por igual, con la misma humildad que le caracterizaba y supo que no era como aquellos niños ricos que conoció en el pasado. Más bien Donald (cómo descubrió que se llamaba) no era como ningún otro.
Por último, estaba el hecho de que era el padre adoptivo de aquellos chicos, de los cuales Donald no dudo en hablar cuando se sintió más cómodo y un día de esos que Layla, Odín, Donald y él estaban sentados charlando (más bien Layla y Donald hablaban, los otros dos escuchaban) el pato no dudo en hablar de sus sobrinos y presumir de ellos como un padre orgulloso, como él lo estaba de Trip.
Los días que pasaron Donald y él fueron intensos, por decir algo, cada vez se sentía más raro y más confundo cuando estaba cerca suya, era como cuando pasaba tiempo con su hijo, cuando se volvía a sentir un tipo normal y no una máquina de matar y robar, pero lo que sentía estando con Donald era completamente diferente a cuando estaba con Trip, pero al mismo tiempo le resultaba familiar.
Entonces una noche lo descubrió...Era lo mismo que sentía cuando su esposa vivía, pero algo más intenso.
Raider sentía que se le había cortocircuitado el cerebro o algo así, estaba pensando en pedir una revisión completa a Odín, porque estaba seguro de que no podía ser eso ni mucho menos. Pero ese día, vio a Trip jugar con Donald, vio a ambos reír, divertirse, hacía años que no veía a su hijo tan feliz, divirtiéndose como un niño tan normal y Donald...oh él nunca había visto ese lado del pato, estaba tan relajado, sin ese rostro serio y de preocupación que solía aparecer en su rostro cuando estaban de misión, además miraba a Trip con cariño, como si lo conociera desde hacía años, como si fuera su hijo.
Y la idea de que Donald se convirtiera en otro padre para Trip no le pareció mala.
También fue cuando se dio cuenta de lo jodido que estaba, por haberse enamorado de Donald Duck, alias Paperinik.
-Bien repasemos-dijo el ciborg mientras daba vueltas en su habitación.
Estaba enamorado de Donald, es decir de Paperinik, el héroe que lo había vencido muchas veces y que consideraba su rival, además provenía del pasado, por lo que eran de épocas diferentes y por su fuera poco...era un hombre.
Ok, eso no era necesariamente un problema, no en su época al menos, las relaciones de seres del mismo sexo e incluso entre distintas especies estaban más que normalizadas, pero Raider sabia que en la época de Donald era muy diferente y que relaciones así aún se veían como abominaciones.
Raider no quería ni pensar en qué ocurriría si Donald se enterara de los sentimientos que tenía por él, después de todo era un medio ciborg, un hombre, de una época diferente y hasta hace poco su rival y un villano.
Si aun no confiaba del todo en él para las misiones (y bueno considerando que solía dejarle tirado en la mayoría de ellas era lo normal, aunque no era a propósito, solo seguía las órdenes de Odín, ya que Donald tenía que seguir solo si quería mejorar como héroe) Mucho menos iba a fiarse de él en una relación formal, sino lo rechazaba.
En ese momento la imagen de Donald mirándolo con asco y desprecio, de su pico saliendo unas palabras tan crueles que sentía lo poco que le quedaba de su corazón romperse, saber que Donald jamás le mirara como a algo más que un villano, que le provocaba asco y repulsión, era algo que le hacía estremecer de dolor, algo que pensó que jamás volvería a sentir después de lo que había pasado, pero el pato siempre conseguía demostrarle que estaba más vivo de lo que pensaba.
Aquella noche miro al cielo, y por primera vez en años, dejó que sus sentimientos se apoderaban de él y lloro en silencio por un amor que sabía que nunca podrá ser, un amor inalcanzable y juro, juro a la luna que aun cuando Donald jamás le viera de otra manera, cambiaría, le demostraría que podría confiar en él como compañero y amigo, que siempre le había sido leal y que siempre lo seria, que siempre lo amaría.
A él, su mejor rival y amigo. Donald Duck.
