Chapter Text
La familia Fa era conocida por sus allegados por ser una familia tranquila. No solían haber escándalos dentro de sus integrantes y, si bien nunca pertenecieron a algún alto rango, son un buen ejemplo de humildes granjeros que aportan positivamente a la sociedad. Y el miembro más reconocido en la actualidad era la actual cabeza de la familia: el señor Fa Su, reconocido soldado retirado que cuidaba y representaba honorablemente a su familia.
Ese era el decreto con el que Mao-Lan había crecido durante toda su vida. Siempre tuvo muy presente que ser parte de una familia como lo era la Fa conllevaba el deber de honrar a su padre siguiendo su ejemplo. Él debía ser un hombre de sociedad. Debía de ser un hombre fuerte, valiente y dispuesto a entregar su vida por su nación.
Pero Mao-Lan desde un principio tuvo dudas sobre aquellas palabras.
Recordaba muy bien que desde una edad muy temprana sentía disgusto por los ideales masculinos, empezando con los juegos infantiles. Los niños siempre querían jugar a la guerra, a los soldados, a las espadas o cualquier cosa que involucraba dolor físico. A Mao-Lan no le gustaba, eran juegos muy rudos en los que usualmente él era tomado como el más débil o como un simple aldeano que debían de salvar, casi como una doncella. No es como si le importara, de hecho lo prefería ya que así evitaba tener que enfrentarse a nadie y simplemente hacer lo que le dijeran. Era más fácil.
Aún podría relatar aquellas ocasiones en las que jugaba con niñas. Claro, al principio ellas tenían sus dudas, pero como era de los pocos hombres que no se metían con ellas, le dieron una oportunidad. Si, los juegos de las niñas eran un poco más aburridos, pero los prefería por mucho. Desgraciadamente, así como tiene buenas memorias de esos momentos, también tiene algunas malas, y si bien la mayoría son de cuando se burlaban de él por juntarse con niñas, la peor de todas es de aquella ocasión en la que su padre lo atrapó agarrando una de las muñecas de sus amigas, siendo la última vez que se le permitió jugar con ellas entre regaños, críticas y decepciones.
Y eso sólo era la punta del iceberg.
Cómo ya no se le permitía jugar con las niñas, y los niños se volvían más bruscos con él, desde ese momento pasó más tiempo con su abuela. No es que no la quisiera o que a veces fuera interesante, pero jugar Xiangqi por horas no era su mayor afición.
—Abuela, ¿por qué no puedo agarrar muñecas? —preguntó durante una de sus primeras partidas contra ella.
—Porque son hechos para las niñas —explicó con suma tranquilidad.
—Pero cuando lo toqué no pasó nada
—Bueno, tienes razón —la anciana miró el tablero por unos segundos—, pero así son las reglas. Los niños usan lo que fue para los niños, y las niñas para las niñas.
—¿Por qué? —Mao-Lan movió una ficha con frustración.
—Porque así lo decidieron nuestros ancestros, y sus acciones son lo que más debemos honrar.
La abuela terminó la partida con un movimiento que el chico no había anticipado, ni siquiera recordaba haber visto a su abuela acomodar sus fichas así. Y mientras acomodaban todo para volver a iniciar otra partida, Mao-Lan se preguntaba; si los ancestros hubiesen decidido que besar caballos era una regla, ¿también se hubiera tenido que honrar? Por su parte, definitivamente no besaría a ningún caballo.
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Al cumplir los 12 años, Mao-Lan comenzaría a padecer ciertos cambios.
Más allá de lo que la pubertad causaba en su cuerpo, por primera vez sería consciente de que sus gustos diferían de los de otros niños de su edad, e incluso de lo que sus padres esperaban de él.
Todo comenzó un día que estaba junto a su abuela por las calles de su aldea; se dirigían al mercado a conseguir algunos mandados de su madre y otros caprichos de la abuela. En el camino se toparon con un grupo de jóvenes que se preparaban para desfilar.
—Oh, mira que hermosas jovencitas —admiró su abuela al detenerse.
Mao-Lan se les quedó mirando con curiosidad, observó cómo tras unas indicaciones cambiaron su postura y la forma de sostener su sombrilla. Una mujer adulta hizo unos últimos ajustes antes de que comenzaran con su marcha suave y elegante.
—¿A dónde van, abuela? —preguntó Mao-Lan sin apartar su mirada.
—Van con la casamentera. Las mujeres jóvenes deben presentarse ante ella para que les escoja a su marido ideal.
—¿La casamentera decide con quién se van a casar? —preguntó un tanto asombrado.
—Por supuesto. Así fue como tus padres se conocieron, tu abuelo y yo, y nuestros padres y ancestros. Es la tradición.
—Mmh… ¿Y qué pasa si el hombre que les toca es un hombre malo? —Mao-Lan miró a su abuela con preocupación.
La anciana no se había esperado que a su nieto le llegara tal preocupación a su cabeza, usualmente eran las jóvenes féminas quienes hacían esas preguntas, y no eran muchas las que se atrevían o les importara. Sin embargo, concluyó que era simple curiosidad infantil, así que no profundizó mucho en el tema.
—Bueno, en ese caso pueden separarse y buscar a otro hombre —se giró y continuó con su camino.
Mao-Lan entendió que ese era el final de la conversación, pero continuó mirando a las damiselas por el mayor tiempo que pudo antes de seguir a su abuela. Fue a partir de ese momento que un extraño sentimiento comenzaría a inundarlo.
Después de aquel día, su familia notaría que Mao-Lan miraba con gran atención a las doncellas. Sus padres simplemente pensaron que eso era normal, después de todo el interés hacia el sexo ajeno despertaba en esa etapa de la vida, y si bien hubo esa diferencia de que su fijación se había “desviado” hacia mujeres demasiado maduras para él, no se lo tomaron muy en serio. Al contrario, les emocionaba que su hijo estuviera aprendiendo desde tan joven el cómo debería de actuar su futura esposa, así en su momento ya sabría que esperar y desear de una mujer.
Sin embargo fue su abuela quien se dio cuenta de que su mirada no expresaba algún sentimiento de atracción hacia las mujeres en sí, sino que albergaba más un destello de curiosidad hacia su comportamiento y atributos, casi como si las estuviera estudiando .
También le atrapaba admirando por mucho tiempo las prendas femeninas, al menos el tiempo suficiente como para llamar su atención. “Oh, sólo me imagino a mi futura esposa vistiendo con gran elegancia y usando las más finas telas” era su respuesta ante las preguntas. Mucha gente le creía y terminaba diciendo “Que afortunada la mujer que esté con un joven de tan refinados gustos” , aunque su familia a la larga no terminaron por tragarse todo ese cuento.
Una vez, mientras la madre aprovechaba que el chico no estaba en casa para limpiar su habitación, descubrió algunas telas femeninas escondidas. No poseían nada extraño y estaban bien cuidadas, pero era extraño que tuviese algo como eso. Cuando le cuestionó al respecto obtuvo una reacción molesta por la invasión a su privacidad y la extraña respuesta de que se los había guardado a una amiga que los estaba escondiendo de sus padres para que no las vendieran. Era una excusa que no explicaba el por qué no les había contado al respecto, pero como el chico se negaba a dar más información y se las devolvió a su dichosa amiga, ninguno de sus padres ahondó más al respecto.
Su abuela era quien más notaba esos detalles, pues era la que mayor tiempo libre poseía. En ocasiones descubría a Mao-Lan andando por su habitación tratando de imitar el andar de las concubinas; o usando sus sábanas alrededor de su cuerpo en un vestido bastante improvisado; o jugando con un abanico que sacó de ancestros-sabrán-dónde. No obstante, ella era la única que era consciente de tales detalles y así planeaba mantenerlo, después de todo no era de su incumbencia lo que el chico hiciera con sus tiempos libres mientras no descuidara sus deberes.
—¿Abuela?
—¿Si?
—Umm… ¿Por qué los hombres no pueden usar telas como las de las mujeres?
La anciana levantó su mirada del tablero de Xiangqi con el que lo estaba desafiando mientras miraba al chico con gran desconcierto.
—¿Disculpa?
—E-ehh… —Mao-Lan se sonrojó hasta la punta de las orejas y desvió la mirada—. Nada, olvídalo.
El chico miró el tablero y se quedó callado una buena cantidad de tiempo antes de hacer un movimiento y terminar con su turno. La señora lo analizó un poco al rascarse la barbilla. Ese tipo de preguntas serían normales en un niño de 4 años, no en un chico de 14 años. Aún así, entendió que si tenía la suficiente confianza como para preguntar ese tipo de cosas aún con su gran conocimiento, lo mejor que debía hacer era responder con tranquilidad y normalidad.
—Bueno —comenzó volviendo su atención al tablero—, las mujeres poseen una piel suave y delicada, por lo que deben de darle grandes cuidados desde cosas como la tela con la que visten o con los polvos con los que se maquillan. Y esa no es una preocupación por la que los hombres pasen.
A pesar de que sentía la mirada del chico sobre ella no se la devolvió, sino que continuó centrada en el juego antes de terminar su turno. Mao-Lan se aclaró la garganta y se movió de forma inquieta en su asiento, debatiendo consigo mismo sobre si era prudente continuar arriesgándose. Al final su curiosidad pareció vencerlo pues dijo entre susurros:
—Bueno, creo que podría ser bastante cómodo de todas formas.
Y tal como Mao-Lan había planeado, movió sus fichas de tal forma que puso en jaque a su abuela, quien se quedó pasmada por haber caído en su trampa. El chico soltó una pequeña risa que trató de esconder al toser un poco, aunque la expresión de complicidad de su abuela le hizo bajar la guardia.
—Mira mira, que listo resultó ser el jovencito.
La anciana le revolvió un poco el cabello, ganándose unas pocas quejas divertidas de Mao. El chico, ahora mucho más relajado, le sonrió antes de comenzar a guardar el juego al verla darse la vuelta para salir.
—Aunque… —Levantó la mirada, viendo con incredulidad como su abuela le mostraba un abanico. Su abanico que tenía escondido —. Yo soy más lista.
La señora le lanzó el abanico sin siquiera voltear, mientras que el chico sólo atinó a atraparlo en el aire con un rostro atónito y un millón de preguntas cruzando por su mente.
El tiempo pasó y Mao-Lan no podía encontrar una respuesta de lo que pasó aquel día, pero para su fortuna su abuela no daba señal alguna de que algo hubiera pasado, así que siguió su ejemplo. Aunque sí que hubo un cambio, y es que después de aquello Mao se sintió más cómodo pasando tiempo con su abuela: le acompañaba en sus ratos libres; le hablaba sobre nuevos aprendizajes que obtenía tanto en la escuela como en su entrenamiento; escuchaba con mayor atención sus relatos sobre los ancestros; e incluso cuando la acompañaba al mercado por los víveres se daba la libertad de admirar los escaparates con muchas menos preocupaciones. Al principio sí que le costó acostumbrarse a ese hecho, pero el amor que le profesaba era mayor que seguir unas cuantas reglas, así que sólo se limitaba a acompañarlo en silencio (o apurarlo en caso de que no tuvieran mucho tiempo).
No hacía falta resaltar que sus padres estaban felices de que estuviera tan interesado en sus ancestros y se volviera más cercano a su familia, por lo que no lo cuestionaron.
Algo que sí le cuestionaban y les preocupaba era su bajo desempeño en su entrenamiento.
Al principio parecía totalmente dispuesto a poner todo su empeño en ello, pero con el paso de los meses esas energías se disiparon. No es como si se estuviera quejando o algo, pero era bastante evidente que iba más por obligación que por gusto. Incluso fue tan así que no era raro que el maestro se quejara con sus padres cada vez que iban a ponerse al día al respecto.
—No desobedece, pero claramente no se esfuerza. Siempre llega tarde; duda demasiado en levantar un arma; es increíblemente torpe con la espada; su resistencia física es más baja que el promedio; y se niega a participar cada vez que hay un duelo con sus compañeros. Solamente es medianamente decente con el arco, pero sigue siendo mediocre.
Eran los puntos de queja más frecuentes sobre Mao-Lan. Cada vez que obtenían un nuevo informe con las mismas quejas, sus padres discutían en la noche una vez que se preparaban para dormir.
—Es que no lo entiendo. De niño soñaba con empuñar un arma, y ahora que tiene la oportunidad la desaprovecha —se quejaba el padre con un sentimiento que mezclaba la molestia con la preocupación.
—Tal vez sólo es una fase rebelde. Debemos ser pacientes, después de todo nunca nos ha ocasionado problemas —trataba de consolar la madre, aunque ni siquiera ella sonaba tan convencida de sus propias palabras.
—Espero que sea sólo eso o no podrá conseguir una buena esposa. Ya tiene 16 años, debe empezar a tomárselo en serio. ¿Quién querría a un hombre mediocre en batalla? Ese tipo de hombres son inútiles en el campo.
—Sé que es importante para ti, querido. Por lo pronto podríamos hacer que nos ayude un poco más en la granja para que mejore su condición física, tal vez así se sentiría mejor.
Mao-Lan, quien estuvo escuchando la conversación a escondidas, se retiró silenciosamente por el oscuro pasillo, manteniendo la mirada baja y la mandíbula apretada. La palabra “ mediocre ” rondaba por su cabeza sin parar. No era algo nuevo, su maestro no parecía cansarse de llamarlo así cada vez que fallaba en una estocada, o en maniobrar con el bastón de bambú, o cuando no lograba romper una tabla o una losa con su jodido rostro. Los únicos momentos de paz que tenía era cuando usaba su arco, pero tampoco era un utensilio tan recurrente en su entrenamiento.
Lo peor era cuando se negaba a combatir con alguno de sus compañeros, pues era tachado de cobarde. No solo su maestro lo pensaba, sino también todos sus compañeros y usualmente lo acosaban por ello.
Un día, cuando iba solo a hacer las compras debido a la urgencia de estos, fue jalado repentinamente hacia un solitario callejón. La impresión no lo dejó reaccionar rápidamente y, antes de darse cuenta, estaba acorralado por tres chicos.
—¿Qué quieres, Ying? —preguntó Mao-Lan sin dejarse atemorizar.
—Que dejes de ser un marica y empieces a hacer las cosas bien —escupió Ying empujándolo un poco con su dedo.
—No sé a qué te refieres.
—Por tu maldita culpa el entrenador está siendo demasiado duro con nosotros —respondió uno de los amigos de Ying (el Bruto #1).
—O tal vez simplemente no son tan buenos como creen —Mao-Lan le dio un manotazo para que dejara de empujarlo.
—No te hagas el listo con nosotros —dijo Ying molesto.
Lo empujó con mayor fuerza, haciéndolo tropezar y caer sentado. El estar sosteniendo sus cosas lo dejó sin posibilidad de amortiguar la caída. Soltó un pequeño quejido, pero se mantuvo firme.
—Que valiente eres, llegando a acosarme con ayuda de tus dos sirvientes —sonrió con sorna.
—¿Qué sabes tú de valentía? —se burló Bruto #2.
—Exactamente. Ni siquiera te atreves a levantar una tonta espada —continuó Ying—. Al menos yo soy lo suficientemente hombre como para no deshonrar a mi familia.
—Como si me importara —dijo Mao-Lan girando la mirada.
—Oh, pero yo sé algo que te importará —dijo Bruto #1 con una enorme sonrisa.
Mao-Lan al principio creyó que era solo otro comentario para tratar de intimidarlo, pero la seguridad desbordaba a mares de él y eso lo hizo dudar.
—Oh sí. Digamos que el otro día vi como “jugabas” a ser una concubina.
Mao-Lan se sonrojó hasta la punta de las orejas mientras lo miraba muy sorprendido, lo cual solo causó que los Brutos se comenzaran a reír.
—¡Miren lo rojo que está!
—¡Pensaba que era broma! ¡Jajaja!
—¿Te gusta ser una perra?
—¡Oh Dios! ¡Debe de haberse visto ridículo!
—¡Ya sabía que era un marica!
Esas burlas solo lo hicieron sonrojarse aún más. ¿Cómo era posible…? Para empezar solo lo había hecho una vez, y fue en la noche en la privacidad de su habitación. No hubo forma de que lo hubiera visto… A menos de que hubiera entrado a su casa o de que se lo hubiera inventado.
—¿Y se puso un vestido y todo? —le preguntó Ying limpiándose las lágrimas.
—Si —respondió Bruto #1 reduciendo las risas—. Cuando me asomé a su ventana estaba jugando con maquillaje. Incluso intentó ponerse flores en las mejillas.
No, definitivamente no se lo estaba inventando. Sí lo había visto. No podía ser más vergonzoso. Lo habían atrapado en su peor momento, su mayor secreto revelado a sus peores enemigos… Si su padre llegaba a enterarse, quién sabe qué podría ser de él… Tal vez incluso lo enviarían lejos para evitarse la deshonra de tenerlo como hijo, y todo porque un bruto estaba…
—Espera… ¿Qué hacías mirando por mi ventana en medio de la noche? —Lo cuestionó Mao-Lan con cierto desafío.
—Huh, es cierto —dijo Bruto #2 cruzándose de brazos—. ¿Por qué estabas espiando al marica?
Ahora fue el Bruto #1 quién se sonrojó, pero fue tan leve que nadie se dio cuenta.
—Y-yo sólo… —se aclaró la garganta con el ceño ligeramente fruncido—. Unos idiotas lanzaron la muñeca de mi hermana a su patio. Tuve que ir porque no dejaba de llorar, fue entonces cuando escuché ruidos raros y decidí asomarme.
Esa explicación fue suficiente para que sus amigos asintieran, pero Mao-Lan entrecerró los ojos con sospecha. Si alguien hubiera lanzado una muñeca a su patio, él lo sabría…
—Cómo sea —agregó Ying cambiando de tema—. Ahora que sabemos esto, será más fácil convencerte para que dejes de ser un gay asqueroso y te comportes como debes, o verás como el pueblo entero se enterará de quién realmente eres.
Mao-Lan se encogió un poco, aunque no bajó la mirada. Sería un problema si su padre lo supiera, pero ya no tenía ninguna de esas cosas en su habitación, así que aunque lo incriminen, no encontrarían prueba alguna de sus palabras. Y si bien le gustaría evitarse esos problemas, su boca actuó antes que su cerebro y dijo:
—Tú siempre estás rodeado de tus dos amigos hombres… Creo que el gay es otro.
Y con esas palabras, la mirada de los tres chicos se volvió completamente feroz. Ya ni siquiera se molestaron en responderle algo ingenioso, sino que directamente se lanzaron contra él para agredirlo. Golpes, patadas y rasguños cayeron sobre él, quién solamente atinó a cubrirse el rostro con sus brazos estando en posición fetal.
La paliza duró una eternidad. Cuando terminó estaba tan aturdido que apenas se dio cuenta de cuando se fueron. Tardó una considerable cantidad de tiempo en enderezarse y recuperar la respiración, incluso sentía que se había roto una costilla por lo doloroso de esa simple tarea.
Y como cereza del pastel, sus cosas no estaban.
—Malditos bastardos…
Desgraciadamente, eso fue solo el inicio de algo mucho peor. A los pocos días, los rumores se esparcieron como plagas entre las bocas de los pueblerinos.
—¿Has oído que el joven Fa tiene mal desempeño en su entrenamiento?
—No me extraña con esos brazos tan flacuchos.
—Dicen que posee caderas demasiado pronunciadas. ¿Será que las exhibe de forma vulgar?
—Yo lo he visto andar y no se ve tan raro, aunque ahora que lo mencionas creo que si hace algunos movimientos extraños.
—Escuché que se la pasa horas mirando los escaparates de ropa femenina. Según él es porque quiere que su futura esposa se vista bien, pero me han asegurado que lo han visto vistiendo de formas bastante indecentes.
—Y pensar que era un niño tan bueno. No quisiera que se juntara con mi Hiao, podría mal influenciarlo con raras ideas.
—Un familiar mío asegura que lo vio llevándose ropas femeninas a su hogar a escondidas de sus padres.
—Que desperdicio de un gran hombre.
—Pobres de sus padres, deben de estar avergonzados por tener un hijo tan defectuoso.
—Si yo tuviera un hijo de tal perfil, ni siquiera querría salir de mi casa.
—También ese chico es muy impuntual. Si sus padres permiten eso, seguramente permiten también otras cosas.
—He oído que se acerca de forma indecente hacia los hombres, ¿crees que realmente lo haga?
—No lo dudaría, después de todo mi hija menciona que siempre ha sido un chico raro .
Esas y otras tantas conversaciones eran las que se corrían por entre las calles, ya sea que el chico estuviese presente o no. Poco o nada le importaba a la gente si les escuchaba, después de todo ¿cuál era el valor de la opinión de un chico con actitudes tan femeninas ?
No hacía falta decir lo fatal que Mao-Lan se sentía. Muchos de esos rumores eran inventados y exagerados… O casi todos. Estaba consciente de que los Brutos que lo acosaban habían hablado, eso estaba claro, pero no podía reclamarles porque eso sólo afirmaría esos rumores, y no quería empeorar su situación.
Sus padres no estaban en una mejor situación pues las críticas hacia ellos no eran mucho menores. La gente creía que era su culpa por no corregir a su hijo, por no educarlo bien o por incluso incitar ese actuar, cosa que estaba fuera de la realidad. Pero claro, nadie iba a creer sus testimonios. Ni qué decir que las cenas eran terriblemente incómodas, al menos hasta que sus padres decidieron tomar acción al respecto, esperando que así las críticas desaparecieran o, como mínimo, se redujeran. Después de todo, el chico ya tenía 20 años.
—Mao-Lan, creemos que es hora de ir con la casamentera.
