Chapter Text
Mira el abismo, lo está llamando.
Su corazón late al mil ante las intrusivas ideas que lo inundan, tantos finales en su cabeza, todos son felices, todos son mejores —a su parecer— pero en ninguna él sigue con vida.
Piensa en su familia; su hermana llorando, su madre en el suelo sin poder levantarse, su padre golpea la pared con impotencia. Es triste, pero lo superarán, al menos eso quiere creer.
Pero no lo hace, nunca salta, su instinto de supervivencia se lo impide y se odia por no hacerlo, tal vez mañana, se vuelve a decir.
¿Como hizo él para poder vencer el miedo a la muerte?
Siempre fue valiente, ahora lo reconoce, pero ya no importa.
Vuelve a su camino hacia la escuela, ya no toma el autobús, no le gusta porque es incómodo ser evitado como una plaga. Sus pies son de plomo, un candado invisible en su cuello le impide ver más allá de sus pies, la mochila en cambio es su grillete, es preso entre sus libros de estudio y su propia mente.
Todo es igual, el ambiente nunca fue malo, solo es... tenso.
Se sienta ahí en su pupitre, escribiendo exactamente las mismas palabras que hay en el tablero como una impresora de su visón, no escucha pues su mente solo le muestra el zumbido de la ansiedad, no quiere estar ahí, se ahoga entre tanta gente porque siente miradas filosas desde todos lados.
—Craig Tucker—Lo llama el nuevo maestro, quien lo mira a los ojos.
¿Me está juzgando? ¿lo sabrá? Por supuesto que lo sabe, seguro ya se lo dijeron, ¿y si no sabe y solo soy yo? ¿debería decirle para no sentirme tan mal? Igualmente, no es como que mereciera ser tratado bien.
—¡Craig Tucker! —Grita luego de tres llamados, se ve molesto, al de chullo le duele la barriga y comienza a temblar, seguramente ya lo sabe y por eso le gritó.
—Mande—Dice al fin, con todo el esfuerzo que su miedo le permite.
—¿Sabe la respuesta a la pregunta del tablero? —Pide, su voz es neutral, pero le suena acusatorio, traga saliva antes de fijarse bien en la pregunta.
Todos lo miran, lo siente, siente ahogarse nuevamente entre murmullos inexistentes, todos le reclaman por su incompetencia ante una sola maldita pregunta. Tiene 16 años, ¿porque le cuesta si quiera entender la pregunta?
Lee y relee, pero su cerebro no lo procesa, siente el calor dentro de su piel y su cara hirviendo, nuevamente es el centro de atención.
—Yo... yo...—Intenta decir algo, balbucea, se queda en silencio y entonces... su lápiz se cae. —¿Puedo ir al baño? —Pregunta con un tono cansado.
—Está bien, pero si no respondes la pregunta te irá mal en el examen. —Le da una leve reprimenda que se siente como un látigo en su pecho. Sale al pasillo y en cuanto no ve a nadie, corre.
Corre, corre, corre hasta el primer baño que ve, últimamente ve ese lugar como una puerta hacía otra dimensión donde solo puede ser él sin preocupaciones al rededor.
Se sienta en el inodoro y comienza los ejercicios de respiración.
—1, 2, 3, respira, respira—Aun tiembla, se siente tan inútil y avergonzado por no saber resolver solo una estúpida pregunta que sabe que estudió pero que ya no se acuerda.
Ahí se quedó hasta el cambio de clase, luego volvió ahí en el descanso... y así hasta que la jornada terminó.
No es que realmente le hagan nada en la escuela, no es que nadie lo intimide, no es que en realidad haya algún problema.
Más bien, ese es el problema.
Sube la cabeza cuando va a la salida, mira como todos pasan a su alrededor, todos hablan de videojuegos, celulares, cantantes, polémicas, noticias, moda, aplicaciones, familias, problemas, hormonas, romances, patinetas, hobbies, amistades...
Sus ojos se conectan con los de Clyde y Token, quienes lo miran por unos segundos. Una pequeña pisca de ilusión se muestra ante esto pues ellos habían sido sus mejores amigos desde que tenía memoria. Sin embargo, en cuanto procesan la conexión, fruncen el ceño y se voltean, riendo y hablando como si nada hubiera pasado.
El problema de Craig era justo ese: es ignorado.
...
—Si, entonces los chicos dijeron que no podríamos ir a ver la película de Red Racer el próximo mes porque van a estar ocupados con el proyecto de ciencias—Explicaba con una sonrisa dolorosamente falsa frente a sus padres.
—Oh que mal, igual pueden venir cuando quieran, pueden ver las anteriores películas como cuando eran niños, hace rato que no veo a tus amigos por aquí. —Comenta su mamá con sumo cariño.
—Siempre eres tú el que va a sus casas Craig, no me parece bueno que te la pases en casa ajena todo el día—Dice su padre mientras termina de comer, el pelinegro mira a su hermanita, quien lo ve inexpresiva en su asiento.
Sabiendo la verdad de esa mentira.
—Lo sé papá, es solo que la casa de Token es más cómoda para jugar, pero prometo que pronto los traeré, como en los viejos tiempos—Le duele tanto mantener su sonrisa, mira su plato casi ni tocado—mamá no tengo mucha hambre hoy, me iré a mi cuarto.
—Ay cariño, últimamente no has estado comiendo mucho, ¿seguro que estás bien? —Duele, realmente duele su preocupación genuina.
—Si, ya sabes, cosas de la pubertad supongo. —Retira el plato y se va hasta su cuarto.
Al fin llega, su lugar seguro, aquel lugar que le ha servido como caja protectora de las hostilidades frías del mundo exterior, ahí nadie lo mira, ahí puede ser él, es su bunker contra bombas acusadoras que lo miran con desprecio a sus ojos, él ya no es un guerrero de la interrogación social, hace un tiempo se rindió en esa pelea, ahora es un jubilado de su propio orgullo.
Está cansado, vivir es... cansado.
Se quita la ropa sudada por el esfuerzo, se pone algo más cómodo y simplemente se sumerge bajo sus sabanas gruesas, sintiéndose protegido como un bebé dentro del vientre de su madre.
Entonces duerme, duerme porque el único momento donde sus pensamientos no lo acechan es mientras pierde el conocimiento, dormir es bueno, dormir... desearía solo poder dormir.
...
Y entonces el despertador lo levanta, se baña, se viste, toma su mochila y se dirige caminando a la escuela, desviándose por la zona más boscosa para evitar al mundo una vez más, así va hasta que nuevamente se detiene en aquel abismo.
Mira el abismo, lo está llamando.
Se pierde en su profundidad.
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—Antes de empezar la clase del día de hoy, hay que darle la bienvenida a su nuevo compañero—Rubio desordenado, camisa mal abotonada, mirada inquieta. —Vamos, preséntate.
—Mi nombre es Tweek Tweak, vengo de Denver, me mudé hace poco junto con mis padres y tengo 15 años. —Dice con ensayada voz, el maestro le pide tomar asiento y para sorpresa de todos, se sienta justo al lado de Craig.
—Um, Tweek, ¿no te gustaría sentarte mejor a mi lado? —Pregunta Wendy, una punzada en su pecho lo hace mirar hacia la ventana como si no lo hubiera escuchado.
O como si no supiera porqué lo ofrece.
—¿Hay algún problema con este asiento? —Pregunta mientras revisa si el objeto está en buenas condiciones, todos se quedan callados, ven al rubio y al pelinegro atentamente, el recién llegado siente una extraña sensación.
Y entonces lo mira, mira al chico de chullo azul quien mira detenidamente el marco de la ventana, como si en ello encontrara el secreto de la vida, o en su defecto, una escapatoria irónicamente más tangible que su realidad.
—No, uhhh, solo creo que sería mejor que tomaras un asiento diferente a ese, si te gusta hacerte tan atrás puedes ir al lado de Kyle, él puede darte muy buenos apuntes para que te adelantes—Ofrece nuevamente, pero el rubio no deja de mirar a Craig, luego mira al resto.
Lo siente, puede sentirlo.
—No, gracias, estoy bien aquí. —Responde sin una expresión como tal, la chica arquea la ceja pues aquel rubio no parece muy normal tampoco, solo sigue con lo suyo, el resto también.
El cuadro se vuelve pequeño, un pelinegro con su lapiz haciendo círculos en el papel mientras espera que las horas pasen, y a su lado un rubio que lo mira con cierta curiosidad. La luz del día les apunta de forma tan natural, reflejando en ellos un brillo peculiar que nadie más parece notar.
—Disculpa, ¿podrías prestarme tus apuntes?
—Debiste aceptar lo que dijo ella. Yo no tengo apuntes—Responde sin levantar el rostro, sigue fijo en sus círculos de grafito.
No vale la pena ser amable, después de todo pronto se lo dirán y lo odiará, así como el resto lo hace.
—¿Como te llamas?
—Craig.
—¿Cuantos años tienes?
—16.
—¿Tienes amigos? —Para un momento y lo mira al fin, la pregunta parecía realmente curiosidad genuina y no burla.
—No.
—¿Puedo ser tu amigo?
—No.
—¿Porqué?
—Pronto lo sabrás, te lo van a decir.
Todos lo saben.
—Entonces dímelo tu.
—No quiero.
—¿Porqué?
—Porque no.
—¿Es malo?
—Mucho.
—¿No es mejor decirlo de tu propia boca y no de otros?
En ese momento se levanta de golpe, cierra su cuaderno y alza la mano.
—Profesor, ¿puedo ir al baño? —El docente junto con el resto de la clase lo miran, pero su mirada está fija en el cuaderno cerrado.
—Está bien. —En cuanto dice esas palabras, se va a su lugar seguro.
...
La rutina. La rutina es para unos un refugio de aquello que es seguro. Todos tenemos rutinas que se vuelven hábitos, y hábitos que se vuelven nuestra esencia. Para otros la rutina es una espiral descendente hacía la perdida de nuestra chispa; a veces perdemos parejas por ella, otras veces nos perdemos a nosotros mismos... y otras veces como en el caso de Craig, se puede perder la vida.
Pero para su mala o buena suerte, llegó alguien que cambió su rutina.
—¿Te gustan los tomates?
—No.
—¿Y la lechuga?
—Tampoco.
—¿Los pepinillos?
—Menos.
—¿Porque me hablas tan feo?
—No te hablo feo, solo te respondo.
—Pero es que siempre eres así—Comenzó a enojarse de la nada, aquel chico era realmente raro. Ambos estaban sentados en el cesped mientras el resto jugaba futbol en educación física.
—Mejor ve a jugar, te han invitado toda la mañana.
—Ay que pereza—Se recostó, pero luego se levantó de golpe—pero si puedo dar un recorrido rápido. —Comenzó a trotar alrededor de la cancha y todos lo miraron, luego paró y volvió a su lugar—No mentira, ya me dio pena.
Aquel bicho raro llevaba dos semanas persiguiéndolo con preguntas cada vez menos coherentes, a veces tenía cambios de humor muy raros donde podía querer llorar por su falta de interacción, luego se ponía muy feliz cuando le respondía, pero luego de un rato volvía enojado por seguir ignorándolo.
Unos días llegaba como un zombi a clase y no decía palabra, pero lo seguía a donde fuera, otros en cambio, parecía tener demasiada energía en su sistema al punto de que un extraño tic se posaba en su ojo junto con la necesidad de dar pequeños gritos y jalar su cabello.
Era paranoico, ultra negativo, ultra positivo, pensativo, hiperactivo, perezoso, ansioso, hablador, callado... todo dependía de la hora y el día.
Así es como la rutina de Craig se vio alterada por un rubio impredecible que desde el momento en que llegaba a la prisión de indiferencia, silenciaba sus intrusivos pensamientos con esa forma unica de llamar su atención.
Sin embargo, eso no significaba que se lo agradeciera en lo absoluto. Cada sonrisa que le lograba sacar con sus ocurrencias le daban un dolor de estómago imposible de ignorar, no podía ser feliz, no se lo podía permitir.
No lo merecía.
—Entonces los gnomos llegaron a mi cajón de ropa interior y se robaron todo, tuve que trabajar sin nada debajo de los pantalones por una semana, si no fuera por el cinturón que me dio mi papá posiblemente a más de un cliente hubiera...
—Tweek, debes alejarte de mí. —El rubio se le quedó viendo, ambos estaban en las gradas de las canchas, Craig miraba como el resto de los varones jugaban a verdad o reto en mitad de la cancha, ese día la profesora de la última hora no había ido por enfermedad.
—¿Por qué? —El de chullo lo miró a los ojos, con una expresión realmente dolida.
—Estoy seguro que ya lo sabes, ellos debieron haberte dicho algo—El rubio parpadeó dos veces sin comprender.
—Pues, algunos chicos intentan acercarse a mi e invitarme a salir a algún lado, pero siempre les digo que no porque no los conozco y no sé si son agentes del gobierno que me quieran secuestrar.
Ahí el pelinegro suspiró con fuerza, miró el reloj como si la hora de salida fuera su escape perfecto y luego se levantó, miró una vez más al grupo que reían a carcajadas por ver a Cartman intentar dar una voltereta, cerró los ojos y dejó salir aquella presión de su cuerpo.
—Lo mejor es que te alejes de mi Tweek—Miró al cielo, buscando respuestas en las nubes—no creo que quieras estar al lado de un asesino como yo.
Tomó su mochila al hombro y se fue a pasos rápidos. Cada vez que esa palabra salía de su boca era como revivir las dolorosas imágenes en su cabeza, recordaba el rostro de esa persona, luego el abismo, sus momentos juntos y luego el abismo, toda su vida junto a sus seres queridos... luego el profundo abismo que todos los días de su vida lo llamaba.
No podía permitirse jamás olvidar sus pecados, porque así nunca olvidaría que la indiferencia que le daban era bien merecida.
