Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Categories:
Fandoms:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2025-01-19
Words:
1,715
Chapters:
1/1
Kudos:
4
Hits:
41

Amigo

Summary:

[One-Shot] Donde Azirafel y Crowley se resguardan de una noche tormentosa en la librería.

Notes:

Esta es la primera historia relacionada con Good Omens que publico, y aunque no me termina de convencer porque la encuentro un poco floja, servirá como calentamiento para el resto de proyectos que haga. Aún así, espero que os guste <3

Work Text:

17:15 

   —Entonces... —Crowley observó al ángel, alzando una ceja con semblante burlón—. ¿Quieres que me quede aquí contigo esta noche?

   Azirafel trataba de mantener una actitud altiva y desinteresada, como si lo que le estaba pidiendo a su mejor amigo fuese algo habitual y que para nada podía malinterpretarse visto desde fuera.

   —Si no es mucha molestia, te lo agradecería  —respondió, con el cuerpo tenso y evitando hacer contacto visual. Entonces, se escuchó un trueno cerca de la librería y Azirafel dio un respingo, asustado. Crowley rio.

   —Vamos, ángel: has vivido durante más de 6000 años, has presenciado el mismísimo diluvio universal... ¿Y te da miedo una simple tormenta?

   —¡N-no me da miedo! —se defendió él, colocándose la pajarita—. Simplemente las cosas han cambiado; en la época del gran diluvio no tenía nada que perder, ¿pero qué pasaría si esta noche se inundara la librería? ¡No podría soportarlo! Además, esta es una situación inusual: ¡no se ve algo así en este país desde la Gran Tormenta de 1703!

   Y no le faltaba razón: se aproximaba un huracán de categoría dos que había obligado a toda Gran Bretaña a hacer saltar las alertas. Los rayos no cesaban y tampoco se podía salir al exterior debido a las inundaciones que cortaban las calles, así que no era algo que se debiese tomar a broma.

   Por otro lado, Crowley también tenía su punto: no eran humanos y habían vivido situaciones mucho peores, así que no tenía sentido acobardarse por algo que, a aquellas alturas de la existencia, era algo tan banal para ellos. Además, podían proteger toda la librería con un milagro, aunque requeriría bastante esfuerzo asegurarse de abarcar todo el edificio. No obstante, si Azirafel se sentía más seguro con él a su lado...

   —Está bien, me quedaré aquí —aceptó finalmente, y esbozó una pequeña sonrisa al ver al ángel suspirar de alivio.

   —Gracias, Crowley. Definitivamente eres el mejor amigo que se puede tener.

   El demonio amplió su mueca.

   —Oh, ángel, dudo que sea para tanto —contestó con modestia, alejándose en dirección a la sala de estar.


18:45 

   Ya había pasado una hora y media desde que el huracán comenzó a hacer estragos en la ciudad, pero la tormenta no parecía tener intención de escampar. En el interior de una salita de la librería, para refugiarse de semejante tempestad, se encontraban Azirafel y Crowley, ambos sentados en el sofá y arropados con una manta que el demonio había encontrado en el armario, atentos al espectáculo de magia que estaban emitiendo por la televisión. El ilusionista estaba a punto de realizar uno de sus números más arriesgados, cuando el monitor del televisor se apagó de repente.

   —¡Venga ya! —protestó Azirafel. Ahora se quedaría con las ganas de ver el truco completo.

   Crowley frunció el ceño y se incorporó para encender la lámpara que había justo al lado del sofá, pero la luz no respondía.

   —Qué raro —murmuró.

   Se levantó para comprobar si otros interruptores y dispositivos electrónicos funcionaban, sin éxito.

   —Es un apagón.

   —¡Oh, genial! Lo que faltaba —farfulló Azirafel—. Voy a buscar las velas.

   Crowley se giró hacia él con una ceja levantada.

   —¿Velas? Por favor, ángel: ya no estamos en el siglo XV. Hay formas mucho mejores de ilumi...

   Azirafel se detuvo frente a él y chistó, posando su dedo índice en los labios de su mejor amigo.

   —No me importa; le dan un toque encantador al ambiente —murmuró, con un gracioso retintín altanero.

   Aquello podría haber quedado como un inocente gesto, un momento divertido del que luego se reirían; pero esa extraña tensión que reinaba entre ellos desde hacía ya varias décadas (y que se había intensificado en los últimos años) lo impidió. Los segundos pasaban y Azirafel, entornando los ojos en una expresión cada instante más suave, no apartaba la mano. Ante el roce, Crowley sintió su piel erizándose y, sin pensarlo, su mirada buscó los angelicales ojos azules del otro, perdiéndose en ellos al igual que se zambulliría en un océano de aguas cristalinas. Sin embargo, y aunque al demonio le pareció —y deseó que hubiera sido— un periodo de tiempo bastante más largo, este escenario solo duró unos cinco segundos; después, Azirafel se separó de él con un carraspeo, como queriendo regresar a la realidad tras aquel momento tan inusualmente íntimo, y se dirigió a un pequeño cuarto a por las candelas y una caja de cerillas, fingiendo no haberse dado cuenta de la sensación que su gesto había provocado en su mejor amigo.


19:00 

   Ahora, cilindros de cera blanca de todo tipo de tamaños iluminaban la estancia en la que se encontraban. A Crowley no le gustaba mucho la idea de estar rodeado de esos alargados y llameantes objetos, idénticos a las velas de las iglesias; pero si Azirafel estaba cómodo así, entonces trataría de no quejarse mucho en voz alta.

   —Todo listo —anunció el rubio cuando terminó de prender la última llama.

   —...Ángel.

   —¿Sí, Crowley?

   —¿No crees que es un poco suicida tener fuego encendido dentro de una librería?

   El susodicho miró a su alrededor, y luego movió la mano hacia abajo en un gesto rápido, quitándole importancia.

   —Oh, no te preocupes; no permitiré que ocurra nada.

   Pero antes de que el demonio tuviera la oportunidad de replicar, el estruendo de un cristal rompiéndose tras de sí los sobresaltó. Inmediatamente, Crowley se abalanzó sobre Azirafel, empujándolo hacia un lado de la habitación para evitar que los cristales llegasen a él. El ángel aterrizó sin recibir ningún daño, pero el demonio no corrió la misma suerte: al caer había hecho tambalear una pequeña mesilla sobre la que se erguía una de las velas, que se desestabilizó y cayó sobre su brazo izquierdo, incendiándolo al instante.

   —¡Crowley! —gritó Azirafel desde el suelo.

   El susodicho sintió cómo el súbito calor se extendía por su piel y, a modo de reacción inmediata, se despojó bruscamente de su chaqueta, que una vez en el suelo se consumió entre las llamas.

Chás

   Tras un chasquido de Azirafel, el caos cesó abruptamente: el fuego se extinguió, la vela permaneció intacta sobre la mesilla, la americana de Crowley —aunque tirada en el suelo— ya no estaba chamuscada y la ventana que se había roto debido a la presión del aire regresó a su estado original. Después, el ángel se levantó del suelo y fue a socorrer a su amigo, ayudándolo a incorporarse para poder revisar el brazo que había sido afectado por las llamas.

   —¡Crowley! ¿Estás bien?

   El demonio gruñó de dolor cuando Azirafel rozó su herida con los dedos.

   —¡Argh! No, no lo estoy. Duele. ¿Qué mierda llevaba esa cosa para arder tanto?

   El ángel tragó saliva, sintiéndose entonces culpable.

   —Era... una vela litúrgica.

Crowley lo miró con los ojos abiertos de par en par, impactado.

   —¿Has encendido velas religiosas por toda la habitación sabiendo que yo estaba dentro?

   —¡Lo siento mucho! No pensaba que fuera a haber ningún accidente —se lamentó profundamente Azirafel, al mismo tiempo que curaba su herida con la inestimable ayuda de un milagro—. Perdóname Crowley, de verdad. Sé que ha sido muy imprudente de mi parte, pero mi intención no era hacerte daño. Jamás querría hacerte daño.

   Para el demonio, aquellas palabras significaron mucho más de lo que le habría gustado admitir: Azirafel genuinamente se preocupaba por él, y eso lo conmovía. Su corazón aceleró paulatinamente el ritmo de sus latidos, alterado por su dulce mirada, una mirada que iba dirigida únicamente hacia él. La compañía que le brindaba el ángel le hacía sentir de una forma especial, y ese sentimiento se había acrecentado a niveles exponenciales tras lo que acababa de pasar —y que aún estaba pasando, pues Azirafel no había dejado de tratarlo con delicadeza en ningún momento—. Entonces, aprovechando que su angelical amigo estaba arrodillado frente a él, se incorporó en un brinco rápido y alcanzó a rozar los pálidos labios de aquel hermoso ser celestial con los suyos propios, presionándolos para dejar constancia de que habían estado ahí, de que él, Crowley, había sido el responsable de robarle su primera muestra de amor humana. Su primer beso.

   Una vez se hubo separado, volvió a abrir sus ojos, deseoso de descubrir la expresión de su ángel tras aquel fortuito y a la vez tan esperado acercamiento. Permaneciendo a pocos centímetros de su rostro, el demonio murmuró:

   —No vuelvas a hacer algo así, ángel.

   Y a pesar de aquellas palabras dignas de una reprimenda tras todo el desastre ocurrido, la realidad era que Crowley se encontraba muy sereno, apacible, casi suplicante. En cambio, era el ángel quien, con los ojos brillantes y los labios entreabiertos, mostraba una actitud más estupefacta y agitada. Se sentía confuso, pero al mismo tiempo no quería quedarse estancado en aquel momento. Quería avanzar.

   —Nunca... —sin embargo, pese a sus intentos por dar otro paso más, esta fue la única palabra que logró hacer brotar de sus labios.

Ahí estaba otra vez: esa fusión de miradas tan particularmente bella, la mezcla de un azul celeste y resplandeciente con el potente y amenazador amarillo del azufre. La unión de aquellos dos conceptos, que simbólicamente representaban el Cielo y el Infierno, era algo impermisible en la cultura de dichos mundos. Pero, llegados a aquel punto, ninguno de los dos seguía ya las normas que dictaban el Bien y el Mal. Hacía ya mucho que eran ellos dos contra el universo entero.

   —Gracias por salvarme, Crowley —logró murmurar entonces el ángel, con el nerviosismo propio de un adolescente durante el momento álgido de su proposición de amor.

Acto seguido y, para completa sorpresa de Crowley, Azirafel se inclinó sobre él, uniendo sus labios en un apasionado beso, siguiendo el compás de su agitada respiración, como si tras el casto roce inicial del demonio se hubieran dado cuenta de que lo necesitaban. De que llevaban milenios hambrientos el uno por el otro.

Y así, mientras que en el exterior el constante vendaval continuaba arrasando las calles del Soho, un ángel y un demonio se refugiaban en su propio cobijo, ajenos a lo que estaba ocurriendo allí fuera, ensimismados en sus propios sentimientos. Y cuando a Crowley comenzó a molestarle la iluminación de las velas, aún encendidas muchas de ellas, tomó a su ahora más que amigo de la cintura, chasqueó los dedos y todo se volvió negro.