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Su relación siempre había sido física.
Había evolucionado, al igual que ella, desde tocamientos tortuosos de un tipo a otro.
Arqueó la espalda y se quedó sin aliento. Neuro tarareó divertido.
A sus veintidós años, Yako llevaba un tiempo en el mundo de las citas. Algunas relaciones funcionaban bastante bien; por ejemplo, Higuchi había sido una gran compañía cuando ella podía alejarlo del ordenador (aunque, como ambos están casados con el trabajo, no se veían lo suficiente como para ir más allá de comidas o cenas). Godai, cuando intentaron una cita por capricho, decidió que todavía la veía como la adolescente que lo había mandado a dar vueltas por la oficina (con la ayuda de cierto demonio), y que las citas eran raras. Eran mucho más compatibles con su relación profesional actual, lo cual les venía bien a ambos.
Había tenido otros pretendientes, pero a todos les faltaba algo. Neuro la apartó de un par de citas por los misterios que había olido en ellos. Kanae la había sacado de otras.
Un dolor agudo a lo largo del lóbulo de su oreja la hizo estremecerse y gemir.
Esta última cita terminó cuando Yako fue a por su bebida otra vez, solo para darse cuenta de que sabía… raro. Su sentido del gusto era insuperable, y tardó solo cuatro segundos en darse cuenta de que el hombre le había echado algo. En un gesto de asombroso autocontrol, logró cambiar los vasos cuando él no le prestaba atención y continuar durante la cena, todo con cara seria. Para entonces, el tipo probablemente estaría recobrando la consciencia en una celda donde Todoroki lo había alojado con gusto.
Los hábitos de Neuro se le habían pegado un poco.
Yako había entrado furiosa a la oficina hacía veinte minutos, con la ira desbordándose a rachas, y le había contado a Neuro todo el calvario. Él tuvo la decencia de recordarle que su estómago probablemente lo habría soportado bastante bien. Ella le recordó que su capacidad para leer bien a la gente debería haber notado el comportamiento de su cita desde el principio.
Al parecer, a Neuro no le gustaba que Yako se enfadara, salvo en circunstancias muy específicas. Ella lo descubrió el año pasado después de que un caso terminara mal, y los intentos del demonio por torturarla para que recuperara la felicidad terminaron de forma interesante. El había encontrado un rincón de internet mientras sentía una curiosidad absurda por un aspecto de la vida humana que no le correspondía, y decidió que Yako sería un excelente sujeto de prueba.
Esta vez, todo empezó con él empuando el sofá hacia atrás, dándole la vuelta para que ella quedara acostada boca arriba en lugar de estar sentada correctamente. Luego, su mano enguantada se posó en su rodilla, y su rostro se apretó contra el de ella, con su aliento caliente haciéndole cosquillas en la oreja mientras le recordaba que el hombre bajo custodia policial no era más que una ameba comparado con su babosa superior.
En una extraña desviación de su comportamiento habitual, Neuro siempre esperaba su respuesta. No era exactamente que el le pidiera permiso, porque nunca le pedía permiso para tocarla de otra manera, jamás, pero el esperaba pacientemente el momento en que su ira se descontrolara o se disparara y ella enredara los dedos en su cabello. Yako decidió desde el principio que era una reacción instintiva. Totalmente irreflexiva y de ninguna manera controlada por las funciones cerebrales adecuadas.
Besarlo siempre es peligroso, porque la saliva ácida es algo con lo que ningún humano quisiera entrar en contacto, pero Neuro parecía esforzarse por protegerla. Sus labios son sorprendentemente suaves para un demonio pájaro con apariencia humana, y sabían vagamente a vinagre. Ella le había tirado del pelo para obligarlo a colocar la cabeza en una posición más accesible y le mordió el labio inferior, lo que le provocó una risita divertida.
Pero él la mantendría ocupada de otras maneras, para liberar su boca, porque el disfrutaba mucho los ruidos que ella hacía.
A Neuro le gusta torturarla así, provocándola y luego cambiando de zona justo antes de que la estimulación alcanzara su punto máximo. Era totalmente frustrante, pero una parte de ella disfrutaba de cómo jugaba con ella. El sabía exactamente cómo distraerla.
Al final su ira se desvaneció en placer y la cita fallida quedó olvidada bajo sus cuidados.
Ella nunca imaginó a su jefe demoníaco como alguien con quien pudiera salir como lo hacía con Higuchi u otros. Ellos se cuidaban mutuamente a su manera, pero no como los humanos necesitaban conectar. Su relación jamás podría ser así. Pero física siempre lo es, y siempre lo sera. Neuro la torturaba hasta quedar satisfecho. A veces, hasta que ella estuviera satisfecha.
El nunca fue intimo; a el le gusta tocar, pero solo con sus manos, sus labios, sus dientes. No había un sentimiento más profundo en ello. Lo que le hacía era solo por el placer que le proporcionaba. Una tortura distinta a la que ella solía recibir, una tortura que ella podía disfrutar tanto como odiar, pero tortura al fin y al cabo. A ella le gusta pensar que era su forma de hacerla sentir mejor.
Esto era lo correcto para ellos. Yako no podía imaginarlo de otra manera.
Él se apartó, dejándola despeinada y sin aliento.
-Vuelve aquí- Ella exigió, tomando su mano antes de que se alejara demasiado de su pecho.
-¿Mi esclava, dándome órdenes?- el preguntó divertido. Su dedo recorrió su pecho una vez más antes de detenerse, para su decepción.
-Eres tan provocador-
-Tenemos trabajo que hacer, compañera-
Se sostuvieron la mirada un buen rato, hasta que ella suspirara y cerrara los ojos. Neuro enderezó el sofá bruscamente, dejándola caer despatarrada sobre la mesa, y se sacudió las manos con esa expresión de diversión vacía impresa en su rostro.
Yako se levantó y se puso a abrocharse la camisa y alisarse la falda. Neuro siempre salía de estos momentos tan impecable como siempre. Se propuso al menos arruinarle la chaqueta la próxima vez. Tal vez ella podría torturarlo un poco.
Ella se acercó a él en su escritorio, notando cómo salivaba con la historia en la pantalla, expectante. El amor de Neuro siempre estará reservado para su estómago. Al pensarlo la hizo reír suavemente.
-Gracias, Neuro-
-Si lo disfrutas mucho, tendré que cambiar mis métodos-
-Lo espero con ansias- ella comentó -Oye, ¿no tienes algo que podamos dejarle a mi amigo en la estación?-
-¿Aún estás pensando en él?-
-Sólo la imagen de él encontrándose con uno de los 777- ella dijo con una sonrisa distante.
Neuro se rió y le dio una palmada en la espalda con una mano firme.
-Prefiero ahorrar energía que malgastarla en esa porquería- el respondió. Entonces no habrá tortura para ese canalla. Maldita sea -Imagínatelo colgado de los dedos de los pies sobre un tanque de gasolina con una vela en precario equilibrio sobre un trozo de madera que debe sujetar con los dientes-
-Esa podría ser una imagen divertida si esa no fuera tu idea de fortalecer mi cuerpo de pies a cabeza la semana pasada- ella se quejó secamente.
-Entonces ¿Un tanque de ácido?-
La expresión falsamente inocente en su rostro la hizo suspirar en derrotada.
-Tenemos un misterio que resolver, ¿verdad?- ella preguntó, volviendo al tema de por qué su tortura había sido interrumpida -No puedo permitir que te mueras de hambre por mí-
Él sonrió radiante, con una sonrisa increíblemente amplia, y la agarró con fuerza por la cabeza.
-Vámonos, Yako- El anunció, y la arrastró hacia la puerta.
