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Meowth encuentra un huevo

Summary:

Cuando el Team Rocket se encuentra un huevo pokémon abandonado en un callejón, se encuentran con un dilema que jamás antes habían enfrentado: “¿Cómo podemos cuidar de un bebé con la vida que tenemos?”

Y, por si responder a esa pregunta fuera poco problema, Meowth se ha encariñado tanto del huevo que ha empezado a considerarlo como su hijo.

¿Serán capaces de cuidar a un pokémon recién nacido o en realidad no estaban preparados para esta clase de problemas?

Notes:

¡Hola! ¡Antes que nada, muchas gracias por leer!

Este fanfic no es mi mejor trabajo ni de lejos, pero tras un mes en el que mi vida ha girado más que un huracán de Kansas, esta historia se ha convertido en mi desestresante favorito para las noches de insomnio y los descansos de estudio.

Meowth ha sido mi personaje favorito desde que era muy pequeña (y, por supuestísimo, el Team Rocket al completo también, pero Meowth tenía ventaja porque gato). Y, aunque el anime nunca volvió a mostrar al Team Rocket cuidando de un huevo desde el episodio de Togepi, es una idea que me lleva rondando la mente durante mucho tiempo.

En un principio esto iba a ser una oneshot completa, pero entre que quería subirlo el 5 de Mayo (en inglés la fecha es 5/2, como #52, el número de la pokédex de Meowth) y que más y más ideas se me fueron acumulando, al final he decidido subirlo en distintas partes.

Espero de verdad que lo disfrutéis incluso más que yo escribiéndolo.

English edition here: https://archiveofourown.org/works/65200981

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Descubrimiento

Chapter Text

Bajo la oscuridad de un callejón olvidado, escondido entre calles iluminadas, el Team Rocket se lamía las heridas (uno de ellos, literalmente) entre suspiros y quejas, lamentando una vez más el estrepitoso fracaso que habían sufrido en su último intento para atrapar a Pikachu.

“¡Oh, venga ya, ¿quién le mandó al mocoso hacerse amigo de un chaval con un arcanine?!” Gritó Jessie, empezando a limpiarse los restos de ceniza de la cara. “¡No es justo, esta vez el plan era perfecto!”

“Con lo que costó ese robot…” Murmuró James mientras sacaba del bolsillo un paquete de galletas baratas, ya abiertas y medio machacadas debido a sus constantes despegues. “Vamos a pasarnos lo que queda del mes comiendo bayas y frutas del bosque otra vez.”

“Con un poco de suerte, será cosa de un día y no volveremos a ver al crío ese nunca más.” Intentó consolarse, rompiendo una galleta por la mitad y llevándose un trozo a la boca.

“Con nuestra suerte...” Corrigió Meowth, apropiándose del otro pedazo. “...el crío se convertirá en otro mocoso más.”

“¡No digas eso, que nos gafas!” Protestó Jessie. En su mano tenía la última galleta entera de todo el paquete.

“Si se une, vamos a necesitar robots a prueba de ataques eléctricos y de fuego. Eso significa recubrir el exterior con aleación de hierro y aislantes de alto voltaje.” James sujetó su trozo de galleta con la boca mientras sacaba una vieja calculadora de mano. “Con los gastos de metal, materiales, combustible... “ Se quedó mirando la pantalla con el rostro completamente pálido. “Tendríamos que estar ayunando durante todo el mes que viene. Y quizás parte del siguiente.”

“¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¡Antes echo a ese crío a patadas del grupo!” Sentenció, cogiendo otra galleta con rabia.

“¡Ah! ¡Esa era la última, Jessie!” Protestó Meowth.

James miró a Jessie, luego al paquete vacío de galletas en sus manos, y de nuevo a Jessie.

¡¿En qué momento se habían acabado el paquete?!

“Lo siento ~.” Canturreó, llevándosela a la boca. “¡El que lo coge, se lo queda~!”

“¡Sí, hombre!” exclamó James, atrapándole el brazo justo antes de que pudiera darle el mordisco.

Pero antes de que pudiera quitársela, Meowth trepó con agilidad usando el pelo de James como si fuera enredadera.

“¡Mía!” gritó, arrebatando la galleta con su gracia felina.

“¡Ni lo sueñes!” replicó Jessie, sujetándolo por la nuca y recuperando la galleta una vez más.

La pelea duró varios minutos, entre los que volaron puños, patadas y zarpazos hasta que ya no sabían quién estaba golpeando a quién.

En medio del caos, Meowth, demasiado liviano para mantenerse en la refriega, salió despedido del hombro de James y cayó de cabeza sobre una pila de cajas viejas.

“Meow...” Masculló, sobándose el lomo. “Serán brutos...”

En su afán de querer volver a la pelea, tanteó la caja buscando un punto de apoyo desde el que poder incorporarse. Y fue entonces cuando lo vió.

Entre restos de periódico, latas abolladas y un calcetín desparejado... había algo. Algo pequeño, redondo, de color crema y con espirales marrones dibujadas en su base.

Meowth se dio cuenta de lo que era al momento: Un huevo pokémon.

“¡Victoria!” Anunció Jessie, saboreando su galleta machacada con alegría, mientras James se lamentaba de rodillas en el suelo del callejón.

“Chicos, mirad esto.” Dijo Meowth, apartándose un poco para que sus compañeros pudieran ver lo que había descubierto.

“¿Un huevo pokémon...?” Preguntó Jessie, extrañada al principio, pero su sorpresa no tardó en convertirse en ira. “¡¿Quién es el desalmado que abandona un huevo en mitad de un callejón?!”

Mucha gente llamaba al Team Rocket villanos sin corazón, pero Jessie sabía (o, al menos, confiaba) que el mal del Team Rocket era un mal necesario, un mal que iba allá donde la justicia no llegaba. ¿Pero esto? Esto era pura crueldad.

James, aunque igual de indignado, era experto en mantener la cabeza fría durante estas situaciones. Alzó la mano para interceder antes de que la ira de Jessie llegase a su punto álgido.

“¿Qué hacemos? ¿Se lo mandamos al jefe como regalo? ¿Creéis que le gustará un huevo pokémon?”

Meowth permaneció inusualmente callado. Lo cogió con cuidado. Era tan pequeño que cabía perfectamente entre sus brazos, y tan ligero que apenas sentía que lo estaba cargando. Y, aunque estaba bastante frío, desde su interior emanaba una calidez que parecía crecer por cada segundo que pasaba. Meowth lo abrazó un poco más fuerte.

No quería que ese pokémon creciese como lo había hecho él.

Sin familia.

Sin hogar.

Sin un padre.

Meowth tomó una decisión.

“Me lo voy a quedar.”

Jessie y James le miraron en silencio, congelados por unos segundos.

“¡¿QUÉ?!”

“Meowth, por si no te has dado cuenta, estamos sin blanca.” Comentó James, tratando de razonar con el felino. “¿Qué va a comer, las hojas caídas de los árboles?”

“Cuidar de un recién nacido requiere atención, tiempo, recursos.” Añadió Jessie con seriedad, cruzándose de brazos. “No podemos hacer eso con nuestra vida, Meowth. Tenemos un trabajo que hacer.”

El felino, sin embargo, mantuvo la mirada baja, acariciando con suavidad la cáscara del huevo.

“No me importa.” Dijo al fin, con una firmeza inesperada. “Yo me encargaré de él, pasé lo que pase. Y si tengo que comer comida del suelo para que tenga comida caliente, lo haré.” Meowth apretó más al huevo contra su pecho, temiendo que sus amigos se lo fueran a quitar a la fuerza.

Jessie frunció el ceño... pero no se movió. James abrió la boca para protestar, pero al ver la expresión decidida del gato, simplemente la volvió a cerrar.

“Te has vuelto loco.” Dijo Jessie al cabo de unos segundos, frotándose el puente de la nariz con resignación. Cuando el felino se ponía así, no había nada que hacer.

“Nunca imaginé que Meowth tuviera tal instinto paternal.” Rió James en voz alta, rindiéndose también.

Meowth se les quedó mirando, sin palabras.

Discutían tanto entre ellos que a veces se le olvidaba de cuánto se preocupaban por él y por sus sentimientos.

“Chicos...” Murmuró, llevándose una pata a los ojos para secarse las lágrimas antes de que llegaran a mojar la frágil cáscara del huevo.


Aquella noche, en su intento por recortar gastos, decidieron dormir al raso, utilizando el único sitio que probablemente estaría desierto en una noche tranquila como esa: Un parque.

Tras compartir unos sándwiches baratos del supermercado, se acomodaron en uno de los bancos, apiñándose como podían para ocupar el menor espacio posible.

“Meowth, ¿no vienes?” Preguntó James, con voz algo adormilada.

“¡Enseguida!” Respondió desde lo alto del tobogán, y siguió mirando al cielo. La luna creciente hoy estaba más redonda y más luminosa que de costumbre.

“Mira, huevito, esa es la luna. Hoy parece grande, pero en realidad todavía le falta un trozo, así que es más inmensa todavía.” Habló en voz baja, cuidando de que sus compañeros no le oyeran desde el banco. “Es la que vela por todos los meowth del mundo, ¿sabes? Siempre que te sientas solo, puedes mirarla. Ella te estará mirando también.”

Acarició con suavidad la cáscara tibia con una pata, sintiendo una felicidad tan inmensa que parecía no caberle en el pecho.

“¿Sabes? Cuando era pequeño, pensaba que si le pedía un deseo a la luna, me lo concedería.” Rió para sí mismo, bajito.

Y al mirar de reojo al banco, donde Jessie y James intentaban dormir entre quejas por lo duro del respaldo y el fresco de la noche, añadió: “Y creo que, de cierto modo... sí que me concedió más de uno.”

Entre caricias, murmuró, casi sin darse cuenta de que seguía hablando. “Huevito... Puede que no pueda darte una vida llena de joyas ni diamantes, pero...estarás a salvo con nosotros. Te lo prometo.”

De repente, una gota fría le cayó en la punta de la oreja, haciendo que la moviese por reflejo.

Alzó la mirada. Las nubes grises que antes solo bordeaban la luna se habían juntado en una sola nube negra como la noche.

En cuestión de segundos, la lluvia comenzó a caer con fuerza.

Jessie y James se pusieron de pie al momento, protegiéndose las cabezas como podían entre gritos. Meowth saltó los escalones metálicos del tobogán de dos en dos y se metió junto a sus compañeros bajo la zona de juego infantil, ese que tantas veces servía de escondite para los niños y ahora servía de refugio para ellos.

El Team Rocket se resguardó como pudo, aunque el par de humanos tuvieron que sentarse encorvados si no querían golpearse la cabeza contra el techo.

Jessie trataba de escurrirse el agua del cabello con las manos, con una expresión de absoluta indignación.

“¡¿Por qué siempre acabamos así?!” bufó, temblando ligeramente por el frío. “Tendríamos que habernos disfrazado de entrenadores y haber pasado la noche en el centro Pokémon.”

James, que también tiritaba, se quitó la camiseta y la sacudió con fuerza para quitarle toda el agua posible. “¿Y arriesgarnos a que nos reconozcan los mocosos y despeguemos una segunda vez en el mismo día? No, gracias.” Se la volvió a poner con una mueca de desagrado. “Prefiero el aguacero.”

Meowth, algo alejado, se sacudió como pudo, procurando no salpicar el huevo que custodiaba con tanto esmero. Pero su pelaje seguía tan mojado como al principio, y eso solo hizo que se preocupara más. No podía mantener al huevito caliente así...

Jessie aprovechó el dilema mental del felino y se inclinó para cogerlo, curiosa.

“¡Oye!” protestó el gato, saltando hacia ella.

“Déjame verlo, quiero comprobar una cosa.” Le respondió sin hacerle mucho caso.

Meowth cedió, pero se mantuvo alerta. Confiaba en Jessie, claro que sí, pero sus instintos felinos le impedían apartar los ojos del huevo ni por un instante.

Jessie se sacó los guantes con calma y tocó el huevo con los nudillos, muy suavemente.

Luego, con cuidado, apoyó su oreja sobre la cáscara, y cerró los ojos.

“¿Jessie, qué haces?” preguntó James, ladeando la cabeza. Nunca la había visto hacer algo semejante antes. Aunque aquella expresión le resultaba familiar. Estaba poniendo la misma cara que ponía cuando tenía que curar a uno de ellos alguna herida más profunda de lo normal.

“Sshh... “ Pidió ella, sin moverse. Tras unos segundos de silencio, suspiró con alivio. “Hemos tenido suerte. Está saludable...aunque algo frío. Han debido de abandonarlo hace días.”

El corazón de Meowth se encogió. Saber que aquel huevito había estado tanto tiempo solo, como él una vez, le rompía el alma.

James frunció el ceño, y no pudo evitar pensar en lo peor. Si el huevo hubiera pasado la noche en ese callejón, bajo la lluvia, con el viento y el frío helando hasta los huesos… Probablemente la vida en su interior se habría apagado antes de que amaneciera.

Jessie se quitó la camiseta del Team Rocket, quedándose sólo con la camisa interior. Sin decir una palabra, se la puso al huevito como una manta improvisada. “Ea. No es gran cosa, pero ya es mejor que ese pelaje corto que me traes.”

“Jessie...” Balbuceó Meowth, tan conmovido que su voz temblaba de la emoción.

James sonrió, enternecido por la escena, y se acercó con la excusa de que tenía frío. Sin decir nada, rodeó con un brazo los hombros de Jessie y con el otro atrajo suavemente a Meowth hacia sí, que ahora llevaba el huevo sobre su regazo.

Jessie tampoco dijo nada. Solo pasó un brazo por encima de ambos, fingiendo que trataba de acomodarse.

Meowth, abrazando con más tranquilidad el huevo ahora abrigado, se acurrucó entre ellos, sintiéndose arropado no solo por el calor de los humanos, sino por algo más profundo. Algo que no sabía explicar bien con palabras, pero que se parecía mucho a lo que había soñado de pequeño.

Y así, empapados, helados y medio hambrientos, los tres se quedaron dormidos, acunados por el ligero murmullo de la lluvia, mientras la luna, escondida tras las nubes, seguía velando por ellos desde lo alto.