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El viaje a la casa de Fushiguro es silencioso, pero no un silencio agradable, es inquieto, incómodo.
Sukuna culpa a Toji, no sólo por el mal humor actual, pero por joderle la cabeza de una forma tan inconsciente que le hace sentir estúpido. Se maldice a sí mismo, también, porque después de todo está así ahora mismo por su capricho inicial de querer hacerse un espacio en la vida de un hombre que estaba convencido de haber agotado todos los cupos alguna vez existentes de su afecto. Tampoco esperaba que las cosas resultaran así, después de todo, él simplemente había escuchado una recomendación de su sobrino por la única vez en la que parecía que el chico tenía algo útil para decir ése día donde tuvo complicaciones con el auto.
“El papá de mi amigo es mecánico” le dijo Yuuji esa vez, pero la premisa era demasiado inofensiva u ordinaria para que en ese entonces pudiera predecir su eventual caída a la locura. Así que esa tarde se había presentado en la casa de los Fushiguro, y fue recibido por un tipo alto, musculoso y ordinario que no le prestó mucha atención porque estaba muy ocupado detrás del capó de un auto antes de dirigirse a él siquiera. Y, ¿cómo mierda se supone que no va a molestarle? Él era Sukuna, el autoproclamado mejor profesor del colegio donde trabajaba, que no caía por ningún esfuerzo mediocre de sus alumnos o era víctima de los chistes internos de los adolescentes a los que enseñaba porque ni el más bravo se atrevía y de repente tuvo que repetir un “buenas tardes” porque el maleducado del mecánico no lo escuchó o pretendió no hacerlo hasta decidir que podía atenderlo y encima aprovecharse de la ignorancia técnica del profesor de literatura para cobrarle una barbaridad.
En su mente volvió a reproducirse la escena como un disco rayado en el que uno tiene la esperanza de que milagrosamente se arregle ésta vez, pero lamentablemente él y Toji nunca tuvieron una solución para empezar o la intención siquiera. Lo de ellos era un simple juego retorcido de tira y afloja al que se volvió adicto porque el caos era lo que le movía la sangre. Lo odia, la forma en la que vió potencial en esa cicatriz en la esquina del labio y manos que no tenían miedo alguno de ajustar los cables de una batería completamente desnudas, o el ocasional ronquido espontáneo en su voz cuando le dijo que dejara el auto ahí, que lo iba a revisar. Conocía a Megumi, alumno suyo, probablemente el mejor de su curso, y conocer a su padre hizo sentido en su cabeza de una forma extraña. Tenían el mismo porte malhumorado e indiferente, aunque el nene parecía haber heredado cierta delicadeza o tal vez simplemente modales que a Toji le escaseaba, lo que asumió era de parte de su mamá, y el asunto quedó ahí.
Había encontrado la forma de estudiar al tipo que logró desencadenar una reacción donde el desagrado y el interés se mantenían en equilibrio, sacando a flote sus manías semi violentas que descansan bajo su capa más superficial de piel en búsqueda de un estimulante. Sukuna siempre fue inteligente, siempre superior en algo, a cambio de su cordura. ¿Pretender que su auto tenía un problema para echarle otra mirada al mecánico? no, él iría más allá e intencionalmente ocasionaría un fallo, deslizándose fuera de sus bordes de perfección que eran equitativamente compensados con lo que obtenía después.
Así que en algún punto abandonó el desquicio de intencionalmente dañar su propiedad y simplemente empezó a aparecerse en el garage de Fushiguro como quién no quiere la cosa, silenciosamente adjudicando relevancia a su presencia y a su ausencia, más que nada. A este punto, detesta la forma en la que su mente reproduce los hechos desde la primera conversación hasta la semi discusión que terminó con ambos frotándose detrás de la camioneta de uno de los clientes de Toji, porque en ese punto del relato no puede evitar que se le ponga dura y se olvide de su enojo inicial.
No obstante, esta no es como las otras veces. Aprieta el volante con las dos manos, de la bronca, al reproducir la conversación de la semana pasada, ¿por qué tenía que vivir a media hora de distancia este tipo, haciéndole pensar en todo?
*
“Tengo algo que preguntarte” Sukuna dice de forma simple, cruzando los brazos mientras se apoya en la mesada, con los ojos fijos en la espalda de Toji, que abre la heladera y busca algo adentro.
“Hablá, rey misterio” responde el otro con mínimo a nulo interés en lo que sea que el otro hombre quiere saber, aunque el hecho de que considere su perspectiva en algo es inquietante, pero no lo demuestra y simplemente saca una botella de Coca Cola y cierra la puerta de la heladera. Es casi doméstico.
Los ojos de Sukuna siguen el movimiento de Toji con ese aire filoso que adquiere cada que el otro le responde con su típico desagrado, pero elige evitarse la discusión porque al fin de todo, ya está acostumbrado y porque lo que quiere saber es importante; “Tu apellido. No te lo cambiaste nada más por la mamá de Megumi, ¿no?”
Es entonces cuando Toji se tensa, visiblemente para cualquiera que lo conoce y se evidencia en la pausa que existe entre la pregunta y el ruido sordo del líquido llenando el vaso de vidrio. Su expresión no dice mucho —como siempre— pero está claro que la pregunta no le gusta y casi que toca algo dentro de sí que lo está impulsando a reaccionar. Finalmente responde, con la voz más al borde de algo. “¿De dónde sacaste eso?”
“No importa. Contestame.” La exigencia está rozando la irritación ahora, desafiando los límites de cada uno. A Sukuna no le gusta la ignorancia, el desconocimiento, y Toji cambió de vida hace ya mucho como para tener que volver a pensar en el pasado, en su susodicha familia.
“Estuve casado y ahora soy Fushiguro. ¿Qué te importa?” Toji se olvida de un segundo a otro de su vaso lleno de coca en la mesa y se gira para enfrentarlo, tenso.
Más preguntas rebotando, alejándose de la información que Sukuna busca. Ni él mismo entiende por qué quiere saber qué podría haber atormentado a Toji lo suficiente como para recibir el apellido de su esposa en vez de darle el suyo, y la hipótesis está acercándose un poco a los celos pero decide no indagar en eso con la esperanza de no llegar a una conclusión humillante.
El pelirosa frunce el entrecejo y se endereza, dando un paso adelante en el espacio estrecho de la cocina, en una insistencia silenciosa. “Sabés que eso no es lo que te estoy preguntando.”
“No me jodas, que suficiente día de mierda tuve hoy.”
Así simplemente Toji se desentendió de la conversación y trató de escaparse con dos pasos tentativos al costado, deteniéndose un segundo después por el agarre del otro en su brazo. Enojarse entre ellos era común, rutinario, incluso, pero ésto estaba más cerca de un punto de quiebre que de prender la tele y mirar el partido. Se miraron, cada uno con sus motivos para detestar al otro.
“Esa nena Maki es la prima de tu hijo, ¿no? Ella es-”
“Dejá de preguntar pelotudeces que encima no te corresponden.”
“A mí no me interrumpís. Me corresponde y lo sabés.”
“Por qué, ¿quién sos? Andá a tu casa a corregir la tarea de tus alumnitos que para eso sos bueno.”
Sukuna detesta como el ninguneo de Toji claramente tiene la intención de alejarlo y parte de él se enoja consigo mismo porque no recuerda la última vez que lo pasearon de esa forma, hace rato que no se siente tan estúpido. Hay sentimientos de por medio ahora, ¿es eso?
“Tarde o temprano te vas a tener que arreglar porque ni Megumi quiere estar cerca tuyo, hijo de puta.”
*
En el mismo momento en el que Sukuna estaciona fuera de la casa de Toji, este último chasquea la lengua en un gesto de molestia al identificar perfectamente el rugido particular de su auto. El pelinegro ni siquiera se molesta en levantarse del sofá porque ya sabe que esperar y que su ¿novio? aparezca en el horario en el que sabe que su hijo está en clase, le hace saber suficiente sobre sus intenciones.
Toji tiene dos cosas que le importan únicamente desde que su mujer falleció: Megumi, y plata. La relación con su hijo adolescente podría no ser la ideal, pero considerando las circunstancias, era al menos decente. Sin embargo, la última semana había estado reproduciendo la pelea con Ryomen en su cabeza y aunque no quisiera admitirlo, de peor humor que de costumbre.
Sus interacciones fueron toscas desde el inicio y a pesar de haber desarrollado cierta complicidad con el otro, era innegable que esa característica despertaba en él algo que no sentía hace años. Era hasta un poco retorcido cómo recordaba en su mente la forma en la que se dieron las cosas con su ex esposa, como si ella hubiera aparecido para elegirlo y hacerlo su marido entre una cosa u otra, a pesar de sus miles de defectos y golpes, compartía eso con Sukuna incluso aunque haya un mundo de diferencia entre ambos. Ella fue el primer bocado de dulzura que probó en su vida, y sabe desde el momento en que se fue, que lo único capaz de replicarla son los ojos de su hijo. Aún así, Sukuna se había hecho espacio en su vida, entre encuentros esporádicos y trabajos para él. Al inicio apenas era capaz de recordar que el tipo era profesor de su hijo y en algún momento, el pelirosa se las arregló para ser él quién le recuerde que apostar era inútil o pasarle la toalla cuando se le olvida antes de meterse a bañar. Sin darse cuenta, hasta había dejado de frecuentar bares con la intención de aprovecharse de su atractivo para que alguna mujer caiga y le compre una bebida.
A mitad de su reflexión el motivo de la inquietud entró en su casa sin anuncio alguno más que la evidente fuerza de atracción entre ellos y la conversación muy claramente pendiente. Toji habló primero, estirando los brazos por encima de su cabeza, sin ningún indicio de estar sorprendido.
“¿Te habías olvidado algo?” pregunta el pelinegro, sin esfuerzo de levantarse, sin mirarlo siquiera.
“No. Me vas a escuchar, Toji. No voy a permitir que me alejes por tus problemitas.” Sukuna fue decisivo, sin dar lugar a una negociación. Lo que él quería siempre era final y Toji no podía aborrecerlo más porque nunca parecía haber una salida.
Se escucha el chasquido de las llaves de Sukuna cayendo en la mesa de la cocina, marcando territorio así como la otra mitad de sus pertenencias que el pelinegro encontraba en lugares aleatorios. Alguna que otra campera, la Gillete con la que se afeita día por medio y guarda en la misma posición siempre, detalles que tardó demasiado en notar, como el intento de atrapar un gato salvaje en una jaula, y Toji ya estaba dentro.
Coger con el profesor de su hijo una vez cada tanto no tenía chance de terminar de esta forma. Y con quién fue a meterse, con el más enfermizo de todos.
“Sos un obsesivo de mierda.” Fue la única observación de Toji en voz alta, levantándose al final para enfrentarlo y hacer su último intento de despegarse de aquél que lo tortura tanto hasta cuando duerme, por el hecho de no estar.
Así que lo alcanza y agarra las llaves para ponerlas de vuelta en el bolsillo del otro, y razona que tocar aunque sea con la yema de los dedos el pantalón de Sukuna se siente peligroso, especialmente después de haber estado una semana molesto y casi que dolido, pero ya es tarde.
La primera vez que lo vió ni siquiera pensó mucho sobre ello, porque al final, Toji nunca tenía un interés particular en nada, mucho menos en sus clientes. Era alto, sí, y la primera vez ni siquiera hubiera predecido la presencia de los tatuajes expandiéndose a través de sus hombros y pecho. Pero Sukuna no era ordinario, no. Sukuna es veneno. Nada en su vida parecía manejarse de una forma normal. Sabe que le obsesiona el control, por la manera en la que se queja de las cosas, o cómo se agitó la semana anterior sólo porque hay una pieza de información de la vida de Toji que no tiene para usar en su contra, apropiarse.
“No me voy a ir a ningún lado” le dice Sukuna instantáneamente, a pesar de que el metal pesa en su bolsillo delantero otra vez. Ahora están de frente, y no entiende por qué en su cabeza el encuentro siempre parece mucho más fácil de lo que es en realidad. Si fuera más débil, estaría temblando.
Como siempre, se comunican sin hablar.
“No sé qué esperabas que te diga” esta vez la voz de Toji se arrastra con ese ronquido perezoso que podría significar aburrimiento o irritación, Sukuna nunca está seguro. Elige no pensar en cómo le afecta debajo de los pantalones.
“No te cambiaste el apellido por ella nada más” el pelirosa ahora afirma, porque ya sabe que preguntar no llega a nada.
“Cortala, Ryomen” sus caras están más cerca ahora, por simple impulso masculino de imponer, de intimidar al otro, y Toji odia cómo nunca funciona cuando se trata de él. Sin embargo, todavía tiene el vil intento de terminar ahí el tema.
“¿Qué te hicieron?”
“¿Qué querés que te diga?”
Toji suspira con exasperación cuando entiende que el tema no tiene escapatoria. Otra de sus contradicciones, Sukuna busca controlar todo y aún así está actuando en base al sufrimiento de un sentir que lo confunde y lo vuelve impulsivo, una de esas pocas veces en las que sabe poco y nada mientras que Toji quiere escapar porque la familiaridad del sentimiento lo aterroriza.
Algo que sobrepasa lo físico tiene más riesgo de dejar una cicatriz que no puede alcanzar cuando lo pierda.
Qué jodido se siente. Arruinado.
“No fui legítimo. Mi mamá era mucama de ellos. Nací con el apellido pero se aseguraron de torturarme cada día, ¿eso querías escuchar? No iba a permitir que Megumi sea un Zen’in.” Finalmente cedió el pelinegro, con una mirada de costado sobre el otro a la vez que da unos pasos adelante y camina hacia la puerta que da al patio, tanteando el atado de cigarrillos, que no está en su bolsillo, y maldice en voz baja, por inercia.
La expresión de Sukuna no cambia mucho, pero es capaz de entender más de una cosa en ese instante. La actitud descuidada del hombre, casi que con una hostilidad escrita en sus huesos, esa distancia entre él y todo lo demás. El mal carácter de Sukuna es casi que selectivo, mientras que Toji parece no haber tenido mucha otra elección al respecto, ahí difieren.
El silencio entre ambos suele ser frecuente, pero ahora es como un cosquilleo en la punta de sus dedos que amenaza con consumirlo si no actúa, aunque no sepa realmente qué decir.
“Vení” fue lo único que dice Sukuna mientras cierra esa distancia entre ellos en pocos pasos, ya distraído con la silueta de los hombros de Toji, como cada vez que le da la espalda.
“Salí, Ryomen.”
Pero Sukuna siempre hace lo que quiere. Así que se acerca por detrás y sus manos atrapan la sección posterior de los antebrazos de Toji, porque sabe que su primer impulso va a ser querer sacarlo de encima, a él no le importa. No sabe si el intento de resistencia inicial es una reacción rutinaria, o si es porque acaba de darle una de esas confesiones irreversibles y es demasiada vulnerabilidad para el hombre que es, pero el pelirosa da unos pasos adelante y lo atrapa entre él y la pared más cercana.
“Salí” repite nuevamente, pese a que se cierran los ojos por un instante con el roce tentativo de los caninos afilados del otro en la parte lateral de su cuello.
Sukuna se calienta en tiempo récord, no sólo porque al fin tiene a su objeto de obsesión expuesta para él, para hacer y deshacer como se le canta como el resto de cosas que le brindan satisfacción, pero también porque es evidente que Toji salió de la ducha poco antes de que él haya llegado, que fue rápido e impreciso porque al apegar la nariz al rincón detrás de su oreja lo puede oler a él, la pequeña evidencia de sudor después de estar en el taller toda la mañana, masculino y adictivo. Lo muerde para que el dolor lo mantenga quieto, como un animal.
“No.” Dice el pelirosa, claro y conciso, suficiente para que Toji luche un poco menos con él, pero todavía elige irse más allá cuando lo aprieta por completo, pegando la entrepierna a su culo vestido como un aviso, una amenaza.
Algo que a Toji le pone con una rapidez similar es esa característica demandante y primitiva que Sukuna siempre le demuestra, porque son igual de fuertes, entonces es el único que no sólo puede pelear con él pero también mostrarle un tipo de maltrato que disfruta y casi que anhela.
Ahí es donde en algún espacio nebuloso de su cabeza le cae la ficha: va a reclamar su propiedad sobre las partes nuevas que Fushiguro acaba de descubrir ante él, haciéndolo suyo a pesar de que está pateado y golpeado, como si nada más estuviera esperando a saberlo todo para poseerlo por completo. Alejado del amor tradicional, sí, pero probablemente lo que necesitan.
Pero Toji todavía está enojado, no sólo porque lo presionó tanto por esto, también se fue por una semana entera y ahora la forma en la que lo necesita es físicamente insoportable.
No reacciona al dolor físico verbalmente como tal, pero sí habla, con cierta dificultad:
“Mínimo no me agarrés así de trampa, cagón.” le dice, a pesar de que la sensación del miembro de Sukuna apretándolo lo distrae un poco.
El ruido que se escapa de la garganta de Sukuna es áspero, casi desagradable, una semi risa que declara que perfectamente cayó en la trampa del otro y es consciente. Él no se negaría a una de estas peleas.
Así que lo suelta, pero sin antes empujar el pecho de Toji contra la pared con un corto empujón antes de dar un paso atrás y esperar la retribución inevitable, mientras su sangre hierve. Por esto lo necesita, sólo a él.
“Como quieras” dicho como una burla, a propósito. Fushiguro odia lo insoportable que es.
“Hijo de puta” es lo único que sale de los labios del otro en un semi quejido, dándose la vuelta casi al instante para atrapar al otro y empujarlo con el doble de fuerza hasta que da dos pasos atrás, sonriéndole.
Y ese es solo el comienzo, porque un segundo después ambas manos del pelinegro están agarrando el cuello de la remera de Sukuna —a pesar de sus múltiples quejidos pasados sobre el cuidado de su ropa— para contrarrestar el impacto con una unión feroz de sus bocas. Ahí es donde la pelea empieza, porque duele, es brusca la manera en la que se besan pero al mismo tiempo demuestra a la perfección cualquier sentimiento recorriendo sus cuerpos ahora. Fushiguro intenta estampar al pelirosa contra la pared pero este se resiste, sin embargo no se separan sino que el living cobra vida con el chasquido húmedo de sus besos y el ocasional gruñido mientras tratan de ganar ventaja sobre el otro.
En ese entonces, cualquier cosa aparte de ellos era una fantasía inventada por quiénes no les importan, ya consumidos por un deseo voraz que sólo podrían compensar con un polvo acorde a las circunstancias.
“¿En serio pensaste que me ibas a sacar de encima?” le pregunta Sukuna en una de sus pocas pausas, agitado, todavía burlándose con el par de caninos asomándose peligrosamente en una sonrisa, siendo guiado a sólo Dios sabe dónde, pero si Toji lo hace, es suficiente para él en ese momento, y continúa; “Te voy a hacer mierda.”
“Ja. Miralo.” el pelinegro se burla de vuelta, siendo un poco brusco al empujarlo de espalda al sofá, sin intención de darle alguna chance a anular la jugada porque se sube también encima, sin importarle que el otro se golpeó la nuca con el apoyabrazos, porque vuelven a pelear por el liderazgo al mismo tiempo en que se besan.
Tiene ventaja y lo sabe, la utiliza, presionando encima del bulto evidente del pelirosa a la vez que siente el sabor metálico de sangre en su lengua y no saber a quién le pertenece pero que la están compartiendo se la pone más dura todavía. Y la tregua siempre sucede al mismo tiempo, cuando los dos se ponen de acuerdo silenciosamente para deshacerse de las prendas superiores que cubren al otro, entre tirones y alguna que otra puteada.
Los tatuajes que cubren a Sukuna nunca pasan desapercibidos, no sólo porque es pecaminosa la manera en la que se ven en alguien tan atractivo, pero porque siempre que Toji los ve, también está obligado a darse cuenta de lo anchos que son sus hombros o hacer un recorrido visual hacia el sur por si capta la imagen pornográfica del sudor estacionado en sus abdominales. En contraparte, Sukuna ni siquiera entiende por completo la atracción visceral que siente siempre que tiene la oportunidad de verlo en cuero, es visible que los músculos de Fushiguro son mayormente a base de trabajo, y a pesar de que su piel está adornada con alguna que otra cicatriz, no puede evitar querer simplemente frotarse contra el pecho ajeno hasta adornarlo con su semen.
En ese corto momento de vacilación, Sukuna agarra fuerza suficiente para intercambiar posiciones y hay un nuevo ruido de impacto ésta vez de la espalda de Toji contra el sofá. Apenas entra, de lo grande que es, y le excita tanto.
“Bruto de mierda” Suspira el pelinegro con agitación, casi sufriendo por lo duro que está ahora, pero el alivio llega con una palma deslizándose de forma descendente hasta agarrar el elástico de sus pantalones grises y quitárselo junto a los bóxers, a lo cual no se opone esta vez.
Sukuna es rápido en tomar ese lugar entre los muslos del otro, observando con total impunidad la forma en la que el vello púbico de Toji contrasta con su piel y adorna de forma perfecta su erección descansando de forma vertical sobre el abdomen.
“Pero mirá como te pone.” A Sukuna no le importa ocuparse de su desnudez, aunque le cuesta en ese espacio estrecho, y sus ansias sólo le permite deslizar la tela un poco más abajo de la mitad de los muslos, libre, goteante. Fushiguro no finge decencia alguna, agarrando el antebrazo de Sukuna para hacerle perder el equilibrio y que vuelva a caer sobre su pecho, entre sus piernas, con sus dedos enredados en el pelo rosado de forma posesiva, con fuerza, haciéndole recibir su lengua con la esperanza de captar más de ese sabor sangriento, ahogando un ruido áspero de placer y sorpresa cuando la mano de aquél encuentra un espacio entre sus cuerpos para agarrar sus dos miembros y estimularlos en un compás torpe. No dice nada más por el momento, especialmente porque está casi borracho de la sensación de la verga pesada y caliente de Sukuna contra la suya, y es frustrante el intento de movimiento para conseguir un poco más de fricción, castigándolo, limitado a la masturbación pobre de ambos y el peso encima suyo, el calor asfixiante.
“Vamos a la cama” pide Toji, tanta incomodidad le está poniendo de mal humor porque no puede compensar todo lo que quiere, pero no obtiene una respuesta inmediata, pero para sorpresa de nadie, Sukuna también disfruta de joderlo.
“No quiero esperar.” corta.
“Dale, forro.”
“La boquita.”
Toji se queja de forma audible y exasperada, y probablemente pelearía en cualquier otro momento hasta simplemente levantarse e irse pero Sukuna es pesado y lo está usando a su favor. La fricción tortuosa pausa y asume que es por simple cansancio, entonces aprovecha ese instante para admirar los hombros tatuados de su hombre mientras este saca a duras penas un preservativo. Decide no comentar en ello y nada más le ayuda a la reposición con una de sus piernas al costado de la cadera de Sukuna, quién lo sostiene ahí por instinto, y al que le ofrece un acceso mínimamente disponible de su entrada. No obstante, la acción próxima lo desconcierta un poco, porque el látex fino y lubricado sólo rodea dos de los dedos de Sukuna, que de repente está enfocado en darle una caricia al anillo de músculo hasta que logra abrirse paso con ayuda de la sustancia resbaladiza, lento en la primera intrusión. “Más te vale que tengas otro” es lo único que dice Fushiguro al respecto, apretando los dientes en ese instante donde sufre la incomodidad pero aprovecha para guiar su mano derecha al miembro necesitado que descansa sobre su abdomen, el propio, deslizando el pulgar en movimientos cortos para acariciarse la cabeza en un intento de conseguir cierto alivio, dejando que Sukuna lo prepare.
El pelirosa sonríe, hundiendo los dígitos a una profundidad más notable con intención de que los músculos se relajen y así proseguir, a pesar de que está increíblemente distraído por la escena de Toji tocándose, tanto que ni siquiera puede intentar detenerlo. Es increíble lo mucho que aguantó sin tenerlo, piensa, está desesperado. “¿Y si no?”
“Morís hoy mismo.”
Toji trata de que no le cueste hablar, pero es difícil con lo mucho que quiere cerrar el puño y masturbarse debidamente, y la agilidad que adquiere Sukuna en su interior en poco tiempo, por instantes rozando algo ahí que lo debilita. Aún así, sabe que no es suficiente si quiere evitarse dolor en la próxima instancia, pero poco tiempo pasa entre el acostumbramiento y el abandono repentino de los dedos que le roban un suave quejido. Aunque es casi imposible, echa la cabeza hacia atrás y suspira con profundidad, ardiendo en excitación.
“Mirá lo que sos, hijo de puta.” Le dice el ajeno, admirando el brillo que tiene la manzana de Adán de Toji al estirar el cuello, o como tiene un brazo flexionado por encima de sus ojos, como exhausto, rendido. Ahí nomás se agarra a sí mismo y sisea por la simple acción, sin siquiera tomar en cuenta la posibilidad de que podría tener otro preservativo en el bolsillo, porque hoy lo quiere todo.
“Increíble que nunca te calles la boca.” le dice, a pesar de que tiene la desventaja. Así que Sukuna no discute, se posiciona como puede después de esparcir precariamente su fluido pre seminal a través de su longitud y espera a que sea suficiente porque no es capaz de aguantar un segundo más.
El inicio cuesta —por obvias razones— pero Sukuna siente que Toji se lo merece. No sólo por tratar de alejarlo, de decidir por él antes de tiempo, sino también porque la frustración que se carga hace días lo estuvo volviendo loco. Los dos se quejan al mismo tiempo pero también sabe que están acostumbrados a eso, al dolor. Sus cortas uñas se clavan en la carne del muslo del pelinegro que aún sostiene para hacerse espacio, empujando lentamente hasta que está adentro y ahí se detiene, tomando aire.
“Ah, carajo” se queja Fushiguro en respuesta, apretando los dientes para ahogar un sonido que aún así vibra en su garganta y siente la quemadura del ardor en el sur, pero la respiración dificultosa de Sukuna por encima suyo y los ojos carmines que le devuelven la mirada cuando presta atención son suficientes para que sea el dolor más satisfactorio de su vida. Casi que por un impulso magnético, se besan apasionadamente mientras se mantienen unidos en ese instante de inmovilidad, pero poco después el dolor llega nuevamente en forma de embestidas cortas que lo estiran para ser capaz de recibir a Sukuna.
Éste último está obsesionado sobre cómo la cicatriz en la esquina de su labio se distorsiona cada que abre la boca para jadear con cada movimiento, o en general lo ridículamente vulnerable que se ve cuando se lo está cogiendo. Apenas el interior estrecho y caliente se acostumbra lo suficiente pierde control y ya no dejan salir ruidos tímidos de incomodidad, sino gruñidos y jadeos agitados que van en aumento, en especial al alcanzar una profundidad que le arrebatan cualquier residuo de cordura o consideración con el ajeno.
Toji quiere volver a tocarse, estimularse de forma adecuada, pero algo en la manera en la que Sukuna lo está castigando esta vez le hace imposible enfocarse en algo que no sea esa quemadura que gradualmente consume cualquier espacio disponible en su mente. Es desconsiderado, egoísta, la forma en la que se hunde con tanta impunidad y lo hace pedazos.
“Sos mío” reclama Sukuna en algún momento, con su voz áspera acercándose al oído del otro en un esfuerzo, y se vuelve más impaciente, rápido, brusco ahora que puede. Es desordenado pero le encanta que no tengan otra alternativa que estar así de pegados, sucios y arruinados. No se calla porque quiere que Toji quede jodido física y mentalmente por él, no por ningún recuerdo del pasado que lo amenaza. “Mío, Toji Zen’in. Mío para arruinar.”
“La puta que te parió, Ryomen” apenas es capaz de murmurar el otro, acostumbrado a tensarse sólo ante el pensamiento de su nombre acompañado de ese apellido, arrastrando las palabras y regalándole un gemido incontenible. Que Sukuna sea impredecible no era una novedad, pero no se hubiera esperado que su mayor trauma fuera reducido al nombre que aborrecía tanto siendo pronunciado con ese tono, con esa voz, mientras se la entierra con esta intensidad. Odia la efectividad del método, porque está tan al borde que podría desmayarse. Mala combinación de eventos, desde su celibato involuntario de una semana hasta el desastre de emociones que acaba de atravesar.
El cabello rosado y ya desordenado de Sukuna toma protagonismo cuando Toji lo agarra, con fuerza, con bronca, buscando mantenerlo en su lugar y sacándole un ruido de dolor que lo satisface, escuchando la aspereza de su garganta en el proceso. “Sí, así.” No sabe si se está burlando o realmente disfruta la combinación retorcida, pero Toji no lo suelta y las caderas de Sukuna titubean cuando se cansa pero no se detiene, dispuesto a alcanzar esa liberación que quema en su estómago bajo desde que entró. “No sabés como te voy a llenar.”
Hablar ya cuesta lo suficiente pero la amenaza ni siquiera resulta tan terrible como sonaba hasta hace un rato en la mente de Toji, no cuando Sukuna se desliza en su interior así, duro y rápido, haciéndole sentir más entregado que nunca. Ni siquiera sabe qué decirle, más allá de que la melodía pornográfica en el living va en aumento a su punto de ebullición. Con la mano libre, rodea su pene y utiliza el puño para tocarse en simultáneo al ritmo impuesto por las embestidas de Sukuna, mirándose en ese instante porque la expresión del pelirosa le hacen saber que está ahí, al borde.
Sólo un instante hace falta, cuando las voces se arrastran un poco más y el movimiento titubea para convertirse en un vestigio tembloroso de lo que sucedía un segundo atrás. Sukuna es el primero, hundiéndose imposiblemente profundo para liberar su eyaculación con un gruñido ruidoso, y Toji le sigue pocos segundos después, derritiéndose en la sensación nueva y sucia de estar lleno, expulsando tiras blanquecinas sobre su propio abdomen con algún que otro espasmo muscular en respuesta a la intensidad del orgasmo que lo sacude y anula completamente. Le sigue el ruido de las respiraciones tratando de regularse, agitados. Toji no es el mayor fan del contacto físico, pero considerando todo, ni siquiera se molesta en decirle a Sukuna que se mueva, a pesar de que lo está aplastando.
“Enfermo.” Le dice, con ese deje de irritación en su voz, una vez que se recupera lo suficiente, ahora sí tratando de sacarlo de encima. Sukuna solo suelta un leve “hm” que le deja saber lo poco que le importa recibir un insulto en este momento, descansando sobre la clavícula del otro con los ojos cerrados. Sólo ahora siente que no hace falta decir algo más para dar por terminada la pelea. Eventualmente se mueve, cayendo en la superficie acolchonada cuando Toji se levanta, sin ignorar cómo su residuo se desliza entre las piernas de éste al incorporarse y caminar en dirección al baño.
“Si llega Megumi antes de que esté ordenado, te corto los huevos.”
Ah, sí. De vuelta a la dinámica usual.
