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El despertador sonó y por un instante pensé en apagarlo y seguir durmiendo, pero el peso en el pecho era más fuerte que la almohada y los sueños. Hace tres meses que el viejo se esfumó sin decir ni una palabra, y cada mañana me quiero pegar un tiro. No sé si será culpa mía o si él ni siquiera sabe dónde está, pero la incertidumbre es un vacío que se me va haciendo un agujero negro. Es un silencio que grita más que cualquier pelea, y no puedo dejar de imaginar todas las cosas que podrían haber sido distintas, todas las veces que quise decir algo y me quedé callado, sin saber qué hacer.
Me levanté y me senté al borde de la cama, con la cabeza dándome vueltas. Es como si el mundo se me estuviera desarmando a pedazos, y no encuentro dónde agarrarme. A veces me sorprendo pensando en escaparme, en desaparecer yo también, así todo se vuelve más fácil, menos pesado. Pero la verdad es que sé que no puedo. No todavía. No con esta deuda que no me deja respirar, con ese número dando vueltas en la cabeza, un demonio que no se cansa de perseguirme. Ciento setenta millones de pesos. Una cifra tan gigante que me hace sentir pequeño y miserable.
Salí a la calle, y el sol me pegó directo en la cara. Caminé sin rumbo por una ciudad que parece una jaula invisible, mientras pensaba en el chino donde laburo, en las horas que paso de pie sin siquiera poder ir a mear,la miseria que me pagan, como si fuera un fantasma que no tiene derechos. Ni siquiera para tener un contrato, nada me proteje. La bronca se mezcla con el cansancio, y a veces me agarra esa sensación amarga de que estoy solo, que no hay nadie que pueda sacarme de este pozo solo yo. Tengo que seguir, aunque me cueste cada vez más respirar.
El ruido de la ciudad me envolvió, pero yo estaba en otro lado, perdido en mis pensamientos, cuando sentí que me tiraban del brazo con fuerza. Tres tipos se plantaron delante mío sin aviso, y el olor a cigarrillo y sudor a ron me golpeó la cara. No hacía falta que me explicaran quiénes eran. Los mismos que me vienen siguiendo hace semanas, con esa sonrisa torcida que te hace entender que el plan no es charlar sobre el clima.
—¿Y bien muchacho? —dijo el más grandote con una voz grave—. ¿Cuándo piensas devolver la plata? Ya se está haciendo larga la espera.
La mandíbula se me tensó; las manos se me cerraron en puños sin que me diera cuenta. Intenté respirar, pero apretaron más mi brazo, como asegurándose de que no fuera a soltar ni una palabra que no les gustara. El más bajo, de ojos brillantes y sonrisa, se acercó y me susurró con un tono que pretendía ser cordial, pero no lo era ni de lejos:
—Mire, aquí somos gente de palabra. Pero el tiempo es oro, y tienes que entender que la plata no se consigue sola. Hay opciones... ¿entiendes? Opciones que no implican que tengamos que ponernos violentos.
Se miraron entre ellos, y en sus caras se dibujó esa mezcla de amenaza y negocios turbios que dan ganas de salir corriendo. El más grandote volvió a hablar, esta vez sin pelos en la lengua:
—Trabajas para nosotros un tiempo, discretamente, y el problema de la deuda desaparece. ¿Comprendes lo que te digo?
No tenía claro qué significaba exactamente "trabajar para ellos", pero estaba seguro de que nada bueno. Tragué saliva, sintiendo el frío del miedo treparme hasta los huesos, pensando que quizás esta noche no volvería a casa.
Me quedé tieso, como si estuviera viendo todo desde afuera, en un lugar que no existía. Me hablaban, me preguntaban, me amenazaban, pero sus palabras rebotaban en una burbuja que me aislaba. No podía concentrarme en nada, solo en el nudo que me apretaba el pecho y en las ganas de escapar, de desaparecer.
—¿Me estás escuchando? —el grandote me dio un golpe en el hombro que casi me hace caer—. No te hagas la loca conmigo.
Me di cuenta de que me estaban tocando, pero no era un contacto cualquiera. Sus manos recorrían mis brazos, mi cuello, mientras hablaban en voz baja con sonrisas desagradables.
—Tienes una cara que no puede mentir —dijo uno con voz áspera—. Eres lindo. Podrías hacerte bien en lo que te ofrecemos...
La mezcla de sus manos cálidas y sus palabras me revolvió el estómago. Me sentí asqueado, atrapado, y el vértigo de querer gritar me invadió. Pero sabía que no me convenía. Así que volví a hacerme el desentendido, esperando que terminara pronto y me dejaran ir.
—Decídete muchacho —susurró el de ojos vivaces, apretándome el brazo con fuerza—. O trabajas con nosotros, o las cosas se van a poner feas. Y no te conviene que se pongan feas.
Mis piernas temblaban, pero intenté mantener la calma. Estaba en medio de un infierno que no pedí, y cada vez me quedaba menos aire para seguir. Y mientras ellos seguían hablando, yo volvía a ese lugar donde nada importaba: la deuda que no paraba de crecer, y el vacío de un padre que se fue y me dejó solo con todo este quilombo.
—No te hagas el vivo —gruñó el más grandote, con una sonrisa torcida y los ojos brillantes—. Tu papá ya nos debe más plata de la que vas a ganar trabajando hasta morirte. Y si salió huyendo, tú eres el único que va a pagar. No vas a zafar con ese trabajito de barrio, eso te lo aseguro.
—Usted sabe bien que aquí nadie regala nada —agregó otro, tirando de mi camisa hasta arrugarla—. Así que o nos pones la plata o te vas a acordar de nosotros cada vez que quieras respirar.
El que menos hablaba escupió al suelo cerca de mis pies, y eso fue la gota que rebalsó el vaso. Mi corazón se aceleró, y empecé a ponerme nervioso, no solo por ellos, sino por la rabia y el miedo que me clavaban con cada palabra.
De repente, una voz femenina rompió el silencio:
—¿No tienen nada mejor que hacer que hostigar a un pibe o les gusta hacerse los malos con los que no pueden defenderse?
Los tipos se giraron rápido, y empezaron a bardearla.
—¿Y vos quién sos vieja? —gritó uno, con desprecio— ¿La mamá del pendejo? ¿Quiere que le demos también?
— No se meta en lo que no le importa —agregó otro con una risa seca.
En ese momento, un hombre alto y con pinta de tipo pesado se bajó de un auto. Los miró con una calma que daba miedo.
—Basta —dijo, con voz grave y calmada.
Los prestamistas lo miraron, primero con sorpresa, después con fastidio, y finalmente sin ganas de pelea, se fueron, murmurando insultos y amenazas a medias.
Uno de esos hombre se me acercó, me agarró del brazo con fuerza y me habló al oído:
—Usté piénselo bien. Esto no se arregla trabajando. O coopera, o lo vamos a visitar donde menos lo espere. Y no le va a gustar.
Y con eso me soltó, dejándome con el corazón acelerado y la certeza de que mi vida se estaba yendo por un precipicio sin paracaídas.
El hombre se alejó y yo me quedé ahí, temblando, con la cabeza dando vueltas. Justo entonces, la voz de antes volvió a sonar.
—Che ¿estás bien? —preguntó desde la venta bajada, con tono suave pero firme— Si querés te llevo a un hospital que queda cerca.
Quise negar rápido, apurando las palabras.
—No, no... tengo que ir a laburar. No pasa nada.
En eso, ella me miró con más atención y dijo: —Levantá la cara, dejame verte. —Casi sin querer, obedecí. Cuando nuestras miradas se cruzaron, fue como ver una versión alterna de mí mismo: misma cara, misma piel, pero con el pelo largo y ropa distinta. Por un momento me quedé congelado y ella también parecía sorprendida.
No dijo nada más, cerró la venta y arrancó, dejándome con esa imagen clavada en la cabeza.
