Chapter Text
Cuando me despierto, el otro lado de la cama está frío. Estiro los dedos buscando el calor de Falco, pero no encuentro más que la basta funda de lona del colchón. Seguro que ha tenido pesadillas y se ha metido en la cama de nuestro padre; claro que sí, porque es el día de la cosecha.
Me apoyo en un codo y me levanto un poco; en el dormitorio entra algo de luz, así que puedo verlos. Mi hermano pequeño, Falco, acurrucado a su lado, protegido por el cuerpo de mi padre. Mi padre parece más joven cuando duerme; agotado, aunque no tan machacado. La cara de Falco es tan fresca como una gota de agua, tan encantadora como una flor.
Me bajo de la cama y me pongo las botas de cazar; la piel fina y suave se ha adaptado a mis pies. Me pongo también los pantalones y una camisa, sujeto mi cabello y tomo la bolsa que utilizo para guardar todo lo que recojo. En la mesa, bajo un cuenco de madera que sirve para protegerlo de ratas, encuentro un perfecto quesito de cabra envuelto en hojas de albahaca. Es un regalo de Falco para el día de la cosecha; cuando salgo me lo meto con cuidado en el bolsillo.
Nuestra división del Distrito 12, a la que solemos llamar la Veta, está siempre llena a estas horas de mineros del carbón que se dirigen al turno de mañana. Hombres y mujeres de hombros caídos y nudillos hinchados, muchos de los cuales ya ni siquiera intentan limpiarse el polvo de carbón de las uñas rotas y las arrugas de sus rostros hundidos. Sin embargo, hoy las calles manchadas de carboncillo están vacías y las contraventanas de las achaparradas casas grises permanecen cerradas. La cosecha no empieza hasta las dos, así que todos prefieren dormir hasta entonces... si pueden.
Nuestra casa está casi al final de la Veta, solo tengo que dejar atrás unas cuantas puertas para llegar al campo desastrado al que llaman la Pradera. Lo que separa la Pradera de los bosques y, de hecho, lo que rodea todo el Distrito 12, es una alta alambrada metálica rematada con bucles de alambre de espino. En teoría, se supone que está electrificada las veinticuatro horas para disuadir a los depredadores que viven en los bosques y antes recorrían nuestras calles (jaurías de perros salvajes, pumas solitarios y osos). En realidad, como, con suerte, solo tenemos dos o tres horas de electricidad por la noche, no suele ser peligroso tocarla.
Aun así, siempre me tomo un instante para escuchar con atención, por si oigo el zumbido que indica que la valla está cargada. En este momento está tan silenciosa como una piedra. Me escondo detrás de un grupo de arbustos, me tumbo boca abajo y me arrastro por debajo de la tira de sesenta centímetros que lleva suelta varios años. La alambrada tiene otros puntos débiles, pero este está tan cerca de casa que casi siempre entro en el bosque por aquí.
En cuanto estoy entre los árboles, recupero un arco y un carcaj de flechas que tenía escondidos en un tronco hueco. Esté o no electrificada, la alambrada ha conseguido mantener a los devoradores de hombres fuera del Distrito 12. Dentro de los bosques, los animales deambulan a sus anchas y existen otros peligros, como las serpientes venenosas, los animales rabiosos y la falta de senderos que seguir. Pero también hay comida, si sabes cómo encontrarla. Mi madre lo sabía y me había enseñado unas cuantas cosas antes de volar en pedazos en la explosión de una mina. No quedó nada de ella que pudiéramos enterrar. Yo tenía once años; cinco años después, muchas noches me sigo despertando gritándole que corra.
Aunque entrar en los bosques es ilegal y la caza furtiva tiene el peor de los castigos, habría más gente que se arriesgaría si tuviera armas. El problema es que hay pocos lo bastante valientes para aventurarse armados con un cuchillo. En otoño, unas cuantas almas valientes se internan en los bosques para recoger manzanas, aunque sin perder de vista la Pradera, siempre lo bastante cerca para volver corriendo a la seguridad del Distrito 12 si surgen problemas.
—El Distrito 12, donde puedes morirte de hambre sin poner en peligro tu seguridad —murmuro; después miro a mi alrededor rápidamente porque, incluso aquí, en medio de ninguna parte, me preocupa que alguien me escuche.
Cuando era más joven, mataba a mi padre del susto con las cosas que decía sobre el Distrito 12 y la gente que gobierna nuestro país, Panem, desde esa lejana ciudad llamada el Capitolio.
Al final comprendí que aquello solo podía causarnos más problemas, así que aprendí a morderme la lengua y ponerme una máscara de indiferencia para que nadie pudiese averiguar lo que estaba pensando. Trabajo en silencio en clase; hago comentarios educados y superficiales en el mercado público; y me limito a las conversaciones comerciales en el Quemador, que es el mercado negro donde gano casi todo mi dinero. Incluso en casa, donde soy menos simpática, evito entrar en temas espinosos, como la cosecha, los racionamientos de comida o los Juegos del Hambre. Quizás a Falco se le ocurriera repetir mis palabras y ¿qué sería de nosotros entonces?
Solo puedo hacer algo tan ilegal como cazar gracias a mi arco, el cual es una rareza que fabricó mi madre, junto con otros similares que guardo bien escondidos en el bosque, envueltos con cuidado en fundas impermeables. Mi madre podría haber ganado bastante dinero vendiéndolos, pero, de haberlo descubierto los funcionarios del Gobierno, la habrían ejecutado en público por incitar a la rebelión.
De todos modos, casi todos los agentes de la paz hacen la vista gorda con los pocos que cazamos, ya que están tan necesitados de carne fresca como los demás. De hecho, están entre nuestros mejores clientes. Sin embargo, nunca permitirían que alguien armase a la Veta. Mi padre me ha dicho que la rebeldía fue la razón de la ejecución de los padres biológicos de Falco, hace poco menos de doce años, cuando él era un bebé. Por ser tan pequeño no sabe todos los detalles, aunque creo que los sospecha. A mí nunca me ocultaron la razón por la que mi madre biológica me abandonó, ya que es solo una típica y aburrida historia de una mujer quedando embarazada de su amante; nunca me ha importado.
En los bosques me espera la única persona con la que puedo ser yo misma: Eren. Noto que se me relajan los músculos de la cara mientras subo por las colinas hasta nuestro lugar de encuentro, un saliente rocoso con vistas al valle. Un matorral de arbustos de bayas lo protege de ojos curiosos. Nunca sonrío, salvo en los bosques.
—Hola, Annie —me saluda Eren—. Mira lo que he cazado.
Eren sostiene en alto una hogaza de pan con una flecha clavada en el centro, y yo me río. Es pan de verdad, de panadería, y no las barras planas y densas que hacemos con nuestras raciones de cereales. Lo tomo, saco la flecha y me llevo el agujero de la corteza a la nariz para aspirar una fragancia que me hace la boca agua. El pan bueno como este es para ocasiones especiales.
—Umm, todavía está caliente —digo. Debe de haber ido a la panadería al despuntar el alba para cambiarlo por otra cosa—. ¿Qué te ha costado?
—Solo una ardilla. Creo que el anciano estaba un poco sentimental esta mañana. Hasta me deseó buena suerte.
—Bueno, todos nos sentimos un poco más unidos hoy, ¿no? —comento, sin molestarme en poner los ojos en blanco—. Falco nos ha dejado un queso —digo, sacándolo.
—Gracias, Falco —exclama Eren, alegrándose con el regalo—. Nos daremos un verdadero festín. —De repente, se pone a imitar el acento del
Capitolio y los ademanes de Hange Zoë, la mujer optimista hasta la demencia que viene una vez al año para leer los nombres de la cosecha—. ¡Casi se me olvida! ¡Felices Juegos del Hambre! —Recoge unas cuantas moras de los arbustos que nos rodean—. Y que la suerte... —empieza, lanzándome una mora. La atrapo con la boca y rompo la delicada piel con los dientes; la dulce acidez del fruto me estalla en la lengua.
—¡... esté siempre, siempre de su parte! —concluyo, con el mismo brío.
Tenemos que bromear sobre el tema, porque la alternativa es morirse de miedo. Además, el acento del Capitolio es tan afectado que casi todo suena gracioso con él.
Observo a Eren sacar el cuchillo y cortar el pan; tiene el típico aspecto de la Veta: pelo oscuro liso y piel aceitunada, aunque sus ojos esmeraldas son más particulares. Casi todos los que trabajan en las minas tienen un aspecto similar.
Por eso Falco y yo, con nuestro cabello rubio y ojos claros, siempre parecemos fuera de lugar; porque lo estamos. Sean quienes hayan sido nuestros padres biológicos, se ve claramente que eran de la división de comerciantes que sirve a los funcionarios, los agentes de la paz y algún que otro cliente de la Veta. Allí se vive mejor, así que imagino que mi padre debió de haber estado loco cuando se encontró con un bebé en la calle y decidió llevarlo a su humilde hogar en la Veta, en lugar de abandonarme en el orfanato, puesto que no era su responsabilidad. Y no fue la última vez que lo hizo tampoco, por lo que tengo un hermanito. Es lo que intento recordar cuando solo veo en él a un hombre que se quedó sentado, vacío e inaccesible mientras sus hijos se convertían en piel y huesos. Intento perdonarlo por mi madre, pero, para ser sincera, no soy de las que perdonan.
Eren unta el suave queso de cabra en las rebanadas de pan y coloca con cuidado una hoja de albahaca en cada una, mientras yo recojo bayas de los arbustos. Nos acomodamos en un rincón de las rocas en el que nadie puede vernos, aunque tenemos una vista muy clara del valle, que está rebosante de vida estival: verduras por recoger, raíces por escarbar y peces irisados a la luz del sol. El día tiene un aspecto glorioso, de cielo azul y brisa fresca; la comida es estupenda, el pan caliente absorbe el queso y las bayas nos estallan en la boca. Todo sería perfecto si realmente fuese un día de fiesta, si este día libre consistiese en vagar por las montañas con Eren para cazar la cena de esta noche. Sin embargo, tendremos que estar en la plaza a las dos en punto para el sorteo de los nombres.
—¿Sabes qué? Podríamos hacerlo —dijo Eren en voz baja.
—¿El qué?
—Dejar el distrito, huir y vivir en el bosque. Tú y yo podríamos hacerlo —No sé cómo responder, la idea es demasiado absurda—. Si no tuviésemos a nadie más —añadió él rápidamente.
Yo tengo que cuidar de Falco, mientras que Eren cuida de su madre, quien no logra conseguir lo suficiente para ambos desde que su marido murió hace unos años en una epidemia que azotó al distrito. Así que, ellos dos tendrían que entrar en el lote, porque ¿cómo iban a sobrevivir sin nosotros? ¿Quién alimentaría esas bocas que siempre necesitan más?
El padre de Eren había estado casado antes de su madre, con alguien de la otra división, la familia de aquella mujer tenía una botica en la parte más elegante del Distrito 12; como casi nadie puede permitirse pagar un médico, los boticarios son nuestros sanadores. Su padre aprendió mucho de ellos, y cuando aquella mujer murió de una enfermedad del corazón, él regresó a la Veta. Mi padre y él eran cercanos, pues fueron vecinos toda su juventud, así que le compartió sus conocimientos. De esa forma nos convertimos en las únicas casas de la división que tenían boticarios, y, aun así, todas las bocas seguían sin poder ser alimentadas. Sin mencionar que ya ni siquiera contamos con los dos.
Incluso aunque ahora Eren y yo cazamos todos los días, alguna vez tenemos que cambiar las presas por manteca de cerdo, cordones de zapatos o lana, así que hay noches en las que nos vamos a la cama con los estómagos vacíos. Simplemente, así es tener gente de la que cuidar.
—No quiero tener hijos —digo.
—Puede que yo sí, si no viviese aquí.
—Pero vives aquí —le recuerdo, irritada.
—Olvídalo.
La conversación no va bien. ¿Irnos? ¿Cómo iba a dejar a Falco, que es la única persona en el mundo a la que estoy segura de querer? Y Eren está completamente dedicado a su madre. Si no podemos irnos, ¿por qué molestarnos en hablar de eso?
—¿Qué quieres hacer? —le pregunto, ya que podemos cazar, pescar o recolectar.
—Vamos a pescar en el lago. Así dejamos las cañas puestas mientras recolectamos en el bosque. Atraparemos algo bueno para la cena.
La cena. Después de la cosecha, se supone que todos tienen que celebrarlo, y mucha gente lo hace, aliviada al saber que sus hijos se han salvado un año más. Sin embargo, al menos dos familias cerrarán las contraventanas y las puertas, e intentarán averiguar cómo sobrevivir a las dolorosas semanas que se avecinan.
Nos va bien; los depredadores no nos hacen caso, porque hoy hay presas más fáciles y sabrosas. A última hora de la mañana tenemos una docena de peces, una bolsa de verduras y, lo mejor de todo, un buen montón de fresas. Descubrí el fresal hace unos años y a Eren se le ocurrió la idea de rodearlo de redes para evitar que se acercasen los animales.
De camino a casa pasamos por el Quemador, el mercado negro que funciona en un almacén abandonado en el que antes se guardaba carbón. Cuando descubrieron un sistema más eficaz que transportaba el carbón directamente de las minas a los trenes, el Quemador fue quedándose con el espacio. Casi todos los negocios están cerrados a estas horas en un día de cosecha, aunque el mercado negro sigue bastante concurrido.
Cambiamos fácilmente seis de los peces por pan bueno y los otros dos por sal. Hannes, un hombre de mediana edad que vende cuencos de sopa caliente preparada en un enorme hervidor, nos compra la mitad de las verduras a cambio de un par de trozos de parafina. Puede que nos hubiese ido mejor en otro sitio, pero nos esforzamos por mantener una buena relación con Hannes, ya que es el único que siempre está dispuesto a comprar carne de perro salvaje. A pesar de que no los cazamos a propósito, si nos atacan y matamos un par, bueno, la carne es la carne.
«Una vez dentro de la sopa, puedo decir que es ternera», dice Hannes, guiñando un ojo. En la Veta, nadie le haría ascos a una buena pata de perro salvaje, pero los agentes de la paz que van al Quemador pueden permitirse ser un poco más exigentes.
Una vez terminados nuestros negocios en el mercado, vamos a la puerta de atrás de la casa del alcalde para vender la mitad de las fresas, porque sabemos que le gustan especialmente y puede permitirse el precio. La hija del alcalde, Historia, nos abre la puerta; está en mi clase del colegio. Podría pensarse que, por ser la hija del alcalde, es una esnob, pero no, solo es reservada, igual que yo. Como ninguna de las dos tiene un grupo de amigos parece que casi siempre acabamos juntas en clase. Durante la comida, en las reuniones, cuando se hacen grupos para las actividades deportivas... Apenas hablamos, lo que nos va bien a las dos.
Hoy ha cambiado su soso uniforme del colegio por un caro vestido blanco, y lleva el pelo rubio recogido con un lazo rosa; la ropa de la cosecha.
—Bonito vestido —dice Eren.
Historia lo mira fijamente, mientras intenta averiguar si se trata de un cumplido de verdad o de una ironía. En realidad, el vestido es bonito, aunque nunca lo habría llevado un día normal. Aprieta los labios y sonríe.
—Bueno, tengo que estar guapa por si acabo en el Capitolio, ¿no?
Ahora es Eren el que está desconcertado: ¿lo dice en serio o está tomándole el pelo? Yo creo que es lo segundo.
—Tú no irás al Capitolio —responde Eren con frialdad. Sus ojos se posan en el pequeño adorno circular que lleva en el vestido; es de oro puro, de bella factura; serviría para dar de comer a una familia entera durante varios meses—. ¿Cuántas inscripciones puedes tener? ¿Cinco?
—No es culpa suya —intervengo.
—No, no es culpa de nadie. Las cosas son como son —apostilla Eren.
—Buena suerte, Annie —dice Historia, con rostro inexpresivo, poniéndome el dinero de las fresas en la mano.
—Lo mismo digo —respondo, y se cierra la puerta.
Caminamos en silencio hacia la Veta. No me gusta que Eren la haya tomado con Historia, pero tiene razón, por supuesto: el sistema de la cosecha es injusto y los pobres se llevan la peor parte. Te conviertes en elegible para la cosecha cuando cumples los doce años; ese año, tu nombre entra una vez en el sorteo.
A los trece, dos veces; y así hasta que llegas a los dieciocho, el último año de elegibilidad, y tu nombre entra en la urna siete veces. El sistema incluye a todos los ciudadanos de los doce distritos de Panem.
Sin embargo, hay gato encerrado. Digamos que eres pobre y te estás muriendo de hambre, como nos pasaba a nosotros. Tienes la posibilidad de añadir tu nombre más veces a cambio de teselas; cada tesela vale por un exiguo suministro anual de cereales y aceite para una persona.
También puedes hacer ese intercambio por cada miembro de tu familia, motivo por el que, cuando yo tenía doce años, mi nombre entró cuatro veces en el sorteo. Una porque era lo mínimo, y tres veces más por las teselas para conseguir cereales y aceite para Falco, mi padre y yo. De hecho, he tenido que hacer lo mismo todos los años, y las inscripciones en el sorteo son acumulativas. Por eso, ahora, a los dieciséis años, mi nombre entrará veinte veces en el sorteo de la cosecha. Eren no es diferente, excepto por el hecho de que ya tiene 18 años.
No cuesta entender por qué se enciende con Historia, que nunca ha corrido el peligro de necesitar una tesela. Las probabilidades de que el nombre de la chica salga elegido son muy reducidas si se comparan con las de los que vivimos en la Veta. No es imposible, pero sí poco probable y, aunque las reglas las estableció el Capitolio y no los distritos ni, sin duda, la familia de Historia, es difícil no sentir resentimiento hacia los que no tienen que pedir teselas. Eren es consciente de que su rabia no debería ir contra Historia.
Algunas veces, cuando estamos en lo más profundo del bosque, lo he oído despotricar contra las teselas, diciendo que no son más que otro instrumento para fomentar la miseria en nuestro distrito, una forma de sembrar el odio entre los trabajadores hambrientos de la Veta y los que no suelen tener problemas de comida, y, así, asegurarse de que nunca confiemos los unos en los otros. «Al Capitolio le viene bien que estemos divididos», me diría, si no hubiese nadie más que yo escuchándolo, si no fuese día de cosecha, si una chica con un alfiler de oro y sin teselas no hubiese hecho lo que seguramente ella consideraba un comentario inofensivo.
Mientras caminamos, lo miro a la cara, todavía ardiendo debajo de su expresión glacial; su ira me parece inútil, aunque no se lo digo. No es que no esté de acuerdo con él, porque lo estoy, pero ¿de qué sirve despotricar contra el Capitolio en medio del bosque? No cambia nada, no hace que la situación sea más justa y no nos llena el estómago. De hecho, asusta a las posibles presas. Sin embargo, lo dejo gritar; mejor hacerlo en el bosque que en el distrito.
Eren y yo nos dividimos el botín, lo que nos deja con dos peces, un par de hogazas de buen pan, verduras, un puñado de fresas, sal, parafina y algo de dinero para cada uno.
—Nos vemos en la plaza —le digo.
—Ponte algo bonito —me responde, sin humor.
En casa, encuentro a mi padre y a mi hermano preparados para salir. Mi padre lleva su única camisa relativamente elegante y Falco viste su primer traje de cosecha. Se ve viejo, claro, pero aceptable, aunque a él le queda un poco grande, por lo que mi padre se lo ha sujetado con alfileres; aun así, la camisa se le sale de la falda por la parte de atrás.
Me espera una bañera llena de agua caliente. Me restriego para quitarme la tierra y el sudor de los bosques, e incluso me lavo el pelo. Veo, sorprendida, que mi padre me ha sacado un viejo vestido de mi madre, una suave cosita azul con zapatos a juego.
—¿Estás seguro? —le pregunto, porque intento evitar seguir rechazando su ayuda.
Antes estaba tan enfadada con él que no le dejaba hacer nada por mí. Sin embargo, se trata de algo especial, porque le da mucho valor a la ropa de mi madre.
—Claro que sí, y también me gustaría recogerte el pelo —me responde.
Le dejo secármelo y sujetarlo. Apenas me reconozco en el espejo agrietado que tenemos apoyado en la pared.
—Estás muy bonita —dice Falco, en un susurro.
—Y no me parezco en nada a mí —respondo.
Lo abrazo, porque sé que las horas que nos esperan serán terribles para él. Es su primera cosecha, aunque está lo más seguro posible, ya que su nombre solo ha entrado una vez en la urna; no le he dejado pedir ninguna tesela. Sin embargo, está preocupado por mí, le preocupa que ocurra lo inimaginable.
Protejo a Falco de todas las formas que me es posible, pero nada puedo hacer contra la cosecha. La angustia que noto en el pecho siempre que mi hermano sufre amenaza con asomar a la superficie. Me doy cuenta de que se le ha salido de nuevo la camisa por detrás y me obligo a mantener la calma.
—Arréglate la cola, patito —le digo, poniéndole de nuevo la camisa en su sitio.
—Eso lo serás tú —dice, en una carcajada, haciéndome reír también; él es el único que puede hacerme reír así.
—Vamos, a comer —digo, dándole un besito rápido en la cabeza.
Decidimos dejar para la cena el pescado y las verduras, que ya se están cocinando en un estofado, y guardamos las fresas y el pan para la noche, diciéndonos que así será algo especial; de modo que bebemos la leche de la cabra de Falco, Lady, y nos comemos el pan basto que hacemos con el cereal de la tesela, aunque, de todos modos, nadie tiene mucho apetito.
A la una en punto nos dirigimos a la plaza. La asistencia es obligatoria, a no ser que estés a las puertas de la muerte. Esta noche los funcionarios recorrerán las casas para comprobarlo. Si alguien ha mentido, lo meterán en la cárcel.
Es una verdadera pena que la ceremonia de la cosecha se celebre en la plaza, uno de los pocos lugares agradables del Distrito 12. La plaza está rodeada de tiendas y, en los días de mercado, sobre todo si hace buen tiempo, parece que es fiesta. Sin embargo, hoy, a pesar de los banderines de colores que cuelgan de los edificios, se respira un ambiente de tristeza. Las cámaras de televisión, encaramadas como águilas ratoneras en los tejados, solo sirven para acentuar la sensación.
La gente entra en silencio y ficha; la cosecha también es la oportunidad perfecta para que el Capitolio lleve la cuenta de la población. Conducen a los chicos de entre doce y dieciocho años a las áreas delimitadas con cuerdas y divididas por edades, con los mayores delante y los jóvenes, como Falco, detrás. Los familiares se ponen en fila alrededor del perímetro, todos tomados con fuerza de la mano.
También hay otros, los que no tienen a nadie que perder o ya no les importa, que se cuelan entre la multitud para apostar por quiénes serán los dos chicos elegidos. Se apuesta por la edad que tendrán, si serán chicos, chicas o uno de cada cual, o por si se derrumbarán y se echarán a llorar. La mayoría se niega a hacer tratos con los mañosos, salvo con mucha precaución; esas mismas personas suelen ser informadores, y ¿quién no ha infringido la ley alguna vez? Podrían pegarme un tiro todos los días por dedicarme a la caza furtiva, pero los apetitos de los que están al mando me protegen; no todos pueden decir lo mismo.
En cualquier caso, Eren y yo estamos de acuerdo en que, si pudiéramos escoger entre morir de hambre y morir de un tiro en la cabeza, la bala sería mucho más rápida.
La plaza se va llenando, y se vuelve más claustrofóbica conforme llega la gente. A pesar de su tamaño, no es lo bastante grande para dar cabida a toda la población del Distrito 12, que es de unos ocho mil habitantes. Los que llegan los últimos tienen que quedarse en las calles adyacentes, desde donde podrán ver el acontecimiento en las pantallas, ya que el Estado lo televisa en directo.
Me encuentro de pie, en un grupo de chicos de dieciséis años de la Veta. Intercambiamos tensos saludos con la cabeza y centramos nuestra atención en el escenario provisional que han construido delante del Edificio de Justicia. Allí hay tres sillas, un podio y dos grandes urnas redondas de cristal, una para cada división. Me quedo mirando los trozos de papel de la bola de mi división: veinte de ellos tienen escrito con sumo cuidado el nombre de Annie Leonhart.
Dos de las tres sillas están ocupadas por el alcalde Rod Reiss (el padre de Historia) y Hange Zoë, la acompañante del Distrito 12, recién llegada del Capitolio, con su aterradora sonrisa blanca, el pelo rojo brillante y un traje verde primavera. Los dos murmuran entre sí y miran con preocupación el asiento vacío.
Justo cuando el reloj da las dos, el alcalde sube al podio y empieza a leer. Es la misma historia de todos los años, en la que habla de la creación de Panem, el país que se levantó de las cenizas de un lugar antes llamado Norteamérica. Enumera la lista de desastres, las sequías, las tormentas, los incendios, los mares que subieron y se tragaron gran parte de la tierra, y la brutal guerra por hacerse con los pocos recursos que quedaron. El resultado fue Panem, un reluciente Capitolio rodeado por trece distritos, que llevó la paz y la prosperidad a sus ciudadanos. Entonces llegaron los Días Oscuros, la rebelión de los distritos contra el Capitolio. Derrotaron a doce de ellos y aniquilaron al decimotercero. El Tratado de la Traición nos dio unas nuevas leyes para garantizar la paz y, como recordatorio anual de que los Días Oscuros no deben volver a repetirse, nos dio también los Juegos del Hambre.
Las reglas de los Juegos del Hambre son sencillas: en castigo por la rebelión, cada uno de los doce distritos debe entregar dos jóvenes, llamados tributos, para que participen. Los veinticuatro tributos se encierran en una enorme arena al aire libre en la que puede haber cualquier cosa, desde un desierto abrasador hasta un páramo helado. Una vez dentro, los competidores tienen que luchar a muerte durante un periodo de varias semanas; el que quede vivo, gana.
Coger a los chicos de nuestros distritos y obligarlos a matarse entre ellos mientras los demás observamos; así nos recuerda el Capitolio que estamos completamente a su merced, y que tendríamos muy pocas posibilidades de sobrevivir a otra rebelión. Da igual las palabras que utilicen, porque el verdadero mensaje queda claro: «Miren cómo nos llevamos a sus hijos y los sacrificamos sin que puedan hacer nada al respecto. Si levantan un solo dedo, los destrozaremos a todos, igual que hicimos con el Distrito 13».
Para que resulte humillante además de una tortura, el Capitolio exige que tratemos los Juegos del Hambre como una festividad, un acontecimiento deportivo en el que los distritos compiten entre sí. Al último tributo vivo se le recompensa con una vida fácil, y su distrito recibe premios, sobre todo comida. El Capitolio regala cereales y aceite al distrito ganador durante todo el año, e incluso algunos manjares como azúcar, mientras el resto de nosotros luchamos por no morir de hambre.
—Es el momento de arrepentirse, y también de dar gracias —recita el alcalde.
Después lee la lista de los habitantes del Distrito 12 que han ganado en anteriores ediciones. En setenta y cuatro años hemos tenido exactamente dos, y solo uno sigue vivo: Levi Ackerman, un hombre de mediana edad de mi división opuesta que, en estos momentos, no está por ningún lado.
Hange Zoë, tan alegre y vivaracha como siempre, sube a trote ligero al podio y saluda con su habitual:
—¡Felices Juegos del Hambre! ¡Y que la suerte esté siempre, siempre de su parte!
Seguro que su pelo rojo es una peluca, porque es demasiado brillante. Empieza a hablar sobre el honor que supone estar allí, aunque todos saben lo mucho que desea una promoción a un distrito mejor, con ganadores de verdad.
Localizo a Eren entre la multitud, y él me devuelve la mirada con la sombra de una sonrisa en los labios. De repente, empiezo a pensar en él y en las veces que aparece su nombre en esa gran bola de cristal, y en cómo la suerte no está siempre de su parte. Y quizá él esté pensando lo mismo sobre mí, porque se pone serio y aparta la vista.
«No te preocupes, hay mil papeletas», desearía poder decirle.
Ha llegado el momento del sorteo. Hange Zoë decide ir por mi división primero y se acerca a la correspondiente urna de cristal. Mete la mano hasta el fondo y saca un trozo de papel. La multitud contiene el aliento, se podría oír un alfiler caer, y yo empiezo a sentir náuseas y a desear desesperadamente que no sea yo, que no sea yo, que no sea yo.
Hange Zoë vuelve al podio, alisa el trozo de papel y lee el nombre con voz clara; y no soy yo.
Es Falco.
