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Jugo de Fresa

Summary:

Tenía una amiga una vez, sus rizos rubios y sus ojos amables ardieron junto al distrito pero aún puedo verla en algo que es muy común y me lastima.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Fresas

Chapter Text

Desde que Peeta volvió del capitolio hemos estado desarrollando una rutina. Él hornea temprano y desayunamos juntos, el pan que me trae y el guiso que hace Sae. Por las tardes comemos con Sae y su nieta para luego perdernos en nuestro mundo, nuestras pesadillas o nuestros demonios da igual. En la noche cenamos, juntos o en ocasiones extrañas con Haymitch, y comenzamos a trabajar en un libro para honrar a todos aquellos que hemos perdido.

No hablamos, estamos demasiado heridos para hacerlo, demasiado temerosos de lo que podríamos decirle al otro, demasiado inseguros de que es lo que significamos el uno para el otro pero demasiado solos para rechazar la compañía.

La vida sigue así, con ambos teniendo episodios a su manera. Peeta aferrándose al respaldo de una silla. Yo, quedándome catatónica en cama durante días y Haymitch bebiendo hasta perder la razón, un día sí y el otro también.

Sae nos alimenta, Peeta hornea y yo a veces salgo al bosque a cazar o recolectar plantas comestibles. Haymitch aparece para que veamos que respira aún y vuelve a beber.

A veces no puedo ni siquiera poner un pie fuera de la valla, los recuerdos de Gale y yo cazando juntos me hacen doler el pecho como si me hubieran disparado. A veces veo una hierba medicinal y recuerdo las manos de mi madre con un ramo de esa misma planta, instruyendo a Prim en sus usos y beneficios mientras los ojos de mi hermana se iluminan en concentración, absorbiendo el conocimiento como los dientes de león el sol.

Cuando encuentro el arbusto de fresas que solíamos cosechar para llevarle al alcalde rompo en sollozos que pronto se transforman en aullidos de dolor y tristeza. Madge, mi única amiga y a quién no le di lo suficiente. Su pin fue un obsequio pequeño comparado con el regalo de su amistad y como todo, no supe apreciarlo en su momento y ahora me encuentro añorándolo. Su compañía silenciosa y sin expectativas, su suave apoyo que me hacía sentir vista como algo más que la proveedora de mi familia, su discreta sonrisa cuando decía algo particularmente horrible pero cierto.

Lloro hasta quedarme ronca por los gritos, con los dulces y jugosos frutos hechos papilla en mis manos. Cuando me quedo sin fuerzas para seguir decido regresar a casa. Tomo un poco de fresas en mi morral, decidida a llevarle algo a Peeta para que siga horneando, me cruzo con una ardilla a la que le disparo más por instinto que porque realmente lo haya deseado y voy dando tumbos hasta la casa que me dio el capitolio como mi prisión.

Llego a la aldea ya bien entrada la tarde, con las primeras estrellas asomándose en el firmamento y el cielo cambiando en tonos violetas al profundo azul de la noche. Mis pasos no son tan silenciosos como deberían lo que hace que una pequeña comitiva salga a recibirme en mi porche.

Sae y su nieta me miran preocupadas, no he estado en casa desde la mañana cuando me alimentaron y no es algo que pase a menudo. Haymitch bebe de su petaca mientras me examina con la mirada, no sé qué ve en mí, algo desagradable a juzgar por la mueca que hace. Peeta me observa de manera extraña, puedo ver un poco de preocupación en su mirada. Sus iris están terriblemente oscuros, casi como cuando está a punto de sufrir un episodio, pero no da señales de eso. No hay puños apretados ni respiración complicada, seguramente es solo que estaba asustado porque tarde demasiado tiempo en volver.

Entro en la casa bajo la mirada de aquellos que me esperaban, que sensación tan extraña tener gente aún ahí para mí cuando mi mundo entero, mi patito, ha dejado de estarlo.

Les cuento a todos que me encontré el arbusto de fresas, nadie dice nada y dejo que piensen lo que quieran. Si creen que mi estado es porque extraño a Gale está bien. Muy pocas personas conocían mi amistad con Madge y menos que ella amaba las fresas.

Tal vez solo Peeta pueda relacionarlo, si es que recuerda los frecuentes pedidos de la casa del alcalde con pasteles y donas sabor fresa o si no, posiblemente también crea que es a mi antiguo compañero de caza a quién le lloré tanto.

Viendo que estoy bien, al menos físicamente, los visitantes se van. Peeta guarda las fresas en el refrigerador, fríe la ardilla en una sartén y me prepara un té. Se sienta a mi lado observándome con atención y curiosidad, sin invadir mi espacio. Me pone una manta encima cuando tiemblo y acaricia mi mano, con algo de fuerza sin llegar al punto de lastimarme.

Nos quedamos un rato así, sentados y contemplándonos el uno al otro, sin pláticas ni expectativas. Solo dos adolescentes rotos coexistiendo en la misma habitación. La taza de té en mis manos me devuelve el calor y la que él tiene en la pequeña mesa humea dejando que su olor y calor se expandan por el lugar.

Después de un rato, Peeta me dice que va a encender el televisor porque no tiene sueño y no quiere ir a su casa ni hacer nada más, soy inútil en este punto así que pido el libro de recuerdos. No he escrito nada sobre Madge y creo que es el momento de hacerlo.

Me observa unos minutos, con una mirada dura y desconfiada pero finalmente me pone el libro y mis insumos de escritura al frente. Se sienta con el mando del televisor en una mano y su té en la otra. No pregunta sobre quién escribo para comenzar el dibujo, tal vez no tenga ganas de hacerlo hoy y está bien.

Cuando termine de escribir le mostraré las páginas y espero que pueda dibujarla tan hermosa como era.

Me pierdo en los recuerdos, sus manos tocando el piano mientras yo escribo la parte que me toca de nuestro ensayo sobre las propiedades del carbón. Sus rizos brillando durante la clase de gimnasia, cuando yo la esperaba sentada en las bancas después de terminar mis circuitos y ella resoplaba por el esfuerzo. Su sonrisa el día que llevé fresas a la escuela por primera vez. Ese día me llene el estómago con la mitad de un sándwich de carne a cambio de una docena de fresas maduras que ella devoraba como si nunca las volviera a ver, algo tan raro con su manera de ser tan tímida.

No puedo evitar que una sonrisa se dibuje en mi rostro, recordando el primer beso que me dio alguien fuera de mi familia. El día que me dio el pin del sinsajo y me besó la mejilla supe que realmente éramos amigas, el que podría haber sido el último momento que tuve con mi amiga fue realmente especial.

Acaricio la página, tratando de recordar algo más. Más que sus vestidos nuevos y brillantes, más que la forma callada y tímida que tenía de ser, más que su mirada perdida y cálida mientras tocaba el piano, más que la suavidad de sus labios mientras acariciaba mi mejilla. Me siento tan tonta por no haberla apreciado cuando la tuve a mi lado.

Tal vez siempre sea así, yo recordando a alguien a quien amé que ahora está perdido para mí y recriminándome no haberle dado más. Mi padre a quién amaba y admiraba tanto, que voló en pedazos en una mina. Mi dulce patita, mi hermana que era el centro de mi vida, en pedazos por las bombas del bando que elegí defender. Mi primera amiga, que ardió junto con nuestro hogar por haberme atrevido a querer la libertad de la tiranía de Snow.

La chica en llamas se convirtió en el sinsajo gracias a ella, a su regalo para que recordara que tenía un hogar a donde volver. Su propia súplica para que no me diera por vencida ahí dentro. Ambas estábamos tan solas y nos hicimos compañía por un rato, ambas con madres rotas más allá de cualquier reparación y abandonadas por el resto de nuestros compañeros por sentirnos diferentes a ellos.

Abrazo el libro, con las lágrimas cayendo de nuevo y escucho un carraspeo frente a mí. Había olvidado que Peeta estaba ahí conmigo, ni siquiera puedo oír lo que está pasando en la televisión. Me observa con una ceja levantada en una muda pregunta y le tiendo el libro pero no lo toma. Lo dejo en la mesa, no quiero hablar ahora o tal vez nunca. No quiero decirle a nadie que me siento tan sola y que tengo miedo porque a todos los que he amado los he perdido y él podría ser el siguiente.

–Katniss ¿qué pasó? – me pregunta con cautela, pero yo solo puedo negar – ¿por quién has estado llorando tanto hoy?–.

No contesto, sin embargo, necesito sentir algo más que la profunda tristeza que me embarga desde que encontré las fresas. Me arrastro a su lado en el sillón, recargando mi peso en su figura confiando en su cálida solidez para que me sostenga en este momento.

Me abraza contra él, su olor a canela y harina me reconforta como nada más. Comienzo a quedarme dormida, mientras el pasa sus dedos por mi pelo. Debería subir a bañarme y cambiarme porque estoy llena de suciedad y el jugo de las fresas, pero estoy tan cómoda aquí que lo ignoro. Las suaves caricias de Peeta en mi cuero cabelludo me adormecen y ayudan a que la tristeza se aparte un poco de mí hasta que de pronto siento un tirón demasiado fuerte de mi pelo.

Seguramente encontró un nudo en el nido de pájaro que llevaba en la cabeza. Me muevo para levantarme de su lado y deshacerme la trenza pero me aprieta contra él. Sus fuertes brazos son una tenaza de la que no puedo escapar, aunque no lo deseo particularmente.

– Deberías dejar el bosque unos días si te va a poner tan triste estar ahí– me dice con la voz plana, no es una sugerencia más bien una orden y aunque cuando estábamos entrenando para el vasallaje me habló varias veces así no lo ha hecho a menos que esté a punto de sufrir un episodio, lo cual es algo raro. Esas veces me dice que me aparte, no que me quede.

Intento levantarme de nuevo para ver su rostro, pero esta vez me aprieta aún más. Su mano aplastando mi brazo hasta el punto de hacerme daño y su otra mano sube para sujetar mi barbilla y levantar mi rostro al nivel del suyo.

Me encuentro con un par de pozos negros sin fondo que han devorado el hermoso azul de sus iris. Forcejeo tratando de alejarme, mi instinto que había parpadeado hace un rato cuando llegué y vi su mirada intensa, despierta por completo.

–Peeta, para, me haces daño– intento de nuevo, esperando que mi voz lo haga reaccionar.

–Yo no te hice llorar, cariño– la forma tan irónica en la que pronuncia el apodo que Haymitch me dio me da escalofríos, es como me llamaba Sinsajo cuando estábamos en el distrito 13 –Vamos a la cama, debes estar cansada por tu aventura del día– me dice levantándome sobre él y sentándome en su regazo.

Me quedo congelada, con el terror bombeando en mis venas. Estoy segura de que Peeta consciente nunca me haría daño pero las visiones que el secuestro ha implantado en su cerebro a veces son tan convincentes que ninguno de los dos sabe lo que es capaz de hacerme cuando está bajo su influencia. Por eso he aprendido a no contradecirlo cuando me dice que me aleje, lo que es contrario a lo que me está pidiendo en este momento.

Me levanta sin problemas, su fuerza no ha hecho más que aumentar desde que lo pusieron a entrenar en el distrito 13 y ahora que se la pasa ayudando con la reconstrucción del distrito casi ha llegado al nivel de cuando entramos a la arena del vasallaje. Sube las escaleras conmigo en brazos, como cuando trabajamos en el libro de plantas, hace una vida, pero ahora no me siento cómoda y en paz en su abrazo, tengo miedo y mis ojos buscan desesperadamente una salida que no encuentro.

Me deja en la cama, no tan suavemente como otras veces lo ha hecho y se prepara para unirse a mí. Se quita la camisa, abre las ventanas y finalmente quita las mantas para que ambos nos acurruquemos, todo ese tiempo me la paso pensando en que me hará si intento huir.

Cuando por fin nos acostamos, mi espalda aún vestida contra su pecho desnudo, sus brazos rodeándome como todas las noches que pasamos juntos en el tren y sus piernas abrazando las mías, me siento como una presa a punto de ser derribada. Mis sentidos están alerta, escucho al viento comenzando a rugir ferozmente con lo que parece el inicio de una tormenta de verano. Paso horas despierta, con la postura tensa y los instintos aguzados al máximo así que no tardo en darme cuenta cuando Peeta finalmente se duerme de verdad.

Sus brazos ahora solo descansan sobre mi cuerpo, sin apretarme. Sus piernas me rodean sin fuerza y su respiración es calmada y uniforme. Me muevo lo más lento que puedo, tratando de controlar los espasmos de ansiedad que de pronto me atacan. Cuesta un poco de tiempo y paciencia, pero finalmente me libero de él y bajo de puntillas a la sala.

La tormenta ha hecho que la luz se vaya así que está completamente oscuro, enciendo un fuego en la chimenea y me acurruco en el sillón arropándome con la manta que huele como él, llorando por la forma en que el enfado de Peeta casi lo hizo tener un episodio. Mi chico del pan, mi diente de león y mi esperanza, roto y perdido como los demás que me rodeaban y que fueron tocados por Snow y el capitolio.

Finalmente, el sueño me vence y termino visitando el prado, que está ocupado por una familia de rubios que hacen un picnic ahí.

Cuando me acerco, veo que no son una familia cualquiera, es mi familia. Mi madre hace sándwiches con el pan que Peeta le deja en la manta mientras él dibuja algo en su cuaderno. A un lado de ellos, un par de rubias están ocupadas trenzándose el pelo. La más joven, Prim, se sienta en el regazo de la mayor que es Madge. Entonces, esta última levanta la vista y pronuncia mi nombre.

En cuanto sale de sus labios, el ambiente cambia. La dulzura del momento da paso al miedo y la desconfianza. Peeta levanta la mirada y en cuanto sus ojos se encuentran con los míos puedo ver al Peeta secuestrado, el muto del capitolio, tomar el control. Mi cuerpo actúa por sí mismo, echando a correr lejos de él pero puedo ver con claridad a mi madre desvanecerse en la nada y que mi mejor amiga y mi hermana comienzan a arder.

Las voces femeninas se unen en gritos culpándome por sus destinos, acusándome de haberlas abandonada mientras Peeta corre gritándome sobre lo mentirosa y malvada que soy. El muto en sus recuerdos refleja un odio tan profundo en sus ojos que temo haber perdido para siempre al chico del pan.

Corro alejándome de los cadáveres ardientes de mi familia, del muto que tomó el cuerpo de Peeta y del fantasma de mi madre. Sigo corriendo mientras siento que las piernas comienzan a fallarme y el aire se escapa de mis pulmones hasta que un par de fuertes brazos me sostiene con fuerza y me levanta para después azotarme contra el suelo.

Lucho para quitarme de encima la sensación de asfixia que es lo que finalmente me saca de la pesadilla porque no es solo en el sueño que la siento. Abro los ojos hacia una escena que es sacada directamente de mis peores pesadillas.

Peeta esta sobre mi con sus manos en mi cuello como el día en que lo rescataron del capitolio. Intento arañar sus fuertes manos y brazos mientras la falta de aire hace que mi cerebro comience a adormecerse haciendo que mis intentos sean cada vez más patéticos y desesperados.

El susurro de – maldito muto, muere, muere – que puedo escuchar es lo último que perciben mis sentidos antes de que una densa oscuridad se trague todo y simplemente siento que me desvanezco en la nada.

Abro los ojos, de nuevo hay sol y estoy en el prado, el antiguo, el de antes de las bombas. Unas risas llaman mi atención y esta vez cuando encuentro a dos rubias sentadas juntas la felicidad que muestran no cambia al verme. Prim agita su mano hacia mí con una sonrisa gigante que hace que sus ojos se arruguen; a su lado Madge me ofrece una fresa del tazón que tiene frente a ella. Camino hacia ellas, tomo la fruta de manos de mi amiga y me siento al lado de mi hermana quien no tarda en jalarme para jugar con mi pelo.

Por el sendero que debería conducir hacia la valla y ahora solo me muestra el bosque, veo tres hombres avanzar uno al lado del otro. Papá y Cinna hablan entre ellos como dos viejos amigos poniéndose al día, Finnick tan guapo y deslumbrante como siempre, sonríe hacia los árboles como buscando algo y al voltear, puedo ver una pequeña sombra que vuela de rama en rama, silbando una melodía de cuatro notas que los sinsajos de mis bosques no tardan en repetir.

Cuando el grupo ya está casi en el lugar donde estoy descansando, mi padre me tiende la mano y dice –Bienvenida pajarito, te estábamos esperando –. Las sonrisas de todas las personas que amo me llenan de calidez y felicidad, aún me faltan mi madre y Peeta, pero espero que él tarde mucho tiempo en venir.

Sin mí ahí para recordarle todo lo malo que le ha pasado desde que nos cosecharon, espero que sea más fácil para él recuperarse y encontrar la paz. Ojalá cuando llegue este viejo y gris, con arrugas en los ojos por volver a reírse. Eso es lo que más deseo para mi chico del pan.

Tomo la mano de mi padre y camino junto a quienes amo hacia el bosque, las bromas de Finnick se escuchan cada cierto tiempo, haciendo que Prim y Madge se rían a carcajadas. Mi padre silba con la pequeña Rue a su lado, que trata de imitar sus canciones y los cálidos ojos de Cinna me observan con ternura, una sonrisa se dibuja en sus labios mientras dice –Sigo apostando por ti, chica en llamas– llegamos a un campo lleno de dientes de león que rodean la cabaña del lago de mi padre. Sé que ese es nuestro destino, nuestro pequeño paraíso para descansar por la eternidad mientras esperamos al resto de quienes amamos.