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Zḗtēsis

Summary:

En su incesante búsqueda de la Soul Calibur, Ivy encuentra entre las ruinas griegas a un Lizardman malherido que pronuncia una sola palabra: Aeon. Lo traslada a su laboratorio en Londres como un mero espécimen de estudio, pero las observaciones clínicas pronto se convierten en algo más: fragmentos de lenguaje, gestos cargados de significado, y la revelación de una humanidad perdida bajo la maldición de la Soul Edge.

A través de sus registros, la alquimista documenta con fría precisión lo que, poco a poco, se transforma en compañía, en espejo y en condena compartida. Una bitácora de investigación que se convierte en un testimonio íntimo de redención imposible.

Notes:

  • Translation into English available: Zḗtēsis by Anonymous

Work Text:

Día 0 — Hallazgo de un espécimen llamativo

Durante mi inspección de las ruinas del templo dórico en las colinas al norte de Corinto, hallé un espécimen herido que difiere notablemente de los Lizardmen comunes descritos en mis registros previos. Presenta el aspecto esperado de un híbrido reptiliano: altura semejante a la de un hombre adulto, musculatura definida, escamas de tonalidad verdosa y extremidades dotadas de garras. La criatura se hallaba postrada, con signos de hemorragia reciente en el costado izquierdo, probablemente consecuencia de combate con arma blanca.

Lo que despierta verdadero interés es que, al percatarse de mi presencia, articuló una palabra inteligible: “Aeon”. La repitió en tres ocasiones, con insistencia y tono grave, antes de caer en evidente estado de debilidad. He observado a ejemplares similares en mis viajes anteriores, siempre guiados por instinto o por condicionamiento externo, pero ninguno había demostrado capacidad de lenguaje. Que este sujeto posea tal facultad merece una observación detenida.

Procedí a aproximarme con cautela para evaluar la magnitud de sus heridas. En ese instante, Valentine reaccionó de manera inesperada: la hoja segmentada se desplazó sin que yo la empuñara, reptando hasta extenderse hacia la extremidad caudal del sujeto. El contacto fue leve, casi cuidadoso, como si el arma reconociera en la criatura algún rasgo particular. Este comportamiento resulta anómalo y potencialmente revelador, pues nunca antes Valentine había mostrado iniciativa autónoma semejante.

Tras este suceso, el espécimen perdió la conciencia. Considerando la singularidad del hallazgo —capacidad de habla, interacción espontánea con mi arma y estado físico aún aprovechable para estudio— he decidido su traslado inmediato a mi laboratorio en Londres. El viaje será largo y requerirá contención adecuada, pero los beneficios potenciales superan los riesgos.

Día 5 de observación — Traslado a Londres

El sujeto ha sido trasladado desde las ruinas en Grecia hasta la costa, y de allí embarcado hacia Inglaterra. El método de contención ha resultado efectivo: encadenado y encerrado en un cajón de madera, dispuesto en la bodega como un cargamento más. La criatura se encuentra demasiado debilitada como para ofrecer resistencia significativa. Sus respiraciones son profundas y laboriosas, pero constantes.

Durante la travesía he aprovechado para revisar mis textos. Entre ellos hallé una referencia al término “aeon”, la palabra que el espécimen pronunció con insistencia. Del griego αἰών, designa tanto el tiempo vital como la eternidad, una era o un ciclo de vida. En ciertos sistemas filosóficos y gnósticos, un aeón es descrito como una manifestación divina, emanación vinculada al destino o al orden cósmico. La elección de este vocablo resulta demasiado específica para ser fruto del azar. No obstante, su pertinencia en labios de un ser que debería carecer de raciocinio me resulta todavía incomprensible.

La criatura no ha vuelto a pronunciar palabra desde aquella primera noche. Permanece en silencio absoluto, a excepción de leves gruñidos involuntarios al moverse dentro de su confinamiento. He intentado interpretar este mutismo como un regreso al estado instintivo, pero encuentro que mi atención vuelve de manera recurrente a aquel primer registro. Algo en mí resiste a descartarlo como mera anomalía.

A mi llegada a Londres, será instalado en una celda de contención dentro del laboratorio. El entorno cerrado permitirá iniciar observaciones sistemáticas y prolongadas. Resultará especialmente útil determinar si aquella palabra fue un vestigio aislado de conciencia, o el indicio de algo más profundo.

Día 12 de observación — Primer examen físico

El espécimen fue instalado en una celda de hierro en el ala norte del laboratorio. La jaula permite el acceso controlado y la observación constante, sin riesgo inmediato de fuga. Durante estos primeros días, su estado de debilidad ha impedido cualquier intento de resistencia.

He procedido al examen físico inicial. La criatura presenta una complexión notablemente robusta: musculatura desarrollada, articulaciones de gran movilidad, extremidades terminadas en garras de filo considerable. Las escamas cubren la mayor parte de su cuerpo con una dureza comparable a la de un cuero curtido, aunque con un brillo irregular que revela zonas más vulnerables. Las cicatrices dispersas sobre el torso y los brazos sugieren múltiples enfrentamientos previos.

En lo referente a sus heridas recientes: se trata de laceraciones profundas, compatibles con cortes producidos por un arma blanca de hoja ancha. La pérdida de sangre ha sido considerable, lo que explica el estado de semiinconsciencia en el que fue hallado. No obstante, sus constantes vitales se mantienen estables. Estimo que, con cuidados básicos y reposo, la recuperación será plena.

Se han realizado pruebas elementales de reflejos y tolerancia al dolor. Las respuestas motoras son rápidas y precisas, incluso en su estado debilitado, lo que confirma que no se trata de un ser puramente bestial. El sujeto reacciona con un retraimiento instintivo al contacto con objetos punzantes, pero no muestra agresión inmediata contra mí, lo cual facilita la manipulación clínica.

En vista de que la criatura no opone resistencia activa, he decidido aplicar medidas de curación mínima: limpieza de heridas, vendajes y un régimen dosificado de líquidos. No por compasión, sino por conveniencia. Su recuperación es condición necesaria para observaciones más exhaustivas.

Día 20 de observación — Recuperación y examen conductual

El sujeto presenta una mejoría evidente. Las heridas cicatrizan con rapidez y la vitalidad regresa a sus movimientos. La musculatura, antes debilitada, comienza a tensarse nuevamente. Ya no permanece recostado de manera pasiva: se incorpora con frecuencia, se desplaza dentro de los límites de la celda y responde con mayor agilidad a los estímulos.

He iniciado observaciones de carácter conductual. Ante gestos simples de mi parte, la criatura obedece con sorprendente inmediatez. Un movimiento de la mano bastó para que alzara la cabeza; el acercamiento de un cuenco con agua fue suficiente para inducirlo a beber. No parecen respuestas meramente automáticas: existe una atención dirigida, un reconocimiento de la instrucción.

Destaco, además, la insistencia con la que mantiene el contacto visual. Allí donde me desplazo dentro del laboratorio, su mirada me sigue con exactitud, como si evaluara cada uno de mis gestos. En ciertos momentos, el sujeto parece anticipar mis movimientos. No se trata de una bestia desprovista de raciocinio, sino de algo que observa, espera y calcula.

Resulta tentador comparar estas conductas con las de un prisionero de guerra: obediencia inmediata a la autoridad, atención constante al carcelero, una vigilancia silenciosa de cada gesto. Anoto esta impresión con cautela, consciente de que puede ser una proyección subjetiva. Sin embargo, el matiz de la comparación se impone con fuerza.

El espécimen continúa sin pronunciar palabra desde aquella primera noche. El silencio, en su caso, no se asemeja al de un animal mudo, sino al de alguien que escucha.

Día 27 de observación — Señales inquietantes

La recuperación física del sujeto es prácticamente completa. Su postura es firme, los movimientos han recuperado elasticidad y fuerza. Sin embargo, lo verdaderamente destacable no reside ya en su fisiología, sino en los matices de su comportamiento. Observo signos de conducta que no puedo catalogar como meramente instintivos.

He percibido una vigilancia constante: el sujeto me sigue con la mirada de manera ininterrumpida. No se limita a registrar mis movimientos, sino que parece anticiparlos. Si extiendo la mano hacia un objeto, sus ojos se dirigen al mismo lugar antes de que mi gesto concluya. Cuando cambio de posición en el laboratorio, ajusta su propio cuerpo como si calculara ángulos de visión o posibles trayectorias.

A este fenómeno se suma una reacción inesperada de Valentine. Cada vez que me aproximo en exceso a la celda, la espada vibra sutilmente, como si advirtiera una tensión invisible en el aire. En ocasiones no se trata de una vibración, sino de una resistencia apenas perceptible al tacto, como si rehusara acompasar mis movimientos.

No descarto que la proximidad del espécimen interfiera de alguna manera con la resonancia de Valentine. No obstante, no puedo ignorar la impresión subjetiva que comienza a insinuarse: por momentos, siento que soy yo quien está bajo observación, estudiada con la misma minuciosidad con la que yo lo registro a él.

Día 34 de observación — Primeras palabras nuevas

He ingresado nuevamente a la celda para un control médico de rutina. El sujeto ha tolerado hasta ahora mis intervenciones sin muestra alguna de agresión, lo cual constituye un pacto tácito de no violencia. Aun así, no puedo descartar que, una vez plenamente recuperado, decida romper esa tregua silenciosa.

Durante la exploración, Valentine reaccionó de un modo que excede los episodios anteriores: no se limitó a vibrar contra mi mano, sino que se desplazó de manera visible, reptando sobre el suelo con dirección inequívoca hacia el sujeto. Este lo notó, y su atención se concentró de inmediato en la espada.

Fue entonces cuando, con voz áspera pero clara, pronunció dos palabras: hóplon y psykhé.

El registro fonético es inconfundible: griego clásico. Tras consultar mis fuentes, confirmo los significados. Hóplon: arma, escudo, equipamiento de guerra. Psykhé: alma, principio vital.

No considero irrelevante que la criatura —si tal término aún resulta aplicable— se exprese en una lengua antigua con esa precisión. ¿Se refería a Valentine? ¿O a algo más amplio, como las armas legendarias que he perseguido durante años?

La incógnita abre un nuevo eje de observación. No se trata ya únicamente de anatomía ni de reflejos condicionados. Existe un nivel de inteligencia en este sujeto, quizá incluso memoria fragmentaria. He resuelto que intentaré establecer un método rudimentario de comunicación. Si el espécimen es capaz de articular conceptos —aunque sea en fragmentos—, podría proveer información de gran valor en mi búsqueda.

Día 37 de observación — Primer intento de comunicación

He decidido repetir al sujeto las palabras que él mismo articuló días atrás. Desde una distancia prudente de la jaula, pronuncié con claridad: hóplon. Luego, psykhé.

El resultado ha sido inesperado. El sujeto respondió casi de inmediato con un nuevo vocablo: zḗtēsis. Después, por primera vez desde que fue trasladado a Londres, pronunció otra vez Aeon.

Al hacerlo, modificó su postura: se incorporó hasta donde su estructura corporal le permitió, elevándose sobre las puntas de sus garras, hombros abiertos, el pecho expuesto. La escena me obligó a retroceder instintivamente, al interpretar aquel gesto como un intento de intimidación. No obstante, el sujeto no atacó ni realizó movimiento adicional alguno; permaneció rígido, expectante.

Tras consultar mis textos, confirmo que zḗtēsis puede traducirse como búsqueda, indagación, pesquisa. Sin embargo, la palabra posee un matiz más profundo: se asocia a la investigación filosófica, a la búsqueda trascendental del conocimiento o de la verdad. Que un ser de esta naturaleza la articule resulta, cuando menos, irónico. Un monstruo con la lengua de los filósofos.

La concatenación de términos me sugiere una dirección: búsqueda de un arma dotada de alma o vida. Valentine no parece ser el objeto de esa búsqueda, pues no ha intentado apropiarse de ella en ningún momento. Resta, entonces, que se refiera a las espadas legendarias: Soul Edge o Soul Calibur. La primera lo maldijo a él y a tantos otros. La segunda, según se dice, puede purificar o redimir. ¿Actúa el sujeto por iniciativa propia, o responde todavía a órdenes implantadas por alguna fuerza externa?

Respecto al nombre que repite —Aeon—, ya había indagado en su etimología durante el traslado: tiempo vital, eternidad, ciclo, emanación divina. Sin embargo, aún no logro enlazarlo con las demás expresiones. Es posible que sea más que una palabra suelta: un nombre, o quizá una clave.

Por ahora, queda registrado este primer intercambio verbal como indicio inequívoco de un grado superior de conciencia.

Día 44 de observación — El sujeto entiende inglés

Hoy, tras un intercambio prolongado de miradas a través de los barrotes, decidí formular una prueba sencilla. Sin expectativa alguna, pronuncié en mi propio idioma: “¿Puedes entenderme?”

El sujeto asintió con la cabeza. La respuesta fue tan clara como improbable.

Me acerqué unos pasos. Pregunté qué hacía en las ruinas donde lo encontré. En ese instante, el espécimen avanzó hasta aferrar los barrotes con ambas manos. Su mirada, fija en la mía, era extrañamente profunda. Trágica, incluso. Pronunció de nuevo: “zḗtēsis”.

El gesto me arrancó un bufido de frustración: no añadía información. En el segundo de descuido que me llevó apartar la vista, el sujeto mostró una agilidad sorprendente y atrapó mi mano a través del hierro. Antes de que pudiera reaccionar, dijo con firmeza: “Aeon”. Y, tras ello: “katára”.

Ordené que me soltara. Obedeció de inmediato. La velocidad de la acción —y su posterior acatamiento— merecen ser tenidas en cuenta.

Luego repitió “Aeon” y adoptó de nuevo aquella postura erguida y abierta, el pecho hacia mí. Pregunté qué quería decir con ese vocablo. Esta vez, extendió la mano, palma hacia arriba, con una paciencia inquietante. Dudé, pero finalmente deposité mi mano en la suya. Me condujo entonces hasta apoyar mis dedos sobre las escamas de su pecho. Mantuvo el contacto apenas unos segundos y me liberó.

Entonces lo comprendí. Formulé la pregunta en voz baja: “¿Es ese tu nombre?”

El sujeto quedó inmóvil, mirándome con intensidad. Luego retrocedió y se agazapó en la esquina más oscura de la jaula, como si hubiera revelado más de lo que deseaba.

He confirmado el significado de la nueva palabra: katára. Maldición. Concluyo que el sujeto se percibe a sí mismo como portador de un infortunio esencial. Aeon y katára, nombre y condena, unidos. Este puede ser el núcleo de lo que aún queda de su memoria.

Día 52 de observación — Posible conexión con Soul Edge

Hoy decidí modificar el método de aproximación. En lugar de interrogar directamente al sujeto, opté por hablar en voz alta de mis propias investigaciones, como si fueran pensamientos expuestos al aire. El objetivo era observar si reaccionaba ante ciertos términos clave.

Al mencionar la Soul Edge, el sujeto se irguió de manera abrupta. Su cuerpo entero se tensó y, con voz áspera, repitió una sola palabra: “katára”. La asociación resulta demasiado clara para ser ignorada: maldición.

Más tarde, en el mismo ejercicio, pronuncié el nombre de la Soul Calibur. Su reacción fue distinta. Esta vez no hubo rigidez ni hostilidad. Pronunció, con un timbre más profundo, “zḗtēsis”. La búsqueda.

Ambas respuestas, en su simplicidad, ofrecen una hipótesis verosímil: el sujeto considera que la Soul Edge es la fuente de su maldición, y que la Soul Calibur representa la búsqueda que lo impulsa. No sé aún si persigue su destrucción, su poder o su redención. Pero la lógica interna es innegable.

Durante el resto del día permaneció en silencio, observándome mientras trabajaba en mis escritos. Resulta extraño reconocerlo, pero la presencia de esos ojos sobre mí no me incomodó tanto como debería. En cierto modo, la criatura se ha convertido en una audiencia muda, una suerte de compañía involuntaria.

Día 59 de observación — El sujeto pudo haber sido humano

Durante la revisión de hoy se produjo un hecho inesperado. Mientras evaluaba las cicatrices en su torso, el sujeto tomó mi muñeca con firmeza, aunque sin violencia, y guió mi mano hasta apoyar la palma sobre su pecho. Fue un gesto deliberado. No se trató de un acto reflejo ni de una reacción defensiva.

Esta vez no dijo “Aeon” ni “katára”. La palabra fue otra, clara y reconocible: “ánthrōpos”. Hombre. Ser humano.

No necesité consultar ningún glosario para confirmar su significado. No pide alimento, ni armas, ni libertad. Pide que lo reconozca como hombre.

He intentado sostener el tono clínico en estas observaciones, pero resulta cada vez más arduo. La evidencia acumulada me conduce a una única conclusión: el sujeto no es un engendro nacido monstruo, sino un ser humano transmutado, consciente de su propia desgracia. Las piezas encajan con perturbadora precisión.

Su insistencia con el nombre “Aeon”, durante aquel primer encuentro en las ruinas, cobra ahora otro sentido. No era una palabra ritual ni una clave para mis pesquisas. Era su nombre. Pronunciado con desesperación, quizá convencido de que iba a morir y queriendo aferrarse al último vestigio de su identidad perdida.

Hoy, por primera vez, no lo observo solo como espécimen. Lo miro y advierto, bajo las escamas y las garras, la silueta de un hombre que se sabe condenado.

Día 71 de observación — Primera apertura de jaula

La conducta del sujeto llamado Aeon en las últimas semanas ha sido consistente: sumisión absoluta, obediencia a gestos simples, retraimiento inmediato cuando se lo ordena. Nunca intentó atacarme, ni siquiera en los momentos de mayor proximidad física. Sus reacciones son predecibles, casi programadas.

Tras prolongada deliberación, decidí conceder un voto de fe y abrir la jaula bajo estricta vigilancia. Antes de accionar el cerrojo, lo miré a los ojos y pronuncié su nombre con voz clara y firme. El efecto fue inmediato. Aeon se irguió con un movimiento lento, casi reverencial, inclinando la cabeza como si hubiera recibido un mandato solemne.

Una vez abierta la puerta, permaneció inmóvil hasta que le indiqué que saliera. No intentó huir. Se limitó a dar unos pasos cautelosos y detenerse en el centro del laboratorio, a la vista de todo, como esperando instrucciones.

No necesito barrotes para contenerlo. Él parece más resignado a su condena que dispuesto a romperla. Es un prisionero que ya no necesita jaula.

Día 86 de observación — Posible utilidad de Aeon

Han transcurrido varias jornadas desde que le permito desplazarse libremente por el laboratorio en mi presencia. Su conducta se mantiene estable: no ha intentado atacar ni huir. Cuando me dispongo a abandonar el recinto, basta con anunciar mi retiro para que regrese por voluntad propia a la jaula, sin necesidad de orden explícita. Este detalle, aunque desconcertante, sugiere un nivel de entendimiento más profundo de lo que aparenta.

He reflexionado sobre la naturaleza de nuestras respectivas búsquedas. Yo persigo a la Soul Calibur para erradicar la influencia de la espada maldita, la Soul Edge. Él, en cambio, parece orientado a la misma reliquia, pero con la esperanza de quebrar su propia maldición. Nuestros propósitos no son idénticos, pero convergen en un mismo punto.

Concluyo que podrá servirme como acompañante en mi empresa. Su objetivo y el mío confluyen, aunque mi voluntad prevalecerá sobre la suya.

Día 116 de observación — Aeon viajará conmigo

He alcanzado una conclusión que desde el principio sabía inevitable. La Soul Edge no deja tras de sí más que corrupción y ruina. Todo lo que ha tocado debe ser erradicado: Valentine, Aeon… Yo misma. No hay excepción posible, ni margen para la indulgencia.

He decidido que Aeon viajará conmigo. Sus pasos seguirán los míos hasta donde el ciclo se cierre. Su destino y el mío están entrelazados, como cadenas forjadas en el mismo hierro maldito. Quizá aún exista una grieta en esa condena, un resquicio en el que depositar sentido.

Sin embargo, antes del final, he de admitir lo siguiente. Aeon ya no es únicamente un espécimen de estudio. Es, en este instante, mi compañía. Si ha de recuperar algo de su humanidad, que lo haga en mis últimos días, y que los viva a mi lado. Luego, la misma hoja que lo libere será la que me libere a mí.

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