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Escaramuza en Toledo

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Primer acto: Una alquimista, un hoplita griego y un viajero del tiempo victoriano se encuentran en una posada toledana...

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Primer acto

Toledo, año del Señor de 1582. La ciudad brillaba como un mosaico de piedra y hierro: murallas macizas, torres que se alzaban contra el cielo nocturno, callejuelas empedradas donde resonaban cascos de caballos y voces de mercaderes en decenas de lenguas. Por encima de todo, el Alcázar imponía su sombra solemne, guardando entre sus muros legajos y códices que olían a pergamino viejo y secretos demasiado pesados para un escribano común.

Al abrigo de esa ciudad de acero y misticismo, las posadas florecían junto a las murallas. Allí entraban arrieros cargados de polvo, soldados que volvían maltrechos de alguna campaña y viajeros con bolsillos llenos o vacíos, siempre en busca de vino y techo. En el salón de una de ellas, el aire se espesaba con humo de chimenea, olor a carne asada, madera húmeda y el zumbido constante de conversaciones entremezcladas.

Al fondo, donde las velas apenas lograban abrirse paso contra la penumbra, una mesa parecía pertenecer a otro mundo. Sentada con porte noble y mirada afilada estaba Lady Isabella Valentine, conocida por muchos como Ivy. Sus cabellos claros brillaban bajo la luz de las velas, y sus movimientos eran los de alguien acostumbrada a que el poder obedeciera a un gesto. Sobre la mesa, había desplegado sus notas: fragmentos copiados de los archivos episcopales del Alcázar, que quizá arrojaran una pista sobre el infame Cervantes de León.

A su lado se hallaba Silas Blackwood, un caballero londinense arrancado de su propio siglo. Sus ropas oscuras, de corte victoriano, contrastaban con las modas de Toledo como si hubiera salido de un retrato demasiado adelantado para el tiempo. En su rostro, una máscara respiratoria de diseño extraño —mitad alquimia, mitad ingenio— susurraba la historia de su supervivencia. Prestidigitador, esposo y padre en su vida anterior, era ahora leal discípulo de Ivy, con su ingenio disciplinado puesto al servicio de una búsqueda imposible.

Frente a ambos se erguía Aeon Calcos, hoplita espartano traído a la vieja Iberia por caminos aún más retorcidos que las espadas-látigo de sus dos colegas. Su porte era el de un guerrero antiguo: espalda recta, mirada vigilante, manos acostumbradas a empuñar el hierro de su espada y escudo. Aunque aquellas tierras parecían tan extrañas para él como lo eran para Silas, Aeon había encontrado en la compañía de Ivy un norte, y en su relación incipiente con ella, una causa que lo mantenía firme.

Los tres estaban absortos en susurros y papeles, discutiendo lo que las letras del archivo insinuaban. Entre tanto bullicio de soldados ebrios y mercaderes malhablados, aquella mesa parecía un enclave de otro mundo: grave, tenso, lleno de secretos.

En medio del trajín de la taberna, entre jarras rebosantes y platos de estofado, un mozo se abría paso con un entusiasmo que nadie había solicitado. Era Félix Calderón de Molina, conocido en su pueblo simplemente como Calderón.

No era, estrictamente, un mozo de taberna. Su vestimenta lo delataba: chaleco de cuero con remaches, hombreras de pinchos, un cinturón más ornamental que práctico y un aire general de haber escapado de algún desfile bizarro del futuro. El bigote impecable y la melena corta al frente pero larga por detrás (que algún día haría historia con el nombre de “mullet”) completaban la estampa. En la Toledo de 1582, donde hasta los mendigos parecían esculpidos en piedra, Calderón irradiaba un brillo extraño, casi glamoroso, que no tenía explicación racional.

Su presencia entre bandejas y mesas se debía a un asunto más prosaico. El posadero, hombre de paciencia limitada, lo había condenado a servir jarras durante varias semanas. ¿El motivo? Calderón había intentado cortejar a su hija mayor con tanta insistencia y teatralidad que la muchacha, superada por tal grado de galantería, terminó rompiéndole en la cabeza una vasija de barro. El posadero consideró que aquello merecía castigo ejemplar: “o trabajas hasta pagar la vajilla, o te saco a patadas de mi posada”. Calderón, siempre optimista, había aceptado el trato como si se tratara de una noble misión. Además, pensó, su estadía allí le daría a la moza tiempo suficiente para apreciar su caballerosidad y encanto, y reconsiderar su postura.

Y así, entre suspiros y sonrisas dirigidas indistintamente a hombres y mujeres, Calderón distribuía platos y jarras, convencido de que cada mirada recibida era en realidad una declaración de amor cuidadosamente disimulada. Nadie más lo veía así, claro está, pero ese detalle nunca le había estropeado la ilusión.

Fue entonces cuando Calderón la vio. Entre todas las mesas, voces y sombras, sus ojos se posaron en Lady Isabella Valentine, y el universo entero —al menos el universo que existía en su cabeza— se detuvo. No eran las notas del archivo episcopal ni la gravedad de su porte lo que atrapó al mozo: fue simplemente la certeza instantánea, tan firme como absurda, de que aquella mujer estaba destinada a ser el gran amor de su vida. O, al menos, de esa semana.

Calderón se deslizó entre las mesas de la taberna como un bailarín de ballet, esquivó a un borracho con un giro grácil, y la fluidez de su movimiento desembocó en una inclinación casi reverencial hacia la mesa de Ivy. Todo eso, bandeja en mano, y sin derramar una gota de la jarra de vino que allí transportaba. Su bigote relució bajo la luz de la vela y, con una sonrisa que había ensayado frente a cualquier superficie reflectante disponible, ladeó la cabeza.

—Buenas noches, mi lady. No recuerdo haberla visto por aquí antes… Dígame, ¿cómo puedo complacerla esta noche?

Ivy apenas desvió la vista de sus escritos por una fracción de segundo, y respondió con un tono seco, aunque no agresivo:

—Estoy bien así, gracias.

Cualquier otro mozo se habría retirado de inmediato, pero Calderón echó un vistazo rápido a los papeles que distraían a la dama de sus sueños, y se inclinó aún más hacia ella, sonriendo con descaro.

—¿Segura, cariño? —insistió, bajando la voz como quien comparte un secreto prohibido—. Puedo traerte todos los secretos de Toledo, si quieres. Rincones escondidos, vistas que eclipsan hasta las estrellas… y un guía que conoce cada piedra.

Ivy finalmente hizo contacto visual con él, con la paciencia helada de quien contempla a un insecto demasiado excéntrico para aplastarlo.

—Solo agua.

La sonrisa de Calderón se ensanchó como si acabara de obtener un triunfo. Enderezó el pecho, tamborileó sus dedos sobre la bandeja, y proclamó:

—Al instante, mi reina. Y si el agua no te complace, siempre puedes disfrutar de mi compañía.

Antes de retirarse, detuvo la mirada en los acompañantes de Ivy, a quienes hasta el momento no había dedicado la más mínima atención. Silas, con su porte oscuro y su rostro cubierto por la máscara de bronce, parecía una estatua imposible de descifrar; Aeon, en cambio, irradiaba una rigidez guerrera, como si se contuviera a duras penas de intervenir. Calderón chasqueó la lengua, satisfecho con el espectáculo, y añadió con familiaridad descarada:

—Qué séquito tan peculiar traes, corazón.

Ivy no contestó, pero en la comisura de su boca titiló una mueca casi imperceptible. Calderón, por supuesto, interpretó aquello como confirmación absoluta de que ella ya estaba perdida de amor por él.

Aeon, en cambio, no necesitó más. Apenas escuchó el descarado “corazón”, dejó el pergamino a un lado y se inclinó hacia adelante. Su voz, grave y solemne como un tambor de guerra, rompió el aire de la mesa:

—Caballero, la dama no desea su compañía.

El hoplita no alzó el tono, pero su mirada era tan tajante como la hoja de su espada. Calderón, lejos de sentirse intimidado, se iluminó como si le hubieran dado entrada triunfal a un escenario.

—Ah, ya veo —dijo, con un ademán de complicidad mientras señalaba a Aeon con la punta de la bandeja—. Eres tú, ¿verdad? El guardián celoso, el amante noble. ¡Qué fortuna la mía!

Aeon frunció el ceño, y Silas, inmóvil tras su máscara, giró apenas la cabeza para observar la escena como quien presencia un accidente en cámara lenta. Ivy, por su parte, no se dignó a interrumpir; seguía hojeando sus notas como si nada más tuviera importancia en el mundo.

Calderón apoyó la bandeja sobre la mesa, se inclinó hacia Aeon y susurró con la gravedad de un confidente que comparte una revelación trascendental:

—Mira, no hay necesidad de disputas, cariño. Siempre puedo compartir.

Un silencio incómodo descendió sobre la mesa. Aeon abrió la boca para replicar pero no emitió palabra. Ivy alzó una ceja, sin apartar la vista de sus notas pero conteniendo una sonrisa incrédula.

Calderón, convencido de que había propuesto la solución más sabia del siglo, tomó de nuevo la bandeja y se alejó tarareando una melodía, satisfecho de sí mismo.

Ninguno de los tres viajeros se molestó en responder. ¿Para qué? Era evidente que el mozo vivía en un universo paralelo donde la lógica funcionaba bajo reglas que nadie más había firmado.

De un momento a otro, Silas, hasta entonces callado, hizo un movimiento brusco con la mano enguantada, palpando el vacío a su lado. Su espalda se tensó, y la voz que salió desde la máscara resonó hueca, metálica:

—Eethelius… no está.

Ivy levantó la vista de inmediato. Aeon se enderezó como un resorte, mientras Silas apartaba papeles y sillas, buscando con desesperación. La espada-látigo, su propia creación, había desaparecido de la mesa.

El hoplita giró la cabeza lentamente hacia Calderón, que regresaba justo en ese instante con una jarra de agua como si nada.

—Esto es obra tuya. —La acusación cayó como un mazazo.

Calderón parpadeó en un respingo, y puso su mano abierta contra su pecho, fingiendo ofensa.

—¿Perdona? —Atinó a decir, sin comprender de qué se lo acusaba.

—Mi espada ha sido robada —aclaró Silas, recorriendo el salón con la mirada en busca de algún movimiento sospechoso.

Calderón apoyó la jarra de agua sobre la mesa y se inclinó sobre Aeon.

—Cariño, con todo respeto por la espada, ningún trozo de hierro podría distraer mis ojos del fulgor de esta bella dama.

Entonces, Aeon se puso de pie y dio un paso al frente, empujando con su pecho el poco aire que lo separaba del mozo.

—Nos estabas distrayendo mientras alguien tomaba la espada, ¿quién es tu cómplice?

Calderón abrió los brazos con gesto teatral, sin tomar en serio aquellas palabras.

—Mi único cómplice es el inevitable carisma de mi apasionado corazón.

Lo siguiente ocurrió demasiado rápido para que Ivy pudiera evitarlo. Antes de que Calderón pudiese ofrecer reportar el robo y ayudar con la búsqueda, Aeon tomó la jarra de agua y arrojó su contenido sobre el mozo. Solo eso bastó para que un borracho de la mesa vecina decidiera que era el momento perfecto para iniciar una trifulca masiva en la taberna.

En menos de un minuto, el salón entero era un hervidero de gritos, sillas cayendo y algún que otro puñetazo mal dirigido. Silas intentaba rescatar los papeles mientras esquivaba cuerpos; Ivy se mantuvo firme en su asiento, con la expresión implacable de alguien que ya había sobrevivido a cosas peores que una pelea de taberna.

El estallido terminó cuando el posadero irrumpió con voz atronadora, levantando un garrote más convincente que cualquier argumento.

—¡Fuera! ¡Todos! ¡Y no quiero verlos buscando ni una cuchara dentro de mi posada!

No hubo espacio para excusas. Ivy, Silas y Aeon fueron empujados hacia la puerta junto a Calderón, que aún escurría el agua de su chaleco como si hubiese salido de una gloriosa batalla naval.

Y así, expulsados, sin hospedaje, sin el arma desaparecida y sin la menor pista, los viajeros quedaron a merced de la noche toledana, con Calderón sonriendo, satisfecho de haber estado —según su lógica torcida— en el centro de todas las pasiones.

Segundo acto

El portazo de la posada aún resonaba en la muralla de la ciudad cuando el grupo quedó bajo el aire frío de la noche. El bullicio de la taberna se apagaba tras la puerta cerrada, y en la calle solo quedaban las brasas de antorchas distantes, el eco de algún perro que ladraba entre los callejones, y la respiración metálica y entrecortada de Silas, que caminaba en círculos con los puños apretados.

—Eethelius… —murmuró, como si nombrar la espada pudiera traerla de regreso—. Mi descuido me condenó.

Ivy lo observó en silencio mientras rumiaba algunas ideas. De repente, habló con esa calma helada que tenía el filo de un bisturí.

—Hay un modo de recuperarla. Conozco un ritual alquímico de localización. Pero… —miró alrededor, a las piedras y a la tierra fría— necesito un horno, espacio y ciertos elementos que aquí no poseo.

—Pues están de suerte, queridos amigos —interrumpió Calderón, que sacudía el agua que había llegado hasta sus botas—. Puedo ofrecer mi casa, está a pocas calles de aquí. Es amplia y cómoda, podrán pasar la noche allí. Hay habitaciones suficientes para todos, aunque podemos compartir, si gustan del calor humano adicional. Y, por supuesto, mi cocina estará a disposición. Será un honor para mí recibir a tan noble viajera y su… peculiar séquito.

Ivy entrecerró los ojos, como midiendo el grado de disparate en sus palabras. Aeon cruzó los brazos, y sentenció:

—Ivy, no confío en este hombre.

Pero a ella le pareció fundamentalmente inofensivo, y ya había tomado su decisión.

—Ahora mismo no tenemos mejores opciones. Si nos causa más problemas, será peor para él. —Su voz no admitía réplica.

Silas asintió enseguida.

—Confío en tu juicio, Lady Valentine.

Calderón, satisfecho de haber sido aceptado aunque fuera por descarte, se llevó la mano al pecho y se inclinó teatralmente.

—¡Magistral! Permítanme retribuirles de esta manera por el reciente malentendido. ¡No se arrepentirán!

Y, con esa declaración desbordada de entusiasmo, el extraño cuarteto echó a andar bajo la sombra de las murallas, llevando consigo la promesa de un ritual que, con suerte, los devolvería al rastro de la espada perdida.

La casa de Calderón no era la guarida modesta que su actual oficio de mozo podría sugerir, sino un hogar amplio y sorprendentemente cómodo, fruto de una vida de encargos bien pagados, caprichos afortunados y una familia que prefería mirar hacia otro lado. La estancia principal, donde los recibió, estaba pensada menos para el reposo que para el festejo: alfombras y tapicerías de estilo árabe colgaban de las paredes, dando a la sala un aire cálido y romántico; cojines desparramados, un banco acolchado y sillas robustas sugerían que aquel espacio había visto más de una velada de música, vino y baile improvisado. El ambiente aún olía a especias dulces y humo de lámparas de aceite, como si los recuerdos de esas reuniones permanecieran en el aire.

En contraste, la cocina de la planta baja era un recinto funcional, con su horno de hierro y sus estantes bien provistos, pero sin el despliegue ornamental de la sala. Ivy no tardó en tomar posesión del lugar, llevando consigo sus notas y frascos, y cerrando la puerta tras de sí con una determinación que sugería que no debía ser molestada.

Los tres hombres quedaron relegados a la estancia principal. Silas no paraba de recorrer la sala con paso nervioso.

—No entiendo cómo pude permitirlo… —murmuró, con la voz hueca que retumbaba en el metal—. No recuerdo haber percibido el más mínimo ruido o movimiento fuera de lugar.

Aeon, reclinado en el banco junto a la pared, lo observaba con el ceño fruncido y la silueta rígida, bañada por la luz trémula de las lámparas.

—Un guerrero que baja la guardia entrega su vida —dijo con gravedad, sin apartar la mirada—. Estábamos junto a una ventana, un segundo habrá bastado para pasar una mano y saquear lo que hubiera al alcance.

Silas se sentó en una silla y bajó la cabeza, aceptando en silencio la dureza de esas palabras.

Fue Calderón quien, como si se negara a admitir aquella pesadumbre, rompió el aire denso de la sala. Se dejó caer sobre el banco junto a Aeon, con un movimiento dramático, y cruzó las piernas estiradas.

—Ah, muchachos… ¿De qué sirve fustigarse así? Yo pongo mi voto de fe en la bella dama, si ella dice que sabe lo que hace, yo le creo. Dejémosla trabajar en paz. Mientras tanto, ¿saben qué les vendría bien? —Miró a Aeon. —Sobre todo a ti, mi alma, ¿sabes qué te vendría muy bien en este momento?

Aeon lo miró con una mezcla de recelo y desprecio, pero Calderón no se amedrentó.

—¡Relajarse! —Exclamó abriendo los brazos. —Atormentarse no abriga a nadie en una noche como esta. Pero las historias, el calor humano y una copa sí lo hacen.

El silencio que siguió no fue de aprobación, pero tampoco de rechazo. Ivy trabajaba al otro lado de la puerta, inmersa en su ritual alquímico. Y en la estancia, los tres hombres aguardaban: uno afligido, otro vigilante, y el tercero convencido de que era el astro indispensable en la oscuridad de aquella noche.

Casi al amanecer, cuando la penumbra comenzaba a teñirse con los primeros tonos grisáceos del día, la puerta de la cocina se abrió con un chirrido lento. Ivy emergió envuelta en un halo de cansancio, pero con la firmeza implacable de alguien que no había trabajado en vano. En su mano sostenía un pequeño frasco de vidrio, del que ascendía un vapor blanquecino, ligero y constante.

—Está hecho —anunció con voz clara, interrumpiendo el silencio de la estancia. El humo, lejos de disiparse en el aire, formaba un hilo delicado que se estiraba hacia un punto invisible, como una aguja imantada señalando su norte.

Silas se levantó de inmediato, inclinándose hacia el frasquito como si contuviera la respuesta a su angustia.

—Hemos de seguir el vapor —explicó Ivy—. El humo no se dispersará hasta que nos conduzca a la espada.

Aeon asintió con seriedad, como si aquella prueba mágica bastara para disipar cualquier duda. Calderón, en cambio, arqueó una ceja y se inclinó hacia el frasco con gesto travieso.

—¿El humo como brújula? —preguntó con ironía—. Permitidme un pequeño experimento.

Antes de que nadie pudiera detenerlo, sopló con fuerza sobre el vapor. El humo se agitó, se retorció en el aire como si fuera a dispersarse del todo… pero en cuestión de segundos volvió a recomponerse, dibujando la misma dirección inicial con testaruda precisión.

Calderón parpadeó y se llevó la mano al bigote, fingiendo pensarlo a fondo.

—Caprichoso, pero convincente —dijo al fin, y se incorporó con el pecho henchido de entusiasmo—. Está claro: me uniré a vosotros en esta cruzada, por tres nobles razones: para probar mi inocencia, para enderezar este entuerto… y, por supuesto, para auxiliar y acompañar a mi fermosa señora en esta aventura —E hizo una reverencia exagerada hacia Ivy.

Ella levantó una ceja hacia Aeon, que frunció los labios en una mueca de circunstancia.

Antes de cruzar el umbral, Calderón se dirigió a un rincón de la sala y volvió con dos objetos que contrastaban con la gracia de sus maneras: un mangual de hierro de eslabones firmes y un escudo redondo adornado con un grabado geométrico semi desgastado.

—Chico, —gruñó Aeon— con eso te arrancarás la nariz antes de golpear a un enemigo.

Calderón, muy seguro de conocer los movimientos de su mangual como las laberínticas callejuelas toledanas, se irguió con la solemnidad de un actor en el escenario. Dio un par de giros con el mangual, dejando silbar la bola metálica en el aire, y al mismo tiempo elevó el escudo para interceptar un golpe imaginario. La demostración fue breve, apenas unos segundos, pero lo bastante limpia como para que Aeon aceptara que sus palabras habían sido prematuras.

—Hay que admitir que tiene agallas —concilió Silas.

Calderón sonrió como si le hubieran coronado emperador.

—¿Agallas? —espetó, con una carcajada. Y alzando el mangual como si fuera un cetro, añadió—: ¡Con estas manos, queridos míos, podría incluso derrotar al mismísimo pirata Cervantes de León!

Las palabras quedaron suspendidas en el aire como un mal presagio. Ivy se detuvo, el frasco humeante aún en su mano, y bajó lentamente la vista hacia Calderón. No dijo nada: su silencio fue más tajante que cualquier réplica.

Él, sin captar el filo de esa incomodidad, continuó sonriendo, satisfecho de su propia bravata.

Tercer acto

El vapor del frasco los guió más allá de las murallas, entre caminos de tierra húmedos por el rocío y campos que despertaban con la luz del alba. El aire olía a hierba fresca, pero también a óxido y a abandono, un contraste que se acentuó cuando alcanzaron la ribera de un arroyo estrecho. Allí se alzaba el molino: una construcción de piedra ennegrecida, con aspas quebradas que ya no giraban más que en la memoria del viento. Hacia el corazón de aquellas ruinas apuntaba con insistencia el humo que flotaba sobre la mano de Ivy, y los guerreros no tuvieron más remedio que seguir su mística indicación.

Tras lo que quedaba del portón que abría paso a la derruida construcción, las ventanas sin vidrios dejaban entrar jirones de claridad, que se mezclaban con la penumbra interior en haces oblicuos. El suelo crujía bajo el peso de los pasos, tapizado de paja húmeda y fragmentos de madera. En los rincones, el silencio parecía más denso que el aire enrarecido.

No tardaron en hallar señales inquietantes. Un manojo de armas oxidadas descansaba junto a un muro, como si alguien las hubiese arrojado allí con prisa. Un puñado de monedas de oro estaba desparramado sobre la mesa rota, brillando con un fulgor engañoso entre la mugre. Y en el suelo, entre tablones astillados, yacían cadáveres frescos de ratas, despellejadas y medio devoradas, aún con el hedor húmedo de la carne abierta.

El sonido de gotas cayendo en algún rincón marcaba un ritmo lento, irregular. Y, a ratos, entre ese compás, se filtraba otro ruido: un roce breve, un chasquido que parecía moverse de un extremo al otro del molino, demasiado rápido para seguirlo con la vista.

Silas tensó los hombros y apoyó, por acto reflejo, la mano en el cinturón vacío, donde solía reposar Eethelius. Aeon apretó el escudo contra el cuerpo, adelantando medio paso, alerta. Calderón, pese a la sonrisa nerviosa que se esforzaba en sostener, bajó la voz hasta convertirla en un susurro:

—No sé ustedes, pero yo juraría que aquí no estamos solos.

En ese momento, el vapor del frasco se dispersó, como si ya hubiese cumplido su trabajo, y los haces de luz que se filtraban por el techo derruido iluminaron un destello en un rincón. Silas fue el primero en verlo: allí, sobre el suelo cubierto de polvo y paja, descansaba Eethelius. La espada-látigo, entera, reconocible, parecía haber sido dejada con descuido, como si a su dueño le hubiesen concedido un indulto divino.

—Ahí está… —la voz metálica de Silas se quebró con una mezcla de alivio y desconfianza.

Dio un paso hacia el arma, pero no alcanzó a dar el segundo. Un estrépito seco estalló sobre sus cabezas: maderas quebrándose, polvo cayendo en cascada. Desde un agujero abierto en el techo, algo irrumpió con la brusquedad de una pesadilla.

Calderón se llevó la mano al pecho y lanzó un grito agudo, tan alto que retumbó en las paredes del molino. Aquel ser cayó de pie y de manos a la vez, doblado como una bestia salvaje, los músculos retorciéndose bajo la piel ceñida de cuero. Su espalda se arqueaba como un arco roto, y su rostro, medio oculto tras vendas mugrientas, exhalaba gruñidos guturales que no parecían del todo humanos.

En apenas un par de segundos, la grotesca figura se deslizó hasta la esquina donde reposaba la espada. No la tomó en sus manos: se apostó encima, a cuatro patas, con el lomo curvado y el pecho vibrando en un balanceo rítmico, como un insecto protegiendo su presa.

Silas se quedó inmóvil, cada fibra de su cuerpo orientada hacia la espada, pero sus pasos detenidos por la criatura que la custodiaba. Aeon levantó el escudo, firme como una muralla. Ivy, serena y con la mirada fija, observaba cada movimiento de aquel ser encorvado, lista para desenfundar su propia espada-látigo.

En su vaivén, el guardián del arma robada fue alcanzado por un rayo de sol que atravesaba el techo roto, revelando la piel pálida cubierta por cintas de cuero ajustado, el rostro de boca y ojos vendados, y la danza reptante de su columna vertebral. Calderón entrecerró los ojos… y de pronto exclamó con júbilo:

—¡Voldo!

El nombre rebotó en las piedras como un estallido fuera de lugar, y el eco devolvía una demanda de explicaciones.

—No se preocupen, lo conozco  —aclaró Calderón, ante la mirada atónita del grupo—. Fue hace un par de años, en una isla paradisíaca del Mediterráneo, muy cerca de la bella Italia —el brillo en sus ojos delataba un incipiente estado de ensueño—. Digamos que hubo algo entre nosotros…

Voldo no era otro que el temido “guardián fantasma” de los rumores que rodeaban a un excéntrico mercader de armas italiano, quien antes de morir mandó a construir una fosa en una isla frente a la costa de Sicilia, donde enterró sus riquezas y colecciones, y encomendó su custodia a su fiel y retorcido sirviente. En algún punto de la distorsión cognitiva de Calderón, aquella tumba de arena y piedra se había convertido en una “isla paradisíaca” susceptible de albergar un escenario romántico.

Ivy, Aeon y Silas no quisieron dedicar un segundo a crear imágenes mentales con las palabras que acababan de escuchar. Voldo, por su parte, no reaccionó de ningún modo en particular. Siguió balanceándose sobre la espada-látigo, gruñendo en un tono bajo y gutural, ni afirmando ni desmintiendo, como un enigma encerrado en su propio cuerpo.

Calderón dejó su mangual y su escudo en el suelo, se acercó a Voldo sin vacilar y se agachó en cuclillas a un palmo de su rostro.

—¿Qué haces en Toledo? ¿Acaso has venido a buscarme?

Ni un gesto por respuesta.

Aeon murmuró con el ceño arrugado:

—Está loco.

Calderón extendió una mano, con una ternura desconcertante, y acarició con delicadeza la piel de la mejilla que asomaba entre las vendas y parecía no haber sido tocada por el sol en años.

—Escúchame, bello incomprendido. Esta espada que proteges no es más que un prototipo barato, sin verdadero valor. Una baratija de metal que no merece tus atenciones —ladeó la cabeza hacia Silas, guiñándole un ojo.

Voldo permaneció unos segundos inmóvil, como evaluando desde su silencio insondable la súplica absurda. Luego, con un movimiento sorprendentemente dócil, apartó el cuerpo de la espada y la tomó con sus dedos callosos. La sostuvo un instante, y finalmente la tendió hacia Calderón. Él la recibió como si le entregaran un trofeo de amor, y en un acto solemne, la llevó a manos de Silas.

Silas, a su vez, recibió a Eethelius con ambas manos, como si aquel acero viviente fuese un hijo perdido.

—Gracias… —murmuró, sin saber muy bien si agradecía a Calderón, a Voldo, o al azar que había permitido aquel reencuentro.

—¡Magistral! —Calderón rompió la tensión con su voz entusiasta y dos golpes de palmas—. Ahora que todo está resuelto, y ya que la posada nos ha cerrado sus puertas, consideren mi humilde morada como el nuevo cuartel general de esta honorable expedición. Están todos invitados a quedarse, celebrar y relajarse.

Luego se volvió hacia Voldo, que aún permanecía en su postura cuadrúpeda, y le dedicó una sonrisa luminosa.

—En cuanto a ti, cariño… —Se llevó un dedo a los labios, y añadió con descaro— No te vendría mal un buen baño. Si gustas, estaré encantado de ayudarte personalmente con eso.