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Summary:

— Si fuera uno de esos dinosaurios chiquitos que aparecen en Jurassic Park, ¿me seguirías queriendo? — pregunta, abriendo muchísimo los ojos y observando fijamente a Suguru.

— No, ¿quién querría un dinosaurio tan feo? Y se llaman Compsognathus. — responde, también abriendo mucho los ojos y acercándose a Satoru, pegando ambas frentes.

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O, Satoru y Suguru disfrutan lo que más les gusta en la vida: hacer nada en compañía del otro.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Los días sin clases solían ser divertidos para Satoru, hasta que se aburría de hacer nada. 

O, mejor dicho, era así cuando Suguru estaba ocupado, ya sea fuera del recinto de la escuela, en su habitación repasando para los exámenes o concentrado terminando de leer uno de los tantos libros pendientes de su lista (que, por cierto, crecía el doble cada semana). 

¿Dormir era una opción? Sí, pero tristemente a Gojo le costaba un montón conciliar el sueño. Amaría dormir durante las clases de Yaga; incluso descansaría con la cabeza recargada en el cómodo hombro de su mejor amigo, de no ser por los seis ojos. ¿Bendición? A veces piensa que, más que eso, fue maldecido con ese poder tan celestial.

Sus días libres eran muy aburridos, tanto que ver un episodio de Texhnolyze sería lo más emocionante de toda la jornada.

Sin embargo, gracias a los tontos dioses de los que siempre se burla, hoy coincidieron varios puntos a su favor. Primero, Suguru está completamente libre y disponible para él. Segundo, Shoko y Nanami olvidaron varias botanas en la nevera. Y tercero, está lloviendo torrencialmente, con relámpagos, tormenta eléctrica y esa clase de tempestad que le gusta tanto.

Así es como terminan en la situación actual: con Satoru acurrucadísimo entre las mantas de su cama, leyendo un top de los mejores videojuegos del 2005; y con Suguru, cubierto hasta el estómago con el cobertor de la cama, de espaldas a Gojo. Lee minuciosamente uno de sus tantos libros pendientes, específicamente "Indigno de ser humano", de Osamu Dazai; a ratos suspira, habla para sí mismo y hace sonidos graciosos, de los que Gojo se burla, recibiendo como respuesta una suave patada en el trasero.

Cuando Satoru termina de leer el artículo, se estira en su lugar, con los pies escapándose al final del colchón. Abre sus brazos, apoyando las manos en la pared y soltando un quejido, cual minino que se estira al sol. Suficiente de leer blogs ñoños; tiene a su persona favorita al lado, tan cerca que es capaz de oír su respiración relajada y percibir su energía drenándose despacio de su cuerpo. Se voltea, colocando ambas manos bajo su mejilla, posando la mirada celeste sobre el interesante y bonito perfil de Suguru.

Sus ojos púrpuras y afilados recorren las hojas del libro con una rapidez digna de admirar. De vez en cuando, las espesas pestañas revolotean con cada parpadeo automático. Su nariz ancha, mejillas delgadas y quijada marcada sombrean su rostro con belleza. Siente el movimiento de sus pies bajo el cobertor, y es que Suguru tiene la tierna costumbre de frotarlos entre sí en dos oportunidades: cuando está muy angustiado y necesita autorregularse, o cuando está muy tranquilo y disfrutando de su tiempo de ocio.

Otro detalle muy Suguru que memorizó es cómo, a veces, mientras sostiene el libro con una de sus manos, con la otra se dedica a enredar varios mechones azabaches en los dedos. Y Satoru no cree que sea terrorífico, pero se sabe de memoria el patrón que sigue: el dedo índice de Getou recoge uno de los mechones negruzcos, presionándolo contra el pulgar y frotándolo entre sí. Cuando se aburre, lo enreda alrededor del dedo, dando alrededor de 10 vueltas, hasta que la piel se le coloca rosada y es ahí cuando lo suelta, de a poco, deslizándolo hasta las puntas y así repite el proceso.

Es gracioso e interesante; Gojo admira esos pequeños gestos tan metódicos y rutinarios en él, es casi adictivo verlo. También lo es cómo se frunce su boca al leer una escena que lo enfada, cómo abre bien los ojos al sorprenderse o cómo aprieta los párpados cada vez que el protagonista de la historia mete la pata.

Un suspiro escapa de sus labios y su húmedo aliento llega directo a Suguru, quien voltea la cabeza ligeramente y se topa de lleno con la penetrante mirada de Satoru. No es la primera vez que lo descubre mirándolo así, de hecho, no es para nada sutil; nunca lo ha sido cuando se trata de sus ojos aterradoramente expresivos.

Satoru es pésimo con las palabras. O dice mucho, sin filtro, hasta el punto de arruinarlo; o dice nada, con un tartamudeo adorable y un hilo de palabras incoherentes. Suguru ama especialmente cuando lo atrapa en sus tantas bromas de adolescente, adora lo cotidiano que es: Suguru lo encara, Satoru se ríe y lo tilda de "loco", Suguru le dice cada uno de los motivos del por qué lo ha descubierto, y es ahí cuando Satoru se toca nerviosamente el lóbulo de una de sus orejas, desvía la mirada e inventa excusas sin sentido. Es adorable.

Si quiere irse a la segura, debe mirarlo fijamente. Siempre que discuten, siente que miente, está extrañamente callado o no tiene ganas de comer, Suguru desliza suavemente las oscuras gafas de Satoru por el puente de su nariz, dejando a la luz el destello de sus irises celestes y el fulgor de sus pupilas.

Los ojos de Satoru nunca mienten, jamás, y por eso los oculta la mayor parte del tiempo. Pero él lo conoce tan bien, de memoria, como su libro favorito, que hasta sin verlos puede adivinar lo que le sucede.

— ¿Qué miras? — pregunta Suguru, girándose lo suficiente para que su cuello quede cómodo. Sujeta con una mano el libro, mientras acerca la otra a los mechones color nieve de Satoru.

— Me impresiona lo rápido que lees, ¿eres una computadora o qué?

Suguru ríe suavemente, su pecho saltando con la melodía. Satoru también se contagia de la risa, cerrando los ojos como un felino ante las suaves caricias en su pelo.

Odia que le toquen el cabello, detesta cualquier roce, de cualquier persona. Pero siempre hay una excepción: primero Suguru y después Shoko. Son las únicas personas que pueden acariciarlo, desordenarlo e incluso peinarlo. Aunque lo último rara vez sucede, usualmente es a Suguru a quien le trenzan el cabello, lo llenan de coronas de flores o simplemente lo despeinan hasta que queda con nudos horribles y una expresión de ira en su rostro.

— No es para tanto, la diferencia es que yo he leído 12 años de mi vida. Tú lees cuando se te da la gana.

— Mentiroso, ¡leo todo el tiempo!

— Reseñas de videojuegos, blogs de cultura pop y relatos pornográficos no cuentan.

— Ah, cabrón. — Satoru aparta de un manotazo ligero la mano de Suguru, indignado, dándose vuelta en la cama hasta darle la espalda.

Getou se burla de él, colocando en el libro un marcapáginas de gato que Shoko le regaló el cumpleaños pasado. Se hunde en las mantas, quedando cubierto hasta la nariz, acercándose al calor de Suguru. Desliza el brazo izquierdo por el hueco de su cuello, mientras el derecho se aferra a su cintura, pegándose completamente hasta quedar en posición de cuchara. Getou suele ser la cuchara grande, mientras Gojo la pequeña, y que ni lo mencione en público: muy ególatra y superior se creerá, pero ama que Suguru lo acurruque como un niño y lo llene de mimos.

— No te ofendas, no mentí en nada. — apoya sus labios en la nuca de Satoru, depositando un beso espontáneo y cargado de delicadeza.

Satoru no puede evitar sonreír, inconscientemente apegando más el trasero a la pelvis de Suguru, entrelazando los dedos de su mano con la que descansa en su estómago. Lo aprieta, agarrando el brazo que se cierra sobre su pecho con fuerza medida, suspirando ante la cálida presencia del azabache.

Y Satoru puede encontrar una palabra para describir lo que siente: paz.

Las gotas golpean contra el ventanal, los truenos retumban y la habitación se ilumina con cada relámpago que cruza el cielo. Hay una tempestad afuera, pero nada importa en los brazos de Suguru; en el calor de su cariño, todo alrededor desaparece. Sus latidos se coordinan con los de él, su mente se queda en blanco, la respiración cada vez se le enlentece más y lo único que puede escuchar son los suspiros de Suguru en su oído.

Conseguir acurrucar a Satoru no fue difícil, no desde que "sin querer" se besuquearon en el cumpleaños de Haibara. Ese día, Shoko ingresó a la escuela varias botellas de vino. Suguru es bastante tolerante al alcohol, igual que Ieri y Nanami; mientras que Satoru nunca bebe y Haibara menos. No fue extraño que ambos terminaran borrachos, y para sorpresa de todos, Suguru también sucumbió ante el vino; según él, no comió nada durante la tarde y por ello su resistencia no fue la misma de siempre.

De un momento a otro, jugando a la botellita, el beso corto de penitencia entre Satoru y Suguru terminó en una sesión de besos intensa, con el resto observando el espectáculo. Shoko tiraba comentarios como: "¡Eso, Suguru, demuestra quién domina, bájale los humos a ese cabrón!"; Nanami observaba con asco y poco sorprendido; y Haibara reía sin parar, aplaudiendo contento. Después de ese día, se volvieron habituales varias cosas: besos sin parar, caricias adorables, abrazos, tomadas de mano tímidas y noches de dormir acurrucados.

Son solo ellos contra el mundo. Ellos, contra la oscuridad, el caos y el dolor.

— Satoru, ¿por qué no te volteas? — murmura Getou después de un rato, sacudiendo suavemente los brazos, esperando que Satoru suelte su agarre.

Sus manos abandonan las extremidades de Suguru, girándose con cuidado. Se detiene frente a su rostro, con sus narices rozando, respiraciones entremezcladas y miradas conectadas. El púrpura con el celeste, colisionando y estallando en infinitas partículas estelares.

— Ven aquí. — Getou abre los brazos, esperando que Gojo se acomode como siempre lo hace.

Satoru coloca una expresión de dicha, a la vez que emite un tierno ronroneo. Deposita un beso suave en los finos labios de Suguru, para acto seguido pegarse como lapa. Sumerge la nariz en su cuello, aspirando el olor tan exquisito. Suguru siempre huele bien, a limpio mezclado con té verde. Satoru creyó que olería a moho o sangre, debido a su técnica maldita, pero pocas veces ha sentido tal esencia emanar de él. Su aliento suele ser inodoro, neutro, y a veces con un toque de tabaco, pero jamás nauseabundo.

Entreabre los labios, apoyándolos contra la caliente piel, cerca de la nuez de Adán. Y de pura maldad, entierra los dientes con delicadeza, emitiendo un grito ahogado.

— Satoru, ¿otra vez con eso? — se queja Getou y golpea suavemente a Gojo en la espalda, quien ríe perversamente y sigue haciendo lo mismo, en diferentes partes de la zona.

— Si fuera uno de esos dinosaurios chiquitos que aparecen en Jurassic Park, ¿me seguirías queriendo? — pregunta, abriendo muchísimo los ojos y observando fijamente a Suguru.

"Idiota aterrador".

— No, ¿quién querría un dinosaurio tan feo? Y se llaman Compsognathus. — responde, también abriendo mucho los ojos y acercándose a Satoru, pegando ambas frentes.

— ¿Feo? Sería el comosellame más lindo de la manada. — empuja ligeramente su frente contra la de Suguru.

— En fin, mi respuesta es no: aunque seas un gatodinosaurio, una mariposatanque, una babosaavestruz o un palo con pechos. — se aparta, cerrando los ojos para darle punto final a las idioteces de Satoru.

— Eso no es lo que dice un buen novio. — Satoru se amurró, tan solo un poquito. Él esperaba escucharlo decir: "sí, te amaré toda la vida, seas como seas".

Pero sabe que Suguru miente, porque hace unos días lo escuchó hablar con Haibara y admitir que, aunque fuera una moto 4 x 4 fusionada con un leónperrosalchichacalamar, lo seguiría adorando.

Je, algún día se lo sacará en cara, hoy no.

— ¿No soy un buen novio?

— No. Eres el peor, de hecho.

Suguru rio estruendosamente, agarrando firmemente a Satoru de la espalda y acercando sus bocas. Lo besó, moviendo los labios suavemente, suspirando contento cuando Satoru le devolvió el beso, dándole mayor acceso para que sus lenguas juguetearan. Una mordida en el labio inferior lo hace apretar más a Satoru contra su cuerpo.

Gojo entierra las uñas en el cuero cabelludo de Getou, repartiendo caricias suaves, presionándolo más, mucho más hacia él, hasta que su deseo de traspasar sus pieles y volverse uno se cumpla. Con la mano libre, levanta ligeramente su camisa y aprieta la piel de las caderas, estirándola, hasta escuchar un quejido.

— Más suave. — Suguru murmura en mitad del beso, soltando un jadeo por quedarse sin aire debido al contacto apasionado.

Satoru hace caso, con obediencia. Vuelve a apretar sus caderas; una, dos, hasta cuatro veces mientras se devoran, controlando su fuerza para evitar hacerle daño. Una vez que se separan, vuelven a besarse, tantas veces que Satoru se marea en éxtasis; y jamás será suficiente, aunque sus labios ardan por las mordidas traviesas de Suguru, aunque sienta que su caja torácica duele por el galope de su agitado corazón.

Suguru lo presionó más contra él, más fuerte, más desesperado, porque sentir que Satoru se derrite ante él es maravilloso. Siente su respiración agitada, sus dedos sujetándolo firmemente, su misma energía maldita drenando hasta envolverlos en una nube asfixiante; con un aroma a caramelo que le encanta, aunque nuble sus sentidos.

Al separarse del ya séptimo beso, Satoru frota sus mejillas, riendo sonoramente, como si volviera a ser un niño pequeño que juega a las escondidas con las sirvientas del clan Gojo. No, esto es mil veces mejor que esconderse, que pintar en secreto las paredes de su aburrida habitación, que lanzar por el desagüe los manuales de control de los seis ojos; es mil veces más increíble que sentir el kikufuku derretirse en su boca y el batido de fresas endulzarle la lengua.

Suguru lo mira con esa expresión tan obvia en él. Es amor puro, completo, indestructible, capaz de trascender cualquier nube espesa, cualquier ente, cualquier catástrofe mundial. Sus ojos relucen, las mejillas le duelen por lo abultadas que están ante la sonrisa dibujada en sus labios y las yemas de los dedos le pican en el lugar donde la tersa piel de Satoru habita. Y es increíble para él pensar que Satoru desactiva su infinito por él, para permitirle tocarlo de esta forma, hasta que su energía lo absorba.

Satoru es precioso. Con hipnotizantes ojos, cabello rebelde, dientes perlados (a pesar del exceso de azúcar), mejillas abultadas, la cicatriz en la frente (recuerdo de caerse en bicicleta hace unos meses), las puntas de sus orejas tan mordibles, ese porte de príncipe tan orgulloso, aquellas piernas ridículamente largas y delgadas, esas manos inquietas y grandes, e incluso los pies; olorosos y fríos. Todo en él, hasta lo que lo vuelve un sujeto idiota e irritable, es bellísimo, adorable, único y tierno.

— Besas tan bien, ¡creo que podría morir sin besarte! — Gojo enreda sus dedos en el cabello negro de Getou, jugando con él.

— ¿Cómo vas a morir sin besarme? Eso no es posible, nadie en el mundo ha muerto por eso.

— ¿No? Entonces seré la primera persona en morir por inanición de besos.

— Ridículo.

Gojo mira a Getou profundamente, observando lo bonitas que se ven sus mejillas sonrosadas. Siempre, sagradamente, después de cada beso, el rostro completo se le colorea de todos los tonos de rosado, como si fuera una reacción corporal ante la mezcla de energías. Porque sí, él siente que con cada contacto íntimo sus energías se arrullan, uniéndose, volviéndose solo una.

Suguru se ve tan bonito, con cabello suelto, amarrado o semirrecogido. Luce divino con esos ojos rasgados, del color de las violetas del jardín principal de la escuela. Es adorable cómo su ceño se frunce cuando se enoja, cómo se cuida las manos, cómo se peina delicadamente de puntas a raíz para no dañarse el cabello. Es imposible no amar su personalidad relajada, junto a las uñas siempre cortas, los brazos fuertes y anchos, sus camisas planchadas, esos horribles pantalones anchos, la forma tan graciosa que tienen sus rodillas e incluso el olor a mantequilla que le emana de la nariz después de comer frituras.

— ¿Suguru?

— ¿Satoru?

— Eres lindo cuando te enojas.

— ¿No lo soy siempre?

— Obvio, pero enojado pareces un gatito con las orejas hacia atrás.

¿Qué clase de comparación es esa? Bueno, no es como que no sea habitual que Satoru suelte tantas tonterías.

— ¿Y eso es lindo para ti?

— Claro. — el gesto de Satoru se lee como si quisiera decir algo similar a "¿duh?", con una ceja alzada y los ojos en blanco.

— Pues gracias, bonito. — responde Suguru, acercando su nariz hasta tocar la de Satoru. Acto seguido, mueve la cabeza suavemente, provocando que las puntas se rocen con ternura.

Un trueno resuena fuertemente en la habitación, provocando que Satoru dé un respingo por el susto. Sí, ama las tormentas, pero joder qué detestable cuando de la nada el cielo chilla. El que avisa no traiciona, dicen por ahí.

— Se está cayendo el cielo. — comenta Suguru, hundiendo la cabeza de Satoru en su cuello, aprisionándolo con los brazos firmes alrededor de su espalda.

— ¿Qué diría de este clima el protagonista de tu libro? — pregunta Satoru, con voz curiosa.

— Probablemente algo como: "Esta lluvia sobre mí se siente tan caótica, solitaria y furiosa. Estoy desamparado".

— Bueno, diría que siento lo mismo, si no fuera porque tengo a mi sirviente de mimos personal. — Satoru ríe con maldad, tal cual un villano de película.

— ¿Ah, sí? Creí que tú eras mi sirviente de mimos personal.

— También, pero por ahora tú estás de turno. Al próximo trueno fuerte, cambiamos de rol.

— Hecho.

Cuando llega el próximo sonido abrumador desde el cielo, Suguru es quien se acurruca en el pecho de Satoru. Los brazos largos juegan con su espalda, los dedos posicionándose sobre cada uno de los huesos que componen la columna de Suguru, remarcando los bordes con precisión, mientras piensa en lo calentita y exquisita que está la cama.

De vez en cuando, se aburre y juguetea con el rostro de Suguru. Besa su frente, estirando y frunciendo los labios; otras veces entierra sus incisivos superiores en la piel, todo esto mientras el azabache mantiene los ojos cerrados y la mente concentrada en el sonido de las gotas chocando contra el techo.

— ¿Me dejas tocarte el paladar?

— Ni de broma, Satoru.

— ¡Vamos, solo un poco! — se queja Satoru, dejando caer los brazos con frustración sobre la espalda de Suguru.

— No.

— Aburrido.

Suguru continúa con los ojos cerrados, riéndose internamente del idiota que tiene por novio. Satoru sabe que es un sitio delicado y, pareciera que disfruta hacerle sufrir.

Unos minutos transcurren hasta que Satoru se separa de Suguru. El gesto de encovar un poco la espalda causa que sus labios se rocen. Deposita besitos cortos, cada vez más largos, pero manteniendo la característica de ser picos tiernos. Se detiene un momento y es cuando Suguru abre un solo ojo, observando el gesto de sorpresa en Satoru.

— Tienes algo en el labio.

— ¿Qué cosa?

— No sé, déjame ver.

Satoru desliza su índice por el labio inferior de Suguru, abriéndole ligeramente la boca. Suguru se deja tocar mientras lo observa con atención, siguiendo el recorrido de su vista.

Y en ese instante, la traición lo atraviesa.

Gojo introduce el dedo hacia arriba, apuntando directo a su paladar y comenzando a hacerle cosquillas sin piedad. Inmediatamente, Getou suelta una carcajada y se revuelca como serpiente, tratando de inclinarse hacia atrás para sacar el dedo de Gojo de su boca.

Una vez que lo consigue, aprieta los párpados y se frota la zona con la lengua, oyendo la estruendosa risa de Satoru, quien parece satisfecho.

— ¡Debiste haber visto tu cara! — grita, tapándose la boca con diversión.

— Te detesto.

Getou mantiene los ojos cerrados un par de segundos más, hasta que las cosquillas desaparecen completamente. No entiende por qué su paladar es tan sensible; ni siquiera puede lavarlo con el cepillo de dientes sin que le dé un ataque de risa horrible.

— Solo porque tú no tienes cosquillas ¡no es justo! — observa indignado a Gojo, quien sigue riéndose hasta que sus ojos se llenan de lágrimas.

— El favorito de Dios. — responde burlón, inflando el pecho orgulloso y, solo para cabrearlo más, se toca el paladar con el pulgar.

Idiota burlesco, ¿está pintado de payaso que lo usa para su diversión?

— ¡No te enojes, es una broma!

— No me gustan esas bromas.

Si le pagaran por molestar a Suguru, Satoru podría comprarse toda la cadena de tiendas de mochi de Japón.

Una vez que termina de reírse, agarra fuertemente a Suguru para atraerlo nuevamente a su pecho. A modo de disculpa, le llena la frente de besitos y lo abraza como si fuera un oso de peluche.

— Está bien, lo siento, guapo. Es solo que amo escuchar tu risa. — admite por milésima vez en lo que llevan de relación, suspirando mientras apoya su mejilla en la coronilla de Suguru.

— Claro. — bufó Suguru, dejándose querer, porque tampoco es tonto.

Mientras pueda sacar provecho de su novio y de sus mimos melosos, es capaz de perdonarle casi todo, menos que no se bañe después de un entrenamiento.

Las horas transcurren y la tarde sigue igual, con sesiones de besos extensas, abrazos apretados, caricias suaves, risas intensas y miradas cargadas de complicidad. Suguru vuelve a avanzar en el libro, concentrándose en los pocos capítulos que le bastan para terminarlo; mientras Satoru habla por teléfono con Shoko durante un par de horas, poniéndose al día con los chismes del vecindario. Haibara lo mensajea para preguntarle qué pastel le lleva el miércoles, Nanami ignora sus emoticonos de corazones y Utahime lo sermonea por sus bajas calificaciones en la materia de trabajo en equipo.

"Debes trabajar en equipo con todo el mundo, no solo con Suguru. ¿¡Cuándo aprenderás eso!?" lee irritado, enviándole un pulgar arriba y bloqueando el teléfono en cuanto comienza a recibir spam de mensajes de su parte. Aish, adora molestar a Utahime, pero es aburrido hacerlo por mensaje de texto.

Da vueltas en la cama y gimotea cuando su estómago ruge, dándose cuenta de que lleva muchas horas sin comer. Pero la cama está tan calentita que no quiere levantarse, ¡no puede!

— Suguru, ¿trajiste algo para comer?

— No, Shoko asaltó toda mi reserva de frituras.

— ¡No puede ser! — se queja, enterrando la cabeza en la almohada y gritando.

No está dispuesto a abandonar la comodidad de la cama; solo pensar en pisar la fría madera del suelo le eriza la piel.

Bien, es momento de usar sus dotes de manipulación.

— ¿Suguru? ¿Irías a buscarme algo para comer? — se acerca al pelinegro con cautela, dándole un tierno besito en la mejilla.

Y aunque Suguru sea tonto, no lo es tanto como para congelarse el culo.

Deja el libro a un lado y mira a Satoru con incredulidad. ¿De verdad cree que puede usarlo para sus mandados infantiles? Usualmente sucumbe ante sus caprichos, pero hoy no será el día.

— ¿Estás loco? Me costó un mundo recuperar el calor que me robaste hace un rato. Si quieres comer, anda tú; yo no lo haré.

— ¡Suguru, por favor! — se queja, abrazándolo fuerte y lloriqueando de forma infantil.

— No.

— ¡Suguru! — Satoru se sube a su regazo, agarrándolo por los hombros y sacudiéndolo. Está desesperado; necesita un gramo de azúcar o morirá de hipoglicemia (mentira).

— Ya te dije que no. — dice Suguru, cruzándose de brazos, ignorando los pucheros de Satoru y desviando la mirada hacia otro lado.

— ¡Por favor! Hagamos piedra, papel o tijeras. Si salgo yo, no me quejaré. ¡Lo prometo!

— ¿Y por qué tengo que aceptar eso? De cualquier forma, pierdo yo: no tengo hambre y sabes que me enfrío rápido.

— Shoko dejó unos panecillos de té y curry en la nevera, ¡son tus favoritos!

Bueno, sí. Suguru los ama con su vida, pero no tiene hambre.

O eso creía, hasta que su estómago rugió sonoramente.

Satoru se inclina, observando el lugar donde yace su panza, alzando la mirada con picardía.

— Suguru, no puedes ignorar los deseos de tu cuerpo.

— Maldición, ¡está bien! — se rindió, suspirando pesado y sintiéndose traicionado por su propio cuerpo. ¿Qué karma estará pagando? — Bien, pero nada de la tercera es la vencida. A la primera, como hombres.

— ¡Bien!

¡Piedra, papel o tijeras!

Suguru quiere morirse cuando ve la mano de Satoru abierta frente a su humillado puño.

— ¡GANÉ! — Satoru salta emocionado desde el regazo de Suguru a la cama, enredándose en las mantas con felicidad.

— ¡Te detesto!

— Tráeme los manju que dejó Nanamin y el dorayaki que me regaló Shoko. ¡Gracias, yo también te quiero!

Suguru vuelve a suspirar pesadamente, exasperado ante las burlas de Satoru. Sin embargo, lo adora tanto que no puede decirle que no.

Se inclina en el colchón, sobre el cuerpo de Satoru, agachándose hasta dejarle un beso en los labios. Es un beso lento, tierno y gentil, tan dulce que Satoru agita sus pies con felicidad.

— Vuelvo enseguida, bonito.

— No te tardes, primaverita.

Y rueda los ojos ante el apodo excesivamente meloso de Satoru.

 

 

 

 

En efecto, el resto de la escuela estaba horriblemente congelado.

Ve su respiración caliente flotar en forma de vapor mientras camina, abrazándose a sí mismo y apurando el paso. Una vez en la cocina, toma lo solicitado por Satoru, tres pastelitos de curry y una lata de matcha, corriendo de vuelta a la habitación.

Al entrar, se quitó las pantuflas, el suéter abierto y dejó la comida en el velador, metiéndose a la cama rápidamente, cubriéndose hasta estar completamente tapado.

Satoru sonríe al darse cuenta de que no se tardó demasiado. Se da vuelta para acurrucarse hasta que toca el congelado cuerpo de Suguru.

— ¡Suguru, estás como témpano de hielo!

— Abrázame, por favor.

Satoru lo aprieta con fuerza y empieza a temblar cuando sus temperaturas se equilibran. Según una de las leyes de la termodinámica, el calor siempre fluye del cuerpo más caliente al más frío hasta encontrar un balance. No pasa mucho hasta que el calorcito que acumuló enredado en las mantas se escapa, dejándolo más frío.

— Ya no estoy tan calentito. — chista, sin soltar a Suguru. Introduce las manos bajo su ropa, escuchando el sonido de satisfacción de Getou ante el calor.

— Tus manos siguen cálidas. — expresa, imitando a Satoru y riéndose automáticamente al oírlo chillar y quedarse tieso.

— MIERDA, SUGURU, ¡ESTÁS DEMASIADO HELADO! ¡MORIRÉ DE HIPOTERMIA! — siente cómo su espalda se llena de escalofríos por las manos heladas de Suguru. ¡No, no más, por favor!

— ¡Ya, bonito, ya pasará! Solo abracémonos hasta entrar en calor.

Tardan aproximadamente diez minutos en volver a la temperatura adecuada y, una vez que lo consiguen, disfrutan juntos la comida. Suguru se deleita con el amargor del matcha de lata, que se mezcla con lo especiado del curry y el toque herbal del té verde; terminando en una combinación de sabores que lo hace bailar de felicidad. Satoru tararea una canción mientras agita la cabeza, contento de cómo la suavidad del manju inunda su lengua y los trozos de anko del dorayaki se cuelan por sus dientes.

Sí, esto sí que es un fantástico día libre.

— ¿Crees que debería cortarme el flequillo? — pregunta Suguru, luego de un rato de silencio, limpiándose las migas del panecillo con el pulgar.

— Yo lo dejaría así como está, es perfecto. — responde Satoru con la boca llena del relleno de los manju, sus palabras sonando graciosas por ello.

— Traga primero, cariño. No hables con la boca llena. — Suguru se inclina hacia la boca de Satoru, dándole un besito corto en los labios.

— Jeje, lo siento.

La noche llega rápidamente. Cerca de las diez, Suguru se coloca su abrigado pijama y se desliza bajo las sábanas de la cama. Satoru termina de lavarse los dientes y se acomoda sus calcetines volteados por el constante movimiento en la cama. Al terminar, corre a acurrucarse con Suguru, posicionando la cabeza en su pecho y suspirando feliz al sentir los largos dedos sobre sus mechones pálidos.

Charlan sobre los chismes de Shoko, opinando de formas diferentes la mayoría del tiempo y coincidiendo un par de veces. Ríen de tonterías, se burlan de Yaga e incluso apuestan cuántos milímetros de lluvia caerán.

Getou sonríe y cierra los ojos, disfrutando la respiración lenta de Satoru, dándose cuenta de lo mucho que lo ama. Quiere estar siempre así, quiere que el idiota de Gojo Satoru esté toda una vida a su lado.

— ¿Satoru?

— ¿Mh?

— Te amo, muchísimo.

— Yo también, querido.

Gojo se levanta, acercándose para besarlo apasionadamente. Sus labios se mueven juntos, coordinados de forma espontánea y mágica, con el sonido de las salivas opacado por la fuerte lluvia. Una vez que se separan, Satoru se deshace de sus pantalones, se vuelve a acostar a un lado de Suguru y le jala los suyos hasta bajarlos por completo.

Y así, acurrucados, de cuchara, con el contacto piel a piel arrullando sus corazones y calentando sus cuerpos, Suguru solo puede pensar que definitivamente así se siente la felicidad.

Satoru es su hogar, su paz, su todo.

Antes de dormirse, Satoru suspira profundamente, sujetando los brazos de Suguru que aprisionan su pecho. Nunca necesitó alabanzas, ovaciones ni ser visto como un Dios. Nunca necesitó privilegios ni riquezas; incluso podría decir que nunca necesitó los seis ojos ni el infinito.

Pero toda esa soledad que lo acompañó hasta su primer año en la escuela metropolitana valió la pena.

Porque ahora, con los brazos de Suguru sujetándolo, su corazón amándolo y su alma perteneciéndole, está seguro de que todo lo que vivió fue para poder ser amado, comprendido y protegido.

Los más fuertes, juntos, son imparables. 

Y no solo por sus técnicas malditas: también por su inmenso amor.

Notes:

¡HOLAAAA! ¿Cómo están? Estoy tan contenta de traerles un nuevo satosugu, adoro el stsg domestic fluff suave y por eso quise escribirlo, LO AMÉ.<3333333

Me inspiré en la canción Square de Yerin Baek para escribir este one shot, me gusta muchísimo el cover de mi amado Choi Youngjae <3 a penas la oí pude visualizar al satosugu en una cama, acurrucados y siendo dos idiotas <3

Espero que les haya gustado <3 mi hc es que Suguru es muy cosquilloso KDJSL y Satoru no tanto, más que todo por cómo utiliza el infinito y su técnica maldita, pero quizás tiene cosquillas en los pies como yo ;)))) ¿vieron el trailer de la tercera temporada? personalmente me dejó MAAAAAAAAL SKDJSLDJKLSD

Si llegaron hasta aquí, un besito enorme y abrazos, ¡muchísimas gracias por leer! <3 ¡hasta luego! <3333

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