Work Text:
Jake nunca entiende cómo termina aceptando estas cosas. En teoría, no iba a hacer nada por su cumpleaños. La primera tanda de parciales terminó ayer, tiene el sueño y el cansancio acumulado de semanas, y lo único que quiere como regalo es acostarse en su cama y dormir todo lo que queda de la semana.
Pero ahí está, arrodillado en la sala de estar del departamento, con una corona azul de juguete, una banda celeste que dice “Birthday Boy” y destaca contra el crema de su suéter, y una torta con veintitrés velas brillando delante de sus ojos, mientras sus amigos le cantan el feliz cumpleaños. La luz cálida de las velas tiñe su rostro en tonos dorados en la oscuridad de la habitación, se siente como si todo el lugar respirara más lento solo para él.
Que sus amigos se hayan tomado el tiempo de organizar esto y de comprarle regalos incluso cuando todos están con parciales y trabajos que entregar hace que Jake se sienta querido. Es por eso, tal vez, que está poniendo toda la energía que le queda en mostrarse agradecido.
La canción termina y Jake se inclina un poco más hacia las velas, siente el calor directo en las mejillas. Sus ojos se quedan clavados en las llamas mientras escucha a Jungwon susurrar a su lado:
— No te olvides de pedir un deseo
Jake realmente no cree que unas velas compradas en la tienda de la esquina tengan la capacidad de conceder nada. Y de todas formas, ¿Qué iba a pedir? Su mente está demasiado cansada para pensar en algo concreto, pero eso no significa que no desee algo. Quiere muchas cosas: aprobar los parciales, no enfermarse tanto este invierno, que sus amigos estén felices y sanos, que las sesiones con su psicóloga dejen de ser tan dolorosas … que alguien realmente lo vea y se quede.
“Please I’ve been on my knees, change the prophecy”
El tarareo aparece en su cabeza sin permiso, la melodía interrumpe en el silencio. Se prepara para soplar y se ríe de su propio subconsciente tan dramático. Tal vez Heeseung tenga razón y sí, pasa demasiado tiempo escuchando a Taylor Swift con Sunoo.
Sopla las velas deseando nada y a la vez todo. Mientras lo hace sus ojos se encuentran con los de Riki, sentado del otro lado de la mesa ratona. El único que no tiene el celular en la mano, el único que no sonríe, pero que no deja de verlo. Esa mirada oscura y profunda que le atraviesa el pecho y lo hipnotiza cada vez. Jake siente ese revoltijo familiar en el estómago, esa mezcla rara de nervios, curiosidad y algo más que no piensa nombrar. Siempre le pasa cuando Riki está cerca, cuando ve cómo lo mira el más joven.
Riki lleva una remera negra con escote en V y ajustada en los hombros que le queda bien, demasiado bien en opinión de Jake. Los aros plateados de sus orejas y la cadena que siempre usa brillan gracias a la luz de las velas al igual que su cabello rubio. Las manos de Jake pican por tocar esos mechones, por jugar con esa cadenita, por saber si la piel del cuello de Riki es tan cálida como parece desde lejos. Y esa idea lo sobresalta, porque no es propio de él pensar así, no tan de frente, no tan crudo. Siente el rubor subirle a las orejas mientras baja la vista hacia la torta, buscando aire.
En su estado somnoliento apenas es consciente de cómo poco a poco la reunión privada se transforma en una fiesta. Empieza con la llegada de otros amigos, como el novio de Heeseung, Beomgyu quien la temporada de parciales no parece haberle afectado porque tiene la misma energía que siempre. Jake acepta con ganas el abrazo cálido que le da Euijoo y bromea un poco cuando ve entrar a Nicholas con el cabello de un color diferente que hace semanas, supone que cada persona tiene sus propios rituales para no perder la cabeza en esta época.
Siente un pinchazo extraño en el pecho cuando ve a Riki reír y hablar con Harua, es apenas un segundo, enseguida recuerda que son amigos y que Harua esta saliendo con Nicholas. Aun así, hay algo en ver como Riki se ríe, en la forma en que se inclina para escuchar mejor a Harua, que le deja un sabor agrio en la boca. Una presión pequeña, ridícula e injustificada se instala en su pecho.
Siente celos. Y eso lo irrita consigo mismo. ¿Qué está haciendo, de verdad? No tiene derecho a sentirse así. ¿Desde cuándo le importa tanto dónde mira Riki, a quién le sonríe, con quién se inclina para hablar? Sacude la cabeza como si pudiera desprenderse de esa idea, como si pudiera deshacerse de los celos.
Se deja arrastrar por Jay y Sunghoon para saludar a los invitados que Jake empieza a sentir que son interminables. ¿Cuántas personas pueden entrar en el departamento que comparte con Sunoo y Jungwon? La banda que todavía lleva hace que lo feliciten por su cumpleaños pero Jake está bastante seguro que dejó de reconocer quien lo saluda hace unas quince personas atrás.
Sunoo aparece de algún lado y pone un vaso de plástico en su mano, el líquido es oscuro y está lejos de oler como una gaseosa. Jake lo termina de un trago y se arrepiente al instante, el alcohol le quema la garganta y lo hace cerrar los ojos. Escucha la risa de su amigo y el vaso se vuelve a llenar. Jake sabe que debería decir que no, darle su vaso a alguien más, porque no le hace bien, el cansancio lo va a derribar si sigue tomando. Pero la música esta subiendo, las voces se mezclan como un enjambre, el calor del departamento sigue subiendo y lo envuelve de forma pegajosa, y esa sensación incomoda de ver a Riki hablar con otras personas cuando a él apenas le dirigió la palabra, todavía está punzando entre sus costillas.
Toma otro sorbo. Se obliga a pensar en otra cosa, en cualquier otra cosa, deja que ahora Sunoo lo arrastre por el departamento. Saluda, habla y sonríe educado con gente que apenas reconoce de vista, intenta concentrarse pero cada vez que levanta la vista se encuentra con la mirada de Riki fija en él.
Riki apoyado contra la pared, con un vaso en la mano, hablando con un chico. Riki apoyado en el marco de la puerta de la cocina riendo con otro chico. Riki dejándose arrastrar por la mano por una chica, pasando por detrás de Jake y tocándolo apenas en la cadera.
Jake da otro sorbo y siente cómo el alcohol se abre paso por la garganta calentando todo a su paso. El ruido del departamento se mezcla con un pulso sordo dentro de sus oídos, como si la música estuviera vibrando también por debajo de su piel. No debería sentirse tan molesto por ver a Riki disfrutar la noche, ni tan nervioso por un simple toque que podría ser accidental, aunque … por la forma en que Riki se dio vuelta para mirarlo después, con esos ojos oscuros que lo recorrieron de arriba a abajo como si quisiera comérselo, no pareciera que fue accidental.
El departamento se siente demasiado chico y a la vez, demasiado grande de repente. Cuando intenta escapar y distraerse es capaz de ver de ver la presencia de Riki en cada rincón. Y cuando lo busca y no lo encuentra por ninguna parte, una sensación punzante se instala debajo de sus costillas.
No lo quiere tener cerca, porque Riki lo pone nervioso, lo hace sentir y desear cosas que no debería porque Jake no se acuesta ni sale con chicos menores que él. Es una regla que se puso y no piensa romper. Pero tampoco soporta ver a Riki con otra persona, o peor, no verlo. Su cabeza crea mil escenarios de lo que podría estar haciendo el japonés y los celos lo queman desde adentro.
El departamento vibra con la música, las luces se vuelven un parpadeo molesto que dificultan la vista, la mezcla de perfumes, calor humano y alcohol se pega en la piel como una segunda capa que Jake quiere arrancarse. Jake se siente saturado: el ruido, el calor, la banda celeste sobre su pecho que de pronto empieza a sentir como si lo apretara, la torpeza del alcohol que le pesa en las manos, todo se vuelve demasiado.
Demasiado brillante, demasiado ruidoso, demasiado cerca.
Siente la lengua un poco pesada, los hombros tensos, la cabeza vibrando con un pulso que parece latir en sincronía con la música. Quiere respirar, pero el aire del living está saturado, caliente y espeso. Jake se queda quieto un segundo para calmarse, se apoya contra la pared y observa a su alrededor. Rostros que se mueven, voces que se mezclan, cuerpos que pasan demasiado cerca. Y de pronto, entre todo ese ruido, lo encuentra.
Riki.
El menor está apoyado en la entrada de la cocina, la remera negra pegada al cuerpo, los brazos cruzados, la cadena plateada cayéndole sobre el pecho, el cabello rubio parece brillar por las luces. No habla ni se ríe con nadie, está solo. Con la mirada fija, intensa, en Jake como si el resto de la fiesta no existiera.
El mayor aparta la mirada como si se hubiera quemado. Su pulso se acelera y siente un cosquilleo extraño en los dedos, como si su cuerpo intentará moverse por su cuenta hacia donde está Riki.
No lo soporta. Necesita aire. Necesita silencio. Y necesita dejar de sentirse así.
Jake deja el vaso sobre la primera superficie disponible que encuentra y se abre paso entre la gente. Empuja la puerta del balcón con la mano temblorosa y sale. El golpe de aire frío lo hace estremecer de pies a cabeza, y le baja el mareo de forma brusca. Inhala de golpe, casi desesperado, agradecido de la sensación helada que lo recorre.
El silencio parcial del exterior es un alivio. El aire nocturno despeja su mente, la ciudad murmura a lo lejos, tranquila y completamente ajena al caos del departamento. Jake apoya los antebrazos en la baranda del balcón y baja la cabeza. Cierra los ojos y deja que el viento lo despeine, que lo calme un poco.
Quiere que la noche termine, pero también quiere algo más. Algo que no debería querer, o al menos, no con alguien más chico.
Se queda así, respirando, hasta que escucha la puerta deslizarse detrás suyo. No necesita mirar para saber quien es. El estremecimiento que recorre su cuerpo le dice de quien se trata. Y Jake no sabe si lo odia o lo ama por eso.
— Jake — murmura Riki, su voz grave flota en la oscuridad.
El sonido lo atraviesa y lo obliga a enderezarse. Jake se gira despacio y mira en silencio como Riki está apoyado contra la puerta cerrada, moviendo su peso de un lado a otro como si estuviera nervioso. Sus ojos lo observan con la misma intensidad que antes, lo recorren de arriba a abajo como si necesitara asegurarse que no había sufrido ningún daño.
— ¿Estás bien? — pregunta el más joven, dando un paso hacia él.
Jake siente el corazón golpearle en el pecho como si quisiera salir. Traga, no confía en su voz todavía. No confía en nada que pueda salir de sí en este estado. Así que solo asiente, pero es un movimiento pequeño y vacilante. Riki frunce el ceño y avanza otro poco, lo suficiente para que Jake pueda oler su perfume.
— ¿Seguro? Parecías incómodo — dice Riki
Jake se humedece los labios, siente el frío del viento mezclado con el calor de su cara.
— Me sentía saturado … solo necesito espacio — responde con voz temblorosa — Estar solo.
El piso cruje apenas cuando Riki duda en si avanzar o retroceder. Parece un poco herido y nervioso por las palabras y Jake se odia por eso. El viento mueve el cabello rubio del más alto y, por un segundo, Jake imagina cómo sería tocarlo. La idea le golpea la garganta con una fuerza que lo hace apartar la mirada.
— Yo … no quería molestarte — murmura Riki — Solo quería asegurarme de que estuvieras bien … Perdón
La disculpa cae entre ellos como algo frágil, torciendo un hilo que ya estaba demasiado tirante. Jake la siente en el pecho, punzando entre el orgullo y el deseo, porque no quiere lastimarlo pero tampoco quiere admitir en voz alta que lo que lo incomoda no es Riki, sino lo que le pasa con Riki.
— No te vayas — murmura, su propia voz lo sorprende suena demasiado frágil y honesto. Riki levanta los ojos de inmediato — Quédate.
Riki lo estudia en silencio, los ojos viajando de su frente hasta sus labios, y Jake siente cada centímetro recorrido como un roce invisible. El menor se acerca despacio, como si temiera romper el equilibrio entre ellos.
— Está bien. Me quedo — dice apenas, se detiene a un paso de distancia. Todavía sin tocarlo, pero Jake se estremece como si lo hiciera.
Siente el pulso en la garganta, en las muñecas, en la base de la espalda, late demasiado rápido para lo poco que tomó. O quizá no es el alcohol. Quizá es Riki, tan cerca que su sombra cubre la mitad de su cuerpo, tan alto que Jake debe inclinar apenas la cabeza para encontrarse con sus ojos.
La música de la fiesta llega amortiguada a través del vidrio, como si viniera desde otro universo, uno donde Jake no está al borde de hacer algo que prometió no hacer. La noche afuera es fría, pero el cuerpo de Riki emite suficiente calor como para que no sienta frío.
— Estás rojo —murmura Riki, acercándose un poco más.
Jake se humedece los labios. No tiene idea de si es por nervios o por deseo. Ambos se sienten igual de abrasadores cuando Riki está tan cerca.
— Hace calor —dice, aunque afuera no supera los quince grados.
Riki sonríe. Una sonrisa leve, corta, pero peligrosa. Jake la siente directo en la boca del estómago.
— Quería darte algo … — murmura Riki, su voz se vuelve más baja, tímida. Mete una mano en el bolsillo del pantalón — Es una tontería, pero … lo traje para vos.
Extiende la mano, y en su palma tiene un llavero pequeño, metálico, en forma de perrito. Plateado, sencillo, brillante cuando la luz de la ciudad lo roza. Jake lo mira y siente que algo le golpea el pecho con violencia inesperada. No por el regalo en sí, sino por el hecho de que Riki pensó en él. Antes de la fiesta. Mientras la vida de todos era un caos.
— Lo vi y pensé en vos — agrega Riki, casi apurado, como si temiera sonar ridículo — Iba a dártelo antes, pero todos empezaron a sacar paquetes más grandes y pensé que debería haberme esforzado más … te mereces más que un tonto llavero …
— No es tonto. Me gusta — Jake lo interrumpe con una sonrisa formándose en su rostro — Me gusta que pienses en mi
Jake toma el llavero con el corazón acelerado y dedos torpes, una corriente eléctrica lo recorre cuando su mano roza la de Riki. El menor también lo siente, Jake lo ve en la forma en cómo respira hondo, en cómo sus hombros se tensan, en cómo sus ojos bajan a su boca por un instante demasiado largo.
Riki levanta una mano, muy despacio, como si le diera tiempo para retroceder. Jake no retrocede, no puede ni quiere hacerlo. Está atrapado entre la baranda fría en la espalda y el calor del cuerpo del más joven en frente. Lo ve dudar por un segundo y luego los dedos largos de Riki rozan su mejilla con un contacto ridículamente cuidadoso. Jake cierra los ojos un instante por puro reflejo.
— Siempre pienso en vos — susurra el japonés con honestidad
Jake abre los ojos y se encuentra de nuevo con esos ojos que le aflojan las rodillas. La mirada de Riki es intensa, llena de cariño, deseo y hambre contenido. Jake se quiebra, sostiene la mirada mientras busca el calor de la mano que permanece en su mejilla, como un cachorro en busca de amor.
— ¿Por qué me miras así? — pregunta, con la voz baja casi temblando.
— Porque me gustas — responde Riki, sin vueltas, como si fuera lo más simple del mundo.
Jake suelta una exhalación que no sabía que estaba reteniendo. Siente que el mundo se pone liviano, un poco borroso, un poco demasiado real. Quiere decir algo, cualquier cosa, pero las palabras se le enredan.
— Riki… — empieza.
— Se que también te gusto, hyung — lo interrumpe, suave pero firme — Lo veo en la forma en que me miras ahora y siempre. Me muero por besarte, pero si no queres que lo haga, decilo.
El silencio cae entre ellos como un golpe seco.
Jake podría decir que no, debería decir que no. Riki es más joven, él prometió no cruzar esa línea, prometió no confundirse, no enredarse, no sentir esto que le late como un animal encerrado. Prometió no ser como su ex.
Pero Riki está ahí y lo mira como nadie lo mira.
Jake lo piensa. Un segundo. Dos.
En vez de hablar, levanta la vista y sostiene la mirada de Riki. Engancha sus dedos en las trabillas delanteras del pantalón de Riki y tira para que se acerque un poco más.
Esa es su respuesta. Y Riki la entiende sin necesidad de palabras.
La mano que estaba en su mejilla se desliza detrás de su cuello, tibia y segura. Lo acerca despacio, tan despacio que Jake siente la respiración del otro rozar los labios antes de que su mundo entero tiembla.
El primer beso no es suave ni cuidadoso. Riki lo besa como si hubiera estado esperando este momento por años; Jake lo besa de vuelta como si no supiera cómo detenerse. Los labios se encuentran, se presionan, se rozan, y Jake siente un calor denso subir desde la base de su columna hasta su pecho. Su mano se aferra a la tela negra de la remera de Riki, buscando equilibrio, buscando algo a lo que aferrarse antes de caer.
El beso se vuelve más profundo. Más urgente.
Riki lo acorrala suavemente contra la baranda, sin empujarlo, solo rodeándolo, cubriéndolo, sosteniéndolo. La diferencia de alturas se hace evidente cuando Riki inclina la cabeza hacia abajo y Jake la levanta, entregándose a ese ángulo perfecto donde encajan demasiado bien.
Jake suelta un murmullo ahogado contra la boca del otro, algo que no estaba planeado y que ahora ya no puede esconder. La mano de Riki en su nuca aprieta apenas, como si le pidiera que no se aleje, como si temiera que Jake pudiera arrepentirse.
Pero Jake no se arrepiente. No cuando Riki lo besa así. No cuando su cuerpo reacciona de una forma que lo deja sin aire. No cuando la noche entera parece comprimirse en el espacio entre sus labios.
Cuando por fin se separan un segundo Jake respira hondo, la frente apoyada en el pecho del más joven, la piel sensible, las mejillas ardiendo.
— Esto … —susurra, sin fuerza para terminar la frase.
Riki desliza los dedos por su espalda, suaves, cálidos, peligrosos.
— No tiene que ser nada que no quieras —responde, rozando los labios contra su cabello.
Jake levanta la cara y lo besa otra vez. Siente como toda la duda y el cansancio se filtran gracias a ese beso, gracias a las manos de Riki abrazándolo por la cintura. Riki lo recibe como si supiera exactamente cuando apretar y cuando aflojar, cuándo avanzar y cuándo dejarlo respirar.
El problema es que Jake no quiere respirar, no ahora. Porque cada vez que se separan un milímetro siente que el mundo se parte y cada vez que vuelven a encontrarse es como si todo el universo encajara.
Riki baja una mano hasta su cadera, el agarre firme hace que el estómago de Jake se contraiga, y que él reaccione sin pensarlo. Sus manos suben hasta aferrarse al cabello del más joven, tira de los mechones suaves y sonríe cuando lo siente gruñir.
Dentro la fiesta sigue su curso aunque el cumpleañero ya no esté. La música sube, las risas se derraman, pero afuera nada importa. Solo están ellos dos y a Jake le basta.
El beso sube de temperatura, más profundo, más arrastrado, con esa mezcla deliciosa de ansias y torpeza que los deja respirando fuerte contra la boca del otro. Jake siente como la erección de Riki roza la suya y un calor abrupto le baja hasta los muslos.
Cuando se separan, apenas, lo justo para que Riki pueda trazar un camino de besos hasta el cuello de Jake arrancándole un suspiro.
— No deberíamos … — Jake intenta hablar, más para él mismo que para Riki, pero la voz le sale baja, quebrada, sin convicción.
El japonés se detiene apenas al escuchar esas palabras. Sus labios aún rozan el cuello del mayor, pero con una presión floja. Jake lo siente inhalar contra su piel, como si el menor estuviera buscando fuerza para hacer lo correcto, para respetar lo que Jake quiere. Las manos de Riki se tensan un segundo en su cintura, como si se contuviera para no seguir bajándolas.
— Jake… — murmura Riki, con la voz ronca. Jake siente como su cuerpo tiembla por eso, por escuchar su nombre sonar tan necesitado en los labios del otro.
Riki se aleja apenas un centímetro, una distancia mínima, pero Jake siente que se quema. No lo quiere lejos. No ahora. No cuando todavía tiene los labios hinchados por él. No cuando la idea de que Riki se vaya es peor que cualquier regla y mecanismo de defensa que levantó en su cabeza por culpa de una mala relación.
La mano de Jake se mueve antes que su pensamiento: lo agarra por la nuca, firme y decidido, y lo devuelve a su boca. El beso está vez no es desesperado, es claro. Es un no te vayas. Es un quédate conmigo dicho con la lengua y no con palabras.
Riki exhala un sonido bajo que suena como un gemido, como si el beso le rompiera la poca resistencia y autocontrol que tiene. Sus manos vuelven a subirle por la cintura, lo ajustan, lo mueven con tanta facilidad que Jake siente como su miembro se endurece un poco más dentro de su pantalón. Riki lo atraen contra su cuerpo sin dudas, como si ese fuera el lugar natural donde Jake siempre debió estar.
Jake muerde el labio inferior de Riki cuando este intenta decir algo entre beso y beso. Lo muerde suave pero lo suficiente para robarle otro sonido
La tensión entre ellos se estira, caliente, vibrante, como si el aire alrededor se electrificara. Es Riki quien empieza a retroceder, a empujarlo suavemente hacia adentro, siguiendo el dibujo inconsciente del cuerpo de Jake. Sus bocas no se separan más que para respirar, y cuando lo hacen, Jake siente el aliento caliente del menor contra su mejilla, su mandíbula, su cuello.
La puerta del balcón se cierra detrás de ellos y vuelven a la fiesta. El cambio es abrupto: las luces tenues, el olor a alcohol, la música retumbando contra las paredes. Gente riendo, bailando y pasando vasos de un lado a otro. Jake parpadea desorientado, su mente tratando de procesar que está pasando.
Jake se muerde el labio inferior de forma inconsciente cuando Riki lo abraza por la espalda. El pecho amplio del menor pegado a su espalda, el aire tibio de su respiración en la curva de su cuello, la mano grande apoyada con suavidad en su abdomen trazando figuras sin sentido en la piel expuesta, todo junto hace que el calor dentro suyo suba.
Es bueno saber, y sentir, que entre él y el caos de alrededor está Riki, firme, sosteniéndolo sin apretarlo, cuidándolo como si fuera algo valioso. Eso es lo que a Jake más le gusta y aterra de la mirada y las acciones de Riki, se siente deseado pero también cuidado.
— ¿Dónde vamos? — murmura el menor contra su oído, suave, tan suave que parece que solo hablara como excusa para besar su piel.
Es un poco molesto lo fácil que es para Riki provocarle escalofríos. Jake deja caer parte de su peso contra el otro y lo escucha reír mientras afirma su agarre.
— No tenemos que hacer nada que no quieras …
El problema es que Jake quiere hacer muchas cosas con Riki, tal vez más de las que se espera para una aventura de una noche.
— Mi cuarto …— logra decir después de unos segundos.
Logra soltarse del abrazo del menor y lo toma de la muñeca con delicadeza, lo conduce por el departamento esquivando cuerpos y vasos. Nadie parece verlos, o tal vez a nadie le importa lo suficiente. Jake intenta no tropezar mientras avanza, siente el corazón latiendo fuerte en la garganta, Riki camina apenas unos pasos por detrás y cada vez que Jake se vuelve para asegurarse de que sigue ahí, aunque todavía lo tenga agarrado de la muñeca, se encuentra con la mirada del menor fija en él. Tan intensa que derrite.
El pasillo de las habitaciones está más vacío de lo que Jake esperaba, la idea de Jungwon de cerrar todos los cuartos con llave para espantar a las parejas realmente funcionó. Los únicos otros ocupantes son el mismo Jungwon apoyado contra su puerta mientras se besa con Sunghoon.
Cuando llegan a la puerta de su cuarto, la última al final del pasillo, Jake siente cómo el aire se le corta. Duda un segundo mientras saca la llave del bolsillo. No por miedo, sino porque sabe que está por cruzar una línea de la que no va a poder volver. Se gira para encontrarse frente a Riki una vez más, trata de creerse que realmente el japonés está ahí, que no es producto de su mente medio confusa por el alcohol.
Riki lo mira con ternura y deseo en partes iguales, apoya una mano contra el marco de la puerta y la otra la posa en su cintura, y Jake siente esa diferencia de altura quemarle la garganta. Esa sensación de sentirse pequeño, aunque es más alto que el promedio, pero no vulnerable. Esa sensación de sentirse querido y no sólo deseado.
— Decime que queres esto — pide Riki, suave, demasiado honesto.
Jake lo mira un momento antes de responder:
— Quiero — dice mientras empuja la puerta para que se termine de abrir y tomarlo por la nuca para besarlo. Es un beso desesperado, más vivo y algo torpe mientras terminan de entrar al cuarto.
Sus manos se pierden debajo de la remera negra de Riki, siente los abdominales firmes, la piel caliente. Riki gime bajo contra su boca, y ese sonido le incendia la columna vertebral. El calor trepa por su pecho como una ola imparable. Jake quiere más, quiere todo.
El cuarto está casi oscuras, apenas iluminado por la luz de sal que tiene en el escritorio. Y aun así puede ver el brillo en los ojos de Riki cuando se separan un segundo.
— Jake — susurra, con la frente apoyada en la suya.
— ¿Si, bebé?
El apodo se escapa con naturalidad de sus labios, tal vez por culpa de todas las veces que lo llamó así en su mente. Riki cierra los ojos apenas lo escucha, y Jake siente la reacción del cuerpo del menor: el temblor breve en sus manos, el pecho expandiéndose más rápido, la respiración que roza su boca.
Ahí lo entiende, él también puede afectar a Riki. La idea de poder desarmarlo con la misma facilidad le enciende una chispa en el abdomen.
— Te gusta que te llame bebe — provoca con una sonrisa
Cómo respuesta Riki le agarra la mandíbula con una mano cálida, grande, que lo guía con cuidado hacia otro beso. No es desesperado como antes, es más lento y profundo. Jake pasa los brazos por la nuca del otro y se derrite contra su boca cuando Riki lo carga sin problema.
No va a admitir nunca lo mucho que le excita la facilidad con la que Riki logra despegarlo del suelo, pero la sonrisa que se forma en el rostro del menor en medio del beso, le dice que ya lo sabe. Jake se aferra a sus hombros y enreda sus piernas en la cintura del otro, suspirando al sentir las manos de Riki recorriendo sus muslos.
El mundo gira un poco cuando Riki lo baja en la cama, el colchón cede bajo el peso de Jake y el australiano solo puede concentrarse en el menor parado entre sus piernas. La remera negra pegada al torso, el brillo de la luz calidad recortando sombras sobre sus rasgos, la expresión concentrada, hambrienta.
Jake traga saliva.
Riki se inclina despacio, pone sus manos a cada lado de las caderas de Jake y baja la cabeza hasta pegar la frente contra la suya, respirando ahí, compartiendo ese aire caliente que los separa de perder lo que queda de cordura.
— No sabes lo que me haces — murmura Riki, la voz baja, cargada de algo que no es solo deseo. Algo más blando. Más vulnerable.
Jake siente un vuelco en el pecho, uno de esos que te dejan sin equilibrio. Sus dedos recorren el borde de la remera de Riki y lo atraen un poco más, sin poder evitarlo.
— Mostrame — le susurra contra los labios, apenas un roce, un pedido que le sale sin filtros.
El menor exhala un sonido ronco antes de dejar un beso en la comisura de su boca y dejar un rastro de besos húmedos por su mandíbula y cuello. Todo con una dedicación lenta, como si quisiera grabarse la sensación de su piel. Los labios de Riki dejan un camino lento por el costado de su cuello mientras sigue descendiendo, Jake gimotea cada vez que la boca del menor toca un punto sensible. Sabe que está perdido cuando Riki tira del borde de su suéter hasta lograr sacarlo, sus ojos se oscurecen cuando queda en evidencia que Jake no lleva nada más debajo.
Una risa descolocada y nerviosa se escapa de los labios de Jake, el sonido se quiebra al sentir el mordisco apenas perceptible que deja Riki en el borde de su hombro. Al mayor le cuesta mantener los ojos abiertos, no solo por el placer suave que le recorre la piel mientras Riki sigue bajando, sino por lo mucho que lo afecta verlo así: arrodillado en el suelo, con la boca besando cada centímetro de piel disponible, sus manos desabrochando los botones del pantalón.
Jake no logra pensar demasiado cuando siente los dedos de Riki rozando la piel recién expuesta, como si estuviera comprobando que de verdad tiene permiso de tocarlo así, de verlo así. Él quiere decir algo, quiere romper esa tensión que lo está consumiendo, pero la voz se le queda atrapada cuando Riki baja la mirada hacia el pantalón abierto y lo desliza con una lentitud que lo vuelve loco, como si estuviera desenvolviendo un regalo.
El aire del cuarto está tibio, cargado del olor de ambos, y Jake percibe cada detalle con una claridad que lo sacude: el roce del cierre bajando, la yema de los dedos del menor rozando su cadera, el sonido breve de la tela cayendo al piso. Siente la piel erizarse cuando Riki vuelve a apoyar las manos en su cintura, firme pero cuidadoso, y lo acomoda un poco más sobre la cama, como si quisiera tenerlo en una posición perfecta para él.
— ¿Puedo? — murmura Riki, con la voz ronca. Está tan cerca que su aliento caliente choca contra el miembro duro y goteante de Jake arrancando un suspiro del mayor.
Jake no puede responder, siente la pregunta de Riki anclarse en su piel más que en sus oídos, una vibración tibia que le recorre el pecho y se le enreda en la respiración. Quiere decir sí, que por favor, que hace semanas … meses … que se imagina algo como esto sin permitírselo admitir ni en su cabeza. Lo único que logra es asentir apenas, con los labios entreabiertos y la garganta demasiado apretada para formar palabras. Abre un poco más las piernas sin darse cuenta, guiado por la presión de las manos de Riki y por la forma en que el menor lo observa, con esa devoción oscura que le hace aflojar el cuerpo.
Riki entiende el gesto enseguida antes de que pueda repetirlo. Cuando los dedos del menor lo rozan, ni directamente, sino apenas, siguiendo el contorno de su miembro, Jake siente que el aire se espesa. La sensación es tan delicada y tan intensa que lo obliga a apoyar las manos detrás de sí para no perder el equilibrio.
El primer contacto de la boca de Riki no es lo que Jake espera, es peor. Son pequeños besos por todo el contorno, como si estuviera probando cuánto puede jugar sin romperlo. Las lamidas suaves le abren un hueco caliente en el vientre que lo hace inclinar la cabeza hacia atrás. Riki sonríe cuando lo siente temblar, y eso parece empujarlo a ir un poco más. La lengua roza justo donde Jake es más sensible y la reacción es inmediata: un gemido lastimero se escapa de sus labios.
La calidez lo envuelve cuando la boca del menor se acerca todavía más, sube y baja tragándolo entero. Su propio cuerpo responde antes que su mente, empujando apenas su cadera, buscando un poco más de esa sensación increíble que le borra el mundo entero. Una de sus manos se enreda entre los mechones del cabello de la nuca de Riki, no para forzarlo sino como un ancla. Cierra los ojos abrumado mientras suelta pequeños jadeos que cada vez suena más lastimeros y al borde.
— Riki… — alcanza a murmurar con la voz quebrada. No sabe si quiere pedirle que siga o que pare, si quiere esconderse o entregarse por completo, pero algo en su tono suena tan honesto que hasta él mismo se sorprende.
Cuando Jake vuelve a abrir los ojos, el menor ya lo está mirando desde abajo, la expresión intensa, los labios húmedos e hinchados todavía alrededor de su miembro, la respiración agitada. Es una imagen que lo desarma, que lo envía al borde.
Una imagen que va a perseguirlo por semanas.
Jake siente que está peligrosamente cerca; el calor le sube como una ola rápida que amenaza con estrellarse sin aviso. Cada vez que Riki lo envuelve, cada vez que la lengua del menor roza ese punto que lo vuelve débil, su cuerpo responde con un espasmo suave que le avisa que no va a aguantar mucho más así. Y aunque la sensación es gloriosa, intensa al punto de marearlo, algo en su interior protesta, como si no quisiera que esto termine todavía, como si necesitara algo más profundo, más completo, más de Riki.
—Riki… pará un poco —murmura, apenas, con una urgencia suave que nada tiene que ver con incomodidad. Su mano tiembla en el pelo del menor, aflojando el agarre, como si quisiera pedirle que suba sin tener que separarlo del todo.
Riki entiende enseguida. Se desliza hacia atrás con un último beso suave, uno que le enciende otra clase de calor a Jake, y se incorpora apenas, apoyando una mano sobre el muslo del mayor. La piel les brilla a ambos bajo la luz tenue, y la habitación parece contener la respiración con ellos.
—No quiero terminar así… — admite Jake, con la voz baja y temblorosa. No sabe si es vergüenza o deseo lo que le tiñe las mejillas, pero no importa cuando Riki lo mira con esa mezcla de paciencia y hambre, como si todo lo que Jake dijera fuese importante.
— Está bien — responde el menor, y la sonrisa que deja ver es pequeña pero llena de intención. Riki se endereza más, inclinándose sobre él, y la sombra que proyecta sobre el cuerpo de Jake lo hace sentir todavía más expuesto y más deseado.
La mano de Riki sube por su muslo con un recorrido lento, ascendiendo hasta su cadera con una suavidad que contrasta con el hambre latente en su mirada. Jake siente un escalofrío recorrerle toda la espalda cuando el menor se inclina para besarlo, despacio, profundo, como si quisiera devolverle cada sonido que le robó con la boca. Jake responde sin pensar, aferrándose a esa cercanía, a esa calidez que lo sostiene.
Cuando se separan Jake se acomoda mejor en la cama mientras se estira para buscar la botella de lubricante que esconde entre la pared y la cama. Escucha como Riki aprovecha para desnudarse, voltea la cabeza cuando escucha el envoltorio del preservativo caer en la cama.
— ¿Estabas tan seguro de que esto iba a pasar o pensabas usarlo con alguien más? — pregunta mitad en broma mitad queriendo saber la verdad. Para la mala suerte de los celos de Jake, Riki es popular con los hombres y las mujeres.
El japonés sonríe de lado, una sonrisa leve y segura que parece esconder un secreto. Jake siente que el estómago se le aprieta un poco, un nudo cálido que no sabe si es celos, nervios o simple anticipación. Riki no responde, simplemente se estira y toma la botella de lubricante de su mano sin dejar de mirarlo.
Jake se ríe, en otro momento va a obligarlo a darle una respuesta, ahora se limita a recostarse mejor sobre las almohadas, abriendo las piernas apenas. No por obediencia ni por urgencia, sino por el impulso involuntario que le nace de quererlo más cerca, más encima, más suyo.
— Quiero que me digas si algo no te gusta — dice Riki mientras se acomoda entre sus piernas con calma. La cama cruje con el movimiento, y Jake vuelve a ser consciente de la diferencia de tamaño que hay entre ambos. — ¿Jake, me escuchaste?
— Si
Riki abre la botella con un clic suave, casi inocente, pero al segundo siguiente Jake siente el frío del lubricante en los dedos del menor rozándole la parte interna del muslo, y ese contraste le arranca un jadeo que no estaba preparado para soltar.
— Voy a ir despacio — murmura Riki, y el tono es tan bajo y tan cuidadoso que Jake siente que se le derrite algo adentro.
El primer toque es frío, un contraste que le arranca un suspiro involuntario, pero en cuanto Riki extiende el lubricante con paciencia, el frío se mezcla con el calor lento que asciende desde su columna. Jake se arquea apenas, sorprendido por cuán vulnerable y querido se siente al mismo tiempo.
Después viene el primer dedo, no entra de golpe ni empuja, solo presiona con suavidad, como si Riki estuviera leyendo cada reacción de su cuerpo para avanzar milímetro por milímetro. Jake respira hondo, los labios entreabiertos, y siente cómo el mundo se contrae. El movimiento es lento y cuidadoso. Jake aprieta los ojos, dejando salir un gemido muy bajo, uno que no suena sucio sino necesitado. La vergüenza no aparece, lo que siente en su lugar es una especie de entrega dulce, cálida, que lo hace aflojar los músculos sin pensarlo.
Riki deja escapar un murmullo ronco que lo hace estremecer.
— ¿Así? —pregunta, lo observa como si cada reacción de Jake fuera una respuesta.
— Así — apenas logra decir, tirando de él para acercarlo más. El menor se inclina sobre él siguiendo su pedido y deja un beso en su mejilla, un gesto suave que lo desarma.
Riki sonríe contra su piel y añade un segundo dedo con la misma paciencia, abriéndolo despacio, marcando un ritmo que no busca apuro sino profundidad. La sensación es más intensa, más íntima, y Jake deja escapar un jadeo ahogado mientras su espalda se curva ligeramente.
Cuando el tercer dedo se une, más profundo, más lleno, Jake aprieta su puño libre sobre la sábana. La respiración se le entrecorta, los muslos le tiemblan, y un calor espeso le sube por el cuello hasta las mejillas.
— Sos tan lindo — le dice Riki, con un tono tan honesto que arranca un lloriqueo.
Jake aprieta los dedos en la nuca del menor, sintiendo la piel caliente y los músculos tensos bajo sus manos. Su cuerpo responde sin filtro, elevándose un poco, buscando más contacto, más roce, más de esa voz que lo hace temblar.
Riki baja la cabeza, besa su cuello con ese ritmo lento pero hambriento que le enciende la piel, y Jake siente que se licúa, que cada parte de su cuerpo responde a ese contacto.
— Así… — murmura Riki contra su piel — Sos tan bueno, Jake. Tan hermoso así para mí.
Las palabras lo atraviesan. Le incendian el abdomen, le aflojan las piernas. Jake se aferra más fuerte a sus hombros y lo atrae, dejando su pecho completamente expuesto, ofreciéndose sin pensarlo. La respiración de Riki se acelera, y el peso de su cuerpo se acomoda sobre el suyo, presionando de una forma que le arranca un suspiro quebrado.
La mano del menor sigue moviéndose, cuidadosa pero intensa, y cada roce lo acerca más a ese borde cálido donde deja de existir el mundo. Jake siente que podría romperse del placer, de la tensión, del modo en que Riki lo mira entre beso y beso, con esa mezcla de hambre y devoción que lo vuelve tan vulnerable.
Y justo cuando cree que no puede más, cuando su cuerpo tiembla bajo las caricias y su voz se vuelve un susurro que no termina de formarse, Riki lo mira a los ojos, respira hondo contra sus labios y le murmura:
— Quiero estar adentro tuyo, bebé.
Jake no sabe cómo responde, sólo siente el “sí” escapando como un suspiro, como un impulso inevitable. Un “por favor” que le nace del pecho y se le derrite en la boca cuando Riki lo besa otra vez, lento, profundo, como si ese permiso fuera lo más importante que le hayan dado en la vida.
Riki retira sus dedos con cuidado, como si temiera causarle daño. Jake respira hondo cuando los pierde, la ausencia repentina crea una mezcla de vacío y necesidad que le sacude el abdomen.
El menor se incorpora apenas, buscando el preservativo a ciegas sobre la cama, pero sin dejar de mirarlo ni un segundo. Jake siente ese vistazo como un roce caliente, directo, que le eriza la piel. Riki abre el envoltorio y se pone el preservativo con manos temblorosas, y ese detalle, esa mínima torpeza, hace que Jake se derrita. Saber que él lo pone así, que él lo quiebra así.
Cuando vuelve a acercarse, Riki se coloca entre sus piernas, sujetándole la cadera con una mano firme, cálida, protectora. Jake siente el peso del cuerpo del menor sobre el suyo, la respiración acelerada que le golpea la clavícula, y su propio corazón salta de un modo que casi duele.
— Mírame — le pide Riki, suave, apenas un susurro. Y Jake obedece sin pensarlo.
El contacto llega despacio, un roce primero, apenas una presión tibia que lo hace contener la respiración. Jake lo envuelve con las piernas casi sin darse cuenta y lo empuja para que entre más. Levanta la cadera apenas, ofreciéndose, buscando ese avance que necesita.
— Está bien bebé —murmura, entrecortado — Seguí
Riki exhala como si hubiera estado conteniendo el aire esperando ese permiso. Y entonces entra.
Jake siente el estiramiento, la presión que se convierte en un abrazo desde adentro, una ola lenta que lo hace cerrar los ojos y arquear la espalda sin control. El mundo se reduce al punto exacto donde los dos cuerpos se encuentran, a ese lugar íntimo donde deja de ser una sensación física y se convierte en algo emocional y vulnerable.
El menor hunde la frente en su hombro, como si también necesitará apoyo. La respiración del menor roza su piel, caliente, irregular. Jake siente cómo tiembla contra él, cómo se contiene, cómo lo cuida.
— Decime si está bien… — susurra Riki.
Jake desliza las manos por su espalda, hunde los dedos en la piel caliente y lo acerca más, hasta que sus pechos se rozan.
— Está perfecto — logra decir, la voz le tiembla de emoción.
Riki avanza un poco más, despacio, llenándolo con una paciencia que lo desarma. Cada movimiento es una caricia interna, una expansión que le afloja los músculos y le enciende la parte baja del vientre con un calor que crece y crece. Cuando finalmente está del todo dentro, Jake suelta un gemido suave contra su boca, un sonido ahogado que no sabía que tenía guardado. El menor responde con un beso dulce, como si buscara calmarlo y agradecerle al mismo tiempo.
Permanecen quietos unos segundos, respirando el uno contra el otro, como si sus cuerpos intentaran acoplarse por completo antes de moverse. Jake siente cada latido de Riki, cada pequeña tensión de sus manos en su cintura, y algo en su interior se acomoda con una certeza nueva: no va a poder superar esto con tanta facilidad.
Cuando Riki comienza a moverse por fin, lo hace con una lentitud que roza la devoción y Jake siente que se derrite. Cada empuje es lento y medido, como si el japonés quisiera aprenderlo o memorizarlo. Jake lo siente en cada músculo, en cada espacio que el menor llena con una paciencia insoportable. Hay una dulzura feroz en la forma en que Riki lo mueve, una entrega no esperaba de alguien tan joven, algo que le hace arder el pecho más que el propio placer.
Jake suelta un suspiro que se quiebra en la mitad cuando Riki cambia apenas el ángulo, un toque mínimo que lo estremece entero.
— Ahí… —murmura Jake sin pensarlo, con la voz rendida.
Riki gime contra su cuello, un sonido bajo, como si ese susurro lo hubiera atravesado. Apoya la frente en su clavícula y empuja otra vez, exactamente desde ese lugar, y Jake siente un tirón caliente que lo abre de par en par. Su respiración se vuelve difícil, entrecortada, y sus dedos se aferran a la espalda de Riki como si tuviera miedo de que se alejara un milímetro.
El ritmo sube apenas. No es brusco, pero tampoco suave: es ese punto justo donde el cuerpo empieza a perder el control. Donde cada movimiento es una ola que lo levanta y lo deja caer sin aviso. Jake siente el sudor tibio en la nuca de Riki, el roce de sus caderas contra las suyas, el sonido húmedo y lento de sus cuerpos encontrándose, y todo eso se mezcla con una ternura que lo desarma.
Riki lo besa como si no pudiera evitarlo, como si cada vez que sus labios se separan necesitará volver a él. Jake responde torpe, hambriento, rozándole la boca en búsqueda de aire y, al mismo tiempo, de más contacto.
Cuando un empuje más profundo lo quiebra en un suspiro casi gemido, Riki lo sostiene por debajo del muslo, levantándolo un poco para acomodarlo mejor. El movimiento lo abre más, lo expone más, y Jake siente la garganta cerrarse por un segundo de pura vulnerabilidad.
— Sos tan bueno así… — murmura Riki, la voz densa, pegada a su mejilla — Tan bonito… no sabés lo que me hacés.
Las palabras lo atraviesan. Jake se arquea instintivamente, como si esa frase hubiera encendido una parte dormida de su cuerpo. Riki lo siente, lo sigue, se ajusta a él como si lo conociera desde siempre.
El ritmo sube otra vez, ahora sí un poco más urgente, como si el menor estuviera perdiendo la capacidad de contenerse. Pero incluso en esa urgencia hay una delicadeza feroz: una mano sosteniendo su pierna en el ángulo correcto, la otra sosteniendo parte de su propio peso para no aplastarlo, los labios persiguiendo los suyos entre respiraciones agitadas.
— Riki… — Jake jadea su nombre sin poder frenarlo, como si lo necesitara para sostenerse.
El menor gime contra su boca.
— Estoy acá —susurra Riki, casi suplicante — Estoy con vos.
Y Jake lo siente. En cada empuje, en cada roce, en cada palabra que lo deja temblando. Lo siente tan presente que se le afloja el pecho, que el calor le sube desde el abdomen y le estira los nervios.
Se aferra a él con fuerza, su visión se vuelve borrosa por momentos, todo lo que puede distinguir con claridad es el peso perfecto del menor alineando al suyo una y otra vez, es la voz quebrada de Riki repitiendo su nombre, llamándolo bonito, mío, diciéndole lo bien que se siente, que lo vuelve loco.
El calor que le sube por el vientre es lento al principio, como una llama tímida, y después se vuelve urgente, imposible de ignorar. Se enrosca alrededor de cada latido, lo estira, lo tensa, lo arrastra hacia un borde que no sabía que estaba tan cerca. Cada empuje lo lleva un poco más allí. Cada roce lo acerca como una marea insistente.
Jake intenta hablar, pero lo único que sale es un sonido ahogado, un pequeño gemido contra la boca de Riki. El menor lo sostiene más fuerte, como si hubiera entendido sin que hiciera falta decir nada. Levanta un poco más su cadera, lo alinea, lo aprieta contra él.
Y eso lo quiebra.
El mundo se contrae a un punto blanco. Un estallido tibio desde su centro que lo toma por sorpresa, que lo atraviesa de forma tan completa que arquea la espalda y tiembla, con los labios rozando los de Riki, lloriqueando su nombre como si fuera la única palabra que conoce. Cuando llega, cuando se entrega del todo, siente cada segundo de ese orgasmo como si estuviera grabado en su pecho a fuego lento. Y la parte que más lo asusta, es la claridad que viene con él.
No va a olvidarse tan fácil de está noche. No va a poder fingir que nunca pasó, y continuar su vida como si nada.
No va a poder.
Nunca.
Riki empuja una vez más, más hondo y lento, y su cuerpo también se estremece. Termina con la respiración caliente y agitada como si hubiera corrido miles de kilómetros, y con la frente escondida en el cuello del mayor.
Jake lo envuelve sin pensar, todavía temblando y tratando de volver a su cuerpo, mientras el menor respira contra su piel. Después de unos segundos, Riki se apoya en un codo y lo mira. Jake no sabe qué cara tiene, pero por la forma en que los ojos del menor se suavizan, debe ser algo transparente, algo demasiado sincero.
Riki se inclina y le da un beso lento, tan lento que parece una promesa.
— Feliz cumpleaños, Jake — susurra, con la voz ronca, llena de ternura.
Jake cierra los ojos.
Y piensa que sí.
Definitivamente nunca va a poder olvidarlo.
