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Las almas gemelas nacen con tatuajes idénticos que se vuelven visibles dependiendo de cada persona; a algunos les aparece apenas semanas después de nacer, ya otros, recién al cumplir los dieciocho. La cuestión es que siempre habrá alguien esperando por ti.
Sae se dio cuenta de que su hermano pequeño, ese que seguía rompiendo sus juguetes, era su alma gemela.
Debió decirlo.
Sus padres seguramente encontrarían una solución.
Era hermanos, ¿cómo es posible?
No quería ser raro con Rin, así que decidió fingir que esa marca no existía.
Con el pasar de los años se volvió muy bueno fingiendo, respondiendo con calma a su hermano pequeño cuando preguntaba por su alma gemela: “Ya aparecerá”.
No sabe en qué momento comenzó Rin, pero no dejaba de decir:
“Quiero que Nii-chan sea mi alma gemela”.
“¿Qué puedo hacer para que Nii-chan sea mi alma gemela?”
“Si Nii-chan no es mi alma gemela, entonces no lo quiero”.
Sae respondió a todo con un: “Estás siendo tonto”,
y ocultaba muy bien su tatuaje: una rosa con petalos rosados y espinas negras.
Irse a España fue casi un alivio.
Rin nunca lo sabría.
No es que necesitara un alma gemela tampoco.
Lo más probable es que Rin anduviera detrás de él de la misma manera, incluso si otro hubiera sido su alma gemela.
Cuando regresó, todo seguía igual.
Incluso Rin.
Seguía con los mismos ojos brillantes, llenos de admiración.
Y esa misma pregunta estúpida, con los ojos llenos de esperanza:
“¿Nii-chan… soy tu alma gemela?”
Sae había cumplido los 18 años; Era imposible que su tatuaje no hubiera aparecido para ese momento.
No podía seguir usando la excusa de no tener el tatuaje.
Pudo haber sido sincero.
Pero la sensación de estar atado a alguien era asfixiante.
Si su hermano pequeño ya era pegajoso, si supiera que eran almas gemelas serían aún más intenso.
Sae tomó una decisión por ambos: “No”.
La rapidez con la que cambió la expresión de Rin fue poética: parecía que había caído del cielo al infierno en un instante.
Sae creyó que el asunto terminaría ahí, bajo esa nieve fría, pero no. Rin siguió repitiendo esa maldita pregunta como si algo fuera a cambiar; Con cada respuesta, Rin se veía más demacrado y cansado.
Pasó un mes entero sumido en ese trance repetitivo de preguntas y respuestas. La respuesta nunca cambió, pero la frialdad con la que Sae la decía se multiplicó por cien.
Entonces Rin garabateó su tatuaje usando un cuchillo cualquiera de la cocina. Tuvieron que llevarlo a urgencias porque perdió mucha sangre.
Sae se repitió que todo estaba bajo control.
Se dijo que no le afectaba que el tatuaje de almas gemelas se hubiera vuelto irreconocible.
Rin, después de todo, no necesitaba ninguna marca para quedarse a su lado.
Rin nunca más mencionó a las almas gemelas.
Se volvió más pegajoso.
Más dependiente.
Como si temiera que algún desconocido viniera a robarle a su hermano mayor.
Lo inevitable sucedió.
Rin comenzó a sospechar.
Sae se preparó para que Rin se volviera aún más insoportable.
Pero no sucedió.
Rin se encerró en su cuarto.
Rin no hablaba más de tres palabras.
A veces parecía que estaba perdida en sus pensamientos.
Sae esperaba la pregunta… pero esa pregunta nunca llegó.
Por el contrario, lo que llegó fue:
“Isagi es mi alma gemela”.
Sae sintió que su hermano estaba haciendo un berrinche.
Pero todo cambió cuando conoció a ese tal Isagi y vio el tatuaje idéntico al que Rin y él tenían mismo.
No importaba qué tan parecidos fueran. Sae podía decir con seguridad que era falso.
Seguía teniendo su tatuaje; una simple imitación no podía engañarlo. Pero no podía decirlo sin delatarse.
Sae solo podía esperar a que la farsa terminara; era ridículo pensar que dos personas que no eran almas gemelas podían estar juntas.
Se equivocó.
Rin e Isagi se hicieron novios.
Se comprometieron.
Y se casaron.
Aquel hermanito molesto que había dicho que siempre estarían juntos se había olvidado de él.
Sae al fin se liberó de su empalagoso hermano.
Y cada día de su vida se la pasó esperando.
Esperando que Rin regresara.
Envejeció y siguió esperando.
Hasta que recibió la noticia de que Isagi se encontraba en el hospital, en un estado desalentador.
Viendo en la cama a aquel hombre moribundo que lo había suplantado, Sae sintió que se le cerraba la garganta.
"¿Por qué?"
Isagi hizo una débil sonrisa melancólica. "Gracias. Fui muy feliz... y perdón".
Sae se entumeció de pies a cabeza.
El secreto que había guardado toda su vida siempre había sido conocido por otra persona.
Otra persona que se atrevió a robar lo que le pertenecía.
"Rin lo sabrá. Apenas cruces al otro mundo se lo diré. Te odiará y te olvidará; todo lo que hiciste será en vano".
Isagi cerró los ojos y una lágrima se deslizó por su rostro.
Murió cinco horas después, a las 9:09 pm para ser exactos.
Sae movió su cuerpo envejecido hacia el hospital; iba a cumplir las palabras que le dijo a Isagi. No iba a permitir que Rin derramara una sola lágrima por ese impostor.
“Señor Itoshi, mi más sentido pésame… su hermano Itoshi Rin fue encontrado muerto junto al cuerpo de su esposo.”
La voz del doctor resonó como un ruido sordo.
“Falleció solo unos segundos después que el señor Isagi.”
Sae sintió cómo su mundo se derrumbaba. Negando con la cabeza, su cuerpo se movió hacia la habitación, queriendo verlo con sus propios ojos, pero fue detenido.
La voz de las enfermeras llegó:
“Escuché que algunas almas gemelas no pueden soportar la separación y fallecen juntas.”
“Qué romántico. Espero que hasta en el otro mundo puedan estar juntos.”
“No…” Sae gritó. “¡Soy yo! ¡Yo soy su alma gemela!”
Las enfermeras intentaron calmarlo sin dejar que entrara a ver a Rin.
“¡Suéltenme, debo decírselo a Rin! ¡Rin! ¡Rin! ¡Soy tu alma gemela! ¡¿Me escuchaste, Rin?! ¡¡Soy yo!! ¡Te esperé por tantos años, no me puedes dejar así! ¡Rin, vuelve!”
Pero Rin no volvió.
Rin se había ido para siempre.
Y nunca sabrá que Sae Itoshi era su alma gemela.
