Work Text:
El aula de pociones aún olía a error.
Un humo espeso, violáceo, se disipaba lentamente cuando el frasco se hizo añicos contra el suelo. El profesor estaba a punto de hablar cuando escuchó una voz… que no pertenecía a ningún adulto.
—¿…dónde estoy?
El silencio cayó como un golpe seco.
En el centro del aula, donde antes estaba Jamil Viper, había ahora un niño de no más de seis años. Cabello oscuro, demasiado grande para la túnica, ojos abiertos con una mezcla de confusión y alerta instintiva.
—¿Jamil…? —murmuró alguien.
El niño dio un paso atrás al escuchar su nombre, como si no le perteneciera.
—No… —dijo despacio—. Creo que no.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, algo se movió.
Meowstic apareció a su lado en un instante, interponiéndose entre el niño y el resto del aula. Sus ojos brillaron con una energía controlada, pero tensa. No atacaba. Advertía.
Un segundo después, Audino ya estaba arrodillado frente al niño, revisándolo con cuidado extremo, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese pequeño cuerpo tembloroso.
—¿Me van a castigar? —preguntó el niño en voz baja, agarrándose de la manga de Audino—. Yo… no hice nada malo…
Eso fue suficiente.
El aire se volvió pesado.
Desde el fondo del aula, Seviper deslizó su cuerpo hasta formar un círculo defensivo. Drapion golpeó una pinza contra el suelo, no como ataque, sino como aviso: nadie más se acerque.
—¡Esperen! —dijo Kalim, levantando las manos— ¡Somos nosotros!
No sirvió.
Hatterene se manifestó detrás del niño, su presencia invisible pero opresiva. La emoción dominante en el aula —sorpresa, curiosidad, nervios— se disipó de golpe. Solo quedó una sensación clara y punzante: protección absoluta.
El niño miró alrededor, asustado.
—Son… muy ruidosos —susurró—. No me gusta…
Meowstic bajó la cabeza apenas, suavizando la energía psíquica a su alrededor solo para él. El resto seguía bajo presión.
—Jamil —intentó decir Vil, con cuidado—. Tranquilo. Nadie va a—
Malamar apareció a medio metro de él.
Vil se detuvo de inmediato.
—…bien. No me acerco.
Nunca había visto a los Pokémon de Jamil así.
No era rabia.
Era instinto puro.
Rook observaba fascinado, pero incluso él mantenía las manos quietas.
—C’est impressionnant… —susurró—. Han decidido que el mundo entero es una amenaza.
El profesor dio un paso adelante.
Drapion giró la cabeza.
No atacó.
Pero el mensaje fue claro.
—Retroceda —dijo alguien—. Creo que… no podemos forzar nada ahora.
El niño apretó más fuerte a Audino.
—¿Ellos me van a llevar? —preguntó, señalando a los adultos—. No quiero irme.
Audino negó suavemente, emitiendo un sonido tranquilizador. Meowstic tocó la frente del niño con la suya.
—No pasa nada —murmuró Kalim, con la voz quebrada—. Jamil… estamos aquí.
El niño lo miró largo rato.
—¿Tú… me conoces?
Kalim sintió que algo le apretaba el pecho.
—Sí —respondió—. Mucho.
Seviper se tensó un poco, evaluándolo.
Hatterene no reaccionó negativamente.
Eso fue… permiso.
—Es increíble —susurró Azul—. No recuerdan órdenes. No recuerdan jerarquías. Solo… a él.
—Y lo que le hicieron sentir —añadió Idia desde atrás—. Su cuerpo será pequeño, pero su vínculo no.
El niño bostezó de pronto, agotado por la tensión.
—Tengo sueño…
Audino lo cargó sin dudar. En el instante en que el niño apoyó la cabeza en su hombro, la presión en el aula bajó un poco.
Pero no del todo.
Meowstic caminó junto a ellos.
Seviper y Drapion cerraron la retaguardia.
Hatterene permaneció cerca, invisible, vigilando cada emoción ajena.
Cuando salieron del aula, nadie los siguió.
Nadie se atrevió.
Porque todos entendieron algo esencial:
Ese no era solo un niño indefenso.
Era Jamil, sin recuerdos,
y sus Pokémon estaban listos para protegerlo
incluso de quienes decían querer ayudar.
