Chapter Text
La torre estaba tal y como la dejaron, pero sentían que habían atravesado un portal a otro mundo.
Victoria seguía dormida, pero esta vez no despertaría al amanecer, y Jack y Kirtash estaban sentados en la habitación, a oscuras, con los ojos fijos en ella. Los de Jack estaban húmedos y, en su mente, Kirtash lloraba también, lamentos silenciosos que Jack percibía con tanta claridad como si viera sus lágrimas.
Se habían despertado a la vez para descubrirse a salvo en la torre de Kazlunn. No los habían logrado separar y los habían traído a los tres juntos. Pero por mucho que la llamaran, Victoria no despertaba, y Jack y Kirtash también habrían deseado seguir dormidos.
Jack se había quedado de rodillas en la cama, sujetando la mano izquierda de Victoria, y poco a poco había acabado recostado contra su brazo y se había abandonado de nuevo a un agitado sueño. Kirtash, sentado en el suelo, observó sus manos entrelazadas, el tenue brillo verdeazulado de Shiskatchegg entre sus dedos, y pensó en marcharse, pero no había un solo lugar en el mundo en el que pudiera estar salvo aquella habitación. Su mano se mantuvo obstinadamente prendida de la de Victoria y no se movió un milímetro hasta que tuvo que esquivar a Jack.
El sueño de Jack no había sido peor que la realidad, y cuando despertó no pudo distinguir cuál había sido la pesadilla. Soñó con un Umadhún sin Sheziss y lo despertó el dolor de la escarcha envenenada en el centro del pecho y la presencia de una serpiente al acecho entre las sombras. Estaba demasiado débil para ganar, pero no para llevársela consigo. Saltó sobre el shek, que se deslizó hacia un lado con movimientos bruscos, como si estuviera herido. Cuando ya se disponía a atacar de nuevo, sus ojos se encontraron.
—... ¿Sheziss? —su cuerpo se relajó, aunque su corazón seguía latiendo con fuerza. Aún en sueños, su visión se aclaró momentáneamente, y reconoció al shek tras los ojos azules—. Ah, no… Kirtash.
Tras el golpe de adrenalina, sus músculos se destensaron lo suficiente como para que el sueño se lo llevara de nuevo. Se le cerraron los párpados y su mano apenas logró aferrarse a la pierna de Victoria justo antes de quedarse dormido contorsionado de cualquier manera en el suelo.
Cuando despertó de nuevo, los latidos de Victoria eran débiles aleteos bajo su oído, pero el movimiento de su pecho era profundo y constante, tan tranquilizadores que ni siquiera se preguntó cómo había llegado hasta la cama. La rodeó con el brazo con más fuerza, alzando la cabeza para rozar su rostro con la nariz, con la mejilla, con los labios. Después, como si se estuviera arrancando la piel, se separó de ella y se levantó, rodeando la cama hasta quedar junto a Kirtash, que, de rodillas en el suelo, sostenía la mano derecha de Victoria entre las suyas y tenía la mirada fija en la pared.
—Christian —lo llamó con suavidad—. Cambio de guardia. Ve a dormir.
No obtuvo respuesta.
"Christian", probó a proyectar en su mente. Kirtash, sobresaltado, se giró para mirar a Victoria. Después, alzó la cabeza hacia Jack.
—Yo la velaré mientras descansas —insistió, preocupado.
Kirtash sostuvo su mirada un largo rato y Jack se preparó para inmovilizarlo si era necesario. Hacía tiempo que había comprendido que los sheks no podían entrar en la mente de los dragones, al menos no contra su voluntad, y había aprendido a cerrar la suya a Sheziss, y ahora a Kirtash. Aunque lo cierto era que ahora no parecía estar intentando leer sus pensamientos; más bien parecía que solo lo miraba, y eso hizo que Jack apretara los dientes aún más. No lo atacó, no obstante, y finalmente volvió a recostar la cabeza sobre el colchón, ignorándolo.
—Christian —lo reprendió Jack.
—No voy a dormir.
Su voz no fue más que un suspiro. Jack se impacientó.
—Al menos túmbate en la cama.
Como esperaba, Kirtash no se movió, así que Jack fue a por uno de los sillones que había frente a la chimenea apagada. Lo colocó justo tras él y, cansado de intentar razonar, puso las manos a los lados de su torso y tiró de él hasta que logró que se sentara. Durante la maniobra Kirtash no desvió los ojos de ella ni un instante. Jack se los quedó mirando, pensando en irse, pero más allá de aquella habitación no había nada para él. Cogió otro sillón y lo colocó a los pies de la cama. Al cabo de un rato de pesado silencio, se levantó para encender la chimenea.
Con el rostro iluminado por la naciente lumbre oyó a Kirtash hablar por fin, en un murmullo.
—Debería haberte elegido a ti.
Sí, pensó Jack. Y después recordó el cuerpo de Kirtash, inmóvil, aplastado entre los anillos de Zeshak como un títere sin cuerdas, mirando sin ver mientras Victoria se acercaba a él para despedirse. El pánico de ese momento golpeó a Jack de nuevo. La expresión de Kirtash entonces era muy similar a la que tenía ahora.
Es cierto que hubo un instante en el que Jack estuvo convencido de que Victoria lo levantaría del suelo y cruzaría con él el umbral, dejando a Kirtash atrás, pero ya entonces había sabido que aquello no debía suceder. No podía suceder.
Se sentó de nuevo en el sillón.
—Nunca habría hecho eso. Él contaba con ello.
—No fui yo quien decidió que ella viviera —continuó Kirtash, sin oírlo—. Incluso eso lo ordenó él.
—No. Lo decidiste tú. Igual que yo decidí cumplir la profecía y enfrentarme a él. Igual que Victoria decidió salvarnos. —Jack se inclinó más hacia él—. Igual que nos han ordenado que nos matemos, y hemos decidido no hacerlo.
El aura de impasible resignación habitual en Kirtash dio paso entonces a una amargura que ensombreció sus facciones. Con ironía, se volvió para mirar a Jack.
—¿Igual que en los Picos de Fuego?
Sobre el colchón, su mano no había soltado la de Victoria. Uno de los dos temblaba.
Jack se estremeció. Seguía notando el dolor que lo había despertado unas horas antes, aunque no habría sabido decir si provenía de la vieja cicatriz obsequio de Haiass o de la pelea de aquella noche. Aún no estaba seguro de qué había pasado exactamente aquella noche.
Lo que sí sabía a ciencia cierta es que aún no se sentía del todo fuera de Umadhún. Era menos el tiempo en que estaba completamente seguro de encontrarse en Idhún que el que pasaba convencido de que nunca había salido de allí. Mirando a Victoria, ¿cómo iba a aceptar que aquello no era el Infierno? Pero lo que había ocurrido antes de que cayera a los Picos de Fuego era, sin duda, lo menos real de todo.
—Hace una vida de eso —suspiró tras un largo silencio.
La ira, los celos… la idea primero de odiar a Kirtash viéndolo solo como un hombre, como un rival amoroso, y después de odiar a Ashran en su lugar, todo para ser capaz de luchar patética e inútilmente contra su instinto. Ahora todo eso le resultaba absurdo, irrisorio. Viéndolo a él ahora, sujetando la mano de Victoria con reverencia, como si fuera lo único que lo unía a la vida; viéndolo de rodillas frente a ella, con la herida de Domivat en el estómago; viéndolo hablar con su padre, su dios, al que había traicionado y por el que había traicionado tantas veces… Se daba cuenta de que el asesino frío y despiadado al que había aborrecido toda su vida nunca había existido —muy a pesar, sin duda, de los incansables esfuerzos de Ashran y del propio Kirtash. Hacía tiempo que sabía que, si lo odiaba, era solo por una orden de los dioses, no por quién era ni por nada que hubiera hecho, y en esos momentos no estaba muy por la labor de aceptar la palabra de los dioses en nada, mucho menos de acatar sus demandas.
Tras una pausa, continuó con renovada determinación.
—Entonces no sabíamos lo que sabemos ahora. —Había tenido mucho tiempo de reflexionar sobre ello, y había alcanzado la conclusión más lógica, digna del alumno de una shek—. No te lo he dicho, pero me alegra que ganaras ese duelo. Si te hubiera matado yo, no habrías salido de Umadhún, y Victoria me habría matado.
Era la primera vez desde su regreso que Jack pronunciaba el nombre del lugar al que había apodado “el Infierno”. Algo en Kirtash cambió. Cuando alzó la vista de nuevo, pareció verlo por primera vez.
—¿Eso crees? —preguntó, y aunque a Jack su tono le resultó indescifrable, al menos supo que escucharía la respuesta.
—¿Estarías vivo tú si yo no te hubiera salvado?
La manera en la que Kirtash lo miró hizo que Jack se estremeciera.
—No.
Eso fue todo lo que dijo.
Ambos se volvieron para observar el rostro dormido de Victoria. El agujero de su frente absorbía toda la luz de la habitación, que debería haber estado bien iluminada por las lunas que apenas habían comenzado a menguar y sin embargo se encontraba en tinieblas.
Si la seguía mirando, Jack acabaría por entregarse a la desesperación, y tenía algo importante que decir primero. Victoria habría querido que lo dijera. Se volvió hacia Kirtash.
—Mira, Christian —el chico no reaccionó, pero Jack aún estaba seguro de que lo escuchaba—. Habría sido muy fácil que yo estuviera en tu lugar. Si los dragones hubieran sido desterrados en lugar de los sheks. Si me hubieran mandado a mí a matarte. A mataros.
Por fin había conseguido sorprenderlo lo suficiente como para ganar una reacción. Una de las cejas de Kirtash se enarcó un milímetro.
—¿Crees que Aldun habría podido provocar la Conjunción Astral? —preguntó, mirándolo de soslayo.
Jack decidió aprovechar la oportunidad de distraerlos a ambos, aunque fuera un instante.
—No, por supuesto, solo tu padre sería capaz de algo así —intentó bromear, aunque todas las palabras le sonaron extrañas, forzadas—. No sé si yo lo hubiera llevado mucho mejor que tú. Lo de la carrera de sicario alienígena. Habría tenido que hacer algo peor que volverme estrella del rock para lidiar con todo eso.
—No tocas mal la guitarra, pero te faltan la presencia y el carisma necesarios para mover a las masas.
Jack casi se rió.
—Porque Chris Tara es famoso por su gran carisma —dijo, cruzándose de brazos—. Y lo de la presencia no lo sabes. Cuando vuelvas a actuar, déjame subir al escenario un rato, a ver qué tal. A Victoria le hará ilusión.
Con tal de que abriera los ojos habría muerto mil veces, subirse a un escenario no era nada. Sobreponerse al dolor, lanzarse una y otra vez contra Ashran, no había sido nada. Tampoco había servido para nada.
Kirtash no sonrió. Jack quería llorar, abrazarse a ella, despertarla por cualquier medio… Pero Kirtash acababa de vivir algo incluso más terrible que lo que le había ocurrido a él. Pensar en eso lo distraía.
Victoria le había pedido que cuidara de él.
—Lo que quiero decir es que hicimos lo que teníamos que hacer. Y no es culpa tuya.
De nuevo, no había nada en los ojos de Kirtash. Solo un gran vacío.
—La llevé allí —dijo, con voz queda.
Jack se inclinó hacia delante y, muy lentamente, apoyó la mano en su brazo.
—No —insistió—. La dejamos aquí. Ella decidió ir.
Algo parecido a la claridad empañó los ojos de Kirtash. Por un instante, Jack creyó que había conseguido llegar a él, que lo había sacado del negro abismo al que había caído. Pero después, el shek se giró lentamente hacia él, y lo que vio tras su mirada era lo mismo que adornaba la frente de Victoria. Lo mismo que había visto en los ojos de ella nada más regresar de Umadhún.
—Tú no estabas inmovilizado —enunció Kirtash, con una voz engañosamente monótona, desinteresada—. Podrías haber hecho algo.
Jack se apartó de él.
—El Séptimo Dios me tenía cogido por el cuello, ¿qué querías que hiciera? —no fue capaz de procesar el giro de la conversación con suficiente rapidez. Todos sus sentidos estaban alerta, preparados para un ataque que, incomprensiblemente, no llegaba.
—Lanzarte otra vez contra él, hasta que el esfuerzo te matara —contestó Kirtash, como si fuera evidente—. O acercarte a Zeshak lo suficiente como para que te pudiera desgarrar sin soltar a su presa.
—¡Ashran no podía dejarnos morir! ¡No lo habría permitido! ¿Es que no entiendes lo que ha pasado?
—Entonces deberías haberte clavado a Domivat en el corazón.
Por fin, Kirtash se abalanzó sobre él. Eso era algo para lo que Jack sí estaba preparado. Rodaron por el suelo tirando ambas sillas a su paso y después se levantaron, ya en guardia. Sus espadas llenaron la estancia de nuevas y alargadas sombras.
Kirtash atacó.
—Nunca deberías haber regresado —casi gruñó, y en su rostro no quedaba rastro de impasibilidad, resignación o burla. Estaba encendido de fría cólera.
—¡Entonces estaríais los dos muertos!
En lugar de contestar, Kirtash lanzó un mandoble contra su flanco, que Jack esquivó de un salto, dando un traspiés al caer y chocar contra la mesa. En ese instante, olvidó por qué se había limitado a defenderse hasta entonces y blandió a Domivat con una fuerza nacida de la rabia y la desesperación que lo ahogaban por dentro. Kirtash alzó a Haiass y ambas espadas se encontraron. En el segundo en el que sus rostros, iluminados por los dispares brillos de las armas, se enfrentaron, Jack creyó percibir algo junto a la oscuridad de la mirada de Kirtash. Algo como el alivio.
Entonces Jack usó toda su fuerza para obligarlo a retroceder y aprovechó la inercia para asestar otro golpe dirigido a su estómago, que Kirtash desvió. Tras la impotencia de su última y fútil batalla, su espíritu se regocijaba ante aquella encarnizada lucha entre iguales. Cada vez que Kirtash se alzaba para encontrarse con él, para encarar cada golpe con un nuevo desafío, Yandrak se henchía de satisfacción.
Perdido en el júbilo de la batalla, Jack no se dio cuenta de que ganaba cada vez más terreno, de que sus ataques obtenían cada vez menos resistencia. Entonces asestó un golpe que lo transportó, por un confuso instante, a aquel día en la playa. Haiass hizo un ruido espantoso al chocar contra el suelo, similar al que había hecho al partirse en dos.
Fue entonces, cuando Kirtash dio un imperceptible paso hacia delante para quemarse la piel del cuello con el filo de Domivat, que Jack comprendió al fin lo que pretendía.
—Mátame —susurró, clavando los ojos en él como si quisiera plantar la orden en su subconsciente. Tan solo unos meses atrás, la mente de Jack había sido tan maleable como la arcilla, y tal vez habría funcionado; pero ahora, cuando Kirtash lo miraba a los ojos, no rozaba sus pensamientos. Solo su alma. Su orden, pues, se perdió en un ruego que Jack ignoró sin dificultad.
Sin desviar la mirada, apartó a Domivat de él. Ninguno hizo ningún otro movimiento.
La piel del cuello de Kirtash continuaba consumiéndose lentamente por la quemadura, que había pasado de ser una fina línea carmesí a una rosa marchita cuyos pétalos se abrían lentamente.
Había deseado tantas veces…
Pero no así.
—Solo ella puede matarte —fue su respuesta, mientras Domivat caía al suelo.
Sus palabras, aunque no fueron más que un murmullo, resonaron en la habitación. De pronto ya no estaban en la burbuja que se creaba a su alrededor cuando luchaban, dragón y shek unidos en su danza milenaria, sino en una fría habitación de la torre de Kazlunn en cuya cama yacía Victoria, respirando entrecortadamente. La vergüenza desterró cualquier otra emoción que pudiera sentir Jack. Recogió su espada, levantó las sillas del suelo y tomó la mano de Victoria entre las suyas como si tratara de disculparse.
—Si vuelve a intentarlo, no esperes que yo la detenga —continuó, sin girarse a mirarlo—. Pero mientras esté dormida, tú y yo tenemos que vivir.
Oyó como, a sus espaldas, las rodillas de Kirtash golpeaban el suelo.
Hipnotizado por el remolino de la frente de Victoria, Jack siguió hablando, casi para sí mismo.
—Cuando despierte, encontraremos la manera de seguir adelante. Los tres.
Kirtash dejó escapar un quejido, algo parecido a la risa.
—Los tres… —Pronunció cada palabra con esfuerzo. Le faltaba el aire—. La profecía se ha cumplido. Ya no somos nada. Nada nos une. No queda nada por lo que vivir.
Jack le dirigió una mirada que rozaba el desprecio.
—Vive por ella.
Seguía hablando más para sí mismo que para Kirtash.
Tras una pausa en la que se imaginó a Victoria despierta, lo que diría y lo que haría, se levantó y se arrodilló junto a Kirtash. La dureza había abandonado su mirada, sustituida por un brillo húmedo.
—Puede que ya no nos una la profecía, pero yo he hecho una promesa. Y pienso cumplirla.
Kirtash seguía sintiendo el impulso irracional de arrastrarse de vuelta a Ashran. De regresar a su misión, a su función, a su propósito en el mundo. O de pedir que le ordenara uno nuevo. Pero no se le ofrecía siquiera la paz de seguirlo en la muerte. Su propósito ahora era vivir. Soportar cada segundo de agónico dolor, hora tras hora, día tras día, esperando poder comprobar al final de todo que los ojos de Victoria no habían cambiado. Esperando hallar en ellos algo que le indicara que seguía teniendo un lugar a su lado.
Mientras, esos ojos permanecerían cerrados. Y él tendría que vivir.
De su mente se desprendían, como una avalancha, imágenes que no podía controlar. La Conjunción Astral distorsionada por el dolor que nublaba su visión, la diligencia de su entrenamiento, frías baldosas bajo su frente y sus manos, quemaduras y veneno mezclándose en su piel, la empuñadura de Haiass, las luces de los rascacielos en medio de la noche, el fuego de un dragón prendiendo en la distancia, unos ojos brillantes tras el cristal de un vagón de metro, el primer encuentro entre Haiass y Domivat, el instante en el que perdió la conexión con Shiskatchegg, gritos que helaban el alma, la caída a Limbhad, mil imágenes de Yandrak muerto a sus pies, una imágen de Jack cayendo sobre un río de lava, las tinieblas de sus ojos, el último beso de Victoria, la herida de Domivat, indistintas conversaciones compartidas en Kazlunn, miradas, sonrisas, Victoria dormida entre sus brazos, Haiass clavada en el pecho de su padre… Victoria desmayada con el agujero en el centro de la frente. Kirtash era consciente del canal que se había abierto entre su mente y la de Jack, pero el dique se había roto y no había manera de detener la corriente de agua que se derramaba de un lado a otro.
Muy lejos de él, más cerca de lo que había estado nunca, Jack también lloraba. Su rostro ardía tanto que podría haber convertido sus frías lágrimas en vapor, y el fuego de la chimenea se avivó con un rugido.
Kirtash no sentía lágrimas caer, pero supo que también lloraba. En ese momento, Jack y él sentían lo mismo.
Jack se dejó vencer por la gravedad, despojado de todas sus fuerzas, y su frente rozó el hombro de Kirtash. Solo imágenes de Victoria inundaban ya el canal entre sus mentes, fluyendo tan incontenibles como amargas, con la intensidad del amor transformado en duelo.
Victoria debía encontrarlos a ambos al despertar. Los encontraría a ambos al despertar.
Y entonces habría de nuevo tres almas en el mundo.
Pero para eso primero tenían que sobrevivir.
