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En aquellos tiempos, vivían un rey y una reina: Amadeus y Rosemary Prower, cuyos hijos —Zails, Miles y Tails— eran todos muy galantes y bonitos, pero el más pequeño de los tres era tan hermoso como el mismo sol y su pelaje resaltaba como el mismo, tanto que los pobladores acostumbraban a decir que el astro brillaba más en cuanto Tails Prower despertaba y asomaba su faz por la ventana cada mañana.
Cerca del palacio del rey existía un bosque grande y espeso por el que el trío de zorros solía pasear, reír y jugar; también en el interior del bosque había un estanque bajo un viejo árbol de lino, una fuente de agua cristalina que los tres hermanos visitaban cuando hacía mucho calor. Era entonces cuando Zails, Miles y Tails iban al bosque y se sentaban a la orilla del revitalizante estanque.
Mientras Zails optaba por recostarse contra el tronco del viejo lino para leer algún libro obtenido de la biblioteca de su reino, Miles prefería cepillar sus colas enredadas por actividad nocturna que nadie en su familia conocía. Tails, por otro lado, gustaba de trazar planos y dibujos en papel de pergaminos que su madre, gustosa, le regalaba.
Estos zorros también tenían obligaciones, por lo que en raras oportunidades solo uno podía frecuentar el estanque, mas eran mayores los instantes de caminata en grupo.
Así sucedió que, una vez, Tails anduvo a solas por el bosque, sujetando una libreta contra su pecho hasta que llegó al estanque y se dispuso a abrirlo; sin embargo, ocurrió que el lápiz que trajo consigo, y que tenía la firma de un importante inventor de su tiempo, se deslizó y fue a parar en el suelo, donde rodó hasta el agua.
Tails siguió el lápiz con sus ojos, esperó que se detuviera hasta que pudiera recogerlo, pero el lápiz desapareció en la profundidad del estanque y, por más que intentó, no logró alcanzarlo.
El vulpino se rindió tras unos minutos de revolver el agua de la fuente, tomó asiento sobre sus talones y suspiró apenado con la mirada baja, por pensar que podrían tratarlo de irresponsable o descuidado, apretó sus puños contra sus rodillas y reprimió un sollozo suave que conmovió a los animales que a su alrededor lo observaban con curiosidad.
Mientras se lamentaba en silencio con los ojos cerrados y las mejillas humedecidas, oyó un minúsculo chapoteo que capturó su atención.
En el estanque, un pequeño erizo azul movía sus patitas bajo el agua, y su cabeza se asomaba con esfuerzo durante los primeros dos segundos en un intento por nadar, antes de que empezara a hundirse tal y como su lápiz.
Tails se apresuró por recogerlo antes de que se ahogara, lo levantó entre sus manos y lo acunó con ayuda de sus colas para secarlo. El erizo parecía confundido, aunque en cuanto notó la mirada atenta de Tails sobre él, se relajó y trató de incorporarse sobre sus patitas.
Al zorro le pareció adorable que no lo consiguiera, por lo que lo ayudó y lo levantó en el cuenco de sus manos hasta que lo tuvo frente a su rostro. Tails se limpió rápidamente otra lágrima y sonrió ante el pequeño ser.
—¿Qué tienes, hijo del rey, que te lamentas tanto que me despertaste?
—¿Hablas? —Tails lo alejó unos centímetros antes de volver a acercarlo con fascinación, incluso miró a su alrededor para asegurarse de que era del erizo de donde salía la voz—. Mi nombre es Tails, soy hijo del rey Amadeus.
—Lo sé —asintió el erizo azul girando sobre su eje para ver el estanque y volver a notar a Tails—. Mi nombre es Sonic, ¿por qué lloras?
—Se ha caído al fondo del estanque un lápiz que suelo usar para escribir y planificar inventos que ayudarán al reino —le dijo sintiendo la tristeza regresar a su pecho.
—Deberías calmarte, Tails —sugirió el erizo, el cual dio otra vuelta para ver el estanque y se relajó en las palmas del menor—. Yo puedo sacarla por ti.
—¿De verdad? —El zorro se emocionó ante la idea y movió sus colas con entusiasmo.
—Sí, pero ¿qué me das si te devuelvo ese objeto?
—Ahora mismo no tengo mucho... —Tails rebuscó en el bolso que tenía a su lado y sacó unas piedras preciosas que le pertenecían a su hermano mayor de mal comportamiento—. ¿Te gustan?
—Tus piedras preciosas no me sirven de nada. —El erizo miró a Tails fijamente y trató de parecer más alto irguiendo sus púas y poniendo la nariz en alto—. Pero si me prometes amarme y tenerme a tu lado como amigo y compañero en tus juegos, sentarme contigo en tu mesa, darme de beber en tu vaso de oro, darme de comer en tu plato y acostarme en tu cama, yo te traeré tu lápiz del fondo del estanque.
Tails analizó un poco. Se trataba solo de un erizo pequeño, ¿qué daño podía hacerle? Y a comparación de sus hermanos, era el zorro que menos interactuaba con las personas o al que menos le prestaban atención, y este erizo le aseguraba compañía.
—Acepto. Te prometo todo lo que quieras, solo devuélveme ese lápiz, por favor. Es de gran valor para mí.
Y pensó para sí: "Qué agradable trato me ha hecho este erizo, que por un lápiz se ha ofrecido a estar conmigo".
Tails dejó al erizo en la orilla del estanque, el pequeño lo miró como si temiera de lo que estaba a punto de hacer, el zorro se inclinó para asegurarse de ver mejor el momento del rescate, pero Sonic retrocedió apenas puso una patita en el agua y corrió hasta esconderse entre las piernas del zorro, a gusto.
—¿Qué sucede? —preguntó el zorro preocupado por su nuevo amigo, lo tomó entre sus manos con delicadeza y lo abrazó contra su pecho, para satisfacción el erizo azul.
—¿Tienes algo con lo que me amarres para que me puedas sacar del agua?
—¿No sabes nadar? —preguntó acariciando sus púas. El vulpino rebuscó entre las cosas de su bolso hasta que sacó una delgada soga, lo suficientemente larga.
—Sí se nadar —bufó el erizo retorciéndose para que lo dejaran en el suelo—. Es por precaución.
El vulpino envolvió al erizo con la soga hasta culminar en un lazo que ató sin fuerza, Sonic dio algunas vueltas sobre sí y asintió al aire como si estuviera motivándose para sumergirse en búsqueda de un objeto que a él mismo no le era de relevancia.
—Suéltame sobre el agua —ordenó, Tails lo cargó hasta una distancia prudente de la orilla, sin que él mismo pudiera caerse y, antes de que el erizo le pidiera que haga una cuenta regresiva para poder respirar, lo soltó y se hundió en un santiamén.
Tails miró hacia el agua con las manos juntas, esperando que nada malo le ocurra al pequeño y que pudiera encontrar su lápiz como un diminuto héroe. Sin embargo, pasaron algunos segundos y nada ocurría.
El zorro incluso se tomó el tiempo para revisar un plano que dejó a medias el día anterior, y el erizo seguía sin salir. Ya con esos minutos contados, Tails se preocupó, así que tiró de la soga con rapidez hasta que vio a Sonic salir con la panza arriba y el lápiz en su boca.
—¡Sonic! —Tails lo levantó hasta recostarlo sobre su regazo para revisar su respiración y guardó el objeto de valor en su bolso—. ¿Estás bien?
En cuanto lo vio tambalearse por regresar a su postura normal, el hijo del rey sonrió lleno de alegría y volvió a acunarlo con cariño por ver su lápiz recuperado y parte de una promesa cumplida.
—Ahora te llevaré conmigo —dijo Tails con firmeza, pero el erizo se removió y negó con la cabeza.
—Puedo correr tan rápido como tú.
—Eres muy chiquito —insistió Tails y puso las puntas níveas de sus colas sobre el erizo para mantenerlo tibio. Sonic se acomodó complacido al sentir ese ligero peso sobre él—. No te dejaré atrás y cumpliré mi promesa.
Con ello dicho, se puso a andar por el bosque de regreso a su reino, donde su familia esperaba su llegada para dar inicio al almuerzo. Tails ingresó al castillo con cautela, el erizo parecía adormilado en sus manos, y el zorro no podía evitar acariciarlo de vez en cuando hasta que se sentó en la mesa con los reyes y sus hermanos.
—Aj. ¿Qué es esa porquería que traes ahí? —preguntó Miles, alejando su silla de la de su menor.
—No es una porquería, es un erizo —dijo Tails protectoramente, Zails apenas si levantó la vista para darse cuenta de su presencia, pero Miles continuaba con un ademán de asco.
—Hijo mío, ¿qué tienes ahí? —preguntó el rey Amadeus al notar la interacción entre los mellizos.
—Es un erizo, padre —repitió Tails mientras lo dejaba sobre la mesa, al lado de su plato dorado. El pequeño ojiverde estaba ahora envuelto en sí mismo como una pelota de púas—. Hoy estaba yo jugando en el bosque, junto al estanque, y se me cayó al agua mi lápiz firmado por el inventor Robotnik. Como lloraba, fue a buscarlo el erizo después de haberme pedido de promesa que sería mi compañero.
—Debes cumplir lo que has prometido, entonces —dijo el rey y dispuso que pudieran comenzar a degustar.
El erizo azul se asomó al plato de Tails con notorio interés, y aunque el menor de la familia aún podía oír a Miles hablar de las náuseas que le provocaba, lo obvió y con una cuchara más pequeña separó un plato para Sonic, el cual comió mucho de cuanto el vulpino le ofreció.
Estuvieron así hasta que Tails observó al erizo extenderse sobre la mesa, saciado, por lo que lo tomó entre sus manos una vez más y lo llevó hasta su dormitorio, donde lo colocó en el balcón de mármol en el que él mismo se apoyó con los brazos cruzados.
—Lo lamento si el comportamiento de mi hermano te ofendió —dijo con las orejas bajas. Sonic solo lo vio antes de convertirse nuevamente en una bola de púas que se deslizó por una tela al suelo y rodó hasta que llegó a las colas de Tails—. ¿Te gusta estar ahí?
—Son muy suaves —halagó Sonic. El ojiazul lo cargó y se dirigió a una mecedora, para que su nuevo amigo pudiera acurrucarse en el pelaje de sus colas sobre su regazo.
—Miles cree que son muy feas y esponjosas.
—Miles debería ir cerrando la boca, ¿no?
Tails rio por lo bajo. Sonic se revolcó un poco sobre las felpudas del zorro y pensó que era un espacio tan cómodo que era increíble no haberlo intentado antes. Tantas veces viendo a gigantes, y este era el único que le agradaba tan bien.
—¿Sí te agradecí por salvar mi lápiz? —preguntó Tails de repente, a Sonic lo sofocó recordar cómo estuvo por perecer ahogado, así que trató de escalar por el pecho del zorro para distraerlo—. Hey, una vez creé una plataforma de modelaje para los muñecos de Miles, pero él creía que era un mal hábito mío. ¿Te gustaría modelar ahí?
Sonic no tenía que pensarlo dos veces, si tan solo asentir le garantizó volver a ser atrapado en un abrazo contra el pecho cálido de Tails. El ojiazul desempolvó una pasarela de madera acorde al tamaño del erizo y la colocó en el suelo de su balcón.
—La decoré con girasoles. Creo que este te queda... —Tails tomó el sombrero de mago de algún muñeco perdido y lo colocó sobre Sonic—. Sí, ese es de tu talla... Con esta capa negra. ¡Pareces Drácula!
Sonic subió por los apenas visibles escalones y caminó lentamente hasta el extremo de la plataforma, los ojos de Tails brillaban de emoción, aplaudía como el único espectador y se inclinaba con la boca semiabierta, absorto por regresar a los juegos de su infancia.
Cuando Sonic posó al colocarse en diagonal, Tails abrazó sus colas y cayó hacia atrás con una sonrisa. El erizo se apresuró a correr y trepar por el vulpino para descansar sobre su pecho otra vez, y los brazos de Tails lo rodearon afectuosamente.
—Pensando en el estanque... También tengo aquí un trajecito de rana. —Tails lo levantó para que Sonic consiguiera verlo—. Lo cosió Zails para mí, a él le gusta mucho leer y coser cerca del fuego, quizá lo veas siempre con ceniza, Miles suele llamarlo...
—Ceniciento —interrumpió una voz contundente que obligó a Tails a tomar asiento y a Sonic caer sobre sus piernas—. Ni siquiera preguntaré qué estás haciendo, pero necesito que me seas útil por una vez más en tu vida y me ayudes a elegir entre dos abrigos. Tendré una cita sexual esta noche, así que debe ser fácil de quitarse.
—¿Por qué no se lo pides a Zails, Miles? —preguntó el vulpino ocultando la plataforma que usó para jugar con Sonic.
—¿Por qué? ¿Estás ocupado? —consultó despectivamente.
—Yo... Sí, un poco.
—¿Prestándole atención a ese parásito horroroso? Te espero en mi habitación, que no te tome más de dos minutos llegar que yo sí estoy bastante ocupado en cosas serias —siseó, Tails supo entonces que quizás lo vieron más de lo que esperaba. Exhaló entristecido, dejó a Sonic sobre su cama y se fue a ayudar a su consanguíneo.
Desde la habitación, Sonic podía aún escuchar a los hermanos interactuar, le resultaba increíble cómo un ángel armonioso y delicado como Tails podía ser pariente de un bichito quejumbroso y antipático como Miles.
—¡Es que no, Tails! ¿Tu crees que Scourge me va a esperar mientras me tomó media hora para quitarme este abrigo feo? ¡Se le va a caer el pene!
—Así que al fin sabemos el nombre del motivo de que papá haya reforzado la seguridad del castillo, ¿eh?
—¡Nadie te estaba hablando a ti, Zails!
—¡Miles! ¡No tengo tiempo! Dile a Scuar que la paciencia es importante. Estoy ocupado también.
—¿Cuidando a tu apestosa rata azul? Yo sabía que no tenías amigos pero tampoco pensé que estabas tan desesperado como para raptar animales del bosque.
—¡No estoy desesperado por nada, Miles!
—¿Pueden dejar de pelearse?
—No, Zails no podemos, porque entre nosotros creí que la idea era tener un príncipe azul, no una fea rata azul, pero como Tails al parecer ya se resignó...
—Nuestros padres van a escucharnos, chicos...
—¡Ojalá a Scuar se le caiga lo que dijiste y que no hagan nada toda esta noche!
—¡Ah! ¿Tú quieres que arroje a esa bola de grasa por la ventana, verdad?
Sonic se levantó de donde estaba en la cabecera de la cama de Tails y oyó que alguien forcejeó la puerta del dormitorio, pero en cuanto la abrieron, se cerró de golpe.
—¡La diferencia, Tails, es que yo no necesito refugiarme en el nulo cariño de una mascota porque yo sí tengo a alguien que me quiera!
—¡Suficiente! Respiremos...
—Ojalá trabajaras igual de rápido como mueves la boca, Miles.
Pasaron unos cinco minutos de gritos lejanos hasta que unos pasos apresurados se volvieron a aproximar, aunque esta vez fue Tails quien entró a la alcoba y se recostó contra la puerta al cerrarla tras de sí.
—Lo siento —susurró de camino al borde de la litera, el cobalto corrió como pudo hasta él y frotó su cabeza contra el zorro—. Creo que me rebajé un poco a su nivel, Sonic... Pero yo quiero mucho a mis hermanos, no podría imaginarse sin ellos, y espero que ellos me vean igual.
—Yo te llevaré a conocer países enteros y habrá mucha gente que te ame, Tails —dijo el erizo con decisión—. Esa será otra promesa.
—Claro... —Tails sonrió tímidamente mientras acariciaba al erizo azul, la poca luz de la noche próxima ingresaba por el balcón e iluminaba el rostro del ojiazul de tonos platinos, sus ojos brillaron de nuevo, pero antes de que pudiera ocultarlo, una lágrima se deslizó por su mejilla y goteó sobre la cabeza de Sonic, quien lo miró con pesar.
—¿Por qué lloras, hijo del rey?
—Yo también quiero un príncipe azul —respondió. Sonic lo vio dirigirse hasta el balcón y dejar que la brisa fresca acariciara sus pinceles y meciera su flequillo. El erizo llegó hasta él con esfuerzo, Tails lo notó a su lado y lo levantó entre sus manos, hasta la altura de sus ojos zafiro.
—Y lo tendrás, Tails.
—Creo que has sido una buena compañía hoy, Sonic. —El vulpino esbozó una sonrisa capaz de ablandar el corazón más endurecido, y se fue a acostar a su lecho con el erizo a su lado, en la almohada, tal como había prometido en un comienzo.
Pero la noche era larga, aunque Sonic pasó minutos enteros apreciando cómo la respiración de Tails se suavizaba en cuanto cayó en un profundo sueño, y cómo sus orejas se sacudían de vez en cuando contra la almohada, el erizo saltó de la cama y decidió salir del cuarto por una abertura en la puerta.
El objetivo principal era encontrar un regalo que alguien como Tails mereciera ver apenas despertara por la mañana y el sol le diera la bienvenida por un nuevo día. Siendo un ser lleno de simpatía, alegría y amabilidad, parecía una tarea complicada; sin embargo, mientras daba diminutos pasos por los pasillos del castillo, descubrió un jarrón lleno de girasoles vibrantes cuyos pétalos dorados ahuyentaban la oscuridad e irradiaban vida.
Sonic pataleó empujando la mesa hasta que las flores cayeron, pero una vez que las tomó en su hocico, corrió de regreso a la habitación de Tails, procurando no arrastrarlas tanto para que conservaran su vitalidad.
—Scourge está por llegar, yo no debería estar haciendo estas estúpidas tareas. —Miles subió por las escaleras para llevar los libros de su madre a la biblioteca del castillo, pero sin poder ver por su camino, pateó a Sonic, quien no soltó los girasoles pese a haberse revolcado y con la imposibilidad de poder levantarse.
Miles dejó, exasperado, los textos en una mesa cercana y buscó con la vista al culpable de su tropiezo. Sonic continuaba esforzándose por volver sobre sus patitas y llegar al cuarto de Tails, pero en cuanto el azabache lo vio, lo tomó como si fuera una simple pelota y pisó fuerte hasta llegar al cuarto de su hermano menor.
—¡Tails!
El vulpino despertó de golpe ante el grito, palpó a su lado pero no consiguió encontrar a Sonic. Estuvo a punto de preguntar a Miles si lo había visto, hasta que lo nostó en la mano izquierda de su superior, aún con las flores en su boca.
—¡Cuida mejor a esta rata asquerosa! —continuó y tiró al erizo contra la pared opuesta con todas sus fuerzas.
Tails se levantó al instante mientras su hermano se iba. Sonic dejó caer los girasoles por el impacto y permaneció tendido en el suelo, hasta que poco a poco se encerró en sí mismo, aparentemente adolorido.
—¡Sonic! —El vulpino se arrodilló frente a él con nerviosismo. Angustiado, tomó al erizo azul entre sus manos y sus ojos se cristalizaron temiendo que se haya herido más de la cuenta debido a que el cobalto no se movió de su lugar, solo tembló y continuó encogiéndose.
Tails alzó un poco al pequeño y le dio un beso en su cabecita, las lágrimas desbordándose por sus mejillas, pero en el instante en el que sus labios tocaron al erizo, este emitió un resplandor dorado, y la luz pareció brotar desde su interior.
Desconcertado, el zorro observó apenas cómo su piel tosca comenzó a tensarse, a suavizarse, sus extremidades antes cortas se estiraron en firmes piernas y brazos; el brillo viajó por cada rincón de su cuerpo, moldeando su torso, su rostro y sus púas hasta que el último rastro de lo que Tails conocía se desvaneció.
Por un instante, quedó suspendido en el aire junto a un silencio encantado, el zorro contuvo la respiración mientras retrocedía un poco. Luego, como una brisa más, el brillo de la magia se disipó y ahí donde antes había un erizo pequeño que cabía entre las manos de Tails, ahora había un erizo antropomórfico de porte noble, que se miraba a sí mismo con el eco de la transformación aún vibrando en su cuerpo.
El erizo azul miró a ambos lados hasta que recordó que el zorro se había arrodillado por él, así que de inmediato le ofreció una mano para ayudarlo a ponerse de pie. El menor quiso articular una palabra, pero solo titubeó hasta que se pudo sostener y parpadeó como si esperara que haya sido su imaginación y no su anhelado deseo.
—¿Sonic?
—¡Tails! —Sonic cargó a Tails por la cintura y dio una vuelta entera, entusiasmado—. ¡Gracias! No habría podido salir del encantamiento de esa mala hechicera si tú no me hubieras sacado del estanque. Y gracias por ser tan gentil conmigo, nunca nadie lo había sido.
—No... no sabía —respondió el vulpino, pero sacudió su cabeza para reaccionar apenas Sonic lo dejó sobre el suelo y casi saltó de regreso para darle un abrazo al más alto.
—Tengo tantas cosas que debo hacer, Tails, tanto por ofrecerte a ti en recompensa y tanto por querer decirle a la cotorra de tu hermano.
El menor rio, los ojos esmeraldas de Sonic se perdieron entre los zafiros del zorro, quien se paró de puntillas para poder tocar la frente del erizo con la suya, aunque el cobalto besó su flequillo dos segundos después.
Mientras tanto, los reyes estaban en una cena en el salón principal, Rosemary acababa de contar sobre una anterior exposición de Zails en el centro del pueblo, Amadeus oyó atentamente y apenas si había cortado un pedazo de carne para llevarlo a su boca cuando vio bajar por la escalera que daba a las habitaciones de sus tres hijos a Tails y a un completo desconocido, ambos sonrientes y apresurados.
—Señor Amadeus, señora Rosemary —saludó Sonic, solemne, tras hincar una rodilla en el suelo a lado de la silla del rey—. Vengo ante ustedes como un hombre de corazón rendido para solicitar la mano de su menor hijo, Tails.
—¡Su mano! ¿Pero...? ¿Cómo...? ¿Cuándo...? ¿De dónde ha salido este jovencito? —se alarmó el rey Amadeus, su tenedor cayó a la mesa y se incorporó sobresaltado de inmediato en su asiento.
—Mi nombre es Sonic, del reino The Hedgehog —se presentó—, y prometo amar a Tails con fidelidad inquebrantable, protegerlo con mi vida y pensar en su bienestar antes que en el mío. No encontraré en nadie la dulzura y amabilidad pura que su hijo me ha ofrecido y que me ha librado de un maleficio.
Nada más de saber que se trataba de un príncipe, Amadeus levantó las manos y ordenó que así sea. Tails corrió a abrazar a su mamá y regresó a su padre para agradecerle con una reverencia por la disposición suya de permitir que se comprometiera. Sonic lo tomó en sus brazos una vez más y quedó marcado que por voluntad de los reyes que fuera de Tails su querido compañero y esposo.
—Dije que te llevaría a conocer países enteros, y así será, Tails —dijo el ojiverde, sería una cuestión extraña de explicar para los hermanos del menor, pero Sonic moría por ver la reacción de Miles cuando, al día siguiente, Tails partiera a su lado como su consorte listo para regresar al reino que esperaba al cobalto con ansias.
Durmieron en la habitación del ojiazul hasta el otro día y, en cuanto salió el sol, se dio una despedida apropiada para el menor de la familia en su viaje temporal. La pareja subió a un coche tirado por siete caballos blancos con riendas de oro, Tails se apoyó en el hombro de Sonic con alegría tras agitar una mano para despedirse de sus padres, los reyes, y de sus hermanos.
Especialmente de sus hermanos, porque esa misma mañana uno de los caballeros más fieles de su padre, físicamente semejante a Sonic, había comunicado que capturó al intruso que se escabullía todas las noches por una torre hasta la habitación de Miles, así que "alguien" iba a hacer una visita al calabozo y otro "alguien" iba a darle una recompensa a ese caballero.
Pese a ello, al concluir que su felicidad y la de su familia estaban aseguradas, no pudo haber imaginado un momento mejor, y cada vez agradeciendo más el estanque profundo y cristalino, donde se conocieron él y el príncipe erizo.
