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Corren, corren y siguen corriendo. Las van pisando los talones, será difícil quitárselos de encima, lo saben bien, no dejarán de perseguirlos hasta que los alcancen y los hagan pagar, el pecado que cometieron no puede quedar impune. Pero tuvieron que hacerlo, solo así la salvarían, solo así ella viviría.
Ve a Beu detenerse, quiere gritarle que debe seguir corriendo, escapando, sobreviviendo, pero la mirada que le lanza la mujer lo hace detenerse, solo un segundo, puede permitirse un segundo para contemplarla una última vez. Ambos saben que ya no tienen mucho tiempo, alguno debe quedarse a retrasar a sus perseguidores, el otro deberá correr, cumplir con su objetivo. Para que ella pueda vivir.
Traga el nudo en su garganta, sabiendo que no hay tiempo para decir adiós, ella asiente firmemente, le da una última sonrisa – cuánto amó esa sonrisa – y se va en dirección contraria a la que debe ir él. Observa su cabello perderse entre los matorrales, un destello final de quien fuese su compañera. Suspira, y luego se va.
No pasa mucho tiempo antes de que escuche el sonido de la batalla. Sabe que detrás de ellos venía la élite de su ejército, hay mucho en juego como para que los sacerdotes se permitan perder la carga que ellos llevan; pero Beu no era general por ser bonita, ella era lo mejor de lo mejor del ejército; el hecho de haberse quedado a pelear les da mucho más tiempo para que él pueda escapar. De haberse quedado en su lugar, solo habría hecho el ridículo.
Por fin sale de las garras de la sofocante selva, se ha alejado ya de la batalla, pero parte de su corazón se quedó atrás. Traga el nudo en su garganta, demasiado ocupado para llorar su pérdida – porque sabe que ella ya está perdida – se dirige ahora en dirección del río, donde la última esperanza yace en la solitaria canasta que fabricó, con la esperanza de que su truco funcione y esconda el vestigio que lleva entre sus brazos.
Tropieza, a su mente ha llegado el fulgor de una vida que se acaba; sus pies apenas lo mantienen arriba, sus ojos se nublan con lágrimas que no puede contener. El cosmos de Beu se despide de él, cruel juego de los dioses que la primera y única vez que pudo sentir el cosmos de alguien, fuera el de su amada en un adiós que no escucha, pero siente. Junto al cosmos de la mujer, otros tantos se desvanecen, pero él no los lamenta; ella cumplió, le dio tiempo, le quitó de encima a las molestias principales. Pero pronto vendrán reemplazos, y ya nadie puede comprarle un segundo más.
Pasa los manglares que bordean el río, su piel llena de rasguños y ronchas por todas las plantas que lo arañaron en su intento por llegar a su destino. Se detiene un momento al margen del caudal, jadea pesadamente, sus ojos buscan por todos lados a su creación, un risible intento de canasta, la halla a no más de 3 metros de donde está, y corre a su dirección.
Dentro de la canasta está otro de sus pecados, un bebé inocente que robó, en reemplazo del suyo. Debía buscar una distracción, y este pequeño desdichado fue la solución más rápida. Por fin, en un momento sorprendente de calma y ternura, desenvuelve el bulto que lleva en sus brazos, mostrando a una bebé regordeta y agitada, gimotea y mueve sus extremidades en todas direcciones, sintiéndose por fin libre de las mantas que la mantuvieron cautiva.
Hay tanto que quiere decirle, pero no puede. En su corazón, ruega a los dioses por que le permitan seguir viviendo, sacrificaron tanto para poder darle la vida, que sería una pena que no pueda sobrevivir de esto. Con un beso en la frente que quiso nunca terminar, deja a la bebé sobre la canasta, cerrándola con la pequeña tapa que le creó, poniendo el popote de madera hueca en el único orificio que le hizo, para que pudiera respirar.
Se supone que en cuanto hunda la canasta, el cosmos residual que su esposa le puso, creará un sello que mantendrá a su bebé a salvo del agua y le concederá un modesto camuflaje, el popote le permitirá respirar, y el río la llevara lejos de aquí, hacia las comunidades colonizadas, tal vez alguien la encuentre, tal vez pueda vivir.
Con todo el pesar de su alma, sumerge el transporte en el río y le da un empujoncito. El caudal está rabioso, y se lleva con prisa a su preciado tesoro; a los ojos de cualquiera, solo es un pequeño tronco flotando en el río, incluso para él, la cesta ha desaparecido y no logra encontrarla, mas que por el tronco que flota de forma chistosa.
Se traga las ganas de seguir la embarcación, ya no deben tardar en llegar sus perseguidores
– Cuídate, Zyanya. Papá te ama.
Regresa a la orilla del río, toma al recién nacido entre sus brazos. La criatura llora a todo pulmón, tal vez ya sabe lo que le espera. Se sumerge en las caudalosas aguas, susurra una última plegaria de perdón hacia la vida que está por tomar, y deja que el agua haga el resto.
Tal vez los dioses lo eximan de sus pecados.
