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something good (reprise)

Summary:

—Robby —se quejó Frank—. Amor de mi vida, luz de mis ojos. ¿Realmente pretendés que sobreviva con el café horrible y el almuerzo de microondas que apenas se puede tragar del comedor del hospital? ¿Yo, a quien juraste amar y proteger hasta que la muerte nos separe, etcétera?

—¿Fui yo?

—Mirá, espero que sí, porque si no, no tengo idea de con quién me casé el otoño pasado.

O: Frank llega a casa después de un día infernal, y Robby ayuda a mejorarlo.

Notes:

ADVERTENCIA: esta historia está traducida al castellano rioplatense porque soy argentina y se me hace muy poco natural escribirlo de cualquier otra manera. no es exclusivo para esta región, obvio, e intenté mantenerlo lo más neutro posible, pero sí se tratan de vos en lugar de tú y usan (algunos) modismos argentinos, por lo que si no es algo que particularmente te guste leer, estás avisadx <3

volvieron los icónicos, los únicos, franquito langdon y roberto robinavitch. espero que les guste!!!!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Frank tuvo un día de mierda.

Estaba lloviendo a cántaros cuando llegó al hospital, por lo que tuvo que sacudirse lo mojado como un perro, ganándose una mirada asesina de Dana. La humedad ya había traspasado las paredes, y todo lo que Frank tocaba estaba un poquito húmedo, sin importar qué. Luego, había un agujero en el bolsillo de su ambo, lo que solo se enteró cuando Emma le ofreció el paquete de chicles que había perdido alrededor de las nueve de la mañana, una de las gomitas de pelo de Penny y su lapicera favorita.

También había habido la cantidad usual de torpezas esperables para un departamento de Emergencias, y la lluvia era la cereza del postre. Frank era el único médico adjunto esa mañana, con Shen con licencia por enfermedad, y le estaba costando una barbaridad coordinar con los rotantes que aún estaban en proceso de acostumbramiento al hospital y que insistían con presentar todos los casos con él — ni hablar de que podían elegir a tres residentes senior que eran tan capaces como él para guiarlos. Encima de todo, tuvo que separar dos peleas en la sala de espera, se resbaló en un charco de sangre, golpeándose los nervios expuestos del codo contra un escritorio, un niño resfriado le estornudó encima (con mocos y todo), y tuvo que cambiarse los guantes tres veces porque se le rompieron cada vez. Malditas manufactureras que elegían látex barato.

Entrar a su casa fue un alivio.

—Uhh —dijo Robby despacio, quitando la mirada de su libro. Estaba sentado en el sillón, tentador en su comodidad—. ¿Día difícil?

Frank se sacó las zapatillas, asintiendo, para frenar por un segundo y mirar el pequeño charco de agua que se estaba formando bajo sus pies.

—Día de mierda —replicó con un suspiro. Más tarde podía poner un trapo en el piso—. Necesito una ducha.

—Pensé que te habías duchado en el hospital.

—Así fue —dijo Frank, cruzando el espacio que los separaba—. Por eso mismo necesito otra ducha.

Dicho eso, procedió a tirarse encima de Robby sin mucha parsimonia, y todo aquello que extrañó durante el día volvió a él de una sola vez: calidez, el reconfortante ritmo de un corazón que no se encontraba taquicárdico ni asistólico y, de fondo, esa sensación envolvente que era simplemente Robby.

Frank soltó un sonido de satisfacción.

—Me estás mojando —se quejó Robby, pero aún así lo dejó acomodarse en su regazo.

Su respuesta se vio amortiguada por la tela suave del pantalón de Robby. —Echame, entonces.

—No puedo —respondió éste con solemnidad—. Tu nombre figura en el contrato de alquiler. Además, probablemente contaría como abandono de persona, dejarte solo con este frágil estado mental que presentás después de haber estado trabajando todo el día.

—Básicamente un crimen por omisión.

—Exactamente. Estoy demasiado viejo como para ir preso.

—Mmm—. Frank se giró levemente, de manera que podía seguir tumbado encima de Robby, pero también mirarlo—. Podrías ser líder de una banda, eh. Tenés suficiente carisma. Podrías encantar a los presos.

—Y tengo algunos tatuajes. Encajaría justito con los asesinos seriales.

—...Digamos que un par de frases en latín no son realmente intimidantes, pero bueno, si es pasto para tu caballo…

—¿Y ese refrán?

Frank bostezó, moviendo una mano con un gesto. —No sé, debe ser un dicho del campo. Tendría que preguntarle a Whitaker. Él sabría decirnos.

Robby asintió. Había dejado su libro a un costado apenas el cuerpo de Frank se había pegado al suyo, y su mano estaba acariciando su cabello suavemente, sus dedos pasando por los mechones mojados. Frank estaba casi seguro de que olía a lluvia y el terrible shampoo 3-en-1 que había en el hospital, pero a Robby no parecía importarle.

—¿Y vos? —dijo, dejándose acariciar—. ¿Qué tal estuvo tu día?

—Bien —respondió Robby, una sonrisa abriéndose paso en sus labios. Su dedo índice comenzó a dibujar las líneas del rostro de Frank—. Dormí hasta casi las nueve—

—¡Eso! —lo aclamó Frank. Que Robby durmiera hasta más de las siete era una hazaña – casi las nueve era un milagro.

—Después fui a almorzar al café que nos gusta –¡ah! Milena te manda saludos– y después volví y me puse a ordenar un poco. Hice de Esperancita un rato.

—Y sos tan bueno en eso —dijo Frank en tono de burla.

Robby estiró el lóbulo de su oreja en protesta. —Y después salí a caminar un poco, porque mi psicóloga insiste en las maravillas de algo llamado aire fresco y estar presente, aunque sabrá Dios qué será eso.

Robby comenzó a masajear el punto de tensión en la mandíbula de Frank, haciendo que sus ojos se cierren. —Mm, sí, creo que he oído hablar de algo así.

—Y después volví, me bañé, me recorté la barba, me senté a leer, y esperé a que volvieras a casa.

Aunque el tono de Robby fue burlón, Frank podía oír el cariño que se escondía detrás de él. No pudo evitar sonreír.

—Bueno —dijo, estirándose como un gato perezoso— tu espera ha acabado, mi cielo, porque ya estoy acá.

Frank encontró a Robby mirándolo con humor. Su mirada suave y su piel, sonrojada del rosa más bonito, se encontraban iluminados por el sutil resplandor de la lámpara, que lo pintaba en todos sus mejores ángulos. Frank se levantó apenas, para que pudieran estar cara a cara.

—Acá estás —susurró Robby—. Hola.

—Hola —respondió Frank, y lo besó.

Sus labios se encontraron con familiaridad, y Frank se permitió dejarse llevar, sólo por un momento, por lo maravilloso de cómo un gesto tan simple podía hacer que todo a su alrededor se desvaneciera; cómo podía sentir su cuerpo bajar sus revoluciones, sus músculos deshaciéndose de la tensión del día, su corazón latiendo con un ritmo tranquilo y casi perezoso.

Ah, la magia del amor.

—Sabés —dijo cuando se separaron— algo de tus actividades del día me preocupa.

—¿Ah? —preguntó Robby.

—En ningún momento mencionaste haber cocinado —dijo Frank, haciendo puchero—. Ni tampoco veo ninguna indicación de que haya intenciones de cenar. Me preocupa, ¿me entendés?

—¿No comiste en el comedor?

Robby —se quejó Frank—. Amor de mi vida, luz de mis ojos. ¿Realmente pretendés que sobreviva con el café horrible y el almuerzo de microondas que apenas se puede tragar del comedor del hospital? ¿Yo, a quien juraste amar y proteger hasta que la muerte nos separe, etcétera?

—¿Fui yo?

—Mirá, espero que sí, porque si no, no tengo idea de con quién me casé el otoño pasado.

Robby chasqueó la lengua, acomodando un mechón detrás de la oreja de Frank. —Conociéndote, habrá sido algún payaso que te encontraste por ahí.

—Mm —consideró Frank—. Se veía un poco mal la primera vez que lo conocí. Solo tomaba Gatorade azul, me decía Mark, y se colgaba mirando al vacío de a ratos.

Ey —protestó Robby—. Jack me había jurado que iba a ser sólo una cerveza de cumpleaños, nada más. No fue mi intención caer al hospital a las ocho de la mañana a conocer a los rotantes nuevos con una resaca galopante.

—Eso es lo que pasa cuando salís de fiesta como si tuvieras veinte —dijo Frank con una risa. Luego frunció el ceño, apuntando a Robby con un dedo amenazador—. ¡No me distraigas! No cocinaste nada para mí.

Robby giró los ojos. —No cociné, amor de mi vida, porque es viernes, y los viernes vos y yo pedimos pizzas.

—...Ah.

—Y no había pedido nada todavía porque vos insistís en probar siempre sabores diferentes, y no sabía qué ibas a tener ganas de probar hoy, querido —dijo—. Así que, si querés, podemos mirar el menú antes de que te vayas a bañar, mi cielo, así hago el pedido y llega cuanto antes, para que no te mueras de inanición.

Frank pestañeó despacio, procesando las palabras. Luego sonrió.

—Qué feliz estoy de haberte encontrado por ahí, hombre horrible —murmuró, dejándole besos en toda la cara—. ¿Quién más me trataría así, con esta mezcla justa de cariño y desdén?

—Espero que nadie más —dijo Robby, atrapando sus labios en un beso—. Sería muy triste verte partir.

—Demasiado tarde para eso, Robinavitch —respondió Frank—. Estás atado a mí en esta vida.

—Y en la próxima —murmuró Robby, marcando cada palabra con un beso—. Y en la próxima, y en la próxima.

Frank se permitió perderse en el beso, encantado por saber que no habría lugar de la Tierra donde podría encontrar la paz y el resguardo que encontraba justo ahí, entre los brazos de Robby. En el hogar que compartían, que olía como el perfume de Robby y las especias que usaba para cocinar y el café de la máquina que probablemente era más vieja que él mismo. Que tenía una biblioteca donde sus gustos se habían amalgamado, libros propios y compartidos, un ropero para ambos y un baño donde dos cepillos de dientes descansaban en el mismo vaso, sus cerdas besándose de vez en cuando, haciéndolo sonreír cada vez.

Pero antes de que pudiera navegar aún más profundo en las aguas del romance, el estómago de Frank protestó en voz alta.

—Bueno, bueno —dijo Robby, separándose—. Perdón.

—La bestia tiene antojo de pizza, Robby.

—Si la bestia me dejara levantarme —respondió con su paciencia infinita— o, cuanto menos, me pasara mi teléfono, podríamos hacer el pedido.

Frank se decidió por la opción número dos. Pronto tendría que irse a la ducha, y quería empaparse de la calidez de Robby un ratito más.

—Tomá —le dijo, pasándole el ladrillo que Robby osaba llamar celular.

Robby, adorablemente, se puso sus anteojos para ver el menú virtual. Frank se acomodó contra su pecho una vez más.

—Bueno —dijo Robby—. Tus opciones hoy son—

—Elegí por mí.

—¿Eh?

—Elegí por mí —repitió Frank despacio—. Alguna que no haya probado todavía, pero no me digas cuál.

—¿Seguro?

Frank levantó la vista para verlo. —Sí. Mi cerebro está demasiado cansado como para decidir.

Robby asintió. Él sabía exactamente cómo se sentía. —Okay. Nos pido la misma, así podemos probarla los dos juntos.

—Mm… pero, ¿y si no nos gusta, y tenemos dos de la misma y no tenemos algo tranqui, como una margarita, por las dudas?

Robby hizo un sonido inquisitivo. —Tenés razón. Voy a pedir miti-miti.

—Y no te olvides de la lactonesa de ajo.

—¿No era que estabas muy cansado para pensar?

Frank no pudo contener su risa. Realmente estaba cansado, y quizás hasta un poco delirante. —Perdón, perdón, por favor seguí. Hacé como que no estoy acá.

—Sí, decile eso a mi ropa mojada —masculló Robby entre dientes.

Dejando a Robby hacer lo suyo, Frank se decidió por delinear el contorno de las costillas de su marido por debajo de su remera descolorida. Contó seis, siete, ocho, para luego saltar directamente a las flotantes, once, doce–

—Mi amor, me hacés cosquillas.

—Perdón.

Finalmente decidió quedarse quieto. Robby siguió con su teléfono unos segundos más –enterneciendo a Frank con la manera en que susurró los tres dígitos de seguridad de su tarjeta mientras los escribía– para luego dejarlo a un lado.

—Listo. Llega en un rato —murmuró, su voz grave, y apoyó sus manos en los hombros de Frank—. ¿Querés ir a bañarte mientras?

—Sí —respondió, levantándose un poquito para dejar un último beso en los labios de Robby—. Gracias. Te juro que sos– sos como un cargador portátil.

—¿Un cargador portátil? —preguntó Robby, divertido.

—Exacto. Llegué a casa exhausto, me acosté con vos un ratito, y ahora me siento como una persona de nuevo. Me cargás la batería de humano. Te amo.

—Te amo más —respondió Robby con una risa—. Y vos también. Sos… sos una buena almohada.

—¿Ah? —dijo Frank, perdido en la metáfora.

—Siempre estás ahí para cuando necesito descansar —explicó—. Y siempre decís lo correcto cuando necesito consultarte por algún consejo.

Frank rompió en una sonrisa enorme antes de arremeter contra Robby en un ataque de besos, haciéndolo reír y amenazando con tumbar a ambos del sofá.

—Bueno, bueno, bestia —dijo Robby, sometido—. Andá. Bañate, así comemos cuando volvés.

—Bueno —concedió Frank, finalmente despegándose de Robby. De pie, estiró sus piernas—. Ah, ya que vos elegiste las pizzas… a mí me toca elegir la película.

—Ah, ¿entonces todo esto fue un plan malvado de tu parte? —dijo Robby, una ceja alzada—. ¿Qué nos va a tocar ver hoy?

—Te digo que no vamos a ver hoy —dijo Frank, agachándose para levantar su mochila—. Rápidos y furiosos.

—¡Es una buena saga!

—Sólo por eso, vamos a mirar La novicia rebelde otra vez.

—Vos sólo querés babearte por Christopher Plummer.

—Obviamente —dijo Frank—. Pero sobre todo quiero ver la escena cuando están debajo del gazebo, y él y María se dan cuenta de que están enamorados el uno del otro.

—Sos un blandito —se burló Robby.

Nothing comes from nothing —cantó Frank con suavidad, acercándose a él una vez más— nothing ever could…

Frank le hizo un gesto, y Robby protestó en voz alta antes de seguirla, su voz grave el complemento perfecto.

So somewhere in my youth, or childhood…

I must have done something good —terminó Frank, haciendo una reverencia con una sonrisa delirante—. El Capitán Von Trapp no es nada al lado tuyo, mi amor.

—Sí, sí, dejá de hacer tiempo —dijo Robby, sonriendo a pesar de sí mismo—. Dale, andá.

—Bueno, bueno —respondió Frank, y una sonrisa malvada se estiró en su rostro—. So long, farewell…

El sonido de protesta de Robby se hizo eco por toda la casa. —¡Andá!

Y Frank lo hizo, entrando a la ducha con los vidrios empañados por el vapor. Su corazón latía con un ritmo feliz, al compás de la promesa de una buena cena y hacer cucharita con Robby en el sofá.

Frank no dejó de sonreír en toda la noche.

Notes:

los kudos y comentarios me hacen muy muy feliz

si no vieron la novicia rebelde VAYAN A VERLA este es un mensaje traído para usted por frank langdon

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