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El reino Ishigami siempre parecía más tranquilo al atardecer.
La luz anaranjada descendía lentamente sobre las torres blancas del palacio, derramándose por los vitrales abiertos como miel tibia, y el aire olía a flores de té y pergaminos viejos. A esa hora, cuando los ministros finalmente dejaban de perseguirlo por los pasillos y Senku seguía encerrado en su laboratorio improvisado discutiendo con científicos hasta el anochecer, Gen disfrutaba de los pocos momentos de paz que podía llamar realmente suyos.
O, bueno.
Tan “paz” como podía existir teniendo a Suika cerca.
—¡Papá, eso está demasiado apretado! —se quejó la joven princesa entre risas, intentando apartar las manos de Gen mientras él acomodaba con exagerada precisión los broches dorados de su vestido.
—La dignidad requiere sacrificios, querida princesa —respondió Gen con solemnidad dramática—. Además, si apareces arrugada frente a la nobleza, van a pensar que te crió tu padre alfa.
—¡Papá Senku sí sabe vestir!
—Tu padre cree que una túnica sin manchas de pólvora ya cuenta como alta costura.
Suika soltó una carcajada tan fuerte que casi termina inclinándose hacia adelante desde el taburete. A sus veinte años, seguía teniendo esa energía luminosa que hacía parecer menos pesado todo el palacio. Sus grandes ojos curiosos brillaban exactamente igual que cuando era niña, aunque ahora llevaba pequeñas joyas reales sobre el cuello y tenía la elegancia natural de alguien nacido para gobernar.
Gen terminó de acomodar el ducado ceremonial sobre los hombros de su hija y luego suspiró satisfecho.
—Perfecta. Absolutamente perfecta. Qué tragedia que hayas heredado la cara de tu padre y no la mía.
—¿La cara? Sí. Pero todos dicen que heredé tu personalidad.
—Ah, entonces el reino está condenado.
Suika volvió a reírse.
El sonido llenó los aposentos privados del consorte real, cálidos y cómodos pese al lujo. Había libros abiertos sobre las mesas, telas a medio doblar, joyas abandonadas en cajas de terciopelo y una enorme ventana por donde el viento movía suavemente las cortinas claras. No parecía la habitación del hombre más influyente del reino después del rey.
Parecía un hogar.
Gen tomó un cepillo de plata y comenzó a desenredar lentamente el largo cabello de su hija. Lo hacía con paciencia automática, como si aún fuera aquella niña pequeña que corría por el palacio perseguida por Kohaku y Chrome. Suika se dejó hacer, relajándose mientras observaba el reflejo de ambos en el espejo.
—Las nobles jóvenes de la corte son aterradoras —murmuró ella de pronto—. Hoy escuché a dos discutir porque una quería casarse con un duque y la otra decía que el compromiso ya estaba arreglado desde hace años.
Gen sonrió apenas.
—Bueno… así funcionaban casi todos los matrimonios nobles.
—¿Funcionaban?
—Mm. Antes era peor. Muchísimo peor. —Gen comenzó a dividir el cabello de Suika en mechones delicados—. Los Omegas y los alfas de familias importantes casi nunca elegían por amor. Todo eran alianzas, poder, territorios, herencias… cosas aburridas.
Suika infló un poco las mejillas.
—Eso suena triste.
—Lo era para muchos.
—¿Y tú?
Gen alzó apenas una ceja.
—¿Yo qué?
—¿Tu matrimonio también fue así?
La pregunta quedó flotando suavemente entre ellos.
Afuera, el viento hizo sonar las campanas lejanas del palacio.
Suika observaba a su padre con una curiosidad sincera, dulce, completamente enamorada de la idea del amor verdadero. Porque para ella era imposible imaginar algo distinto. Había crecido viendo a sus padres discutir por tonterías absurdas y cinco minutos después quedarse dormidos juntos en el mismo sillón. Había visto a Senku besar distraídamente la frente de Gen mientras revisaba documentos. Había visto a Gen caminar por el laboratorio solo para llevarle comida porque “si no lo hago, ese hombre olvidará alimentarse otra vez”.
Nunca dudó de que se amaban.
Todo el reino lo sabía.
Los bardos cantaban canciones sobre ellos. Los pintores inmortalizaban su romance como si hubiese sido una leyenda destinada por los dioses.
El rey brillante.
El consorte astuto.
El matrimonio perfecto.
Por eso Suika ladeó apenas la cabeza y preguntó con inocencia:
—¿Ustedes estaban enamorados desde el inicio?
Gen se quedó quieto un instante.
Y luego…
Se echó a reír.
No una risa elegante ni discreta.
No.
Una carcajada genuina, larga, sorprendida, tan repentina que tuvo que apoyarse contra el respaldo de la silla para no inclinarse demasiado hacia adelante.
—¡Papá!
—Lo siento, lo siento… —Gen se secó una pequeña lágrima del rabillo del ojo—. Es solo que… ay, dioses… si hubieras conocido a tu padre a esa edad…
Suika parpadeó confundida.
—¿Entonces no estaban enamorados?
Gen volvió a reírse, esta vez más suave. Sus dedos retomaron el trabajo sobre el cabello de su hija mientras una expresión peligrosamente nostálgica aparecía en su rostro.
Había algo casi travieso en su sonrisa.
Algo que todavía, incluso después de veinte años siendo rey consorte, hacía pensar a cualquiera que Gen Asagiri seguía siendo el hombre más problemático del continente.
—Suika… —murmuró con calma—. Creo que ya tienes edad suficiente para saber la verdad.
La princesa se enderezó de inmediato.
—¿Qué verdad?
Gen observó el reflejo de su hija en el espejo.
Y sonrió lentamente.
—Que yo no era el prometido original de tu padre.
Suika parpadeó lentamente.
—…¿Qué?
Gen sonrió con absoluta tranquilidad ante el reflejo horrorizado de su hija y siguió trenzando su cabello como si no acabara de destruir veinte años de cuentos románticos.
—Tu padre no estaba prometido conmigo, querida. El compromiso original era con tu tía Luna.
El cepillo de plata casi se le resbaló de las manos a Suika.
—¡¿La tía Luna?!
—La misma. Hermosa, refinada, timida, perfecta para la política… toda la corte estaba obsesionada con ella. —Gen suspiró dramáticamente—. Honestamente, era insoportable competir con alguien así.
—¡Pero jamás escuché eso!
—Porque el reino convenientemente decidió olvidar el detalle después del escándalo.
Suika abrió y cerró la boca varias veces, completamente desconcertada.
Toda su vida escuchó historias sobre el gran amor entre el rey Senku y el consorte Gen. Los retratos oficiales, las canciones, los poemas… nadie jamás mencionó a Luna.
Gen, en cambio, parecía divertirse demasiado.
—En aquel entonces —continuó suavemente—, tus abuelos querían asegurar alianzas con las casas más importantes del continente. Todo era estrategia política. Poder. Prestigio. Sangre noble. Ya sabes… las típicas cosas aburridas que obsesionan a los adultos ricos.
—¿El abuelo Xeno hizo eso?
—Oh, el abuelo Xeno fue el cerebro detrás de todo. Stanley solo asentía y daba miedo en silencio, pero Xeno era quien movía las piezas.
Gen sonrió apenas al recordar.
Años atrás, la familia Asagiri no solo era influyente: era peligrosa. Xeno jamás dejaba nada al azar, y tener dos hijos Omegas hermosos significaba poseer las alianzas políticas más codiciadas del reino.
—Tu tía Luna fue prometida a Senku Ishigami, en ese tiempo aún era un principe heredero al trono. —Gen alzó un dedo elegantemente—. Y yo… fui comprometido con Shishio Tsukasa.
Suika soltó un pequeño jadeo.
Ese nombre todavía era famoso incluso décadas después. El gran general Tsukasa seguía siendo una figura casi legendaria dentro del reino Ishigami. Fuerte, imponente, respetado por el ejército entero.
Y aterrador.
—¿El general Tsukasa? —preguntó ella lentamente.
—El mismo.
—Pero él da miedo.
—¡EXACTAMENTE!
Gen señaló a su hija como si acabara de pronunciar la verdad absoluta del universo.
—¡Finalmente alguien me entiende! ¡Era horrible! Bueno, no horrible físicamente. Lastimosamente era absurdamente atractivo. Pero era demasiado alto, demasiado serio, demasiado silencioso… sentía que iba a juzgarme cada vez que respiraba.
Suika soltó una risita.
—¿Te intimidaba?
—Muchísimo.
Gen hizo una mueca dramática.
—Ese hombre podía quedarse callado mirando una pared y aun así hacerte sentir que cometiste siete crímenes distintos.
La princesa rió otra vez mientras Gen continuaba acomodando las últimas partes de la trenza.
—Además… —añadió él con un suspiro exagerado— no era mi tipo.
—¿Y cuál era tu tipo?
Gen sonrió apenas.
Lento.
Peligroso.
—Alguien brillante.
Suika sintió un pequeño escalofrío divertido.
Porque conocía esa expresión.
Era la misma que Gen hacía cada vez que observaba al rey trabajar en sus inventos.
—Cuando me dijeron del compromiso —continuó Gen— me negué rotundamente. Hice berrinches dignos de una tragedia teatral. Dejé de comer durante casi un día completo. Le dije a Xeno que prefería entrar a un convento antes que casarme con Tsukasa.
—¿Y funcionó?
—Claro que no.
Gen rodó los ojos.
—Tus abuelos ya me conocían demasiado bien. Sabían perfectamente cuándo estaba manipulando emocionalmente a alguien.
—¿Entonces qué hiciste?
—Intenté negociar.
—¿Y…?
—Xeno me mostró cuarenta documentos explicándome por qué el compromiso era beneficioso para la familia.
—Eso sí suena como el abuelo.
—Después intenté llorar frente a Stanley.
—¿Funcionó?
Gen guardó silencio unos segundos.
—Tu abuelo Stanley me cubrió con una manta… me dio té… y luego dijo que la boda seguía en pie.
Suika estalló en carcajadas.
—¡Papá!
—¡Yo estaba sufriendo! ¡Sufriendo muchísimo!
Gen llevó una mano al pecho, ofendido consigo mismo por no haber sido suficientemente dramático en aquel entonces.
Pero luego su expresión cambió.
Se volvió más suave.
Más peligrosa.
—Y entonces entendí algo importante.
Suika lo miró atentamente.
—¿Qué cosa?
Gen levantó lentamente la mirada hacia el espejo.
Sus ojos brillaron con aquella astucia elegante que seguramente había destruido gobiernos enteros.
—Que si no podía convencerlos a ellos… entonces tendría que cambiar mi estrategia
El silencio cayó un instante.
Suika abrió los ojos.
—…¿Qué hiciste?
Gen sonrió.
Y Suika comprendió inmediatamente que, sin importar cuánto amara a su padre… ese hombre había sido una amenaza pública desde joven.
La noticia del compromiso entre la casa Asagiri y la familia real Ishigami sacudió al reino entero durante semanas.
Los nobles organizaban banquetes incluso antes de que el anuncio oficial fuera realizado, los comerciantes ya vendían retratos idealizados de la futura pareja real y los ministros hablaban del enlace como si fuera la decisión política más brillante del siglo.
Luna Asagiri, la joya más refinada de la nobleza.
Senku Ishigami, heredero al trono.
Perfectos.
O al menos eso repetían todos.
Así que, siguiendo las antiguas tradiciones del reino, toda la familia Asagiri fue invitada a permanecer una temporada completa en el palacio Ishigami antes de oficializar el compromiso. Seis meses después tendría lugar la boda. Era el tiempo adecuado para que ambas familias convivieran, fortalecieran relaciones y permitieran que la futura pareja se conociera antes de unir oficialmente sus nombres y linajes.
Gen recordaba perfectamente aquella llegada al palacio.
Las enormes puertas doradas.
Los jardines interminables.
Los sirvientes corriendo de un lado a otro.
Y a Luna prácticamente flotando de emoción.
—¿Crees que el príncipe será amable? —preguntó ella aquella primera noche mientras varias doncellas acomodaban vestidos sobre la cama—. Dicen que es un prodigio.
Gen, sentado junto a la ventana, apenas levantó la vista de su copa de vino.
—También dicen que explota cosas dentro del palacio.
—Gen.
—¿Qué? Los rumores existen por algo.
Luna rio suavemente, nerviosa, ilusionada.
Era menor que Gen por apenas un par de años, pero siempre había sido distinta a él. Más delicada. Más correcta. Más fácil de amar públicamente.
Y Gen…
Bueno.
Gen llevaba días buscando formas de destruir su propio compromiso.
Porque cuanto más se acercaba la fecha oficial con Tsukasa, más insoportable se volvía la idea de aquella boda.
Todavía podía recordar la primera vez que volvió a encontrarse con el general durante los preparativos.
Tsukasa era hermoso.
Ridículamente hermoso.
Alto, elegante, fuerte, con esa presencia aplastante que hacía que todos enderezaran la espalda cuando él entraba a una habitación.
Y Gen seguía sin querer casarse con él.
Porque Tsukasa era demasiado frío.
Demasiado serio.
Demasiado perfecto.
Sentía que vivir junto a él sería pasar el resto de su vida caminando sobre hielo fino.
Así que Gen siguió buscando alternativas.
Manipular ministros.
Convencer a Xeno.
Fingir enfermedad.
Provocar un escándalo menor.
Cualquier cosa.
Lo que no esperaba… era encontrarse con Senku Ishigami.
La primera vez que lo vio, honestamente, quedó decepcionado.
Porque aquel era el príncipe heredero del reino más poderoso del continente.
Esperaba alguien deslumbrante.
Imponente.
Arrogante.
Un alfa dominante acostumbrado a que el mundo se inclinara a sus pies.
En cambio…
Senku era extraño.
Delgado.
Despeinado.
Con ojeras suaves bajo los ojos y una postura distraída, como si su mente estuviera constantemente en otro lugar. Ni siquiera parecía particularmente intimidante. Cuando los presentaron formalmente durante la cena, Senku apenas sostuvo contacto visual unos segundos antes de responder con un torpe:
—Ah… mucho gusto.
Y Gen pensó inmediatamente:
¿Este es el príncipe?
Incluso parecía un poco tímido.
Durante la cena apenas habló. Contestaba cuando era necesario, escuchaba en silencio las conversaciones políticas y parecía muchísimo más interesado en los mecanismos de un reloj antiguo que en impresionar a los invitados.
Gen estuvo cerca de aburrirse.
Hasta que alguien mencionó la pólvora.
Y entonces Senku cambió.
Completamente.
Sus ojos se iluminaron de golpe. Su voz ganó fuerza. Sus manos comenzaron a moverse mientras hablaba de química, ingeniería, astronomía y máquinas imposibles como si estuviera describiendo la cosa más hermosa del universo.
Y dioses.
Dioses.
Fue atractivo.
No de la forma convencional.
No como Tsukasa.
No como los alfas nobles que aprendían desde niños cómo seducir con una sonrisa.
No.
Senku era brillante.
Escandalosamente brillante.
Y Gen, que siempre había amado las mentes peligrosas más que los rostros bonitos, terminó observándolo más tiempo del que debía.
Después de eso comenzó a notarlo en todas partes.
Durante las cenas.
En los jardines.
En las bibliotecas.
En los bailes organizados para entretener a la nobleza.
Senku no bailaba especialmente bien. De hecho, parecía incómodo rodeado de tanta gente, pero cuando Gen lograba hacerlo hablar de ciencia… el resto del mundo desaparecía.
Y poco a poco ocurrió algo todavía más problemático.
Senku empezó a buscarlo también.
Sus miradas se encontraban al otro lado de los salones abarrotados.
Senku se acercaba a él durante las cenas.
A veces incluso parecía relajarse más cuando Gen estaba cerca.
Y Gen…
Gen empezó a disfrutarlo demasiado.
—Así que te enamoraste de papá —susurró Suika con una sonrisa enorme.
Gen soltó una carcajada inmediata.
—¿Enamorarme? Oh, no, querida. Yo estaba planeando un crimen político.
—¡Papá!
—Estoy siendo completamente sincero.
Porque sí.
Al principio no era amor.
Era estrategia.
Senku era mucho más sencillo de manejar que Tsukasa. Más ingenuo socialmente. Más fácil de provocar. Más fácil de acercar hacia donde Gen quisiera.
Y si Gen debía pasar el resto de su vida atado a un alfa…
Entonces prefería quedarse con el príncipe brillante que hablaba de estrellas hasta olvidar que tenía sangre noble.
Así que tomó una decisión.
Una terrible.
Horrible.
Absolutamente escandalosa decisión.
Y la noche antes de la ceremonia oficial donde anunciarían el compromiso entre Senku y Luna ante toda la corte…
Gen decidió que era hora de hacer su jugada.
Suika ya no sabía si quería seguir escuchando.
Y, al mismo tiempo, necesitaba desesperadamente conocer el final.
Porque cada nueva confesión de su padre destruía otra parte de la imagen perfecta que había tenido de la historia de amor real.
—Entonces… —preguntó lentamente—. ¿Qué hiciste exactamente?
Gen levantó la mirada hacia el espejo.
Y Suika sintió un escalofrío inmediato.
Porque conocía esa expresión.
Dioses, la conocía demasiado bien.
Era esa sonrisa suave y elegante que aparecía en el rostro de Gen justo antes de que alguien perdiera una discusión política sin darse cuenta de cómo ocurrió. La misma mirada que usaba durante los consejos de guerra cuando reemplazaba temporalmente al rey y terminaba manipulando a ministros, generales y nobles hasta hacerlos aprobar exactamente lo que él quería.
Era la sonrisa que Senku llamaba, con absoluto cansancio: “la cara de problemas”.
Y sinceramente…
Daba miedo.
—Oh, Suika —murmuró Gen con una dulzura sospechosa—. Tu padre no llegó al trono porque yo fuera una persona razonable.
La princesa tragó saliva.
Gen soltó una risita al recordar.
—La noche antes de la ceremonia oficial… decidí que necesitaba hablar seriamente con el príncipe heredero.
—Eso suena preocupante cuando lo dices así.
—Porque lo era.
El viento nocturno parecía regresar a través de sus recuerdos mientras hablaba.
El enorme palacio Ishigami dormía envuelto en silencio aquella noche. Los sirvientes preparaban el gran salón para el anuncio oficial del compromiso entre Luna Asagiri y el príncipe Senku. Las flores decoraban los corredores. Los nobles invitados descansaban en sus habitaciones.
Y Gen caminaba tranquilamente por el castillo.
“Perdido”.
—Curiosamente —continuó Gen mientras comenzaba a colocar pequeños adornos dorados sobre la trenza de Suika— terminé frente a la recámara de tu padre.
Suika entrecerró los ojos.
—Eso no fue casualidad.
—Oh, absolutamente no.
—Papá…
Gen se echó a reír.
—Bueno, tampoco fue casualidad que esa noche Senku estuviera completamente solo.
—…¿Qué hiciste?
—Quizá alguien le comentó al príncipe heredero que necesitaba tiempo privado para reflexionar antes de comprometerse oficialmente con una noble tan importante.
—Papá…
—Y quizá ese alguien también sugirió discretamente a los guardias que no interrumpieran al príncipe bajo ninguna circunstancia.
Suika llevó una mano a su rostro.
Pobre rey Senku.
Pobre, pobre rey Senku.
Había sido víctima de Gen Asagiri desde antes de casarse.
—Cuando llegué a la habitación —continuó Gen tranquilamente— Senku ya estaba allí. Solo. Rodeado de libros, pergaminos y piezas mecánicas extrañas. Honestamente, parecía más preocupado por algún invento que por su propio compromiso.
Su sonrisa se suavizó apenas al recordarlo.
—Me miró tan confundido… todavía puedo verlo. Creo que incluso preguntó algo como “¿Gen? ¿Qué haces aquí?” antes de empezar a ponerse nervioso.
—¿Nervioso?
—Tu padre siempre fue terrible manejando Omegas bonitos cerca suyo.
—¡Papá!
—Es verdad.
Gen rio otra vez.
Y entonces, lentamente, aquella sonrisa volvió a volverse peligrosa.
—Y justo cuando comenzábamos a hablar…
Hizo una pausa dramática.
Suika lo observó con creciente horror.
—…mi celo se adelantó.
Silencio.
Completo.
Absoluto.
Suika quedó congelada.
—¿QUÉ?
Gen se cubrió la boca intentando no reír demasiado fuerte.
—Bueno, técnicamente yo ayudé un poco a la situación.
—¡¿PAPÁ?!
—¡Oh, vamos! Solo aceleré ligeramente algo que ya iba a ocurrir eventualmente.
Suika sentía que toda su percepción de la monarquía se estaba desmoronando frente a ella.
—No puedo creer que hicieras eso…
—Tienes que aceptar que fue una idea brillante.
—¡Eso fue manipulación!
—Correcto.
—¡Eso fue un escándalo político!
—También correcto.
—¡Eso fue cruel para la tía Luna!
Gen hizo una pequeña mueca.
—Bueno… sí, eso sí me hizo sentir un poquito mal después.
—¿Un poquito?
—Suika, cariño, estaba luchando por mi vida.
La princesa dejó caer la cabeza entre las manos mientras Gen seguía riéndose suavemente, perdido entre recuerdos.
—Recuerdo perfectamente la cara de Senku —murmuró él entre risas—. Primero confundido. Luego preocupado. Después completamente aterrorizado cuando entendió lo que estaba pasando.
—No quiero imaginarlo.
—Oh, fue maravilloso.
—¡Papá!
—Escúchame, yo también estaba sufriendo. Los celos adelantados son horribles. Apenas podía pensar correctamente.
Eso era probablemente la única parte sincera de toda la historia.
Porque incluso ahora, tantos años después, Gen todavía recordaba el calor sofocante de aquella noche. El aroma del alfa recesivo llenando lentamente la habitación. La tensión en el rostro de Senku mientras intentaba mantener distancia sin saber qué hacer realmente.
Gen volvió a reírse.
Esa risa suave, refinada y peligrosamente satisfecha que siempre aparecía cuando recordaba alguna catástrofe causada por él mismo.
—Tu padre estaba completamente contrariado —dijo entre carcajadas pequeñas—. Ah, Suika, deberías haberlo visto… jamás olvidaré su expresión.
El rey consorte se apoyó contra el respaldo de la silla mientras seguía recordando aquella noche con una nostalgia casi ofensiva.
—Hice el papel de mi vida. —se llevó una mano al pecho dramáticamente—. Me mostré confundido, desorientado, avergonzado… como si no entendiera qué estaba pasando. Honestamente, merecía premios.
Suika lo miraba entre fascinada y horrorizada.
—Papá…
—Senku estaba entrando en pánico internamente. Podía verlo perfectamente. Intentaba ser correcto, racional, responsable… mientras yo estaba ahí actuando como una pobre víctima inocente de las circunstancias.
—No eras una víctima inocente.
Gen sonrió con orgullo.
—Pero funcionó.
Suika dejó caer la cabeza hacia atrás sobre la silla.
—No puedo creer que manipularas al rey de esa forma.
—Técnicamente todavía no era rey.
—¡Eso no mejora nada!
Gen soltó otra carcajada.
—Digamos que al día siguiente Senku no estaba exactamente en condiciones de pedirle matrimonio a Luna frente a toda la corte.
—…
—De hecho —añadió con absoluta calma— tampoco estuvo en condiciones al segundo día.
Suika lo miró lentamente.
—¿Qué significa eso?
Gen intentó contener la risa.
Fracasó miserablemente.
—Que tu padre ni siquiera podía ponerse de pie correctamente.
—¡PAPÁ!
Suika se cubrió el rostro de inmediato, completamente roja de vergüenza.
—¡NO QUERÍA SABER ESO!
Gen ya estaba riéndose demasiado fuerte.
Las lágrimas comenzaban a acumularse en las esquinas de sus ojos mientras recordaba el desastre absoluto que había dejado detrás.
Porque sí.
Había sido un escándalo monstruoso.
Un desastre político.
Una tragedia diplomática.
Y probablemente el peor dolor de cabeza que el reino Ishigami había sufrido en décadas.
—¿Qué pasó después? —preguntó Suika finalmente, todavía horrorizada— Porque eso… eso debió destruir todo.
Gen dejó escapar un largo suspiro divertido.
—Oh, cariño. Fue maravilloso.
—¡Papá!
—El palacio entero explotó en caos.
Y sinceramente, esa era la única manera de describirlo.
La mañana siguiente había comenzado con gritos.
Sirvientes corriendo.
Guardias confundidos.
Consejeros entrando en pánico.
Y un Byakuya Ishigami absolutamente devastado moralmente.
—Tu abuelo Byakuya estaba tan avergonzado que creo que envejeció diez años esa semana —recordó Gen entre risas—. El heredero al trono había profanado y enlazado a un Omega fuera del matrimonio.
Suika abrió los ojos.
—…Oh.
—Y no cualquier Omega. —Gen levantó un dedo—. El hermano mayor de su prometida oficial.
—Dioses…
—Exactamente.
El reino entero casi colapsa de los rumores.
Porque una cosa era un escándalo romántico.
Pero un alfa heredero enlazando a un Omega antes del matrimonio oficial era algo muchísimo más grave. Especialmente cuando se trataba de familias nobles.
Y peor aún…
Un vínculo de apareamiento no podía ignorarse.
—Xeno quería desheredarme —continuó Gen alegremente—. Stanley quería encerrarme en algún lugar hasta que “aprendiera a comportarme”.
—Eso suena aterrador.
—Oh, Stanley estaba siendo amable. Lo realmente aterrador era Luna.
Suika soltó una pequeña risa nerviosa.
Podía imaginarlo perfectamente.
—Tu tía quería matarme.
—¿La culpas?
—No realmente.
Gen volvió a reírse.
—Pero tus abuelos sabían perfectamente que todo había sido mi culpa.
—¿En serio?
—Suika, por favor. Xeno me crió. Reconoció inmediatamente que aquello había sido un plan.
—¿Y dijo algo?
—No. Porque el rey Byakuya estaba culpando completamente a Senku.
Gen sonrió lentamente.
Aquello había sido la parte más brillante de todo el asunto.
Porque si la familia real estaba responsabilizando al príncipe heredero…
¿quiénes eran ellos para contradecir al rey?
Así que Xeno y Stanley hicieron lo único políticamente correcto.
Exigieron responsabilidad.
—Pidieron que Senku se hiciera cargo de mí inmediatamente —dijo Gen con total tranquilidad—. Y considerando el vínculo… bueno… el matrimonio se organizó casi de inmediato.
—Eso es una locura…
—Oh, completamente.
Suika observó a su padre unos segundos.
Y entonces notó algo curioso.
Debajo de las risas.
Debajo del orgullo descarado.
Había una pequeña sombra de nerviosismo antiguo todavía viva en sus ojos.
—…¿Tuviste miedo? —preguntó suavemente.
Gen guardó silencio apenas un instante.
Luego sonrió.
Más pequeño esta vez.
Más sincero.
—Mucho.
La habitación quedó tranquila.
—Xeno quería matarme. Luna quería matarme. Stanley me defendía solo porque quería matarme él mismo más tarde.
Suika soltó una risa ahogada.
—Y tu padre… —Gen bajó la mirada un momento, todavía divertido al recordarlo— tu padre parecía convencido de que había destruido mi vida.
Eso sí había sido real.
Porque Senku, brillante en ciencia y desastroso con emociones, realmente creyó haber arruinado el futuro de Gen.
Y honestamente…
eso había sido lo único que Gen no planeó.
La culpa desesperada en los ojos de Senku.
La forma en que intentó asumir toda la responsabilidad.
La manera torpe y sincera en que prometió arreglarlo todo.
Gen sonrió apenas, perdido un instante en el recuerdo.
—Pero valió la pena —murmuró finalmente.
Suika levantó la vista.
Y Gen rio otra vez, brillante y peligrosamente satisfecho.
—Porque mírame ahora. Terminé quedándome con el rey.
—¿Y qué más pasó? —preguntó Suika todavía procesando emocionalmente el desastre absoluto que acababa de escuchar—. Porque no puedo imaginar que todo terminara ahí.
Gen volvió a reírse suavemente mientras terminaba de acomodar el último broche sobre el cabello de su hija.
—Oh, no, querida. Ahí recién comenzaba el verdadero caos.
El rey consorte se recostó con elegancia contra el sillón, completamente cómodo contando la peor crisis diplomática de su juventud como si fuera una anécdota divertida.
—Organizaron la boda lo más rápido posible. Apenas una semana después del enlace.
—¿Una semana?
—Mhm. Querían detener los rumores antes de que se extendieran demasiado. Aunque honestamente ya era tarde para eso.
Suika podía imaginarlo perfectamente.
La corte entera murmurando.
Los nobles escandalizados.
Los periódicos del reino ardiendo.
Y en medio de todo eso…
sus padres.
—Tu padre estaba devastado —continuó Gen con una sonrisa más suave—. Se culpaba de todo.
Suika parpadeó.
—¿En serio?
—Oh, completamente. Seguía diciéndome que entendía si lo odiaba.
La princesa soltó una pequeña risa incrédula.
Eso sonaba demasiado a Senku.
—Me pidió perdón tantas veces que llegó un punto donde empecé a sentirme mal. —Gen suspiró dramáticamente—. Honestamente, era adorable.
Y sí.
Incluso ahora, tantos años después, recordar aquella versión joven de Senku todavía le enternecía el corazón.
Porque mientras todo el reino intentaba salvar reputaciones y limpiar escándalos, Senku solo parecía preocupado por Gen.
Por si estaba asustado.
Por si se sentía obligado.
Por si había arruinado su vida.
—Tu padre era todo un caballero —murmuró Gen con una sonrisa pequeña—. Muy torpe emocionalmente, pero genuinamente bueno.
Suika lo observó unos segundos.
Y luego suspiró con dramatismo.
—Qué mala suerte tuvo encontrándose con un Omega como tú.
Gen soltó una carcajada tan fuerte que casi termina doblándose sobre sí mismo.
—¡Suika!
—¡Es verdad!
—Bueno… sí.
Gen se secó una lágrima de risa.
—No voy a mentirte, cariño. Tu padre realmente merecía algo mejor que yo en ese momento.
—¡Papá!
—Y aun así míralo ahora. Obsesionado conmigo veinte años después. Así que claramente mi plan funcionó.
Suika negó con la cabeza, riéndose a pesar de todo.
Pero luego recordó algo importante.
—Espera, espera, espera. —Suika levantó ambas manos de golpe, interrumpiendo la historia con el ceño completamente fruncido—. ¿Cómo que la tía Luna terminó casándose con la tía Kohaku “después”?
Gen parpadeó.
—…Después.
—¡Pero yo pensé que ellas habían estado comprometidas desde el inicio!
Eso sí logró hacer reír a Gen otra vez.
Una risa suave, divertida, casi incrédula.
—Oh, no, querida. Para nada.
Suika lo miró confundida desde el espejo mientras intentaba reorganizar toda la historia familiar dentro de su cabeza.
Porque desde que tenía memoria, Luna y Kohaku siempre habían estado juntas.
Las veía discutir como si fueran enemigas y cinco minutos después compartir té en el jardín. Kohaku cargando a Luna cuando se cansaba de caminar. Luna arreglándole el uniforme militar a Kohaku mientras la regañaba. Las dos completamente acostumbradas a existir una alrededor de la otra.
Suika jamás cuestionó su matrimonio.
Simplemente asumió que había sido planeado desde el inicio.
—Entonces… ¿todo eso pasó por culpa tuya? —preguntó lentamente.
Gen sonrió con descarado orgullo.
—La mayoría de las cosas importantes de esta familia pasaron por culpa mía, sí.
—¡Papá!
—¿Qué? Estoy siendo honesto.
Suika soltó un suspiro dramático.
—Explícame bien.
Gen se acomodó mejor en el sillón, claramente encantado de continuar destruyendo la imagen romántica que su hija tenía de la nobleza.
—Después del escándalo, el palacio entero estaba desesperado intentando salvar la alianza entre ambas familias. Porque romper un compromiso entre la corona y la casa Asagiri era un problema político enorme.
—Claro…
—Y peor aún, Luna seguía siendo una candidata perfecta para un enlace real. Hermosa, elegante, inteligente, querida por la corte… perder completamente esa unión habría sido un desperdicio diplomático.
—Eso suena horrible cuando lo dices así.
—Porque la nobleza es horrible, cariño.
Gen tomó una pequeña joya olvidada sobre la mesa y comenzó a girarla distraídamente entre los dedos.
—Así que Byakuya hizo lo más lógico: ofreció otra alianza en reemplazo de Senku.
—Kohaku…
—Kohaku.
Y dioses.
Qué desastre había sido eso también.
Gen todavía recordaba perfectamente la cara de Kohaku cuando le informaron que ahora ella sería quien se casaría con Luna Asagiri.
Horror absoluto.
—Tu tía Kohaku estaba furiosa —recordó Gen entre risas—. Creo que lo primero que dijo fue: “¿¡Por qué nadie me preguntó si quería casarme!?”
Suika soltó una carcajada inmediata.
—¡Eso suena exactamente como ella!
—Oh, empeora. Después preguntó si podía retarme a duelo por arruinarle la vida.
—¿Y la tía Luna?
—Luna todavía quería asesinarme en ese momento, así que honestamente estaba demasiado ocupada planeando mi muerte para preocuparse por Kohaku.
Suika se cubrió la boca para no reír demasiado fuerte.
Gen sonrió satisfecho.
—Al principio fue extraño. Muy extraño. Luna esperaba un príncipe refinado y tranquilo como Senku… y en su lugar recibió a una alfa dominante que resolvía discusiones rompiendo muebles accidentalmente.
—¡Papá!
—¡Es verdad! Kohaku tenía la sutileza de una catapulta
Suika ya estaba riéndose sin poder evitarlo.
Pero Gen suavizó un poco la expresión al continuar.
—Aunque… honestamente… funcionaron mejor de lo que cualquiera esperaba.
Porque eso también era cierto.
Luna equilibraba el temperamento impulsivo de Kohaku.
Y Kohaku, con toda su brusquedad, adoraba a Luna de una forma casi ridículamente evidente.
Al inicio discutían por todo.
Etiqueta.
Política.
Horarios.
Modales.
La cantidad correcta de fuerza necesaria para abrir una puerta.
Pero lentamente…
algo floreció entre ellas.
Algo genuino.
—Creo que Kohaku empezó a enamorarse primero —murmuró Gen divertido—. Era bastante obvio para todos menos para ella.
—¿En serio?
—Completamente. Se volvía más dócil cuando Luna estaba cerca. Era aterrador de ver.
—¿Y la tía Luna?
Gen rio suavemente.
—Luna tardó más. Pero eventualmente dejó de mirar a Kohaku como una consecuencia política… y empezó a verla como alguien confiable.
Suika sonrió un poco.
Eso sí sonaba exactamente como sus tías.
—Así que no… —Gen levantó una ceja divertida— ellas no estaban destinadas desde el inicio. Técnicamente, el matrimonio de tus tias, fue resultado directo de mi crimen.
—¡Papá!
Y entonces Gen suspiró, mirando un instante hacia la ventana mientras el atardecer bañaba los aposentos reales en tonos dorados.
—Lo más gracioso fueron tus abuelos.
—¿Xeno y Stanley?
—Mhm. Pasaron de querer matarme… a prácticamente querer construirme un altar.
Suika lo miró confundida.
—¿Por qué?
Gen sonrió lentamente.
Con orgullo.
Con esa satisfacción elegante de alguien que sabía perfectamente cuánto había ganado.
—Porque mi pequeño escándalo terminó vinculando completamente a nuestra casa con la familia real.
Ahí estaba el verdadero golpe político.
Porque originalmente solo Luna sería reina consorte.
Pero ahora…
Gen, el hijo mayor de los Asagiri, se había convertido en el futuro consorte del heredero al trono. Y Luna, la hija menor de los Asagiri, se había convertido en la futura esposa de la segunda en la línea de sucesión al trono del reino.
Y eso significaba influencia absoluta.
Acceso directo a la corona.
Poder real.
—Xeno estaba tan orgulloso que daba miedo —recordó Gen entre risas—. Creo que incluso dijo algo como “moralmente cuestionable, pero estratégicamente brillante”.
—Eso DEFINITIVAMENTE suena como el abuelo.
—Stanley solo me miró durante diez minutos completos. Después dijo que seguía decepcionado… pero menos decepcionado que antes.
Suika dejó escapar un largo suspiro.
Y lentamente…
comenzó a sentir un poquito de lástima por su padre.
Por el rey Senku Ishigami.
Porque aquel pobre alfa brillante, tímido y honorable jamás tuvo oportunidad alguna desde el momento en que Gen Asagiri decidió poner los ojos sobre él.
Suika se quedó en silencio varios segundos.
Sentada frente al espejo, con el cabello perfectamente arreglado y las joyas reales brillando bajo la luz cálida del atardecer, observó a su padre como si acabara de descubrir una parte completamente nueva de él.
Porque sí, la historia era ridícula.
Escandalosa.
Divertida incluso.
Pero mientras más detalles escuchaba… más pena comenzaba a sentir por alguien muy específico.
Por el rey Senku Ishigami.
Por ese joven alfa brillante y torpe que había sido atrapado por el hombre más manipulador del continente antes siquiera de darse cuenta de lo que estaba pasando.
Y Gen, por supuesto, notó inmediatamente la expresión de su hija.
—Oh, no pongas esa cara —dijo de inmediato, apuntándola acusadoramente con el cepillo de plata—. Al menos tu padre terminó feliz.
Suika hizo una pequeña mueca.
—Sigo sintiendo lástima por él.
—Tu padre es absurdamente feliz conmigo.
—Porque ya desarrolló síndrome de Estocolmo.
—¡Suika!
La princesa apenas pudo contener la risa.
Y justo en ese momento, las puertas de los aposentos se abrieron suavemente.
Senku entró sin ceremonia alguna, todavía con parte de su capa real sobre los hombros y algunos papeles doblados bajo el brazo. Probablemente acababa de escapar de una reunión importante, porque tenía esa expresión cansada y distraída que siempre aparecía después de lidiar demasiado tiempo con ministros.
Suika apenas lo vio entrar y corrió directamente hacia él.
—¡Papá!
Senku apenas alcanzó a reaccionar antes de que ella lo abrazara con fuerza.
—…¿Eh?
El rey parpadeó confundido, sosteniendo automáticamente a su hija mientras la observaba por encima de su hombro.
—¿Qué pasó?
Pero antes de que pudiera seguir preguntando, Gen se levantó elegantemente de su asiento y realizó una impecable reverencia teatral.
—Bienvenido, mi rey.
Senku lo miró en absoluto silencio dos segundos.
Y luego soltó una pequeña risa nasal.
—¿Desde cuándo eres tan formal?
—Desde que decidí convertirme en un consorte digno y respetable.
—Ajá. Claro.
Senku ya estaba sonriendo.
Porque después de tantos años, todavía seguía cayendo un poco enamorado cada vez que Gen hacía aquellas tonterías dramáticas solo para molestarlo.
Suika, mientras tanto, seguía abrazándolo con expresión profundamente compasiva.
Y eso sí empezó a preocuparlo.
—…¿Por qué me mira así? —preguntó finalmente, mirando a Gen con sospecha divertida—. ¿Ya le contaste cómo nos casamos?
Gen sonrió.
Lento.
Peligroso.
Completamente orgulloso de sí mismo.
—Por supuesto.
Senku suspiró inmediatamente.
—Ah, genial.
—Nuestra hija ahora conoce la verdad.
—Qué considerada decisión.
Gen se acercó despacio hasta quedar frente a ellos y luego apoyó dramáticamente una mano sobre el pecho.
—Ahora Suika sabe cómo su pobre padre fue asaltado por un Omega ambicioso, manipulador y absolutamente despiadado.
Senku soltó una carcajada.
Una genuina.
Cálida.
De esas que solo aparecían cuando estaba con ellos.
—Bueno… no estás mintiendo.
Y antes de que Suika pudiera reaccionar, Senku tomó a Gen suavemente de la cintura y se inclinó para besarlo.
Natural.
Familiar.
Lleno de ese amor tranquilo construido durante décadas.
Suika hizo una mueca inmediata.
—¡Hagan eso en otro lado!
Los dos se echaron a reír.
Porque incluso después de veinte años de matrimonio seguían siendo insoportablemente cariñosos.
Senku apoyó la frente contra la de Gen todavía sonriendo apenas.
—Tu hija realmente me está mirando con pena.
—Porque finalmente entiende tu sufrimiento.
—Sí, bueno… —Senku miró a Suika con falsa seriedad—. Tiene razón. Fui manipulado por un Omega terrible.
—¡Papá!
—Muy malvado —continuó Senku solemnemente—. Extremadamente peligroso.
Gen alzó una ceja.
—Tuviste suerte de que fuera yo.
—¿Ah sí?
—Claro. Otro Omega te habría destruido emocionalmente. Yo solo arruiné políticamente tu vida un poquito.
Senku volvió a reírse.
Dioses.
Todavía seguía enamorado de esa sonrisa.
De esa mente terrible.
De ese Omega imposible que había aparecido en su habitación una noche y cambiado toda su vida para siempre.
—Mm. —Senku terminó aceptando con total calma— Sí, supongo que debo estar agradecido.
Gen sonrió victorioso inmediatamente.
—¿Escuchaste eso, Suika? Tu padre admite que gané.
—No creo que esto haya sido una competencia sana.
—Y aun así me eligió igual.
—Técnicamente no tuve muchas opciones —murmuró Senku divertido antes de besar otra vez la mejilla de su esposo.
Suika soltó un sonido de horror exagerado.
—¡Qué asco!
—Demasiado tarde —respondió Gen con absoluta satisfacción mientras se abrazaba al rey—. Ya naciste. Ahora debes soportarnos para siempre.
Y el sonido de las risas llenó nuevamente los aposentos reales mientras el sol terminaba de ocultarse sobre el reino Ishigami. Suika los observó en silencio.
De pie junto a la puerta, con las últimas luces del atardecer derramándose sobre la habitación, vio a sus padres reírse bajito entre ellos como si todavía fueran aquellos jóvenes nobles que se encontraban con la mirada al otro lado de los salones reales.
Y honestamente…
si jamás le hubieran contado la verdad, ella habría creído sin dudarlo que se enamoraron desde el principio.
Porque era imposible mirar a Senku y Gen sin notar cuánto se amaban.
Lo veía en las pequeñas cosas.
En cómo Gen asistía a interminables reuniones diplomáticas solo para que Senku pudiera encerrarse durante horas en sus laboratorios sin preocuparse por la corte. En cómo discutía con ministros, nobles y consejeros para proteger las decisiones del rey mientras Senku trabajaba en inventos imposibles que terminarían ayudando al reino entero.
Y Senku…
Senku le había entregado a Gen algo que ningún rey concedía tan fácilmente.
Poder.
Verdadero poder.
No solo como símbolo.
No solo como título.
Le había dado autoridad real sobre el reino.
Confiaba ciegamente en él.
Respetaba sus decisiones incluso cuando toda la corte dudaba.
Y peor aún para los pobres consejeros…
las hacía respetar.
Suika todavía recordaba la primera vez que vio a un noble intentar minimizar la posición de Gen durante una reunión del consejo. Apenas había insinuado que “un Omega no debía intervenir en asuntos militares” antes de que Senku levantara lentamente la mirada desde sus documentos.
Y dioses.
La sala entera había quedado helada.
Porque Senku rara vez se molestaba en intimidar personas.
Pero cuando lo hacía…
era aterrador.
“Si el consorte habló,” había dicho con absoluta calma, “entonces hablé yo.”
Nadie volvió a cuestionar públicamente la autoridad de Gen después de eso.
Nunca.
Y Gen, por su parte, jamás usó aquella confianza a la ligera.
Protegía el reino como si hubiera nacido para ello.
Protegía a Senku todavía más.
Suika sonrió apenas mientras veía a su padre alfa abrazar cariñosamente a Gen por detrás, apoyando distraídamente el rostro contra su hombro mientras seguían discutiendo tonterías.
Tan naturales.
Tan cómodos.
Tan enamorados.
Y lentamente…
la parte racional de su mente comenzó a rendirse.
Porque sí.
Lo que Gen hizo en su juventud había sido manipulación.
Absolutamente.
Una locura políticamente cuestionable.
Tal vez incluso moralmente cuestionable.
Pero…
Suika miró otra vez a sus padres.
A Senku sonriendo de esa forma suave y rara que solo aparecía cuando miraba a Gen.
A Gen relajándose automáticamente apenas sentía los brazos de su esposo rodeándolo.
A los dos construyendo juntos un hogar, un reino y una familia durante más de veinte años.
Y terminó riéndose sola bajito.
Porque quizá…
quizá a veces estaba bien manipular un poquito las circunstancias a tu favor.
Solo un poquito.
Mientras el resultado final fuera algo así.
—¿De qué te ríes? —preguntó Senku desde el otro lado de la habitación.
Suika negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—De nada.
Y sin decir nada más, tomó suavemente la falda de su vestido y caminó hacia la salida.
Los dejó juntos.
Porque entendía ahora que había cosas que existían mucho antes de que ella naciera.
Historias complicadas.
Caóticas.
Imperfectas.
Pero reales.
Antes de cerrar la puerta, volvió a mirar una última vez hacia atrás.
Senku todavía sostenía a Gen entre sus brazos mientras el Omega reía suavemente por algo que seguramente solo ellos entendían.
Y por primera vez en toda la tarde, Suika dejó de sentir lástima por su padre.
Porque, honestamente…
el rey Senku Ishigami nunca había parecido un hombre atrapado.
Parecía un hombre profundamente enamorado.
