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Capítulo Completo
El ambiente en el reservado del club era tenso, pesado, cargado del olor rancio a alcohol caro, humo de tabaco y el murmullo de la música ahogada que se colaba por las paredes. Jin llevaba horas allí, sentado en el centro del sofá de cuero, rodeado de sus mujeres, riendo con una arrogancia ruidosa y coqueteando con sus putas como si el mundo fuera suyo y no tuviera ninguna responsabilidad sobre sus hombros. Actuaba con una soltura exasperante, ignorando olímpicamente la presencia de la única persona en esa habitación capaz de desquiciar por completo.
Ray lo había estado observando desde la esquina más oscura del lugar, de pie, impecable en su traje, con la mandíbula tan apretada que le dolían los dientes. Una furia silenciosa y tóxica se le había ido acumulando en el pecho al ver cómo Jin se dejaba tocar, cómo sonreía a cualquiera. No pude soportarlo más. Cruzó la estancia a grandes zancadas, emanando un aura tan letal que el aire pareció congelarse. Apartó a una de las mujeres de un empujón y quedó frente al moreno, tomándolo bruscamente del cuello antes de estamparle una bofetada limpia que resonó en todo el reservado.
—Qué te pasa, maldito enano de mierda, ¿ah? —siseó Ray, con los ojos inyectados en rabia.
Jin, lejos de amedrentarse, reaccionó por puro instinto criminal. Usando su fuerza bruta, se impulsó hacia adelante y empujó a Ray contra la mesa del centro, mandando a volar las botellas de alcohol que se estrellaron contra el suelo en mil pedazos, inundando el piso de vidrio y licor.
—A ti qué coño te pasa, imbécil —gruñó Jin, apoyando una rodilla sobre el pecho de Ray mientras se limpiaba el labio sangrante con el dorso de la mano, fulminándolo con la mirada.
—Crees que puedes coquetear con tus putas y salir vivo de esta mierda? —le escupió Ray, sosteniendo el agarre con una fuerza descomunal.
— ¿Estás celoso, Ray? —Jin soltó una sonrisa orgullosa, provocadora y carente de miedo. Para rematar la burla, bajó una de sus manos y se la pasó con descaro por el culo, desafiándolo a romper el límite.
La provocación funcionó. En un parpadeo, Ray invirtió las posiciones con un movimiento quirúrgico, tirando a Jin al suelo sobre los vidrios rotos.
— ¿Te estás burlando de mí?
Ray rompió lo que quedaba de una botella contra el borde de la mesa, tomó el cuello astillado y lo clavó directo en la garganta del moreno, presionando lo suficiente para que una gota de sangre comience a deslizarse por la piel de Jin. Pero Jin ni siquiera pestañeó. Sostuvo la mirada gélida del asesino y soltó una risotada ronca.
—Hazlo, imbécil... Sé que no me puedes matar porque mi pene es tu droga, ¿verdad?
Ray se quedó completamente en blanco. Las palabras de Jin lo golpearon con la fuerza de un camión, congelándose los músculos. La absoluta verdad de ese reclamo lo desarmó y, furioso con Jin pero sobre todo consigo mismo, desvió el brazo con violencia y apuñaló el suelo de madera, justo a un lado de la oreja del moreno. Se levantó de un golpe, se acomodó el saco y dejó a Jin allí tirado, respirando agitado entre los escombros de la pelea.
Desde ese maldito día, Jin no supo nada más de Ray. Fue una semana entera de un vacío absoluto. Siete días en los que el maldito infeliz desapareció de la faz de la tierra, tal como solía hacerlo antes de que sus vidas se cruzaran.
Para Jin, esa semana fue un descenso directo al infierno de la paranoia. Las noches en su departamento se volvieron insoportables; se descubre a sí mismo fumando frente a la ventana de madrugada, esperando ver la silueta afilada de Ray cruzando el callejón, o revisando las esquinas oscuras de su oficina con el arma en la mano, había mandó a sus hombres a averiguar sobre él, pero nadie sabía nada, aveces cuando Ray desaparecida por mucho tiempo, siempre mandaba algún indicio de dónde podía estar, pero esta vez no fue así, Al No saber si Ray estaba vivo o matando gente en alguna parte de asia , si se había marchado del país o si simplemente disfrutaba torturándolo con su ausencia, le estaba quemando la cabeza hasta la mierda. Su paciencia se redujo a cero; estaba de un humor de perros, castigando salvajemente a cualquiera de sus subordinados que cometiera el más mínimo error.
La presión interna era tanta que, al séptimo día, Jin tuvo que salir a la calle a supervisar uno de sus locales nocturnos, simplemente para no volverse loco entre cuatro paredes. Le habían informado que un idiota de una banda local estaba ocasionando problemas y cobrando de más a los clientes. Era la excusa perfecta para descargar su frustración a golpes.
Pero cuando Jin cruzó la puerta trasera del local y entró al área vip, la realidad lo golpeó de frente y la sangre le hirvió hasta la mierda. El tipo que causaba los problemas estaba allí, pero no estaba solo: estaba hablando con Ray. El infeliz tenía una mano puesta atrevidamente en la cintura de Ray y le hablaba al oído con una confianza asquerosa.
Ray, que tenía los sentidos aguzados de un depredador, sintió la presencia de Jin en el mismísimo segundo en que este entró; sintió esos ojos oscuros clavándosele directo en la nuca. Lejos de apartarse o de apuñalar al tipo por tocarlo, Ray decidió jugar. Se inclinó ligeramente hacia el hombre, soltando una risa baja y fingida, actuando más provocativo, más putita a propósito. Quería avivar el fuego, quería ver el mundo arder. Ray sabía perfectamente que Jin terminaría llegando a ese lugar, y esa era su retorcida y perfecta venganza por la discusión de la semana pasada.
—Este maldito idiota... —gruñó Jin, perdiendo el control por completo.
Sin pensarlo dos veces, Jin desenfundó su arma, dio tres pasos largos y, antes de que el tipo pudiera siquiera reaccionar, le disparó directo en la cabeza. El estruendo del tiro fue seco. Jin no apartó los ojos de Ray ni un solo milisegundo mientras apretaba el gatillo. La fuerza del impacto hizo que los sesos y la sangre caliente del hombre salieran esparcidos, salpicando el lado izquierdo de la cara pálida de Ray y manchando su camisa blanca. Ray ni siquiera parpadeó; se quedó estático, sosteniendo la mirada asesina de Jin con una chispa de triunfo en sus pupilas.
—¿Qué mierda te pasa, idiota? —provocó Ray, usando dos dedos para limpiarse la sangre ajena de la mejilla con total desdén—. ¿Que no puedo desear el pene de otro tipo?
Ciego de celos y con las venas de la frente a punto de estallar, Jin avanzó, agarró a Ray del brazo con un agarre que prometía dejarle marcas y lo arrastró a la fuerza por el pasillo hasta la primera habitación privada que encontró. Al abrir la puerta de golpe, se toparon con una de las putas del lugar y un cliente regular en medio de su hora feliz. Jin no tenía tiempo para testigos ni para jadeos ajenos. Sin tentarse el corazón y con los ojos desorbitados por la rabia, alzó el arma y mató a los dos en el acto. Acto seguido, agarró los cuerpos de las ropas, los sacó a rastras del cuarto tirándolos a la mierda en medio del pasillo y cerró la pesada puerta de madera con un azote, pasándole el cerrojo.
—¡Maldito imbécil! ¡Contéstame! ¿De verdad te gustaba el pene del otro tipo? —rugió Jin, acorralandolo contra la pared, con el pecho subiendo y bajando con violencia.
Ray lo observaba, con la respiración entrecortada y el pulso a mil por hora. Ver a Jin desatar una carnicería de ese calibre, masacrando a tres personas en menos de dos minutos solo por él, por puro instinto de propiedad, se le hacía el acto más jodidamente romántico que alguien hubiera hecho por él en toda su miserable vida. Literalmente nadie nunca había cruzado esa línea por su seguridad o por sus celos. El peligro lo excitaba de una manera enferma.
—¿Estás celoso, Jin? —preguntó Ray, con un tono de voz que era pura provocación.
—Odio que otra gente te toque, odio que otros hombres pongan sus malditas manos sobre tu hermoso cuerpo —declaró Jin, tomándolo con fuerza de la cintura, pegando sus cuerpos hasta que no quedó espacio entre ellos antes de estamparle un beso violento, lleno de dientes, rabia y necesidad—. Tuviste sexo con ese idiota... en mi mente fue lo único que imaginé desde que entré, imaginé que te tocaba y por eso lo maté.
Ray soltó un suspiro trémulo y caliente contra sus labios, rindiéndose ante la intensidad del moreno—. Sabes... me mojé un poco cuando lo mataste.
Esa confesión terminó de romper el último hilo de cordura que le quedaba a Jin. Agarró a Ray, lo giró y lo tiró de bruces sobre la mesa de madera que había en el centro de la habitación. Con movimientos torpes y desesperados, Jin le arrancó el pantalón, exponiendo su cuerpo. Completamente desquiciado por el olor a sangre y la adrenalina, Jin se bajó rápido, hincándose detrás de él para oler el coño y el culo a Ray como un puto perro hambriento y posesivo.
Su lengua pasó sin frenos, húmeda y pesada, desde el ano hasta el coño de Ray, lamiéndole por completo, marcando territorio y reclamando lo que era suyo. El más alto soltó un jadeo fuerte, ruidoso, arqueando la espalda hacia atrás y clavando los dedos en la madera hasta doblarse las uñas.
Después de unos segundos de tortura deliciosa, Jin se acomodó la ropa, sacó su miembro y, sin usar lubricante ni preparación, se abrió paso y metió su pene grande dentro del culo de Ray de una sola estocada profunda y brutal.
Ray soltó un jadeo ahogado, perdiendo el aire por completo, pegando la mejilla contra la mesa. Jin no le dio tiempo de recuperarse; lo tomó de las caderas y comenzó a embestirlo con un ritmo salvaje, rápido y frenético. Con cada golpe seco de la pelvis de Jin, las tetas de Ray se movían y se sacudían violentamente sobre la mesa.
—¡Joder! —Ray terminó metiéndose sus propios dedos en su vagina húmeda, los gritos y gemidos llenaban el club, mientras Jin se inclinaba sobre su espalda para morderle el cuello, le encantaba morder el cuello a Ray dejándole marcas moradas y rojas con los dientes—. ¡Eres un... un maldito idiota! —insultó Ray, aunque su cuerpo se contraía del placer con cada estocada que lo desgarraba por dentro.
El sexo se prolongó hasta que ambos quedaron exhaustos, vacíos de rabia y cubiertos de sudor. Cuando finalmente terminaron, el ambiente en la habitación privada se enfrió de una manera extraña. La locura dio paso a un cansancio denso, casi pacífico. Se arreglaron la ropa desarreglada en silencio, acomodándose las camisas rasgadas.
Jin, con la voz completamente ronca por los gruñidos, abrió la puerta, esquivó los charcos de sangre y les dio órdenes rápidas y directas a sus acompañantes para que limpiaran la carnicería del pasillo y desaparecieran los tres cadáveres antes de que llegara la policía.
Caminaron juntos hacia la salida trasera y subieron al auto blindado. Se sentaron juntos en el asiento trasero, mientras el chofer arrancaba y se adentraba en las calles iluminadas de la ciudad.
El silencio dentro del vehículo era absoluto, pero ya no era un silencio de guerra. Mientras miraba por la ventana las luces borrosas de los edificios, Ray extendió la mano por el asiento con lentitud, buscando los dedos de Jin hasta que finalmente tomó su mano, entrelazándola con firmeza. El gesto tomó por sorpresa al moreno, quien bajó la mirada hacia sus dedos unidos. Jin no dijo nada, ni siquiera hizo una broma; sabía perfectamente que las expresiones de cariño o vulnerabilidad por parte de Ray eran contadas con los dedos de una mano, y no quería arruinar la fragilidad de la situación.
Jin se dedicó a disfrutar del calor de esa mano. Le resultaba sumamente irónico y fascinante: a pesar de que Ray era un asesino implacable, capaz de cometer las peores brutalidades del mundo con esas mismas extremidades, sus manos eran extrañamente suaves, delicadas al tacto. En medio de ese silencio, Jin notó que la mirada de Ray, reflejada en el vidrio de la ventana, había cambiado; ya no tenía ese brillo asesino. Recordó una noche pasada, semanas atrás, mientras tenían sexo en la oscuridad de su habitación; recordó cómo Ray lo había visto fijo a los ojos, directo al alma, y lo había besado.
No había sido un beso de pasión salvaje, ni de control, ni de rabia. Había tenido un sabor completamente diferente: era tranquilo... pausado... y con amor. Jin esa vez había quedado en absoluto shock por el cambio de ritmo, pero había seguido el beso con ese mismo tono inesperado, descubriendo que detrás del monstruo había algo que cuidar.
Llegaron al departamento de Jin ya muy entrada la madrugada. El peso del día, la tensión de la semana separados y la brutal descarga de adrenalina finalmente les pasaron factura a ambos, dejándolos exhaustos. Al cerrar la puerta del piso con doble llave, el mundo exterior —con sus muertos, sus deudas, las mafias y la violencia— pareció quedarse completamente fuera, incapaz de tocarlos.
Ray se quitó el abrigo pesado de lana, dejándolo caer sin cuidado en un sillón, y se sentó en el borde de la cama matrimonial, apoyando los codos en las rodillas y frotándose las sienes con visible cansancio físico y mental.
Tenía la mirada perdida en la alfombra. Jin lo observó en silencio desde el umbral de la puerta por un momento, contemplando la figura de ese ser tan complejo que compartía su cama. Fue al baño, abrió la llave del agua caliente, mojó una pequeña toalla limpia hasta que quedó humeante y regresó a la habitación.
Sin decir una sola palabra, Jin caminó hacia la cama y se arrodilló en el suelo, justo entre las piernas de Ray. El más alto lo miró con extrañeza, parpadeando despacio, pero no intentó alejarse ni se movió. Con una delicadeza extrema, una ternura que nadie en el submundo criminal creería capaz de un hombre como Jin Hyun Pill, Jin alzó la mano y comenzó a pasar la toalla tibia por la mejilla de Ray. Movió la tela con suavidad, limpiando con cuidado los restos de la sangre seca del tipo del club que aún manchaban su piel pálida, asegurándose de no lastimarlo.
Ray cerró los ojos de inmediato, entregándose por completo al tacto protector de Jin. El calor del agua y los movimientos pausados eran casi terapéuticos, borrando la violencia de la noche. Cuando la piel de Ray quedó perfectamente limpia y libre de rastro de muerte, Jin dejó la toalla de lado en la alfombra y acunó el rostro afilado de Ray entre sus dos manos grandes y cálidas.
Ray abrió los ojos lentamente, encontrándose de frente con una mirada en Jin que no tenía rastro de posesión, celos o locura; Era solo devoción pura, un compromiso silencioso. Ray se inclinó hacia adelante, dejando caer el peso de su frente contra la de Jin, uniendo sus respiraciones mientras dejaba escapar un suspiro largo, pesado, liberando toda la tensión acumulada en los últimos siete días.
—No vuelvas a desaparecer así —murmuró Jin contra sus labios, con la voz extremadamente baja, arrastrada, sonando casi como un ruego desesperado que jamás admitiría en voz alta. —Si algún día veo a un tipo tocarte otra vez te juro que lo obligare a comer su propio pene.
—No lo haré, imbécil —respondió Ray con un hilo de voz, acortando los últimos milímetros de distancia.— Me encanta esta parte tuya de asesino serial solo por mi.
Buscó los labios de Jin en un beso suave, lento y profundo. Un beso desarmado, que sabía a tregua mutua y que prometía que, al menos por esa noche, bajo el techo de ese departamento, ninguno de los dos tendría que seguir peleando contra el mundo o contra sí mismos.
—No te aproveches de eso —Dijo Pil.
