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Ladrón de mis amores.

Summary:

El inspector Rhadamanthys Wyvern ha pasado los últimos años de su vida persiguiendo al mundialmente famoso ladrón de guante blanco: Dragon Sea.
Aunque para nuestro intrépido policía solo es "Kanon".
Tarea que sería más simple si Kanon no estuviera acompañado por sus dos compinches: el pistolero Milo de Antares y el mosquetero moderno, Sorrento de Siren. Por lo que el fiero inspector tiene que valerse de trucos impensados para atrapar al ladrón que le roba la cartera, las horas de paz, el sueño y, tal vez, uno o dos suspiros.

Notes:

No logro recordar cuál es el apellido que The Lost Canvas le dio a Rhadamanthys, si alguien lo recuerda, se lo agradeceré muchísimo que me lo diga.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

—Kanooooooooon.

El grito del inspector Rhadamanthys resonó por las calles de de Londres e hizo volar a las palomas cercanas, de un salto se subió al capó de un coche y extendió sus mano para alcanzar la larga melena turquesa del ladrón.

Antes de lograrlo, un brillo plateado atravesó el aire y, para no perder los dedos, Rhadamanthys retrajo el brazo. Del cielo cayó una elegante figura y envainó su espada con gracia.

—Sorrento, ¡eso es obstrucción de la justicia!

El moderno mosquetero se inclinó el sombrero y le dedicó una sonrisa orgullosa al pobre policía.

—Duo de cabrones.

—¡Superior! —La voz del joven Valentine, siguiendo sus pasos, lo hizo girar.

Grave error.

Kanon aprovechó para lanzar una bomba por encima de su hombro, el objeto cayó en manos de Valentine, quien en un reflejo de la lanzó a su superior y así estuvieron jugando esos dos hasta que la bomba explotó en el aire y terminó siendo un simple señuelo de humo, harina, serpentina y confeti.

Desde un tejado cercano Kanon se estaba riendo junto a Milo. Sorrento tuvo la cortesía de taparse la boca, pero Rhadamanthys podría jurar que ese desgraciado también estaba muerto de risa.

—¡Gracias por el recuerdo, Cejitas! Devolveré la estatua de Athena a donde pertenece.

—¡Vuelve aquí, maldito criminal de pacotilla! —rugió el feroz policía—. Eso es propiedad del museo británico.

—Propiedad mis cojones —soltó Kanon—. Esto es de los griegos, ¿no querrás estar del lado de los ladrones, cierto Cejas? Nos vemos, abayooo.

—Vuelve aquí, malnacido.

Valentine intentó detenerlo, pero su jefe ya estaba subiendo por las paredes de una casa, aferrado a las enredaderas. Y a lo mejor le hubiera salido bien, de no ser porque Milo disparó y cortó las ramas de la planta justo cuando Rhadamanthys estaba a punto de alcanzar el tejado. 

—Milo, hijo de la gran…

—No te lo tomes personal, Cejas. Es nuestro trabajo —contestó el peliazul mientras soplaba el cañón de su pistola y se reacomodaba el sombrero.

Tras semejante acto de cobardía, el inspector quedó colgando del tejado, aferrado con todas sus fuerzas al techo mientras su aprendiz procuraba buscar ayuda de los bomberos para bajar a su superior.

—¡Aguante, señor Rhadamanthys!

—¡Valentine, solo cállate y apresúrate!

La ayuda llegó muy tarde, Rhadamanthys no soportó más tiempo y terminó cayendo al suelo, precipitándose entre los zarzales que de la casa. Valentine siseó cuando escuchó los gritos del otro, mientras los tres ladrones se reían desde un balcón seguro. Donde vigilaban el desenlace de tremenda escena.

—Ja, ese hombre es necio como pocos. —Milo se tiró en el sofá y lanzó su sombrero a un lado—. Le vendría bien buscar otro caso, con nosotros no se puede.

—Oh, vamos Milo. Sabes que sin Cejas nuestro trabajo sería terriblemente aburrido —se burló Kanon.

—Podría ser como siete veces más sencillo —argumentó Sorrento—. Yo estoy con Milo.

—¿Y qué hay de emocionante en lo sencillo? ¿Qué mérito encuentra el hombre en lo fácil? ¿Creen acaso que Aquiles encontró la gloria en el camino tranquilo? ¿Heracles sería tan memorable si se hubiera entregado a la mediocridad? ¡No señores! La gloria se construye con el sudor de la frente de uno.

—Y el pellejo de tus compañeros al parecer, ¿no es así, Kani?

La sensual voz de Afrodita hizo que Milo y Kanon se giraran en el acto. Con su traje de cuero, el sueco avanzó  hasta donde estaba sentado Milo y le arrebató la copa de las manos. El pistolero aún estaba demasiado aturdido como para responder.

Afrodita se sentó en el regazo de Kanon y le ofreció la copa de ouzo.

—Un brindis a tu salud.

El ladrón sonrió de lado y apretó la cintura del estafador.

—Hace tiempo no te veía por aquí, florecita.

—Oh, unos viajes por Roma. Ya sabes cómo es.

Sorrento rodó los ojos, desenvainó la espada y empezó a limpiarla.

—¿A qué has venido? ¿Te cansaste de estafar a los viejos millonarios de Italia? —Preguntó el espadachín— ¿O es que volviste a meterte en problemas?

—Uy, casi parece que no te de gusto verme —reclamó Afrodita.

—Bueno, no puedes culparlo. De cada tres veces que vienes a vernos, dos son para traer problemas, Froda —Milo ya se había servido otra copa de ouzo.

—Kaniii, Milo me está molestando.

Afrodita se abrazó al cuello de Kanon y se restregó encima suyo, al griego se le dilataron las fosas nasales e intentó mantener quieto al otro.

—Florecita, no te muevas…

—Te extrañé tanto Kani, ¿vas a decirme que vine a Londres por nada?

Milo y Sorrento giraron los ojos, Kanon iba a caer… como siempre.

—Nonono, florecita yo nunca dije eso. Al contrario, me alegra mucho que estés aquí, no sabes lo feliz que me hace. Tenía varios meses sin verte, dulzura y no sabes lo mucho que te extrañé.

Kanon bajó la mano al trasero del hombre en su regazo y Afrodita le dio un manotazo.

—Sí claro, ¿por eso te enrollaste con la hija de ese millonario, cierto? Salió en todos los periódicos.

Afrodita se puso de pie y Kanon se puso una almohada en el regazo con rapidez, el sueco sonrió satisfecho. Se acercó hasta la estatuilla de Athena y empezó a examinarla con lujo de detalle.

—Froda, manos donde pueda verlas —Milo no se andaba con rodeos.

—Eres un pesado, Milo. No tengo intención de robar esto —mintió—. No podría sacarle provecho.

—Claro.

Kanon, para aligerar la tensión del ambiente, propuso un brindis.

Milo se tomó otro trago a los labios y Afrodita sonrió.

Pocos minutos después, los tres hombres estaban roncando en la sala de la habitación, Afrodita se puso guantes negros y tomó la estatuilla. Se acercó a Kanon y le dejó un beso en la mejilla.

—Gracias Kani, pero tengo un comprador que pagará millones por ella. No te lo tomes personal.

Afrodita había puesto un potente somnífero en el ouzo, conocedor de que lo primero que la banda haría al regresar del robo, sería brindar. Se infiltró como camarero, envenenó la bebida y esperó para hacer su entrada. Sorrento fue el más duro de convencer de unirse, pero al final cedió.

De este modo, el afamado e infame Kanon de Dragón Marino despertó en la comisaría. Custodiado por el inspector Rhadamanthys Wyvern, su eterno rival.

—¿Qué hago aquí?

Kanon se sobó la cabeza y parpadeó varias veces antes de acostumbrarse a la luz de la prisión.

—¡Ja! Te dije que te atraparía. Una denuncia anónima nos alertó dónde estabas. Al parecer un camarero del hotel donde te escondías reconoció tu fea cara en las noticias.

Kanon sintió cómo la mirada de Milo y de Sorrento lo atravesaban desde las otras celdas. Cuando salieran de esa, iban a matarlo.

—¡Eso es jugar sucio, Cejas! Se supone que debes atraparme en acción, no en mi hotel.

—Bueno, te arrestaron por acoso al pobre camarero —le informó Rhadamanthys con un dejo de molestia—. Te he dicho que tu actitud te traerá muchos problemas, pero nunca me creíste.

Ese maldito de Afrodita… seguramente Saga lo había enviado. Iba a retorcerle el cuello a su hermano en cuanto se vieran.

—¡Sigue siendo injusto! —Le gritó el ladrón.

—No me hables de justicia cuando estás al otro lado de la reja.

Mientras Rhadamanthys soltaba su usual cantaleta de porqué estaba mal robar y cómo Kanon debía pagar a la sociedad todo lo que hizo, el ladrón se revolvió el cabello y encontró una ganzua, intentó aprovechar la distracción del policía para forzar la cerradura pero al introducir el objeto metálico, se electrocutó.

—¡Ja! Ese truco no va a servirte Kanon, llevo persiguiéndote años y conozco tus manías de cabo a rabo.

—Eso es trampa —Kanon se sopló en la mano e hizo un puchero.

—Bueno, tenía que tomar provisiones.

Sorrento y Milo suspiraron, exasperados. Esto iba a tomarse un rato, en lo que a Kanon se le ocurría otra idea para escapar, mejor se pondrían a jugar cartas. Sorrento sacó de entre su ropa una baraja inglesa y le tendió unas cuantas cartas al pistolero.

—Ahora, confiesa. Ladrón de pacotilla. ¿Dónde escondiste la estatuilla?

—¿Eh?

Ay no… Afrodita no estaba trabajando con Saga, porque de lo contrario, el estafador solo lo habría mandado a la cárcel.

Afrodita estaba por su cuenta. Lo que se traducía en un problema gordo.

—¡No la tengo yo! —Juró el ladrón—. ¡Puedes registrarme!

Rhadamanthys arqueó la ceja, Milo y Sorrento seguían entretenidos en su partida de cartas. Como siempre, Sorrento iba perdiendo.

—¡Valentine! ¿Dónde estás?

El joven policía apareció como si de un espectro se tratase.

—¡Sí señor! Aquí estoy.

—Registra a los otros dos, yo me encargo de este.

Milo y Sorrento se miraron, Valentine se giró a verlos. El pistolero le guiñó un ojo y le lanzó un beso al muchachito. Quien se sonrojó hasta las orejas. Sorrento le dio un codazo a su amigo aunque se estaba muriendo de la risa por dentro.

—Apresúrate Valentine. Y ten cuidado, suelen tener un millar de cachivaches inútiles escondidos por ahí.

Kanon no lo admitiría jamás, pero disfrutaba ver el nerviosismo de Rhadamanthys cuando lo desnudaba. Al policía le temblaban las manos, se le encendía la cara y sus ojos dorados lo evitaban a toda costa. Esta ocasión no fue la excepción.

—¿Qué te pasa? Hemos hecho esto cieeentos de veces. Aunque me alegra saber que sigo siendo atractivo.

—Cállate —masculló Rhadamanthys mientras le quitaba la corbata.

Bueno, Kanon debía admitir que no le resultaba indiferente al inspector. ¿Es que quién lo sería? Si hasta el asistente babeaba por ese hombre. Alto, rubio, fornido. Y esa gabardina lo hacía lucir más imponente.

Cuando Rhadamanthys terminó de sacarle todos los cachivaches a Kanon, suspiró.

—¿Ves? Te dije que no tenía la estatuilla conmigo.

—Pues no la encontramos en el cuarto de hotel —se excusó el inspector—. ¡Valentine! ¿Cómo vas?

—Limpios, tampoco traen la estatuilla.

Rhadamanthys se mordió el pulgar y barrió a Kanon con la mirada, el ladrón seguía esposado, no se veía alarmado —nunca se le veía así— y le ofreció sus muñecas para que las desatara.

—¿Ya me puede soltar, señor oficial? Solo soy un pobre turista griego al que denunciaron falsamente.

—Inspector —corrigió Valentine—. El señor Rhadamanthys es inspector, le costó mucho trabajo llegar hasta ahí, así que llámelo de manera correcta ¿Le quedó claro?

Rhadamanthys le indicó a su aprendiz que se detuviera, rodeó a Kanon mientras sus ojos ambarinos hurgaba en cada detalle del criminal. Con pasos medidos, rodeó al ladrón y sin avisarle, pasó sus dedos por la larga melena. 

A Kanon se le erizó el vello de todo el cuerpo y sus compañeros se mordieron los labios.

Vale, Kanon era de todo menos indiferente al inspector. Y si el hombre no hacía algo ahora mismo, iba a terminar de mal humor el resto de la tarde.

—Vaya Cejas, hoy estás de atrevido. ¿Al fin dejaste de reprimirte?

Rhadamanthys tiró del cabello de Kanon y lo hizo soltar un chillido.

—Deja de hacerte el payaso Kanon, siempre escondes algo aquí. No soy idiota, siempre tienes más de un truco bajo la manga.

Cuando terminó de inspeccionar la melena del criminal, las manos del inspector bajaron por su espalda. Un toque suave, apenas por encima de la seda de la camisa. Los otros tres se miraron y, en común acuerdo, se giraron para darles la espalda y dejarles algo de privacidad.

Rhadamanthys volvió a pararse frente a Kanon y le levantó las manos por encima de la cabeza. Nuestro ladrón tragó saliva. Dioses, cuando el hombre se ponía serio se veía tan…

Las manos de Rhadamanthys en su cintura, licuaron las rodillas de Kanon. Estuvo por caer, pero eso sería perder su orgullo como criminal.

—¿Encontraste algo interesante, inspector?

—Todavía no, si te callas me aseguraré de que tu celda tenga aire acondicionado.

Rhadamanthys le palpó los costados, empezó a bajar y cuando llegó a la altura del cinturón, se detuvo. Contuvo la respiración y las manos le temblaban.

—¿Qué? Ya te acobardaste. ¿O es que te gusta demasiado lo que tienes enfrente? Cuando quieras, inspector.

—Kanon —le reclamaron todos los demás.

—¿Qué? A este se le va a salir la baba de tanto verme, que disfrute. Pero Cejas, ¿podrías pedirle a tu pollito que se lleve a mis amigos? No quiero compartir lo que vas a hacer…

Rhadamanthys salió de la celda y se la cerró en las narices a Kanon. El pobre estaba echando humo por las ojeras. 

—Está limpio —declaró el hombre—. Valentine, ordena vigilancia a toda hora y todo el día. Que no se queden solos en ningún momento.

—¡Sí señor!

—Y ponle una camisa de fuerza a este loco.

—Sí señor.

Kanon se asomó entre los barrotes y sacó una mano para jalar a Rhadamanthys.

—Cejitas, una cosa. ¿Me traerás la cena? Estoy que me muero de hambre y, aunque no sea la gran cosa, ¿Un fish and chips? Por favor, para tu ladrón preferido.

—¡Qué insolente! —Valentine estaba rojo de ira.

Y Rhadamanthys rojo de vergüenza, empezó a maldecir, manotea; amenazó con amordazar al ladrón,  Kanon le dijo que la idea no le molestaba; juró que lo extraditaría a Grecia, Kanon le preguntó si lo visitaría de vez en cuando.

Milo estaba muerto de la risa. Rhadamanthys, harto de la actitud burlona del brillante criminal, lo tomó por las solapas de la camisa y lo alzó veinte centímetros del suelo.

—Te voy a mandar a la Antártida, maldito lunático.

Kanon le pidió disculpas sin verdadera convicción, Valentine convenció a Rhadamanthys de bajar al encarcelado y se fueron. Cuando estuvieron solo con el guardia asignado, Kanon le hizo una señal a Milo, quien empezó una pelea con Sorrento. Cuando el pobre hombre se acercó a separarlos, el pistolero y el espadachín lo noquearon de un puñetazo. Kanon abrió su celda, se liberó de las esposas y liberó a sus compañeros. 

Lo primero que hizo Milo, fue darle un golpe en la nuca.

—¡Ay! Eso duele.

—Te dije que desconfiaras de Afrodita. ¡Nos costó una y la mitad de la otra robarla!

—Ay, perdón.

Sorrento suspiró y negó con la cabeza. Esto era rutina de todos los días.

—Será mejor que nos apresuremos. Si Afrodita vendió la estatuilla está en serios problemas.

Milo miró confundido al espadachín, luego a Kanon, quien estaba riéndose.

—¿Kanon?

—Noté la presencia de mi querido amigo desde que volvimos al hotel, había cosas desacomodadas. Así que antes de que llegara, intercambié la estatua.

Milo rodó los ojos y se sobó el entrecejo. De nuevo, sus vacaciones se convertían en una misión suicida para salvar a ese estafador de poca monta y a sus dos pegotes.

—Shura y Deathmask serán suficiente para mantenerlo vivo. Solo vámonos a casa, ¿sí? Antes de que quieras comerte a Cejitas.

Kanon se ruborizó y tosió por lo bajo. Sorrento sonrió.

—Nada de eso, si Dita no está trabajando con el rastrero de mi hermano, seguramente metió su preciosa naricita en un embrollo grande. Sería muy descortés de mi parte dejarlo solo junto a esos dos ¿no?

Milo se llevó las manos a la cara y lloriqueó un poco. Los trabajos siempre terminaban así.

—Ya qué. ¿Qué hacemos?

Kanon se arregló su característica chaqueta roja y acomodó su camisa de manera correcta.

—Bueno, primero salir de esta pocilga.

Rhadamanthys estaba redactando el informe del arresto de Kanon, cuando Aiacos le dejó un café enfrente. El inspector inglés levantó la cara y se encontró con su compañero.

—¿Es bueno volver a casa, eh? 

—Sí, no puedo creer que tengo tres meses sin pisar mi apartamento.

—Anda, bebe, bebe. Se te enfría el café.

Rhadamanthys tomó el café y casi lo escupe, aunque no porque el líquido estuviera hirviendo, sino por el desagradable sabor de la bebida. Aiacos le había puesto sal. El desgraciado empezó a descojonarse de risa mientras Rhadamanthys lo maldecía en voz alta.

—Ay, maldito idiota. ¿Ni una puedes dejarme pasar? 

—Jajaja, hiciste falta por estos lares Rhada. ¿Qué tal estuvo Francia?

—No hago turismo Aiacos, persigo a un criminal.

—Al mismo desde hace cinco años, ¿no crees que sería mejor dejarle el caso a los griegos? Ya se comprobó que el sujeto es griego. Deja que sus inspectores se encarguen de ello.

Rhadamanthys dio una palmada en la mesa que sobresaltó a todos.

—¡Ni hablar! ¿Dónde quedaría mi orgullo como policía? Mi familia lleva generaciones haciendo prevalecer la justicia, retroceder ahora sería deshonrar el legado de seis generaciones.

—Rhada, estás exagerando un poco, ¿tanto escándalo por un simple ladrón? Podrías estar en narcóticos o algo más interesante.

—¡Imposible! —La firmeza del inspector hizo retroceder a su colega—. Kanon no es un simple ladrón, es el mejor criminal del mundo. No pienso dejar de perseguirlo ni un solo día, incluso en la muerte lo perseguiré como un espíritu vengativo. Mi alma no conocerá descanso hasta que logre arrestar su corazón.

Valentine estaba conmovido hasta las lágrimas por la convicción de su maestro, Aiacos abrió la boca y levantó la mano pero no pudo articular palabra, con las cejas fruncidas y la mente intentando decir algo coherente.

Antes de poder hacerle notar a su compañero lo poco profesional que sonaba aquello, una explosión cimbró la estación, Aicaos y Valentine terminaron abrazados y Rhadamanthys se tuvo que sujetar de la pared para no caerse.

Kanon.

El rubio sonrió de lado, tomó su gabardina, su sombrero y corrió en dirección de donde había provenido el ruido. Bueno, podía presumir que Kanon estuvo encarcelado … ¿cuatro horas? 

Cuarenta minutos más que la vez pasada, iban progresando.

Al llegar a la celda donde lo había dejado, encontró solo una nota. Además, claro, del enorme agujero en la pared.

La usual tarjeta de visita estaba pegada en la pared.

“Nos vemos pronto, Cejitas. Espera mi próximo robo”

Y como siempre, el garabato de un dragón marino. Ridículo y sonriente.

—Nos vemos pronto Kanon, esta vez te atraparé.

Minos regresó y se dejó caer en la silla que le correspondía a Rhadamanthys, no le importó la crisis de Scotland Yard, no le importó que todos sus colegas estuvieran vueltos locos. Él vio una silla vacía, un café tibio y un lugar alejado del caos. Así que el peliblanco se empinó la taza que su colega dejó.

Escupió el café de inmediato y manchó su camisa. Aiacos y Rhadamanthys se acercaron entre risas.

—¿Y ahora tú?

—Agh, no podían arruinar más mi día, ¿cierto? 

—¿Otra falsificación?

Minos se llevó las manos a la cara y asintió. Luego relató de la existencia de cuatro cuadros de “Almendro en flor” que aseguraban ser los auténticos. Todos con una técnica tan pulcra que podían pasar por el Van Gogh auténtico. 

—¿De nuevo el falsificador fantasma?

—Uhú…

Kanon estaba ahí, disfrazado de policía, con una sonrisa en la cara. Así que su hermanito seguía dando problemas a la ICPO desde otro frente. Bueno, valdría hacerle una visita a Saga en Atenas.