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La vida de Maekar desde la muerte de su esposa no había sido fácil. Cuidar de seis hijos lo estaba desgastando lo suficiente como para que se viera diez años mayor que su hermano Baelor, el primogénito.
Entre la adicción de Daeron, la ira de Aerion, el autismo de Aemon, la perfección de Daella, las travesuras de Aegon y la constante búsqueda de atención de Rhae, se estaba quedando calvo. Pero no podía hacer nada más que aguantar, puesto que ninguna niñera, institutriz o internado había ayudado a menguar el carácter de sus hijos. Se estaba dando por vencido; todo se le salía de las manos.
Y aunque su familia le decía explícitamente que contaba con su apoyo para con los niños, su terco orgullo no lo permitía. Todo se fue al carajo cuando se enteró de que Daeron chocó su auto y Aerion estaba a una advertencia de ir a la cárcel.
No tuvo más remedio que torcerse las manos y tragarse todo su orgullo para pedirle a su prima Rhaenyra que le diera el número de su ex institutriz.
—La vas a amar —le dijo mientras le pasaba el contacto por escrito—. Es joven, pero tienes mi palabra y la de Laenor de que es la mejor. Me ayudó en la crianza y enseñanza de Jace, Luke y Joff, así que Laenor y yo decidimos hacerla su madrina. Los tres la quieren mucho. Lamenté mucho el hecho de que no se pudo llevar muy bien con Daemon. Luego yo, por desgracia, no seguí estrictamente el contrato que firmamos y ella decidió terminar nuestra relación laboral. Aunque se sigue frecuentando con Laenor; son amigos, se conocieron en Lys.
Maekar dejó parlotear a Rhaenyra mientras evitaba hacer una mueca. Le daría el beneficio de la duda, aunque temía que la institutriz fuera algo hippie por cómo Rhaenyra y su ex esposo Laenor eran en cuanto a la crianza de sus hijos. Mientras Maekar y su difunta esposa preferían una crianza más estricta y estable, ya que eso habían recibido de sus padres, Rhaenyra y su ex esposo eran demasiado permisivos para su gusto. Algo que sin duda habían aprendido del lado de su familia, sobre todo de Viserys, el padre de Rhaenyra.
Pero al menos a ese par no le habían salido tan mal sus hijos. Jacaerys, Lucerys y Jofferys eran chiquillos a la par de los hijos de Baelor: respetuosos, inteligentes, demasiado amables para su gusto, pero sobre todo bien portados. Sin duda la moneda Targaryen cayó del lado correcto con ellos.
—Laenor le pidió personalmente que te ayudara con los niños. Ya verás, te llevarás muy bien con ella —algo en la mirada de Rhaenyra se endureció, pues en un rápido movimiento le tomó la mano que reposaba sobre su escritorio y le clavó lentamente las uñas—. Te aconsejo, Maekar, que no te atrevas a hacer o decir algo estúpido que nos ponga en aprietos. Ella pertenece a Nueva Valyria y tener una amistad con ella ayudará a la familia a consagrarse con las demás familias y conglomerados. Así que cuida tu bonita boca, haz lo que te diga y, por el amor a las catorce llamas valyrias, controla a tus hijos.
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Maekar no pudo evitar suspirar fuertemente. Abrió la gaveta escondida que tenía en su oficina, sacó una botella de vino tinto de Dorne —regalo de su madre— y le dio un trago directamente a la botella. Estaba agotado, no sabía qué más hacer. Todo lo que hacía para mantener a sus hijos estables y felices se iba al carajo.
Esperaba que ahora, con la nueva institutriz que Rhaenyra le recomendó, sus hijos al menos dejaran de causar tantos problemas. Que con esa nueva persona en sus vidas se concentraran en acoplarse o hacerle la vida imposible a la mujer; al menos así estarían quietos por un tiempo y concentrarían todos sus esfuerzos en dañar a otros.
Era en esos momentos cuando se daba cuenta de que sus diablillos eran así porque su padre sin duda era un cretino. Era en esos momentos cuando más extrañaba a Dyanna; ella era, sin duda, su lado más humano, la que lo hacía mejor persona. Si ella estuviera viva sabría cómo ayudar a sus hijos, no como él, que solo complicaba las cosas.
Dio un último trago al vino y dejó la botella en su lugar para luego cerrar con seguro. Si Daeron daba con ese lugar, el chico caería de nuevo y otra vez iría a parar a una clínica; otra vez la prensa acosaría a sus hijos y a cada miembro Targaryen; además juzgarían sus decisiones como director de operaciones, pero sobre todo, sin duda alguna, eso entorpecería el camino de su padre hacia el puesto de director general de todo el conglomerado que se estaba disputando con Rhaenys; sin olvidar a su madre y a esa desabrida esposa de su tío Viserys, Alicent, que cada que había reunión familiar sacaban a tema que necesitaba urgentemente una nueva esposa.
——
—Señor Maekar, su cita de las doce de la tarde está aquí, ¿la hago pasar a la sala de juntas?
Alzó la mirada para ver a Valena Celtigar asomarse tímidamente por la puerta. La chica era nueva, un poco torpe, de personalidad simple y era su secretaria por dos simples razones: la primera, como favor a su abuelo Alastar, un viejo amigo de la familia; y la segunda, porque nadie era capaz de durar más de tres meses como secretaria de Maekar.
—No, hazla pasar. La recibiré aquí mismo.
Valena susurró un “sí, señor” y se marchó tan silenciosamente como llegó.
Firmó un último informe, lo apiló con los demás y organizó su escritorio rápidamente. La puerta se abrió de golpe, dando vista a Valena ya la nueva institutriz de sus hijos.
—Puedes retirarte, Valena. Y usted, señorita, por favor siéntese.
Señaló la silla frente a su escritorio y esperó a que la mujer se sentara. Ante él estaba una mujer de apariencia normal; Lo único importante eran sus ojos, que tenían ciertos reflejos morados. De ahí en más, nada en ella se veía valyrio.
—Señor Targaryen, mi nombre es Araminta Oskorel, mucho gusto.
No se consideraba un snob como su tío Daemon, pero no concebía cómo una mujer de casi nula apariencia valyria y con un nombre tan característico de las Ciudades Libres vivía en Nueva Valyria.
Nueva Valyria se había caracterizado por no aceptar a nadie que no fuera valyrio. Había rechazado a los magistrados de Lys ya un par de hacendados que decían descendiente de una de las cuarenta familias. Su familia había intentado regresar a sus orígenes, pero habían sido rechazados hace muchos años atrás. El último miembro del que supo que había tratado de entrar a la ciudad había sido su abuelo Aegon, y fue rotundamente denegado.
—Tiene la misma mirada que Rhaenyra me dio hace muchos años atrás cuando nos presentó —le dio una mirada de condescendencia y resopló divertida—. Pero sí, soy valyria; también mis padres, sus padres y los padres de estos. Así sucesivamente lo han sido desde que existían las cuarenta familias principales.
Sintió las orejas encendidas, por lo que no quedó más remedio que disculparse por su comportamiento.
—Discúlpame, no quería faltarle al respe-
—Descuide —lo interrumpió fríamente—. No es su culpa que solo conozca a otras dos familias valyrias y que las características físicas sean las mismas, pues no hay más valyrios para casarse.
Joder. La mujer lo había dejado perplejo. Sabía defenderse, lo que ayudaría a manejar a Aerion.
Asintió.
—Bien. Hablemos sobre el contrato y sus honorarios.
Araminta sonrió.
