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Fandom:
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Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2026-06-21
Completed:
2026-06-29
Words:
23,090
Chapters:
8/8
Comments:
28
Kudos:
12
Hits:
153

Todo lo que negamos

Summary:

La joven universitaria esperaba que la guía de su profesora de escritura le daría la fuerza para enfrentar los miedos y demonios atrapados en las libretas que ha escrito desde su infancia. Pero no sería la única que tendría que lidiar con su pasado, las palabras jamás pronunciadas y los sentimientos que creía enterrados.

Notes:

Sí, otro fanfic de 8 capítulos, ¿por qué? Porque me gusta hacerme daño...

Chapter 1: Las musas

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

–¡Fuera de mi camino!

La rubia muchacha corría por los pasillos. Era su primer año en la universidad y lo último que quería era perderse esa clase.

Al llegar a la sala se sostuvo del marco de la puerta para recuperar el aliento. El aula seguía ruidosa y desordenada. Buscó con la mirada solo para notar que quedaban pocos lugares libres y decidió tomar un asiento un poco más atrás de lo que le habría gustado.

Dejó su mochila a sus pies, sacó un cuaderno con forro rosa y un lapicero color magenta con el cual jugó unos segundos dando ligeros golpecitos al borde de la mesa.

Reconoció los pasos que se acercaban desde atrás y supo de quién se trataba incluso sin voltear, rodó los ojos antes de que abriera la boca.

–Oye eich, ¿Hiciste la tarea?–dijo un chico tomando el asiento junto al de ella.

–¿Qué demonios te importa?–Contestó, acomodando un mechón de cabello tras su oreja, sin dejar de mirar la puerta.

–Por favor–Insistió el joven y buscó en su mochila.–. Tengo cupones de helado–Añadió, agitándolos frente a sus ojos azules.

Ella se los arrebató y los leyó con cuidado. Estaban vigentes y eran en el café del campus. Asintió aceptando el trato y con desgano abrió su libreta, rasgó una hoja y se la entregó. Era uno de los tantos borradores que había descartado.

Mientras el chico a su lado copiaba frenéticamente, los tacones resonaron en el pasillo y apuraron a todos a tomar sus lugares. En el instante en que la profesora ingresó al salón los últimos se sentaban y el aula quedó en silencio.

A la chica le encantaba ese instante en que podía contemplar el poder y la seguridad en su profesora. La admiraba y deseaba algún día tener su talento.

Se trataba de nada más y nada menos que la poeta Beatriz Brooke, ganadora de algunos premios que jamás se molestaba en recibir en persona. Tenía hermosos escritos que la conmovían por completo y hacían sentir a la joven que alguien le hablaba a su alma. La había conocido cuando notó uno de sus libros en el escritorio de su terapeuta. Apenas tenía 12 años, pero leía a un nivel avanzado desde segundo grado, así que le preguntó a la mujer qué leía y luego de ver un par de poemas, le pidió el libro prestado. Consiguió los demás en la biblioteca pública y en pocos meses se encontró esperando por la siguiente obra, que compraba con su mesada en cuanto llegaba a librerías.

Los pasos hasta el escritorio hicieron eco en la cerámica. La mujer dejó un par de carpetas y su bolso de cuero en el escritorio, echó una mirada a la clase y comenzó la lección repasando lo que había enseñado la clase anterior, realizando preguntas a estudiantes al azar. La mujer lucía segura y hablaba con autoridad frente a una treintena de personas que apenas calificaban como adultos y que en su mayoría conservaba los hábitos de la adolescencia.

La joven tomaba notas a prisa, tratando de no perder nada. Sabía que todos los que estaban en ese salón aspiraban a publicar algún día, así como ella misma.

Escribir era algo que hacía desde que podía recordar y era tan vital como el aire. De niña llenaba cuaderno tras cuaderno con palabras que atormentaban sus sentidos hasta la desesperación y que solo dejaban de aullar en su mente cuando la tinta se fijaba sobre el papel.

En incontables ocasiones se levantó de noche para anotar un idea o frase que había llegado como inspiración divina. Tenía cientos de párrafos sin sentido con letra apenas legible, pero cada fragmento tenía valor para ella y en su casa seguían acumulándose los manuscritos.

Hacía un par de años que había visto en el perfil profesional de la señorita Brooke que había agregado las clases que dictaba y en ese momento la joven supo que si entraba a esa universidad tendría la oportunidad de hacer algo con todos esos viejos diarios y sacarle provecho al dolor, la angustia y los anhelos que había volcado en tantas hojas. Después de todo si ella no lo hacía, nadie lo haría por ella, o algo así le había dicho su terapeuta. Tenía que intentarlo y triunfar o permitir que quien admiraba aplastara sus sueños.

Sentada en la orilla de su silla, atenta a cada palabra, ignoraba por completo que cada vez que bajaba la mirada para revisar sus notas, los ojos de la profesora la estudiaban con genuino interés. Si lo hubiera visto no le habría sorprendido que al final de la clase la llamara al frente y le pidiera quedarse algunos minutos.

–¿D-de qué se trata?–dijo la chica, rascando su nuca, nerviosa.

–El último trabajo que entregaste–dijo la profesora, sacando un par de hojas de su carpeta y la joven pudo notar la cuidada organización, así como la delicada letra manuscrita en las correcciones, siempre en tinta morada.–. Tienes potencial, más que el promedio de los de primer año. ¿Habías tomado antes alguna clase de escritura o algo similar?

–No, pero siempre he escrito–Contestó, intentando sonar segura.

–Bueno, no te confíes. El talento puro no basta si no hay dedicación. Parece que tienes demasiado que soltar y necesitas dedicar tiempo a desenredar este caos

–Yo… lo siento…

La profesora sonrió con cierta ternura.

–Puedo anotarte para las tutoría individuales si quieres

–Eso me gustaría

La mujer sacó una agenda y revisó.

–¿Te parece a las tres en el café del campus?–dijo–. Me siento a trabajar en la mesa junto al mostrador

–Ahí estaré

La chica lo sabía. La había visto ahí una que otra tarde. A veces con estudiantes o con otros profesores del departamento de Lengua y Literatura. La mesa no era visible desde afuera del local, pero si era posible verla una vez adentro. Parecía un espacio cómodo y acogedor, especialmente en las tardes de otoño.

Además la joven amaba ese café. Tenían su helado favorito y los viernes vendían toda la comida con descuento después del medio día, lo cual le venía bien.

Llegó puntual. Se apresuró y se acercó a la mesa donde su profesora ya estaba instalada, tomó asiento junto a ella y sacó de inmediato una libreta y un lápiz.

–Bien, comencemos por tu última entrega–dijo la mujer.

Durante la siguiente hora la profesora le explicó los errores que había cometido y cómo podía mejorar algunos detalles sin perder su estilo personal, sin sacrificar su voz.

Al finalizar el trabajo la joven agradeció el tiempo y antes de guardar sus cosas sacó los cupones que había obtenido, regalándole uno a la profesora por su tiempo antes de dirigirse al mostrador para comprar helado de menta con chispas de chocolate y comerlo camino a casa.

Fue así como comenzó con las tutorías dos tardes a la semana.

Estaba feliz, imaginando que si seguía así tal vez podría publicar un libro antes de graduarse de la universidad. Un sueño que antes sonaba absurdo, pero al que avanzaba guiada por su admirada profesora. 

A veces llegaba antes y la veía corrigiendo evaluaciones, con su largo cabello rubio atado en una dona. En otras ocasiones la encontraba escribiendo a prisa en su laptop, revisando algunas notas en su libreta, concentrada a tal punto que parecía no notar lo que pasaba alrededor. Una tarde en que presenció esto, la curiosidad le ganó a la joven y quiso espiar para ver en qué trabajaba. Reconoció un nombre en el papel.

–Detective Christine Jones–Leyó en voz alta sin pensar.

La reacción de su profesora fue cerrar su laptop completamente sonrojada.

–Yo… lo siento, no quise… –dijo la joven, pero de inmediato su entusiasmo pudo más–¿Está haciendo una análisis de novelas policiales? Creí que se especializaba en poesía–Insistió.

–N-no precisamente–Contestó la profesora Beatriz.–. Espera ¿conoces las novelas?

Beatriz asintió.

–Leí algunas cuando estaba en primer y segundo año de preparatoria–Admitió.–. La Detective Jones era de mis personajes favoritos, audaz, inteligente, ruda, pero aún así femenina sin que llegara a sentirse como un objeto

La profesora la miró un instante.

–Te diré algo–dijo.–. Pero tienes que guardar el secreto

La joven asintió y fue así como se enteró de que Beatriz Brooke era también Pier G. Harrison, el escritor de novelas policiales que la estudiante había leído en su adolescencia. Las aventuras de la Detective Jones le agradaron mucho, aunque el verdadero fanático era su padre. Disfrutaba con cada una de sus novelas y tenía la colección completa en casa. Aunque eso no se lo dijo a la profesora.

El contraste era enorme entre sus dos nombres de escritura. La poesía de Beatriz Brook era intensa, apasionada, desgarradora y profundamente humana. Las novelas de Harrison estaban llenas de personajes variados que arrastraban al lector entre los fríos callejones de la ciudad o a pasear entre lujosos salones disfrutando fiestas excéntricas; y una vez que llegabas al final y se resolvía el misterio era posible volver atrás y confirmar que las pistas estuvieron todo el tiempo a plena vista.

–¿Cómo puede armar algo así sin que se vuelva confuso?–Preguntó la joven.

–Puedo mostrarte, pero es información de la próxima novela y no puedes decirle a nadie o mi editor me matará–dijo la profesora.

La chica volvió a prometer que guardaría el secreto, esta vez jurando por la memoria de su madre.

La mujer se congeló un instante, abrió su carpeta buscando una hoja, y miró una nota que había hecho en una de las tareas de la joven y sin notarlo murmuró para sí.

–Ahora entiendo

–¿Qué cosa?

–No es nada–dijo y con calma regresó a su libreta con apuntes de la novela.–. Para mí es mejor comenzar con esto...

Por esa tarde dejaron de lado el trabajo de la joven y la profesora con gusto le enseñó las notas y la forma en que desarrollaba su trabajo. Por un lado tenía cada punto de la investigación de la detective, por otro la información de cada personaje. Le explicó cómo elegía qué pistas serían reales y cuáles falsas y cómo seleccionaba lo que se revelaría en cada episodio a la vez que permitía que la señorita Jones se moviera de forma natural a través de la historia. También le enseñó una lista de datos científicos que necesitaba verificar y en su computadora le mostró un viejo foro sobre investigaciones criminales que todavía estaba activo y un sitio de medicina forense donde consultaba algunas cosas.

–No soy una genio que lo sabe todo, pero si he aprendido a investigar y organizar lo que necesito trabajar en cada obra. A veces surgen cosas interesantes que no entran en la novela que estoy escribiendo, así que lo guardo para algo más

La joven mantuvo su atención todo el tiempo, evitando ser impertinente. En ningún momento preguntó quién sería el homicida, ni cómo se resolvería el caso, pero estaba genuinamente interesada en el proceso y eso a su profesora le causó gracia.

Había decidido ofrecerle las tutorías porque le recordaba mucho a ella misma a su edad. Un poco sola, un poco orgullosa, con un mundo interno en eterno conflicto.

Esa tarde fue la profesora quien le ofreció un helado a la joven.

Así, sin que ninguna se diera cuenta, el semestre avanzaba. La mejoría era evidente, así que los consejos cambiaron.

–Escribes de una forma muy personal–le explicó la profesora una tarde de finales de octubre–. Envuelves tus emociones con palabras que entregas a tus lectores y te ofreces como sacrificio. Habrá quienes buscarán la forma de enterrar un puñal y sacar un corazón todavía palpitante, sin importar cuánto te lastime

La mujer dio un largo respiro y pestañeó lentamente.

–Pero sin esa calidez–Continuó.–, sin ese dolor, tu poesía no sería más que un ejercicio intelectual carente de alma que cualquier máquina podría replicar con la información suficiente. Y no importa cuánto duela, ni cuánto sangres, si quieres que otros lean lo que escribes debes recordar que te entregaste de forma voluntaria, te ofreciste para un ritual en el que algunas personas estarán satisfechas con tu presencia y otras no estarán felices incluso si te desgarran por completo

La joven la miró, intentando entender.

–Y también debes saber–Finalizó la profesora, mirando al vacío.–que cuando expones tu propia vida en tus escritos puedes lastimar a quienes están a tu alrededor. Tu familia, tus amigos, cualquiera que te conozca y pueda identificarse en tu poesía, incluso si no es sobre ellos, encontrará la forma de tomarlo personal

–¿Y cómo lidia usted con eso?

–No lo hago–Sonrió con tristeza–. Mi familia y mis amigos no saben qué es lo que publico. Bueno, saben de las novelas policiales

–Pero sus poemas, alguien debió verlos alguna vez en internet

–Claro, los de Beatriz Brooke

–Pero usted es… –La chica la miró confundida un segundo y luego comprendió.–. Un momento, entonces ¿Cuál es su verdadero nombre?

–Mi nombre es Helga–dijo, quitándose los lentes–. Y confío que guardarás el secreto, Helen

La joven asintió y juró otra vez por la memoria de su madre. En ese punto la profesora sabía que era algo casi sagrado en el imaginario de la chica.

Esa tarde Helen pidió un pote de helado familiar para llevar a casa. Estaba de mejor humor que el habitual. Su profesora se había vuelto una guía, pero también era alguien que confiaba en ella lo suficiente para entregarle información así de valiosa.

–¡Ya estoy en casa!–Gritó mientras abría el congelador para dejar el helado. Se le hacía el postre perfecto.

Su padre apareció unos minutos más tarde. Secando su cabello con una toalla. Entonces notó que debió tomar un baño antes de que ella llegara y su humor cambió de inmediato, porque eso significaba que…

–¡Querido!–Llamó una mujer desde el segundo piso–. Estaré contigo en unos minutos

Helen frunció el ceño.

–¿Es en serio?–Masculló tratando de no alzar la voz.–¿Qué hace Emilie aquí?

–Helen, sabes que estamos saliendo–Explicó su padre, mientras revisaba en la parte alta de la alacena y decidía la cena de esa noche.

–Pero prometiste… espera… uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuf ¡NO!–La chica evitó mirarlo.– ¡Tienes que estar bromeando!

–¿Qué?

–¿Ustedes… estaban…?

–Helen, somos adultos, basta

–¡Pero…!

–Por favor, ya hablamos de esto, ella es amable y ha sido paciente, así que ¿podemos intentar llevar esta cena en paz?

–Creo que perdí el apetito–dijo con un gesto de asco fingido.

–¿Entonces te perderás los macarrones con queso?–dijo, agitando la caja.

–Esto cuenta como manipulación–Se quejó la joven, apática.

–Sí–Contestó él con una sonrisa amable.

–Está bien–Aceptó ella con un suspiro resignado–, cenaré con ustedes, pero que sepas que es por los macarrones con queso y no por ella

–Puedo vivir con eso

La chica salió de la cocina y se cruzó con Emilie en la escalera. Llevaba el cabello mojado y olía a jabón. Demonios, en serio habían estado…

Sacudió la cabeza, intentando ignorarlo.

–Hola, Helen, ¿Cómo estuvo la universidad?–le dijo la mujer.

–Meh–contestó la joven y se encogió de hombros.–¿Qué tal tu trabajo?

–Lo de siempre, mucho papeleo, personas enfadadas, nada que no pueda manejar

–Estaré estudiando. Avísenme para bajar a cenar

–Claro, bonita

Emilie bajó casi a saltitos. ¿Acaso se creía una niña?

Helen respiró hondo. Le había prometido a su padre que se comportaría, que intentaría conocerla y que le diría ante el menor conflicto. El problema era que no había nada que pudiera hacer contra Emilie, parecía perfecta y era una persona agradable y considerada. No intentaba meterse a la fuerza en su vida, aunque si mostraba interés en lo que ella hacía. Le daba espacio al tiempo que le recordaba que estaba ahí si lo necesitaba. Incluso la invitó a una tarde de chicas, pero aceptó sin cuestionar cuando Helen la rechazó. Nada estaba mal con ella y pero había algo que no le terminaba de agradar y no podía saber qué era.

Y aunque no lo podía ocultar, había prometido no intervenir. Sabía que podía ser el miedo por su trauma. La terapeuta se lo dijo. Después de todo la última vez que su padre tuvo una relación seria no la pasó muy bien.

Seguía congelada en la escalera cuando la escuchó gritarle a su padre con una voz demasiado melosa.

–Dime con qué puedo ayudarte, mi dulce y querido Arnold

 

Notes:

Shortakiweek2026
Day 1 - Pier / Ice Cream / Wound

A ver quién llegó está aquí...