Chapter Text
—Lay, por última vez, no voy a confesar nada porque no me pasa nada. ¡Zick nunca me gustó! Era mi mejor amigo y ya. Además, por si no te acuerdas, ese idiota desapareció justo cuando más lo necesitaba, así que, basta ya. ¡Mecachis en la mar!
—Elena, eres una cabezota —responde Lay al otro lado del teléfono—. Se os notaba una química alucinante. Y ahora no estás bien.
—Mira, hagamos una cosa. Solamente voy a a aceptar mis sentimientos por Zick si se aparece frente a mí en los próximos cinco minutos, ¿vale?
—Pero eso no val…
Cuelgo la llamada. No quiero escuchar más a Lay hablar sobre ese imbécil. Últimamente no para de insistir con el tema. Sé que no estoy bien con mi novio, pero esto ya es pasarse un poco. Es verdad que Zick me gustaba cuando era pequeña —estaba pillada hasta las trancas—, pero me traicionó y no se lo voy a perdonar en la vida.
“Ding, Dong”.
Debe ser el regalo que pedí por internet. Es como si me hubieran escuchado colgar.
Cuando abro la puerta, mis ojos no pueden creer lo que ven. Ezekiel Zick está frente a mí, mirándome muy agitado. No soy capaz de moverme.
—Elena.
Por un momento, pensé que me iba a dar un abrazo y yo le iba a pegar un puñetazo. Pero no. Ha entrado a mi casa y ha cerrado la puerta.
—¿Hay alguien más? —susurra.
Yo, aún flipando, niego con la cabeza. Rápidamente, y reaccionando a un ruido —creo que de la nevera—, me tapa la boca por detrás y me aleja de las ventanas de la casa, hasta colocarnos detrás de la escalera. Noto su cuerpo pegado al mío y nuestras respiraciones son agitadas, aunque, tal vez, no por la misma razón.
Mientras mira hacia todos lados, me doy cuenta de lo cambiado que está al mirarlo de reojo. Parece que estos años le han sentado fatal. Está demacrado y, aunque parece que se afeita, tiene marcas como si lo hubiera hecho muy rápido, con urgencia.
Es entonces cuando reacciono y le muerdo la palma de la mano. Nadie trata así a Elena Patata. Y menos en su casa.
—¡Auch!
—¡¿Pero se puede saber qué estás haciendo?! —grito.
—¡Shhhh! —Me manda callar mientras coloca su dedo índice en los labios.
Voy a pegarle un puñetazo… Bueno, voy a tener piedad suficiente para que me explique y luego le meto el puñetazo.
—¡Mecachis en la mar, Zick! ¿Me vas a explicar qué te pasa? —susurro, haciendo caso a su súplica.
Él no para de mirar hacia las ventanas, asustado.
—Elena, me tengo que ir antes de que se dé cuenta.
—¿Qué? ¿Quién?
—Por favor, no le digas a nadie que me has visto. Mañana intentaré volver y explicarte todo. Te quiero.
Me quedo petrificada por lo que me acaba de decir mientras él me abraza por primera vez en tanto tiempo. Inconscientemente, le devuelvo el abrazo y me doy cuenta de que Lay tenía razón: no he olvidado a Zick.
En cuanto nos separamos, se acerca a la ventana y salta hacia un flyvan. Creo que es una de las crías que salvé de pequeña porque me pide que lo acaricie.
—Por favor, no se lo digas a nadie.
—Tranquilo, te lo prometo. Y yo cumplo mis promesas —respondo con más rencor del que pretendía. Se le ve asustado.
—No quise romper la promesa. Mañana intentaré volver y contarte —me responde un poco dolido—. ¡Ah! Y no olvides hacerme una pregunta de seguridad que solo nosotros conozcamos. Por si acaso.
—Vale.
Don paranoico…
Cuando se aleja, me saluda con la mano mientras me sonríe y no puedo evitar saludarle y sonreírle yo también, como cuando éramos niños.
¡Mecachis en la mar! ¿Pero qué acaba de pasar?
