Work Text:
El rojo le quedaba bien a Utsuro.
Alma lo pensó la primera vez que la vio sonreír de verdad.
Nada que ver a cuando enseñaba los dientes como un depredador. Ni cuando reía como si estuviera a punto de hacer algo terrible.
Más bien cuando estaba distraída.
Cuando creía que nadie la observaba. Porque en esos momentos había algo extraño en ella, algo triste y al mismo tiempo simplemente humano.
—¿Por qué me miras tanto? —preguntó Utsuro, apoyando el mentón sobre la mano.
Alma apartó la vista.
—No te estaba mirando.
—Mentiroso~ —Ella sonrió con las mejillas sonrojadas.
꩜ .ᐟ
Rojo.
El esmalte de sus uñas era rojo. Los cordones de sus botas tenían pequeños detalles rojos. Incluso los dulces que estaba comiendo eran de fresa.
Rojo, rojo, rojo.
Todo en Utsuro parecía teñido de ese color.
—Me gustas mucho, Alma. —Lo dijo de repente. Como quien comenta el clima.
Alma suspiró.
—Ya empezamos...
—¿Qué tiene de malo?
—Que lo dices como diez veces por día.
—Porque es verdad. —Utsuro inclinó la cabeza. —Cuando te veo siento algo raro aquí.
Se llevó una mano al pecho.
—Como si fuera a explotar.
Alma no respondió. Ya había aprendido que discutir con ella era inútil.
Aun así, por alguna razón, seguía sentado allí. Escuchándola.
Tal vez porque debajo de toda aquella locura había alguien que no entendía cómo querer a otra persona. Alguien que estaba desesperadamente sola.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Te gusto?
—No. —Esa respuesta salió demasiado rápido.
—Qué cruel. —Dijo mientras hacia un puchero.
—Sólo soy sincero.
—Entonces aprenderás.
—No funciona así.
—¿Por qué no?
Porque para ella todo parecía simple. Si quería algo, lo tomaba. Si amaba algo, debía pertenecerle.
Si alguien se alejaba... Bueno.
Utsuro nunca había aprendido a dejar ir.
El silencio cayó entre ambos. Ella jugueteó con una fresa entre los dedos, el jugo rojo manchó ligeramente su piel, y Alma sintió un escalofrío.
Porque Utsuro la observaba igual que observaba esa fruta. Con hambre. Fascinación y una intensidad que rozaba lo enfermizo.
—¿Sabes? —murmuró ella—. El rojo es el color del amor.
—¿Y eso por qué o qué?
—Simplemente así es. —Sonrió otra vez. —Las fresas son rojas. Las rosas son rojas. Los corazones en los dibujos son rojos, todo lo que tiene que ver con el amor es rojo.
Alma se pasó una mano por el cabello. —Creo que estás simplificando demasiado las cosas.
—Tal vez sea porque tú las complicas demasiado.
No creía eso. Para Alma el amor significaba confianza. Elegir quedarse.
Respetar.
Para Utsuro era diferente.
Para ella era aferrarse tan fuerte que doliera. Tan fuerte que dejara marcas. Tan fuerte que nadie pudiera escapar.
Y aun así...
Cuando la miró en ese instante, con aquella sonrisa extrañamente vulnerable, Alma comprendió algo.
Tal vez ella no quería hacer daño solo porque si, simplemente seguía intentando llenar un vacío imposible.
—Alma.
—¿Qué?
—Si desapareciera... ¿me recordarías?
La pregunta lo tomó desprevenido.
Por primera vez no sonaba posesiva. No sonaba amenazante.
Sonaba asustada.
Como una niña.
Como alguien que ya había sido abandonada demasiadas veces.
Alma la observó durante unos segundos. Luego suspiró.
—Sí.
Los ojos de Utsuro se abrieron.
—¿De verdad?
—Sí.
Ella se quedó inmóvil.
Y por un momento pareció no saber qué hacer. Como si aquella respuesta fuera mucho más valiosa de lo que esperaba.
—Entonces...
Su sonrisa regresó. Pequeña y extrañamente sincera.
—Entonces eso está bien.
Alma no entendió por qué aquella expresión le provocó una sensación amarga, quizá porque por primera vez, Utsuro no parecía alguien que quisiera poseer el mundo.
Sólo parecía una chica que necesitaba escuchar que alguien la recordaría. Aunque fuera una sola persona.
