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Punto de quiebre

Summary:

Tim Drake se declaró bisexual hace unas semanas y aceptó salir con Bernard por curiosidad, para experimentar, nada serio.

Y luego Superboy decidió que esa salida del closet era su oportunidad.

Una tarde en la Torre de loa Jóvenes Titanes, Superboy pasa de loa coqueteos descarados y exhibirse sin camisa a cruzar todos los límites entrando en el cuarto de su líder. Y Tim que siempre tiene el control termina tomando una decision muy poco propia de Robin y cierra la puerta con seguro para montarse en su mejor amigo.

Porque Bernard puede que sea el novio oficial de Tim... pero esta noche, Robin no tiene novio.

...
Mi beta es una IA así que tal vez haya errores de gramática.

Notes:

Este fanfic fue inspirado en unas imagenes que no se porque no puedo pegar... estoy enojada hahaha

No se si continuarlo, probablemente si lo hiciera serian capitulos autoconclusivos.

Si les interesa mas déjenlo en comentarios:)

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text


La Torre de los Jóvenes Titanes zumbaba con el habitual ruido de fondo: el zumbido constante de los fluorescentes del pasillo, el lejano eco de las consolas en la sala de monitoreo y el ocasional crujido de las paredes reforzadas con tecnología kryptoniana. Era uno de esos momentos tranquilos entre misiones, cuando el equipo se dispersaba y cada uno lidiaba con sus propios demonios… o, en este caso, con sus propios descubrimientos.

Tim Drake —Robin, el tercero en llevar el manto, el que siempre tenía un plan B, C y hasta una Z— caminaba por el pasillo con su traje rojo y negro impecable, la capa amarilla ondeando ligeramente detrás de él. En una mano enguantada sostenía un dispositivo de análisis que acababa de reparar, un trozo de tecnología que había estado manipulando en el laboratorio. Su expresión era la de siempre: concentrada, seria, con esa ceja ligeramente arqueada que decía “estoy calculando diez pasos por delante”. Pero algo había cambiado en las últimas semanas. Algo que todo el equipo sabía ya.

Se había declarado abiertamente bisexual.

No fue un gran anuncio dramático. Solo una conversación casual en la sala común, con un “por cierto, me gustan los chicos también” dicho con la misma naturalidad con la que explicaría un algoritmo de rastreo. Y sí, había mencionado a Bernard. Un beso torpe en una cita que salió mejor de lo esperado. Un “sí, salgamos” que Tim aceptó más por curiosidad científica que por otra cosa. No era nada serio. No era nada que le acelerara el pulso. Solo… experimentación. Datos. Control.

Pero Conner no veía datos. Conner veía oportunidad.

Y ahí estaba él, apoyado contra la pared del pasillo como si el universo entero le perteneciera. Sin camiseta. El torso ancho y marcado por horas de entrenamiento kryptoniano brillaba bajo la luz fría de los tubos fluorescentes: pectorales definidos, abdominales que se marcaban con cada respiración, un rastro de vello oscuro que bajaba hasta donde el pantalón rojo y negro del traje de Superboy colgaba peligrosamente bajo en sus caderas.

Las manos enguantadas de rojo jugueteaban con el borde de la tela, como si estuviera a punto de bajárselo del todo solo para ver la reacción de Tim. Su cabello negro revuelto caía sobre unos ojos azules que brillaban con esa mezcla de arrogancia y pura alegría descarada.

— ¡Ey, Tim! —exclamó Conner con esa voz grave y entusiasta que siempre sonaba demasiado alta para el silencio del pasillo. Una sonrisa lobuna se extendió por su rostro, mostrando los dientes perfectos—. ¡Felicidades por tu autodescubrimiento!

El dispositivo que Tim sostenía casi se le resbala de la mano. Sintió el calor subirle por el cuello, directo a las mejillas. No era un sonrojo cualquiera. Era el tipo de rubor que le hacía sentir que su cerebro se reiniciaba por un segundo: el famoso “pánico bisexual” que había intentado ignorar desde que Conner empezó con sus avances.

Porque sí, eran amigos. Muy amigos. Compañeros de equipo desde Young Justice. Tim lo había visto sin camiseta mil veces en el gimnasio, en la piscina de la Torre, después de misiones. Pero esto… esto era diferente.

Conner siempre había contenido ese coqueteo. Siempre. Porque Tim era Robin. Porque Tim parecía recto como una flecha. Porque respetaba el espacio del líder. Pero ahora que sabía la verdad… ufff. Se había soltado como un misil kryptoniano sin frenos.

Tim se detuvo en seco, a unos tres metros de él. Sus ojos azules —los mismos que podían analizar una escena del crimen en milésimas de segundo— recorrieron sin querer el pecho desnudo de Conner.

Los músculos se tensaron un poco bajo esa mirada, como si el medio kryptoniano estuviera posando a propósito. El corazón de Tim latió más fuerte de lo que le gustaría admitir. Intentó mantener la cara de póker y bajó su ritmo cardiaco lo mejor que pudo. Incluso frunció el ceño ligeramente, como siempre que estaba a punto de corregir a alguien de su equipo.

—Conner… —empezó, la voz baja y precisa, como siempre. Pero había un leve temblor en el final de la palabra que delataba todo—. ¿Qué demonios estás haciendo?

Conner soltó una risa baja, ronca, y se enderezó un poco más, cruzando los brazos sobre el pecho de forma que sus bíceps se marcaron aún más. El movimiento hizo que el pantalón bajara otro centímetro, revelando la línea de la cadera y el inicio de ese V que desaparecía debajo de la tela.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Llevaba semanas así: apareciendo “por casualidad” sin camiseta en la cocina a medianoche, rozando el hombro de Tim “sin querer” en el gimnasio, soltando comentarios que eran cualquier cosa menos sutiles.

—Solo felicito a mi mejor amigo —respondió Conner, encogiéndose de hombros con inocencia fingida. Sus ojos no se apartaron ni un segundo de la cara de Tim—. Me enteré de lo de Bernard y… bueno, pensé que era el momento perfecto para decirte que yo siempre he pensado que eres jodidamente atractivo, Rob. Desde hace mucho. Pero me contenía, ¿sabes? No quería incomodarte. Ahora… —Se mordió el labio inferior, esa sonrisa se volvió más peligrosa—. Ahora puedo decírtelo todo.

Tim tragó saliva con fuerza, la mirada todavía fija en esos músculos que parecían tallados en piedra. Si sus brazos se sentían tan duros cuando se rozaban accidentalmente en el gimnasio… ¿cómo se sentiría el resto? Ese pecho firme, esos abdominales marcados, y más abajo, donde el pantalón colgaba peligrosamente bajo… ¿todo ese cuerpo fuerte y kryptonianamente perfecto sería igual de duro, igual de potente y rígido bajo la tela? La idea le golpeó con fuerza, cruda y física, y Tim se permitió imaginárselo un segundo más de lo que debería.

Qué bueno que Conner no era telépata.

—Conner… tengo novio —murmuró, casi para sí mismo.

La voz le salió baja, con un matiz que sonaba demasiado cerca de una advertencia que en realidad era un recordatorio personal. Como si estuviera tratando de recordárselo a sí mismo. Pero sus ojos seguían recorriendo ese torso desnudo, deteniéndose un segundo de más en la línea de vello que desaparecía bajo el pantalón.

Conner sonrió de lado, esa sonrisa ladeada y juguetona que no llegaba a ser del todo seria. Dio un paso más cerca, invadiendo el espacio personal de Tim sin llegar a tocarlo todavía. Su voz bajó un tono, más insinuante, casi un susurro ronco que se colaba directo en los oídos de Robin.

—Claro… Tim Drake tiene novio —dijo, con un guiño lento y deliberado—. Pero hasta donde yo sé, Robin no tiene que seguir esas reglas todo el tiempo, ¿no? Solo digo…

El pasillo pareció encogerse alrededor de ellos. El pánico bisexual de Tim no había desaparecido. Solo había mutado en algo más peligroso: una atracción física cruda, urgente, que le hacía preguntarse exactamente cómo se sentiría tener todo ese cuerpo fuerte bajo él… o dentro de él.

De pronto, el dispositivo en la mano de Tim emitió un pitido agudo y repetitivo, rompiendo el momento como un disparo. La pantalla se iluminó con una alerta de la sala de monitoreo: un posible rastro de energía residual de la última misión que necesitaba revisión inmediata.

Tim parpadeó, como si despertara de un trance. Aprovechó la interrupción como un salvavidas. Se aclaró la garganta, dio un paso atrás y levantó el aparato como si fuera una excusa perfecta.

—Tengo que… revisar esto —dijo, la voz más firme ahora, aunque todavía con ese rubor traicionero en las mejillas—. No es momento para… esto, Conner.

Conner no se movió. Solo ladeó la cabeza, esa sonrisa todavía pegada a los labios, como si supiera que el pitido no había cambiado nada.

—Claro, Rob. Ve a salvar el día. Yo… te espero por aquí.

Tim no respondió. Solo giró sobre sus talones y se alejó por el pasillo, el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas y la mente llena de imágenes que no iba a poder borrar tan fácilmente. El pánico bisexual seguía ahí, pero ahora venía acompañado de algo mucho más insistente: el permiso que se estaba dando para querer más.


La sala de operaciones de la Torre de los Jóvenes Titanes estaba iluminada solo por el resplandor azul de las pantallas gigantes. Habían pasado un par de horas desde el encuentro en el pasillo y Tim ya había revisado la alerta del dispositivo —nada grave, solo un eco residual de energía que ya había sido neutralizado—.

Ahora estaba sentado frente a la consola principal, tecleando con rapidez en el teclado holográfico mientras revisaba los informes de la última patrulla. Su expresión era la habitual: concentrada, cejas fruncidas, mente a mil por hora. Pero el rubor de las mejillas no había desaparecido del todo. Cada vez que cerraba los ojos un segundo, veía ese torso desnudo, ese pantalón colgando bajo, esa sonrisa lobuna.

Conner, como siempre desde que Tim se había declarado, estaba ahí. Haciendo todo lo que Robin pedía. Sin quejas. Sin bromas pesadas. Solo obediencia pura y descarada.

—Conner, pasa los datos del satélite al segundo monitor —había dicho Tim hace diez minutos, sin levantar la vista del teclado.

Y Conner lo había hecho al instante, moviéndose con esa velocidad kryptoniana que hacía que todo pareciera fácil. Cuando Tim pidió que ajustara la calibración del sistema de rastreo, Conner ya estaba encima del panel, manos grandes y precisas siguiendo cada instrucción al pie de la letra. Cuando pidió que revisara el nivel de energía de los generadores auxiliares, Conner desapareció y volvió en menos de un minuto con el informe exacto.

Bart Allen —Kid Flash— entró en la sala masticando un puñado de barras energéticas, su traje rojo y amarillo todavía con restos de polvo de la última carrera. Se acercó a Tim por el lado izquierdo, se inclinó un poco y le susurró al oído, riéndose por lo bajo:

—Oye, Rob… ¿has visto cómo Conner te hace caso en todo? Parece un perrito faldero. “Sí, Robin. Claro, Robin. Lo que tú digas, Robin”. —Bart soltó una risita ahogada, tapándose la boca con la mano—. Es adorable, en serio. ¿Le das galletitas después?

Tim no pudo evitarlo. Soltó una risa corta, baja, casi sin querer. Era cierto. Conner estaba siendo ridículamente obediente, y en el fondo le resultaba… útil. Y un poco más que eso. Asintió con la cabeza, todavía sonriendo.

—Algo así —murmuró, sin negar nada.

El super oído de Conner captó cada palabra. Cada risa. Cada sílaba. Estaba a tres metros, fingiendo que revisaba un panel, pero su sonrisa se amplió de forma peligrosa. Un brillo nuevo apareció en sus ojos azules.

Si soy tu perrito… pensó, y la idea le gustó demasiado.

Una nueva forma de coquetear, más directa, más física, más imposible de ignorar. No dijo nada en ese momento. Esperó.

Veinte minutos después, la sala se había vaciado. Bart había salido a buscar más comida, el resto del equipo estaba disperso. Solo quedaban Tim y la consola. Robin seguía tecleando, actualizando protocolos de seguridad, cuando sintió una presencia detrás de él. Calor. Respiración. Ese olor a ozono y esfuerzo físico que ya reconocía demasiado bien.

Conner se acercó por la espalda, pegándose lo suficiente como para que su pecho casi rozara los hombros de Tim. No lo tocó… todavía. Su voz salió ronca, baja, justo al lado de la oreja de Robin:

—Entonces… si soy tu perrito, Robin… —susurró, y Tim sintió el aliento cálido contra su piel— ¿puedo hacer lo que quiera cuando me porte bien?

Antes de que Tim pudiera responder, Conner sacó la lengua y, con una lentitud deliberada y juguetona, le pasó la punta por la mejilla en un lametón suave, húmedo, que duró solo un segundo. Fue ridículo. Fue descarado. Fue tan Conner que Tim sintió un escalofrío eléctrico recorrerle toda la columna. El contacto fue ligero, casi inocente, pero la intención no tenía nada de inocente.

Tim dio un salto en la silla, el corazón latiéndole tan fuerte que estaba seguro de que hasta un humano normal lo habría oído. Se levantó de golpe, la capa amarilla ondeando, y se giró hacia Conner con los ojos muy abiertos. Las mejillas le ardían otra vez. Ese pánico bisexual que ya empezaba a sentirse familiar.

—Conner… —empezó, la voz más aguda de lo que le habría gustado. Intentó sonar severo, pero solo sonó sorprendido.

Su mente iba a toda velocidad: demasiado cerca, demasiado real, demasiado duro pensar en cómo se sentiría el resto de ese cuerpo si…

No terminó la frase. Solo dio un paso atrás, chocando contra el borde de la consola, y luego otro más. Necesitaba salir de ahí. Ahora. Antes de que Conner notara lo rápido que le latía el corazón, lo acelerada que tenía la respiración, lo mucho que se le antojaba seguir permitiéndose imaginar.

—Tengo… que revisar algo en mi habitación —dijo, casi atropellando las palabras. Giró sobre sus talones y salió de la sala a paso rápido, la capa ondeando detrás de él como si huyera de una amenaza mayor que cualquier villano.

Conner se quedó ahí, sonriendo como un idiota, pasándose la lengua por los labios donde todavía sentía el sabor de la mejilla de Tim. Sus ojos azules brillaban con pura satisfacción.

—Corre todo lo que quieras, Rob… —murmuró para sí mismo, lo suficientemente bajo como para que solo él lo oyera—. Pero los dos sabemos que ya no vas a poder evitar esto mucho más.

El pasillo se tragó a Tim, pero el calor en su cara y el nudo en el estómago no desaparecieron. La atracción física era cada vez más imposible de ignorar. Y Conner, con su nuevo truco de “perrito obediente”, acababa de subir la apuesta.


Tim salió de su habitación con el comunicador en la mano, todavía con el traje completo y la capa amarilla perfectamente colocada. Había decidido que necesitaba un momento de aire fresco… o al menos un pretexto para alejarse del torbellino que Conner había desatado en su cabeza.

Solo le mando un mensaje rápido a Nightwing, pensó, tecleando ya en el dispositivo mientras caminaba por el pasillo secundario.

Dick siempre tenía consejos prácticos, aunque esta vez Tim no pensaba contarle todo. Solo necesitaba una excusa para distraerse, para recordarse que era Robin, que tenía control, que no iba a dejar que un par de sonrisas y un torso desnudo lo desarmaran.

El pasillo estaba en silencio. Demasiado silencio.

Y entonces lo sintió: esa presencia cálida y familiar justo detrás de él. Otra vez.

Conner apareció de la nada —o al menos eso parecía—, moviéndose con esa velocidad kryptoniana que hacía imposible anticiparlo. Se plantó frente a Tim, bloqueándole el paso con su cuerpo ancho y firme, todavía sin camiseta, el pantalón del traje colgando exactamente igual de bajo que en el pasillo anterior. Sus ojos celestes brillaban con una certeza nueva, más intensa, como si hubiera estado esperando este preciso momento.

—Rob… —dijo Conner, la voz baja y ronca, sin esa sonrisa juguetona de antes. Esta vez era más directa, más hambrienta—. Ya no te escapes más. Sé que tú también lo quieres.

Tim se detuvo en seco, el comunicador se le resbaló un poco entre los dedos. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que por un segundo pensó que el super oído de Conner lo habría detectado sin esfuerzo.

¿Cómo que también lo quiero?

La frase le golpeó directo en el estómago. Porque era verdad. Tim lo había estado negando incluso a sí mismo, pero ahí estaba: el deseo físico crudo, la imagen recurrente de montarse encima de ese cuerpo fuerte, de sentir cada músculo duro bajo sus manos, de probar exactamente qué tan rígido y potente era todo lo que escondía ese pantalón.

—Conner… —empezó Tim, pero la voz le salió más baja de lo normal, casi ahogada.

Dio un paso atrás, pero la pared del pasillo estaba justo ahí. Acorralado. Literalmente.

Sus ojos traicioneros volvieron a bajar sin permiso: el pecho que subía y bajaba con cada respiración, los abdominales marcados, la línea de vello que desaparecía bajo la tela… y más abajo, donde el bulto ya se notaba un poco por la cercanía. Tim tragó saliva con fuerza. El calor le subió por el cuello otra vez, más intenso. Estaba nervioso. Estaba tentado. Estaba a punto de perder el control que tanto se esforzaba en mantener.

Conner dio un paso más cerca, invadiendo completamente su espacio. No lo tocó, pero su presencia era como un muro de calor y músculo kryptoniano. Se inclinó ligeramente hacia adelante, la boca a solo centímetros de la oreja de Tim.

—Te vi cómo me mirabas en el pasillo —murmuró, casi un gruñido suave—. Cómo te quedaste mirando más abajo de lo que deberías. Cómo te sonrojaste cuando te lamí la mejilla. Sé que no es solo Bernard el que te tiene ocupado la cabeza, Rob. Tú también me deseas. Lo buscas. Lo quieres tanto como yo.

Tim sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Las palabras de Conner eran demasiado precisas, demasiado ciertas. Su mente iba a mil: imágenes de empujar a Conner contra la pared, de montarse encima de él, de sentir esa dureza presionando justo donde más lo necesitaba… pero también el pánico. El recordatorio de que técnicamente tenía novio. De que esto era una línea que, una vez cruzada, no habría vuelta atrás. Estaba nervioso, el pulso le retumbaba en los oídos, y lo peor era que no quería huir del todo. Quería quedarse. Quería ceder.

—Conner, esto… —intentó decir, pero la frase se le murió en la garganta cuando Conner se acercó un milímetro más, el aliento cálido rozándole la piel de la mejilla.

Y entonces, justo en ese instante, el comunicador de Tim vibró con fuerza en su mano. Una alerta prioritaria de Nightwing: “¿Todo bien en la Torre? Responde cuando puedas”. El pitido agudo rompió el momento como un rayo.

Tim aprovechó la interrupción como si fuera su última oportunidad. Se deslizó hacia un lado, escapando del calor del cuerpo de Conner, y retrocedió dos pasos rápidos hacia la puerta de su habitación, que estaba a solo unos metros.

—Tengo que… contestar esto —dijo, la voz más firme de lo que se sentía por dentro, aunque el rubor en sus mejillas lo delataba todo—. Ahora no, Conner. No es el momento.

No esperó respuesta. Giró sobre sus talones y se metió de nuevo en su habitación, cerrando la puerta tras de sí con un clic que sonó demasiado fuerte. Se apoyó contra la madera, respirando agitado, el corazón latiéndole como si acabara de correr una maratón contra Flash. Estaba acorralado. Estaba nervioso. Y, sobre todo, estaba más tentado que nunca.

Desde el otro lado del pasillo, Conner soltó una risa baja y satisfecha.

—Corre todo lo que quieras, Tim… —murmuró, sabiendo perfectamente que su amigo lo había oído—. Pero los dos sabemos que la próxima vez no vas a poder huir tan fácil.

Dentro de la habitación, Tim se pasó una mano por la cara, intentando calmarse. La mente seguía llena de imágenes imposibles de ignorar. Y la puerta de la sala común —donde sabía que Conner solía esperar— estaba demasiado cerca.


Tim cerró la puerta de su habitación con más fuerza de la necesaria, el clic del pestillo resonando como un eco en el silencio absoluto del espacio privado. Su habitación en la Torre de los Jóvenes Titanes era un santuario: paredes reforzadas, estanterías perfectamente ordenadas con informes clasificados, un escritorio minimalista y una cama que nadie —absolutamente nadie— tocaba sin su permiso expreso.

Era una regla no escrita entre los Titanes: la habitación de Robin era territorio prohibido. Tim era meticuloso hasta la obsesión con su privacidad. Cualquiera que cruzara esa línea sin invitación se ganaba una mirada capaz de congelar a un villano de Gotham.

Se dejó caer contra la puerta un segundo, respirando hondo, intentando recuperar el control que Conner le había robado en el pasillo. El corazón todavía le latía con fuerza. Necesito enfocarme, pensó. Sacó el comunicador del bolsillo y abrió la galería de fotos. Ahí estaban: imágenes de Bernard. Un par de selfies de su última cita, Bernard sonriendo con esa expresión suave y despreocupada, el cabello rubio un poco revuelto, los ojos amables. Tim se obligó a mirarlos.

Bernard es mi novio. Es con él con quien debería estar pensando en esto. Es con él con quien debería sentir algo.

Intentó imaginarlo. Intentó visualizar a Bernard tocándolo, besándolo con más intensidad, presionándolo contra la cama. Pero la mente de Tim, traicionera como siempre, se negó a cooperar. En lugar de la figura delgada y frágil de Bernard, apareció Conner. Fuerte. Imponente. Ese torso desnudo que había visto hacía solo minutos, los músculos que se marcaban bajo la piel, el poder kryptoniano latiendo justo debajo de la superficie.

Se imaginó las manos grandes de Conner sujetándolo por la cintura, levantándolo sin esfuerzo como si no pesara nada —porque para un medio kryptoniano, Tim no pesaba nada—. Fantaseó con Conner usándolo, empujándolo contra la pared, sosteniéndolo en el aire mientras lo penetraba con esa fuerza contenida pero brutal. No habría que proteger a Conner. No habría que ser cuidadoso. Tim sentía ese poder incluso sin tocarlo: la dureza de sus brazos en el gimnasio, la forma en que el aire parecía vibrar a su alrededor, la promesa de un cuerpo que podía tomarlo todo sin romperse.

Con Bernard, Tim era el protector, el que cuidaba al más débil, el que controlaba cada movimiento para no lastimarlo. Con Conner… con Conner podía soltarse. Podía ser el que se montaba encima, el que exigía, el que tomaba cada centímetro de esa fuerza bruta para sí mismo.

El calor le subió por el cuello otra vez. Sintió cómo su cuerpo reaccionaba sin permiso: la sangre acumulándose abajo, el pantalón del traje empezando a apretarle de forma incómoda, el pulso acelerado entre las piernas. Era demasiado. Era ridículo. Era exactamente lo que había estado evitando desde el pasillo.

—Maldición… —murmuró entre dientes, cerrando el comunicador de golpe.

Se levantó de un salto y entró al baño adjunto a su habitación. Abrió el grifo del lavabo con fuerza y se mojó la cara con agua fría, una, dos, tres veces. El líquido helado le corrió por las mejillas y el cuello, pero no apagó el fuego que le ardía por dentro. Se miró en el espejo: ojos azules todavía dilatados, rubor en las mejillas, labios ligeramente entreabiertos. Robin, el chico que siempre tenía un plan, estaba perdiendo el control por culpa de su mejor amigo.

Salió del baño secándose la cara con una toalla, todavía con el traje puesto y la capa colgando de un hombro. Y entonces se congeló.

Conner estaba ahí.

En medio de su habitación.

De pie junto al escritorio, sin camiseta todavía, el pantalón rojo y negro del traje colgando bajo en sus caderas, las manos metidas en los bolsillos como si intentara parecer casual. Pero no lo estaba. Por primera vez en todo el día, Conner parecía nervioso. Sus ojos azules se movían inquietos por la habitación, como si supiera que acababa de cruzar una línea sagrada. El super oído probablemente había captado cada latido acelerado de Tim desde el pasillo, pero entrar sin permiso… eso era grave. Para los Titanes, violar el espacio privado de Robin era casi una ofensa de guerra.

—Conner —dijo Tim, la voz baja y tensa, pero sin llegar a ser un grito. El corazón le retumbaba tan fuerte que estaba seguro de que el medio kryptoniano lo oía perfectamente—. ¿Qué demonios haces aquí? Nadie entra en mi habitación. Nadie.

—Oh, Tim, no te había visto

—Puedes literalmente ver atraves de las paredes...

Conner tragó saliva visiblemente. Dio un paso atrás, levantando las manos en un gesto de rendición, pero no salió. Su voz salió más baja de lo normal, casi insegura, aunque esa sonrisa ladeada seguía ahí, traicionando lo mucho que deseaba quedarse.

Conner tragó saliva visiblemente. Dio un paso atrás, levantando las manos en un gesto de rendición, pero no salió. Su voz salió más baja de lo normal, casi insegura, aunque esa sonrisa ladeada seguía ahí, traicionando lo mucho que deseaba quedarse.

—Lo sé, Rob. Lo sé. Es que… te vi correr de nuevo y… no pude quedarme afuera. —Se pasó una mano por el cabello revuelto, nervioso de verdad ahora—. Si quieres que me vaya, solo dilo. Pero después de todo el día persiguiéndote… sabía que si entraba aquí, era todo o nada. Y yo… yo ya no quiero contenerme más.

Tim se quedó quieto en la puerta del baño, el agua todavía goteándole por el cuello, el cuerpo todavía reaccionando a las fantasías que acababa de tener. La habitación parecía más pequeña con Conner dentro. El poder kryptoniano llenaba el espacio, ese calor que Tim sentía incluso sin tocarlo.

Caminó hacia la puerta principal de la habitación, despacio, como si cada paso fuera una decisión calculada. Con un movimiento fluido y preciso se soltó la capa amarilla de los hombros; la tela cayó sobre el respaldo de una silla con un susurro suave. No miró a Conner mientras lo hacía. O al menos, eso intentó.

—¿Qué quieres decir con “contenerte”? —preguntó Tim, la voz baja y directa, casi clínica. Como si estuviera interrogando a un sospechoso en una misión. Pero sus dedos temblaron un segundo al soltar el broche de la capa.

Conner se pasó la mano por detrás de la cabeza, ese gesto nervioso y tan suyo que siempre hacía cuando no sabía cómo decir las cosas. El movimiento fue inocente… o eso parecía. Pero al estirarse así, los dorsales se ensancharon de golpe, el torso se volvió aún más ancho, los músculos de la espalda y los hombros se marcaron como si fueran de acero bajo la piel. El pantalón rojo y negro del traje, ya de por sí peligrosamente bajo en las caderas, bajó otro par de centímetros con el gesto. No llevaba nada debajo. O al menos nada que se viera claramente: solo la línea afilada de la cadera, el inicio de ese V profundo y el borde de algo que podía ser piel desnuda o un boxer de licra tan ajustado que no marcaba diferencia. El bulto se notaba más ahora, pesado, semiendurecido por la tensión del momento, presionando contra la tela fina.

Tim no escuchó ni una palabra de lo que Conner respondió. Su cerebro se cortocircuitó. Los ojos se le fueron directo ahí, a ese torso que se ensanchaba, a esa piel expuesta, a la promesa de lo que colgaba más abajo. Sintió un latido fuerte y caliente en la entrepierna, un pulso urgente que le apretó el traje contra la piel. La sangre le bajó de golpe. El deseo físico se volvió casi doloroso.

A la mierda todo.

Necesitaba probar eso. Necesitaba sentir ese cuerpo fuerte y kryptonianamente perfecto bajo él, dentro de él. Ya.

Sin decir una palabra más, Tim giró la cerradura de la puerta. El clic del seguro resonó en la habitación como un disparo. Se giró por completo hacia Conner, las mejillas todavía sonrojadas, la respiración un poco más rápida de lo que le gustaría admitir. Sus ojos azules se clavaron en los de su mejor amigo con una intensidad nueva.

Conner se quedó congelado un segundo, la mano todavía detrás de la cabeza, la sonrisa ladeada volviéndose más amplia y un poco sorprendida. Pero no se movió. Esperó. Sabía que acababa de cruzar la línea final.

 Tim se quedó mirándolo un momento, el clic del seguro todavía resonando en sus oídos como una sentencia. El agua de la cara se le había secado casi por completo, pero el calor en su cuerpo no había bajado ni un grado.

Caminó despacio hacia el centro de la habitación, pasando al lado de Conner sin tocarlo. Con movimientos precisos y deliberados —los mismos que usaba para desarmar un explosivo— empezó a desabrocharse el uniforme de Robin. Primero el cinturón amarillo con los compartimentos, que dejó caer sobre el escritorio con un tintineo metálico. Luego los guantes verdes, uno por uno, revelando las manos pálidas y fuertes. No era un striptease. No había música, no había miradas seductoras. Solo Tim Drake quitándose la armadura que llevaba puesta desde hacía horas, como si Conner no estuviera ahí.

Pero Conner estaba ahí. Y lo notaba todo.

Tim se sentó en el borde de la cama para quitarse las botas altas, desabrochando las hebillas con calma. La capa ya estaba en la silla. El traje rojo y negro empezó a abrirse un poco en el pecho cuando soltó los cierres laterales. La piel de su torso quedó a la vista: delgada, marcada por años de entrenamiento brutal con Batman, pero nada comparado con el muro de músculo kryptoniano que tenía enfrente.

Conner tragó saliva audiblemente. Estaba nervioso. Excitado. Estar dentro de la habitación sagrada de Robin ya era demasiado, pero ver a Tim desvestirse así, con esa naturalidad fría y calculada… era una tortura. Su pantalón, ya bajo de por sí, empezó a sentirse más apretado. El bulto se marcó más, pesado y evidente.

—Rob… —intentó bromear Conner, la voz un poco ronca, esa sonrisa ladeada intentando salvar la situación—. ¿Te dio calor mi presencia o qué? Porque si sigues así voy a pensar que me estás invitando a algo.

Tim levantó la vista desde las botas. No sonrió. Solo arqueó una ceja, esa expresión tan suya de “sé exactamente lo que estoy haciendo”. Se puso de pie otra vez, ahora solo con los pantalones del traje y la camiseta interior negra ajustada que se pegaba a su torso por el sudor ligero.

—Estoy en mi habitación —respondió Tim, la voz baja y precisa, pero con un matiz que no era del todo frío. Se acercó un paso más a Conner, invadiendo su espacio sin tocarlo todavía—. Aquí puedo desvestirme y hacer lo que me dé la gana. Para eso le pusieron seguro a las puertas, ¿no?

Conner soltó una risa baja, nerviosa, pero sus ojos azules brillaban con pura hambre. El coqueteo de Tim —aunque disimulado, aunque fingiendo que solo estaba siendo práctico— era luz verde. Luz verde brillante.

—Joder, Tim… —murmuró, pasándose la mano por el cabello otra vez—. Si sigues hablando así no voy a durar ni dos minutos.

Tim no respondió con palabras. En cambio, dio otro paso y rozó con los dedos el brazo desnudo de Conner. Solo un toque ligero, casi accidental, sobre el bíceps duro como acero. La piel estaba caliente, tensa. Sintió cómo el músculo se contraía bajo su palma. Luego, como si nada, subió la mano un poco más, rozando el hombro ancho, los dorsales que se habían marcado antes. Pequeños contactos. Suficientes para que Conner sintiera cada uno como una descarga.

—¿Por qué has estado tanto tiempo sin playera últimamente en la Torre? —preguntó Tim, la voz casi casual, pero sus ojos bajaron un segundo al pecho de Conner, al abdomen marcado, al pantalón que ya no ocultaba nada—. ¿Tienes calor, Kent? ¿O es que sabías que me iba a gustar mirar?

Conner soltó un gemido bajo, casi ahogado. El roce de los dedos de Tim lo estaba volviendo loco. Su cuerpo reaccionaba sin control: el pecho subía y bajaba más rápido, los abdominales se tensaban, y abajo… abajo ya estaba completamente duro, el bulto presionando obscenamente contra la tela fina del pantalón. El medio kryptoniano estaba perdiendo la compostura.

—Tim… —gruñó Conner, la sonrisa ladeada temblando—. Sabía que me mirabas. Sabía que te gustaba. Pero si sigues tocándome así… mierda, Rob, vas a matarme.

Tim sonrió apenas, un tirón pequeño de labios. Siguió rozando: ahora la mano bajó por el costado de Conner, rozando las costillas, deteniéndose justo encima de la cadera donde el pantalón colgaba. No tocaba donde más dolía, pero estaba cerca. Muy cerca. El poder bottom en él ya empezaba a asomarse: no ordenaba todavía, pero controlaba el ritmo. Hacía que Conner esperara. Hacía que se desesperara.

Conner aguantó tres segundos más. Luego, con un movimiento rápido pero desesperado, agarró a Tim por la nuca y lo jaló hacia él. El beso fue necesitado, hambriento, casi rogando. Sus labios se estrellaron contra los de Tim con una fuerza que hablaba de semanas —no, años— de contención. La boca de Conner estaba caliente, húmeda, con un sabor leve a sal y a ese ozono que siempre lo acompañaba después de volar. Su lengua rozó el labio inferior de Tim, pidiendo entrada, y cuando Tim entreabrió la boca, Conner entró como si hubiera estado esperando toda la vida por ese permiso.

"Joder, es un sueño", pensó Conner, el cerebro cortocircuitado. "La lengua de Tim. Su boca. Es real. Está aquí. Me está besando de verdad".

El medio kryptoniano temblaba entero, el pecho ancho subiendo y bajando contra el de Robin, las manos grandes aferradas a su nuca como si temiera que desapareciera.

Tim, por su parte, sintió un relámpago recorrerle todo el cuerpo. La boca de Conner era ardiente, exigente pero al mismo tiempo desesperada, y cada roce de lengua le mandaba descargas directas a la entrepierna.

"Caliente… tan caliente", pensó, el pulso latiéndole en los oídos.

Nunca había imaginado que un beso pudiera sentirse así: crudo, real, lleno de esa fuerza kryptoniana contenida que lo hacía querer más. Su cuerpo reaccionó al instante, el calor acumulándose abajo, el traje empezando a apretarle de forma casi dolorosa.

El beso se volvió más profundo, más torpe por la urgencia. Tim dio un paso adelante, y Conner lo jaló un poco más hacia él. Y sin pensarlo dos veces, Tim se subió a horcajadas sobre él.

El movimiento fue fluido, natural, como si su cuerpo ya supiera exactamente lo que quería. Ahora estaba sentado encima, las rodillas a cada lado de las caderas de Conner, el peso de su trasero presionando justo sobre la erección dura y caliente que se marcaba obscenamente bajo el pantalón rojo y negro.

Conner soltó un gemido ahogado contra la boca de Tim, las manos bajando automáticamente a las caderas de Robin para sujetarlo. Mierda… su culo, pensó, el cerebro hecho papilla. Es perfecto. Firme, redondo, justo donde tenía que estar. Podría correrse solo con eso, con la presión de Tim encima de él, con la ropa todavía puesta, con el calor de ese cuerpo delgado y entrenado frotándose contra su erección. Pasó una mano grande por la espalda baja de Tim y la bajó un poco más, apretando ligeramente una nalga con los dedos enguantados, solo lo suficiente para sentir la carne firme bajo la tela. No era un apretón grosero; era adoración pura, casi reverente.

Tim sintió el apretón y un escalofrío le recorrió la columna.

"Sin ropa… quiero sentirlo sin nada en medio", pensó, el deseo crudo y físico golpeándolo con fuerza.

Quería esa dureza directamente contra su piel, quería montarse encima de todo lo que se había imaginado en el baño, quería probar exactamente qué tan grande y potente era Conner. Pero todavía no. Todavía quería hacerlo esperar un poco más.

—Tim… por favor —jadeó Conner contra su boca, la voz rota, la frente pegada a la de Robin. Sus caderas se movieron apenas, un impulso involuntario que hizo que su erección presionara más fuerte contra el trasero de Tim—. Llevo años fantaseando con esto y semanas conteniéndome. Si no me quieres… dímelo ahora. O si solo quieres esto, también. Pero si sí… mierda, déjame sentirte. Por favor.

Tim no se apartó. Siguió besándolo, más lento ahora, controlando el ritmo con la lengua mientras sus caderas se movían apenas, rozando de forma deliberada contra la dureza debajo de él. Conner estaba dispuesto a todo. Incluso a que esto fuera solo sexo. Incluso a que Tim lo usara y nada más. Y eso le daba a Tim un poder enorme, una sensación de control que le gustaba más de lo que quería admitir. Podía tenerlo. Podía tomar todo lo que quisiera de ese cuerpo fuerte y perfecto.

El beso se rompió un segundo, solo para que ambos respiraran agitados, las frentes todavía juntas, los labios hinchados y brillantes.

Tim sonrió apenas, un tirón pequeño y calculador de labios.

—Entonces no te contengas más —susurró, la voz baja y ronca, rozando su nariz contra la de Conner—. Pero yo decido cómo.

Conner soltó un ladrido bajo, corto y juguetón, exactamente como el “perrito” que había fingido ser antes en el pasillo. Sus ojos azules brillaban con esa mezcla de nervios y pura excitación.

Guau… —murmuró contra los labios de Tim, la voz ronca y divertida, pero cargada de deseo—. Lo que tú digas, Robin. Soy tu perro.

Tim soltó una risa baja, casi sin aliento, y le pasó los dedos por el cabello revuelto en un gesto que parecía una caricia de aprobación.

—Buen chico —dijo en voz baja, casi al oído, con ese tono preciso y controlado que usaba para dar órdenes en el campo.

Y entonces lo sintió: la erección de Conner palpitó fuerte debajo de él, un latido caliente y evidente que presionó más contra su trasero. Conner gimió bajito, las caderas moviéndose apenas en un impulso involuntario.

Tim bajó la mano entre sus cuerpos sin romper el contacto visual. Sus dedos rozaron primero el abdomen marcado de Conner, luego bajaron más, metiéndose por el borde del pantalón que ya colgaba peligrosamente bajo. Murmuró para sí mismo, casi sin darse cuenta:

—Llevo todo el día queriendo hacer esto…

Metió la mano completa dentro de los boxers ajustados de Conner. La piel estaba ardiendo, caliente y suave, y sus dedos rozaron el vello corto y rizado de la pelvis. Conner exhaló con fuerza, un jadeo entrecortado que salió de lo más profundo de su pecho solo por ese primer contacto. Todo su cuerpo se tensó debajo de Tim.

Tim sonrió satisfecho, el pulso acelerándosele aún más. Estaba más excitado de lo que había estado en toda su vida. Sacó la erección de Conner con cuidado, liberándola por completo de la tela. Y entonces quedó claro.

Era grande. Más gruesa y más larga de lo que Tim había imaginado en sus fantasías rápidas del pasillo y del baño. La diferencia de la anatomía mitad kryptoniana se notaba en cada detalle: el grosor, la vena que latía visiblemente a lo largo del eje, la cabeza ya brillante y húmeda por la anticipación. Pesada, caliente, perfecta en su mano. Tim la rodeó con los dedos y sintió cómo palpitaba contra su palma, dura como el resto de ese cuerpo que tanto había admirado.

Conner echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá, el cuello tenso, respirando entrecortado.

—Tim… —jadeó, la voz rota—. Mierda… tu mano…

Tim no dijo nada. Solo apretó un poco más, moviendo la mano lentamente de arriba abajo, disfrutando del peso, del calor, de la forma en que Conner reaccionaba a cada roce. El control era suyo. Y lo estaba ejerciendo con cada segundo.

Tim no dijo nada. Solo apretó un poco más, moviendo la mano lentamente de arriba abajo, disfrutando del peso, del calor, de la forma en que Conner reaccionaba a cada roce.

El líquido preseminal que Conner empezaba a soltar era bastante: caliente, abundante, brillante, cubriendo los dedos de Tim y haciendo que el movimiento se volviera más suave, más resbaladizo. Tim lo usó sin pensarlo dos veces para lubricar toda la erección, subiendo y bajando la mano con más facilidad, extendiendo esa humedad por toda la longitud gruesa y venosa. Cada pasada era más lenta, más deliberada, como si estuviera aprendiendo la forma exacta de ese cuerpo mitad kryptoniano.

Conner jadeaba fuerte, el pecho subiendo y bajando con fuerza mientras intentaba controlarse. Sus caderas se movían apenas, buscando más fricción, pero sus manos grandes ya habían ido directas al trasero de Tim. Los dedos enguantados masajeaban las nalgas firmes de forma inconsciente, apretando y soltando, buscando hundirse entre ellas, estirando la tela elástica del traje de Robin casi hasta el límite. La presión era perfecta, casi desesperada, como si Conner no pudiera evitar tocarlo ahí.

Tim hizo una mueca de placer, los labios entreabiertos y el rostro ya sonrojado por la excitación anticipatoria. Esa cara —ojos azules brillantes, mejillas rojas, expresión de puro deseo contenido— se veía aún más tentadora para Conner desde abajo. El medio kryptoniano gruñó bajito, los dedos presionando más fuerte contra la tela.

Tim se movió un poco más, balanceando las caderas con lentitud mientras seguía acariciándolo con la mano. Sin dejar de moverla ni un segundo, empujó ligeramente el pecho de Conner con la mano libre hasta que el medio kryptoniano se recostó por completo en el sofá, la espalda ancha apoyada contra el respaldo y la cabeza ligeramente echada hacia atrás. Ahora lo tenía exactamente donde quería: debajo de él, expuesto, observándolo.

Entonces Tim se detuvo.

Solo un segundo.

Conner lo miró desde abajo, los ojos azules abiertos de par en par, respirando agitado. Sabía que Tim le estaba dando un show. Sabía que llevaba años siendo el crush silencioso de Conner, y ahora Robin estaba ahí, a horcajadas sobre él, con la mano todavía rodeando su erección y esa expresión calculadora y excitada en la cara.

Tim soltó la erección solo lo necesario para agarrar el borde de su camiseta interior negra. Se la quitó por la cabeza con un movimiento fluido, revelando el torso delgado pero marcado por años de entrenamiento brutal: abdominales definidos, pectorales firmes, la piel pálida ligeramente enrojecida por el calor. Luego, sin prisa, bajó las manos a los pantalones del traje y los abrió por completo, bajando la cremallera con un sonido lento y deliberado. La tela se separó, dejando ver la línea de su propia erección presionando contra la ropa interior.

Conner no podía apartar la mirada. Estaba hipnotizado.

—Tim… —susurró, la voz rota de deseo—. Eres… joder, eres perfecto.

Tim no respondió con palabras. Solo sonrió apenas, esa sonrisa pequeña y controlada, y volvió a rodear la erección de Conner con la mano, ahora con la piel de su propio torso desnudo rozando el pecho caliente del medio kryptoniano.

—¿Esto era lo que buscabas? —preguntó Tim en voz baja, casi casual, mientras sus dedos seguían moviéndose con esa lentitud tortuosa—. ¿A esto te referías con “no contenerte más”, Kent?

Conner arrancó los guantes con los dientes de un tirón, impaciente, tirándolos al suelo sin mirar. Sus manos grandes y calientes se metieron directamente por debajo de la ropa interior de Tim, piel contra piel. Apretó con fuerza las nalgas desnudas, presionándolo más hacia abajo, contra su erección palpitante. Los dedos se hundían en la carne firme, buscando separarla ligeramente, como si quisiera sentir más, como si quisiera bajar esos pantalones del todo y tener acceso completo.

—Mierda, sí… —jadeó Conner, la voz ronca y quebrada—. No te detengas, Tim… quiero sentirte… por favor… quiero sentirte así…

No se atrevió a decirlo en voz alta. No dijo “quiero penetrarte”. No dijo “quiero metértela”. Temía que fuera demasiado, que Tim se sintiera presionado a llegar hasta el final, que su fuerza kryptoniana lo asustara como le había pasado antes con otros. No sería la primera vez que un encuentro íntimo se detenía en seco porque su amante se acobardaba al notar lo grande y potente que era.

Pero para su sorpresa, Tim se levantó apenas un par de centímetros —aun con las manos de Conner firmemente aferradas a su trasero—, y con la mano libre se bajó hábilmente los pantalones casi por completo.

Fue un movimiento rápido, preciso, casi militar: el tipo de habilidad que un vigilante desarrolla cuando tiene que cambiarse de ropa a toda velocidad entre patrullas y alarmas. La tela roja y negra bajó por sus muslos, dejando al descubierto sus caderas y el borde de su propia erección.

Tim soltó una risa corta, casi enternecida, al ver la cara de absoluta sorpresa y excitación de Conner.

Conner se quedó con la boca abierta, super excitado, el pecho subiendo y bajando como un fuelle. Con un gruñido bajo levantó las caderas de golpe —sin sacar las manos del trasero de Tim—, empujando el pantalón hacia abajo con desesperación. Las botas altas de Superboy, con sus cordones reforzados y hebillas, eran un obstáculo, pero la super fuerza hizo el resto: tiró con fuerza, rompiendo un par de cordones con un chasquido seco, y se las quitó a patadas torpes y agresivas, todo mientras Tim seguía sentado encima de él.

El movimiento fue torpe, urgente, casi cómico, pero cargado de pura necesidad. En segundos Conner estaba completamente desnudo debajo de Tim, el pantalón y las botas tirados en el suelo de cualquier manera, su erección gruesa y brillante apuntando hacia arriba, rozando el trasero desnudo de Robin.

Las posiciones eran claras y perfectas: Tim a horcajadas sobre las caderas de Conner, todavía con los pantalones bajados hasta las rodillas, el torso desnudo brillando bajo la luz tenue de la habitación. Conner completamente expuesto debajo de él, manos grandes todavía aferradas al trasero de Tim, mirándolo desde abajo como si fuera la única cosa en el universo, y volvió a rodear la erección de Conner con la mano.

El control seguía siendo suyo. Y Conner estaba dispuesto a dejarle tomar todo lo que quisiera.

Tim sonrió apenas, esa sonrisa pequeña y controlada que ya empezaba a volverse peligrosa. Sin decir una palabra más, se incorporó lo justo para terminar de quitarse los pantalones del traje y la ropa interior que quedaba. Los bajó por completo con un movimiento fluido, liberando por fin su propia erección: dura, enrojecida, palpitando visiblemente contra su abdomen. El aire fresco de la habitación le rozó la piel sensible y Tim sintió un escalofrío de anticipación recorrerle la columna.

Pero antes de que pudiera hacer nada —antes incluso de que pudiera decidir el siguiente paso—, Conner se movió.

Con un gruñido bajo y desesperado, el medio kryptoniano deslizó las manos grandes desde el trasero de Tim hasta la parte posterior de sus muslos. Lo levantó con facilidad y lo acercó hacia arriba hasta que el torso de Robin quedó prácticamente sobre su pecho. Conner estaba completamente recostado en el sofá, la espalda ancha apoyada contra el respaldo, las piernas abiertas para que Tim siguiera a horcajadas sobre él. Ahora, con ese movimiento, Tim quedó sentado casi sobre el pecho firme de Conner, las rodillas a los lados de su cabeza, la erección de Robin apuntando directamente a su boca.

Conner abrió la boca sin dudarlo, los labios húmedos y calientes estirándose alrededor de la cabeza sensible de Tim. Lo devoró de un solo movimiento: profundo, húmedo, sin vacilación.

La boca de Superboy era un horno. La lengua ancha y caliente se enroscó alrededor de él, lamiendo desde la base hasta la punta en un solo lametón lento y deliberado, mientras los labios se cerraban apretados, succionando con fuerza.

Tim soltó un jadeo ahogado, las manos yendo automáticamente a aferrarse a los rizos negros y desordenados.

Conner podía contener la respiración durante minutos —Tim lo sabía de memoria por todas las misiones en el espacio—, y ahora lo estaba usando sin piedad.

"Benditos pulmones kryptonianos…", pensó, la visión periférica empezando a borrarse por los bordes.

La boca se deslizaba desde la punta hasta el fondo de su garganta voluntariamente, tragando alrededor de él, la garganta contrayéndose y masajeándolo en ondas rítmicas mientras la lengua no dejaba de moverse, presionando contra la parte inferior, lamiendo cada vena, cada centímetro.

Una de las manos de Conner subió desde el muslo de Tim y recogió la saliva que escurría abundante por la base de su erección. Con los dedos resbaladizos empezó a estimular sus testículos, masajeándolos con una presión perfecta, rodándolos suavemente mientras la boca seguía tragándoselo entero.

Tim no pudo evitar la comparación. Era inevitable.

Con Bernard había sido… torpe. Había aceptado salir con él para experimentar, para probar qué se sentía con un chico, pero el rubio era tímido, nervioso, demasiado cuidadoso. Cuando por fin habían avanzado un poco, Bernard se había comportado como si estuviera manejando algo frágil: roces inseguros, un intento de boca que terminó con dientes rozando donde no debía, un momento incómodo que había matado todo el deseo de golpe. Tim había tenido que detenerlo con una excusa educada, sintiéndose más frustrado que satisfecho.

Pero esto… esto era otra cosa.

La boca de Conner era experta, hambrienta, sin miedo. Caliente, resbaladiza por la saliva que no dejaba de producir, tragando hasta la base sin esfuerzo, la garganta apretándolo como un puño caliente y húmedo. La lengua era ancha y fuerte, presionando justo donde más lo necesitaba, lamiendo en círculos perfectos alrededor de la cabeza cada vez que subía.

Conner reclamó su atención de nuevo al succionar más fuerte, un gemido vibrando alrededor de la erección de Tim que lo hizo temblar entero. Los dedos en sus testículos apretaron justo lo necesario, la otra mano todavía aferrada a su muslo, manteniéndolo exactamente donde Conner quería.

Y entonces pasó.

Por primera vez en su vida, Tim se corrió sin que su amante usara las manos. 

El orgasmo lo golpeó de golpe, intenso, casi violento. Un gemido bajo y roto escapó de su garganta mientras se derramaba directamente en la boca de Conner, los músculos de su abdomen contrayéndose visiblemente, las caderas sacudiéndose sin control. Conner tragó cada gota sin detenerse, la garganta trabajando alrededor de él, prolongando el placer hasta que Tim se quedó temblando, jadeando, con la visión completamente nublada por un segundo.

Conner no lo soltó de inmediato. Siguió lamiendo con lentitud, limpiándolo con la lengua, los ojos azules abiertos y brillantes mirándolo desde abajo con una mezcla de adoración y pura satisfacción. Solo cuando Tim empezó a bajar de esa ola de placer, Conner lo dejó ir con un último beso suave en la punta, los labios hinchados y brillantes.

Tim bajó la mirada, todavía respirando agitado, el pecho subiendo y bajando con fuerza. Conner estaba ahí debajo de él, completamente desnudo, la erección gruesa y brillante todavía dura contra su propio abdomen, y esa sonrisa ladeada que decía que acababa de ganar el premio mayor.

—Joder, Tim… —murmuró Conner, la voz ronca por el esfuerzo—. Sabes aún mejor de lo que imaginaba.

Tim no respondió de inmediato. Solo pasó los dedos por el cabello de Conner en un gesto casi tierno, el control regresando poco a poco a su cuerpo. El orgasmo lo había relajado, pero no lo había saciado. Ni de lejos.

Todavía quería más. Quería todo.

Y ahora que había probado la boca de Conner… estaba listo para tomar el resto.

Tim bajó la mirada hacia Conner, todavía respirando con algo de dificultad después del orgasmo que lo había dejado temblando. Tenía los dedos enredados en el cabello negro revuelto del medio kryptoniano y una sonrisa pequeña, casi peligrosa, curvándole los labios.

—Ahora ya sé cómo hacer que cierres la boca la próxima vez —murmuró Tim, la voz baja y ronca, todavía con ese tono preciso y calculador que usaba para desarmar planes en el campo.

Conner soltó una risa entrecortada, los ojos azules brillantes de pura satisfacción mientras lamía lentamente los restos de saliva de sus labios hinchados.

—No me amenaces con un premio así, Rob… —respondió, la voz grave y juguetona, aunque todavía ronca por el esfuerzo—. Porque ese va a ser mi nuevo sabor favorito a partir de ahora. Y si me lo ofreces cada vez que hable de más, no voy a callarme nunca.

Tim no pudo evitar soltar una risa corta y seca, pero no dijo nada más. Solo lo miró con esa ceja ligeramente arqueada, la misma expresión que usaba cuando alguien intentaba explicarle algo que ya había calculado diez pasos antes.

Conner intentó incorporarse un poco, todavía con las manos en los muslos de Tim, como si no quisiera soltarlo nunca.

—Joder, Tim… eso estuvo alucinante —dijo, la voz llena de asombro genuino—. Nunca creí que llegaría tan lejos contigo. Llevo años soñando con esto y… mierda, nunca pensé que de verdad…

Tim lo interrumpió sin palabras. Solo puso una mano firme en el pecho ancho de Conner y lo empujó hacia atrás hasta que su espalda volvió a quedar completamente recostada contra el sofá. El movimiento fue claro, sin discusión. "¿Cuando dije que esto había terminado?", parecía decir esa mirada.

No esperó respuesta. Tim tomó la erección gruesa y todavía dura de Conner con una mano, alineándola consigo mismo. El líquido preseminal seguía brotando en abundancia de la punta brillante, caliente y resbaladizo. Tim lo usó sin dudar, extendiéndolo con movimientos precisos de sus dedos para lubricar tanto la cabeza ancha como la longitud venosa. No había preparación previa. Ni dedos, ni nada. Solo esa humedad abundante y su propia determinación.

Conner se tensó debajo de él, los ojos muy abiertos.

—Tim… espera —murmuró, la voz cargada de preocupación real—. ¿Estás seguro? No te he preparado ni… joder, soy grande y tú… no has hecho nada para…

Tim no le dio tiempo a terminar. Se levantó apenas lo necesario, las rodillas firmes a los lados de las caderas de Conner, y empezó a bajar lentamente sobre él.

La cabeza gruesa presionó contra su entrada, abriéndose paso centímetro a centímetro. Tim sintió la quemazón inicial, el estiramiento intenso por el grosor kryptoniano, pero su rostro se mantuvo casi impasible. Solo una exhalación lenta y controlada escapó de sus labios.

Conner jadeó fuerte, las manos apretando los muslos de Tim con fuerza contenida.

—Tim… ¿no te duele? Eres… joder, eres virgen en esto, ¿verdad? —preguntó, la voz rota entre el placer y la preocupación—. Digo... somos amigos, si hubieras… si hubieras estado con alguien así me lo habrías dicho, ¿no? O al menos… no sé, pensé que… ahh... 

Tim bajó otro centímetro más, apretando los dientes un segundo antes de relajar completamente los músculos. Su cuerpo obedeció al instante: años de entrenamiento brutal con Batman le habían dado un control absoluto sobre cada fibra, cada músculo, cada respiración. El dolor se convirtió en presión, la presión en placer puro y crudo.

—Entrené para controlar cada músculo de mi cuerpo, Kent —dijo Tim con la voz baja y estable, casi clínica, aunque sus mejillas seguían sonrojadas y sus ojos brillaban de deseo—. Incluyendo este.

Bajó otro poco más, deliberado, lento, apretando a propósito alrededor de Conner para sentir cada centímetro grueso y caliente que lo llenaba. Conner soltó un gemido largo y roto, la cabeza echándose hacia atrás contra el sofá, los nudillos blancos de tanto apretar las caderas de Tim.

—Eres… un maldito...  —jadeó Conner, mitad adoración, mitad desesperación—. No puedo… joder, Tim, estás tan apretado y tan… perfecto.

Tim sonrió apenas, esa sonrisa pequeña y triunfante, y siguió bajando hasta que estuvo completamente sentado sobre las caderas de Conner, la erección gruesa enterrada hasta el fondo dentro de él. No había dolor. Solo una sensación de plenitud abrumadora, caliente, perfecta. Su propio cuerpo tembló un segundo por la intensidad, pero el control seguía ahí. Total. Absoluto.

Y ahora sí, Tim Drake iba a tomar todo lo que quería.

Conner tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no correrse en el mismo instante en que Tim lo tomó por completo.

La sensación era abrumadora. Caliente, apretado, perfecto. Normalmente no podía meterla hasta el fondo sin que el otro se quejara o se tensara demasiado, pero Tim lo había recibido entero, sin esfuerzo. Y ahora estaba ahí, sentado sobre sus caderas, con esa expresión calmada y concentrada que siempre usaba en las misiones. Solo esa imagen —Robin completamente lleno de él— casi lo hizo acabar ahí mismo.

—Mierda… sí… —susurró Conner, la voz rota—. Úsame… soy tuyo…

Estaba conteniendo su super fuerza con cada fibra de su ser. Las manos grandes temblaban por el esfuerzo de no apretar demasiado, de no marcar la piel de Tim, de no embestir hacia arriba como su cuerpo le pedía a gritos. Todo él era un nudo de tensión y placer contenida.

Tim no le dio tiempo a recuperarse. Empezó a moverse.

Lento al principio, solo balanceando las caderas en círculos profundos, probando. La erección de Conner, ligeramente curva hacia arriba, presionó directo contra su próstata con cada mínimo movimiento. Un relámpago de placer puro le recorrió la columna.

"Nunca imaginé que se sentiría así", pensó Tim, la mente nublada por la intensidad.

Tan profundo, tan caliente, tan lleno… su cuerpo respondía de una forma que no esperaba, como si cada músculo interno supiera exactamente qué hacer para que el placer fuera aún mayor.

Su propia erección, que había bajado un poco después del orgasmo en la boca de Conner, se endureció de nuevo en cuestión de segundos, tiesa y goteando contra el abdomen marcado del medio kryptoniano.

Conner lo notó. Y no pudo existir nada más excitante en el universo que ver a Tim rebotando sobre él, usándolo sin piedad. Sus ojos azules se abrieron de par en par, la boca entreabierta en un gemido constante.

—Joder… mírate… —susurró Conner, la voz quebrada—. Rebotando así en mí... solo para ti…

Intentó poner las manos en las caderas de Tim, los dedos grandes queriendo sujetarlo, ayudarlo, marcar el ritmo.

Tim no lo permitió.

Con un movimiento fuerte y brusco, le apartó las manos y las empujó hacia arriba, colocándolas por encima de la cabeza de Conner contra el respaldo del sofá. Los dedos de Tim se cerraron alrededor de las muñecas del medio kryptoniano, sujetándolas ahí con una fuerza que no admitía discusión.

—Cállate —murmuró Tim, pero antes de que Conner pudiera responder, se inclinó hacia adelante y lo besó brevemente, profundo y con lengua, un beso rápido y posesivo que dejó a Conner sin aliento.

El beso se rompió tan rápido como empezó, pero Conner se quedó temblando. Sentirse doblemente usado —la boca de Tim sobre la suya y su cuerpo montándolo sin piedad— lo puso aún más excitado. Un gemido bajo y desesperado escapó de su garganta.

Tim se enderezó de nuevo y empezó a dictar el ritmo completo.

Se levantó casi hasta la punta, lento, tortuoso, sintiendo cada centímetro grueso deslizarse fuera de él, y luego bajó de golpe, empalándose hasta el fondo con un golpe seco que hizo que ambos jadearan. Una y otra vez. Más rápido. Más profundo. Las caderas de Tim subían y bajaban con fuerza, apretando a propósito alrededor de Conner cada vez que bajaba, contrayendo los músculos internos para que el placer fuera aún más intenso.

"Esto es increíble…", pensó Tim, los ojos entrecerrados, el sudor corriendo por su espalda.

Nunca había sentido nada parecido. Cada roce contra su próstata le mandaba chispas de placer directo al cerebro, haciendo que su propia erección se sacudiera y goteara contra el pecho de Conner. Podría volverse adicto a esto. A sentirlo así, tan profundo, tan perfecto.

Conner estaba en el cielo. La cabeza echada hacia atrás, los brazos inmovilizados por encima de su cabeza, el pecho subiendo y bajando como si acabara de volar a velocidad máxima. Cada vez que Tim bajaba con fuerza, Conner soltaba un gemido ronco y largo, las caderas queriendo embestir hacia arriba pero conteniéndose porque Tim no se lo permitía.

—Tim… Tim… por favor… —jadeaba, la voz quebrada, los ojos fijos en la cara de Robin, en cómo sus mejillas se enrojecían más, en cómo sus labios entreabiertos dejaban escapar pequeños jadeos.

Tim sonrió apenas, esa sonrisa pequeña y triunfante, y aumentó el ritmo, rebotando más duro, más rápido. El sonido húmedo y obsceno de sus cuerpos chocando llenaba la habitación. Su erección se frotaba contra el abdomen firme de Conner con cada movimiento, dejando rastros brillantes.

El control era suyo. Total. Absoluto. Y Conner se estaba deshaciendo debajo de él como nunca antes.

Tim sentía cómo Conner se contenía con todas sus fuerzas. Los músculos abdominales debajo de él estaban duros como acero, tensos y temblando por el esfuerzo de no dejarse llevar. Cada contracción de ese abdomen marcado contra su propio cuerpo le mandaba ondas de placer directo al centro de su ser. Era demasiado. La presión constante, el calor, la forma en que Conner intentaba ser bueno y no perder el control… todo eso hizo que Tim se corriera por segunda vez.

Un gemido bajo y entrecortado escapó de sus labios mientras se tensaba entero. Soltó las muñecas de Conner de golpe y dejó que sus brazos cayeran a los lados de la cabeza del medio kryptoniano, sosteniéndose ahí. Su erección palpitó fuerte contra el abdomen de Conner y se derramó en chorros calientes, manchando esa piel bronceada y perfecta.

Conner perdió el control apenas un segundo.

Sus manos grandes volaron a las caderas de Tim y las sujetaron con fuerza. Embistió hacia arriba con rapidez, tres, cuatro veces, profundas y desesperadas, chocando contra él con un ritmo que hizo que el sofá crujiera. Tim jadeó, sintiendo cada golpe hasta el fondo, pero no lo detuvo. Solo se dejó llevar, apretando alrededor de él para prolongar su propio orgasmo.

Y entonces Conner se corrió.

Lo mantuvo presionado contra sus caderas, sin dejarlo subir ni un centímetro. Sus músculos abdominales se contrajeron de forma prolongada, duros y visibles bajo la piel. Un jadeo ronco salió de sus labios mientras abría la boca un momento, la cabeza echada hacia atrás y los ojos entrecerrados. Relajó el abdomen solo un segundo… y luego lo contrajo más fuerte, como si quisiera vaciarse por completo dentro de Tim. Este sintió claramente cómo el pene de Conner palpitaba dentro de él, grueso y caliente, con una ligera presión interna deliciosa que lo llenaba aún más. Chorros calientes y abundantes lo inundaron, profundos, marcándolo por dentro.

Cuando por fin terminó, Conner se relajó por completo. Su mirada parecía perdida en el techo de la habitación, vidriosa de placer, pero la sonrisa satisfecha no desapareció de sus labios. Era amplia, casi boba, como si acabara de ganar la mejor pelea de su vida.

Tim seguía sosteniéndose con los brazos a los lados de la cabeza de Conner, respirando agitado, el pecho subiendo y bajando. Miró hacia abajo y sonrió al verlo así: deshecho, sudado, hermoso. Pero entonces tuvo un momento de terrible lucidez.

Estaba encima de Conner. Su mejor amigo. Con su pene todavía dentro. En la Torre de los Jóvenes Titanes. No tenía idea de cuánto tiempo había pasado. Y ahora… estaba lleno de su semen. Caliente, espeso, goteando apenas por los bordes donde sus cuerpos seguían unidos.

La idea le golpeó con fuerza. Una oleada de excitación nueva le recorrió el cuerpo, haciendo que su propia erección diera un pequeño salto contra el abdomen de Conner.

"Lleno de él…", pensó, y el calor le subió por el cuello otra vez.

Y la culpa, claro. Una culpa deliciosa, prohibida, que le apretó el estómago. Había sido infiel a Bernard. Técnicamente. Pero mierda… había sido el sexo más alucinante que había tenido en toda su vida. Miró hacia abajo, al cuerpo perfecto, firme, esculpido y bronceado de Conner debajo de él: los pectorales que subían y bajaban, los abdominales marcados por el esfuerzo, la piel brillante de sudor. Solo podía pensar en una cosa.

Quería repetirlo.

Quería hacerlo otra vez. Y otra. Y otra más.

Tim se inclinó un poco más hacia adelante, todavía con Conner dentro de él, y rozó los labios contra los de su amigo en un beso lento, casi perezoso.

Tim se inclinó un poco más hacia adelante, todavía con Conner dentro de él, y rozó los labios contra los de su amigo en un beso lento, casi perezoso. Solo un roce de lenguas, sin prisa, saboreando el momento.

Conner sonrió contra su boca, una sonrisa amplia y satisfecha que le arrugaba las comisuras de los ojos. Disfrutaba cada segundo de esto, de tener a Tim encima, todavía unidos, el calor de sus cuerpos mezclándose. Era surreal. Era perfecto. Era más de lo que había soñado en años.

Se quedaron así un rato, respirando juntos, cómodos, sin ganas de separarse todavía. El semen de Conner seguía dentro de Tim, caliente y espeso, y ninguno de los dos parecía tener prisa por cambiar eso.

Cuando Tim por fin intentó bajarse, sintió el vacío e inmediatamente sus piernas le fallaron un segundo. Los músculos, agotados después de todo el esfuerzo, no respondieron como siempre. Se tambaleó apenas, sorprendido.

En menos de un parpadeo, Conner ya estaba ahí. Con esa velocidad kryptoniana que usaba en cada misión, lo sujetó por la cintura antes de que Tim pudiera siquiera reaccionar. Exactamente igual que siempre: Tim saltaba desde cualquier altura sabiendo que Conner lo atraparía.

Siempre.

—Tranquilo —murmuró Conner con una sonrisa suave, cargándolo sin esfuerzo—. Hasta a Robin le toma un poco recuperarse después de algo así, al parecer.

Pero apenas dio dos pasos hacia la cama, las rodillas de Conner también fallaron. Se tambaleó ligeramente, riéndose por lo bajo, y terminó dejándose caer de espaldas sobre el colchón con Tim todavía encima. Las rodillas le quedaron colgando del borde de la cama, los pies descalzos rozando el suelo.

Ambos soltaron una risa al mismo tiempo, cansada y absurda, el tipo de risa que solo sale después de algo intenso.

Tim se quejó entre dientes, todavía estando medio recostado sobre él.

—Vas a ensuciar mis sábanas, Kent.

Conner levantó una ceja, esa sonrisa ladeada volviendo a aparecer.

—Es culpa tuya… además, tú ya estás ensuciandolas.

Tim frunció el ceño, confundido, hasta que sintió el calor húmedo. Miró hacia abajo. El semen de Conner había empezado a escurrir de su trasero, lento y espeso, manchando las sábanas debajo de ellos.

—Maldición… —masculló Tim, con una mezcla de sorpresa y fastidio—. En serio te corriste muchísimo. Casi podría jurar que eran como cincuenta mililitros los que me dejaste dentro.

Conner soltó una carcajada ronca, claramente orgulloso.

El teléfono personal de Tim vibró sobre la mesita de noche. Se levantaron sobre los codos y vieron como la pantalla se iluminó con el nombre de Bernard y una foto de contacto: los dos sonriendo a la cámara, una selfie casual de su última cita. La sonrisa desapareció de golpe de la cara de ambos.

Conner se quedó quieto un segundo, todavía recostado al lado de Tim, y luego suspiró.

—Deberías responder —dijo en voz baja, sin rastro de culpa en su tono—. No deberías hacer esperar a tu novio. Yo voy por algo para limpiar.

Se incorporó con cuidado, saliendo de la cama de Tim con un movimiento lento que hizo crujir el colchón. Se levantó y caminó hacia el baño, completamente desnudo, sin prisa.

Tim se quedó sentado en la cama un momento, sintiendo cómo el semen seguía escurriendo entre sus piernas. Tomó el teléfono, respiró hondo y contestó con la misma voz tranquila y controlada de siempre.

—Hola, Bernard —dijo, como si nada—. ¿Qué pasa?

Al otro lado de la línea, Bernard empezó a hablar de algo cotidiano. Tim escuchaba, respondía con monosílabos precisos, la mirada fija en la puerta del baño donde Conner acababa de entrar.

Y mientras hablaba, el semen caliente de su mejor amigo seguía goteando lentamente sobre las sábanas.

Ninguno de los dos parecía tener prisa por sentir remordimiento.

Al menos… no por ahora.

Notes:

Las ideas que tengo para continuar esto serían similares. Tal vez Superboy como amante, Tim intentando terminar con Bernard y sintiéndose culpable en el proceso, la razón de la infidelidad, momentos donde Conner le coquetea descaradamente a Tim mientras entrenan, algun encuentro clandestino en una misión o con Tim como CEO... no sé. Puede ser. ¿Alguna les suena interesante?