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En 1763 la clase alta de Golden Square era excepcionalmente reconocida por su abundante riqueza y bien impecable imagen. Algunos representantes de familias posicionadas en un escalón digno de admiración, desempeñaban cargos y actividades tan pesados que muchas veces necesitaban huir y beber un poco del manantial de la distracción que lugares específicos les ofrecían.
Tal era el caso de la calle Griega en Soho. Puesto que, entre el vistoso sendero, las paredes blanquecinas y un aroma a mistura floral, el manantial de la distracción y el deseo censurado ocupaba un espacio discreto frente a las miradas juzgadoras de las señoras de clase alta. Oh, claro. Incluso aquellas finas damas sabían que sus miradas podrían ser aprisionadas por los ojos pícaros de las deslumbrantes cortesanas que se pavoneaban con los mejores vestidos que su “madame” podía entregarles y con joyas que de seguro algunos de los maridos de las señoras, distinguidos condes o barones, les otorgaban como regalos por un tiempo satisfactorio.
La ignorancia era un amparo frente a la fantasiosa vida de casados que las señoras de clase alta se habían decido por abandonar y, con perfecta coordinación, sus maridos estaban conformes de tan exquisita decisión pues era un regalo de Dios disponer de una esposa digna y sumisa para temas distantes de su posible entendimiento.
Así que, mientras las damas se distraían visitando a la modista o celebrando fiestas de picnic; los hombres, guiados por su insaciable deseo carnal, visitaban el burdel de la calle Griega en Soho. Dicho espacio celestial, dirigido bajo el mando implacable de la madame más decrépita, pero avispada, estaba en pleno auge, ya que recibía continuamente clientes distinguidos y gustosos de gastar cantidades que horrorizarían a la clase baja que apenas y podía costearse el pan de cada día.
Asimismo, pese a que dicho burdel era conocido como un manantial de la distracción o un espacio celestial invadido por la lujuria, Sang-woo había encontrado un ser que denominaba como “únicamente impoluto” entre los demás. Y a pesar de que ciertos compañeros opinasen todo lo contrario, el pensamiento que dominaba su impasible alma difícilmente cambiaría por los inútiles consejos otorgados.
Puesto así, no era tan secreta la preferencia del segundo hijo del gran marqués. Sinceramente, era un alivio que el marqués y la marquesa tuviesen a su primogénito Estefan que heredaría y procuraría preservar el honor de la familia hasta las futuras descendencias, ya que Sang-woo, segundo hijo (está demás decir que era adoptado), había erigido su propio camino desde antes que su naturaleza subyacente lo guiara a conocer a aquel ser impoluto en el lugar menos pensado.
¿Quién creería que desde el segundo que Sang-woo entró por primera vez al burdel de madame Crowley hallaría, entre los tres únicos hombres que servían a dicha casa, a la persona cuya mirada dominaría hasta las palabras que quisiese decir? Si ambos se hubiesen conocido en circunstancias personales distintas, pero en el mismo presente, quizás aquella vertiginosa relación prohibida no habría aflorado y a pesar de que un burdel no fuese el espacio más oportuno, la confidencialidad gobernaba allí bajo la apariencia del dinero, el poder y las amenazas que Sang-woo hábilmente manejaba como si de un juego de cartas se tratase.
No era de conocimiento ajeno que desde muy temprana edad Sang-woo erigió su propio camino y a la vez se hizo de algunos seguros frente a las frívolas personas de la sociedad que esperaban hambrientos una muestra de debilidad para hacerlo caer lo más bajo posible. Era realmente deplorable que ni siquiera en nombre del gran marqués respetasen la decisión que tomó para acogerlo como hijo adoptivo y que, a cuestas de él, provocaran que Sang-woo cometiese un mínimo error para justificar su incomprensible odio. Sin embargo, gracias a que poseía bajo su manga los peores secretos, aquellos detractores guardaban cierto silencio sepulcral por el simple hecho de preservar su honor social y la misma integridad.
Tal salvoconducto general eran un arma de doble filo que solo Sang-woo se atrevía a mantener con una terquedad indomable por el bienestar de su futuro y el de aquel ser impoluto del burdel en la calle Griega.
