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Padre de Dragones y Lobos

Summary:

Cuando el Rey Loco le quita al Príncipe Rhaegar Targaryen su derecho como Heredero del Trono de Hierro, la Reina Rhaella mira al Norte para un descendiente de los Reyes de Invierno que pueda convertirse en el esposo de su hijo mayor, el primer portador en más de un siglo.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Rickard Stark observó con cansancio las tres cartas abiertas frente a él, una escrita con la letra de Brandon, otra firmada por Lord Hoster Tully y la última, firmada por la Reina Rhaella Targaryen. La carta de Brandon había sido dejada en su solar dos vueltas de luna atrás, Rickard había despertado una mañana para descubrir que Brandon se había escapado a las arenas rojas de Dorne para estar con Lady Ashara Dayne, renunciando a su herencia y dejando sus responsabilidades y más que un problema.

Varias vueltas de luna había dejado pasar, enviando gente tras su hijo mayor y esperando que entrara en razón. Nada funcionó. Brandon y Ashara Dayne habían dejado Westeros en un barco a Essos y posiblemente nunca los volverían a ver. Rickard había tenido que enviar cartas a la Corona, a los Tully y a todo Westeros, informando las acciones de su hijo y nombrando a Eddard el nuevo heredero de Winterfell. Los cuervos habían volado dos semanas atrás, a los pocos días un cuervo de Riverrun llegó con demandas para lavar la vergüenza que Brandon estaba haciendo pasar a Catelyn Tully.

Hoster Tully no había pensado demasiado, la vergüenza de su hija mayor era poco al compararla con la pérdida de su sangre gobernando el Norte, de mezclarla con la línea milenaria de los Reyes de Invierno. Rickard se había burlado cuando leyó la compensación que pedía, Eddard para Catelyn Tully. No le sorprendió y tal vez lo habría aceptado, si no fuera por la carta con el sello Targaryen.

Rickard estaba tan cansado de la política sureña.

No culpaba a nadie más que a sí mismo y a la vieja rata Walys.

Su ambición había incrementado por los susurros del Maestre de Winterfell, empujándolo a abrir el Norte al Sur. Rickard quería ganarle más poder a su Casa, quería que la Casa Stark fuera respetada más allá del Norte, que los sureños se tragaran sus palabras al llamarlos salvajes. Se convirtió en un ignorante señor del Sorte metiéndose en el nido de víboras sureñas que sus antepasados tanto despreciaban, una vergüenza para los Primeros Hombres. Rickard había tenido que ver a su Eddard tratando de seguir, de vivir, el lema de una Casa sureña, de verlo tan blando en comparación con cualquier otro hijo del Norte, tan dolorosamente incómodo entre los abanderados de su Casa, para abrir los ojos.

Eddard parecía considerar más hermano a un heredero sureño que a los muchachos con quienes compartía sangre. Incluso había hablado para que Lyanna, la única hija de Rickard, se casara en el Sur, con un promiscuo nada menos. Rickard no estaba exento de culpa, él había aceptado promover el compromiso entre su Lyanna y Robert Baratheon, ignorando las suplicas de su hija. La salvación de Lyanna —y de Rickard— había sido que la Corona se les adelantó y propuso su propio compromiso con Robert; sin embargo, Rickard recibió un nuevo golpe de claridad cuando la misma Corona, apenas un año después, estaba rompiendo el compromiso con la Casa Baratheon cuando se descubrió que Lord Robert había engendrado un bastardo en el Valle.

Lyanna se había enfrentado a Eddard, la cabeza en alto y los ojos brillando en reivindicación y diciéndole te lo dije. Al menos ella respetaba lo suficiente a su padre y le ahorró a Rickard una vergüenza mayor a la que ya sentía. Jeor Mormont incluso le había escrito, después de anunciar la desaparición de Brandon, preguntando si todavía iba a vender a sus hijos al sur. Ese había sido otro golpe que hizo a Rickard darse cuenta de lo molestos que los señores del norte estaban por sus decisiones, no que se atrevieran a ir contra él o cuestionarlo —excepto el Viejo Oso que sabía cómo y cuándo pinchar a Rickard para que entrara en razón— por el respeto que le tenían a él y a los Stark en su conjunto.

Así que pese a la insistencia del maestre Walys, tras la semana transcurrida entre la carta de los Tully y la carta de la Reina, por desposar a Eddard con Catelyn Tully, había decidido no seguir adelante con sus planes sureños. No importaban las amenazas bien escondidas en la carta de Hoster Tully ni las apelaciones al honor de Rickard a que mantuviera su palabra de hacer de Catelyn Tully la Dama de Winterfell.

Rickard nunca había prometido tal cosa, a él le importaba poco la chica. Lo único que le importó de ella era la alianza que traería al Norte, pero nunca dio su palabra oral o escrita de que Catelyn Tully ascendería en el Norte casándose con cualquiera de sus hijos; Rickard sólo lo había prometido bajo el nombre de Brandon. No más tramas sureñas, había decidido Rickard, pero entonces la reina escribió.

El Pacto de Hielo y Fuego, explicó Su Gracia.

Un compromiso entre la Casa Targaryen y la Casa Stark.

El Príncipe Rhaegar Targaryen, el primer portador en más de un siglo, para Eddard Stark, el nuevo heredero de Winterfell.

Rickard había tenido que investigar sobre el Pacto y luego pasó varios días pensando en qué hacer. El rey no había tomado una decisión todavía, escribió la reina, ella primero necesitaba saber si la Casa Stark atesoraría a su hijo mayor como correspondía para empezar a susurrar en el oído de su esposo. La reina quería a alguien digno para su príncipe, alguien que lo valoraría por más que su belleza, su estatus y su capacidad. Ninguna Casa en Westeros tiene la historia de la Casa Stark, la sangre de los Primeros Hombres y los Reyes de Invierno no es menos de lo que deseo para un príncipe valyrio de los Jinetes de Dragones. No es algo que decidiera ahora, Lord Rickard, cuando a Rhaegar le arrebataron su derecho y supe que tendría que casarse con algún señor, pensé en enviarlo a un lugar lo más lejos posible de esta Corte. Si Lord Brandon no hubiera estado ya comprometido y el rey no se hubiera adelantado y comprometido a mi Rhaegar con Robert Baratheon, habría escrito a Winterfell entonces. Sin embargo, la fortuna me sonríe hoy. Si lo que presencié en Harrenhall sobre la atención del joven Eddard a mi hijo, tal vez mis deseos no estén sin esperanza y el Norte pueda ver cumplido el pacto entre Lord Cregan Stark y el Príncipe Jacaerys Velaryon.

La atención de Eddard al príncipe Rhaegar, ella escribió, Rickard había tenido que soportar por lunas las burlas de sus hijos menores hacia Eddard. Lyanna había llorado al oír cantar al príncipe en Harrenhall, pero fue Eddard quien lo había seguido con la mirada siempre que podía, quien se sonrojaba cada que el príncipe le dirigía la palabra y quien parecía que había visto a la misma Doncella o al Guerrero —Lyanna y Brandon nunca se pusieron de acuerdo— en toda su gloria cuando el príncipe se quitó el yelmo en la última justa del torneo y cabalgó para nombrar a la Reina Rhaella como la Reina del Amor y la Belleza.

Nuestra Lady Ned parecía desear que el príncipe lo secuestrara en ese mismo momento. Brandon se carcajeó.

Por favor, Brandon, cállate, la expresión de Eddard podía rivalizar con la de cualquier doncella ruborizada, tuvo que admitir Rickard.

Pero las sonrisas murieron, ¿sabes, padre? No fue hasta que Lya empezó a aplaudir, seguida de la Princesa Elia Martell, que todos reaccionaron, aunque la reina parecía muy feliz cuando colocó la corona de rosas en su cabeza, explicó Benjen.

La gente es estúpida, ya te lo dije Beny, Lyanna se cruzó de brazos. Sólo porque el Príncipe Rhaegar puede tener hijos de su propio cuerpo no lo hace menos capaz de abatir a cualquier hombre. Si hubiera sido una mujer la que justara, la reacción habría sido la misma, por eso aplaudí. Él lo merecía, sobre todo después de toda la vergüenza que ha pasado.

Rickard se había encontrado gratamente sorprendido por la compresión de Lyanna. Su hija no era indiferente a quienes la rodeaban, pero era bastante salvaje y testaruda, enfocada en lo que deseaba. No pensaba bien dos veces antes de actuar, guiándose por el impulso y su espíritu apasionado. Parecía que finalmente estaba madurando, dándose cuenta que el mundo nunca iba a doblarse a sus deseos y volviéndose comprensiva con sus semejantes al ver que todos pasaban por situaciones injustas.

El Príncipe Rhaegar, quien había sido nombrado Heredero del Trono de Hierro, fue dejado de lado cuando, a sus diecisiete años, nació el Príncipe Viserys y el Rey Aerys lo nombró el nuevo heredero, declarando que no era un portador como el príncipe mayor. El reino se había sorprendido y no entendían las acciones del rey ya que no había una verdadera justificación; no se podría saber si el Príncipe Viserys era un portador hasta que fuera mayor, al menos diez días de nombre, pero el rey estaba seguro de que era un varón completo.

Muchos señores estaban disgustados, especialmente aquellos que apoyaban a Rhaegar en el Trono de Hierro, como los Martell que ya habían estado empujando a la Princesa Elia a un compromiso o Tywin Lannister que también había solicitado desposar al príncipe con Lady Cersei. Un portador podía engendrar hijos con una mujer y al ser el Príncipe Rhaegar el único niño Targaryen hasta el momento, el rey lo había nombrado su heredero, después de todo no sería la primera vez que un portador fuera rey.

Ahí estaban el Rey Aenys I Targaryen y el Rey Baelor el Bendito, además de los príncipes Aemon Targaryen —hijo de Jaehaerys I— y Joffrey Velaryon, quienes habían sido nombrados Herederos del Trono de Hierro y Príncipes de Dragonstone sobre sus hermanos no portadores, aunque murieron antes de lograr sentarse en la maldita silla.

El Rey Aerys había decretado tal cosa y el reino tenía que acatar.

Habían comprometido al Príncipe Rhaegar con Robert Baratheon de inmediato, pero el compromiso no duró tanto cuando se descubrieron las acciones infieles del heredero de Storm’s End. Había sido una vergüenza para ambas Casas, pero los Baratheon todavía lograron un buen matrimonio cuando la Princesa Gobernante de Dorne solicitó desposar a la Princesa Elia con Lord Robert. Desde entonces no había nuevo compromiso para el Príncipe Rhaegar, el rey había lanzado otro ataque al maldecir a los Siete Reinos por no tener en ninguna parte un heredero de sangre valyria para desposar.

El heredero Velaryon ya estaba casado y el rey nunca aceptaría una Casa Menor como los Dayne para su hijo. Ya había rechazado al Príncipe Oberyn, ¡Rhaegar ni siquiera gobernaría Dorne! ¡Y nunca dejaré que mi hijo caiga en manos de un dorniense degenerado que engendra bastardos donde quiera que vaya!

Elbert Arryn también fue pasado por alto, aunque ahí no hubo pérdida pues Lord Arryn no había hecho el intento de acercarse a la Corona. Si Edmure Tully no fuera tan joven, Rickard estaba seguro que Hoster Tully ya habría escrito a la Corona, y la misma situación aplicaba a los Tyrell. A Rickard no se le había pasado por la cabeza pedir la mano del príncipe ni siquiera cuando nombró a Eddard su nuevo heredero, le sorprendió que el maestre Walys tampoco lo sugiriera. O no tardaría en sugerirlo si los ojos brillantes del maestre cuando le entregó el libro que contenía la información sobre el Pacto eran una indicación.

Rickard tomó una respiración profunda.

El Príncipe Rhaegar como Lord Consorte Stark ciertamente era el máximo logro que tendría sobre el Sur, Eddard tendría a quien deseaba, los señores del Norte podrían aplacarse al saber del Pacto de Hielo y Fuego, el maldito Walys lo dejaría en paz y Hoster Tully no podría reclamar nada sin llamar la atención negativa de la Corona.

Sin embargo, al aceptar este compromiso estaría arrastrando a la Casa Stark y al Norte al llamado juego de tronos. Rickard no era tan tonto para creer que la carta de la reina era sólo preocupación maternal, por muy sumisa que la tenían en concepto, había sido ella quien más enfureció por la decisión del rey. Rhaella Targaryen había defendido el derecho de su hijo mayor, mostrando todo el temperamento y la ira justa de su linaje, aunque había sido sofocada tan pronto como apareció. El rey no había tomado bien el enfrentamiento de su reina, pero aunque la había callado a vista de todos, Rhaella Targaryen empezó a maquinar en las sombras y parecía querer convertir a la Casa Stark en una de sus piezas principales.

Rickard hizo a un lado las cartas, tomó papel nuevo y tinta, y empezó a escribir.

Notes:

¡Gracias por leer!

Y pasemos un poco por alto la línea de tiempo, ¿de acuerdo? Gracias.

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