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Language:
Español
Series:
Part 1 of RadioApple / AppleRadio FEVER!, Part 1 of 𝐁𝐞𝐚𝐮𝐭𝐢𝐟𝐮𝐥 𝐏𝐞𝐨𝐩𝐥𝐞, 𝐁𝐞𝐚𝐮𝐭𝐢𝐟𝐮𝐥 𝐏𝐫𝐨𝐛𝐥𝐞𝐦𝐬
Stats:
Published:
2024-02-05
Updated:
2025-11-04
Words:
166,391
Chapters:
25/?
Comments:
378
Kudos:
2,353
Bookmarks:
147
Hits:
55,864

BEAUTIFUL PROBLEMS

Summary:

"Viniste a mi vida como un salvador, eres mi bello ángel y mi herida más profunda; en silencio, lucho con los demonios de mi alma condenada, con la esperanza de ser un hombre digno. Es doloroso, pero vale la pena".

Alastor E. Haworth lleva una vida que podría considerarse digna y tranquila, aunque muy solitaria. Es un locutor de radio altamente famoso y respetado por la mayoría de los grupos sociales, aunque hay un pequeño detalle; siendo un Alfa joven, no tiene tiempo para enlazarse con alguien o incluso tener una familia propia, no cuando ha cometido crímenes imperdonables a escondidas de todos.

Hasta que conoce a un hermoso Omega que llega para cambiar las cosas.

Notes:

Originalmente publicado el 27 de enero en Wattpad, un mes después, decidí que se publicaría a la par en Ao3. También lo pueden encontrar en Inkitt, pero les recomiendo que sigan leyendo aquí, ya que las actualizaciones van a la par.

 

𝐎𝐌𝐄𝐆𝐀𝐕𝐄𝐑𝐒𝐄 𝐀𝐔 ❜ mpreg, angst & fluff.
|| PAREJA PRINCIPAL: 𝑹𝒂𝒅𝒊𝒐𝑨𝒑𝒑𝒍𝒆 (↑Top🦌 x ↓Bottom🍎)
|| PAREJAS SECUNDARIAS: 𝑯𝒖𝒔𝒌𝒆𝒓𝑫𝒖𝒔𝒕, 𝑺𝒕𝒐𝒍𝒊𝒕𝒛, entre otras, ¡viva el amor!
[ si no es de tu agrado esta historia o los ships mencionados, te invito a dejar de leer para evitar incomodidades ]

Chapter 1: Susurrar

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Londres, Inglaterra. 1932.

En toda su vida, Lucifer jamás había sentido tanto miedo como en aquel momento.

Los acontecimientos habían transcurrido tan rápido, que no le había dado tiempo de procesarlos correctamente y comprender que había cometido un terrible error. Un error que le podría costar su estatus social y también... su propia vida. Sólo tenía diecinueve años, en seis meses cumpliría veinte, y al ser el menor y único varón Omega de la familia Magne Morningstar, (Zacarías y Azrael, los hermanos mayores siendo Alfas, casados e incluso con hijos por venir, y Serafina y Emma, sus hermanas de en medio, siendo una Beta y la otra Omega), había altas expectativas por que pronto se enlazara con un Alfa de alta cuna, para así beneficiarlos con más riquezas y tierras o incluso descendencia.

Pero contrario a los planes de sus superiores, terminó enamorándose perdidamente de un hombre que le ilusionó y prometió todo; era apuesto, fuerte y encantador, un príncipe azul sacado de los cuentos de hadas y libros románticos que a diario leía en la biblioteca en vez de ponerse a estudiar; fácilmente se ganó el corazón del chico con palabras endulzadas y juramentos de hacerlo feliz al reclamarlo como su cónyuge, y él no dudó en permitirle que lo amara, en entregarse en cuerpo y alma durante las noches que compartían a escondidas... sólo para que después lo abandonara, dejándole una mísera carta de despedida donde revelaba sus motivos y el por qué no podrían estar juntos, teniendo que viajar de regreso a su país natal, América, por cuestiones "personales", aunque Lucifer, aún cegado por el enamoramiento, creía que lo hizo con tal protegerlo de algo terrible, y que en cuanto todo estuviera solucionado, volvería, se casarían y se irían a vivir preferentemente en el campo, en una humilde casita cerca de un lago con patos, donde habría amor, felicidad y pasión todos los días.

Pobre e ingenuo. Ahora mismo no tenía a nadie presente que le protegiera.

Su cuerpo era un lío de temblores, sus ojos picaban por las lágrimas que difícilmente trataba de contener, respiraba entrecortadamente y jugueteaba con sus dedos, con los nervios de punta. Había sido convocado a la sala de estar, pobremente iluminada de no ser por la chimenea encendida y algunos candelabros sobre los muebles rústicos; las flamas del fuego bailaban y se retorcían con violencia, la luz se proyectaba en el cabello rubio de Lucifer, pareciendo unos cuantos tonos más claro y suave, también remarcaba sus rasgos delicados, dándole un aspecto angelical, inocente, frágil como muñeca de porcelana. Aunque no le gustaba sentirse así.

Vulnerable... y acorralado. Lo detestaba.

Frente a él estaban sus padres y hermana Beta. A diferencia de Lucifer, el fuego acentuaba un poco más sus sombras, que se podían confundir por unas siluetas demoníacas. Sentado en el sofá, Joseph Magne, un renombrado Alfa de negocios, estricto y duro en toda la palabra, le observaba con mucha seriedad. Damaris Morningstar, una hermosa y refinada Omega, se encontraba de pie junto a su esposo, con las manos cruzadas por debajo de su estómago, sumisa y callada, sin atreverse a levantar la mirada hacia su hijo. Y por último, Serafina optaba por la misma posición que su madre, sólo que ella sí mantenía su vista fija en Lucifer, gratamente preocupada. Ambas mujeres llevaban puesto pesados vestidos de color gris y cerrados hasta el cuello, calzando zapatos de tacón cuadrado, maquilladas discretamente y con el largo cabello oscuro recogido, siendo la imagen de pureza y total perfección; por su parte, el jefe de la familia traía un traje negro y bastante conservador, sin nada reluciente a la vista, con el cabello rubio oscuro bien peinado hacia atrás, salpicado de algunas canas y una barba que delineaba su fuerte mandíbula. Cada facción y arruga de su rostro se mantenían tensas, mientras se frotaba la sien derecha, gesto de estar completamente cabreado.

Lucifer tragó saliva, sintiéndose muy pero muy pequeño. Si de algo estaba seguro, era que su señor padre no era muy bien conocido por un carácter paciente y cuando algo realmente le molestaba, debía prepararse para la tormenta.

—Repítelo —dijo Joseph con tono imperante, casi utilizando su voz de mando, haciendo temblar a los únicos presentes en aquella habitación.

El Omega sintió que un nudo se le formaba en la garganta, al tiempo que apretaba sus nudillos hasta tornarse blancos.

—Yo... Yo e-estoy... —alcanzó a pronunciar con palabras muy vacilantes, haciendo un gran esfuerzo por que tampoco se le quebrara la voz, sin embargo, era difícil. Toda esa valentía y necedad por argumentar, cuestionar y rebelarse contra su propio padre se esfumó en un instante, dejando paso a una asfixiante sensación de angustia.

—Carajo, niño, ¡habla fuerte y claro! —exigió el hombre, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.

En respuesta, Lucifer miró a Joseph con muchísimo temor.

Desde hacía casi un mes, el vástago más joven presentó repentinos mareos y pérdida de fuerza al punto de desmayarse, seguido de vómitos matutinos y episodios de fiebre; hacía un par de semanas, su familia creía que se trataba de anemia y no tardaron en ir con el médico personal, el señor Faustus, y a pesar de haberle recetado una botella y pastillas especiales para aliviar el malestar (asegurándole que en poco tiempo estaría desayunando y atendiendo sus actividades con normalidad), todavía solicitó una reunión discreta con ambos padres y revelarles una noticia devastadora...

—... Estoy encinta —confesó al fin.

Sin marca, sin marido, sin tener siquiera un cortejo formal, ya iba a tener un hijo.

Un bastardo.

Fue como si de repente estuvieran en un funeral. Damaris soltó un sonido similar a un sollozo, llevándose las manos a la cara para que no la escucharan lamentarse, pues de hacerlo, las consecuencias no serían nada agradables. Por su lado, Serafina bajó la mirada, visiblemente decepcionada, siempre creyó que su hermano menor era problemático pero saber que tuvo relaciones fuera del matrimonio era un pecado imperdonable, y no veía esperanza alguna de que pudiera redimirse. Joseph exhaló con fuerza el aire contenido y cerró los ojos, tratando de alguna manera apaciguar la ira que comenzaba a emerger en su interior, inflándose como una bomba de tiempo a punto de estallar ante el más mínimo contacto.

—Lucifer... ¿Tienes una sola idea de lo que acabas de hacer? Dime... ¿Es que tengo un hijo tan estúpido como tú? —habló con pesadez, cada palabra que salía de su boca temblaba de coraje, el viejo hombre hacía un esfuerzo por no saltar y abalanzarse contra su propio cachorro.

Su fuerte aroma a cigarro, licor y menta estaba más que presente en todo el lugar, y el rubio se encogió de hombros, atemorizado.

—No, señor —contestó débilmente.

—¿Es entonces una provocación para desobedecerme y retarme? ¿Te gusta tener problemas conmigo? —fue alzando de a poco el tono de su voz.

—¡N-No, no, padre! —el muchacho negó rápidamente con la cabeza. Su corazón palpitaba con tanta fuerza que podría salir disparado de su pecho; la presión era demasiada, sentía que en cualquier momento podría desfallecer.

—¡Si no me dices ahora mismo qué fue lo que te impulsó a cometer semejante negligencia, no seré misericordioso con el castigo que elija para ti! —amenazó Joseph y su cara enrojeció, producto de la rabia que ya se iba desbordando.

Lucifer se mordió el labio y desvió la vista hacia el suelo, cerrando por los ojos, y un par de lágrimas se escaparon. No tenía alternativa, no con la dureza y exigencia por parte de su progenitor, debía decirlo, revelar el secreto. Entonces, después de algunos segundos, levantó su cabeza y se atrevió a decir:

—Me... M-Me prometió casarse conmigo-... —trató de justificarse. Respiró con dificultad— Me prometió que me seguiría amando incluso si ya no fuera virtuoso y yo sólo quería abrazarlo, sólo quería estar cerca de él-...

Se sobresaltó cuando de un manotazo seco, el Alfa mayor arrojó al suelo uno de los vasos de vidrio con el que usualmente tomaba whisky, rompiéndose en miles de pedazos, y luego se levantaba de su lugar, moviéndose de un lado a otro. No paraba de murmurar y maldecir, colérico.

—Cariño, por favor... —Su mujer se acercó, alarmada, buscando tranquilizarlo y hacerle entrar en razón, pero cuando quiso siquiera tocar su brazo, él la apartó con un violento movimiento. Serafina actuó con rapidez para sostener de cerca a Damaris y alejarse de su encolerizado padre. Un segundo más y probablemente también la hubiera golpeado.

—¡¿En qué carajos estabas pensando?! ¡¿Tienes una maldita idea de lo que acabas de hacer?! —Gritó Joseph entre furioso y agitado, dirigiéndose ahora hacia su hijo, y el rubio retrocedió varios pasos atrás hasta topar contra la pared, sintiendo sus piernas temblorosas cual mantequilla a punto de derretirse. Con un movimiento brusco lo agarró del cuello de la camisa, a un par de centímetros de él, mostrando sus colmillos en señal de advertencia, usó la contundencia de su cuerpo para someterlo y a quemarropa le soltó:

—De todas las bajezas que pudiste haber cometido, embarazarte...

—Padre, yo... —susurró el Omega con la voz quebrada y unas pequeñísimas lágrimas asomándose por el borde de sus ojos, su pecho comenzaba a subir y bajar agitado.

Joseph alzó su mano hecha puño, con la intención de estrellarlo contra su cara, y por consecuencia, Lucifer ahogó un grito y apretó fuertemente los párpados.

—¡No lo lastimes! —exclamó su hermana, horrorizada.

Pero el tan esperado golpe nunca llegó, el rubio abrió poco a poco un ojito, a punto de desfallecer y observó cómo el brazo entero de su padre oscilaba, con las venas resaltando por la piel del dorso de la mano, queriendo comprimir aquel instinto agresivo, pues por más que le sacara de sus casillas ese mocoso ingrato, nunca se atrevería a agredirlo; en cambio, terminó por lanzarlo sin mucho cuidado contra el piso alfombrado.

Lucifer cayó de espaldas, con un quejido.

—¡Lucifer! —Damaris se zafó del agarre de su hija y corrió a auxiliarlo. Se sentó rápidamente a su lado, protegiéndolo con su cuerpo de cualquier movimiento, y lo ayudó a medio incorporarse.

Serafina también se acercó y se inclinó, escudando tanto a su pequeño hermano como a su progenitora. Desde su lugar, el Omega miró la figura imponente de su padre.

—Eres un miserable, egoísta y desgraciado Omega, después de todos los sacrificios que hemos hecho por ti, no te bastó con sólo abrirle las piernas a cualquiera. Por un maldito capricho, mi propio hijo acaba de arruinar su futuro —lo señaló acusadoramente—. ¡¿Me escuchas?! ¡Acabas de manchar nuestro apellido, como la degenerada zorra que eres!

Todas sus palabras le atravesaban como mil agujas en el pecho, el aroma de su padre se había vuelto rancio y sus feromonas se expandían por las cuatro paredes de la sala, alterando todavía más de lo que ya estaban a Lucifer y Damaris. Y él no pudo resistirlo más, sintió la traición de sus lágrimas derramarse por sus mejillas rosadas, se soltó a llorar desgarradoramente.

—Perdóname... ¡Perdóname, padre, por favor!... —Se llevó ambas manos a su rostro, reprimiendo sus gemidos lastimeros y sollozos, no queriendo que el Alfa pudiera escucharlos.

Damaris tampoco pudo contener su tristeza, y rodeó con sus brazos a su niño, frotando su rostro contra su cabellera dorada, al tiempo que desplegaba un poco de sus feromonas para calmarlo y hacerle saber que estaba a salvo, al menos con ella. Serafina, pese a no tener los sentidos desarrollados como ellos, trató de consolarlo de igual forma, y es que en el fondo, haría lo que fuera por no verlo sufrir así, incluso dar su vida si eso significaba protegerlo.

Joseph miró a su hijo, completamente indefenso y dolido, entonces, suavizó su expresión, la pena invadió su rostro y se pellizcó el puente de la nariz. Era cierto que estaba muy, muy cabreado con aquel insolente y rebelde cachorro que compartía su sangre, pero tampoco quitaba el hecho de que se sintiera afligido. No había cumplido la mayoría de edad, era apenas un crío, ¡un joven con la mente de un infante!, ignorante de la vida, siempre encerrado en su mundo idealista y ya estaba cargando con grandes responsabilidades. Quería imaginarse que había sido un descuido o quizás un momento de violencia contra su integridad, en vez de aceptar el hecho de que Lucifer fue tan ingenio, tan tonto como para entregarse a la primera persona que le habló dulcemente, sin darse cuenta de las consecuencias que traería.

El Alfa no sabía qué opción era peor.

De lo que sí estaba seguro, era que debía ayudar como pudiera a su hijo menor, ese que consideraba secretamente su favorito de todos sus vástagos. Se frotó el entrecejo, y tras un par de segundos, exhaló con cansancio. No quería llegar a esto, era un gran riesgo, pero sólo había una opción para solucionar este maldito problema.

—El doctor mencionó que apenas tienes un mes, así que aún estás a tiempo... —murmuró, pensativo— Va en contra de la palabra de nuestro Señor, pero si es la única alternativa...

—Padre, no estará pensando-... —dijo Serafina, pero calló enseguida, como si pensar o decirlo en voz alta fuera un acto de mala suerte.

Joseph siguió hablando, parecía más una conversación consigo mismo, ignorando a los demás presentes. Caminó directamente hacia la chimenea, concentrándose en las llamas del fuego.

—Un precio alto, sí, pero es mejor a que dejar que siga progresando, y habrá que ser discretos por una temporada antes de volver a dar la cara con nuestros conocidos... —fue su conclusión. Estiró su espalda y cruzó sus brazos detrás de la misma. Suspiró con cierta pesadez, relajando ligeramente los hombros— Nos pondremos en las manos de Dios para que todo salga bien.

—Joseph, ¿de qué estás hablando? —preguntó la Omega, consternada, creyendo que su marido por fin había perdido la razón. 

—El jueves, después del atardecer, iremos con el señor Faustus y eliminará este... pequeño inconveniente —explicó con voz fuerte y determinada, no había vuelta atrás, estaba decidido. Miró de reojo a su vástago—. Hasta este momento, he sido muy generoso contigo, Lucifer. Te he dado demasiados caprichos y libertad, pero esta será la última llamada de atención. Vas a dejar esa rebeldía tuya a un lado y empezarás a comportarte como se debe, ¿entendiste?.

—¿Padre? —Lucifer no entendía a dónde quería llegar con eso.

—Una vez resuelto esto, tomaré cartas en el asunto para que te cases con quien nos convenga, y vas a tener tu vida hecha como Dios manda, con herederos dignos de nuestro apellido.

Lucifer abrió los ojos desmesuradamente. No podría estar sugiriendo que él-... Que lo llevaría a-... No, no, ¡NO! Instintivamente se llevó una mano al vientre. El mandato era claro, sería absurdo contradecirlo, y sin embargo, eso hizo. Quiso protestar contra él.

—¡No!

Joseph se volteó como picado por una víbora, con una expresión sombría.

—¿No? ¿Te atreves a contestarle a tu padre?

—¡Lo que intento decir es que no puede hacer esto! ¡Es una total aberración!

—Lucifer, ya basta. No sigas con esto —advirtió Serafina, pero él no escuchó.

—¡No es justo, padre, va en contra de los principios que nos ha enseñado! ¡Yo no-...!

¡Silencio! ¡No estás en posición de hablar ahora mismo! —exclamó exaltado Joseph, conteniendo las ganas de abofetearlo ahí mismo.

Lucifer bajó la mirada, forzado a adquirir una actitud sumisa, al igual que su madre. El jefe de la familia caminó varios pasos hasta colocarse frente a su esposa e hijos, iracundo, la oscuridad predominante en su semblante y con las venas resaltando en su cuello.

—Nadie en esta familia ha cuestionado jamás las órdenes del Alfa de la manada y no va a ser uno de mis hijos, en especial un Omega, quien lo haga —Habló con mucha dureza—. Te vas a deshacer de ese maldito engendro que cargas contigo y vas a casarte con quien yo diga, aunque tengamos que arrastrarte hasta el altar. ¡Fin del asunto! —terminó de decir, antes de salir de la sala, sin mirar atrás.

Las lágrimas brotaron sin control, Lucifer lloró e hipó verdaderamente angustiado, sin saber qué hacer. Él no quería esto, ¡él no quería esto! Quería gritar de puro coraje, quería romper y destruir la sala, quería desahogarse, dejar salir todas las emociones desbordadas en su interior. Él quería hacer tantas cosas, él quería, él quería...

—Luci, hijo mío, mírame —la voz de su madre resonó en sus oídos.

Lucifer alzó la mirada, con sus preciosos orbes hinchados y enrojecidos.

—N-No... No quiero hacerlo, todo menos eso, madre, por favor... —suplicó entre sollozos— No me obligues.

—Necesito que seas honesto conmigo, ¿tú quieres a este bebé? —le preguntó.

Por un instante, Lucifer lo dudó, le entró un tremendo miedo por este cachorro que ya estaba formándose en su vientre; él no deseaba verlo como un tropiezo, después de todo, recordó que siempre le había emocionado la idea de tener hijos propios, y sabiendo que este querubín era un pedacito suyo y de la persona que amaba profundamente, tal vez valdría la pena conservarlo... Sin tenerlo aún en sus brazos, ya lo amaba con cada parte de su ser, y ya quería sentir pataditas y acariciar su barriga crecida. Y tal vez, si le contara a su Alfa que estaba esperando un hijo suyo, con mayor razón regresaría y finalmente formarían una familia. Fantasear y esperar que algo nuevo y hermoso que se escucha de un susurro llegará.

—Sí —dijo con un hilo de voz.

—¡¿Qué?! —se exasperó Serafina— No puedes estar hablando en serio. ¡¿Acaso perdiste la cabeza?!

Damaris miró con el ceño fruncido a su hija, dándole a entender que esto no le incumbía, y ella solamente suspiró, derrotada. Con cuidado, ayudó a su hermano a ponerse de pie y les dio su espacio para que hablaran; se alisó la falda de su vestido y se giró sobre sus talones, encaminándose hacia la pesada puerta de madera y se retiró. Asegurándose de que la Beta estuviera fuera de su vista, la mujer volvió a centrarse en el joven Omega, tomando suavemente sus manos entre las suyas.

—Si deseas conservar al bebé, no te lo prohibiré... Pero tienes que decirme el nombre de quien te hizo esto —dijo con simpleza.

Lucifer terminó de secarse las lágrimas con el dorso de la mano, respirando sonoramente y se mordió el labio inferior, ansioso. Se quedaron en silencio por un largo rato, parecía que el tiempo se había congelado. Damaris estaba expectante.

—Lucifer, estoy esperando. ¿Es alguien que conozco? ¿Un amigo de la familia? No te preocupes. Hablaré con tu padre si ese es el caso, él se encargará de los detalles y habrá un matrimonio rápido antes de que las cosas se salgan más de control...

Nada. No hubo respuesta alguna.

El Omega se fue encerrando inconscientemente en su burbuja mental, sus ojos estaban fijos en sus zapatos y se desconectaba por unos instantes, escuchando de manera superficial la voz de la mujer, que se sentía como un lejano eco atorado en una cueva desolada. 

No quiso decir la verdad, revelarle quién era el padre, porque sabía que su madre lo juzgaría de inmediato. Sabría que había sido un error y con más razón dejaría que lo llevasen a ese horrible lugar. Le haría pagar por su mayor pecado: amor.

Notes:

acaban de eliminar esta historia en Wattpad :'(( pero la estoy resubiendo otra vez