Chapter Text
— Bueno, Julián, eso sería todo por hoy. Te recomiendo lo que hablamos siempre y nos vemos la semana que viene… Cualquier cosa que necesites, avísame, no importa la hora.
La voz de Facundo llega a sus oídos como a través de un vidrio grueso, como si el aire mismo se interpusiera entre el mensaje y la mente de Julián. Asiente, sí, porque sabe que se espera eso de él, pero su cuerpo entero parece funcionar en piloto automático. Mira a su psicólogo pero sin mirarlo del todo, estaba presente y ausente al mismo tiempo.
Lo escucha, sí, pero no puede dejar de notar cómo la luz del sol entra por la ventana del consultorio. Es una luz limpia y cálida, que se posa en el cabello dorado de Facundo y le da un brillo casi irreal. Para cualquier otra persona, ese detalle podría resultar reconfortante, incluso esperanzador. Para Julián, en cambio, es una herida más. La claridad tan intensa en un día como hoy le resulta demasiado cruel.
¿Cómo puede el mundo seguir brillando en un día como este?
Hoy no es un día cualquiera. Hoy es uno de esos días en los que la oscuridad lo llama por su nombre y él no encuentra razones suficientes para resistirse. Hay algo inevitable en la forma en que el pasado se cuela entre las rendijas de su presente, envolviéndolo, tironeando de él como un lazo invisible, la oscuridad de su pasado que siempre lo encuentra y lo arrastra con él, y hoy no puede escapar.
Hoy es uno de esos días dónde la tristeza se le nota más que nunca en la mirada.
La sesión termina. Se levantan al mismo tiempo, Facundo lo acompaña hasta la puerta, como siempre, con ese paso tranquilo y esa mirada paciente que nunca lo juzga. Y justo cuando Julián está por salir, lo llama:
—¿Julián?
Él se detiene sin girar del todo, apenas inclina la cabeza hacia atrás.
—Tratá de… distraerte hoy. Yo sé que es una fecha difícil, te entiendo. Tratá de hacer algo para distraer a la mente, como siempre te digo…
Julián no dice nada. Sabe que no hace falta. Sabe también que la frase está incompleta, que hay una parte que quedó flotando en el aire: “Y nunca me hacés caso”. No es necesario que Facundo la diga. Él ya la escuchó, en su tono, en sus ojos, en la pausa. O quizás simplemente la proyecta, porque la culpa también habla con su propia voz.
Asiente una vez más. Pero no promete nada. Porque sabe que no va a hacer nada de eso. Porque distraerse sería una traición a su memoria.
Baja las escaleras del edificio con pasos lentos, arrastrando un poco los pies. El aire fresco de la calle lo recibe como una bofetada suave, una de esas que no duelen físicamente, pero que igual te despiertan un poco del letargo mental. Inspira hondo, como si esperara que el aire limpio pudiera hacer algo por su pecho apretado. No lo logra.
Empieza a caminar rumbo a su propio consultorio. Lo bueno de que Facundo sea su psicólogo es que está a unas pocas cuadras del suyo; no tiene que subirse al auto, no tiene que enfrentar el tráfico. Solo tiene que caminar. En días normales, caminar siempre le ayuda, mirar la ciudad en movimiento suele ordenar un poco su caos mental.
Pero hoy no es uno de esos días. Sabe que por más que camine, por más que respire profundo, por más que intente seguir su rutina como si nada, la pesadez no se va a ir. Hoy, es una fecha donde el dolor está tatuado en su piel, incrustada en los huesos. Hoy no hay distracción suficiente, porque hoy, más que nunca, duele. Y lo único que desea, con una fuerza casi desesperada, es que el día termine ya.
Al llegar a su consultorio no siente alivio. No hay sensación de refugio ni de satisfacción profesional. Solo una resignación silenciosa, como quien entra a un lugar donde sabe que debe estar, aunque hoy no lo quiera. Mira alrededor. Todo está en su lugar: la recepción ordenada, el aroma leve a lavanda artificial, los diplomas colgados en la pared, los instrumentos relucientes. Todo impoluto. Todo funcionando. Todo ajeno a cómo se siente él.
Hoy agradece que la agenda esté casi vacía. Un par de pacientes por la tarde, nada urgente, nada que lo obligue a fingir demasiado tiempo. La odontología le apasiona, sí, y muchas veces ha sido su cable a tierra, su manera de sentirse útil. Pero hoy, incluso eso se le cae de las manos. No tiene ganas de hablar con nadie, de sonreír, de hacer preguntas de cortesía. Hoy preferiría estar en su cama, escondido del mundo, el celular apagado y envuelto en las sábanas.
Y llorar. Eso es lo único que realmente quiere hacer.
Se sienta detrás del escritorio y apoya los codos sobre la madera con un suspiro que le nace desde lo más profundo del pecho. Se cubre el rostro con ambas manos, cerrando los ojos.
Cuando finalmente baja las manos, su mirada se desliza casi sin intención hacia el borde del escritorio, donde reposa el pequeño marco que su hija le había hecho en una actividad del colegio. Palitos de helado pintados con témperas rojas y blancas, pegados con un entusiasmo que todavía puede imaginarse, adornados con lentejuelas mal distribuidas y un corazón rojo dibujado en la esquina inferior. Adentro, una foto de Olivia sonriendo, con los dientes chiquitos y desparejos, abrazándolo con toda la fuerza que podían sus pequeños brazos.
La imagen le sacude algo en el pecho. No es solo alivio, es felicidad, es un consuelo suficiente. Olivia es, y siempre fue, la única luz real en su vida. La única razón por la que sigue poniéndose de pie incluso en días como este, en los que querría desaparecer. Ella, con su risa desordenada, con sus dibujos torcidos, con su forma de decirle “papi” como si esa palabra tuviera un poder secreto capaz de devolverlo a la vida.
La mira durante varios segundos, dejando que ese amor lo atraviese. Y, aunque sigue doliendo muchísimo, aunque todo dentro suyo sigue pesando más de lo que debería, encuentra en esa pequeña foto el impulso suficiente para mantenerse en pie. Olivia no lo sabe, pero lo salva todos los días.
Y allí encuentra el impulso necesario para enfrentar el día.
Los pacientes llegan y, para su propia sorpresa, Julián logra atenderlos mejor de lo que lo hubiera hecho horas atrás. Y, de algún modo, lo puede hacer medianamente bien. Se enfoca en el muchacho con frenillos, le explica con paciencia los cuidados, luego viene otro, con un dolor de muelas tan insoportable que le roba el protagonismo al propio malestar de Julián. Y así, paciente tras paciente, la tarde se va filtrando entre conversaciones clínicas, consejos y guantes descartables. Lentamente, pero el día se va.
Para cuando se despide del último, una mujer mayor con problemas en la encía, el sol ya se esconde detrás de los edificios y su consultorio se inunda poco a poco de ese tono anaranjado que anuncia el final del día. Cierra la historia clínica, limpia el sillón, deja todo listo para mañana. Y entonces, justo cuando cree que tal vez logró resistir al día sin romperse del todo, suena el celular.
Está sobre el escritorio, junto a la foto de Olivia. Julián estira la mano con desgano hasta que ve el nombre en pantalla. Era la profesora de Olivia.
Y ahí, el corazón se le sube a la garganta.
Piensa lo peor. Imagina un accidente en el recreo, una caída fuerte, una ambulancia, su hija llorando, su hija asustada, su hija… no. No. No puede permitirse seguir ese hilo de pensamientos. La ansiedad lo atraviesa como una corriente eléctrica que le crispa los dedos y le acelera el corazón, pero entonces algo dentro de él se activa.
La voz de Santi.
"El miedo te paraliza, mi amor. Si te paralizas, no pensás. Y si no pensás, no podés cuidar a nadie."
Cierra los ojos un segundo. Respira. Inspira por la nariz, exhala lento. Se obliga a recuperar algo parecido a la calma, aunque sea solo para no colapsar antes de tiempo.
—¿Hola?
—¿Hola? ¿Señor Julián?
—Sí, soy yo. ¿Pasó algo con Olivia?
—No, o sea... sí. Pero no es nada grave, no se preocupe —la voz de la maestra suena tensa, aunque intenta ser tranquilizadora—. Pero… ¿Podría venir al colegio un momento? Olivia tuvo una pelea con uno de sus compañeritos…
—Voy para allá.
Corta la llamada antes de que la maestra pueda agregar algo más. No necesita más detalles, no en ese momento. Su cuerpo ya está en movimiento. Agarra las llaves, el celular, la billetera. Guarda todo con rapidez y torpeza. Antes de salir, lanza una mirada rápida a la foto sobre el escritorio.
Mientras cierra la puerta con llave, murmura en voz baja:
—Justo hoy, Oli… ¿Justo hoy te venís a pelear con alguien?
Una especie de cansancio se le instala en el pecho. No está enojado. Solo agotado. Solo abrumado por la coincidencia, por la carga de un día que ya venía pesado desde que abrió los ojos esta mañana y ahora no sabe con que va a encontrarse en el colegio y con su hija.
Definitivamente, hoy no es un buen día.
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—Te quiero matar, pelotudo.
Enzo se volvió a reír al ver el ataque de histeria en el que estaba entrando Giuliano, con los ojos abiertos como si acabara de presenciar un crimen.
—Bah, dale Giu, no es para tanto.
—¿Cómo que no es para tanto? ¿Me estás diciendo que no querés festejar tu cumpleaños y me estás quitando la oportunidad de darme en la pera y me decís que no es para tanto?
La risa volvió a atacar, esa que le nacía en la panza, la que le sacudía los hombros y hacía que sus ojos se vuelvan una fina línea. Al final, se encogió de hombros, tranquilo, mientras recorría con la mirada el gimnasio casi vacío a esa hora.
—Y, qué sé yo, boludo. Siempre hacemos lo mismo en mi cumpleaños.
—¡Por eso! —repitió Giuliano —. Justamente por eso. Si ya sabés lo que pasa: comemos, chupamos, bailamos, y yo termino llorando por mi vida amorosa con algún primo tuyo que no sé cómo se llama. ¡Es una tradición!
—No sé, vamos a ver qué pinta. Es aburrido todos los años hacer lo mismo… —dijo Enzo, pateando suavemente una mancuerna que había quedado en el piso—. Quiero algo distinto este año.
—¿Distinto cómo? ¿Qué querés? ¿Un retiro espiritual? ¿Te hacemos con Licha algo en el patio de tú casa?
—No seas pelotudo. Solo... no sé, amigo. Algo que se sienta distinto.
— Fua, te pintaba lo profundo de repente.
— Y bueno, cada tanto me agarra la filosófica, viste.
Giuliano negó con la cabeza, exagerado, como si realmente no pudiera comprender lo que acababa de escuchar. Incluso cuando se alejó unos metros para ayudar a un muchacho a usar uno de los equipos, seguía con esa expresión entre la decepción y el drama. Enzo lo miró desde su lugar y no pudo evitar reírse bajito. Le daba mucha gracia esa reacción de su amigo, esa forma de tomarse todo como si estuviera en el medio de una obra de teatro. Pero más allá de eso, lo quería. Lo quería muchísimo.
Giuliano era casi como un hermano. Se conocían desde que tenían cinco años, cuando compartieron por primera vez una pelota en una escuelita de barrio, y desde entonces nunca se soltaron. Habían crecido juntos, atravesado etapas, sueños, frustraciones y ahora incluso eran socios en ese gimnasio que tanto trabajo les había costado levantar. Si había alguien que iba a entender que este año Enzo quería algo distinto para su cumpleaños, ese era él. Solo necesitaba un poco de tiempo para procesarlo… y para no quejarse tanto.
El día acompañaba. La luz del sol entraba con fuerza pero sin quemar, filtrándose por la gran fachada vidriada del gimnasio. Las máquinas brillaban limpias, las plantas que Giuliano insistía en cuidar estaban verdes y vivas, y hasta el parlante del fondo andaba bien, reproduciendo música suave que no molestaba a nadie. Era un buen día, un día hermoso.
Poco a poco empezaron a llegar algunos de los clientes habituales. Enzo los recibió con una sonrisa, charló un rato con cada uno, preguntó por las familias, corrigió posturas, ofreció ayuda sin imponerse. Le gustaba su lugar. Le gustaba su rutina, relacionarse con la gente, el calor humano, las pequeñas historias de vida que se cruzaban ahí cada día.
En medio del ajetreo normal del día, sintió su celular vibrar contra la tela de sus shorts deportivos. Se alejó un poco, sacándolo del bolsillo con la intención de ignorarlo, pero al ver el nombre de Valentina en la pantalla, frunció el ceño. Ella nunca llamaba durante el horario laboral. Siempre era un mensaje rápido, un audio, algo breve. Y a esa hora menos, porque solía estar en la oficina, encerrada entre reuniones y planillas.
—Hola amor ¿todo bien? —preguntó Enzo, con una sonrisa automática.
—Sí, gordo. Todo bien… pero me acaban de llamar del colegio de Benja. ¿Podés creer que me dijeron que se peleó con una compañerita?
Enzo parpadeó, atónito. Benja. ¿Peleándose? Eso no tenía sentido.
—¿Posta? ¿Pero qué pasó?
—No sé bien, querían que yo vaya, pero te juro que no puedo. Tengo una reunión clave en media hora y no hay manera de moverla. Estoy preocupada, Enzo. —su voz sonaba entre culpable y ansiosa, como si no poder ir la carcomiera por dentro.
—Obvio, tranquila, salgo para allá entonces.
—Gracias, gordo. Contame enseguida qué pasó, por favor.
—Dale amor, yo te llamo cuando sepa qué onda. Te amo.
—Yo también.
La llamada se cortó y por un segundo Enzo se quedó ahí, inmóvil, con el celular todavía en la mano. No lograba acomodar la idea en la cabeza. ¿Benja? ¿Una pelea? No le cerraba por ningún lado. Era como si le hubieran contado que su nene había robado un banco. Simplemente no encajaba, no sin alguna razón.
Guardó el teléfono con un movimiento torpe y fue directo hacia el vestuario, mientras en el camino le hacía señas a Giuliano. Su socio se acercó rápido, al ver la expresión seria en su cara.
—¿Qué pasó, Enzurri?
—Me llamó Valen. Que llamaron del cole porque Benja se peleó con una compañerita. Tengo que ir ya.
Giuliano abrió los ojos con sorpresa, igual de incrédulo.
—¿Benja? ¿En serio?
—Ya sé… Ni idea qué pasó. —Enzo suspiró mientras se apuraba a cambiarse la remera por una más limpia— ¿Te quedás a cargo de todo?
—Obvio, andá tranquilo hermano. En un rato entra Licha para el turno tarde, así que nos quedamos nosotros dos por acá. Vos ocupate de tu bebe gordo.
Enzo le agradeció con una palmada fuerte en la espalda. Caminó a paso rápido hacia la salida del gimnasio, con las llaves ya en la mano. Sentía una presión incómoda en el pecho, solo esperaba que la situación no hubiese sido tan grave, que Benja no estuviera angustiado o sintiéndose mal. El simple pensamiento lo revolvía por dentro. Sabía lo sensible que podía ser su hijo (igual que el padre) y por eso capaz había tenido una reacción incorrecta.
Subió al auto y en cuanto arrancó, pisó el acelerador un poco más de lo que solía hacer. El tráfico no ayudaba, y aunque no era su costumbre, puede que se haya pasado un par de semáforos en rojo. Pero tenía una buena excusa, se dijo a sí mismo mientras tomaba una curva con más velocidad de la recomendable.
El colegio apareció a lo lejos y, después de encontrar un lugar como haría cualquier persona medianamente razonable, estacionó y saltó del auto con el corazón bombeando algo fuerte, cruzó la reja de entrada y apenas vio a la secretaria en la recepción, se acercó enseguida.
—Hola, soy Enzo Fernández. Me llamaron por mi hijo, Benjamín.
La mujer lo miró con una expresión amable pero tensa, como si ya hubiera tenido que calmar a otro padre ese mismo día.
— Sí, la directora lo está esperando en tu oficina. Lo acompaño.
Enzo asintió con una leve inclinación de cabeza, mientras caminaba por los pasillos silenciosos del colegio, siguiendo los pasos de la secretaria, cada uno de sus pensamientos giraba en torno a una sola pregunta: ¿Qué había pasado? ¿Qué podía haber empujado a Benja a reaccionar al punto de provocar una pelea? No era propio de él. Algo tenía que haber detonado esa actitud.
La secretaria lo guió con eficiencia hasta una puerta blanca y sobria, con una placa dorada que rezaba Dirección. Golpeó con suavidad, y tras una voz femenina que autorizó la entrada, le abrió la puerta para dejarlo pasar.
Enzo entró con paso contenido. Apenas cruzó la puerta, su atención se dirigió de inmediato a la mujer detrás del escritorio: la directora, una señora de aspecto firme pero amable, con papeles apilados a un costado y un mate a medio tomar a la derecha.
Sin embargo, no estaba sola.
Había una figura masculina sentada delante del escritorio, de espaldas. Un hombre joven, delgado, con los hombros levemente encorvados como si cargara con algo invisible pero muy pesado. Enzo no le prestó demasiada atención al principio, enfocado como estaba en la directora. Y ese hombre tampoco levantó la vista enseguida. Lo ignoró con la misma naturalidad que Enzo lo había ignorado a él.
—Señor Fernández, ¿cómo está? —dijo la directora, levantándose apenas de su asiento para saludarlo con una sonrisa algo forzada— Antes que nada, le quiero presentar al señor Álvarez, que es el papá de la compañera con la que Benjamín tuvo una pelea hoy.
Y entonces ocurrió.
La figura masculina, como si hubiera sido invocada por el nombre, giró la cabeza en su dirección.
Y Enzo lo vio por primera vez. Y algo en él, hizo clic al verlo.
Al muchacho de los ojos más tristes del mundo.
Era un muchacho joven, probablemente de su misma edad, con la piel blanca y unos ojos marrones profundos, cálidos... pero tristes. Tristes de una forma que se sentía en el pecho como un golpe seco. No era una tristeza pasajera, ni una reacción al problema de ese día. Parecía una tristeza vieja, instalada, como si llevara años viviendo con ella, como si le hubiera pasado algo terrible y hubiera sido obligado a seguir.
Y sin embargo, esos ojos eran hermosos. Los más hermosos que Enzo recordaba haber visto en toda su vida.
¿Desde cuándo la tristeza podía resultar tan hermosa, tan atractiva? ¿O era solo porque la tristeza estaba encapsulada en esos preciosos ojos marrones?
Al cruzarse las miradas, hubo algo insólito que Enzo no supo definir. Un pequeño sacudón interno. Un reconocimiento extraño. Como si algo adentro suyo se hubiese activado. Como si lo conociera de antes, de otra vida, quizás.
No sabía por qué. No entendía qué estaba sintiendo ni lo que significaba. Pero lo sintió. Claramente.
Y por primera vez desde que había recibido la llamada de Valentina, pensó en otra cosa que no fuera su hijo.
Pensó en ese muchacho de los ojos tristes.
—Julián. —Se presentó con voz baja, extendiendo su mano con timidez— Julián Álvarez.
Así que el dueño de esos ojos tristes tenía nombre. Julián.
—Enzo. —dijo, tomando su mano— Enzo Fernández.
La piel de Julián era cálida, suave, y ese contacto breve tuvo algo... diferente. Una especie de electricidad tenue que Enzo no supo cómo procesar. Lo soltó rápido, antes de que su cabeza empezará a preguntarse más de la cuenta.
La directora carraspeó, cortando ese instante suspendido. Enzo, aún algo desconcertado por lo que acababa de sentir, asintió levemente y se sentó en la silla libre al lado de Julián.
Se acomodó, tratando de no mirar de reojo, pero le costaba. Había algo en la forma en que Julián ocupaba el espacio. Una presencia callada, densa, pero no por pesada, sino por cargada. Como si su tristeza tuviera peso físico, como si fuera algo tangible.
La directora se acomodó los lentes y los miró a ambos con una expresión seria. Enzo intentó concentrarse, dejando de lado por un segundo lo que acababa de pasar, porque ahora tocaba pensar en lo importante.
—Papis, no se preocupen porque no fue nada grave. Pero como colegio nos tomamos estos incidentes con seriedad, para evitar que escalen y terminen en algo peor.
—¿Pero qué pasó? —preguntó Enzo, ya desesperado, con la pierna rebotando nerviosa.
La directora suspiró y miró unos papeles como si necesitara repasar los detalles antes de largarlos.
—Fue una pelea muy infantil. Tanto Olivia como Benjamín estaban jugando en el patio durante el recreo. Al parecer, Olivia se acercó a donde los nenes estaban con la pelota y quiso sumarse, pero Benja no quiso darle la pelota. Ella protestó con fuerza, Benjamín le tironeó del pelo, y ella… bueno, le pegó una patada en la rodilla.
Hubo un segundo de silencio. Enzo intentó mantenerse serio, de verdad que lo intentó, pero se le escapó una carcajada breve.
—Perdón... —dijo enseguida, llevándose una mano a la boca— Es que… no sé, me lo imaginé. Benja todo chiquito, tirándole del pelo, y la piba defendiéndose como si fuera Karate Kid. No está bien, lo sé, pero me dio gracia. Perdón.
Tanto la directora como Julián lo miraron con una mezcla de desconcierto y desaprobación.
Enzo se acomodó en la silla, un poco avergonzado.
—Perdón. No me lo tomo a la ligera, solo que… nada, se me salió. Obvio que voy a hablar con él y hacerme cargo.
—Está bien —respondió la directora— Lo importante es que entiendan que estas actitudes tienen consecuencias, incluso si son chicos.
Julián seguía en silencio. Y Enzo, de reojo, no pudo evitar volver a mirar esos ojos tristes, que ahora parecían esconder una mueca de incomodidad.
—¿Y Olivia? ¿Cómo está? —preguntó Julián.
—Los dos están bien. Lloraron un poco, claro, como cualquier chico que se ve envuelto en algo que no entiende del todo. Se sintieron incomprendidos, abrumados… actuaron con más fuerza de la que deberían, pero son nenes. No hay que dramatizar, simplemente queríamos que ustedes estuvieran al tanto y evitar que esto se transforme en algo más grande con el tiempo.
Tanto Julián como Enzo asintieron al mismo tiempo, sincronizados.
—Nuestra sugerencia, —continuó la directora, retomando el hilo— es que tanto Olivia como Benjamín compartan más tiempo juntos. Nosotros vamos a trabajar eso en clase, de forma cuidada, con actividades grupales. Pero estaría bueno que también se vean fuera. Tal vez una merienda, una tarde en la plaza… Después de las disculpas correspondientes, estoy segura de que podrían llevarse muy bien. Son dos nenes muy tranquilos, con buena energía. Esto fue una excepción, no la norma.
Enzo lo pensó un segundo. La idea de organizar una juntada fuera del colegio le parecía un poco ridícula en otras circunstancias, pero viendo lo sensible que era su hijo —y viendo también la forma en que Julián se preocupaba por su hija— no le pareció tan mal. Además, algo dentro suyo se activó ante la posibilidad de compartir más tiempo con el otro padre. No sabía bien qué era. Pero estaba ahí.
—Sí, obvio, —respondió Enzo— lo que haga falta para que no vuelva a pasar. Yo no tengo drama en organizar algo, si vos tampoco tenés problema… —dijo, girando apenas la cabeza hacia Julián.
Julián lo miró, un poco sorprendido, pero después asintió.
—No, para nada. Me parece bien. A Oli seguro le viene bien también…
La directora los miró a los dos con cierta satisfacción, como si hubiera conseguido mucho más de lo que esperaba. Sonrió y se puso de pie.
—Perfecto. En un ratito ya va a ser la hora de la salida, así que pueden esperar acá o en el pasillo para hablar con ellos y cerrar el tema.
Ambos padres asintieron y terminaron eligiendo quedarse en la oficina, quizás por no tener que lidiar con la mirada curiosa de otros padres que ya empezaban a llenar el hall de entrada.
Enzo estaba moviendo una pierna sin parar, como si tuviera un resorte en la rodilla. Cada tanto entrelazaba los dedos, los estiraba, se acomodaba en la silla. En general nunca podía quedarse quieto.
Julián no decía nada. Tenía la mirada fija en un hilo suelto que colgaba del puño de su camisa, jugueteaba con él con la punta de los dedos, completamente abstraído. Había algo frágil en su postura. Como si estuviera a punto de deshacerse si alguien hoy le decía algo fuera de lugar.
Enzo pensó en romper el hielo. Quiso decirle algo como "che, no soy tan pelotudo como parezco", o "no me reí por maldad, posta", pero nada le pareció adecuado. Todo le sonaba torpe en su cabeza, así que optó por el silencio. Se odiaba un poco por haberse reído en un momento como ese, sentía que no había dejado una buena impresión ni para la directora ni para Julián.
Pasaron unos minutos así hasta que el sonido del timbre anunció que ya era la hora de la salida.
En cuestión de segundos, se abrió la puerta de la oficina, y entraron Olivia y Benjamín, tomados de la mano por su maestra.
Benja tenía los ojos un poco rojos, y el cabello desordenado. Su remera estaba un poco arrugada y la mochila mal puesta sobre un solo hombro. Pero al ver a su papá, los ojos se le iluminaron con alivio y corrió en su dirección.
Olivia, en cambio, entró con la cabeza un poco agachada, como si supiera que había hecho algo mal pero no quisiera admitirlo del todo. Sostenía fuerte la mano de la docente, aunque apenas cruzó la mirada con Julián, corrió también en su dirección.
Enzo se agachó enseguida para ponerse a la altura de su hijo, mientras sentía la tensión aflojarse un poco en su pecho al ser rodeado por esos pequeños brazos. Julián hizo lo mismo con Olivia, y por el momento, solo eran dos papás y sus hijos.
Después de que cada uno hablara a solas con su hijo, Enzo se acercó a Benja y lo alzó con facilidad, acomodándolo en su regazo como solía hacerlo. Le acomodó el pelo con una mano y lo miró con esa mezcla de seriedad y ternura que solo un padre puede manejar.
Giró un poco el cuerpo para que ambos, Julián y Olivia, quedaran de frente.
—¿Qué hiciste, wachín? ¿Eh? —le dijo con tono suave, mientras le apretaba la nariz con cariño— Mirá el alboroto que armaste, loquito.
Benjamín se retorció un poco incómodo, con los cachetes colorados y la mirada esquiva. No le gustaba estar así, menos con el papá de Olivia y Olivia mirando.
—Quiero que le pidas disculpas a Olivia.
—Pero papi…
—Ningún pero, Benja. —Lo miró directo a los ojos, esa mirada que usaba cuando le hablaba en serio— Estuvo mal lo que hiciste, tendrías que haberla dejado jugar. ¿Qué te costaba compartir la pelota, campeón? Y lo del pelo, eso estuvo mucho peor. Eso no se hace nunca, y menos con una compañera. No me gustó nada.
Benja bajó la cabeza. Se mordía el labio inferior mientras apretaba los dedos de las manos entre sí, nervioso, luego, respiró hondo y levantó un poco la mirada, no mucho, apenas lo suficiente para mirar a Olivia.
—Perdón, Oli. —murmuró con voz bajita— No te tendría que haber tirado del pelo ni haberte dicho que no podías jugar.
Olivia lo miró con un poco de desconfianza, como si no supiera si aceptarlo o no. Pero después miró a su papá, que le sonrió y le acarició la cabeza suavemente, el semblante de Julián cambió totalmente con su hija en brazos, era otro, y era curioso ¿Acaso tenía un interruptor para ocultar la tristeza o cómo lo hacía?
—Todo bien, —dijo Olivia— yo también te pido perdón por la patada… pero me re dolió que me digas que no, eh.
Enzo no pudo evitar reírse bajito. Olivia parecía ser todo un personaje, una princesa hermosa con carácter fuerte y sin pelos en la lengua. Y su papá… su papá parecía ser todo un enigma.
Los chicos se dieron la mano, con esa sinceridad que solo los nenes manejan cuando entienden que ya está, que lo feo pasó y ahora viene el recreo de nuevo, la parte buena.
Después del pequeño gesto de reconciliación, la directora y la maestra los felicitaron con sonrisas y palmaditas suaves en la espalda. Enzo y Julián aprovecharon ese momento para hablar unos minutos más con la docente, cada uno por su lado.
Ya afuera del aula, en el pasillo amplio y aún algo bullicioso por el movimiento del horario de salida, Enzo acomodó la mochila de Benja, que le quedaba siempre medio torcida, y se agachó para cerrarle bien el cierre de la campera. Benja le hablaba a mil, contando detalles del recreo como si el episodio con Olivia hubiese sido apenas un detalle.
Enzo miró distraídamente en dirección contraria, y entonces lo vio.
Julián estaba inclinado hacia Olivia, ayudándola a colocarse un saquito de lana rosa que se le trababa en uno de los brazos. Le hablaba bajito, con paciencia, mientras le arreglaba una tirita del pelo que se le había salido del peinado. Después, se agachó para acomodarle la mochilita que le bailaba en la espalda, chequeando que estuviera bien cerrada.
No sabía por qué no podía dejar de mirarlo.
Cuando Julián levantó la vista, sus miradas se cruzaron otra vez.
Y ahí estaba de nuevo… esos ojos tristes, cargados con algo tan hipnotizante que Enzo no podía terminar de descifrar, pero que le daban ganas de mirar sin prisas. Como si solo con observarlos pudiera encontrar la razón de tanto peso, de esa melancolía callada que parecían arrastrar.
Sin pensarlo mucho, Enzo dio unos pasos hacia él. No podía quedarse ahí, mirándolo desde lejos como un boludo. Necesitaba hablarle.
—Bueno —empezó, con una sonrisa de esas que buscan aflojar el ambiente— supongo que podría haber sido peor, ¿no?
—Sí… supongo que sí, —respondió Julián, con esa timidez que también parecía ser parte de él.
Enzo miró de reojo a Benja, que ya charlaba con Olivia como si nunca se hubieran peleado. Sonrió, y volvió a enfocarse en Julián.
—Che, ¿quedamos en contacto, no? Estoy seguro de que estos dos se van a hacer re amigos. Capaz podríamos organizar algo en algún parque, que se vean fuera del cole. Yo voy con mi mujer, vos llevás a la mamá de Oli…
Apenas terminó de decirlo, notó cómo la expresión de Julián se tensaba. No fue algo exagerado, pero bastó un segundo para que Enzo lo notara: los labios se le apretaron, la mirada bajó de nuevo, y su cuerpo se tensó un poco.
—Sí… puede ser, —dijo, bajito.
Ahí Enzo entendió. O al menos, intuyó que había vuelto a meter la pata. Sí, definitivamente se odiaba. Intentaba causar una buena impresión en Julián y hacía exactamente todo lo contrario. Cada cosa que decía parecía ser justo lo que no tenía que decir. Y encima, ahora no sabía cómo salvar la situación sin parecer un chusma o quedar como un pesado. Capaz terminaba preguntando cosas que no debía.
Así que optó por lo más seguro.
—Bueno… nos vemos, Julián, un gusto.
—Nos vemos, Enzo, —respondió el otro, con una media sonrisa amable, pero con esa tristeza que seguía colgando de sus ojos como una sombra persistente.
Enzo se quedó un instante más parado ahí, viéndolos irse. Julián tomó la manito de Olivia con suavidad y caminaron hacia la salida del colegio, despacio, sin apuro.
Y allá iba Julián.
Enzo respiró hondo y buscó a Benja, que ya caminaba al lado suyo hablando de algo que había visto en el patio. Le prestó atención a medias, todavía con la mente navegando en otro lado.
No supo muy bien por qué, pero incluso al llegar a su casa, después de que Benja se metiera corriendo a su cuarto, y con Valentina preguntándole qué había pasado en el colegio…
Enzo seguía pensando en aquel muchacho de los ojos tristes.
