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Multiversos Caitjinx

Summary:

Cada capítulo es una nueva historia, Cada capítulo es un universo diferente, pero incluso en todas las líneas de tiempos escritas aquí, siempre están juntas, solo ellas...

Kitlyn y la enana con pistolita.
keilin y celeste chillón.
Kilyn y Jinxy.
Caitlyn y Jinx.

Chapter 1: Universo alterno

Chapter Text

¿Te imaginas un universo donde en vez de Ekko... Caitlyn haya sido la que viajó a la realidad alterna de Powder en el episodio 7 de la segunda temporada de Arcane? Déjame hacerlo real para ti.

...

Le dolía la cabeza, el pecho, los pies, los oídos, podía jurar que hasta el propio cabello.

Caitlyn sintió una punzada aguda en la cabeza, como si le hubieran golpeado con la culata de su rifle. Su respiración era irregular y pesada; su pecho subía y bajaba con esfuerzo.

Todo a su alrededor se sentía borroso, pero, a medida que sus ojos se acostumbraban a la luz, distinguió su entorno.

Era un taller. O un laboratorio. O ambos.

Frente a ella, una mesa desordenada rebosaba de bocetos, herramientas, mecanismos a medio construir y piezas de tecnología avanzada. A su izquierda, una pizarra cubierta de ecuaciones y diagramas detallados. A su derecha, estanterías llenas de frascos, engranajes y pequeñas bombas de pintura azul, como si alguien hubiera estado trabajando en varios proyectos a la vez.

Todo era extraño, caótico, pero de algún modo... meticulosamente ordenado.

La mayor parpadeó varias veces, intentando sacudirse la confusión. No reconocía este lugar. No recordaba cómo había llegado allí. Su uniforme de sheriff estaba arrugado y su rifle no estaba a la vista.

—¿Dónde demonios estoy...? —susurró con la garganta seca.

Intentó ponerse de pie, pero un mareo la obligó a apoyarse en la mesa. Se llevó una mano a la cabeza, sintiendo la piel caliente y un leve temblor en los dedos. Había algo profundamente mal.

Entonces, la puerta se abrió.

—¡Hola, Lyn! —exclamó una voz animada—. Veo que ya despertaste, cariño.

Caitlyn levantó la vista de golpe, y su cuerpo se paralizó. Jinx. Jinx estaba frente a ella como si fuese lo más normal del mundo.

Su corazón se desbocó; su visión se volvió borrosa por la rabia, el miedo y el odio que se encendió en sus entrañas. Ahí estaba ella. Su peor enemiga. La asesina de su madre. La criminal a la que había jurado derribar. El aire en sus pulmones se convirtió en fuego.

Jinx, sin embargo, no tenía la misma presencia desquiciada de siempre. Su cabello celeste no estaba alborotado en dos largas trenzas desordenadas, sino recogido de manera más corta y ordenada en dos moños. Sus ojos no estaban hundidos en sombras, ni su piel marcada por el cansancio y la locura.

Llevaba un overol de mecánica sucio de pintura, con una camiseta simple debajo. En sus brazos sostenía varias cajas llenas de herramientas y materiales.

—¿Dormiste toda la tarde? Pareces un koala con anemia —se burló con una sonrisa amable, como si todo fuera normal, como si...

Como si no fuera Jinx.

Caitlyn sintió un nudo en la garganta, sus instintos gritando peligro. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Agarró lo primero que tuvo a la mano, un engranaje pesado, y se lo lanzó con fuerza.

—¡Aléjate de mí, maldita psicópata! —exclamó. Powder esquivó el objeto por poco, parpadeando con sorpresa.

—¿Qué demonios? —preguntó, perdida. Caitlyn no se detuvo. Tomó otra cosa, un pequeño destornillador, y lo arrojó también.

—¡No te me acerques!

—¡Ey, ey! —Powder alzó las manos en defensa, dejando caer las cajas al suelo con un estruendo metálico—. ¡Caitlyn, para! ¿Qué carajos te pasa?

Caitlyn retrocedió, su respiración entrecortada. Los mechones se le pegaban al rostro mientras la peliceleste se acercaba a ella, tratando de calmarla con una expresión de preocupación en su rostro.

—¡No juegues conmigo, Jinx! —escupió con rabia, sintiendo el odio crecer dentro de ella como un veneno—. ¡No sé qué estás haciendo aquí, pero no voy a caer en tus juegos!

Powder frunció el ceño, su expresión pasando de la sorpresa a la preocupación.

¿Jinx? ¿Quién era Jinx? Quizás su novia se había caído y dado un mal golpe en la cabeza o... ¿se había vuelto loca?

—¿Jinx? ¿De qué estás hablando?

—¡No te hagas la estúpida!

Tomó una llave inglesa de la mesa y la sostuvo con firmeza, preparada para atacar. Powder, en cambio, no se movió. Solo la miraba con confusión y algo de alarma, como si Caitlyn fuera la que había perdido la cabeza.

—Cariño, vamos a calmarnos. No nos pongamos agresivas —Powder pasó una mano por su cabello, como si intentara procesar lo que estaba ocurriendo—. No sé qué te pasa, pero tranquila, ¿sí? No voy a hacerte nada.

Caitlyn no la escuchó. Su mente estaba en caos. Su cabeza latía con fuerza, su visión se nublaba por el dolor. Necesitaba salir de ahí. Giró sobre sus talones y corrió. Empujó la puerta y se encontró con un pasillo metálico. A su izquierda, una escalera. La subió de dos en dos, ignorando el mareo y el ardor en sus piernas.

Su única prioridad era escapar. Detrás de ella, la voz de Powder la siguió.

—¡Caitlyn, espera! ¡¿A dónde vas?!

Pero Caitlyn no escuchó. Abrió la última puerta de golpe y salió al exterior. Entonces, se detuvo en seco. Su mente se congeló; su corazón olvidó latir. Frente a ella, se extendía un Zaun que no conocía.

Las calles, normalmente sombrías y decadentes, estaban llenas de vida. Las construcciones de metal oxidado y ruinas destrozadas habían sido reemplazadas por edificios firmes y limpios, con una mezcla de arquitectura zaunita y piltoveriana.

Había puentes colgantes que conectaban los distritos, faroles que iluminaban con una luz cálida y tecnología avanzada por todas partes.

No había suciedad. No había violencia.

Las personas caminaban por las calles con rostros tranquilos. Niños reían y jugaban en parques improvisados; ancianos conversaban en bancas; comerciantes vendían sus productos sin miedo. No había patrullas. No había miedo en sus ojos. No había rastro del caos que Caitlyn conocía.

Piltover y Zaun no estaban divididos. Eran uno solo. Su cuerpo tembló.

—No... no puede ser... —murmuró.

Sintió pasos acercándose por detrás y, al mirar, ahí estaba la chica de nuevo.

—¿Ves por qué te dije que no salieras corriendo? Es día de comercio, hay mucha gente afuera —dijo Powder, cruzándose de brazos. Caitlyn giró lentamente, sus ojos aún llenos de incredulidad y desconfianza.

—¿Dónde... dónde demonios estoy? —preguntó. Powder la observó con detenimiento.

—En serio, ¿Qué te pasa? ¿Te golpeaste la cabeza cuando dormías o qué?

Caitlyn tragó saliva. Todo su cuerpo se estremeció con una extraña mezcla de terror, confusión y asombro. Este no era su mundo. Y, por primera vez en mucho tiempo, no tenía idea de qué hacer, así que siguió caminando, ignorando la voz de Powder detrás de ella.

El eco de sus propios pasos se perdía en la inmensidad de aquella ciudad perfecta, pero no paró, solo avanzaba a través de las calles sin rumbo fijo; sus ojos escaneaban cada esquina, cada estructura, cada rostro.

No podía entenderlo. No podía comprender cómo todo esto podía existir con tanta armonía, cuando en su mundo Zaun y Piltover eran como aceite y agua, como heridas abiertas que jamás sanarían.

El aire era limpio, las luces de neón no titilaban en un parpadeo caótico, sino que iluminaban con suavidad. La gente sonreía. Caminaban sin miedo. Caitlyn veía a niños jugando en los callejones sin temor a ser secuestrados o asesinados en la próxima explosión.

Vio puestos de comida, talleres abiertos con mecánicos trabajando y personas de Piltover charlando con Zaunitas como si nunca hubiese existido una diferencia entre ellos.

Era insoportable.

El peso en su pecho creció hasta volverse una agitación sofocante, hasta que no pudo más.

—No... no puede ser real... —murmuró, y de pronto echó a correr.

—¡No, Cait, espera! —gritó Powder detrás de ella.

Sus botas golpeaban con fuerza el pavimento mientras el aire helado le cortaba la piel. Sus pulmones ardían, su visión estaba borrosa por la desesperación, pero no se detuvo. Quería escapar, alejarse de aquella farsa de perfección que le escupía en la cara todo lo que su mundo jamás podría ser.

Doblando una esquina al azar, empujó la primera puerta que encontró y se deslizó dentro. El ambiente la envolvió con un calor reconfortante y un aroma familiar: madera, licor suave, café.

Era un bar, pero no uno como los de Zaun, donde la mugre y la violencia se pegaban a la piel como un tatuaje imborrable. Este lugar tenía una luz cálida, las paredes estaban decoradas con cuadros elegantes y detalles dorados. La gente bebía tranquilamente; algunos conversaban entre risas, otros estaban sumidos en libros o planos extendidos sobre la mesa.

Y entonces, en una de esas mesas, Caitlyn lo vio: Jayce. Su corazón se detuvo un segundo. Estaba inclinado sobre una hoja, dibujando con un bolígrafo mientras bebía un café con tranquilidad.

—¡Jayce! —gritó. El hombre alzó la cabeza de golpe, sobresaltado.

—¡Whoa, whoa! ¿Qué está pasando aquí? —respondió al ver a la mujer tan alterada.

Caitlyn llegó hasta él, casi tropezando con sus propios pies. Su pecho subía y bajaba agitado, su mente giraba sin control.

—¡Jayce, dime que eres tú! ¡Dime que esto no es real! —sus palabras eran un desorden de pánico y súplica.

—¿Caitlyn...? —Jayce entrecerró los ojos con confusión, y luego su expresión cambió a una mezcla de sorpresa y comprensión—. Oh... finalmente despertaste.

Antes de que pudiera decir algo más, Powder apareció detrás de ella, con los brazos cruzados y una expresión de preocupación.

—Lo siento, no sé qué le pasa. Parece que despertó de una siesta, pero está toda alarmada y extraña. Mira si tú puedes calmarla, al menos un poco. —pidió. Jayce asintió.

—No te preocupes, ve por una bebida, Powder. Voy con ella a tomar aire.

La peliceleste inclinó la cabeza, dudando un poco, pero al final se encogió de hombros y se alejó. Jayce tomó a Caitlyn del brazo y la sacó del bar. Ella apenas notó el gesto, demasiado ocupada en tratar de recuperar el aliento.

Cuando estuvieron afuera, él la soltó con cuidado y le dio espacio. La mayor se recostó contra la pared, su mano posada en el pecho agitado.

—Respira, Cait. —le pidió el mayor. Caitlyn se pasó las manos por la cara, tratando de ordenar sus pensamientos.

—¿Dónde mierda estamos, Jayce? ¿Qué es todo esto? —sus ojos estaban llenos de angustia—. ¿Desde hace cuánto despertaste?

—Desde hace un par de semanas. Desperté antes que tú y, bueno... traté de entender qué diablos está pasando. —Jayce suspiró y apoyó su espalda contra la pared del bar. Caitlyn negó con la cabeza.

—Esto es imposible.

—Sí, bueno... —él sonrió con ironía—. Lo estamos viviendo, así que no parece tan imposible.

—¡¿Pero qué mierda es?! ¡No entiendo nada!

—Nos enviaron a un universo alterno... como si este fuera un mundo donde Piltover y Zaun jamás se dividieron. Como si todo hubiese sido diferente desde el principio. Dos ciudades unidas.

—Esto no puede ser real. —Caitlyn apretó los puños, sintiendo que el suelo se tambaleaba.

—Lo es. Y la peor parte es que aquí nunca pasaron ciertas cosas. —informó. La mirada de Caitlyn se endureció.

—¿Qué quieres decir? —preguntó. Jayce titubeó antes de responder.

—No existe la guerra. No existe la rebelión. Y... no existe Jinx. No hay crímenes, tampoco Shimmer, no existe Silco. Solo hay... paz.

Caitlyn sintió que el aire se volvía más pesado con cada palabra que salía de la boca de Jayce. Su mandíbula se tensó y su mirada tembló al oír lo que acababa de decirle.

—¿Qué dijiste? —su voz salió cortada, con un hilo de incredulidad y miedo envolviendo cada sílaba.

—Lo que escuchaste. No es tan malo. —Jayce exhaló suavemente, como si ya hubiera anticipado esa reacción.

—¿Que no es tan malo? ¡Jayce, tenemos que volver a casa!

—Estamos trabajando en eso, Cait. Ekko, Powder, Viktor y yo. Incluso tú nos has estado ayudando, pero... sin el Hextech es difícil. No existe aquí.

El silencio que siguió fue sepulcral. Caitlyn sintió un frío en la nuca y un escalofrío le recorrió la espalda.

—Entonces... —su voz se quebró—. Entonces, ¿no podremos volver?

—Tranquila, sí lo haremos. Los chicos están trabajando duro. Esta noche nos reuniremos. Viktor fue a buscar material de las fisuras. —Jayce se apresuró a calmarla, extendiendo una mano en su dirección. Caitlyn parpadeó, intentando procesar sus palabras.

—¿Viktor... vive aquí en Zaun? —preguntó. Jayce dejó escapar una breve risa, como si estuviera a punto de compartir un secreto.

—Sí... En este universo, él es un inventor nato al igual que Ekko. Es como el mejor amigo de Powder o algo así. Y Viktor, nosotros estamos... juntos. —confesó. Caitlyn lo miró con sorpresa. No era algo que hubiera considerado antes.

—Pero lo más extraño es que no se sentía mal. Al contrario, era algo cálido, algo que se sentía... natural. Como si siempre hubiera sido así. Siento que es así como debe ser. —agregó. La mujer lo miró y, por primera vez en horas, sus labios se curvaron levemente en una sonrisa.

—Eso es... —exhaló lentamente, dejando que la sensación se asentara en su pecho—. Eso es bueno. Me alegra mucho.

—Quizás así te sientas con Powder también. —Jayce le devolvió la sonrisa, relajando los hombros.

—¿De qué demonios estás hablando? —preguntó. El hombre miró hacia la puerta del bar, asegurándose de que nadie los escuchara.

—Aquí, en este mundo, Jinx nunca existió. En su lugar está Powder... y es la persona más buena que he conocido aquí, dulce, creativa. —contó. Caitlyn sintió náuseas.

—Eso es imposible.

—No aquí. Aquí, Powder es una chica brillante, tierna... y, bueno, también es tu... —Jayce vaciló, luego sonrió con diversión—. Parecen ser más que amigas.

La sheriff sintió como si le hubieran golpeado en el estómago. ¿Ella y Jinx? No, ni en sus peores pesadillas. Su mente intentó unir las piezas, pero en su lugar, solo quiso vomitar.

—¿¡Qué?! ¡Estás loco! ¡Ella mató a mi madre! ¡Es una criminal! —exclamó. Jayce negó con la cabeza.

—No en este universo. Tu madre está viva, Cait. Tu padre también. Tú sueles estar en Piltover, pero también vienes a visitar a Powder con frecuencia. Aquí, ella no es Jinx.

—No puedo... no puedo mirarla sin ver a Jinx. —El corazón de Caitlyn latía descontrolado. Jayce suspiró.

—Entonces tendrás que fingirlo. Nadie puede enterarse de la verdad. Tenemos que encontrar la forma de volver a casa sin alterar el orden de este mundo. ¿Puedes hacerlo?

Caitlyn no respondió de inmediato. Solo asintió, aunque por dentro se sentía atrapada en una pesadilla imposible. Tomó aire y, antes de que pudiera hacer otra pregunta, una voz suave y llena de dulzura interrumpió su pensamiento.

—Perdón por interrumpir —Powder sonrió mientras sostenía una bandeja con bebidas—. Las suyas se están enfriando. Caitlyn sintió un nudo en la garganta cuando la miró.

Era Jinx. Pero no era Jinx.

Su cabello era de un celeste vibrante, su rostro estaba limpio de cicatrices, su ropa no era la de una criminal, sino la de una joven inventora. Sus ojos no reflejaban locura, sino calidez. Entonces, Powder inclinó la cabeza con curiosidad hacia la mayor y preguntó:

—Estaba pensando en ir a ver a Vi... ¿Vienes? —dijo. El corazón de Caitlyn se detuvo.

Vi. Por fin... alguien más familiar. Pero... ¿sería la misma Vi que conocía? O en este mundo... ¿también sería alguien completamente diferente?

...

La caminata fue silenciosa al principio. Caitlyn y Powder avanzaban por los pasillos iluminados con luces de neón que parpadeaban como luciérnagas atrapadas en un frasco.

Los tonos magenta, celeste y violeta teñían las paredes, los muebles, el suelo. Todo tenía un caos armonioso, como si alguien hubiera plasmado su alma en cada rincón sin miedo a desbordarse.

Dibujos cubrían algunas superficies, bocetos apresurados junto a ilustraciones meticulosamente detalladas. Había artefactos extraños apilados aquí y allá, dispositivos a medio construir, cosas que Caitlyn no terminaba de comprender, pero que le parecían peligrosamente familiares.

Había algo tan hermoso como inquietante en ese lugar. Caos y orden a la vez.

—Estás más callada que otros días... —comentó Powder mientras subían una escalera de metal oxidado.

Caitlyn no respondió de inmediato, su mente aún atrapada en la idea de que este era el hogar de Powder. La versión buena de Jinx, la versión inocente y sin sangre en las manos. Pero ese pensamiento no le traía consuelo, sino más bien un nudo en el estómago.

—Perdón, solo estoy algo distraída.

Al final de la escalera, una puerta de madera les bloqueaba el paso. Powder la empujó con naturalidad, revelando una habitación en la parte más alta del edificio. La luz aquí era más tenue, casi sagrada, iluminada solo por el resplandor de varias velas encendidas.

Pero lo que hizo que Caitlyn sintiera un escalofrío recorriéndole la espalda fue el altar.

Sobre una pequeña mesa cubierta con una tela azul descansaba una fotografía de Vi. Pero no Vi como la conocía ahora. Era más joven, quizá unos 14 o 15 años. Sonreía en la imagen con la confianza de alguien que aún tenía el mundo entero por delante.

A su lado, había una muñeca de trapo de cabello rosa, con los brazos extendidos como si esperara un abrazo que nunca llegaría.

Caitlyn se quedó en silencio, mirando fijamente la foto. Esto no está pasando. Pero estaba pasando.

Powder se acercó sin dudar, tomó una vela y se arrodilló frente al altar. Luego, con una voz suave, le habló a la muñeca:

—Perdónala, ¿sí? Hoy amaneció con los apellidos revueltos. Literalmente parece que no sabe en qué mundo está.

Porque no sé en qué mundo estoy, pensó la mayor con obviedad.

Pero Powder no lo decía en ese sentido. Para ella, Caitlyn siempre había estado aquí. Era su Lyn. Su novia. La persona que más amaba. Y, sin embargo, Caitlyn no podía verla sin ver a Jinx.

El silencio se volvió insoportable, así que la sheriff se acercó lentamente, observando el altar con un peso incómodo en el pecho. Tomó una vela entre sus dedos, sin saber exactamente por qué, y murmuró:

—¿Ella está muerta? —preguntó. Powder se giró hacia ella de golpe, con el ceño fruncido.

—No es gracioso, Caitlyn. —respondió secamente. Caitlyn parpadeó.

—Lo siento —se apresuró a decir—. Es solo que... es imposible.

—Lo sé. Así me siento cada vez. —Powder suspiró, bajando la mirada hacia la muñeca.

El tono de su voz era melancólico, como si llevara años conviviendo con un dolor imposible de aliviar. Caitlyn apretó la vela entre sus dedos. No podía seguir arruinándolo. No podía levantar más sospechas. Tenía que jugar bien sus cartas. Así que inclinó la cabeza, fingiendo una empatía que no terminaba de sentir, y murmuró:

—Fue una historia trágica, si lo vemos bien. —dijo, intentando coincidir en algo que ni siquiera sabía. Powder dejó escapar una risa sin humor.

—Sí. Si no fuese por el hecho de que ella murió, hubiese sido una buena anécdota.

Caitlyn se obligó a permanecer en calma, pero cada palabra que salía de la boca de Powder la hacía sentir como si caminara sobre hielo quebradizo.

—Niños robando un departamento que estaba estrictamente prohibido —continuó Powder—. Tomando gemas peligrosas... Para que luego una de ellas explotara y ella muriera.

Caitlyn sintió que el mundo se detenía un segundo. Recordaba ese robo. Ella era solo una jovencita cuando sucedió, pero la explosión la lanzó fuera antes de poder siquiera abrir la puerta. ¿Qué había pasado?

—¿Qué...?

—Y luego fue cuando te conocí —la interrumpió Powder, con una pequeña sonrisa melancólica—. Esa parte no es tan mala, al menos. Encontraste a una niña llorando sobre el cuerpo de su hermana al abrir la puerta y me ayudaste. Eso fue lindo de tu parte, Cait.

El corazón de Caitlyn latía fuerte contra su pecho. Su mente intentó visualizar la escena, intentó recordar algo que nunca había sucedido en su vida. Pero, de alguna manera, la imagen se formó sola en su cabeza:

Una niña de cabello celeste arrodillada en el suelo, llorando sin consuelo sobre el cuerpo sin vida de Vi. Y una mano extendiéndose para ayudarla, su mano.

Caitlyn tragó saliva. Era imposible. Pero aquí, en este universo, así fue como se conocieron. Cerró los ojos un instante, tratando de calmar su respiración. "No pienses en Jinx. No pienses en lo que hizo", se recordó.

Cuando volvió a abrirlos, Powder la observaba con dulzura. Porque la amaba. Ese pensamiento la desestabilizó por completo. Su peor enemiga la amaba, bajo una máscara dulce.

Con una sensación de vacío en el estómago, Caitlyn tomó la vela y la encendió junto a la de Powder, sin saber exactamente por qué lo hacía. Quizá para no romper más la ilusión. Quizá porque, a pesar de todo, no podía ignorar el dolor en los ojos de la chica.

Powder sonrió y, en un gesto natural, intentó tomar su mano. Caitlyn reaccionó sin pensarlo y retiró la mano de golpe. La peli celeste se quedó inmóvil por un segundo, con una expresión confusa y herida.

—¿Cait...? —preguntó. Caitlyn apartó la mirada rápidamente.

—Lo siento —murmuró, con la garganta seca.

Powder ladeó la cabeza, estudiándola con una mezcla de preocupación y tristeza, pero al final suspiró, decidiendo que no valía la pena insistir.

—Sigues alterada —murmuró—. No importa.

Y con eso, ambas se quedaron en silencio, observando el altar. Caitlyn sintió su propio reflejo mirándola a través de los ojos de la Vi en la foto. Fue la primera vez desde que llegó ahí que se preguntó si alguna vez podría volver a casa.

Era extraño. En su mundo, Vi estaba viva, fuerte, decidida... y, aunque no estaban juntas, vivía. Pero aquí, Vi estaba muerta. Y eso era un peso que Caitlyn no sabía cómo manejar.

A su lado, Powder también observaba la imagen en silencio, con una expresión difícil de leer. No era tristeza exactamente. Era más bien... nostalgia. Una resignación silenciosa que Caitlyn no podía comprender del todo. De pronto, la peli celeste sacó un reloj de su bolsillo y lo miró.

—Ya es hora de reunirnos con los chicos, o se van a enojar con nosotras.

Caitlyn tardó unos segundos en procesar sus palabras. Aún tenía la cabeza sumida en la confusión de todo esto, en la extraña sensación de estar fuera de lugar, pero, al mismo tiempo, sentir una conexión inexplicable con Powder.

Cuando alzó la vista, vio que la chica le extendía la mano con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo. Como si lo hubiera hecho miles de veces antes. Caitlyn sintió un nudo en la garganta. Había algo profundamente familiar en ese gesto. Algo que le provocó una punzada en el pecho y que le hizo arder los ojos con un calor inesperado.

Sus labios se separaron levemente, como si fuera a decir algo, pero no encontró palabras.

—¿Cait? —La voz de Powder la sacó de su trance. Caitlyn pestañeó, sintiendo las lágrimas acumulándose en sus ojos.

No. No podía permitirse esto.

Rápidamente, se pasó el dorso de la mano por los ojos antes de que las lágrimas cayeran. Luego, con un poco de vacilación, deslizó su mano en la de Powder.

El contacto fue... extraño. Pero no en el mal sentido. Fue cálido, reconfortante. Como si encajara perfectamente. Un escalofrío le recorrió el brazo. Había algo en ese simple gesto que la hizo sentirse... en casa.

Powder también pareció notarlo, porque miró sus manos entrelazadas con el ceño levemente fruncido, como si algo no encajara.

—¿Qué pasa? ¿Tienes algo con mi mano, cariño? —preguntó confusa. Caitlyn soltó una pequeña risa, sacudiendo la cabeza.

—No, nada.

No era exactamente una mentira... pero tampoco la verdad.

Powder no pareció convencida, pero tampoco insistió. En su lugar, le dio un leve apretón a la mano antes de jalarla suavemente para que la siguiera.

El camino hasta el laboratorio fue un recorrido por pasillos estrechos y habitaciones improvisadas dentro de las ruinas. Paredes cubiertas de dibujos, esquemas mecánicos garabateados en papel viejo, estanterías llenas de piezas de metal y cachivaches de todo tipo. Era un caos, pero un caos con propósito.

—No te sueltes, Lyn —le dijo Powder con una sonrisa, tirando de su mano cuando cruzaron un pasillo oscuro.

Caitlyn sintió una punzada en el pecho. Había algo terriblemente familiar en la forma en que Powder decía eso.

Finalmente, llegaron a una sala amplia iluminada con luces neón y lámparas de trabajo. El lugar estaba lleno de mesas cubiertas de herramientas, cables y planos desordenados. En el centro de todo, una enorme máquina a medio ensamblar se erguía como el proyecto principal.

Jayce y Viktor estaban cerca de la máquina, discutiendo algo mientras Ekko trabajaba con unos cables. Jayce tenía un destornillador en la mano y un gesto de frustración en el rostro, mientras Viktor lo observaba con su característica expresión paciente.

—Te lo dije, Jayce, eso no va ahí —insistía el chico, frunciendo el ceño ligeramente.

—Claro que va aquí. Mira, lo coloco aquí y...

Hubo un chispazo y un pequeño estallido de humo. Jayce tosió, alejándose rápidamente, mientras Ekko reía a carcajadas. Viktor solo rodó los ojos y se cruzó de brazos. Jayce le sonrió y se apresuró para tomarlo por la cintura.

—Venga, déjese querer —dijo, agitando la mano en el aire—. No me mires así... ¿Cómo se supone que iba a saber que eso iba a pasar?

—Porque te lo dije hace cinco segundos.

Caitlyn dejó escapar una pequeña risa ante la escena. Powder, a su lado, sonrió ampliamente y dejó un beso en la mejilla de la sheriff antes de lanzarse a la conversación. La mayor casi se llevó la mano a la mejilla, su corazón latiendo con fuerza pero... sin sorpresa. Se sentía tan cálido y normal, como si su cuerpo la conociera de toda la vida.

—¿Ya la cagaste otra vez, Jayce? —preguntó Powder, ahora junto al mayor.

—¡Oye! —Jayce cruzó los brazos, fingiendo indignación—. No la cagué... solo fue un error de cálculo.

—Ajá, claro, un error de cálculo. Está buscando que Viktor lo deje sin cabeza —intervino Ekko con burla.

Viktor suspiró y sacudió la cabeza con una sonrisa cansada. Jayce solo lo abrazó aún más desde atrás, hasta sacarle una sonrisa al chico con su actitud empalagosa.

—Si seguimos así, terminaremos esta máquina en... ¿qué? ¿Diez años? —se quejó el delgado, aún siendo abrazado por su novio.

Caitlyn observó la máquina con atención. Aunque estaba a medio ensamblar, la estructura era clara, meticulosa. Se acercó a la mesa de trabajo y examinó los planos.

Sus ojos recorrieron las anotaciones detalladas de Jayce y Viktor. No pudo evitar notar lo cercanos que eran, cómo Viktor apoyaba una mano en el hombro de Jayce mientras explicaba algo, la manera en que reían juntos, y cómo Jayce luego lo abrazaba por la cintura o le hacía cosquillas de vez en cuando.

Era bonito.

Entonces sintió un brazo rodeándole los hombros. Era Powder. Caitlyn se tensó instintivamente... pero no se apartó. Extrañamente, no se sintió mal, no se sintió fuera de lugar. Era como si su cuerpo conociera ese contacto mejor de lo que su mente lo hacía, igual que aquel beso en la mejilla.

—¿Qué te parece? —preguntó Powder con entusiasmo. Caitlyn miró la máquina.

—Es impresionante... aunque dudo que Jayce deje de hacerla explotar cada cinco minutos.

—¡Oye! —se escuchó al chico quejarse desde el fondo. Todos rieron, incluso Caitlyn.

Y por primera vez desde que llegó a este universo, sintió algo parecido a... comodidad.

Pasaron la siguiente hora trabajando juntos. Powder le explicaba cosas con emoción, a veces olvidando que Caitlyn no entendía del todo la ingeniería detrás de la máquina.

En un momento, sus manos se rozaron cuando ambas intentaron tomar la misma herramienta. Caitlyn sintió una punzada en el pecho otra vez.

—Tienes manos frías —comentó Powder de repente, tomando su mano sin previo aviso y tocándola entre las suyas.

—¿Qué?

—Siempre las tienes frías —murmuró Powder, frotando sus dedos contra los suyos para luego dejar un pequeño beso en ellos. Caitlyn se quedó en silencio, sintiendo que le faltaba la respiración.

Powder dijo eso como si hablara de algo que siempre había pasado. Y lo peor de todo es que Caitlyn casi podía creerlo.

...

Las horas siguieron pasando y los trabajos continuaron avanzando. Powder trabajaba decidida y Caitlyn solo podía admirarla, tratando de seguir el ritmo o, al menos, ayudar pasando las herramientas. Ambas chicas reían y, de vez en cuando, se lanzaban miradas. La mayor podía jurar que estaba cómoda; no le resultaba extraño, y eso estaba bien por ahora.

Después de un rato, Ekko se estiró con un suspiro.

—Caitlyn, ¿puedes hacerme un favor?

—Depende —respondió ella con una ligera sonrisa—. ¿Es peligroso?

—Nah. Solo necesito que traigas unas herramientas de ese estante de allá. —Señaló un pequeño espacio al otro lado del laboratorio, un pequeño clóset.

Caitlyn asintió y se levantó, caminando hacia el estante mientras los demás seguían discutiendo sobre la máquina. Mientras se acercaba para tomar las herramientas, no pudo evitar pensar en lo extraña que era la sensación de pertenencia que tenía en este lugar...

Con esta gente... Con Powder. Como si, de alguna manera, siempre hubiera estado aquí.

Caitlyn caminó por la habitación, observando cada rincón con curiosidad. A pesar de que todo en este mundo le resultaba extraño, no podía negar que había algo inquietantemente familiar en él. Era como si su cuerpo reconociera este lugar de algún modo, pero su mente se negara a aceptarlo.

—Bien, dijiste que necesitábamos herramientas y armas —murmuró para sí misma mientras se dirigía hacia el pequeño clóset en la esquina de la habitación.

Abrió la puerta de golpe y comenzó a buscar entre las estanterías desordenadas. Había ropa, algunas cajas con cachivaches sin sentido, piezas mecánicas... pero nada de lo que necesitaba. Lo que faltaba. Ni siquiera encontrar unas simples herramientas podía hacer bien.

—¿Dónde demonios está todo? —se quejó, removiendo más cosas con frustración.

Su voz resonó desde dentro del clóset, y el eco le hizo sonar más desesperada de lo que realmente estaba. Desde afuera, Powder se río suavemente antes de levantarse con un suspiro dramático.

—Yo te ayudo —anunció con diversión antes de entrar también.

Caitlyn apenas tuvo tiempo de protestar antes de que Powder se deslizara a su lado en el reducido espacio. Ahora ambas estaban dentro del pequeño clóset, demasiado cerca la una de la otra. La sheriff tragó saliva. La menor, sin preocuparse por la cercanía, revolvió entre los estantes por unos segundos, hasta que de repente sacó una herramienta.

—Aquí está —anunció con una sonrisa.

—¿Cómo la encontraste tan rápido? —Caitlyn frunció el ceño.

—Porque siempre la guardas aquí —respondió Powder con una sonrisa divertida—. ¿No lo recuerdas?

Caitlyn sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Siempre la guardo aquí... Antes de que pudiera preguntar qué quería decir con eso, la puerta del clóset se cerró de golpe.

¡CLAC!

—¿Qué fue eso? —Caitlyn parpadeó en la oscuridad. Intentó empujar la puerta, pero no se movió.

—¿Se cerró? —Powder preguntó con una ligera risa en su voz. Caitlyn intentó abrirla de nuevo, esta vez con más fuerza. Nada. La puerta no cedió ni un poco.

—¡¿Qué mierda...?! —exclamó. Desde afuera se escucharon risas contenidas.

—¡Muy gracioso, ábranla! —exigió Caitlyn, golpeando la puerta. Silencio.

—Oh, vamos, ¿de verdad nos dejaron encerradas? —Powder suspiró, pero aún sonaba más divertida que preocupada.

Caitlyn, en cambio, sintió que su corazón se aceleraba. Estaban atrapadas en un espacio cerrado. Un espacio muy pequeño. Oscuro. Y Powder estaba demasiado cerca. Demasiado. Podía sentir su calor, su respiración, la forma en que su brazo rozaba el suyo cada vez que se movían.

El pánico comenzó a treparle por la garganta.

—No, no, no... —murmuró, girándose rápidamente y golpeando la puerta con ambas manos—. ¡Abran esto ahora mismo! —exigió. Nada.

—Oye, tranquila —dijo Powder con suavidad.

Caitlyn respiraba rápido, tratando de no entrar en pánico, pero el aire en el clóset se sentía sofocante. Como si el espacio se hiciera más pequeño con cada segundo que pasaba. Entonces sintió una mano en su brazo. Se tensó al instante.

—No voy a morderte —bromeó la peli celeste con una sonrisa.

Caitlyn cerró los ojos con fuerza, tratando de calmarse. Powder estaba siendo amable. Intentaba tranquilizarla. Pero entonces, ¿por qué se sentía tan nerviosa? ¿Por qué estaba tan cerca? ¿Por qué aquello se sentía tan... necesario?

—Estás nerviosa... —murmuró Powder, deslizando su mano lentamente por su brazo en un gesto casi inconsciente.

Caitlyn abrió los ojos y miró el punto de contacto. La sensación era... extrañamente placentera. Su piel se estremeció bajo el roce de los dedos de Powder, y por un momento, la claustrofobia se desvaneció un poco.

—¿Mejor? —susurró Powder, acercándose apenas.

Caitlyn no respondió. Solo asintió con la cabeza, aún sintiendo el hormigueo en su piel. El silencio entre ambas se hizo más suave.

Powder jugueteó un poco, deslizando la yema de sus dedos por el brazo de Caitlyn con un toque más deliberado. La sheriff se tensó al principio... pero no se apartó. De hecho, sorprendentemente, se relajó. El contacto era cálido. Reconfortante. Y entonces, la menor se acercó más. Demasiado más.

Caitlyn sintió su respiración mezclarse con la de Powder en el pequeño espacio. Sus rostros estaban tan cerca que podía ver el brillo azul en sus ojos, a pesar de la penumbra. Y luego... sus labios rozaron. Apenas. Un contacto efímero, casi inexistente, pero lo suficientemente real como para que la mayor sintiera que se derretía.

Su piel ardía.

El aire en el clóset se volvió pesado, sofocante, pero no de la misma manera que antes. Esta vez, era por la cercanía, por la tensión que se acumulaba entre ellas. Sin pensarlo, Caitlyn llevó las manos a la cintura de Powder, atrayéndola hacia ella. La menor sonrió.

—¿Ves? —susurró contra sus labios—. Te estás acostumbrando. ¿Estás bien?

—Hace calor...

—Mmmm, un poco —murmuró la de cabello celeste, inclinándose para dejar un beso en la mandíbula de la sheriff.

Caitlyn suspiraba pesadamente mientras aquellos ojos la miraban con intensidad. Sin darse cuenta, sus propias manos acariciaban los costados de la menor con ternura y... deseo. Tragó en seco al sentir el cuerpo de Powder completamente pegado al suyo, horrorizada por lo mucho que aquello le encantaba.

—Powder...

Caitlyn apenas tuvo tiempo de procesar las palabras cuando la puerta del clóset se abrió de golpe. Powder no apartó la mirada de ella, como si fuese lo único que existiera en el mundo.

—¡Finalmente! —exclamó Jayce.

La sheriff, aún perdida en la intensidad del momento, perdió el equilibrio y casi cayó de boca al suelo. Se tambaleó, con el rostro completamente rojo, mientras los demás afuera estallaban en carcajadas.

—¡Mierda, Caitlyn, parece que viste un fantasma! —bromeó Ekko.

Caitlyn no pudo responder. Solo apretó los labios y se enderezó rápidamente, limpiándose las manos en la ropa como si eso pudiera borrar lo que acababa de suceder.

—No fue gracioso. ¡Casi me da un infarto ahí adentro! Les juro que voy a matarlos a uno por uno —amenazó, aunque los demás solo rieron, disfrutando de verla alterada.

Aún sentía su piel ardiendo mientras intentaba concentrarse en cualquier cosa que no fuera la sensación de Powder tan cerca de ella. Respiró hondo, tratando de calmar su mente mientras los demás hablaban sobre la máquina.

El aparato, una estructura compleja de metal y cables, estaba colocado en el centro de la habitación. Había sido ensamblado con partes de distintas tecnologías: algunas antiguas, otras avanzadas, todas combinadas en un diseño que parecía improvisado y, al mismo tiempo, meticulosamente planeado.

Viktor se inclinó sobre el panel de control, observando con interés cada conexión.

—Si esta teoría es correcta, deberíamos ver una respuesta con un pequeño ajuste... —murmuró, girando un par de perillas con precisión.

—¿Pequeño ajuste? ¿Cómo sabemos que esto no va a explotar en nuestra cara? —intervino Jayce, cruzándose de brazos con una mirada de preocupación.

—No lo sabemos —respondió Ekko con calma, antes de conectar los últimos cables.

Caitlyn, aún sosteniendo la herramienta que había recuperado del clóset, decidió ser útil. Se acercó y miró la máquina con curiosidad. Sus dedos recorrieron el panel, reconociendo de inmediato la estructura de los circuitos. Con un poco de intuición y la experiencia que tenía con mecanismos, se agachó y comenzó a ajustar algunos cables sueltos.

—Caitlyn, ¿Qué haces? —preguntó Ekko, observándola con interés.

—Estos conectores están mal alineados. Parece que alguien intentó hacer un puente aquí, pero la corriente no está fluyendo bien —explicó, aferrándose a la herramienta mientras usaba la parte trasera del mango para presionar con cuidado un componente suelto.

Hubo un chasquido. Un destello azul recorrió la máquina como un latido eléctrico.

—Oh... —Viktor ladeó la cabeza—. Eso no es exactamente lo que esperaba, pero...

El dispositivo emitió un leve zumbido. Un par de luces parpadearon en el tablero. Por unos segundos, nadie se movió. Luego, Jayce frunció el ceño y se inclinó hacia la pantalla, donde los datos comenzaron a reflejarse en una secuencia rápida.

—¿Y bien? ¿Funcionó?

—No parece haber... —Viktor se detuvo de golpe. De repente, Ekko habló.

—Bueno, si esto no explota en nuestra cara, tal vez podamos utilizarlo. ¿Para qué sirve?

—No lo sé... —murmuró Caitlyn, volviendo a jalar la polea con fuerza.

Bueno, si esto no explota en nuestra cara, tal vez podamos utilizarlo. ¿Para qué sirve?

—Ya dijiste eso —lo interrumpió Caitlyn sin pensarlo. Ekko la miró con confusión.

—¿Qué?

—Eso. Lo acabas de decir —contestó irritada. Ekko frunció el ceño.

—No, no lo hice —respondió el chico. Caitlyn parpadeó.

Estaba segura de haberlo oído decir exactamente esas palabras antes. Antes de que pudiera insistir, Jayce volvió a intentarlo. Ajustó la palanca, presionó un interruptor y la máquina zumbó una vez más.

Bueno, si esto no explota en nuestra cara, tal vez podamos utilizarlo. ¿Para qué sirve?

—Ya dijiste eso —contestó Jayce esta vez.

—Claro que no —negó el moreno. Jayce levantó la mirada.

—Sí, lo hiciste.

El silencio se apoderó de la habitación. Viktor, de pronto, pareció entender.

—Inténtenlo otra vez —ordenó, su voz más emocionada de lo habitual.

Jayce presionó la palanca. La máquina emitió un nuevo destello azul. Ekko se inclinó hacia Caitlyn.

Bueno, si esto no explota en nuestra cara, tal vez podamos utilizarlo. ¿Para qué sirve? —habló el chico. Caitlyn sintió un escalofrío.

—¡Ya me dijiste eso! —exclamó de inmediato, dando un paso atrás. Ekko se quedó inmóvil.

—No... espera... —murmuró. De repente, su rostro palideció.

—No...

Todos se miraron. Jayce volvió a presionar la palanca. Una luz azul, un zumbido. Ekko inhaló.

Bueno, si esto no explota en nuestra cara, tal vez podamos utilizarlo. ¿Para qué sirve?

El aire se tornó denso. Viktor sonrió, fascinado.

—Oh. —Powder se cruzó de brazos.

—¿Qué diablos está pasando? —Caitlyn miró la máquina con el corazón acelerado.

No podía ser. No era posible. Pero...

—Estamos en un bucle —murmuró Viktor. Ekko se pasó una mano por el cabello, procesando la información.

—La máquina... —su voz se llenó de asombro—. La máquina está... regresando el tiempo.

El silencio cayó sobre todos como un peso intangible. Jayce miró el dispositivo con una mezcla de temor y maravilla. Caitlyn aún no cerraba la boca, mientras Powder tomaba su mano con firmeza.

—¿Retrocediendo... el tiempo?

—Sí —confirmó Viktor. Jayce dejó escapar una risa incrédula.

—¿Cuántos segundos es el máximo? —preguntó. Ekko analizó la pantalla.

—Cuatro.

Cuatro segundos. Caitlyn sintió un nudo en el estómago. Regresar el tiempo. Era absurdo, imposible, pero... acababan de experimentarlo. Powder miró la máquina con una expresión extraña.

Cuatro segundos... no parece mucho.

—Créeme, es lo máximo —dijo Viktor con calma—. Pero si podemos aumentar la potencia, si logramos estabilizar el flujo de energía... quizás podamos llegar a cinco sin morir.

Jayce y Caitlyn se miraron entre sí. Si podían controlar esto... si podían extenderlo más allá de cuatro segundos... El significado de ese descubrimiento cayó sobre ellos, pero había algo aún más importante: debían regresar, debían volver a casa.

—No, no lo excedas, no podemos arriesgarnos a perderlo.

Todos estuvieron de acuerdo, y la habitación quedó en un silencio ensordecedor mientras procesaban la magnitud de lo que acababan de encontrar. Finalmente, Powder rompió la tensión. Se giró hacia Caitlyn con una sonrisa ligera y se estiró como un gato cansado.

—Bueno, supongo que no nos queda más que ir a la fiesta de inventores. Presentaremos esto mañana —propuso sonriente.

Todos la miraron al instante. Jayce observó de reojo a Caitlyn, Viktor se encogió de hombros, y Ekko parecía estar de acuerdo. Caitlyn era la única que aún seguía en su trance.

—Suena bien, lo solucionaremos mañana. ¡Vamos a la fiesta! —exclamó Ekko con una sonrisa.

Caitlyn, sin embargo, solo se perdió en los ojos de Powder, quien le sonrió y se inclinó para dejarle un beso en la mejilla.

—Porfa, ve a cambiarte antes de la fiesta —le dijo con un guiño mientras le quitaba una pequeña mancha de la mejilla.

Luego se alejó, como si no acabaran de descubrir el avance más revolucionario de sus vidas. Caitlyn, aún aturdida, se quedó allí, sintiendo su corazón martillear contra su pecho.

No solo por la máquina. No solo por el descubrimiento. Sino también por lo que había sentido en el laboratorio. Por la forma en que Powder la miraba. Por la cercanía. Por la sensación de sus labios apenas rozando los suyos.

Lo que fuera que estaba sucediendo entre ellas... Era real, y era aterrador, pero más que miedo... Caitlyn quería saber hasta dónde llegaría.

...

Se tomó su tiempo para arreglarse, pero no fue demasiado. En realidad, no tenía mucha ropa de sobra y ni siquiera tenía idea de dónde estaba su clóset en este universo. Preguntarle a Powder sobre eso sería demasiado extraño, así que solo optó por ir a una tienda en el último minuto y pagar con dinero de Jayce.

Finalmente, cuando estuvo frente al lugar, las puertas cerradas y el ruido filtrándose, solo pudo respirar profundo y prepararse para lo que vendría. Entró sin más tardanza, y el ambiente la envolvió:

El lugar era un espectáculo de luces y colores. Lámparas colgantes iluminaban el techo con un resplandor cálido y dorado, mientras una serie de luces neón proyectaban sombras vibrantes en las paredes. Los globos, que flotaban en diferentes rincones de la sala, reflejaban la luz en destellos suaves. Mesas llenas de copas y bebidas elegantes estaban distribuidas estratégicamente, y la pista de baile al centro era el epicentro del bullicio.

El bajo de la música retumbaba en el suelo, haciéndolo vibrar bajo sus botas. Era una melodía animada, rítmica, diseñada para arrastrarte al frenesí de la fiesta sin opción a negarte. Caitlyn avanzó entre la multitud, esquivando a personas que reían, bebían y conversaban en círculos animados. A lo lejos, distinguió una silueta familiar.

Jayce estaba apoyado en la barra, con un vaso en la mano y una expresión pensativa. Parecía absorto en sus pensamientos, pero cuando la vio acercarse, su rostro se iluminó.

—¡Cait! —dijo con una sonrisa—. ¿Qué tal? ¿Lista para la mejor fiesta de tu vida?

—Eso espero. Pero antes de que me arrastre el caos... —Caitlyn soltó una risa leve, apoyándose junto a él en la barra. Jayce arqueó una ceja.

—¿Qué pasa? —preguntó. Caitlyn lo miró con seriedad.

—Sobre la máquina. Aún quedan algunos ajustes por hacer. Sería genial si trabajásemos en ello más tarde. No quiero que nada nos arruine la noche —explicó. Jayce asintió con comprensión.

—Sí, eso tiene sentido. Aunque... tenemos que estar pendientes. En cuanto mi reloj marque la hora, será momento de volver. No podemos perdernos la ventana de oportunidad en caso de que logre aumentar la potencia —concluyó. Caitlyn asintió.

—De acuerdo. Nos reuniremos más tarde para los ajustes finales, solo búscame.

—Perfecto. —Jayce alzó su vaso como si brindara—. Pero ahora... disfruta.

Caitlyn sonrió, pero en su mente aún pesaba el descubrimiento que habían hecho. Si la máquina funcionaba correctamente, podrían regresar. A casa. A la vida que conocían. Pero... ¿realmente quería irse?

Jayce la sacó de sus pensamientos con una pregunta casual.

—¿Y dónde está Powder? —preguntó. Caitlyn parpadeó. Miró a su alrededor, pero la joven no estaba a la vista.

—No lo sé. Dijo algo sobre hacer... una entrada dramática. O algo así como una "entrada por lo grande" —contó la mayor. Jayce soltó una carcajada.

—Sí, eso suena a ella. Es un encanto.

Caitlyn bajó la mirada. Sus labios se curvaron apenas en una sonrisa fugaz antes de susurrar:

—Sí... lo es.

Y en ese momento, los globos explotaron. Uno tras otro, estallaron en una sincronización perfecta, llenando la sala con un estruendo vibrante y repentino. La gente se sobresaltó; algunos rieron, otros aplaudieron.

Y entonces apareció. Powder emergió de la cortina de globos destrozados, avanzando con una seguridad arrolladora bajo las luces brillantes y los destellos.

Llevaba un vestido blanco, de tela ligera, que caía suavemente sobre su figura con una elegancia inesperada. La chaqueta negra sobre sus hombros contrastaba con el blanco puro del vestido, dándole un aire rebelde y sofisticado al mismo tiempo.

Caitlyn sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. Era hermosa. Tan hermosa que, por un momento, olvidó dónde estaba. Olvidó el ruido, la gente, la música. Solo la veía a ella.

Powder sonrió, y aquella sonrisa le iluminó el rostro de una manera casi peligrosa.

Notita: Holi Es hora de reproducir la canción para el baile: "Born with a Broken Heart" de Damiano David. ¡Disfrútalo!

La música cambió. El ritmo frenético se transformó en algo más pausado, más íntimo. Y Caitlyn, como si algo invisible la empujara, comenzó a caminar hacia ella. No pensó en nada más, solo se dejó llevar, avanzando hasta quedar frente a la chica de cabello celeste.

—Tú... luces... am... muy... —La sheriff intentó hablar, pero las palabras no salieron, y eso la hizo sentirse como una estúpida colegiala.

—Hermosa. Lo sé, cariño.

Cuando Caitlyn llegó completamente a su lado, Powder le tendió la mano con naturalidad, como si supiera que ella iría. Como si la hubiera estado esperando. La sheriff no dudó en tomarla. La piel de la menor estaba tibia contra la suya. Y entonces comenzaron a moverse.

Powder giró suavemente sobre su eje, guiando a Caitlyn con un movimiento fluido. Sus cuerpos se deslizaron por la pista con una sincronización perfecta, como si hubieran ensayado este baile mil veces antes.

Caitlyn se permitió sonreír. El mundo alrededor se desvaneció. Solo estaban ellas dos. Powder la miró con esos ojos llenos de chispa, traviesos y encantadores. La mayor sintió una punzada en el pecho y solo pudo aferrarse más a la cintura de la otra, con miedo de soltarla.

—¿Dónde aprendiste a bailar así? —preguntó la más alta con una sonrisa que se le escapó sin querer.

—No lo sé. Yo solo te estoy siguiendo el ritmo —respondió Caitlyn, contagiada por la sonrisa de Powder. La más joven soltó una risa ligera.

Sus pasos eran ligeros, casi etéreos. Powder movía las caderas con gracia, alejándose y acercándose con una facilidad innata, jugando con el ritmo y con la distancia entre ambas. Caitlyn no pudo evitarlo. Se dejó llevar.

Giró a Powder con delicadeza y, cuando ella volvió a su lado, sintió su respiración cerca, demasiado cerca. Su corazón latía con fuerza. Pero no se detuvieron. La música seguía envolviéndolas, y ellas continuaron bailando, girando, riendo.

Y entonces, Powder la atrapó. Con un movimiento inesperado, la sostuvo por la cintura y la inclinó levemente hacia atrás. Caitlyn sintió la adrenalina recorrerle la espalda, pero confió en ella.

La chica sonrió desde muy cerca.

—Confía en mí, Lyn. Jamás te dejaría caer —susurró. Un escalofrío recorrió la nuca de Caitlyn.

Cuando la canción alcanzó su punto álgido, Powder la giró una última vez antes de sostenerla con firmeza. Ambas quedaron quietas por un segundo, respirando agitadas, mirándose como si el mundo entero dependiera de ese instante.

Caitlyn sintió que se ahogaba en esos ojos.

Y entonces, la música terminó. El público estalló en aplausos y vítores, pero Caitlyn apenas los escuchó. Porque lo único en lo que podía pensar era en lo bien que se sentía estar así: cerca de Powder, sintiendo su calor, su energía, su esencia.

Cuando finalmente se separaron, Caitlyn respiró hondo e intentó recuperar la compostura. Tomó la mano de Powder y la guió fuera de la pista. Sus dedos aún entrelazados.

—Eres... buena en esto —admitió Caitlyn.

—Por supuesto que lo soy —respondió Powder con una sonrisa arrogante. Caitlyn rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír también.

—Vamos. Te invito algo.

—¿Es esa la Caitlyn que conozco saliendo a la luz? —bromeó Powder, arrancándole una mueca a la sheriff—. Te extrañé, cariño.

—Cállate —la cortó burlona.

La llevó a la barra, donde pidió dos bebidas. Powder aceptó la suya con una expresión satisfecha, dándole un sorbo mientras la miraba de reojo. Entonces, de repente, su sonrisa se amplió.

—¿Sabes qué? —dijo con un brillo travieso en los ojos—. Deberíamos subir a la azotea.

—¿A la azotea? —Caitlyn arqueó una ceja.

—Sí. Hay un lugar al que quiero ir. Bueno, el lugar al que siempre vamos. —Powder le guiñó un ojo, pero Caitlyn parecía confundida.

—¿A dónde siempre vamos?

—Exacto.

Sin darle oportunidad de negarse, Powder tomó su mano y la arrastró con ella. Aún con las bebidas en mano, se perdieron entre la multitud, dirigiéndose hacia su destino secreto.

El aire estaba cargado de electricidad. Caitlyn no podía evitar pensar que lo que fuera a suceder sería... inolvidable.

Subieron las escaleras con pasos tranquilos, sus siluetas alargándose con la luz tenue que provenía del interior de la fiesta. Cada escalón crujía bajo sus botas, pero a Caitlyn no le importó. De alguna manera, aquel sonido le pareció acogedor.

La música quedaba atrás, las voces se apagaban, y lo único que permanecía era el murmullo del viento al colarse por las grietas de los edificios.

Cuando llegaron a la azotea, Caitlyn se detuvo.

El panorama era impresionante: Piltover y Zaun se extendían bajo un cielo profundo y oscuro, salpicado de estrellas. Los faroles y las luces de neón titilaban en la lejanía, reflejándose en los charcos que las recientes lluvias habían dejado en las calles. Piltover resplandecía con su pulcritud y simetría, pero era Zaun lo que atrapaba la mirada de Caitlyn.

El Subsuelo, con su caos orgánico y su vida vibrante, se desplegaba en un mosaico de colores y sombras. Desde esta altura, la ciudad no parecía peligrosa ni inhóspita. Se veía viva, palpitante, como si en cada rincón hubiera una historia esperando ser contada.

—Últimamente entiendo por qué te gusta tanto venir aquí. Tienes razón, son ambas caras de la moneda —murmuró Powder a su lado, con una sonrisa satisfecha.

Caitlyn giró el rostro hacia ella. Powder tenía los brazos cruzados, con su chaqueta abierta por la brisa fría. Su cabello celeste se agitaba con el viento, y en su expresión había una mezcla de orgullo y nostalgia.

—Es... hermoso —admitió Caitlyn, con la voz más suave de lo que esperaba. Powder río con ligereza.

—Oh, ¿así que ahora Zaun es hermoso? Hace unas horas decías que era un desastre. Saliste corriendo como si hubieses visto un fantasma, dejándome atrás.

Caitlyn suspiró con diversión al recordar las horas anteriores. Todo había sucedido tan rápido, tan espontáneamente. Ahora estaba en una azotea con una hermosa chica que, aunque no podía recordarlo, sabía en el fondo que era su novia.

—Tal vez me equivoqué —murmuró. Powder ladeó la cabeza y la observó con interés.

—Vaya, la sheriff admite que se equivocó. Esto es un evento histórico.

Caitlyn le dio un leve codazo en el brazo, y Powder se río, encantada con la reacción. Su mirada volvió al cielo estrellado, pero la de Caitlyn... La de Caitlyn seguía fija en ella, admirándola como si fuese una piedra preciosa.

Se quedaron en silencio unos segundos. La brisa sopló con más fuerza, trayendo consigo el aroma de la ciudad: el metal oxidado, la humedad de las alcantarillas, pero también el dulce perfume de alguna flor que crecía entre los escombros. Powder se frotó los brazos sobre su chaqueta, disimuladamente, pero Caitlyn lo notó.

Sin pensarlo demasiado, se quitó su abrigo y lo colocó sobre los hombros de Powder.

—Toma —ofreció. Powder bajó la mirada al abrigo, luego a Caitlyn, con una expresión de sorpresa genuina.

—¿Y tú qué harás? ¿Congelarte en nombre del heroísmo? —se burló. Caitlyn sonrió de lado.

—Soporto bien el frío.

Powder la miró por unos segundos, como si evaluara si debía devolverle el abrigo, pero finalmente suspiró y se acomodó en él.

—Gracias, Sombrerotes.

—No me llames así.

—Oh, pero lo haré. Me gusta ver tu cara de indignación.

Caitlyn negó con la cabeza, con una sonrisa resignada. Se apoyó en el borde de la azotea, contemplando la vista. Sus ojos viajaron por todos los rincones de la ciudad hasta detenerse en el rostro de Powder, en los pequeños lunares que apenas se distinguían.

—Te prometo que nunca olvidaré esto —susurró de repente, sin pensar. Powder se giró hacia ella, con una pequeña sonrisa en los labios.

—Más te vale que no.

La brisa pareció detenerse por un momento. Powder la miró con intensidad, sus ojos fijos en los celestes de Caitlyn antes de bajar lentamente a sus labios entreabiertos. La sheriff notó la suave sonrisa en el rostro de la menor, y luego, sin vacilar, Powder acortó la distancia entre ellas.

Caitlyn sintió un nudo en el estómago. Powder estaba acercándose, sus labios a punto de rozar los suyos con una suavidad casi temerosa. No había agresividad en su avance, solo un anhelo silencioso, un deseo contenido que por fin se atrevía a mostrarse.

Pero la mayor se echó hacia atrás, apenas un susurro de movimiento. La mirada de Powder cambió al instante. La sorpresa se transformó en confusión, y luego en una disculpa muda.

—Lo siento... —murmuró, apartando la vista, con la voz temblorosa. Caitlyn sintió una punzada en el pecho.

—No, no tienes que disculparte. Es mi culpa.

Hubo un silencio entre ellas, denso pero frágil. Caitlyn bajó la mirada, debatiéndose con sus propios pensamientos. No era que no quisiera besarla. Dios, todo en ella gritaba que lo hiciera. Pero había algo dentro de su mente, una barrera invisible que no lograba atravesar.

Quizá, solo quizá, quería que fuese especial.

—¿Crees que podamos hacer como si fuese la primera vez? —preguntó en un susurro.

Powder la miró fijamente. Su respiración era lenta, controlada, pero en sus ojos se veía el eco de tantas emociones contenidas. Luego, con delicadeza, levantó una mano y la deslizó por la mejilla de Caitlyn, su pulgar trazando un camino cálido sobre su piel.

—Claro —susurró.

Poco a poco se acercó, sus ojos fijos en los de Caitlyn, sus narices rozándose y sus labios acariciándose entre sí. Y esta vez, cuando sus labios se encontraron, Caitlyn no se apartó.

El beso fue suave, lento, lleno de una ternura que le hizo olvidar todo lo demás. Fue como encajar en un recuerdo que nunca había sabido que existía.

Como si, de alguna manera, su cuerpo ya supiera lo que era besar a Powder, como si esa sensación hubiera estado en ella desde siempre.

Por un momento alargó el beso unos minutos más, sus labios moviéndose sobre los de la menor como si conociera ese terreno desde siempre, y si así era, solo podía sentirse más agradecida. Sus manos bajaron hasta la espalda baja de la peli celeste, atrayéndola más hacia ella.

Cuando Powder se separó un poco, Caitlyn sintió su nombre en la punta de la lengua antes de pronunciarlo sin pensar.

Jinx... digo, Powder... lo siento —soltó de repente. La mencionada parpadeó, y luego, una sonrisa divertida curvó sus labios.

—No, llámame así si gustas. Veo que recuerdas mi historia de la última noche —comentó. Caitlyn frunció el ceño suavemente.

—¿Qué historia?

Powder se recargó en el borde de la azotea, observándola con una chispa en los ojos. Una sonrisa creció en su rostro y, como todas las de esa noche, Caitlyn se perdió en ella, en lo hermosa que era.

—Aquella noche, cuando estábamos a punto de dormir, te conté que, cuando era pequeña, no jugaba a ser una superheroína como los demás niños. Jugaba a ser una supervillana. Me llamaba Jinx.

Caitlyn parpadeó, dejando que la memoria intentara encajar en su mente. No lo recordaba, pero algo en ella resonó con esas palabras. Entonces, en lugar de responder, simplemente sonrió. Y volvió a besarla.

Esta vez, con la certeza de que no quería volver a detenerse. Porque, en ese momento, lo único que importaba era lo que sentía en su pecho. Esa calidez inexplicable que, de alguna forma u otra, la estaba matando, pero, al mismo tiempo, la hacía sentir tan, pero tan viva.

La besó con amor, con ternura, con anhelo, incluso con deseo. Las manos de Powder en sus mejillas, y las suyas en la espalda baja de la menor. Era puro, era casi... religioso, poético; no quería que jamás acabara.

Pero lo hizo. Como todo, tenía que hacerlo. Una sonrisa creciendo en ambos rostros. La mayor se inclinó hacia la chica y la atrajo hacia sí para abrazarla. Solo se quedaron así, abrazadas una a la otra, viendo el fondo de la ciudad frente a ellas.

La brisa nocturna soplaba con suavidad sobre la azotea, enredando los cabellos de ambas. Ninguna dijo nada por un momento; simplemente sintieron el calor mutuo, con los brazos rodeando a la otra en un abrazo que se sentía como un refugio.

La ciudad seguía brillando a sus pies, pero Caitlyn ya no la miraba. Su mundo se reducía a la persona que tenía entre sus brazos, a la sensación de su respiración contra su cuello, al peso ligero de su cuerpo recargado contra el suyo.

Y entonces, Powder rompió el silencio con una observación que nadie esperaría en un momento así.

—Cait... ¿estás viendo eso?

Caitlyn pestañeó y levantó la mirada, siguiendo la dirección en la que Powder apuntaba con el dedo. Al otro lado de la azotea, un gato callejero intentaba desesperadamente meterse en una caja que claramente era demasiado pequeña para él. Se revolvía, metiendo primero la cabeza, luego sacándola, girando en círculos antes de intentarlo de nuevo con un esfuerzo aún más ridículo.

Powder soltó una carcajada tan repentina y genuina que contagió a Caitlyn de inmediato.

—Por Dios... —la sheriff se cubrió la boca con la mano, tratando de contenerse, pero no pudo evitar reírse junto a ella—. Es el peor ladrón de cajas que he visto en mi vida.

—Es perseverante —se burló Powder, limpiándose una lágrima del rabillo del ojo—. Pero es estúpido.

—Me recuerda a alguien... —se burló Caitlyn. Powder le lanzó una mirada de falsa indignación.

—¿Disculpa?

—Nada, nada —respondió Caitlyn con una sonrisa juguetona, estrechándola un poco más entre sus brazos.

Seguían riendo cuando la puerta de la azotea se abrió de golpe con un crujido estridente, interrumpiendo el momento. Ambas se giraron al instante, y Caitlyn sintió su corazón dar un brinco al ver a Ekko en el umbral, respirando agitadamente, con el rostro ligeramente perlado de sudor.

—Lo siento... —se disculpó alzando las manos—. Las he estado buscando por todas partes, pero luego escuché risas aquí arriba y pensé que tal vez eran ustedes. ¡Qué bueno que lo eran! Habría sido muy vergonzoso interrumpir a cualquier otra pareja.

—Bien por ti entonces, ¿para qué nos buscabas, genio? —Powder bufó, cruzándose de brazos. Ekko enderezó la espalda, recuperando la compostura.

—Caitlyn, Jayce te está buscando. Dice que es urgente.

El aire se volvió un poco más denso de inmediato. Caitlyn sintió un pequeño escalofrío recorrer su espalda, una sensación de inquietud asentándose en su pecho.

—¿Dónde está? —preguntó, frunciendo el ceño.

—En el laboratorio. Parece que tiene que ver con la máquina.

Caitlyn asintió con lentitud, sus pensamientos comenzando a correr más rápido de lo que quería. Se giró hacia Powder y le dedicó una mirada indecisa antes de acariciarle la mejilla con ternura.

—¿Crees que puedas esperarme mientras voy? —preguntó. Powder le sonrió con suavidad, asintiendo.

—Claro. Te esperaré abajo con los chicos, cielo.

Caitlyn sintió un leve alivio al escucharla. Se inclinó ligeramente, dejando un fugaz beso en la mejilla de Powder antes de apartarse y empezar a bajar las escaleras.

—¡No tardes mucho, Sombrerotes!

—No lo haré —respondió Caitlyn sin voltear, desapareciendo rápidamente por la puerta con una sonrisa en el rostro.

La mayor corrió a través de los pasillos, esquivando personas y tomando atajos entre el bullicio. En su mente, la palabra "máquina" resonaba una y otra vez, un recordatorio ineludible de que todo esto tenía una fecha de caducidad.

Todo el camino hasta llegar, solo una cosa estuvo en su mente: Powder, el momento que dejaba atrás con ella y lo íntimo que había sido. El perfume de la menor aún impregnaba su piel, y podía sentir el sabor a fresa del labial en sus labios. Sonrió casi por inercia, pero cuando llegó al laboratorio, se detuvo en seco.

Jayce estaba de pie frente a la máquina, observándola con una expresión tensa. El aparato chisporroteaba levemente, como si estuviera a punto de encenderse en cualquier momento. A su alrededor, los paneles de energía titilaban, indicando que ya casi estaba listo. Caitlyn se acercó, su corazón latiendo con fuerza.

—Jayce... ¿Qué está pasando? —preguntó. Él se giró hacia ella, con una mirada que reflejaba demasiadas emociones al mismo tiempo.

—Lo logré, Cait. La máquina está casi lista. Conseguí la potencia suficiente para que nos envíe de vuelta a casa. —explicó. Caitlyn sintió un nudo en la garganta.

—Eso... debería ser bueno, ¿no? —cuestionó, insegura. Jayce suspiró, pasándose una mano por el cabello.

—Sí... pero, Caitlyn, tengo que hablar contigo.

La manera en la que lo dijo le provocó un escalofrío. Y ella sabía muy bien sobre qué era esa conversación, pero no quería admitirlo, no quería... escucharlo.

—¿Sobre qué?

Jayce se tomó un momento antes de responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más pesada de lo habitual.

—Todo esto... todo lo que hemos vivido aquí, es cálido. Es reconfortante. Tenemos amigos, parejas... este mundo es mil veces mejor que donde estamos. Siento que, si nos quedamos aquí, nadie nos juzgaría.

Caitlyn sintió que algo dentro de ella se retorcía con dolor. Las palabras de Jayce no eran falsas. Esto era mejor. Su mente la bombardeó con recuerdos: la risa de Powder, la calidez de sus abrazos, la sensación de seguridad que sentía cuando estaba a su lado.

Pero también vinieron otros recuerdos, aquellos que no pertenecían a este mundo. Vi, Piltover, la responsabilidad que ambos tenían allá. Finalmente, inhaló profundamente y habló con firmeza.

—Tienes razón, Jayce. Esto es hermoso. Pero no podemos hacerle esto a nuestra gente. Este no es nuestro universo. No somos los verdaderos "Jayce y Caitlyn" de aquí. Estamos en sus cuerpos momentáneamente, pero nuestra responsabilidad sigue siendo con nuestro hogar. Hay personas que nos necesitan.

Jayce cerró los ojos por un momento y luego asintió con resignación. Incluso él sabía que era cierto, pero tal vez pensó que su amiga habría llegado a enamorarse tan profundamente de todo como él lo hizo, aún más de aquellas personas que decían amarlos.

—Tienes razón —respondió. Se quedó en silencio por un instante, luego miró la máquina y tomó una decisión—. Pondré una cuenta regresiva de 15 minutos. Es lo máximo que podemos permitirnos. 15 minutos para despedirnos.

Caitlyn sintió que su pecho se encogía.

—¿15 minutos? —repitió. Jayce asintió con firmeza.

—Ve y despídete de ella. Te veo aquí en exactamente 15 minutos, Cait. Ni un segundo más, ni un segundo menos.

—Hecho.

Caitlyn sintió que algo dentro de ella dolía demasiado, pero asintió, girándose de inmediato. Salió corriendo del laboratorio con un solo pensamiento en mente: despedirse de Powder. Hacer que estos últimos minutos juntas fueran inolvidables. Y con cada paso que daba, sentía que el tiempo corría más rápido de lo que podía soportar.

El suelo de la Sociedad del Tiempo retumbaba bajo sus botas; el sonido de la música y las risas se mezclaba con el rugido sordo de la desesperación en su pecho. Su mirada se movía frenética entre los rostros de la multitud, buscando una melena celeste, una sonrisa tierna, un par de ojos brillantes que la miraran con esa chispa dulce que tanto había llegado a amar.

Pero no estaba. Un nudo se formó en su garganta.

—¿Dónde está? —murmuró para sí, dando otra vuelta por la pista de baile.

Powder no podía haberse ido. No sin despedirse. Se giró bruscamente y vio a Claggor y Mylo apoyados contra la pared, bebiendo con aire despreocupado. Se abrió paso entre la gente hasta ellos, su corazón latiendo con furia.

—¿Han visto a Powder? —preguntó, su voz apenas un hilo de urgencia. Claggor ladeó la cabeza, pensativo.

—Sí... creo que salió. Dijo que tomaría aire y fumaría un cigarrillo antes de esperarte.

Caitlyn sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No dudó ni un segundo antes de salir corriendo.

El aire nocturno la envolvió al cruzar la puerta. El sonido de la fiesta quedó atrás, amortiguado por el silencio de la ciudad. El cielo estaba despejado, la luna brillaba con una intensidad casi dolorosa.

Y entonces la vio.

Powder estaba de espaldas, apoyada contra una barandilla, con la postura relajada de alguien que no tiene prisa por ir a ninguna parte. Un cigarrillo descansaba entre sus labios, el humo ascendiendo en espirales perezosas hacia la noche.

Por un instante, Caitlyn no pudo moverse. Ahí estaba. Tan hermosa, tan real.

El peso de la verdad cayó sobre ella como un golpe seco. En pocos minutos, todo esto desaparecería. Powder quedaría atrás. Esta noche quedaría atrás. Ella quedaría atrás.

—Oh, volviste —dijo Powder sin girarse, soltando el humo con una sonrisa—. Fiel, ¿no?

Caitlyn sintió su corazón romperse. No respondió. No podía. Dio un paso adelante, y luego otro, hasta que cerró la distancia entre ellas y, sin previo aviso, la abrazó.

La envolvió con toda la fuerza de su ser, aferrándose como si al soltarla fuera a desvanecerse. Sus manos recorrieron la espalda de la más baja, aferrándola más a su pecho con necesidad. Powder se tensó por un instante.

—¿Eh? ¿Estás bien? —murmuró, sorprendida.

Caitlyn cerró los ojos con fuerza, inclinándose y hundiendo el rostro en su cuello, respirando su aroma a pintura fresca y fresas.

—Sí... solo... solo déjame hacerlo.

—¿Dejarte? Bien señora rara... Yo siempre pienso que para dar un paso hacia adelante tienes que dejar algo atrás, ¿no? Solo nunca me dejes a mí. No te lo dejaré tan fácil —la molestó la peliceleste con una risa, tratando de animarla.

Caitlyn no se movió, solo se aferró más. Powder titubeó, pero no se apartó. Al contrario, dejó escapar un suspiro y deslizó los brazos alrededor de su cintura, correspondiendo al abrazo con una calidez que la sheriff no sabía cuánto había necesitado hasta ahora.

Su pecho dolía. Dolía porque no podía decirle la verdad. Porque tenía que dejarla sin que lo supiera. Porque en cuanto el tiempo se acabara, todo esto sería solo un recuerdo.

Y Powder jamás lo entendería. Así que Caitlyn hizo lo único que podía hacer... se aferró más fuerte.

—Oye... —susurró Powder después de un momento—. ¿Desde cuándo te pones tan sentimental?

—Desde ahora, supongo. —Caitlyn soltó una risa temblorosa.

Powder se apartó apenas para mirarla a los ojos. La expresión en su rostro era suave, aunque un leve ceño fruncido delataba su confusión. Posó una mano en su mejilla y la acarició con ternura.

—No te entiendo, Lyn. —dijo. Caitlyn tragó en seco.

—No hace falta.

Llevó una mano a su rostro y acarició su mejilla con los dedos. Powder ladeó la cabeza como un cachorro curioso, dejando que la caricia se prolongara.

Caitlyn la miró. Grabó en su memoria cada detalle: el tono de su piel bajo la luz de la luna, la forma en que su cabello caía sobre su frente, el brillo de sus ojos, cargados de una vida que, en su mundo, se había apagado hacía mucho.

—Eres hermosa —susurró sin darse cuenta. Powder alzó una ceja, divertida.

—¿Y tú desde cuándo dices cosas así? Ya en serio, ¿por qué tan cursi de repente?

—Desde siempre. Solo que no lo sabías, cariño. —Le sonrió con seguridad por primera vez en la noche. Powder río suavemente, y Caitlyn sintió que le faltaba el aire.

Cinco minutos. Sus ojos bajaron a sus manos, esas mismas que habían disparado balas en su mundo hacia Jinx, esas mismas que ahora solo querían sostener a Powder una última vez. Las tomó entre las suyas y las besó con ternura, como si fueran lo más sagrado del universo.

—Gracias por esta noche —murmuró, su voz temblando con el peso de las palabras—. Te juro que es la mejor noche que he tenido en toda mi vida. —confesó. Powder parpadeó.

—¿Por qué suenas como si estuvieras despidiéndote? —preguntó. Caitlyn sonrió con tristeza.

—Porque quiero recordarla para siempre. —respondió. Powder abrió la boca para replicar, pero Caitlyn no la dejó.

Se inclinó y la besó. Fue un beso desesperado y lento, como si con él pudiera sellar este momento en el tiempo. Sus labios encajaron con los de Powder como si estuvieran hechos para ello, con la urgencia de alguien que está perdiendo lo único que ama.

Powder se aferró a su camisa, respondiendo con una pasión despreocupada, sin saber que este beso era una despedida.

Tres minutos. Cuando Caitlyn se separó, su respiración era entrecortada. Acarició su mejilla una vez más y apoyó su frente contra la de Powder.

—Tengo que irme —susurró. Powder frunció el ceño.

—¿A dónde?

Caitlyn no respondió. Solo la miró una última vez, con toda la tristeza del mundo en sus ojos. Dos minutos.

—Te encontraré después. Lo prometo. —respondió. Powder ladeó la cabeza, confundida.

—Siempre tienes que sonar tan misteriosa, ¿eh? —cuestionó la menor, burlona. Caitlyn sonrió débilmente, pero no dijo nada más.

Solo contigo.

Se giró y corrió. Cada paso era un adiós. Cada latido era un "te amo" que nunca podría decir.

Cuando llegó al laboratorio, Jayce la esperaba, su rostro cubierto de sudor. La máquina chisporroteaba detrás de él, los cables vibraban con la energía acumulada.

—¿Estás lista para volver a casa? —cuestionó. Caitlyn apretó los puños.

Se obligó a mirar hacia adelante, a no voltear, porque sabía que si lo hacía, no podría irse. Sabía que su hogar ya no era su hogar. Que su corazón se había quedado atrás. Cerró los ojos, tragándose el dolor... y asintió.

El lugar en sí era un caos de cables chisporroteantes y pantallas que parpadeaban con urgencia. Jayce se movía con precisión quirúrgica entre los controles, ajustando diales y verificando lecturas con el ceño fruncido. Sus dedos bailaban sobre el panel de mando, cada movimiento cargado de concentración.

—Las coordenadas están fijadas —murmuró sin apartar la vista de la pantalla—. Pero tenemos un margen de error de... seis milisegundos.

—Eso es suficiente. —Caitlyn se acercó, su respiración aún entrecortada por la carrera. Jayce resopló.

—¿Suficiente? No me hagas reír. Estamos a punto de colapsar dos líneas temporales con una tecnología que apenas entendemos. Un margen de error de seis milisegundos podría significar que aparecemos fusionados con una pared.

—Si sincronizamos el flujo de energía con la fluctuación gravitacional de la fisura, podríamos reducir ese margen. —Caitlyn ignoró su pesimismo y se inclinó sobre el panel, revisando la interfaz. Jayce la miró de reojo.

—Sabes que eso solo funciona en teoría, ¿verdad?

—Lo sé —respondió Caitlyn, girando una perilla con decisión—. Pero es mejor que nada.

Un zumbido llenó la habitación cuando la máquina comenzó a activarse por completo. Las luces parpadearon, proyectando sombras erráticas en las paredes. Una enorme estructura circular en el centro del laboratorio empezó a girar lentamente, emitiendo un sonido grave y reverberante. La vibración del suelo se intensificó, como si el espacio mismo estuviera conteniéndose antes de soltar un rugido.

Jayce tecleó un comando final, y la pantalla central emitió un pitido.

—Cuatro segundos —dijo, con voz tensa—. Cuatro segundos desde el momento en que activemos la máquina hasta que nos absorba. —explicó. Caitlyn tragó en seco.

—¿Podemos asegurarnos de que nadie lo note? —preguntó. Jayce ajustó una serie de parámetros.

—El proceso genera una breve distorsión electromagnética, pero he calibrado los sensores para enmascararla como una fluctuación común. Nadie lo notará hasta que ya no estemos aquí.

Caitlyn asintió, aunque una parte de ella aún temblaba. No por miedo a la máquina, ni al viaje en sí. Por lo que estaba dejando atrás.

—Es ahora o nunca —avisó Jayce, colocando su mano sobre la palanca de activación.

Caitlyn respiró hondo y dio un último vistazo a la puerta del laboratorio. No había marcha atrás. La máquina rugió, y no pudo siquiera reaccionar antes de sentir aquel tirón.

Una fuerza invisible los levantó del suelo de inmediato, atrapándolos en un campo de energía que vibraba con una intensidad insoportable. Caitlyn sintió un tirón en cada célula de su cuerpo, como si estuviera siendo despedazada y reconstruida en la misma fracción de segundo.

Jayce gritó algo, pero el sonido se distorsionó en sus oídos. El espacio a su alrededor se estiró y contrajo, como si el mundo mismo estuviera parpadeando. Su visión se tornó borrosa, y las luces del laboratorio se deformaron en haces de color blanco y azul.

Entonces lo vio. A través de la distorsión, vio su propio cuerpo en el suelo. Su otro yo.

La Caitlyn de este universo estaba desmayada, su cabello oscuro desparramado sobre las frías baldosas. Su pecho subía y bajaba lentamente, como si estuviera en un sueño profundo. Lo mismo ocurría con Jayce. Ambos estaban allí, inconscientes, como si la realidad estuviera acomodándose, reparando la anomalía de dos versiones de sí mismos coexistiendo en el mismo punto.

Caitlyn sintió un escalofrío. Esto era real. Estaban a punto de irse. Pero entonces, la puerta se abrió de golpe, y, de todas las personas en el mundo, la sheriff deseó que no fuese ella. Peor aún: lo era. Powder irrumpió en la habitación, con el rostro pálido y el aliento agitado.

—¡Caitlyn! —gritó, corriendo hasta la figura desmayada en el suelo—. ¡Cait, despierta!

La desesperación en su voz golpeó el pecho de Caitlyn.  La vio caer de rodillas junto a su otro yo, sacudiéndola con urgencia. Sus manos temblaban, y sus ojos azules brillaban con pánico.

—No... no, no, no. No me hagas esto —susurró Powder, su voz quebrándose—. Despierta. ¿Qué carajos pasó?

Caitlyn sintió un nudo en la garganta. Ella no sabía. No sabía que la Caitlyn que había amado durante esa noche, la que había besado bajo la luna, no era la misma que ahora yacía inconsciente en el suelo.

Y nunca lo sabría.

La sheriff quiso moverse, decir algo, pero sus pies no tocaban el suelo. La máquina la mantenía suspendida en el aire, su cuerpo a punto de desvanecerse en el tiempo.

Entonces, Powder levantó la vista. Y la vio; sus ojos se encontraron. Caitlyn sintió que el mundo se detenía.

—¿Lyn...?

Powder la miraba con una mezcla de confusión y admiración. No la reconocía. No podía hacerlo. Pero algo en su expresión delataba que, en algún nivel, en lo más profundo de su ser, sabía que algo importante estaba ocurriendo.

Caitlyn tragó saliva. No podía quedarse. No podía explicarlo. Así que solo sonrió, suave y melancólica, y levantó una mano en un gesto de despedida. Powder entreabrió los labios, como si fuera a preguntar algo. Pero no tuvo tiempo.

El mundo se apagó, y con él, también aquella luz que Caitlyn tuvo en su vida solo por un día.

Un tirón abrumador la arrastró a través del espacio-tiempo. Su cuerpo fue lanzado a través de la nada, girando y deslizándose en un torbellino de luz. Sintió que caía. Y luego...

El suelo de Piltover la recibió con violencia.

Caitlyn jadeó, su respiración errática. El aire era pesado, lleno del olor a humo y metal fundido. Se obligó a levantar la vista. La ciudad estaba igual. Explosiones lejanas iluminaban el horizonte, y el sonido de disparos resonaba en la distancia. La guerra no había terminado.

Jayce, a su lado, se incorporó con dificultad y la miró con preocupación.

—¿Cait? —preguntó. Caitlyn no respondió de inmediato.

Su mente aún estaba en Zaun. Aún veía el rostro de Powder, aún escuchaba su voz llamándola. Pero ya no había marcha atrás. Inspiró hondo, sintiendo el peso de su decisión asentarse en su pecho. Se puso de pie con la determinación grabada en su mirada.

Había dejado algo atrás. Y ahora, tenía que seguir adelante.

"A veces... para dar un paso hacia adelante, tienes que dejar algo atrás, ¿no?"

Dedicatoria personalizada:

"Los amores que fueron, porque aunque se hayan ido, dejaron palabras que aún saben quedarse"

...

Nota de la AutoraY bueno, esto ha sido el primer capítulo, la primera historia de esta recopilación. Son historias que en su momento escribí para lectores de mi Patreon a su petición y me han otorgado el permiso de compartirlas. ¡Nos vemos la próxima en un nuevo universo, no olviden votar!