Chapter Text
El baño está casi vacío cuando entro, lo cual ya es raro a esta hora, pero no me quejo. Prefiero eso a tener que aguantar gente hablando demasiado fuerte o creyéndose graciosos frente al espejo. Dejo la mochila en el borde del lavabo y me quedo ahí un momento, apoyando las manos, mirándome sin demasiado interés, solo perdiendo tiempo antes de regresar al salón.
No necesito que nadie me diga que hoy va a ser incómodo. Se siente desde antes.
La puerta se abre detrás de mí y no volteo. No hace falta. Reconozco el tono antes que las palabras.
—Hoy sí vino sin su niñera.
Exhalo por la nariz, lento, sin girarme todavía.
—Qué novedad.
Las risas llegan, pero no les doy más de lo necesario. Levanto la mirada hacia el espejo y los veo por el reflejo. Uno de ellos se acerca más de la cuenta, invadiendo espacio como si eso fuera a provocar algo.
—¿Y tu amigo?
Ahora sí giro un poco la cabeza, lo suficiente para mirarlo directo, sin moverme del lugar.
—Tiene cosas que hacer.
No explico más. No lo necesita.
Hay un segundo de silencio, breve, casi inexistente. Y entonces su mano se mueve rápido, directo a mi bolsillo. Apenas alcanzo a reaccionar cuando ya tiene el dinero en la mano.
—Oye —digo, tarde.
Me mira. No habla. Se queda ahí un instante, como esperando que haga algo, que reaccione, que le dé una razón para seguir.
No lo hago.
Sostengo la mirada sin moverme, sin cambiar la expresión, sin darle nada.
Chasquea la lengua, aburrido, y se da la vuelta como si no hubiera valido la pena. Los otros lo siguen sin decir mucho, y en unos segundos ya no están. La puerta se cierra y el ruido del pasillo vuelve a colarse como si nada hubiera pasado.
Me quedo ahí un momento más, viendo mi reflejo, con la misma expresión de siempre.
—Ajá… sé más idiota —murmuro, bajo.
Tomo la mochila y salgo del baño sin prisa.
Salgo del baño sin prisa, como si no hubiera pasado nada, con la mochila colgando de un solo hombro y esa sensación de fastidio todavía pegada, no por lo que hicieron, sino por lo predecible que es todo. El ruido del pasillo me envuelve apenas cruzo la puerta, voces que se enciman, pasos que no se detienen, gente moviéndose como si siempre estuviera llegando tarde a algo, y por un momento me limito a seguir caminando entre ellos sin pensar demasiado, hasta que saco el celular casi por inercia y veo el mensaje.
Es Noth.
No tengo que abrirlo para saber qué va a decir, pero aun así lo hago.
Noth: No voy a ir. Me dio flojera levantarme.
Resoplo, negando ligeramente con la cabeza mientras sigo avanzando, esquivando a un par que pasan demasiado cerca.
Phuwin: Eres un idiota. Teníamos que entregar eso hoy.
No tarda nada en contestar.
Noth: Invéntate algo. Eres bueno para eso.
Ruedo los ojos, sin detenerme.
Phuwin: Sí, claro. Y cuando me bajen puntos, te los paso también, ¿no?
Noth: Trabajo en equipo.
Suelto aire por la nariz, una risa breve que no termino de sostener.
Phuwin: Ojalá te reprueben por flojo.
Noth: No me digas eso, me duele.
Estoy por guardar el celular cuando aparece otro mensaje.
Noth: Cuidado hoy.
Ahí sí levanto la vista, sin dejar de caminar. El pasillo sigue igual, las mismas caras, los mismos grupos, las mismas miradas que a veces duran un poco más de lo necesario. No es algo nuevo, solo es… constante.
Aprieto el celular un segundo.
Phuwin: No soy inútil.
La respuesta tarda un poco más.
Noth: No dije eso.
Phuwin: Pero lo pensaste.
Noth: Un poco.
Resoplo otra vez.
Phuwin: Vete a dormir.
Noth: Ya estoy dormido.
Guardo el celular sin responder más y sigo caminando, acomodándome la mochila mejor sobre el hombro justo cuando suena el timbre y todo cambia de ritmo en un segundo. La gente empieza a moverse más rápido, algunos corren, otros empujan sin querer o queriendo, todos intentando llegar antes de que cierren las puertas, y yo me dejo arrastrar por ese movimiento, avanzando más rápido de lo que me gusta pero sin llegar a correr, repasando mentalmente el salón al que tengo que ir, seguro de que lo sé, de que lo tengo claro, hasta que doblo en la esquina sin frenar del todo y choco con alguien.
El impacto es directo y suficiente para hacerme perder el equilibrio. No alcanzo a sostenerme y termino en el suelo, más sorprendido que lastimado, con la respiración desacomodada por el golpe y la sensación breve de no haber visto venir nada.
—Oye, perdón —dice una voz muy cerca, inmediata—. ¿Te hice daño?
Levanto la vista.
Y lo primero que pienso es eso.
Es guapo.
No lo analizo, no lo busco, simplemente aparece. La camisa clara está ligeramente desordenada por la prisa, el cuello abierto lo suficiente para dejar ver la piel, y es ahí donde me detengo más de lo que debería, porque la piel es limpia, uniforme, sin marcas visibles, como si la luz se quedara ahí un poco más, como si resaltara sin necesidad de hacer nada. Subo la mirada casi sin darme cuenta y entonces están sus ojos, oscuros, enfocados directamente en mí, atentos de una forma que no parece superficial, como si realmente estuviera esperando una respuesta.
—¿Estás bien? —pregunta otra vez, inclinándose un poco más.
No contesto de inmediato. No porque no quiera, sino porque sigo mirando, registrando más de lo necesario.
—Pond, lo tiraste horrible —dice alguien detrás, con prisa—. Se quedó en shock.
Pond.
El nombre se queda junto con todo lo demás.
Él extiende la mano hacia mí.
—Ven, te ayudo.
La tomo. El agarre es firme, pero cuidadoso, no me levanta de golpe sino que me sostiene lo suficiente para que recupere el equilibrio sin volver a caer. Cuando estoy de pie, suelta despacio.
—¿Seguro que estás bien? —insiste—. Si te duele algo, puedo acompañarte.
Niego con la cabeza.
—Estoy bien.
Mi voz sale más baja de lo normal.
Me observa un segundo más, como si estuviera evaluando si creerme o no, y luego sonríe, y aunque no es algo exagerado, sí es suficiente para cambiarle la expresión, para volverla más fácil, más cercana, como si no hubiera ningún esfuerzo en ser así.
—Bueno… perdón por eso —dice—. En serio.
—¡Pond! —lo llaman otra vez—. ¡Van a cerrar!
Dos chicos aparecen detrás de él y lo jalan del brazo sin mucha paciencia. Él se deja llevar con una risa breve.
—Ya voy.
Pero antes de irse, gira la cabeza.
Y me mira otra vez.
No hago nada.
No me muevo.
Solo sostengo la mirada mientras se lo llevan, mientras desaparece entre la gente que sigue moviéndose como si nada hubiera pasado, como si el pasillo no se hubiera detenido un segundo.
Sigo caminando después.
Pero ya no estoy pensando en el salón.
No pienso en eso todo el tiempo.
O eso me digo.
Han pasado tres días y no lo estoy buscando, no estoy preguntando por él, no estoy cambiando rutas ni nada que se parezca a eso, pero igual aparece. No cuando quiero, tampoco cuando estoy haciendo algo específico. Solo se mete. A veces es la voz, no lo que dijo exactamente, sino cómo sonó, como si se quedara un segundo más de lo necesario antes de desaparecer. Otras veces es la cara, pero no completa. Nunca completa. Es la forma de los ojos cuando me miró, o la manera en que cambió cuando sonrió, o la línea de la mandíbula cuando bajó la cabeza. No estoy intentando recordarlo así. Pasa solo. Se acomoda solo. Es… molesto.
Ayer intenté ignorarlo.
No funcionó.
Así que hoy saco una hoja al final de la libreta y empiezo a dibujar, más para callarlo que por otra cosa. No lo hago perfecto, tampoco lo necesito. Empiezo por lo que se queda más claro. Los ojos primero. No me cuesta tanto como debería. Luego bajo un poco, marco la nariz, la boca sin cerrarla del todo, porque no estaba sonriendo completamente. Me detengo un segundo antes de seguir, pero no porque no sepa qué sigue. Sí sé.
—A ver…
Levanto la mirada apenas.
Noth está inclinado sobre mi hombro sin pedir permiso, como siempre.
—¿Ahora qué estás dibujando? —dice, entre curioso y metiche.
Bajo la hoja un poco, lo suficiente para tapar lo que ya está hecho.
—Nada.
—Claro —responde—. Siempre dibujas “nada”.
Intenta ver mejor y muevo la hoja sin hacerlo obvio.
—No te incumbe.
—Déjame ver —insiste, estirando la mano.
Le aparto la mano sin fuerza, pero lo suficiente.
—Copia lo tuyo.
—Qué grosero —dice, pero se ríe—. A ver, déjame adivinar… ¿es alguien?
No contesto.
Sigo dibujando como si no hubiera preguntado nada.
—Sí es alguien —continúa—. Ya vi.
—No viste nada.
—Es una cara —dice—. Bastante decente, por cierto.
Resoplo.
—Gracias por tu análisis tan profundo.
Noth se queda callado un segundo, observando desde donde puede.
—¿Lo conozco?
Ahí sí levanto la mirada.
Lo veo.
—No.
Demasiado rápido.
Él sonríe un poco más.
—Ah, entonces sí.
Ruedo los ojos.
—Estás aburrido.
—Mucho —responde—. Y tú sospechoso.
Doblo la hoja antes de que pueda seguir insistiendo y la guardo entre las páginas de la libreta con más rapidez de la necesaria.
—Ya —dice—. Confirmado. Es alguien.
—Cállate.
Se ríe, satisfecho, y por fin se endereza.
—Luego me cuentas.
Lo ignoro.
Pero ya no sigo dibujando.
En la tarde, cuando llego a la casa, no me sorprende ver cosas fuera de lugar. No es la primera vez que hablan de mudarse. Llevo días escuchándolo a medias, comentarios sueltos, llamadas, nombres de ciudades que no me interesan lo suficiente como para recordarlos.
Chiang Mai ya había salido antes. No es nuevo. Según yo, faltaba tiempo.
Dejo la mochila donde siempre y entro a la cocina. Mi mamá está acomodando cosas que no necesitan acomodarse y mi papá está sentado, pero no está haciendo nada en particular.
—¿Ahora qué pasó? —pregunto, apoyándome en la mesa.
Mi mamá levanta la mirada.
—Tenemos que hablar contigo.
Claro.
Me siento en el pequeño sillón individual.
Mi papá suelta una pequeña risa.
—Es rápido —dice.
Asiento lentamente, por que parece que van a dar la noticia mas preocupante de mi vida.
Cruzo los brazos, esperando.
—Ya nos confirmaron el traslado —dice mi mamá—. Nos vamos a Chiang Mai.
Asiento, sin sorpresa.
—Sí, eso ya lo habian mencionado.
—Sí —continúa—, pero ya tenemos fecha.
—¿Cuándo?— pregunto sin pensarlo.
—La próxima semana.
No digo nada de inmediato.
La próxima semana.
No en meses.
No “luego”.
La próxima semana.
Parpadeo una vez.
—Ah.
Es lo único que sale.
Mi papá asiente, como si eso cerrara algo.
—Fue rápido, pero es una buena oportunidad.
—Sí —repito.
No discuto. No pregunto más. No sirve de nada.
Mi mamá me observa un segundo más de lo normal.
—¿Estás bien?
—Sí.
Más tarde, en mi cuarto, saco la hoja casi sin pensarlo. No hago ruido; no porque alguien vaya a escuchar, sino porque así sale, automático. La desdoblo sobre el escritorio y me quedo mirándola más tiempo del que debería, como si en ese rato fuera a cambiar algo, pero no cambia nada. Es el mismo trazo, las mismas líneas, la misma expresión que dejé hace unas horas. Aun así, no la guardo. No todavía.
Paso el dedo por el borde del papel sin tocar realmente el dibujo, siguiendo la orilla como si eso marcara alguna diferencia. No lo hace. Chiang Mai. La próxima semana. Lo repito en la cabeza, una vez, otra, esperando que en algún punto suene distinto, que se acomode, pero no pasa. Según yo, faltaba tiempo. Meses, mínimo. No esto. No tan rápido.
Exhalo por la nariz, corto, y vuelvo a mirar la hoja, deteniéndome en lo que sí salió bien, evitando lo que no. No debería importar. Ni siquiera lo conozco. No sé nada de él. Ni su nombre completo, ni en qué salón está, ni si lo volvería a ver aunque me quedara aquí. Y aun así, la cara está ahí, sostenida en lo justo: exacta en algunas partes, incompleta en otras, pero suficiente para reconocerla sin esfuerzo.
Doblo la hoja con más cuidado del necesario y la guardo en el cajón, no en la libreta esta vez. Cierro despacio, casi sin hacer ruido, como si alguien fuera a decir algo si lo hago distinto. Me quedo un segundo más frente al escritorio, sin hacer nada, y luego apago la luz.
Me acuesto. Cierro los ojos.
Y aparece otra vez.
No completo. Nunca completo. Primero los ojos, luego la forma en que me miró, después la voz —no las palabras, solo el tono— quedándose un poco más de lo que debería. Resoplo, girando la cabeza contra la almohada.
—Idiota… —murmuro, sin saber bien a quién se lo digo.
No desaparece.
Los días siguientes no cambian nada, en teoría. Sigo entrando a clase a tiempo, entregando lo que piden, respondiendo cuando me hablan como si realmente me interesara todo lo que dicen, asentando en los momentos correctos, siendo exactamente el tipo de alumno que esperan. Nadie me dice nada. Nadie tiene por qué hacerlo.
Y aun así, algo no termina de acomodarse.
No lo busco.
No conscientemente.
Pero igual aparece.
A veces es solo movimiento en la periferia, algo que reconozco antes de decidir si vale la pena mirar, y aun así termino mirando. Otras veces está lo suficientemente cerca como para no fingir que no lo vi, y entonces no finjo. Solo observo un poco más de lo necesario y luego sigo como si nada.
Se mueve demasiado.
Eso es lo primero que noto bien.
No en el sentido de alguien inquieto o torpe. Es distinto. Es como si no se quedara completamente quieto nunca, como si siempre hubiera algo más en el cuerpo que no termina de apagarse. En los descansos, mientras todos están sentados hablando de lo mismo de siempre, él está de pie, girando apenas, marcando pasos que no parecen pensados. A veces con otros, a veces solo. No hace ruido. No llama la atención de forma obvia.
Pero igual lo hace.
Lo veo en el patio una vez, con dos chicos más. Se están riendo de algo que no alcanzo a escuchar —probablemente nada importante— y en medio de eso él se mueve como si el cuerpo le respondiera solo. No se equivoca. No corrige. Todo cae en su lugar sin que tenga que pensarlo demasiado.
Ridículo.
Después lo veo en un pasillo, apoyado contra la pared, con un cuaderno en la mano. No está hablando. Solo escucha. Asiente cuando corresponde, responde cuando le dicen algo, y lo hace bien, sin quedarse de más ni cortar antes. La sonrisa aparece fácil, como si no tuviera que buscarla.
Eso es lo que hace que se le acerquen.
Las chicas, sobre todo.
No es sutil. Se acercan, hablan, se quedan un poco más de lo necesario, como si esperaran algo extra. Él responde. Siempre responde. Nunca es grosero. Nunca corta de forma evidente.
Pero tampoco se queda.
Hay una distancia clara. No incómoda. Solo… medida.
Como si supiera exactamente cuánto dar y cuánto no.
No es algo que me importe.
En teoría.
Lo vuelvo a ver en clase, al frente, exponiendo. No estoy escuchando lo que dice. No porque no quiera —bueno, sí, un poco—, sino porque estoy mirando otra cosa. La forma en que sostiene la hoja, cómo cambia el peso de un pie a otro sin perder el hilo, cómo levanta la mirada justo antes de terminar, como si supiera cuándo hacerlo.
No parece nervioso.
Tampoco parece interesado en impresionar.
Solo lo hace y ya.
En algún momento, entre una conversación que no es mía —porque obviamente no es mía—, alcanzo a escuchar el nombre.
Naravit.
No lo repiten, no hace falta.
Se queda igual que todo lo demás.
Empiezo a reconocerlo más rápido de lo que debería. No necesito buscar mucho. Está ahí. En el patio, en los pasillos, en los descansos. No siempre cerca, pero suficiente.
Y cuando no está, se nota.
Eso sí es molesto.
Porque no debería.
En la libreta, las hojas del final dejan de estar vacías. No lo planeo, pero tampoco lo detengo. Empiezo con uno y luego ya no es solo uno. No todos salen igual. Algunos los dejo a la mitad. Otros los termino más de lo necesario. Uno de perfil, sin cerrar completamente la línea. Otro sentado, con la cabeza ligeramente inclinada, como cuando escucha sin interrumpir. Uno más de pie, con el peso cargado en un solo lado, como cuando espera sin parecer que está esperando.
Hago uno donde está moviéndose.
Ese lo repito dos veces.
No queda igual.
No importa.
Paso la hoja, la vuelvo a intentar.
Me fijo más.
En la forma en que se acomodan los hombros, en cómo cae la camisa cuando se mueve, en el espacio que deja entre un paso y otro. No debería fijarme tanto.
Pero igual lo hago.
Cuando cierro la libreta, no la dejo sobre la mesa. La guardo.
No porque alguien vaya a verla.
Porque no tiene sentido dejarla ahí.
No es nada.
—Claro que no es nada —murmuro, apenas.
Y aun así, al día siguiente, lo reconozco otra vez antes que a los demás.
El último día se siente raro desde que entro, aunque todo esté exactamente igual. El ruido, las voces, los pasos en los pasillos, todo sigue en su lugar, pero yo no termino de encajar del todo en eso, como si ya estuviera medio fuera. Me siento, saco mis cosas y hago lo de siempre como si no estuviera contando el tiempo sin querer admitirlo, pero Noth no tarda nada en hablar.
—Ya empezaste con tu cara.
—¿Qué cara?
—Esa —dice, señalándome—. La de “todo está bien” cuando no.
Lo miro.
—Cállate.
—Te voy a extrañar —añade, dramático—. ¿Quién me va a hacer la tarea?
—Nadie. Reprueba.
Se ríe y me doy cuenta de lo mucho que lo voy a extrañar.
—Eres un mal amigo.
—Y tú inútil.
—Confirmado, me voy a morir sin ti.
—Ojalá.
Se queda viéndome un segundo más, como si estuviera armando algo en su cabeza.
—Oye… ¿y el de los dibujos?
No lo miro.
—¿Qué dibujos?
—No te hagas.
No contesto, y eso le basta.
—Es el mismo —dice en voz baja—. ¿Está aquí?
—Noth.
—¿Qué?
—Cállate.
Sonríe, satisfecho.
—Es el que baila.
No respondo. No hace falta.
Levanto la vista sin querer.
Pond está ahí.
No debería notarse tanto la diferencia, pero se nota. No porque haga algo exagerado, sino porque todo en él se ve claro, definido, como si no necesitara esfuerzo para estar ahí. La piel limpia, uniforme, sin marcas que distraigan, sosteniendo la luz de una forma que no es llamativa pero tampoco pasa desapercibida. El cabello oscuro, apenas desordenado, cayendo justo donde tiene que caer sin parecer acomodado. Y cuando se mueve —porque siempre se está moviendo— no hay duda en lo que hace. Camina con ese ritmo seguro, sin prisa, como si supiera exactamente dónde está su cuerpo en todo momento.
Es molesto.
Porque lo recuerdo fácil.
La forma en que carga el peso en un lado antes de dar el siguiente paso, cómo gira apenas el hombro cuando alguien le habla, cómo inclina la cabeza lo justo para escuchar mejor. Detalles inútiles. Totalmente inútiles.
Y aun así ahí están.
No lo miro mucho tiempo. Bajo la vista otra vez como si nada, pero ya no puedo concentrarme igual.
—Ve —dice Noth de pronto.
—¿Qué?
—Ve a hacer lo tuyo antes de que te arrepientas.
Lo miro, fastidiado.
—No estoy haciendo nada.
—Ajá.
No le contesto. Me levanto y salgo con cualquier excusa. Camino sin pensar demasiado hasta que lo veo desviarse hacia la parte de atrás de los salones. No debería seguirlo. Lo sigo.
Me detengo antes de girar por completo. Desde ahí es suficiente.
Está de espaldas.
Incluso así es fácil reconocerlo. La línea de los hombros, la caída de la camisa, la forma en que el cuerpo nunca está completamente quieto, como si siempre hubiera un movimiento contenido que no termina de salir.
Saco la libreta.
—Esto es estúpido —murmuro.
Aun así la abro y empiezo a trazar sin detenerme demasiado, dejando que la mano siga lo que ya conozco de memoria: la línea de los hombros, la forma en que la camisa cae sobre la espalda, ese ligero desequilibrio con el que carga el peso en un lado antes de moverse otra vez. No necesito verlo de frente, no a estas alturas, porque lo que intento no es copiarlo, es fijarlo, asegurarme de que no se me borre ningún detalle aunque no tenga sentido pensar que podría olvidarlo.
Escucho pasos y levanto apenas la mirada.
Una chica se acerca.
No dejo de sostener el lápiz, pero el trazo ya no sale igual.
Dice algo que no alcanzo a oír. Pond baja un poco la cabeza para escuchar.
Hay un segundo.
Y luego ella se inclina y lo besa.
No pienso.
Arranco la hoja.
El sonido es seco, más fuerte de lo que debería, pero no me detengo. La arrugo en la mano sin mirarla, sin revisar nada, como si no importara qué estaba ahí hace un segundo.
Levanto la mirada solo lo suficiente.
Pond no se aparta.
Tampoco hace nada más.
Solo se queda.
Eso basta.
Me giro.
Y entonces lo veo.
Noth está ahí, apoyado contra la pared, mirándome primero a mí y luego apenas hacia atrás. No necesita ver mucho. Cuando vuelve a mirarme, ya entendió.
—Ah… —dice bajito—. Ya.
Lo miro, seco.
—¿Qué?
Niega con la cabeza.
—Nada.
Sostengo la mirada un segundo.
—Entonces no hables.
—Sí, mejor.
Se hace a un lado.
Paso junto a él sin detenerme, todavía con el papel arrugado en la mano.
— ¿Estás bien?—murmura.
—Sí —digo simplemente. -Lo estoy.
Chiang Mai no se parece a Bangkok.
Eso lo noto antes de que alguien tenga que explicármelo.
El aire es distinto. Más ligero, menos pesado, como si no tuviera tanta prisa por moverse. Las calles no están saturadas, el ruido no es constante, y eso debería ser bueno, pero solo hace que todo se sienta más… lento. Más visible. Como si no hubiera suficiente distracción.
Mi mamá dice que es más tranquilo.
Yo digo que es más aburrido.
No lo digo en voz alta, obviamente.
La escuela confirma lo que ya me imaginaba. Es más pequeña. Mucho más pequeña. No hay tantos edificios, ni tantos alumnos, ni ese caos útil que tenía Bangkok donde podías desaparecer sin problema. Aquí no. Aquí todo se ve. Todo se nota. Si alguien nuevo entra, todos lo saben.
Yo.
Perfecto.
—Bienvenido —dice la profesora con una sonrisa que parece demasiado sincera para esta hora del día—. Puedes sentarte donde quieras.
Claro. Donde quiera.
Miro el salón. No hay muchas opciones. Tampoco importa.
Camino hasta un lugar cerca de la ventana, dejo mi mochila y me siento como si llevara ahí semanas. No hace falta hacer nada más. Nadie dice nada al inicio, pero sé que están mirando. No de forma grosera, solo… curiosa. Como si fuera algo nuevo que todavía no saben cómo acomodar.
Normal.
Saco mi cuaderno, ordeno mis cosas, asiento cuando la profesora habla, respondo cuando me pregunta algo sencillo. Todo correcto. Todo limpio.
—Hola —dice una voz a mi lado después de un rato.
Levanto la mirada.
Es una chica. Sonríe demasiado.
—Hola —respondo.
—Eres nuevo, ¿verdad?
—Sí.
—Soy Pink.
—Phuwin.
Asiente, como si el nombre le gustara más de lo necesario.
—Si necesitas ayuda con algo… puedo enseñarte la escuela.
Claro.
—Gracias —digo—, pero creo que voy a sobrevivir.
Se ríe.
No era tan chistoso.
—Igual —añade—, el comedor está por allá, y los baños… bueno, luego te enseño.
Luego.
Ajá.
—Está bien —respondo.
Se queda un segundo más, como esperando algo que claramente no voy a dar, y luego se va. No es difícil de entender. Tampoco me interesa hacerlo.
El resto de la mañana pasa lento. Demasiado lento. Todo es más simple aquí, las clases, el ritmo, incluso la forma en que los profesores explican. No es malo. Solo es… menos.
Cuando finalmente es hora de comer, sigo al resto sin preguntar. No es complicado. El comedor está donde tiene que estar.
Es más pequeño también.
Menos ruido, menos gente, menos todo.
Tomo una bandeja, agarro lo primero que parece comestible y camino buscando dónde sentarme. No hay muchas opciones, pero tampoco tengo prisa.
Y entonces lo veo.
No.
No es él.
Pero por un segundo—
Un chico, al fondo, moviéndose entre sus amigos. No hay música, pero está marcando pasos igual, girando apenas, como si el cuerpo le respondiera solo. No es igual. No se ve igual. No se mueve igual.
Pero es suficiente.
Me quedo viendo más de lo que debería, y en ese mismo segundo algo se ajusta mal por dentro, un tirón breve en el estómago, como si hubiera bajado un escalón que no vi, y la mano se me tensa alrededor de la bandeja antes de darme cuenta. El peso no cambia, pero lo siento distinto, más presente, como si de pronto necesitara sostenerlo con más fuerza de la necesaria.
Aprieto los dedos contra el borde.
Es molesto.
Porque no es él.
Y aun así—
—Claro —murmuro en voz baja—. Qué sorpresa.
Desvío la mirada antes de que se convierta en algo más, antes de empezar a comparar lo que no tiene sentido comparar, notando todavía esa incomodidad leve que no termina de acomodarse en el estómago, como si el cuerpo no entendiera por qué reaccionó así y decidiera quedarse ahí un momento más, estorbando.
Giro y camino hacia otra mesa, cualquiera, sin fijarme demasiado.
Me siento y dejo la bandeja mientras aflojo los dedos poco a poco, no es él, definitivamentesigue no es él.
Han pasado meses. No los cuento porque no sirve de nada; aquí los días se parecen demasiado entre sí como para que valga la pena diferenciarlos. Las clases, la casa, los mismos caminos, todo se repite lo suficiente como para que deje de importar en qué día estoy.
Chiang Mai sigue siendo tranquilo. Sigo pensando que es aburrido. Ya no lo discuto.
Salgo en la tarde con la libreta bajo el brazo más por costumbre que por ganas. Camino sin un destino claro hasta que termino en un lugar donde siempre hay gente, pero no demasiada, cerca del agua, con suficiente espacio como para sentarme sin que nadie tenga que notarlo. Me acomodo donde puedo ver sin que me vean demasiado, apoyo la libreta sobre las piernas y la abro con un suspiro leve.
—A ver…
No es para nadie. Solo para empezar.
El paisaje está ahí, quieto, sin hacer nada complicado. Debería ser fácil. Trazo la línea del borde, intento marcar la forma del agua, lo que hay del otro lado, pero desde el inicio algo no encaja. Borro sin mucha paciencia, vuelvo a intentar con más cuidado, midiendo mejor las proporciones, fijándome en dónde empieza y termina cada cosa, y aun así no funciona. No es que esté mal del todo, pero tampoco está bien, y eso lo vuelve peor.
Resoplo por la nariz, apenas.
—Qué bien.
Paso la hoja y pruebo con algo más cercano, más simple, algo que no tenga forma de salir mal. Un árbol, una banca, lo que sea. Da igual. Las líneas no se acomodan, lo que debería ser recto se tuerce sin razón, lo que debería tener forma se queda a medias. Aprieto un poco más el lápiz entre los dedos de lo necesario y luego aflojo, notando la presión demasiado tarde.
—Concéntrate.
Lo digo en voz baja, sin ganas reales de obedecerme.
Vuelvo a empezar, esta vez sin pensar demasiado, dejando que la mano avance sola como siempre hago cuando no quiero sobreanalizar cada trazo. Funciona mejor así, al menos al principio. La línea sale más limpia, el movimiento más seguro, como si el cuerpo recordara lo que la cabeza está estorbando.
Sigo, sin pensar, hasta que me detengo.
No porque quiera, si no porque ya sé.
Bajo la mirada.
No es el paisaje. No es el árbol. No es nada de lo que tengo enfrente.
Es él.
Otra vez.
No completo. Nunca completo. Pero suficiente. Siempre suficiente.
Me quedo viendo el dibujo sin moverme demasiado, como si eso fuera a cambiar algo, como si en algún momento dejara de parecerse. No pasa. La forma de los ojos, la línea del rostro, ese gesto que no termino de definir pero que reconozco igual. Es ridículo.
—Claro…
Exhalo corto, más molesto conmigo que con otra cosa.
Cierro la libreta sin hacer ruido, sin arrancar la hoja, sin arrugarla esta vez. Solo la cierro, como si eso fuera suficiente para dejarlo ahí adentro, donde se supone que debería quedarse.
Miro hacia el agua un momento, sin enfocarme realmente en nada.
—Otra vez tú.
Me levanto después de unos segundos, me sacudo las manos como si eso quitara algo que no está ahí, guardo la libreta y empiezo a caminar de regreso sin prisa.
No hace falta volver a abrir la libreta para saber lo que hay dentro. Camino de regreso sin prisa, con la mochila colgando de un solo hombro, sintiendo ese fastidio leve que no termina de irse, como cuando sabes exactamente qué hiciste mal pero tampoco tienes ganas de corregirlo. No es algo de hoy. Ni siquiera es algo reciente. Lleva tiempo así, el suficiente como para que ya no pueda fingir que es coincidencia.
Al principio no le doy importancia. No tendría por qué. Un par de días, quizá. Una semana. Cosas así se acomodan solas, siempre lo hacen. Eso es lo lógico. Me concentro en lo que tengo que hacer, en las clases, en responder cuando me preguntan, en no llamar la atención más de lo necesario. Funciona. Nadie tiene motivos para decir nada. Soy educado, hago lo que debo, entrego lo que piden. Todo en orden. Exactamente como esperan.
Pero no se va.
Se queda en los espacios que no deberían importar. En los segundos que sobran. En ese momento exacto en el que dejo de prestar atención lo suficiente como para que la mano avance sola. No es constante, y eso lo vuelve peor. Aparece cuando quiere, sin avisar, y cuando me doy cuenta ya es tarde. La línea cambia, el trazo se desvía, y cuando regreso a lo que estaba haciendo, ya no es lo que tenía enfrente.
Es él. Siempre.
Intento dejar de dibujar unos días. No porque crea que va a funcionar, sino porque es lo único que se me ocurre. Dura poco. Demasiado poco. Vuelvo a sacar la libreta casi sin pensarlo, como si fuera costumbre, como si no tuviera nada que ver con esto.
El teléfono vibra. No necesito verlo para saber quién es.
Noth.
Abro el chat.
Noth: Te mando mensaje desde hace rato. ¿Estás ocupado o solo te haces el interesante?
Exhalo por la nariz
Yo: Estaba haciendo algo.
Noth: ¿Milagro? ¿En serio haces cosas ahora o solo te sientas a mirar gente como siempre?
Yo: Aquí no hay gente interesante que mirar.
Noth: Entonces sí te cambió la vida. Qué tragedia.
Dejo el celular sobre el escritorio un segundo, mirando la libreta cerrada frente a mí.
Vibra otra vez.
Noth: Oye, hablando en serio. ¿Ya te acostumbraste o sigues con cara de funeral todo el día?
Entrecierro un poco los ojos.
Yo: No hago caras.
Noth: Claro que haces caras. Solo que tú crees que nadie se da cuenta. Spoiler: sí.
Tardo un poco en responder.
Yo: Estoy bien.
Noth: No te pregunté eso.
Aprieto un poco la mandíbula.
Yo: Pues igual te contesto lo mismo.
Pasa un momento antes de que vuelva a escribir.
Noth:¿Sigues dibujando?
La pregunta se queda ahí más de lo necesario.
Yo: Sí.
Noth: Enséñame algo.
Miro la libreta sin abrirla.
Yo: No.
Noth: ¿Por?
Tardo más de lo normal en contestar.
Yo: Porque no tengo ganas.
Hay una pausa. No es larga, pero se siente.
Noth: ¿O es porque ya no puedes dibujar a ese chico?
La mirada se me queda fija en la libreta un segundo más de lo necesario. No es como si no supiera a qué se refiere. Tampoco es como si no hubiera algo de verdad ahí. La hay. Lo suficiente como para que moleste. Porque no es que no pueda dibujar otra cosa… es que, cuando lo intento, termina siendo lo mismo. Como si la mano ya hubiera decidido por su cuenta y yo solo llegara tarde a darme cuenta.
Exhalo corto por la nariz antes de escribir.
Yo: No empieces.
El mensaje se envía sin nada más.
Noth no responde de inmediato.
Cuando lo hace, es corto.
Noth: Entonces sí.
No contesto. No porque no quiera, sino porque cualquier cosa que diga va a ser más de lo necesario. Dejo el teléfono boca abajo, apoyo los codos en el escritorio y me quedo viendo al frente sin enfocarme en nada en particular, como si eso ayudara a acomodar algo que claramente no se acomoda.
Funciona.
Siempre funciona.
Por fuera.
Por dentro… no tanto.
La mesa está servida antes de que me siente, como siempre. No hay nada improvisado aquí. Los platos están en su lugar, el arroz todavía suelta vapor y el sonido de los cubiertos es lo único que llena el espacio por unos segundos. Me siento con cuidado, acomodando la silla sin hacer ruido, como si ese detalle pudiera mantener todo en equilibrio. No es incómodo estar aquí. Nunca lo es. Pero hoy… se siente más presente.
Mi mamá es la primera en hablar, y lo hace después de observarme un momento, como si estuviera asegurándose de que realmente estoy ahí.
—Phuwin —dice con suavidad, sosteniendo el tono firme sin que suene a presión—, tu papá y yo hemos estado pensando en esto desde hace tiempo, y queremos hablarlo contigo con calma, porque no es una queja ni algo que estemos señalando como un error, sino una preocupación que nace de verte todos los días y notar cosas que, como padres, no podemos simplemente dejar pasar.
Levanto la mirada hacia ella, atento, sin interrumpir.
—Sabemos que la escuela va bien, que cumples con todo, que eres responsable, y eso nos hace sentir tranquilos y orgullosos —continúa—, pero fuera de eso… sentimos que estás muy solo. Sales, sí, pero siempre por tu cuenta, siempre a lo mismo, y regresas igual, como si nada de eso terminara de llenarte o de hacerte sentir realmente acompañado.
Trago despacio antes de responder, más por ordenar lo que voy a decir que por otra cosa.
—Estoy bien, mamá —digo con cuidado, sin apurar las palabras—. De verdad.
Mi papá interviene entonces, sin cortar el tono de la conversación, pero dándole más peso.
—No dudamos de que puedas estar bien, Phuwin —dice—, pero estar bien no siempre significa estar completo. Y lo que vemos es que no te estás permitiendo construir algo aquí, no porque no puedas, sino porque no estás dando ese paso.
Bajo la mirada un segundo, fijándome en el borde del plato, en cualquier cosa que no sean ellos.
—No es que no quiera —respondo—. Solo… no ha pasado.
Mi mamá asiente despacio, como si entendiera más de lo que digo.
—A veces no pasa solo, hijo —dice con una calma que pesa más que cualquier insistencia—. A veces uno tiene que acercarse primero, aunque no esté completamente seguro, aunque no se sienta natural desde el inicio. No todo lo que termina siendo importante empieza sintiéndose así.
Suelto el aire con suavidad, apoyando los cubiertos antes de seguir.
—Lo sé.
Y lo sé de verdad.
Mi papá me mira con atención, sin dureza.
—Entonces también sabes por qué te lo estamos diciendo —añade—. No es para incomodarte ni para exigirte algo que no eres, sino porque nos importa cómo te estás sintiendo, incluso en lo que no dices.
Eso es lo que hace que se me cierre un poco el pecho.
No lo que dicen.
Sino que lo vean.
Paso la lengua por el interior de la mejilla antes de hablar otra vez, midiendo el tono.
—No quiero que piensen que estoy mal —digo, más bajo—. No lo estoy.
Mi mamá niega suavemente con la cabeza.
—No pensamos que estés mal —responde—. Pensamos que estás… guardándote demasiado. Y eso, a la larga, también pesa.
Asiento, lento.
Porque eso sí.
Eso sí lo siento.
—No es a propósito —añado, casi en automático—. Solo… no ha salido diferente.
Mi papá no contradice eso. Solo se inclina un poco hacia adelante.
—Entonces inténtalo un poco más —dice—. No por nosotros. Por ti. Porque mereces tener algo aquí también, no solo cumplir y regresar.
Aprieto los dedos apenas contra el borde de la mesa, lo justo para darme cuenta.
—Sí.
No suena convencido.
Pero tampoco es mentira.
Mi mamá sonríe un poco, con ese tipo de sonrisa que no presiona, pero tampoco suelta del todo.
—No tienes que cambiar de golpe —dice—. Solo… date la oportunidad. Eso es todo lo que te estamos pidiendo.
Levanto la mirada hacia ella y asiento otra vez, más claro esta vez.
—Lo voy a intentar.
Y esta vez sí lo digo en serio.
No porque quiera.
Sino porque no quiero seguir viéndolos así.
La conversación se disuelve después de eso sin necesidad de cerrarla. Volvemos a comer, el sonido de los cubiertos llenando el espacio como siempre, como si todo siguiera igual.
Pero no se siente igual.
Y eso… tampoco es malo.
Entro a mi habitación sin hacer ruido, cerrando la puerta con ese cuidado innecesario que no cambia nada, pero al menos me hace sentir que no estoy empeorando las cosas. La casa sigue igual que siempre, tranquila, contenida, como si la conversación de hace unos minutos no hubiera dejado nada suspendido en el aire. Pero sí lo dejó. Se siente. Se queda.
Me apoyo un segundo en la puerta antes de avanzar. No estoy enojado. Eso sería más fácil. Es otra cosa, más incómoda, más difícil de quitarse: esa sensación de haber hecho algo mal sin haber hecho realmente nada. Como si hubiera fallado en algo que no me explicaron del todo, pero que igual debía entender.
Exhalo por la nariz y camino hasta el escritorio. Las libretas están ahí, apiladas como siempre, en el mismo orden que llevo manteniendo sin pensar demasiado. No necesito abrirlas para saber lo que hay dentro. Aun así, lo hago.
La primera hoja no sorprende. La segunda tampoco. Cambio de libreta más por inercia que por intención y el patrón se repite sin esfuerzo; no son copias exactas, nunca lo son, a veces es el perfil, a veces la mirada, a veces solo líneas que no terminan de cerrarse, pero siempre llega al mismo lugar, siempre vuelve a él.
Aprieto un poco los labios mientras paso las hojas con más rapidez, como si eso fuera a cambiar algo, como si en algún punto fuera a aparecer otra cosa. No aparece. Solo más de lo mismo, más intentos, más variaciones de algo que no debería estar ocupando tanto espacio.
Cierro la libreta sin fuerza, pero con decisión, y me quedo un segundo con la mano encima de la portada antes de retirarla. Luego tomo la pila completa sin pensarlo demasiado; el cartón se siente frío contra los dedos, más pesado de lo que debería ser para lo que es. Abro el armario, saco el pequeño baúl de la parte baja y levanto la tapa para dejar las libretas dentro sin ordenarlas demasiado, como si acomodarlas implicara aceptar algo que no quiero nombrar. Bajo la tapa con cuidado y dejo la mano ahí un momento, sabiendo que no estoy resolviendo nada, pero al menos quitándolo de la vista.
El cuarto se siente más limpio así, o eso quiero creer.
Apago la luz antes de salir al balcón y el cambio se nota de inmediato; el aire es más fresco, más ligero, y la noche en Chiang Mai no pesa como en Bangkok, aquí todo parece moverse más despacio, incluso el ruido. Me apoyo en el barandal y dejo que la brisa me dé directo en la cara mientras respiro con más calma, sintiendo cómo el aire entra sin ese bloqueo de hace rato, como si el cuerpo poco a poco dejara de resistirse.
Levanto la vista y el cielo está despejado, lo suficiente como para que las estrellas se distingan sin esfuerzo. No es algo que buscara antes, pero ahora está ahí, disponible, constante, y me quedo mirándolo sin un punto fijo, dejando que la mente se mueva sola sin empujarla demasiado.
No debería pensar en eso.
No tiene sentido.
Pero igual aparece.
No como imagen completa, no como recuerdo exacto, sino como una presencia más difusa, más simple, suficiente.
Él.
Y la pregunta llega sin forma clara, casi como una incomodidad leve que no termina de irse, como si se instalara sin pedir permiso.
Si está bien.
Es absurda. No tengo cómo saberlo, no hay razón para preguntarlo, y aun así permanece, sostenida en algún punto que no alcanzo a justificar. Paso la lengua por el interior de la mejilla y exhalo despacio, apoyando más el peso en los antebrazos mientras la brisa vuelve a moverse, enfriando lo que queda de calor en la piel.
No es preocupación real. No lo conozco lo suficiente para eso. Es otra cosa, algo más cercano a la necesidad de asumir que todo sigue en orden en algún lugar, aunque no tenga nada que ver conmigo.
Cierro los ojos un momento, lo suficiente como para que la sensación se asiente.
Y no intento responderlo.
Porque no puedo.
Pero tampoco lo dejo ir.
El café ya no me resulta extraño. Empujo la puerta y la campanilla suena igual que siempre, mezclándose con la música suave que se queda flotando entre las mesas. El aire frío me baja un poco el calor de la cara y el olor a café dulce se queda pegado en la garganta. No es un lugar grande, pero está bien cuidado: madera clara, plantas, paredes limpias, las pantallas arriba de la barra pasando videos sin que nadie les preste demasiada atención. Es fácil estar aquí. No exige nada. Me acostumbré. No a todo, pero a esto sí.
Y a ellos.
No fue inmediato, pero pasó. Kiet hablando de más, Mali diciendo lo justo, y yo encontrando un punto en medio donde no tengo que pensar demasiado antes de responder. Mantener la cabeza ocupada, seguir el ritmo de algo que sí está aquí, algo que sí puedo controlar… ayuda. Más de lo que esperaba.
—Llegaste tarde otra vez —dice Kiet en cuanto me siento, empujando mi cuaderno hacia el centro de la mesa—. Y no me vengas con lo de siempre, aquí no hay tráfico que te salve.
—Hay gente —respondo, tomando el vaso frío—. Es suficiente excusa.
Mali suelta una risa baja, girando el popote dentro de su vaso lleno de café con leche y esas bolitas oscuras que suben y bajan despacio.
—Qué vida tan complicada llevas —dice—. De verdad admiro tu capacidad para sobrevivir.
—No es fácil —contesto, dando un sorbo al matcha. Está frío, ligeramente dulce—. Pero alguien tiene que hacerlo.
Kiet niega con la cabeza, sonriendo.
—Siéntate bien y deja de hablar tonterías —dice—. Tenemos que terminar esto hoy. No pienso quedarme despierto otra vez por tu culpa.
—No es mi culpa que no entiendas.
—Claro, siempre es eso contigo.
Mali levanta la mirada de sus apuntes.
—A ver —dice, señalando mi hoja—, explícame esto otra vez porque así no me cuadra nada.
—Sí cuadra —respondo sin apurarme—. Solo estás viendo la parte incorrecta.
—Ajá.
—Ajá.
Kiet se recarga en la silla.
—No sé por qué seguimos estudiando contigo.
—Porque sin mí no pasan.
—Pasamos igual.
—No.
—Sí.
Mali levanta una mano.
—Los dos cállense.
Y es eso. Normal. La conversación se mueve sola, sin esfuerzo, y yo me dejo llevar sin tener que medir cada palabra. Ya no estoy calculando cada respuesta ni pensando demasiado antes de hablar; salimos a veces, nos quedamos otras, hablamos de la escuela, de cosas sin importancia, de cualquier cosa que llene el rato sin que se sienta pesado. Funciona. Mantiene la mente ocupada en lo que tiene que estar, en lo que sí está aquí.
—Oye, espera —dice de pronto Kiet, levantando un poco la cabeza—. Esa canción.
Sigo viendo la hoja.
—¿Qué tiene?
—La conozco —dice, girándose hacia la pantalla—. Bueno, no, o sea… creo que sí. Es un grupo que encontré hace poco.
—Concéntrate —le digo—. Después ves eso.
—No, en serio —insiste, inclinándose hacia adelante—. No es como los típicos. Mira.
Mali también levanta la vista.
—¿Cuál?
Kiet señala la pantalla, más atento de lo que debería estar.
—Ese. Espera… ahí dice el nombre.
La pantalla cambia en ese momento. El nombre aparece. Y luego la imagen.
Levanto la mirada sin prisa, como si fuera cualquier otra cosa.
Pero no lo es.
El reconocimiento llega antes que cualquier pensamiento, seco, directo, sin margen de duda.
Pond.
No el recuerdo borroso. No el trazo incompleto. Él. Claro, definido, ocupando el espacio como si siempre hubiera estado ahí. Más alto, más marcado por la luz, distinto en todo lo que lo rodea, pero no en lo que importa.
La respiración se detiene un segundo de más y luego baja más lenta, más pesada. El frío del vaso deja de quedarse en la mano y se mete más adentro. Aprieto apenas sin darme cuenta.
Se mueve.
Y todo encaja.
No es solo verlo, es reconocer la forma, la lógica del movimiento, cómo el cuerpo responde sin parecer pensado, cómo el ritmo se marca incluso cuando no lo exagera. Lo he visto antes. No así, no con luces ni con gente mirándolo desde todos lados, pero lo he visto en espacios más pequeños, entre ruido, entre voces, desde lejos.
La memoria no llega completa, pero es suficiente.
—Te lo dije —dice Kiet, sin apartar la vista—. Se llaman Jasp.er. Apenas los encontré, pero están subiendo rápido. Mira cómo se mueve, no es normal.
Mali se inclina un poco más hacia adelante.
—Sí… el del centro tiene algo. No sé cómo explicarlo, pero no puedes dejar de verlo.
Centro. Claro. Siento cómo los dedos se ajustan apenas alrededor del vaso, el plástico cede un poco bajo la presión mientras lo sostengo sin soltarlo, sin moverme, como si cualquier cambio fuera demasiado evidente. Sigo mirando, como si fuera cualquier otra cosa, como si no hubiera nada más detrás, pero hay una sensación que aparece igual, silenciosa, incómoda de aceptar y aun así imposible de ignorar. Es breve, casi automática, pero está ahí: orgullo, extraño, contenido, como si una parte de mí reconociera algo que ya sabía desde antes, algo que vio cuando todavía no tenía nombre ni escenario ni todo esto alrededor. Dura lo suficiente para sentirse y luego se acomoda, se enfría, se guarda en el mismo lugar donde he estado empujando todo lo demás.
Exhalo despacio, obligando a la mano a relajarse lo justo antes de dejar el vaso sobre la mesa y bajar la mirada al cuaderno como si nada hubiera cambiado.
—Sí —digo, con la voz estable—. Se ve bien.
Nada más.
Porque lo demás no lo digo.
Pero tampoco se va.
—Voy al baño —digo sin mirar a ninguno de los dos, apartando la silla con cuidado para no llamar la atención.
—¿Todo bien? —pregunta Mali, levantando apenas la vista.
Asiento una vez, rápido.
—Sí. Ahorita vuelvo.
No me detengo. Camino entre las mesas sin fijarme demasiado en nada, con esa sensación incómoda todavía pegada en el pecho, como si algo se hubiera movido de lugar y no terminara de acomodarse. El ruido del café se queda atrás cuando empujo la puerta del baño y el cambio se siente inmediato: menos sonido, más frío, más espacio para pensar… justo lo que no necesito.
Cierro la puerta detrás de mí y apoyo las manos en el lavabo sin darme tiempo de procesar demasiado. Abro la llave y dejo que el agua corra unos segundos antes de meter las manos. Está fría. Bien. La sensación me ayuda a enfocarme en algo concreto mientras dejo que el agua resbale entre los dedos. No es un temblor evidente, pero está ahí, lo suficiente como para que no pueda ignorarlo.
Me inclino un poco y me paso agua por la cara, sin cuidado. El frío baja rápido, se queda en la piel, en el cuello. Respiro hondo, pero el aire no entra completo; se queda a medio camino, como si el cuerpo no supiera bien qué hacer con él. Vuelvo a intentarlo mientras cierro la llave y me llevo ambas manos a la nuca, echándome agua directamente ahí, dejando que escurra por detrás, que me obligue a reaccionar.
No funciona como quisiera.
Ayuda, pero no lo suficiente.
Me quedo un segundo más inclinado sobre el lavabo, mirando el agua desaparecer por el desagüe, hasta que la incomodidad cambia de forma y se vuelve más clara, más concreta. Trago saliva, me seco las manos en el pantalón sin pensarlo demasiado y tomo el teléfono.
No debería buscar.
No necesito hacerlo.
Pero igual desbloqueo la pantalla.
Abro Instagram y escribo el nombre sin dudar demasiado. Aparece casi de inmediato, como era de esperarse. La cuenta es limpia, ordenada, claramente oficial, pero todavía se siente reciente. No es una página saturada ni completamente pulida; hay intención, hay cuidado, pero también se nota que es un grupo que apenas va creciendo, que todavía está construyendo su lugar. Aun así, los números ya no son pequeños. Hay interacción, comentarios constantes, gente que claramente los sigue, que los reconoce, que espera algo de ellos.
Entro.
Las primeras imágenes son del grupo completo: cuatro, alineados, con iluminación controlada, ropa pensada para verse bien en cámara. Deslizo sin prisa, más por inercia que por curiosidad, hasta que aparece.
Pond.
Y el cambio es evidente, pero no lo suficiente como para que deje de ser él. La cara es la misma, solo más definida, más trabajada por la luz, por el maquillaje, por todo lo que ahora lo rodea, la sonrisa sigue igual, amable y cálida, definitivamentesigue siendo él, aunque claro, hay cambios, por ejemplo, ya no hay uniforme, ya no hay fondo improvisado ni ruido alrededor; ahora hay escenarios, estudios, espacios diseñados para que todo se vea limpio. Aun así, algo se mantiene intacto.
Sigo bajando.
Hay fotos en un estudio de baile, piso de madera, espejos al fondo, los otros tres con él en distintas posiciones. No necesito acercar la imagen para saber dónde mirar; la atención se acomoda sola, sin esfuerzo. Hay un video y lo abro sin pensarlo demasiado.
El movimiento empieza y no hay duda.
Es distinto en forma, en precisión, en control, pero la base es la misma. La manera en que el cuerpo responde sin parecer forzado, cómo los pasos no se ven contados sino naturales, como si siempre hubieran estado ahí. Lo he visto antes, en otro contexto, en un espacio mucho más pequeño donde nadie estaba mirando con la intención de ahora, y aun así era imposible no quedarse.
La memoria no llega completa, pero no hace falta.
Cierro el video.
Sigo viendo un par de imágenes más: presentaciones, fragmentos de ensayos, tomas más cercanas donde la expresión cambia, donde la sonrisa se ve más medida, más consciente. Todo está más construido, más expuesto, más… lejano.
Bloqueo el teléfono.
El reflejo me devuelve la mirada desde el espejo, con el cabello ligeramente húmedo y algunas gotas todavía bajando por el cuello. La expresión es neutra, lo suficiente como para no levantar sospechas, lo suficiente como para volver a la mesa sin tener que explicar nada.
Respiro otra vez, más despacio esta vez, dejando que el aire entre completo.
No cambia nada.
No debería.
Pero ahora está más claro.
Y eso… no ayuda.
Cuando regreso a la mesa, todo sigue exactamente donde lo dejé. El cuaderno abierto, las hojas a medio llenar, los vasos en su sitio, la conversación retomándose sin esfuerzo como si no hubiera pasado nada. Me siento sin hacer ruido, acomodando la silla con el mismo cuidado de siempre, y tomo el lápiz como si el gesto fuera suficiente para volver al punto en el que estaba.
Lo intento.
De verdad lo intento.
Pero la mano no está completamente firme. No es un temblor evidente, no es algo que cualquiera notaría de inmediato, pero está ahí, metido en los dedos, haciendo que el trazo no salga tan limpio como debería. Bajo la mirada al cuaderno, concentrándome en las líneas, en los números, en cualquier cosa que tenga lógica, que no se mueva, que no cambie.
—¿Todo bien? —pregunta Mali después de unos segundos, con ese tono que no invade, pero tampoco deja pasar.
Levanto la vista lo justo.
—Sí —respondo, cuidando que la voz salga estable—. Solo… hacía calor allá adentro.
Kiet asiente como si la explicación fuera suficiente.
—Sí, ese baño siempre está raro —dice, regresando a sus hojas—. A ver, préstame tu cuaderno un segundo, creo que me faltó anotar algo de aquí.
Extiende la mano hacia mí sin mirarme demasiado, confiado en que simplemente se lo voy a pasar como siempre.
Yo también.
Eso es lo que intento hacer.
Levanto la mano con el cuaderno, pero el movimiento no termina de salir limpio. Hay un pequeño desajuste, apenas perceptible, suficiente para que el borde del vaso se mueva cuando rozo la mesa sin calcular bien la distancia.
El golpe es mínimo.
Pero suficiente.
El vaso de matcha se inclina y el líquido frío se derrama sobre la madera, extendiéndose rápido, alcanzando las hojas antes de que pueda reaccionar del todo.
Me quedo quieto un segundo.
Solo uno.
—Oye— —dice Kiet de inmediato, retirando sus cosas—. Cuidado.
Mali ya está levantándose un poco, tomando servilletas de la mesa de al lado.
—No pasa nada, no pasa nada —dice, aunque ya está limpiando—. A ver, mueve eso, rápido.
Reacciono entonces, apartando el cuaderno, el celular, todo lo que esté cerca, ayudando a contener el desastre que no debería haber pasado en primer lugar. El frío del líquido se siente en los dedos, más presente que antes, como si el cuerpo hubiera decidido concentrarse en eso para no pensar en lo demás.
—Perdón —digo, más bajo de lo necesario—. No lo vi.
—Está bien —responde Kiet, mirándome ahora sí con más atención—. Pero… ¿seguro estás bien?
No contesto de inmediato. Termino de limpiar lo más urgente, dejo las servilletas a un lado y me paso las manos por el pantalón, aunque no hace mucha diferencia.
—Sí —repito, pero esta vez tengo que ajustar un poco la respiración antes de que salga igual—. De verdad.
Mali no parece convencida, pero tampoco insiste de forma brusca.
—Oye, si necesitas salir otra vez o descansar un rato, no pasa nada —dice con cuidado—. Podemos terminar esto después.
Niego con la cabeza, un poco más rápido de lo que debería.
—No, no… estoy bien —añado, tomando aire más profundo esta vez—. Solo… dame un momento.
Apoyo ambas manos sobre la mesa, sintiendo todavía ese ligero temblor en los dedos, y me obligo a inhalar despacio, sostener un segundo, exhalar con más control. Lo repito una vez más, centrando la atención en algo simple, algo que sí puedo manejar.
—En un momento se me pasa —digo al final, levantando apenas la mirada hacia ellos—. Solo necesito respirar un poco. Pero estoy bien.
Esta vez no suena forzado.
No del todo.
Kiet asiente, aunque no deja de mirarme con cierta duda.
—Bueno… si dices que estás bien.
—Lo estoy.
Mali vuelve a sentarse, todavía observando un segundo más antes de regresar a sus apuntes.
—Entonces terminemos esto rápido —dice—. Pero si te vuelves a sentir así, avisas.
Asiento.
—Sí.
Vuelvo al cuaderno, al mismo punto donde me quedé, y esta vez el lápiz sí se mueve como debería. No perfecto, no completamente limpio, pero suficiente como para seguir.
Suficiente como para que parezca que nada cambió.
Aunque no sea verdad.
Llego a la casa como siempre, saludo, contesto lo justo y subo a mi cuarto sin que nada se vea distinto desde afuera. Cierro la puerta y me quedo un momento ahí, de pie, sin moverme, con el teléfono todavía en el bolsillo, mirando cualquier cosa del cuarto como si eso fuera suficiente para distraerme. Podría dejarlo así, cambiarme, hacer tarea, tirarme en la cama y ya, pero no hago nada de eso. Tampoco saco el teléfono de inmediato. Me quedo un poco más de lo necesario, acomodando cosas que ya están bien, pasando la mano por el escritorio sin motivo, estirando el tiempo de forma consciente porque sé perfectamente lo que viene después y porque sé también que, en cuanto empiece, no voy a parar tan fácil. No sirve de nada, pero igual lo hago.
Al final saco el teléfono.
Lo desbloqueo y entro a buscar, pero no escribo su nombre. Abro primero el perfil del grupo, Jasp.er, como si eso hiciera alguna diferencia, como si no fuera exactamente lo mismo con un paso extra que no cambia nada. Empiezo a bajar sin detenerme demasiado, manteniendo ese ritmo cómodo que me permite fingir que no estoy prestando tanta atención. Fotos, ensayos, videos, todos juntos, todo normal. Él está ahí, claro, pero no está solo, y eso debería hacerlo más fácil.
No lo hace.
En una de las fotos me detengo más de lo necesario. No tengo que buscarlo; lo encuentro rápido, como si ya supiera dónde está antes de decidir mirarlo. Amplío apenas la imagen y aparecen las etiquetas. Me quedo un segundo ahí, con el dedo encima, sabiendo exactamente lo que sigue. No es duda. Es solo ese momento antes de hacerlo, como si pudiera decidir otra cosa.
No decido otra cosa.
Entro.
El perfil abre y ya no hay nada más. Solo él. Las fotos aparecen claras, ordenadas, demasiado fáciles de recorrer. Me quedo un poco más en la primera de lo que debería antes de deslizar, como si necesitara confirmar algo que no hace falta confirmar. No se ve como lo recordaba, o sí, pero más claro, más presente, más difícil de ignorar de lo que me gustaría.
Sigo bajando.
No rápido, no lento.
El botón de seguir está ahí. Lo veo. No lo presiono. No hace falta. Paso de largo como si no importara, como si no fuera a volver después de todos modos.
Me siento sin darme cuenta en qué momento lo hice. El teléfono se queda en una mano y la otra empieza a moverse sin que lo piense demasiado. Abro el cuaderno mal, arranco un pedazo de hoja sin fijarme y cuando bajo la vista ya hay una línea marcada. Es apenas una curva, pero es suficiente para saber qué es. No lo detengo. Paso otra vez por el trazo, ajusto un poco, levanto la vista a la pantalla, regreso al papel y sigo sin pensar demasiado en ello.
No es un dibujo completo. No lo intento.
Solo eso.
La parte suficiente.
Me quedo viendo el papel un segundo más de lo necesario, luego la pantalla, luego el papel otra vez, repitiendo el mismo movimiento como si hiciera falta comprobarlo. La respiración se me acomoda sola, el temblor en las manos baja sin que tenga que hacer nada y esa presión que venía arrastrando se afloja lo suficiente como para dejar de estorbar.
No es que se vaya.
Pero alcanza.
Sigo ahí, con el teléfono en una mano y el pedazo de papel en la otra, sin cerrar nada, sin guardar nada, como si dejarlo así evitara tener que decidir algo más. La mirada se me queda en el trazo un momento más y, sin pensarlo, la comisura de mi boca se mueve apenas. No dura mucho. Tampoco importa.
El papel cruje un poco entre mis dedos cuando lo ajusto, como si necesitara asegurarlo, y la sensación se queda ahí un segundo más. No es nada especial.
Pero tampoco es nada.
Y no sigo el perfil.
Eso no cambia nada, pero tampoco lo deja en el mismo lugar.
Con el tiempo mirar a Jasp.er deja de sentirse como algo que hago y empieza a parecer parte del día, como revisar la hora o cerrar la puerta al salir. No lo pienso demasiado; simplemente pasa. A veces interrumpo tareas, conversaciones, incluso mensajes a mi mamá solo para abrir una foto nueva, verla más de lo necesario y decirme, como si importara, que esta vez sí voy a dejarlo ahí. Nunca lo dejo ahí.
Pero el tiempo sigue pasando igual.
Cambian las lluvias, vuelve el calor, los semestres avanzan sin pedir permiso y, casi sin darme cuenta, Chiang Mai deja de sentirse prestado. Tengo amigos, rutinas, lugares a los que regreso por costumbre. Salgo más. Me río más. Incluso hay días en que pienso menos en irme. Eso debería tranquilizarme. No lo hace.
La conversación sale una noche cualquiera, justo por eso me toma desprevenido.
Estamos cenando los tres. Nada extraordinario. Mi mamá habla de algo del hospital, mi papá la corrige en una fecha como hace siempre, y yo finjo estar concentrado en la comida mientras solo empujo el arroz por el plato.
—Tu profesor escribió hoy —dice mi padre de pronto.
Levanto la mirada.
—¿Qué hice ahora?
Mi mamá sonríe enseguida.
—Nada malo.
Eso, curiosamente, suena más peligroso.
—Eso es exactamente lo que dicen antes de dar malas noticias.
Ella se ríe apenas, pero mi padre deja los cubiertos con esa calma demasiado medida que tiene cuando ya pensó algo durante días.
—Nos escribió para hablar de una posibilidad académica —dice—. Cree que podrías aplicar al programa en Bangkok.
No respondo de inmediato. No porque no haya escuchado, sino porque escuché demasiado bien.
—¿Bangkok?
La palabra sale rara, como si no me perteneciera del todo.
Mi mamá nota algo; siempre nota algo.
—Solo es una posibilidad —dice, y su voz baja un poco, como cuando intenta no empujarme.
Bajo la mirada al plato para ganar tiempo.
—Pensé que les gustaba tenerme aquí para vigilar que no arruine sus vidas.
Mi mamá niega sonriendo.
—Nos gusta tenerte aquí, sí. Eso no significa que queramos detenerte.
Mi padre se inclina un poco hacia adelante.
—Escúchame bien, Phuwin. No estamos intentando mandarte lejos. Estamos hablando de una oportunidad. Tu profesor cree que tienes nivel para eso, y yo también.
No sé qué hacer con esa frase. Él no suele decir esas cosas a la ligera y, precisamente por eso, pesan.
Mi mamá deja la mano junto a mi plato, sin tocarme, pero cerca. Ese gesto suyo de siempre, como si supiera acompañar sin invadir.
—Nos preocupa que te hayas adaptado para sobrevivir —dice—, pero a veces no sé si has elegido realmente dónde quieres estar.
La miro sin responder. La pregunta se queda flotando porque no necesita repetirse.
Mi padre añade con una calma firme:
—No estamos diciendo “vete”. Estamos diciendo “piénsalo”. Pero piénsalo por ti.
Algo se me tensa por dentro cuando escucho eso. No porque Bangkok me resulte ajeno, sino porque en cuanto lo nombran no pienso en universidades, ni en programas, ni en volver a la ciudad. Pienso en un patio, en un uniforme, en una sonrisa, en una pantalla encendida en la oscuridad de mi cuarto. Y me molesta reconocer con qué rapidez aparece todo eso.
—Es Bangkok —digo al final, fingiendo ligereza—. Mucha gente. Mucho ruido. Mucho… Bangkok.
Mi padre casi sonríe.
—Antes eso te gustaba.
Tiene razón. Me gustaba. Y, sin embargo, al escucharlo, la palabra “antes” arrastra demasiado detrás. Todo lo que dejé cuando me fui, todo lo que no volví a tocar y todo lo que sigo fingiendo que no me mueve. No pienso decir nada de eso.
Mi mamá me observa largo, demasiado largo.
—¿Te incomoda volver?
La respuesta se parte en varias antes de formarse.
—Solo no lo había pensado —miento.
Porque lo estoy pensando desde que dijeron la palabra.
Mi padre asiente.
—Entonces piénsalo ahora. No tienes que decidir hoy.
Después la conversación deriva hacia cosas prácticas: costos, alojamiento, posibilidades. Respondo cuando hace falta, hago incluso un comentario sarcástico para que mi mamá deje de mirarme como si pudiera leerme por dentro.
Desde afuera, nada cambia.
Pero por dentro algo sí.
Algo parecido al miedo.
Y peor que eso, expectativa.
Esa noche me voy temprano a mi cuarto, cierro la puerta, saco el teléfono y abro Instagram. No porque haya una foto nueva ni porque tenga sentido, sino porque necesito verlo, como si eso pudiera decirme algo sobre volver. Como si él tuviera algo que ver.
Y quizá eso es lo que más me inquieta.
Que cuando escucho Bangkok, no pienso en un lugar, pienso en una persona.
Después de la conversación sobre Bangkok no pasa nada inmediato, que quizá es lo peor. Nadie vuelve a sacar el tema durante días y, precisamente por eso, no se va. Se queda rondando en la cabeza mientras hago otras cosas, como ese pensamiento molesto que uno intenta ignorar y vuelve cuando menos ganas hay.
La escuela se vuelve un desastre controlado. Último año, profesores convencidos de que sus materias sostienen el universo, exámenes cayendo uno detrás de otro, trabajos absurdos con fechas imposibles. Vivo entre apuntes, café y amenazas académicas.
—Si vuelves a corregirme una referencia en rojo, te juro que te denuncio —dice Kiet, empujándome un cuaderno.
—Hazlo —respondo—. Diles que fui cruel por saber citar.
Mali resopla.
—Está insufrible porque duerme tres horas.
—Duermo cuatro.
—Eso no mejora nada.
—Tu razonamiento tiene fallas estructurales.
—Y tu personalidad fatiga.
—Gracias.
Pelear con ellos es fácil porque nunca es serio. Tiene algo cómodo. Y distrae, que es más de lo que admito.
Una tarde estamos en una cafetería cerca del campus, supuestamente estudiando. Kiet tiene el teléfono apoyado contra un vaso y claramente está haciendo todo menos estudiar.
—Mira esto —dice, empujando la pantalla hacia mí—. Es ese grupo que te dije.
—Si es otro video tuyo de gente bailando vestido como delirio textil, paso.
—Cállate y ve.
Iba a mirar dos segundos por compromiso.
No hago eso.
Es una entrevista. Los cuatro están sentados en fila, todavía con esa energía medio desordenada de grupo nuevo. Hablan encima del otro, se ríen demasiado. La conductora les pregunta cómo equilibran debutar con estudiar.
No sé por qué me quedo viendo.
Uno responde primero, luego otro. La presentadora les pregunta qué estudian. Uno dice comunicación. Otro, música.
Luego se gira hacia Pond.
Y ahí noto su voz.
Más grave de lo que recordaba.
Tranquila.
Sin esfuerzo.
Dice primero su nombre y luego:
—King Mongkut's Institute of Technology Ladkrabang… biomedicina.
Lo dice como si fuera cualquier cosa.
Y eso me descoloca más.
La presentadora reacciona.
—¿Biomedicina? Eso es difícil.
Pond sonríe tímidamente.
—Todavía estoy haciendo mi mayor esfuerzo. Estoy intentando dar todo de mí… por favor apóyenme mucho también.
Lo dice sin presumir nada.
Como si de verdad no viera nada extraordinario en ello.
No sé por qué eso me pega.
Kiet me está viendo.
—¿Qué?
Le devuelvo el teléfono demasiado rápido.
—Nada.
—Mentiroso.
—Concéntrate en reprobar en paz.
—Te pusiste raro.
—Tu cara es rara.
Mali ni levanta la vista.
—Si ustedes terminan de coquetear, ¿podemos aprobar?
—Muérete —decimos al mismo tiempo.
Seguimos trabajando, pero ya no estoy del todo ahí.
Durante horas se me queda dando vueltas el nombre de la universidad, la forma en que lo dijo. Y me molesta que se me quede dando vueltas.
Esa noche mi mamá se asoma a mi cuarto.
—No has descansado.
—Estoy bien.
—Eso nunca significa que estés bien.
Sonrío.
Pregunta si sigo pensando en Bangkok.
Le digo que sí.
No insiste, pero me mira con esa sonrisa de comprensión.
Cuando se va, miro el libro abierto sin leer una línea porque aparece una idea que me fastidia apenas surge: si algún día termino en Bangkok estudiando medicina… esa universidad no estaría tan lejos.
Me enojo conmigo mismo por pensarlo.
Porque sé exactamente de dónde viene.
Cierro el libro más fuerte de lo necesario y me digo que es ridículo.
No deja de parecerme una posibilidad.
Los días siguientes se van demasiado rápido y, cuando me doy cuenta, mañana cierra el registro.
Esa noche mis padres vuelven a sacar el tema mientras cenamos. No me están empujando; justo por eso es peor.
Mi padre dice que no quieren que me quede aquí solo porque me da miedo moverme. Mi madre dice que me apoyarían si decido irme o si decido quedarme, pero que quieren verme hacer algo que me haga bien.
Les doy las gracias.
Suena poco para todo lo que quiero decir, pero es lo que sale.
Subo a mi cuarto con esa inquietud que dejan las conversaciones importantes.
Termino abriendo primero el perfil de Jasp.er y luego el suyo.
No lo sigo.
Nunca lo sigo.
Pero sé llegar demasiado rápido.
Paso fotos, ensayos, escenarios, sonrisas robadas. Después dejo el teléfono a un lado y me quedo mirando el techo pensando algo que llevo evitando días: si voy a Bangkok, probablemente voy a verlo.
Y no tengo idea de qué haría.
Eso debería hacerme retroceder.
No lo hace.
Abro el armario y saco la caja.
Cuando levanto la tapa sale primero el olor del papel viejo.
Luego los dibujos.
Decenas de hojas intentando resolver la misma postura, corrigiendo líneas una y otra vez porque nunca me salía bien la tensión del movimiento. Paso los dedos por una de ellas y me da una mezcla rara de vergüenza y cariño por el idiota que se quedaba horas haciendo esto.
Creyó que guardarlas era dejarlo atrás.
Claramente no.
Miro uno de los primeros bocetos y algo se me acomoda torcido por dentro, porque por primera vez pensar en volver a verlo no me hace querer echarme para atrás.
Eso me inquieta.
Me quedo mucho rato así, con los dibujos abiertos, la ventana dejando entrar aire frío, hasta que termino diciendo en voz baja, casi como si me diera pena escucharme:
—No sabía si quería volver a Bangkok, pero empezaba a sospechar que quería saber qué pasaría si lo hacía.
Suena absurdo.
Pero no falso.
Y esa noche no lleno todavía el formulario.
Pero antes de dormir sé, aunque me cueste admitirlo, hacia dónde estoy inclinado.
