Work Text:
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“Le caerá una maldición al que toque a la puerta”
Qifrey se lo imagina. Olruggio, poderoso pero más gentil que ninguno, utilizando su magia para maldecir a un pobre inocente.
Pero como Qifrey no es ningún pobre inocente, esto no lo detiene (como no sería la primera vez)
La habitación está lo suficientemente iluminada, lo que no debería ser bueno, y lo confirma cuando ve a Olruggio encorvado en su lugar de siempre. Qifrey toma una respiración profunda, simplemente para despejarse, y se acerca sin hacer demasiado ruido con sus pasos. Afuera la lluvia cae fuertemente, es probable que así sea el resto de la noche, lo que opaca cualquier otro sonido. Qifrey piensa que es oportuno, le da un breve instante para pensar en su siguiente movimiento, mientras llega al otro hombre con el que discutió ante el fuego, empapados los dos, la última vez.
Es tarde, las niñas están ya en sus camas calientitas, pero Qifrey no puede seguir su ejemplo, al menos no todavía.
—Creí que ya habías terminado…
Qifrey anuncia su presencia con este susurro, preocupado pero incapaz de reprenderlo hoy, y coloca las manos sobre los hombros, masajeando suavemente. Olruggio está tenso, lo que no es una rareza, pero esta vez hay más que trabajo pendiente sobre sus hombros… Y en parte es su culpa.
La respuesta que recibe es apenas un vago tarareo (¿O un gruñido? ¿Un bufido quizás?) y Qifrey aprieta la piel con un poquito más de fuerza, sin razón en especial. Olgurrio se estremece, ya más consciente, y a cambio Qifrey se disculpa besando sus cabellos azabaches, silencioso y cariñoso como puede serlo en este espacio más privado, más suyo.
—Discúlpame… —y menciona de todas maneras porque esto va más allá que por su toque más brusco.
Olruggio deja salir un suspiro ruidoso, suelta la pluma y se pone un poco más derecho. Es claro su entendimiento. Entonces, Qifrey da rienda suelta a lo que todavía mantiene atorado en el pecho. No entregará a su aprendiz, independientemente de sus razones más personales, y la protegerá de todo lo necesario, especialmente su amor por la magia. Qifrey no es ningún santo, pero esto, al menos, puede hacerlo bien.
Y guarda silencio solo cuando Olruggio coloca una mano sobre la suya. Firme, pero comprensivo y tierno, su amor que ha madurado a través de los años.
—Esa niña tiene suerte de que confíe tanto en tí.
El corazón de Qifrey se agita en su pecho con esta firme y sincera confesión que trae consigo una decisión ya tomada. Olruggio sí que sabe conmover a un hombre, no lo sabrá Qifrey después de tantos años compartidos, y no puede quedarse callado, no aquí:
—Soy yo el que tiene suerte de tenerte…
No importa cuánto tiempo pase, ni las adversidades a la que se haya enfrentado, Qifrey siempre llevará este sentir en su corazón rebosado.
Olruggio no dice nada esta vez y a cambio sostiene su mano para atraerlo a su regazo. No necesita demasiada destreza, o aplicar una fuerza mayor, porque Qifrey simplemente se deja llevar, poniéndose cómodo en su lugar. Frente a frente, por fin, Qifrey acuna su rostro suavemente y admira su expresión ante la luz de fuego de la habitación; el cansancio, incluso un rastro vago de estrés ya pasado, pero también el placer y el calor en su mirada profunda, y todo para él. Es como un hechizo, uno que nunca falla, porque Qifrey lo atrae y lo besa, casto y despacio. Ah, cuánta falta le ha hecho sentirlo.
Es como regresar a casa luego de un largo, y solitario, viaje. Después del frío y la lluvia, a salvo en el calor de esos brazos que lo envuelven y esa boca que lo acaricia. Incluso el cosquilleo familiar de la barba crecida, descuidada, le roba una sonrisa, alborotando las mariposas en su panza como si fuera un muchachito otra vez. Olruggio, su confidente de casi toda la vida, pero que a la vez se siente como algo nuevo, incomparable, con cada beso, cada abrazo y cada caricia…
Es la magia de estar así de enamorado, de haber encontrado a su otra mitad.
A su tiempo se alejan, mas no se separan. Olruggio se apoya en su pecho y Qifrey pasa los dedos entre los mechones sedosos, despacito y mimoso. El silencio es agradable, tan entrañable, acompañado por el relajante sonido de la lluvia. Es una suerte que estén a salvo en su atelier, en su hogar, y que puedan compartir este raro momento de calma solos los dos.
—¿Listo para ir a la cama?
Los minutos pasan, sus respiraciones se estabilizan, y Qifrey se deja llevar por el cansancio, la pereza, la alegría y el deseo. Por hoy, por esta noche, no quiere pensar demasiado en las cosas y a cambio simplemente acurrucarse con el hombre que ama hasta el amanecer. Denle ese privilegio, por favor.
—¿Me estás seduciendo para que me vaya a descansar? —este reproche bastante mal fingido llega desde la altura de su pecho, donde parece que Olruggio no pretende alejarse por hoy.
Qifrey vibra en una risita, fallando también en ocultar este gesto divertido, y menciona entre dientes con cierta picardía—: ¿Funciona?
Siente lo que parece ser un resoplido y Olruggio se deja ver una vez más. Qué diferencia. Si bien el cansancio sigue ahí, nada que un buen sueño no pueda reparar, el brillo en sus ojos ha embellecido completamente su expresión. Sabio, guapo y bondadoso, ¿Cómo pudo tener Qifrey tanta suerte?
—Siempre te sales con la tuya…
Solo la voz profunda lo saca de su breve ensoñación con justo a quien pertenece, quién más sino. Esa voz que así de cerquita, casi pegadito a su boca, lo hace temblar de la cabeza a los pies. Está lejos de ser un reproche, es satisfacción genuina.
Y Qifrey deja que su excusa, un monosílabo sin importancia, muera en esa boca que lo hipnotiza una y otra vez.
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